Quien tenga apego a la propia existencia, la pierde; quien desprecia la propia existencia en el mundo, ése la conserva para una vida sin término. El que quiere servirse, que me siga, y allí en donde esté yo, esté también mi servidor; a quien me sirve el honrará al Padre». (Jn 12,25-26).
«La Congregación intenta expresar su espíritu también con las cinco virtudes sacadas de su peculiar visión de Cristo, a saber: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas, de las cuales dijo San Vicente: ‘En el cultivo y la práctica de estas virtudes la Congregación ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues estas cinco virtudes son como las potencias del alma de la Congregación entera y deben animar las acciones de todos nosotros’ (RC II, 14)». (C. 7).
San Vicente no impone en las Reglas Comunes mortificaciones y duras austeridades. Invita, sin embargo, a tener gran estima de la mortificación tanto interna como externa y a practicarla con espíritu de penitencia (RC X 15). Prefiere la mortificación interna; a saber, someter la voluntad y los propios juicios, el control de los sentidos y vencer los posibles apegos que impiden la libertad por el Reino de Dios y el seguimiento de Cristo. (RC II, 8-10).
1. Condiciones para seguir a Jesucristo.
«Se trata de un consejo que da nuestro Señor a quienes desean seguirle, a quienes se presentan a él para so. ¿Queréis venir en pos de mí? Muy bien. ¿Queréis conformar vuestra vida a la mía? Perfectamente. Pero ¿sabéis que hay que comenzar por renunciar a vosotros mismos y seguir llevando vuestra cruz? Pues bien, esto no se concede a todos sino a unos pocos; de ahí que muchos millares de personas, que le seguían para escucharle, lo abandonaron y se retiraron, por no haber sido encontrados dignos de ser discípulos, ya que no le seguían dispuestos de la manera con que nuestro Señor decía que había que estarlo. No estaban en disposición de vencerse a sí mismos. Yo lo quiero, les decía: seguidme; pero hay que hacer dos cosas: la primera, renunciar a vosotros mismos, esto es, dejar el viejo Adán; y la segunda, llevar vuestra cruz, y esto todos los días. Y sobre este fundamento, mirad a ver si sois capaces de seguirme y de permanecer en mi escuela». (XI 512).
2. «Con la hoz en la mochila».
Para San Vicente la mortificación sigue siendo necesaria, aunque se tenga ya un pie en el cielo. (XII 818). Su necesidad es, por lo tanto, continua. Nos lo explica mediante una parábola: la del viñador:
«Quiera Dios concedernos la gracia de hacernos semejante a un viñador que lleva la hoz en la mochila para cortar todo lo que encuentra nocivo en su viña. Y como está siempre llena de maleza, más de lo que él quisiera, tiene siempre preparada la hoz en la mano para cortar lo superfluo apenas lo vea, para que la fuerza de la savia de la cepa llegue bien a los sarmientos, que han de dar su debido fruto. Con la hoz de la mortificación hemos de cortar continuamente todas las malas hierbas de nuestra naturaleza envenenada, que nunca deja de producir malas hierbas corrompidas, para que no impidan que Jesucristo, esa buena cepa de la que nosotros somos los sarmientos, nos haga fructificar en abundancia en la práctica de las virtudes. Uno es un buen viñador cuando trabaja continuamente en su viña. También nosotros seremos buenos discípulos de Jesucristo si mortificamos sin cesar nuestros sentidos, si procuramos reprimir nuestras pasiones, someter nuestro juicio y regular nuestra voluntad». (XI 522-523).
3. «¡Animo!, el gozo sigue a la pena».
San Vicente anima con entusiasmo a sus misioneros a que se mortifiquen:
» ¡Ánimo! Tras la fatiga viene el contento. Cuanta más dificultad encuentren los fieles en renunciar a sí seismos, más gozo tendrán luego de haberse mortificado. Y la recompensa será tan grande como el trabajo…
Esforcémonos en ello, hermanos míos, de modo que no pase un solo día sin haber hecho al menos tres o cuatro daos de mortificación. Entonces será verdad que seguimos a nuestro Señor. Entonces seremos dignos de ser discípulos suyos.
Entonces caminaremos por el camino estrecho que conduce a la vida. Entonces El reinará en nosotros durante esta vida mortal, y nosotros con El en la eterna». (XI 523).
- Hoy, no sólo el vocablo mortificación parece estar fuera de moda, también su contenido. No se admite el valor espiritual del dolor, del sufrimiento obligatorio o voluntario: ¿Qué pienso sobre la mortificación interna y externa?
- ¿En qué y cómo practico yo la mortificación?
Oración:
«Oh Señor mío, ¿qué otra cosa hiciste durante toda la vida que combatir continuamente contra el mundo, la carne y el diablo? ¿Hacías alguna vez tu voluntad, seguías tu parecer, escuchabas alguna vez a la sensualidad? Nunca. En ti solamente había una continua mortificación y una absoluta renuncia a todas las cosas… Concédenos, Señor, poder llevar constantemente la cruz de la mortificación, seguirte de cerca y vivir vuestra vida ahora en el tiempo y después en la eternidad». (Cf XI 523-524).






