Mi hermano, Rvdo. P. Miguel Piquer, me pide que mande para los Anales de la Provincia de Madrid unas breves notas sobre la muerte trágica y rasgos más salientes de Monseñor José García Villas, C. M., primer Obispo de la nueva diócesis de San Pedro Sula..
Pude convivir con Monseñor García los tres últimos años de su vida, y podré dar algunos detalles de su rica biografía esperando que todos los lectores de los ANALES recen por su descanso eterno y al mismo tiempo, ya que costó tanto conseguir su elección, su digno sucesor pueda ser escogido sin ningún obstáculo y así asegurar nuestra permanencia en tan querida misión.
El día 5 de agosto mi hermano vino al campo de aviación a esperarme, pues venía de los Estados Unidos, y grande fue nuestra sorpresa y dolor cuando al mismo tiempo que entrábamos por la puerta de la casa de Provenza, le entregaban un cable que decía: «Monseñor García Villas ha sufrido un trágico accidente y su estado es gravísimo».
¿Cómo era posible si el día 9 había anunciado su partida de San Pedro Sula para Brooklyn, Barcelona y Roma para asistir a la cuarta sesión del Concilio Vaticano II?
Resumimos la carta de uno de los misioneros de San Pedro Sula que narra la tragedia: «Después de la comida. Mons. García salió con el P. Bertrán hacia Santa Rosa de Copan a esperar a una cuñada y sobrina que venían del Salvador. Al regresar de esta última ciudad en un lugar llamado Callejones a 100 kms. de San Pedro Sula, el «jeep» nuevo que acababa de llegar de los Estados Unidos resbaló en una curva mojada y llena de hoyos, volcando el jeep saltando por un terraplén dando dos o tres vueltas de campana. La puerta del lado de Monseñor se abrió y salió despedido de tal manera que al dar con la cabeza en el suelo sufrió fractura del cráneo. En cambio los otros ocupantes sufrieron sólo ligeras heridas.
Al saberse la noticia en San Pedro Sula, varios sacerdotes, médicos e Hijas de la Caridad improvisando una ambulancia llegaron a un pequeño hospital donde había sido trasladado para prestarle toda la ayuda necesaria. No fue posible trasladarlo a San Pedro Sula por carretera, ya que los mismos médicos temían que no llegaría vivo. Pero al día siguiente un helicóptero pudo llevarlo sin novedad al Hospital regentado por las Hijas de la Caridad.
Luchando contra el tiempo, en busca de una sangre muy rara, que decían era más propia de los vascos, y además movilizando la Cruz Roja de Centro América que se interesó por el enfermo, un especialista venido urgentemente de Tegucigalpa le practicó la primera operación que terminó a las tres de la madrugada. El obispo soportó con entereza esta dolorosa operación y hasta parecía que mejoraba. Pero pronto se dieron cuenta de que solo era aparente, que la fractura era mortal, que en caso de aguantarla quedaría o paralítico o demente. Estuvo tres o cuatro días entre la vida y la muerte, a ratos recobraba la lucidez y pedía perdón a todos y se interesaba por la suerte corrida por sus acompañantes.
El día 9 murió entre el dolor y la consternación de sus misioneros y diócesis entera. Sus funerales el día 11 revistieron una majestuosidad y grandeza digna del cariño que le profesaban. Además de todos los padres disponibles llegados a la ciudad por todos los medios de locomoción, vinieron aviones fletados de amigos del obispo de la Ceiba, parroquia que había ocupado durante 16 años, y cinco obispos de Honduras. El Gobierno, los colegios nacionales y privados hicieron acto de presencia y con gran dolor llenaron las anchas navesde la hermosa catedral que pronto iba a inaugurar y depositaron sus restos en la cripta al lado de Mons, Sastre y Capdevila que le precedieron en el episcopado.
Murió ofreciendo su vida por la diócesis que solo había podido dirigir durante dos años escasos. Había sido consagrado en Roma en la Basílica de San Pedro el día 20 de octubre de 1963 junto a otros 13 obispos misioneros. Este holocausto cruento será semilla de fecundas bendiciones en su amada diócesis. Lo esperamos de este joven obispo que tuvo por lema de su escudo episcopal esta frase tanfamiliar a la doble familia vicenciana: «Charitas Christi urget nos».
Permítame un ligero esbozo de su vida: Mons. José García Villas nació en Santalecina (Huesca) el 30 de enero de 1910, siendo sus padres don Mariano García y Dña. Francisca Villas. Desde su niñez sintió el llamado imperativo de Dios al sacerdocio, entrando en el Seminario Menor de los Padres Paúles en la Villa de Belpuig (Lérida) enel año de 1920, iniciando a los 10 años de edad su carrera sacerdotal. En 1926 se consagra a Dios por medio de los santos votos de pobreza, castidad y obediencia y entra a formar parte de la Congregación de la Misión. En la catedral de Tarragona recibe las primeras órdenes presbiterales de manos del Cardenal Vidal y Barraquer. El 11 demarzo de 1933 en la Capilla del Palacio Episcopal de Barcelona es ordenado por el obispo mártir Manuel Irurita.
Destinado a la misión de Honduras, llegó el 16 de julio de 1933. Durante 10 años consecutivos permaneció en San Pedro Sula como Vicario cooperador dedicado a la parroquia de San Pedro Apóstol y a la vida misionera en el sector de San Pedro Sula que entonces comprendía unos 200 pueblos y aldeas.
El 20 de julio de 1944 es nombrado Cura Párroco de la ciudad-puerto de La Ceiba por Monseñor Juan Sastre y el 24 de este mismo mes tomó posesión de su nuevo cargo, asumiendo la responsabilidad también como Superior de la Comunidad de Padres Paulinos de La Ceiba y en el año 1949 es nombrado Vice-Visitador de todo el Vicariato.
En el año 1953 el Padre García Villas veía hecho realidad uno de sus más caros sueños: Inaugurar la moderna Iglesia de la ciudad- puerto de La Ceiba. Un templo orgullo de la feligresía norteña. Monseñor siempre decía que una vez construido el templo material, era necesario construir el espiritual y por eso se entregó en cuerpo y alma. Hablando con los ceibeños estaban todos acordes en afirmar une el P. García había inspirado y despertado mucha vida espiritual en la parroquia.
En 1957 dejó por un año la gran parroquia de la Ceiba para ocupar el humilde oficio de párroco de Villanueva, una incipiente parroquia que carecía de todo, Y sus amados ceibeños le regalaron un jeep en agradecimiento para sus correrías apostólicas. Pero un año después La Ceiba de nuevo lo recibió como párroco hasta el año 1963 en que fue elegido Provicario del Vicariato Apostólico de San Pedro Sula, a la muerte del llorado obispo Monseñor Antonio Capdevila C. M.
En septiembre de 1963 asistió a la segunda sesión del Concilio Vaticano II y fue consagrado obispo, primer obispo de la nueva diócesis de San Pedro Sula el 20 de octubre de 1963.
Una fecha inolvidable fue el 12 de enero de 1964, cuando tomó posesión de la diócesis sampedrana en la Santa Iglesia Catedral, ante una inmensa multitud de fieles de toda la Costa Norte. En junio de este mismo año realiza una detenida visita por el territorio de La Mosquita por espacio de dos meses. Un territorio completo misional lleno de peligros y sufrimientos. El 19 de julio erigió la nueva parroquia de San Vicente de Paúl, propiedad de la Congregación, que se compromete a Construir un templo digno de su fundador. El 14 de septiembre asiste a la tercera etapa del Concilio Vaticano en Roma, pasando por España, donde ordena a un grupo de aspirantes paúles al sacerdocio. El 30 de noviembre de 1964 regresa a San Pedro Sula procedente de Europa, y el 31 de diciembre, último día del año, asiste a la erección de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Sonaguera, desmembrada de la extensísima parroquia de Trujillo. El 6 de enero de este mismo año implantó los cursillos de cristiandad en la diócesis, que tanta eficacia han tenido, y cuatro días después instalaba a las Hermanas de la Merced en el Instituto Departamental San Vicente de Paúl, en esa ciudad. Entre los meses de junio y julio monseñor realizó visita pastoral por los pueblos de la parroquia de Trujillo, tan extensa como una diócesis, permaneciendo dos meses entre los feligreses de la parroquia más pobre y destituida. El joven diácono Guillermo Medina, que lo acompañó, cuenta, en un relato impresionante de esta visita, de su espíritu de sacrificio visitando pueblitos y morenales sin reparar en sufrimientos, cansancios, mala alimentación, viajes agotadores. Cierto día llegó a Trujillo después de tres horas de andar a pie cargando susvalijas con el diácono, ya que no pudieron hallar ayuda. Monseñor tenía el propósito de pasar visita a su inmenso territorio en el más corto tiempo posible, a pesar de las ausencias ocasionadas por sus marchas al Concilio Ecuménico.
Monseñor García tenía unos planes y no se andaba en migajas para pregonarlos, a pesar que después era lento en realizarlos. Permaneció treinta años seguidos en Honduras, hasta que el nombramiento de obispo le obligó a ir a España. En vez de ir él hizo venir a su madre y además dos de sus tres hermanos emigraron a Nicaragua y El Salvador. Se había adaptado muy bien al clima tropical de Centroamérica y había aprendido de los naturales a ser paciente y sufrido. Respecto de las comidas y lecho, era muy indiferente: tanto comía un pollo asado o una comida rica que un plato de arroz con fríjoles. Nunca le oí quejarse de las comidas; en todas hallaba el mismo gusto. En la mayor parte de su larga permanencia en Hondurashabía vivido en casas cufales bastante pobres e incómodas pero apenas tuvo medios construyó en La Cebaida una casa cural magnífica, una de las mejores de Centroamérica, a prueba de terremotos y algunas dependencias con aire acondicionado. La escuela parroquial de La Ceiba, que dejó muy adelantada, la construyó según sus planes, con buenos fundamentos, paredes recias de cemento y concreto y soportes de hierro. Con su carácter tozudo y noble de aragonés se enfrentaba con las menores deficiencias que pudieran surgir y quería dejar las cosas para siglos.
En La Ceiba pasó sus mejores años; allí tenía su alma y su corazón. La gente le correspondía y su figura era muy popular. Allí le conocí y compartí sus planes y trabajos durante tres años. Ya entonces no tenía el vigor de sus años jóvenes, no en vano sobre sus espaldas habían caído treinta años de soles tropicales y el aplatanamiento se hacía necesario; pero aún tenía destellos de sus energías Jóvenes. Sus piernas y sus pies le comenzaban a flaquear y andaba como si los arrastrase. Pero no se entregaba al «dolce far niente». Si era necesario decir tres misas con homilía, las decía comoel más joven de sus vicarios; si era necesario binar cada día de la semana, lo hacía; atendía sus innumerables ocupaciones: visitas, asociaciones, sobre todo, a los Caballeros de Suyapa, que había fundado con celo y vivo interés. Luego, en los ratos libres, ya que su vista no le permitía leer mucho, conversaba con los presentes, hablando con su voz fuerte de barítono, y muy rápidamente, acerca de su vida misionera. Si hubiera tenido el don de escribir como lo tuvo en el hablar, nos hubiera dejado unas crónicas muy interesantes acerca de sus correrías apostólicas.
A veces pasaba horas y horas contando de sus primeros años por aquellos pueblos diseminados por los valles y montañas de San Pedro Sula y luego La Ceiba que iba descubriendo. Nos contaba párrafos enteros del Quijote como si lo supiera de memoria. Nos descubría los secretos de la ciencia, ya que leía la «Revista Ibérica», que estaba suscrito, y cuando en sus manos cayeron los libros sobre Don Camilo, nos los contaba capítulo tras capítulo, episodio tras episodio sin perder detalle. De los libros del capitán o coronel Iguotus nos hacía los más completos resúmenes. Pero no descuidaba la predicación. No tenía necesidad de micrófonos ni altas voces, con su voz rica y fuerte y con su gran facilidad de palabra, que salían de su boca a una velocidad extrema, hacía unas paráfrasis y explicaciones del Evangelio muy curiosas y luego unas aplicaciones prácticas muy bellas.
Le gustaba cantar y tocaba el piano y el harmonium muy bien. En una palabra, era un sacerdote dotado de una mente lúcida y clara, de un carácter un poco frío, pero muy bonachón y pariente. Yo no he conocido a un hombre más paciente que Mons. García,.
Con los pobres y necesitados era muy caritativo. Nadie que fuera a pedir salía con las manos vacías, y a veces personas que a todas topes le engañaban o fingían. Pero él daba y prestaba dinero razonablemente. Estoy seguro que muchos pobres habrán llorado al saber de su muerte.
Y así, en este agosto desgraciado, un absurdo accidente tronchó su vida. Ya no lo veremos con aquel halo de eterna juventud que reflejaba su rostro, en parte facilitado por su corte de pelo a lo «crew cut» de los marinos americanos. No oiremos aquella voz tan rica, pero que últimamente parecía ya cascada por tanto esfuerzo realizado, ya no escuchamos aquellos relatos tan interesantes sacados de su boca y aquellos largos silencios que a veces prodigaba, Pero nos queda su espíritu, su vida consagrada al ideal misionero, innumerables templos, escuelas, obras sociales, planes inmenso, y es. tamos seguros que su sucesor cogerá la antorcha aún encendida de sus manos, como en aquel bello monumento de la Ciudad Universitaria de Madrid y continuará iluminando las nuevas sendas, realizando los grandes planes que con tanto lujo pregonaba Monseñor García y que la muerte tronchó en flor.
A usted y a todos los lectores de «Anales», una oración por su bella alma.
José Piquer







