Mosen Cinto Verdaguer y San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana1 Comment

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Autor: Miguel Piquer · Año publicación original: 1981 · Fuente: Anales españoles, 1981.
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No creo pecar de exageración al afirmar que entre los más inspirados y geniales escritores de nuestros tiempos hay dos sacerdotes: Mosén Cinto Verdaguer y don Miguel Costa y Llobera. Con toda razón se les ha llamado “gloria de la poesía catalana y honor de las letras hispánicas”. Los dos algo tienen que ver con nuestro Fundador, y al celebrar actualmente el jubileo vicenciano con motivo del cuarto centenario de su nacimiento, bueno será recordarlo y alegrarnos por lo que supone de exaltación de nuestro Santo.

Voy a dedicar este primer artículo al vate catalán, y en otro se hará mención del ilustre hijo de la gloriosa y romana Pollentia, hoy Pollensa (Mallorca).

Jacinto Verdaguer Santaló viene a este mundo, el 17 de mayo de 1845, en un pueblecito de la provincia de Barcelona, Folgarolas, hijo de una mo­desta familia de payeses. Estudió la carrera eclesiástica en el acreditado seminario de Vich cuando aún se lloraba la pérdida brusca, irreparable y prematura del egregio filósofo, apologista y eminente patriota doctor Jaime Balmes, arrebatado de la vida a sus treinta y ocho años. El recuerdo de su hermano de sacerdocio y de gloria perdurará en Verdaguer en todo su vivir.

Ya desde muy joven, aquel seminarista que no descuella en sus dotes metafísicas, se da a conocer como un genio en poesía. A sus veinte años es ganador de la Flor Natural en los Juegos Florales de Barcelona. En las témporas de septiembre de 1870 es ordenado sacerdote. Afirmaba con en­trañable convicción: “¡He nacido para la lira y el cáliz!”

Su primer destino sacerdotal fue como vicario de una reducida parroquia campesina. Su párroco, férvido y apasionado carlista, cogió la escopeta y se marchó a luchar contra las tropas liberales, dejando su feligresía al cui­dado del joven ayudante. Era el pueblo de Vinyolas de Orís. Se resintió tanto su salud, que antes de los tres años tuvo que dejar el trabajo parro­quial, y se le aconsejó un cambio de aires. Su obispo, doctor José Morga­des, y unos buenos amigos, le facilitaron la entrada en la Compañía Tras­atlántica como capellán. En menos de dos años hizo unas ocho veces la travesía de Barcelona a La Habana en el vapor “Guipúzcoa”.

Pero la nostalgia le consumía: “Malat i trist deixí ma dolÇa terra” (“En­fermo y triste dejé mi dulce tierra”). En 1875 entra en la casa de los mar­queses de Comillas como capellán y limosnero. Permaneció unos dieciocho años. Fue su época brillante. Da a conocer su epopeya Atlántida y sus Idilis i cants mistics. Bien diferentes de tema y de ejecución. El primero lo con­cibió en sus años de formación clásica y filosófica, y fue a raíz de leer en un libro espiritual del P. Nieremberg la catastrófica conmoción geomaríti­ma, como castigo de Dios. Sus Idilios y cantos místicos son íntimos y en­cantadores desahogos que el cuidado de las almas le inspiraban. Como otras muchas composiciones poéticas de estos años, son el fruto más preciado de su vivencia sacerdotal.

Algunos años más tarde da a conocer otra de sus obras épicas: El Canigó. En carta particular, el eminente polígrafo Menéndez y Pelayo le escribía: “He recibido y acabo de leer Canigó, y estoy todavía bajo la impresión de asombro. Es un trozo de poesía ciclópea, tallada en roca y verdaderamente colosal. Su atenta lectura me ha confirmado en la idea que hace tiempo formé, conceptuándole a usted (y perdóneme su modestia) como el poeta de mayores dotes nativas de cuantos viven hoy en España.”

Viajó por Europa y Tierra Santa, de cuyos viajes nos ha dejado una prosa tan amena y rica como es su poesía. La obra de Verdaguer es nos­talgia y sueño. Dice en uno de sus poemas: “La poesía es el recuerdo de un paraíso perdido para los desterrados hijos de Eva, y ello le hace soñar en otro paraíso mejor” (Aires de Monseny). Su romanticismo es religioso- místico y patriótico. Nadie ha sabido decir tanto en tan pocas y expresi­vas palabras. El antes citado Menéndez y Pelayo, que le conocía bien y tenía un concepto elevadísimo de la poesía verdagueriana, nos ha dejado este juicio crítico: “No hay lengua moderna que iguale en poder y flexi­bilidad a la lengua catalana tal como Verdaguer la sabe manejar.” Y otro gran crítico moderno, Martín de Riquer, afirma que solamente don Miguel Costa y Llobera, el otro gran poeta mallorquín, puede comparársele.

A sus cuarenta años le llegaría a Verdaguer una deplorable tragedia ín­tima. Sufre una crisis espiritual que parece trastornarle y que le empuja a un deseo vivo de purificación, pero por falsos caminos. Debido a un im­prudente concepto de la caridad, se ve acorralado de deudas y preocupa­ciones económicas. De buenas maneras se le echa de la casa de los mar­queses de Comillas. Las mismas autoridades eclesiásticas, por más que ex­tremaron la condescendencia, no le llegaron a comprender y sospecharon si se trataba de un caso de locura. Le apartaron de Barcelona y le confina­ron, con plena aceptación suya al principio por su parte, en el santuario de La Gleva, muy cerca de Vich. Allí permaneció unos dos años. Pero Ver­daguer no era para estar encerrado en una jaula, por agradable que fuera el lugar, y estar junto a una veneranda imagen de María, a la que siempre profesó un entrañable amor y dedicó enternecedores versos. Cansado un día de su encierro, contra la voluntad de sus superiores, se fugó y se mar­chó a Barcelona a vivir con una familia de alucinados que fue su perdición. Siempre se defendió asegurando que la caridad fue su único móvil.

En la calle Mirallers, número 7, llamada casa de oración, se reunían algunos visionarios, enfermos que se sobreexcitaban con violentas contor­siones como poseídos de Satanás. Verdaguer, en unas libretas inéditas que se conservan en varios archivos, reconoce haber asistido a estas sesiones alucinantes y haber ejercido los exorcismos. Es preciso reconocer que Verdaguer fue siempre un sacerdote convencido de su santa vocación, de bondad sincera y generosa y de moral íntegra y escrupulosa. Como nota negativa hay que achacarle que era de carácter sumamente impresionable y de voluntad muy blanda y menguada energía. Se dejó cautivar por un sacerdote imprudente y fanático que llegó a dominarle hasta la sugestión. Recibe amenazas, imposiciones, severos avisos, como venidos de lo alto. Verdaguer, de lleno ya dentro de la alucinación, lo cree y lo secunda. Esto explica que cuando su obispo, con íntimo dolor y ante la rebeldía del poeta, se ve obligado a suspenderle “a divinis”, Verdaguer permanece en su ter­quedad. Y lo peor del caso es que en periódicos más bien liberales y opues­tos a la Iglesia pretende defenderse. Es de suponer el escandalazo que se levantó en la prensa anticlerical: El gran y más eminente poeta catalán era víctima de sus propios superiores.

Algo menos de tres años duró esta tristísima situación. En febrero del año 1898, Verdaguer hizo acto de acatamiento a su obispo por escrito. Hu­mildemente reconoce su falta y suplica el perdón. Como solución, el doctor Catalá lo incardina a la diócesis de Barcelona y le concede un beneficio en la parroquia de Belén, al otro lado de las Ramblas y frente al palacio de los marqueses de Comillas. De los años felices y gozosos, le ha llevado la Divina Providencia a la pobreza de Belén. Por cierto que al año siguiente, muerto el doctor Catalá, pasa a Barcelona como obispo el doctor Morgades, el que un día en Ripoll coronara con laurel al más eminente poeta de Ca­taluña y años más tarde le quitara las licencias sacerdotales, vuelve a en­contrarse con Verdaguer muy de cerca. Como si nada hubiera pasado, se renovó una entrañable amistad, olvidando todo un pasado bien triste.

Poco viviría ya el esclarecido poeta. Sus pulmones enfermos iban acer­cándole a la sepultura. Ya sus cantos tienen por objeto el deseo vehemente de la gloria. Al agravarse, tuvo que ser llevado urgentemente a Villa Joana, en pleno bosque y entre pinos. Ya no se levantaría de la cama. El día 10 de junio de 1902, a los cincuenta y siete años de edad, moría santamente con estas últimas palabras: “Jesús meu… Jesús meu…, ampareu-me” (“Je­sús mío… Jesús mío…, ampárame”). Villa Joana está precisamente encla­vada en el término de Vallvidrera, de cuya parroquia cuida actualmente la Congregación. Fue enterrado el 13 de junio. Puede decirse que todo Barce­lona se juntó en lágrimas, en amor y añoranza del más eminente cantor literario que hasta ahora ha tenido Cataluña. Un solemne monumento en plena Diagonal recuerda la gratitud de la ciudad en que pasó casi toda su vida y a la que dedicó una vibrante oda que así termina: “Treballa, pensa, lluita; mes creu, espera i ora. Qui esfonsa o alca els pobles es Déu, qui els ha creat.” (“Trabaja, piensa lucha; pero cree, espera y ora. Quien hunde o alza los pueblos es solamente Dios”).

Verdaguer es una gloria sacerdotal de enorme excelsitud dentro de la historia religiosa del siglo XIX, como un vigoroso testimonio dado en nues­tro ambiente patriótico y cultural, con las múltiples facetas apostólicas de nuestro poeta. Hagamos caso omiso de su rebeldía contra la jerarquía, que tue más por una debilidad de un falso misticismo influenciable que fruto de un orgullo o apostasía en la fe. Y que sin duda le sirvió para su puri­ficación espiritual. Sus apasionados cantos al cielo, que tanto le acercan —como muy bien se ha escrito— a los más grandes místicos castellanos, y sus temas, principalmente buscados en la Biblia, hagiografía y devotas leyendas, son precisamente de esta época, que ha sido llamada “la trage­dia de Mn. Cinto”.

Sea todo lo anterior como preámbulo de lo que interesa decir: Verda­guer y San Vicente. Nuestro poeta, ante todo, era un hombre bueno, aman­te de los pobres, capaz de endeudarse con tal de favorecer a los necesita­dos. Un hombre así debía amar al Santo de la Caridad. Me atrevo a afir­mar que si no perteneció a las Conferencias de San Vicente, que en aquel entonces tenían vida pujante en la Ciudad Condal, al menos estuvo ínti­mamente relacionado con ellas, y de ellas se sirvió para sus caridades mientras fue el limosnero de la casa de Comillas.

En una de las visitas que hacía con frecuencia a barriadas muy pobres, se enteró de que había un obrero muy enfermo, herido en una pierna du­rante el trabajo. Le llamaban “el Moro” y vivía solo. Y cuenta Verdaguer: “No era moro, antes excelente cristiano. En su mesita de noche, entre otras cosas, tenía una estampa de San Vicente de Paúl, apóstol de la caridad, prueba de que había recibido la visita de los socios de las Conferencias, que a tantos pobres enfermos y a tantas almas decaídas vuelven a la vida.” Lo afirma en un encantador prólogo de su libro Caridad, que fue a ofrecer al señor obispo como contribución a una campaña que en Barcelona se hizo en favor de los damnificados de unos terremotos en Andalucía. Ya en ple­na fama, los libros de versos del poeta se agotaban inmediatamente.

En segundo lugar hay que recordar que Verdaguer tuvo una prima her­mana bastante más joven que él que fue una benemérita Hija de la Cari­dad. Se trata de Sor Josefa Verdaguer, nacida en Vich el 7 de junio de 1861. Ingresó en la Compañía el 16 de diciembre de 1878. Su primer destino fue Palma de Mallorca. No sé en cuál de las tres casas que entonces había en la ciudad, ni me consta cuánto tiempo estuvo en la isla. En noviembre de 1912 va a Lérida como superiora del Hospital Provincial. Y según pare­ce fue desde Luarca (Asturias). Cesó como superiora en el año 1939. Murió a los noventa y un años en Lérida, en el hospital nuevo de la carretera ae Huesca.

Una hermana de Sor Josefa casó con el conocido publicista Ramón Rucabado, que con motivo del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona publicó una serie de artículos acerca de Verdaguer que recogió en un libro que Editorial Balmes dio a la publicidad con el título Poeta del cielo. Un ejemplar lo dedicó a la M. Superiora del hospital de Lérida cuando Sor Josefa Verdaguer Callis hacía unos meses había pasado a mejor vida.

Estando pues Sor Josefa en Palma, cuando tenía veinte años y medio y tres de vocación, le dedicó una bellísima poesía que se titula La B. Juliana, abadesa. A sor Josepa. Está firmada en Barcelona, “Nit de Nadal 188h. La próxima Navidad cumplirá el centenario. Va versificando el poeta sobre tina tradicional leyenda de un monasterio de monjas que viven en una pe­queña isla que una palanca une con la tierra. Con estupor se dan cuenta que una noche de Navidad una tempestad ha roto la palanca. Triste será la santa noche para estas religiosas. La abadesa Juliana, encendida en arrebatos celestiales, pide a Dios una gracia. Y unos ángeles trasladan al Niño Jesús al monasterio, tan pobre que parece la cueva de Belén. Ponen el Divino Tesoro en brazos de la Abadesa y todas sus Hermanas van des­filando para adorar al Rey de Cielos y Tierra. Ante la sonrisa de Jesús se calma la tempestad, pero llega también la tristeza para las monjas. De nue­vo los ángeles devuelven a su Madre el Niño que le robaron por unos mo­mentos. Verdaguer versifica la leyenda de manera maravillosa. Y termina:

Catalunya del meu cor

oh patria mia,

en la mar que et besa els peus

hi ha una altra illa,

nau hermosa que un no sap si va o arriba

si s’endú perles i flors o te n’envia

de les platges de Riu d’Or o Palestina.

Doncs sa vila més gestil

Palma Florida,

té una monja en un convent que m’és cosina.

Canponeta ma caneó, ven de ma lira

tot voltant de mas en mas

de vila en vila

de la terna passerell

del mar gavina

passa l’aigua aquesta nit

de riba en riba

de sa celda al finestró

canta i refila

la caneó que hi cantarás

es molt senzilla:

Que si avui lo bon Jesús li fes visita

li demane un raig de sol

per qui t’envia.

Es de suponer que sería un gozo inmenso para Sor Josefa este verso de su primo, que en aquel entonces como poeta estaba en pleno olor de multitudes.

Pero donde Verdaguer muestra su admiración por San Vicente es en el himno que le dedica en su libro Celislia, que podemos traducir por Res­plandores celestiales. Son 32 cantos a la Virgen y otros santos de su devo­ción y Ramón Llull y Dante. El 31 es el dedicado a nuestro Fundador.

Voy a poner los versos en catalán para que pueda notarse la flexibilidad musical que sabe dar Verdaguer a una lengua, el catalán, que de sí es más bien dura y áspera. Luego, para los no catalanes, lo traduciré libremente. Pone como tema introductorio la sentencia de San Mateo: “Venid a Mi, to­dos los que estáis rendidos y agotados, y Yo os daré descanso” (Mat. II, 28).

De caritat jo tinc l’anima encesa,
pobres del món, jo us porto dins mon cor;
 veniu a mi, m’atrau vostra pobresa
com a rayar sedent, lo dring de l’or.
Fills del vici, veniu: nins sense mare,
rosagalls del plaer, cors en perill, veniu: als orles jo faré de pare,
al pare abandonat, jo faré de fill.
Só indigne de servir-vos, que en vosaltres
adoro a Agiten que en un estable es nat,
A Aquell que ens diu: “Amau-vos uns als altres,
com Jo fins a la mort vos he estimar”
Deixeble seu, vine a trencar cadenes;
deis qui en lo món fan nosa só
los qui patiu donan-me vostres penes;
preneu, los que estau nusos,
mon abric. Jo balsam tinc per totes les ferides;
mes, bon Jesús, lo trae de vostre Cor,
font de l’amor que rega aqueixes vides,
vas amb que Déu recull aqueix dolor.

He aquí la traducción libre:

De caridad tengo el alma encendida;
pobres del mundo, yo os llevo dentro del corazón.
Venid a mí, me atrae vuestra pobreza
como le fascina al avaro el sonido del oro.
Hijos del vicio, niños sin madre,
desperdicios del placer, corazones en peligro,
Venid: al huérfano le seré padre,
del padre abandonado seré el hijo.
Soy indigno de serviros, ya que en vosotros
adoro a Aquel que en un establo nació.
A Aquel que nos dijo: “Unos a otros amaos
como mi Corazón hasta la muerte os amó.”
Soy su discípulo: Vengo a romper cadenas,
de los que en el mundo son estorbo, soy amigo;
todos los que sufrís, dadme vuestras penas, tomad los desnudos mi abrigo.
Bálsamo tengo para toda herida;
pero, buen Jesús, lo bebo en vuestro Corazón:
fuente de amor que riega estas vidas,
vaso en el que Dios recoge este dolor.

Me figuro que su prima Sor Josefa le mandaría alguna biografía de nuestro Santo Padre, porque el poeta ha sabido captar muy bien la obra asistencial del Santo, y de manera singular el móvil que le empujó en toda su actuación. Verdaguer, de forma clara y precisa, ha sabido ver en San Vicente un alma arrebatada de amor a Cristo, cuya fe ardiente le hace ver en cada hermano, por pobre y desgraciado que sea, al mismo Cristo. Miles de veces, tal vez con otras palabras, nuestro Santo ha dicho lo que le hace decir el poeta: Que únicamente la caridad ardiente de Jesús ha de empu­jarnos en nuestro vivir. Es, bien lo sabemos, el lema de toda Hija de la Caridad. San Vicente y Verdaguer han sido, con toda realidad, grandes místicos de la caridad.

One Comment on “Mosen Cinto Verdaguer y San Vicente”

  1. LA COMPARACION DE JACINTO DE VERDAGUER, CON UN PASADO LLENO DE DE GRISES, CON VICENTE DE PAUL ME PARECE UNA GRAN TEMERIDAD. NO LO ENTIENDO

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