I.- Detalles de la tragedia
El día 26 de marzo pude localizar a los chinos, al parecer, testigos cercanos. Calle Legarda, 502, int. (Sampaloc), es el cobijo actual de Tan Chiu y Co Ching. Este último lleva sobre su cuerpo las cicatrices de una cuarentena de heridas menores y el apósito de una más profunda en la nalga izquierda.
A mí me daba que con ellos no podría entenderme ni en inglés ni en español. Busqué intérprete; una vez más vino en mi ayuda mi fiel Legionaria de María Dña. Isabel de Jerónimo; con ella fui y con su buen humor.
El cobijo de nuestros chinos es oscuro y mugriento, como suelen ser los cobijos que acostumbran los chinos de Manila. Según se animaba la narración, crecía el número de chinos, hasta llenarse el cobijo. Isabel, con su gráfico tagalo, los chinos, con el suyo, aún más gráfico, mascullaban las palabras, gesticulaban y braceaban, dando más colorido a su contar.
Cuando los americanos llegaron a Manila el sábado 3 de febrero, anochecido ya, y comenzado el tiroteo, fueron los Padres confinados a una nona parte de nuestra Casa Central, en el piso bajo, el trozo que ocupaba la cocina, el comedor y tres aposentos de los Hermanos. Con centinela de vista y bayoneta calada. Ya no les permitieron salir más en los pocos días que habían de vivir. Sólo a un pequeño, un acólito, le permitían salir, por breve tiempo cada día, para recoger la verdura que los chinos mandaban a los Padres.
Los chinos cuidaban de los animales que poseían los Padres, unas cabritas y unos cerdillos. Heridos los animales por el cañoneo, los remataron los chinos, y así procuraron carne a los Padres.
El bombardeo arreciaba. Los chinos, escondidos en el refugio cercano a su casita. Los Padres, presos en su casa. El día 9 de febrero la cosa se ponía más seria para los japoneses; ya los americanos habían, para entonces, dominado Pandacan y la parte de la Concordia. En ese día avanzaron hasta el mercado de Paco. ¿Qué no harían los «japs» en ese día, esperando que los americanos, al siguiente, se les echaran por San Marcelino?. A las diez de la mañana, diez chinos buscaron refugio en nuestra casa, llevando sus maletas y provisiones. El cañoneo arreciaba. Tan Chiu y Co Ching se quedaron en su refugio con algunos filipinos; en total, ocho, más sus tres perros.
En la tarde de ese día 9 los «japs» hicieron que Padres y chinos cenaran antes. Entre diez y once de la noche, los «japs» se llevaron a Padres y chinos pasillo adelante; los sacaron por la puerta principal; y, atadas las manos a la espalda, con una ametralladora dieron fin a sus vidas. Los cuerpos fueron al estero.
El chino Ching Co quedó con una herida que le perforó el cuello; arrastrándose en la oscuridad, llegó al shelter o refugio donde estaban sus compañeros Tan Chiu y Co Ching y les contó esto. El chino herido se fue luego; y ya los dos no le han visto más.
Tan Chiu y Co Ching me aseguraron que con los Padres no había más gente ni refugiados, sino los diez chinos, el cocinero viejo, el Seminarista, dos acólitos y tres muchachos; éstos y un acólito desaparecieron. ¿Murieron estos cuatro últimos? No lo sabemos.
En nuestra iglesia no hubo refugiados. Estuvo cerrada; y solamente la usaron los japoneses desde el día 3. De las torres hicieron punto de observación. Dos o tres días después de la muerte de los Padres ardió la iglesia, como a las seis de la tarde.
No saben los chinos si el fuego provino de los cañonazos o fue provocado por los «japs»; ellos vieron el humo y fuego, cuando comenzó.
Los cadáveres de los Padres, Seminarista acólito estuvieron, por consiguiente, en el agua del estero por espacio de veinticuatro días: desde la noche del 9 de febrero hasta el 6 de marzo, día en que los enterramos.
Tan Chiu y Co Ching estuvieron escondidos en el shelt veinticinco días, del 3 de febrero al 1 de marzo. En el shelte fueron ametrallados; murieron cinco de sus compañeros y dos de sus tres perros. Comieron carne seca (mojama o tapa, como en Filipinas se dice); arañando la tierra, lograron agua. Para entonces ya habíamos nosotros estado en casa. El 24 de febrero fueron los PP. Arana y Juguera. E1 25 intenté yo pasar; no me dejaron los soldados. El 26 estuve en San Marcelino.
Casa Central
Los pobres chinos, agazapados con el susto y las heridas, ignoraban lo que en esos días de fin de febrero ocurría a cuatro pasos de su shelter. Y nosotros ignorábamos que a cuatro pasos de nosotros hubiera testigos de nuestra tragedia, la tragedia de San Marcelino.
Al fin, di con ellos en su cobijo actual, y allí me contaron lo que te cuento. Las caras de aquella docena de chinos reflejaban, la satisfacción de hallar copartícipes en la tragedia suya y nuestra. Dios se lo pague.
II .- Nuestros Padres fueron enterrados (2-6 marzo 1945)
Termina febrero. El Hno. Wenceslao Yonson, C. M., viene por este lado del río y deja la noticia de que han hallado los cadáveres.
– ¿Cómo es eso, si nosotros tres (los PP. Arana, Juguera y Gracia) habíamos estado aquella mañana en San Marcelino, lo recorrimos todo y nada hallamos?
– No, Padre; están en el estero. Un soldado americano vio cómo un japonés se deslizaba hacia el estero; le disparó el americano, y el japonés fue de cabeza al estero. Corrió el americano, para cerciorarse de si lo había matado; y halló los cadáveres de los nuestros. Me avisó de lo visto, y son ellos; los diez y el Seminarista. Con las manos atadas por detrás y boca abajo.
El chico, es, al parecer, el Seminarista Menor del Conciliar de Manila, Ramón Santos, que vivía con los Padres por aquellos días. Apareció luego uno de nuestros acólitos entre las víctimas. Había que darse prisa por recoger los restos, que ya llevaban veintitantos días en el agua.
El día 2 de marzo, el P. Juguera se me puso enfermo con disentería. Le visité por la tarde; y me fui a buscar ayuda de los Padres Jesuítas, a Nazareth, calle Guipit. El P. José Siguión, S. J., con gusto se ofreció para cuanto necesitara y ellos pudieran. Hasta el Hno. Malumbres, con sus años, se ofreció a trabajar ¡ Dios se lo pague !
Fuimos por la mañana del 3 en busca de nuestros queridos difuntos. Nuestro buen amigo D. Marino Olóndriz fue mi ayuda primera. El me sugirió ir a la Ignaciana, residencia actual del Exmo. Sr. Delegado Apostólico; me procuró coche y vino conmigo. Hallamos alguna dificultad de la Policía Militar, que exigía pases, y no teníamos. El Sr. Delegado me dio una carta, que traducida del inglés, dice así:
«3 de marzo de 1945. El abajo firmante, Delegado Apostólico de Filipinas, pide respetuosamente la ayuda de las Fuerzas Militares Americanas para el R. P. Gracia, C. M., y sus cohermanos, con el fin de dar conveniente sepultura y los Padres de San Marcelino víctimas de la crueldad de la soldadesca japonesa. Gracias».
Bajamos; y en la puerta de La Ignaciana para el cochecito (jeep) del Sr. Capellán Castrense D. Fernando EvansI). Le enseño la carta. Leída…
-Bien, Padre; mañana, a las nueve, tendrá truck, palas y picos. Cuanto necesite, diga. […]
El domingo, día 4, a las nueve en punto, el truck en La Ignaciana; la brigada, lista; y yo, a punto, con D. Mariano Olóndriz y su hijo, que nos dábamos otra caminata más. La brigada la formaban los Escolásticos Hnos. Jaime Neri y Francisco Araneta, con cinco Juniores de la Compañía. Llegamos a casa; examinaron el lugar, la posición de los cadáveres; trataron de extraerlos. Con los medios que teníamos… Con pena en el alma, nos volvimos. Nada pudimos hacer.
Por la tarde quise verme con el P. Evans. Había ido a Malolos. Le dejé una nota, para cuando volviera. Y oscurecido volví al refugio de mi Hospicio.
A primera hora del día siguiente, P. Evans.
-¿Recibió, Padre, la notita que ayer le dejé?
-Sí; y he pensado bastante sobre ello. Creo imposible el Ejército nos preste ni grúa, ni cosa semejante; que todo lo tiene empleado en la limpieza del puerto y de los muelles.
-Bueno, mejor será que vayamos a San Marcelino. Dígame en el mapa cuál es la ruta. Se la enseñé.
-¿ Cree usted que en cuarenta y cinco minutos podemos ir, ver y volver?
-Sí, Padre.
Subimos a su jeep; y a toda marcha, camino del pontón de Nagtahan. En unos minutos estábamos los dos a la orilla de estero…
-¡ Oh, my, my!…-Esa exclamación tan gráfica de los americanos, que, sin decir nada, dicen tanto-. Es casi imposible sacar estos cadáveres…-y se llevó la mano a la cabeza.
Casi en silencio, volvíamos. Paramos, como parado se hallaba un tren de coches militares. ¿Qué planearía mi buen P. Evans Y vi yo, entre los coches que iban en sentido contrario, uno con este letrero sobre el motor: Burial Squad. Se lo hice notar De pronto, al cabo de unos minutos, vuelve grupas a su jeep (valga el dicho), y a cazar al burial squad, a toda marcha. Lo alcanzamos y paramos.
-¿Nos seguirán ustedes? -preguntó-. He hallado los cadáveres de diez Sacerdotes; y es preciso enterrarlos.
Nos siguieron al estero de San Marcelino. Vieron, planearon Contratados, con un extra, que les daría el P. Evans.
-¿ Mañana a las nueve?
-Mañana a las nueve.
Amaneció el día 6. Uno de los más penosos para mí. A las nueve y minutos, en San Marcelino se empezaba la tarea: El Padre Evans les dió algunas instrucciones. Al cabo de un rato llegaron el Hno. Escolástico, Francisco Araneta, y cinco Juniores de la Compañía de Jesús. ¡Cuánta diferencia entre el asalariado y el que por caridad verdadera trabaja! ¡Siempre igual!. El Padre Evans y aquellos jóvenes, Jesuítas en ciernes… i Dios se lo pagará con creces! Yo no sé expresar el agradecimiento que yo y nuestra Pequeña Compañía, la de los pobres espigadores de San Vicente, les debemos a ellos y a D. Marino Olóndriz y a su hijo «Tito», José.
En el pozo donde colocamos a nuestros difuntos pusimos, como base o cama, una cantidad de piedras, tierra y unas planchas de cinc. Bendije el sepulcro o fosa común.
Trataron hasta con mimo los restos, que no ya los cuerpos. Tan desintegrados se hallaban, con haber estado veinticuatro días en el agua y al sol quemante de Filipinas, que, al menor roce, se desencuadernaban.
¡Qué pena, qué pena! Ni uno entero, ni fácil de identificar a la fecha; sí, en días anteriores. Recobramos los restos de los diez.
A las doce cuarenta y cinco recé por ellos un Responso. Se les cubrió de tierra; y allí, entre la Casa Central y nuestra iglesia, descansan en común los diez miembros de la Comunidad, alcanzados por el huracán de bestialidad, que tantas lágrimas arrancó a Manila, en febrero de 1945.
-Padre -me decía el Sr. Olóndriz-, se me ha quitado un peso del alma. Ya están los diez como Dios manda. Guardemos los nombres de los caritativos Juniores: Sres. Expedito Jiménez, Lucio Codilla, Rodolfo Malasmas, Roque Feriols, Catalino Arévalo.
Volví a casa con el Sr. Olóndriz; y con la pesadumbre de nuestros difuntos, de la iglesia incendiada y cañoneada, de la Casa Central, cañoneada, incendiada y sola, acaso a merced del saqueo.
¡Qué pena! Pero el Señor nos lo dio; El dispuso de lo que era suyo, como Señor. Sea por siempre bendito.
III.- Las víctimas. Algunas notas biográficas
a) P. José Tejada
Había nacido en Covarrubias (Burgos), el día 18 de marzo de 1892. Sus estudios de Latinidad los hizo en la Escuela Apostólica de Tardajos. Ingresó en el Seminario Interno el día 15 de septiembre de 1907.
Llegó a Filipinas el día 8 de diciembre de 1916. Estuvo algún tiempo en nuestra casa de San Marcelino. También fue Profesor en el Seminario o Colegio de Bauan.
Donde ejerció su vida de Profesor fue en el Seminario de Mandaloyong, a donde llegó el día 11 de junio de 1917. Le oí recordar sus días de Maestro de Ceremonias y de Procurador. Al separarse el Seminario Menor del Mayor, de Manila, en 1927, quedó1 como Rector del de Mandaloyong. Aquí, desconocido de la mayoría, ocupado en sus oficios con la seriedad con que lo iba todo, le sorprendió el nombramiento de Visitador de nuestra Provincia, en febrero de 1932.
Recuerdo que, al volver nosotros a casa aquella tarde, después de un día de campo, nos dio la noticia. Le felicitamos; con toda serenidad, a quien le dijo si pensaba renunciar o qué, respondió: «¿Para qué? Si busco razones, no las encuentro; alguno tiene qué llevar la carga. Los Superiores así lo han hecho; adelante, y sea lo que Dios quiera.»
Para nuestra Provincia ha sido su desempeño del cargo una verdadera bendición de Dios. Los que conocemos un poco la vida de la misma, en su intimidad, no cesamos de agradecer a Dios el bien que nos mandó con el P. Tejada como Visitador. Recto, al principio hasta con alguna dureza; dureza que la experiencia y su crecer en el gobierno dulcificaron muy mucho. Sentó mano donde y cuando debía, sin importarle nada más que su deber y el bien de la Provincia. Era prudentísimo hasta el extremo. La prudencia le cerraba la boca en cosas de gobierno como jamás vi en mi vida; y así exigió y enseñó con el ejemplo. Amantísimo del estudio como pocos. A diario tenía sus horas bien llenas de arrimo y querencia a los libros, que los tenía pocos y riquísimos, pertinentes a ciencias puramente eclesiásticas. Era hombre que estudiaba y pensaba y consultaba los negocios. Piadoso y fiel con su Dios hasta en lo más menudo; eso creo era su vida espiritual.
b) P. Luis Egeda
El P. Luis Egeda era natural de Albarracín (Teruel). Nació el día 18 de agosto de 1881. Ingresó en el Seminario Interno el día 17 de septiembre de 1898.
Ordenado de Sacerdote, fue destinado a Filipinas. Embarcó en Barcelona el día 12 de octubre de 1907; y llegó a Manila el Iunes 15 de noviembre siguiente. De Manila salió para Calbayog (Samar) el 1 de mayo de 1908. Un año estuvo aquí, pues, en julio del año siguiente, 1909, fue destinado al Seminario de Jaro.
A principios de abril de 1914 volvió otra vez a Calbayog. Y otra vez fue a Jaro, en cuyo Seminario pasó la mayor parte de su vida. Hace cosa de dos años vino a Manila enfermizo. Parece tuvo que sufrir de parte de los japoneses. A él le oí contar en San Marcelino esta ocurrencia, instructiva de lo que nos esperaba a todos :
Un Oficial japonés, en presencia de algunos de nuestros Padres, se dejó decir esto en Jaro, allá por 1942:
«Convénzanse ustedes; esto ha terminado para ustedes. Primero será lo de Filipinas para nosotros. De lo que quede, participarán los filipinos. Si aun algo quedara, sería para nuestros liados. Por fin, de haber alguna migaja, entonces vendrían los blancos restantes».
c) P. Adolfo Soto
Era de Rebolledo (Burgos), dónde nació el día 17 de marzo de 1884. El día de su Vocación es el 21 de junio de 1900.
A Filipinas llegó el 16 de diciembre de 1909, siendo destinado aI Colegio-Seminario de Cebú. Aquí pasó ocho años; y el año de 1917 fue destinado al Seminario de Calbayog. Luego, en 1921, le enviaron a la escuelilla de Jagna (Bohol), donde estuvo un solo año; volviendo en 1922 al Seminario de Calbayog.
Donde más años estuvo ocupado como Profesor fue en el Seminario de San Pablo (Laguna). En este Seminario permaneció hasta el año 1932, en que fue al de Manila. Aquí estuvo un par de años, volviendo a San Pablo. Por fin, vino a quedar rendido por la debilidad de su cuerpo; y retirado estaba, hacía años, en San Marcelino.
En el período de nuestra guerra, enterado de lo admirable de la vida y muerte del requeté Antonio Molle Lazo, se prendió de él, y se hizo el mayor propagandista de cuanto con el requeté se relacionara. Desde entonces llevaba consigo la reliquia de su requeté.
Al entrar nosotros por primera vez en nuestra Central, después del enorme crimen del japonés, era cosa muy notable en el cuarto de nuestro P. Soto y cercanías el número de hojita de propaganda de Molle y Lazo, que habían aquellos salvajes des-parramado por el suelo.
d) P. José Aguirreche
Era natural de Régil (Guipúzcoa); allí vio la luz primera el día 27 de agosto de 1891. Ingresó en la Congregación el 29 de agosto de 1911. (En el libro del personal de Mandaloyong dice ser septiembre.)
A Manila llegó el día 5 de mayo de 1913. Como se ve, vino a Filipinas, siendo aún Novicio, con la Misión que venía a reforzar aquel año el personal de Filipinas; aquel año se volvía a hacer cargo del Seminario de Manila nuestra Congregación. Quedó en Manila nuestro Novicio. El año de 1915 fue destinado a Bauan ; volviendo al año siguiente a Manila.
Sacerdote ya, le enviaron al Seminario de Mandaloyong, en Junio de 1920. Aquí fue Profesor hasta junio de 1922.
Donde principalmente gastó su vida fue en nuestra Parroquia de Manila. Callado y paciente, como pocos he conocido. Su mayor cariño era el confesonario. Horas y horas pasaba en la Parroquia y en las casas de las Hermanas, confesando; así un día y otro. Veríasle también con su caja para administrar los últimos Sacramentos, casi a todas las horas. Era el hombre sufrido y del trabajo callado y constante. Grande corona le habrá valido su celo.
e) P. Julio Ruiz
Natural de Villarrodrigo, provincia de Palencia y Diócesis de Burgos. Nacido en el día 22 de mayo de 1890. Ingresó en el Seminario Interno en septiembre de 1906. Fue ordenado Sacerdote en 1915. El 22 de octubre del mismo año llegó a Filipinas. A su llegada, fue a San Pablo (Laguna). Cuando se fundó la casa de Bauan, a ella fue destinado. Aquí permaneció por un año; y en 1917 fue al Seminario de Calbayog. En el permaneció hasta 1925.
En mayo de 1925 fue trasladado al Seminario de Naga, donde por nueve años fue Profesor. También por bastantes años fue Procurador del Seminario. En 1934 fue al Seminario de la Diócesis de Lipa.
A la entrada de los japoneses en Filipinas vino a Manila, donde fue por algún tiempo Procurador de la Comunidad y Capellán del Hospicio de San José.
f) P. José Fernández
Nuestro P. Fernández había nacido en Madrid el día 24 de octubre de 1891. Y nació para la Congregación, en el Seminario Interno, el día 6 de septiembre de 1907. Muchas veces le he oído hablar con cariño de su Escuela Apostólica, Murguía. Ya su vena literaria dejó recuerdos, durante su Estudiantado, en nuestras revistas, en ANALES, por ejemplo.
Ordenado de Sacerdote, llegó a Filipinas el día 8 de diciembre de 1916, con nuestro llorado P. Tejada y con nuestro buen P. Juguera. A poco de llegar, fue destinado al Seminario de Mandaloyong, donde recuerdo que explicó Retórica, Filosofía, Derecho Canónico. Sus alumnos de Latín fueron de lo mejorcito que hoy tiene la Diócesis de Manila como latinistas.
Pero, en abril de 1922, los Superiores tuvieron el grande acierto de encargarle de la Parroquia de San Vicente de Paúl, nuestra Parroquia. Desde entonces, ha sido en Manila el Párroco. Esta palabra llena toda su vida en los últimos veintitrés años. Llenó él por manera sin igual su oficio; y su oficio le habrá sido de muy grande corona ante el Señor. Consejero, paño de lágrimas, padre de cuantos necesitados a él acudían, amigo sin igual, fino y atento siempre y con todos; tenía puerta abierta desde Malacañong al último tugurio. En una palabra, era el Párroco de Manila.
Su predicación, siempre evangélica, pulida y fina, como pulido y fino era él en todo. Bien poseído siempre de la dignidad de la predicación cristiana; siempre que en las Islas se buscara algo muy digno en el púlpito, había de ser el P. Fernández quien lo dijera. Bastaba su nombre, para saber que a uno le predicarían pura sustancia doctrinal, envuelta en sencillo y muy elegante decir. Era maestro del púlpito cristiano.
Su obra literaria, principalmente poética; fue pasmosa y en multitud de ocasiones laureada. Guardaba, con cariño celoso, copia de cuanto escribía en una preciosa caja de narra. ¡Cuántas veces la abrió en mi presencia y con qué cariño!. Cuando pudimos entrar en nuestra Central, después del cañoneo y saqueo, celosos fuimos el P. Juguera y yo en busca de la cajita, sabiendo lo que valía para nuestra Congregación y para sus admiradores sin cuento. No dimos con ella. Es una de las penas mayores que nos ha proporcionado la barbarie japonesa. Nos consuela él pensamiento de que mucho, no todo, se ha publicado en diarios y revistas, y con paciencia algo podremos reconstruir y rescatar de su numen poético. De entre los escombros de su cuarto pude sacar buena parte de la correspondencia recibida por él y guardada; no guardaba toda la que recibía; sí, la de sus mejores amigos.
La figura de nuestro P. Fernández pide más tiempo para decir siquiera un poco. Esto poco, que adelanto, sea un tributó a tan buen amigo y guía.
Dios habrá ya coronado a tan fiel siervo suyo y Pastor de sus fieles de Manila. De entre los Sacerdotes asesinados por el japonés, nadie tan llorado como nuestro P. José Fernández. ¡Descanse en paz!
g) Hno. Gregorio Indurain
Nació en Ozcoidi, provincia y Obispado de Navarra, en 1870. En la Congregación ingresó el año de 1897.
Llegado a Filipinas, en 1903, fue destinado al Seminario de Jaro. Aquí permaneció hasta el mes de mayo de 1908, en que fue al de Calbayog. Un año estuvo en Manila, desde enero de 1917 a febrero de 1918, en que volvió a Calbayog. En San Pablo (Laguna) es donde más tiempo estuvo. Yo conocí al buen Hermano San Pablo, allá por 1929, y desde entonces me dio siempre su sonrisa la impresión de ser un mucho bonachón y otro mucho socarrón; acaso los años y la experiencia habrían enseñado tanto al buen Hermano… Siempre he visto a los Padres tratarle con mucha, confianza y cariño.
Estos últimos años había quedado retirado en San Marcelino cuando trasladaron a Lipa el Seminario Menor de la Diócesis radicado en San Pablo desde 1926. El buen viejo ayudaba cuanto podía en su blanquería, pasito a paso.
h) Hno. Marcos Pardo Antolín
Era su pueblo natal Pedrosa de Río Urbel, en la provincia de Burgos. Nació el día 1 de septiembre de 1879. Ingresó en el Seminario Internó el 13 de mayo de 1896. Llegó a Filipinas, siendo aún Novicio, el día 2 de enero de 1898. El 22 del mismo mes le destinaron al Seminario de San Carlos, de Manila; en él estuvo hasta cerrarse éste, aquel mismo año. Desde entonces ha permanecido toda su vida en la Casa Central.
¡Cómo recordaba él aquellos días, cuando nuestros soldados entregaron las armas en la hoy Plaza McKinley al Ejército americano, y que él presenció! …
Allá por 1914 hizo un viaje por España, del que guardaba buenos recuerdos.
Su habilidad para los negocios le hizo ser siempre una muy grande ayuda para nuestros Superiores. Igual le verías en Ia cocina, mercado, que en el Banco. Ágil para caminar, aun con sus años y enfermedad, que le ocasionó varios fallos en el corazón. Callado en el sufrir. Piadoso era nuestro Hermano Marcos. De su caridad saben mucho las Misiones y el Asilo de Looban donde iban a parar sus haberes.
i) Hno. Valentín Santidrián
Había nacido en Villadiego (Burgos), el día 12 de febrero de 1901. Su Vocación data del 28 de julio de 1917. Llegó a Filipinas el 7 de enero de 1920. Desde entonces su vida quedó escondida en la sacristía de nuestra Parroquia. Su bregar fue con los acólitos y muchachos, al servicio de la iglesia. De su fidelidad en el cumplir con el deber dice bastante el hecho de que nuestro P. Fernando no hubo menester de más Sacristán en los años que, juntos, pasaron al servicio de la Parroquia. Ordenadísimo, como era el Padre Fernández. Esta creo es la estampa de nuestro Sacristán. También el Señor le habrá adornado como él ordenó su altar.
j) Hno. Alejandro García
Del Hermano Alejandro no tengo esa precisión de fecha. Muy conocido, sobre todo de nuestras Hermanas. Pasó sus mejores años en la casita de Jesús. Vino a Filipinas allá por 1932, quedó en el Seminario de Manila. De 1936 a 1937, mientras edificaba nuestra Casa Central, el Seminario Mayor volvió a Mandaloyong; el Hermano quedó en San Marcelino. De 1937 a 1941 volvió a ser el Hermano del Seminario Mayor de Manila. En ese año fue destinado al Seminario de Naga, donde pasó poco más de dos años. Sirvió muy bien en nuestro Seminario; y Dios habrá premiado sus servicios. ¡Descanse en paz!






