Misa de Noche
Is. 9, 1-3. 5-6; Tito 2, 11-14; Lc. 2, 1.14
Hermosos textos de las Lecturas de la «Misa de media noche». El nacimiento que hacía gritar de alegría a Isaías: ¡Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado!, tiene lugar esta noche. Aquello, no era más que un lejano vaticinio del nacimiento que, al producirse, es gloria para Dios y paz para los hombres. Si la venida de Jesús es una prenda de paz para la tierra, es porque en Él, como nos lo dice San Pablo, apareció la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.
Si Dios se ha revelado a través de la palabra para iluminar y revivir al ser humano, entonces es en esa palabra donde habita Dios, quien quiera que sea el que la pronuncie, porque toda mujer y hombre que con su palabra ilumine y promueva la vida, se transforma en un instrumento de Dios para comunicarse con la humanidad, esa palabra brillará en medio de las contradicciones y problemas venciendo al temor, la soledad y la tentación.
Aquí está la importancia, muchas veces no somos capaces de discernir cuando las palabras llevan a la vida o a la muerte, cuando son comunicación del Creador o simplemente un decir de creaturas.
Jesús es el Maestro por excelencia, en Él habita Dios porque a través de sus palabras dio vida y sigue dándola a muchos hombres y mujeres, que vivían o viven en la oscuridad, que se sentían o sienten ser excluidos de la vida divina, porque sólo han recibido palabras discriminadoras y ofensivas.
Jesús ilumina, levanta, cura, dignifica, y en muchas ocasiones también cuestiona a quienes se le acercan. Quienes escuchan con atención y creen, renacen; renacen a una nueva vida, a la vida de hijos de Dios, quienes no, quedan en la oscuridad de no saber que ellos también son amados y llamados por Dios. Así, nosotros debemos iluminar la vida de nuestros semejantes, no con palabras y retóricas, sino con palabras sencillas pero auténticas, llenas de amor, comprensión, solidaridad y perdón, pero también con la fuerza y libertad que caracteriza a los hijos de Dios, para reprender y denunciar las situaciones de muerte y oscuridad.
Con la palabra podemos construir o destruir, dar vida o propiciar la muerte, ser luz u oscuridad. En Jesús, la Palabra se hizo carne, en Él vemos que la vida y la luz pueden colmar al ser humano. Jesús nuestro modelo, es quien nos enseñó a ser Hijos, pero por sobre todo nos enseñó a ser Hermanos, iguales en dignidad ante Dios, y a nosotros nos toca hoy, transmitir esa palabra a nuestros semejantes, para que todos compartamos la vida divina, como una sola familia humana.
Que el Dios del Amor, la Palabra hecha Carne y nacido del seno virginal de María, sea nuestra inspiración en las obras que realicemos, y nos conceda la gracia de llevar siempre: la luz y el mensaje de salvación a todos nuestros asistidos, así como a nuestros consocios en las reuniones a las que asistamos.
«¿Quieres ayudar? Entonces involúcrate con quien necesita ayuda. ¿Quieres hacer la diferencia? Sé diferente. ¿Quieres ser usado por Dios? Ponte a su disposición». (SVdeP)
Misa de Día
Is. 52,7-10; Hebreos 1,1-6; Jn. 1,1-18
En el texto del Antiguo Testamento, el profeta Isaías estalla de alegría, anuncia a su pueblo la victoria de Dios. Nuestro Dios es Rey y su reinado es ternura, consuelo y paz. Éste es el mensaje que, mucho tiempo antes de Cristo, grita el profeta para su pueblo y para todos los pueblos.
El autor de la Carta a los Hebreos proclama que el Dios anunciado por los profetas y esperado desde todos los tiempos, se ha hecho carne en el Hijo, quien es «reflejo de su gloria, impronta de su ser». Un mensaje de vida y esperanza para la humanidad.
Según la experiencia del evangelista Juan, el «discípulo amado», Jesús es la Palabra definitiva de Dios a la humanidad. Y es una Palabra cercana que acoge, porque no se ha encerrado, sino que ha acampado entre nosotros, iluminando nuestra vida. Pero, también, es posible permanecer en las tinieblas: «los suyos no le recibieron», nos recordará el evangelista.
La Comunidad cristiana en la Navidad celebra la venida de Jesús, el Hijo amado de Dios. Y su venida salvadora (eso significa «mesiánica») es una etapa decisiva en la historia del Reino y un acercamiento insospechado del advenimiento de Dios.
La fe de los cristianos celebra el misterio de la Palabra hecha carne. La Navidad, especialmente, es palabra densa, real, sustancial porque es profunda revelación, e inmensa manifestación.
Palabra significa revelación personal, apertura de lo más personal de Dios: su amor, su misericordia, su paternidad, su entrañable ternura. Sin la Navidad, sin la encarnación, nuestra vivencia de Dios habría estado sometida a aberraciones, porque nos faltaría la luz de esta revelación.
Gracias a la Palabra hecha carne sabemos que el Dios verdadero no es el «Dios de los filósofos», el Dios teísta, sino el que comparte nuestro destino en todo, el que entra en el juego y el riesgo de la historia, que es el riesgo de la muerte. Por tanto, su cercanía al hombre cobra una proximidad inusitada. Dios echa sobre sus espaldas todo el rebajamiento y humildad de los pobres, los oprimidos, los olvidados, y así nos descubre un rostro de Dios que nosotros no nos hubiéramos atrevido a imaginar. Tras la encarnación, Dios es Señor no por la fuerza, sino por la humildad; no por el poder, sino por la debilidad; no por la coacción, sino por el silencio.
Ese es el lenguaje inefable de la Palabra hecha carne; un lenguaje de actos, de amor, de verdad profunda y personal.
Lo que ocurre es que cada uno ponemos contenidos muy distintos detrás de la palabra NAVIDAD. ¡Cómo no! Y mira que para un cristiano, la Navidad tiene que ser ALGO, algo distinto de lo que se ve en la calle… Por eso, «CONTEMPLO EL BELÉN» y… efectivamente, es algo NUEVO, es algo DESCONCERTANTE: es tanta la sencillez, la humildad del Belén, que definitivamente, confieso que la NAVIDAD cristiana es DIFERENTE.
«Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo, como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él, en su humillación». (SVdeP VI, 144)







