Momentos difíciles 8: Hortaleza, detención, prisión y trabajos de los misioneros

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Benito Muruzábal, C.M. · Year of first publication: 1939 · Source: Anales Madrid, 1939, pp. 186ss.
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Mi estimado Sr. Albiol: Ante el reiterado deseo manifestado por V. de que escriba algo sobre la detención y prisión de los Padres y Hermanos de la Casa de Hortaleza, voy a hacerlo, aunque, como gorrión sin plumas, no pueda extender mucho el vuelo, para hacer una crónica completa de los hechos, de las emociones, de los sobresaltos que sufrimos en los primeros momentos y en los días de nuestra prisión.

I.- AÑO 1936

Ya, desde las elecciones últimas, los Superiores, con muy buen acuerdo, determinaron que el Noviciado pasase a Tardajos, quedando para custodia de la Casa los Padres Pampliega, Castizo y servidor, más doce Hermanos, para cuidar de la hacienda y servicio de la Casa y que fueron los Hermanos Gelabert, Armendáriz, Pato y Trachiner, profesos; y novicios Hermanos Corral, Yruretagoyena, Sobrino, Lucia, Acín, García, Espluga y Araujo, y a este número se sumó eI P. Pérez (Anacario) que estuvo el último mes.

Como en los últimos días se masticaba ya la revolución, cada uno procuró poner salvo aquello que más le interesaba. Dios quiso que yo lo perdiera todo; pues, ante los registros minuciosos, aquellos objetos propios de sacerdote podían comprometer y así todo lo quemaron. A otros, en parte, les sucedió lo propio,

18 de Julio: oímos desde casa los disparos de cañón y vimos que desde el aeródromo de Barajas los aviones se dirigían, por la mañana, al centro de Madrid y por la tarde a Vicálvaro, donde descargaban sus bombas. Pero, como las comunicaciones estaban cortadas, nada sabíamos en concreto de lo que acontecía, hasta que al día siguiente corrieron noticias del levantamiento y rendición de las tropas de Madrid.

19 de Julio, a las dos de la tarde: se presentó un grupo de milicianos armados con fusiles y pistolas, mandados por el Ayuntamiento de Madrid a los que acompañaban algunos milicianos del pueblo de Hortaleza (que, como habían comido el pan de casa, parecían un poco avergonzados) para registrar la casa y ver si, efectivamente, teníamos armas, como se les había dicho.

Ya por la mañana se habían presentado en casa el Presidente y Secretario del Comité que se había formado en Hortaleza, como en todos los pueblos y, llamando el Sr. Superior, le preguntaron si teníamos armas en casa y, como se les dijera que no, contestaron: «aunque sabemos que las tienen, nos atenemos a su palabra» y se marcharon sin decir más.

Los milicianos de Madrid iban dirigidos por un joven de buen porte y enérgico, armado también de fusil y pistola. Hacían alarde de haber rendido a los fascistas del Cuartel de la Montaña.

Nos ordenaron que estuviéramos todos en la puerta principal que da a la galería y, al ver que no éramos más que quince, el que hacía de jefe dijo: «¿En una casa tan grande no hay más personal?». En el Ayuntamiento de Madrid nos han dicho que aquí hay mucha gente. Contesté que había habido, efectivamente, más personal; pero que el 19 de febrero, después de las elecciones, trasladaron a los que faltaban a la provincia de Burgos. Quedó conforme y acto seguido mandó que el que hacía de Superior le acompañase, para registrar la casa.

No temíamos que encontraran nada que pudiera comprometernos; pero, al vernos entre gente tan armada y de tan mala catadura, la verdad, que no eran momentos para estar muy tranquilos, aunque cada uno procuraba aparentarlo.

Como había algunas puertas cerradas cuyas llaves estaban en mi poder por pertenecer a la Procura, me mandaron subir, siempre acompañado de milicianos armados. Todo se les franqueó, sin perderles de vista, para que no echaran mano de lo ajeno; puesto que con el registro no tenían otro fin que averiguar, si teníamos armas.

En las habitaciones donde no había personas que los observase o se descuidaron, allí quitaron lo que pudieron y les podía ser útil. Al Padre Pampliega, sin apercibirse, le sustrajeron un reloj bueno de bolsillo, un despertador, unos prismáticos y unas monedas de plata, y a otros Padres y Hermanos, otros objetos. Así comenzaban ya a poner en práctica el comunismo.

Hecho el registro minuciosamente, y cerciorados de que no teníamos armas, levantaron Acta en la que se hacía constar: cómo, verificado el registro, no se habían encontrado armas; y no se había opuesto resistencia alguna. Esta Acta fue firmada por el P. Pampliega y el que hacía de jefe, a fin de llevarla al Ayuntamiento de Madrid. Acto seguido, reunidos todos, nos leyó un decreto en que se hacía constar que estaba declarado el Estado de Guerra y que cualquier oposición, de palabra o de obra, a las autoridades o falta de respeto a los milicianos sería castigada con la pena de muerte y con esto terminó aquel largo y desagradable rato entre fusiles y pistolas.

Al despedirse esta Comisión, se presentó otra, de Ventas con el mismo fin, según decían, de registrar la casa. Se les hizo ver cómo acababan de registrarla y que no había lo que buscaban que eran armas. No hubo medio de hacerles desistir. La registraron otra vez. Nada encontraron, salvo algunas cosas de comer que las aprovecharon.

Al terminar éstos, llegaron otros, y nuevo registro.

Estas dos últimas Comisiones eran, al parecer, de peor catadura, pues, por su aspecto y actitud, parecían dispuestos a cometer cualquier atropello con nosotros.

Quizá, a pesar de lo que son los de Hortaleza, los milicianos de dicho pueblo, mandados por su Comité nos libraron con su presencia de un serio disgusto. Lo cierto es que aquella noche volvieron de nuevo con intención de quemar la casa y matarnos a todos, según nos enteramos al día siguiente; pero el Comité puso centinelas para guardar los conventos y para que nadie saliese de ellos y estos centinelas fueron los que, cumpliendo órdenes del Comité, amenazaron hacer fuego sobre los que venían, si no desistían de su intento, y se marchaban. Así nos libramos aquella noche de un serio peligro.

Con las malas impresiones que nos dejaron aquellas Comisiones de milicianos, y sin saber lo que pasaba en Madrid, nos fuimos a cenar y a acostarnos; aunque vestidos, por si asaltaban la casa y poder escapar por donde Dios le diera a entender a cada uno.

Todos formábamos cálculos; pero todos hubieran salido fallidos; pues está visto, que la revolución la tenían ya bien preparada y nadie se podía escapar y menos en los pueblos.

20 de julio: yo celebré el Santo Sacrificio en la capilla del Noviciado. La Misa la oyeron los Hermanos Gelabert y Armendáriz. Este, apenas terminada, se salió por la puerta baja de la huerta, para que nadie lo notara, dirigiéndose por el Colegio de Huérfanos de Telégrafos, o sea, por la finca conocida por el nombre de «El Quinto» a la carretera de Canillas. Si hubiera salido por la puerta principal, le hubieran detenido los milicianos de Hortaleza que hacían guardia en el transmisor de la luz y le hubieran hecho volver a casa y se hubiera evitado el susto que se llevó; aunque así pudo enterarse y darnos cuenta de lo mal que estaba el asunto.

Como digo, saliendo por la puerta baja de la huerta, pudo despistar a los milicianos de Hortaleza y llegar a la carretera de Canillas, donde estaba formado un Comité. Se le pidió la filiación y el objeto de su viaje que, según les dijo, era para arreglar la compra de una vaca cerca del Puente de Toledo. Como algunos del Comité le conocían como Hermano de los Frailes de Hortaleza, mandó el Presidente que le condujeran a dicho pueblo, para que el Comité allí constituido le juzgara.

Vuelta al coche en dirección a Hortaleza. Al llegar donde le habían detenido la primera vez, le mandaron bajar del coche y le presentaron de nuevo al Comité. Al entrar, quedó sorprendido al ver a los Hermanos Trachiner y Lucía, los dos de oficio carpintero, muy buenos Hermanos: el primero profeso hacía cuatro meses y el segundo, novicio. Le preguntaron si les conocía, dio sus nombres, diciendo que eran de casa. El Presidente ordenó que condujeran al Hermano Armendáriz al Comité de Hortaleza, según lo habían dispuesto en Ventas, quedándose los dos Hermanos muy tristes, al parecer, y sentados en el banquillo.

Conducido el Hermano Armendáriz a Hortaleza, no hicieron con él otra cosa que tenerle detenido hasta las once de la mañana, hora en que llamaron al señor Superior para otro asunto y, al volver a casa, le dijeron que se llevara al Hermano Armendáriz y que nadie saliéramos de casa, lamentándose de que se hubiera salido, despintándoles a ellos que tenían montada la guardia, para que nadie saliera ni entrara en el pueblo.

Como cada Comité tenía su jurisdicción, no querían, por lo visto, que nadie invadiera la suya. Aunque para aquella hora debían saber lo sucedido a los Hermanos Trachiner y Lucía, no se lo manifestaron.

A los Hermanos Novicios se les había entregado dinero para hacer el viaje a sus casas, si las cosas estaban mal y para esto, se les ordenó que fueran de dos en dos a la casa de Madrid, que allí se enteraran y, por lo que les dijese el Superior, tomaran la determinación de quedarse o marcharse a sus casas. Se les ordenó que dejaran las sotanas y salieran por la carretera de Hortaleza en dirección al tranvía. Si esto hubieran cumplido, seguramente no hubieran tenido la suerte trágica, humanamente hablando, que tuvieron. Les ocurrió salir por el mismo camino que el Hermano Armendáriz, llevando además en la maleta la sotana.

Las referencias que hemos tenido han sido: que los llevaron a Ventas y que aquel Comité, o los condenó a muerte por el único delito de ser religiosos, o los mandó conducir a Hortaleza, como lo había hecho con el Hermano Armendáriz y, al llegar al cementerio de Canillas, en un campo próximo al camino, los fusilaron y después a uno de ellos le cortaron la cabeza. Fueron los primeros mártires qué desde el cielo habrán intercedido por los que quedamos en medio de tanto peligro.

Una vez en casa el Hermano Armendáriz, nos contó sus impresiones y manifestó lo mal que estaban las cosas, según lo que había visto. Como el Comité había dicho al P. Pampliega que nadie saliera de casa y los milicianos del pueblo nos vigilaban, según pudimos observar, aunque sin saber si con fines buenos o malos, resolvimos esperar los acontecimientos y, dispuestos a morir, escapar, si podíamos.

20 de julio, a las tres de la tarde: nos trajeron la noticia de que había llegado al pueblo una patrulla de milicianos con el fin de quemar el convento y matarnos a todos. Como el Comité del pueblo había dicho que no nos moviéramos y que estaríamos seguros, no se le daba mucho crédito a dicha noticia; pero a la media hora, se presentó un grupo de milicianos armados entre los que había algunos del pueblo, intimándonos a abandonar la casa. El Presidente del Comité mandó al Alguacil para decirnos que, si nos poníamos a sus órdenes y entregábamos todo, ellos se cuidarían de nosotros. No había que dudar en este caso. Se les entregaron las llaves de la casa y hacienda. Acto seguido, con lo poco que cada uno pudo llevar, fuimos conducidos en fila entre fusiles y pistolas, como facinerosos, a la casa del Ayuntamiento donde estaba constituido el Comité. Una vez en presencia del Comité el que hacía de Jefe de los que habían llegado de fuera con el propósito de quemar y matar, dirigiéndose al Presidente y demás, les dice con desenfado y mal humor: «Camaradas aquí os entregamos a los frailes. Vosotros los juzgaréis. Si se han portado bien con vosotros, vosotros lo veréis. Si no se han portado bien, entregádnoslos a nosotros y nosotros sabremos lo que hemos de hacer con ellos». El Presidente del Comité le contestó con energía «que ellos se hacían cargo de nuestras personas, que el Comité tenía jurisdicción sobre todo el término de Hortaleza, que el sabría juzgar, sin que nadie de fuera pretendiera mermarle su autoridad ni mezclarse en asuntos de su jurisdicción, que a quien únicamente tenía que dar cuenta en asuntos de Hortaleza era al Comité principal de Madrid y lo que él resolviera, eso se haría». Desde luego se pudo comprender que, antes de llamarnos, había habido discusión entre ellos y seguramente, por la actitud del Comité de Hortaleza, ni quemaron la casa, ni nos asesinaron y, por lo que después sucedió, se ve claro que a ello, les debimos por entonces el conservar nuestras vidas.

Terminado aquel episodio con un «Camaradas, salud», se despidieron. Así que salieron los de fuera, el Secretario del Comité, conocido entre nosotros por el hijo del Sr. Eusebio y principal elemento de los rojos de Hortaleza a quien se debió, sin duda, aquella actitud del Comité en nuestro favor, tomó el teléfono y, hablando con el Centro de Seguridad de Madrid, les dijo: «Aquí el Comité de Hortaleza. Están aquí los frailes de Hortaleza. No han opuesto resistencia, ni se han encontrado armas ni municiones. Nos han entregado las llaves del convento de modo que todo es nuestro. Manden un carro de asalto para trasladarnos para trasladarlos a ésa». La contestación fue que en aquellos momentos no podían disponer de ningún Carro de Asalto, que cuando pudieran lo mandarían. Acto seguido nos tomaron la filiación y nos metieron en un cuartito pequeño con dos bancos, donde apenas cabíamos.

Luego llevaron a dos Padres Oblatos, capellanes de las religiosas de la Sagrada Familia de Hortaleza y a las nueve al Sr. Cura y a su hermano. A las Religiosas las aconsejaron, sin duda, por temor a que fuera asaltado el convento, sin poder evitarlo, que marcharan hacia el monte de la Moraleja. Aquí se fueron unas cincuenta, donde pasaron tres días con sus noches, sin que nadie las socorriera. Habían corrido rumores de que los fascistas habían llegado a la sierra de Guadarrama y se dirigían hacia Madrid y con esos rumores las gentes estaban alteradas y se podía temer cualquier atropello.

20 de Julio, a eso de las seis: llego una patrulla de gente de fuera, pretendiendo que el Comité nos entregara; pero el Comité se defendió y pudo conseguir que se marcharan. A las siete y a las ocho volvieron con la misma petición. Las palabras que se cruzaban entre el Presidente y los que iban al frente de la turba eran enérgicas y como las oíamos desde el cuartito donde estábamos recluidos, desde luego nos dinos cuenta de la gravedad de las circunstancias.

Por otra parte el Sr. Cura y su hermano que entraron a las nueve nos contaron cómo habían quemado imágenes, altares, ropas, armonium, y todo lo de la iglesia, haciendo con ello una gran hoguera, tomando parte en ello los del pueblo y los de fuera y en los conventos habían puesto la bandera comunista. Con estas impresiones y con las palabras que al entrar después en el cuartito nos dijo el Secretario del Comité: «Ya ven ustedes los esfuerzos que hemos tenido que hacer para librarlos de la muerte. Nosotros procuraremos defenderles, pero pudiera ser que viniera una avalancha que a todos arrollara», nos derterminamos todos aprovechar el tiempo, para prepararnos para morir, confesándonos todos. La Comisión insistió varias veces por teléfono, para que Seguridad mandara el Carro de Asalto prometido y, viendo que se retrasaba, mandó dos veces con oficio al Alguacil, para conseguirlo, y la última vez, que fue a la una de la mañana, volvió la contestación de que, no pudiendo disponer de, no pudiendo disponer de ningún Carro de Asalto, arreglaran en el pueblo un camión y nos mandaran.

Mientras tanto levantaron un Acta en que se hacía constar el agradecimiento por lo bien que se había conducido con nosotros el Comité porque, como decían, aunque esperamos que la victoria será nuestra en esta guerra que se ha iniciado, pero pudiera no ser así, y en ese caso esperamos que ustedes se portarán con nosotros, como nosotros nos hemos portado con ustedes. Luego nos indicaron que, como el dinero que llevásemos nos lo habían de quitar al entrar en la cárcel, si queríamos voluntariamente favorecer al pueblo, ya que en bastante tiempo no habían podido ganar jornales, nos lo agradecerían. Nos fueron llamando uno por uno y creo que todos fueron entregando la mayor parte del dinero que tenían; ya del peculio propio; va de la casa.

Ellos nos entregaron después a cada uno cincuenta pesetas, para que pudiéramos gastarlo en la cárcel y así pudimos proveernos de algunas cosas en el Economato de la cárcel. Desde luego se ve que aquello fue un timo que nos hicieron en Hortaleza; pues, al entrar en la cárcel, el dinero que cada uno llevaba, quedaba en depósito, hasta que recobrara la libertad, excepto el que gastara durante su permanencia en la cárcel.

21 de Julio, a las cuatro de la mañana: estaba preparado el camión descubierto que ocupamos los trece que éramos de casa, con dos Padres Oblatos, el señor Cura y su hermano. El Hermano Espluga, novicio, que se encontraba en la casa de Madrid lo mataron los primeros días de la revolución, según referencias, sin que hasta ahora se tengan noticias de las circunstancias de su muerte.

Para defender nuestras personas se pusieron en los costados del camión seis milicianos del pueblo armados con fusiles y pistolas, en actitud de disparar, si hacían fuego desde las azoteas o balcones sobre el convoy. Poca defensa, hubiéramos tenido, si hubieran hecho fuego sobre nosotros, porque iba el camión completamente ocupado y el blanco hubiera sido seguro. Pero, como era tan temprano, no se encontraba mucha gente al pasar por la Prosperidad y López de Hoyos que era donde se temía alguna agresión.

Al pasar por los sitios donde había guardias milicianos, las que iban en el camión, para defendernos, levantaban el puño en alto, diciendo: «Viva Rusia Segunda». Dos veces nos pararon en el camino y, con el volante que manifestaban, nos dejaban el paso libre. Bajamos por la Castellana, Alcalá, hasta la calle de la Reina, donde los balcones estaban ocupados por gente curiosa que esperaba, sin duda, nuestra llegada.

El Secretario del Comité que iba en la cabina nos presentó al jefe de Seguridad. Nos tomaron la filiación, nos quitaron todos los objetos cortantes y nos bajaron al sótano. Encontramos todo atestado de gente de todas clases, hombres, mujeres, religiosos, religiosas, títulos de la nobleza, el mare magnum, con un solo retrete y en muy malas condiciones. Estábamos de pie casi todos, pues no había lugar para sentarse ni moverse por la aglomeración de gente, y, como eran días tan calurosos, y no había apenas ventilación, la respiración se hacía difícil.

Estábamos sin comer desde el día anterior, a excepción de un pedacito de pan y un poco de chorizo que nos habían llevado de nuestra casa los milicianos de Hortaleza. Así estuvimos todo el día con un calor sofocante hasta las ocho y media de la noche en que nos llamaron a todos los de Hortaleza para trasladarnos a la cárcel Modelo.

Nos apretujamos todos en el coche, con algunos más y tomamos la dirección, por la Gran Vía, hacia la Plaza de España. En la misma dirección se veían camionetas llenas de milicianos, con el puño en alto, cantando «La Internacional», que se dirigían hacia la Sierra, para aniquilar a los Fascistas. Una de estas camionetas, con milicianos, que iba en dirección opuesta, conociendo el coche celular, se atraviesa para hacerle parar, diciendo a los pasajeros: «hay que matar a los presos». Dos Guardias de Asalto encargados de su custodia y que iban la cabina les amenazaban, diciéndoles que, si no dejan el paso libre, les hacen fuego y, ante esta amenaza, desisten de su intento. Sin más novedad llegamos a la Cárcel Modelo.

Nos conducen a la sala de visitas de los presos y nos disponemos a descansar y respirar a gusto, ya que salíamos de aquel lúgubre calabozo donde la atmósfera se masticaba. Nos sacaron dos calderos de agua fresca, al menos nos lo parecía, con dos vasos para unos sesenta. La agradecimos, como agua bajada del cielo. Allí estuvimos hasta las once en que nos llegó el turno, para tomarnos la filiación y huellas dactilares, como si fuéramos criminales.

Terminados los trámites con la entrega del dinero que nos quedaba, nos llevaron a las celdas, a descansar en el santo suelo, sirviéndome de colchón un periódico que por casualidad llevaba y de almohada un pequeño cabás (cestillo). Las celdas están hechas para un recluso, con tres metros y medio de largas y un metro noventa centímetros de anchas. En la que me tocó a mi nos colocaron a cinco: El Sr. Cura del Salvador; el Sr. Cura del Carmen, el Hermano Pato, el Hermano García, novicio, y un servidor. En algunas colocaban hasta seis y siete detenidos. A todos nos tenían por fascistas.

22 de Julio, por la mañana a eso de las seis: abren los cerrojos de las ventanillas, para que la gente se desperece, saque la basura a la puerta de la celda, que un ordenanza cuida de recoger, y se preparen a recibir el desayuno que consiste en un pequeño bollito y un cazo de lo que llamaban café con leche. Algo tenía de ello, pero, como en el pabellón o galería hecho para trescientos, había ordinariamente de ochocientos a novecientos, la cantidad destinada para trescientos se extendía para los ochocientos, por lo visto. El que podía hacerse con latas de leche, lo tomaba menos mal. Para los presos, recién llegados, no había desayuno; pues había que repartir antes plato cuchara y vaso, todo de latón. Pasamos, pues, dos días sin comer ya que hasta medio día no nos dieron nada.

A mediodía nos daban una libreta de pan aceptable, para todo el día, un cazo de sopa y otro de garbanzos y por la noche un cazo de judías o lentejas.

A las nueve de la mañana nos sacaban a los patios a tomar y sol y comunicarnos con los presos del mismo pabellón o galería. Todos los días entraban nuevos presos de la capital y de los pueblos y por ellos nos enteramos de las atrocidades que cometían los rojos por todas partes.

A las doce subíamos a las celdas, para comer; a las dos y media, de nuevo a los patios, con el sol abrasador que hacía, hasta las siete. A las ocho, la cena y a las nueve, se apagaban las luces, para dormir, el que podía con las malas noticias que continuamente recibíamos.

A los ocho días pudimos conseguir un petate de esparto y una manta para cada uno, gracias a un Oficial tildado de derechas, paisano de don Antonio Martínez que tanto me ha favorecido en esta ocasión. Así ya se podía descansar con relativa comodidad.

De esta manera pasamos el primer mes en la cárcel, durante el cual llegaban noticias de que querían asaltar la cárcel y asesinar a los presos, como lo habían hecho en varias cárceles de provincias. Aunque todo esto no era muy a propósito para inspirarnos ninguna tranquilidad, sin embargo, como se habían pasado las horas angustiosas en que tanto peligro corrió nuestra vida en Hortaleza, allí nos creíamos más seguros; puesto que, por lo que nos había sucedido a nosotros y por lo que contaban otros que llegaban, de asesinatos, etc., la cárcel era el refugio que ofrecía alguna seguridad.

El Capellán Mayor del Carmen que estaba en mi celda y tenía mucha amistad con D. Amós Salvador, político destacado de la Monarquía y de la República, recibió un recado de él, desde el Ministerio de la Gobernación, en que le decía que se interesaba por él, pero que no hiciera nada por salir, porque creía la cárcel como el lugar más seguro. Esto nos tranquilizaba algo, en medio de las malas impresiones que cada día se recibían.

Teníamos el consuelo de comunicarnos todos los de casa y, paseando por el patio, recibir el sacramento de la Penitencia, como lo hacían también los seglares, Sacerdotes y Religiosos. Allí rezábamos nuestros rosarios, para suplir el rezo divino, si todos los que había en las celdas no inspiraban confianza, para rezarlo en ellas.

A mediados de agosto comenzaron a correr voces poco tranquilizadoras para los presos. Algunos milicianos se permitían subir a la garita del guardia profiriendo blasfemias, y amenazas, llamándonos fascistas, diciendo que nos iban a matar. Habla algunos destacados fascistas allí; pero como a todos los presos de derechas nos comprendían bajo ese nombre, todos caíamos bajo la amenaza. Por otra parte, a algunos, protegidos por personalidades de la situación, los días 19 y 20 los habían puesto en libertad, y en la noche del 19 habían matado en los sótanos a tres y cuatro funcionarios tildados de derechistas.

21 de agosto, por la mañana: después del desayuno, sin bajarnos, como de costumbre, a los patios, entraron los milicianos con fusiles y bayoneta calada, acompañados de policía y de un Oficial de Prisiones. Nos echaron, quitándonos todo lo que tuviese algo de valor, incluso medallas, rosarios, que muchas veces arrojaban al suelo, diciendo que ya no nos hacían falta. Al P. Pampliega que, al cogerle una parte del Breviario que tenía, les dijo que para qué querían aquello, que de nada les servía, le contestaron: a tí lo que te hace falta en lugar de libro son dos balazos de ésta, enseñándole la pistola. Despojaron a todos los presos de todo, salvo a los presos comunes, dejándonos una impresión profundamente desagradable. Aquel día no repartieron comida, pues por lo que se vio después, la intención era matarnos a todos aquella tarde, excepto a los presos comunes; pero la divina Providencia veló por nosotros.

A las cuatro y media dieron orden, para que todos los presos de las Galerías o pabellones, que sumarían unos cuatro o cinco mil bajásemos a los patios, lugar destinado para el sacrificio. Los presos comunes, que serían unos trescientos, quedaron en su galería y en sus celdas, para luego darles libertad, con el compromiso de alistarse en las milicias para seis meses.

Todo lo tenían planeado, según se vio. Para ello se preparó a los presos comunes, para que éstos prendieran fuego dentro de la cárcel y tener pretexto para atribuirlo a los presos políticos, o sea, fascistas, que pretendían huir y así entrar y matarlos a todos, excepto a los presos comunes.

Ya aquella tarde se habían colocado algunos milicianos armados en las azoteas de las casas, desde donde dominaban algunos patios de la cárcel, entre ellos el nuestro, y habían colocado ametralladoras, con el objeto de que nadie escapase, si del fuego que nos hicieran de dentro pretendiera alguno librarse. Otros milicianos tomaron posiciones desde las ventanas interiores de los sótanos de la cárcel, que daban a los patios, para hacer fuego desde ellas, y finalmente, la misión de otros era entrar por la puerta que da acceso al patio y con ametralladoras segarnos a todos. Pero semejante plan diabólico no les salió bien, debido, únicamente, a la Providencia de Dios. Ya en el patio, todos comentaban y manifestaban la mala impresión que les había causado el registro en que se nos despojó de todo, las palabras soeces, blasfemias y amenazas de los milicianos, sin que ni la Policía ni los Oficiales que lo presenciaban dijeran una palabra. Todo presagiaba algún acontecimiento desagradable. En efecto, a las cinco y cuarto se observa que del centro de la cárcel se eleva una gran columna de humo (habían prendido fuego a la leña destinada para el horno del pan), al mismo tiempo se oyen en la galería de presos comunes grandes gritos de: ¡Viva la anarquía! ¡Viva el comunismo!, acompañados de grandes golpes que, sin duda, daban en las puertas. Al principio se creyó que no los habrían sacado de las celdas y por eso se revolucionaban; pero, no; era la señal convenida, para darles libertad y llevarlos al cuartel próximo y algunos que ya en la calle pretendieron escabullirse lo pagaron con la vida, creyendo que eran fascistas que escapaban. El fuego iba en aumento, llenándonos de ansiedad. Los milicianos, desde las azoteas y, encaramados en las tapias, junto a la guardia, nos insultan y amenazan. Corrió la voz entre los presos de que nadie hiciera ademán alguno de protesta; pues es, al parecer, lo que se busca para hacernos fuego. Mientras tanto, llegan los bomberos, penetran en el interior los carros y con el fuego y el agua las cristalerías del centro cayeron, hechas añicos, y el piso que da acceso a las galerías, debajo del cual estaba el fuego, se derrumbó, impidiendo que los milicianos penetrasen en los patios con las ametralladoras. Ya, al principio del fuego, uno de oficiales, viendo el cariz que tomaban las cosas, cerró la puerta principal hierro que da acceso a las galerías, tirando la llave no se sabe a donde y huyendo. Lo que de momento les impidió penetrar, y después, el fuego fue el obstáculo principal. De modo que lo que les iba a servir de pretexto para entrar en la cárcel y matarnos fue cambiado por la Providencia en nuestra salvación.

Entre tanto, impacientes los milicianos apostados en las azoteas, al ver que del interior de la cárcel no asoman en los patios, para terminar con nosotros, amenazan con hacernos fuego. El centinela, encargado de nuestra custodia, les contesta desde la garita que, si hacen fuego, él lo hará sobre ellos. Se contienen por algún tiempo; hasta que a eso de las ocho y media comenzaron con una lluvia de fuego espantosa. Los inocentes presos que ya estábamos apretujados, junto a la tapia que nos defendía de la vista de ellos, caímos en tierra, procurando cada uno esconder la cabeza. Un lego Agustino que se encontraba en la orilla se puso de rodillas, en oración, dando las balas a su lado, sin que ni una le rozara, lo cual todos consideraron providencial. Solamente hubo dos heridos y al advertirles que no hicieran fuego, que habían herido a dos, uno de ellos sacerdote extranjero, contestaron: sáquenlos al medio, y los remataremos. Había entre nosotros veinte de los presos comunes y éstos, que la mayor parte estaban en el secreto, les rogaron que no tiraran, porque había presos comunes y, en atención a ellos, suspendieron el tiroteo; pero advirtiendo que a ellos los sacarían libres al día siguiente y a los demás nos matarían, y que no nos quedaba de vida más que hasta las seis de la mañana. Se dijo que las Embajadas habían influido, para que no se llevara a efecto aquella amenaza y proyecto de matanza. Sea lo que fuere, el proyecto de matarnos no se realizó. Sin embargo, todos se prepararon aquella noche para morir y, salvo raras excepciones, todos se confesaron. El efecto fué como el de una Misión que después se notó mucho.

Aunque en nuestro patio no pudieron entrar, debido al derrumbamiento del piso por el fuego, pudieron sin embargo, penetrar en algunos departamentos, como en la enfermería, donde se encontraban los Generales Villegas y Navarro, algunos sacerdotes y otros varios, donde, a unos en sus celdas y a otros en el patio en grupos, a todos los fusilaron o los mataron con la bayoneta. En uno de los patios donde los presos se habían podido librar de la lluvia de balas, como nosotros, encontrándose descansando en filas sobre el duro suelo, penetraron a la una de la mañana un miliciano y una miliciana y, como nadie diera señales de vida, la miliciana dijo: estos ya son cadáveres; pero el que la acompañaba, por si alguno pudiera vivir, añadió: hay que darles el tiro de gracia. Entonces un comunista de los que se habían hecho cargo de la cárcel y que estaba custodiándolos, llevado de su buen corazón, les dijo: como hagan un disparo, les levanto la tapa de los sesos, y así se libraron de la muerte por aquel momento.

Aquella noche ha quedado bautizada entre los presos con el de noche trágica. Muchas promesas se hicieron y muchas visitas la Virgen del Pilar de los que sobrevivan.

Aunque la mayoría de los presos se libró aquella noche de la muerte, sin embargo; se calculaba por los que lo observaron, que fueron unos cuatrocientos los que mataron en la enfermería, sótanos y patios aquella noche y día siguiente. Entre ellos: Ruiz de Alda, un hermano de José Antonio Primo de Ribera, un primo suyo, Albiñana, Melquiades Alvarez, etc., etc. A todos los despojaron de la ropa, como pudo observarlo, al ver sus cadáveres en el Cementerio del Este, uno que después entró preso. Sobre el pavimento de los sótanos aparecía mucha cantidad de serrín, para que se empapara la sangre, según testimonio de los que fueron mandados para limpiar dichos sótanos.

Desde los primeros días de hacerse cargo los milicianos de la cárcel, se formó en ella en Tribunal popular y todas las mañanas, a la una, a las tres y a las cinco, se oían descargas, con el consiguiente tiro de gracia; se creía que era de los sentenciados. De nueve a once de la noche y por la mañana temprano, se sacaban diariamente presos que no se sabía a dónde iban a parar, aunque, por los indicios, iban a la muerte.

Día hubo en que se presentaron los milicianos en el pabellón o galería que yo ocupaba, con una lista de ochenta y tres presos, para que se los entregaran, por orden del Tribunal o Junta de Defensa y, al copiar los Ordenanzas la lista de los que pedían y entregársela al que estaba encargado de nuestra custodia, Comandante Bergara, Comunista, éste metiéndosela en el bolsillo, exclamó: se acabaron las matanzas; y se marchó, no apareciendo en la cárcel durante once horas, y como no podían entregarles los presos, sin su orden, por más que los milicianos insistieron en pedirlos, al fin, aburridos, viendo que el Jefe no llegaba, se marcharon y así se libraron de la muerte aquellos ochenta y tres presos, entre los cuales pudiera habernos tocado a alguno de casa. De otros pabellones no se pudo saber cuantos se llevaron aquel día. De un modo parecido se libró otro grupo, otro día. De la noche para la mañana, desaparecieron muchos conocidos, entrando otros nuevos a ocupar las celdas que ellos habían dejado.

Mediados de octubre: los que estábamos en la galería cuarta supimos que habían ingresado en la cárcel, galería tercera, los señores Martín, Elías Fuente, Reguero y el Hermano Garcías (Portero), y a los pocos días el P. Pérez (Laureano). Este señor, según nos dijo el Hermano Corral que estaba con ellos y con quien podíamos comunicarnos por pertenecer a la brigada de albañiles y como tal podía andar por todas las galerías, andaba muy reservado, para que no le conocieran. A este señor le sacaron pronto, como al P. Reguero, sin saber a dónde los llevaron y se les considera como fusilados.

Primeros de noviembre : sucedió que un día entraron en la cárcel ciento cincuenta Policías de la Secreta y al día siguiente otros ciento cincuenta o doscientos, todos ellos, al ir a presentarse en Seguridad, para hacer el relevo fueron despojados del Carnet y llevaron a la cárcel. En mi celda entraron dos, buenos al parecer, muy preocupados por su suerte, porque, como eran de la Policía antigua, tenían que deshacerse de ella, por conocer al personal pues habían entrado muchos.

Unos ocho días antes de salir de Madrid me encontré con uno de ellos y me dijo que de todos aquellos Policías que habían entrado en la cárcel no quedaban más que ocho. Muchos salían de la cárcel preparados para la muerte, con la confesión y últimamente con la Comunión.

En la cárcel se suprimió completamente la Misa, aunque se pidió, permitiéndose solamente cuando, la ejecución del General Fanjul y Salazar Alonso que lo pidieron y se les concedió esta gracia. Para dicha nuestra, un señor muy piadoso que, por la ocupación que tenía en la cárcel, podía tener visita particular de su esposa, buena como él, pudo conseguir, burIando la vigilancia del miliciano que estaba siempre presente que le llevara, por dos veces, una cajita con cincuenta formas consagradas. Este señor, acompañado de otro que, según referencias, es considerado como el mejor arquitecto de España, en hora en que se encontraban solos en la celda, puestos de rodillas dividían cada forma en seis y ocho pedacitos que envolvían en papel de fumar, para que pudieran recibir a Jesús Sacramentado el mayor número posible. No hay que decir que esto exigía la mayor reserva, pues cualquier indiscreción podía costar la vida. Solamente a los que les inspiraban confianza y con la mayor reserva se lo comunicaban. Así pude yo recibir dos veces a Jesús Sacramentado, guardando la Sagrada Forma en una pequeña cajita de máquina de afeitar.

Así pasamos tres meses bajo la custodia de los comunistas y de los de la C. N. T., después del incendio de la cárcel con las impresiones que es de suponer. Todavía nos confesamos y preparamos para morir dos veces más, pues los intentos de asalto a la cárcel se repitieron. Y otra vez que pasó desapercibida para los presos en los primeros momentos y en todos se vió la Providencia de Dios que nos sacó libres.

En este intervalo consiguió el P. Castillo la libertad que trabajó por medio de su cuñado, Cabo de la Guardia civil y un miliciano. Le llamaron a las cuatro de la tarde, cuando todos estábamos en el patio y, como no daban tiempo para despedirse de cada uno, a todos, desde la escalerilla, dió un adiós con la mano. Salía muy contento y máxime en aquella hora en que se decía que no había peligro. Tenía, por lo visto, convenido con su cuñado que le esperaría en la puerta, cuando saliera; pero se encontró decepcionado. Con permiso habló por teléfono al cuartel y nadie le contestó. Al salir de la puerta de la cárcel en dirección a los Cuatro Caminos, a los pocos pasos, dos milicianos lo pararon, diciéndole: ¿Tú eres de los frailes de Hortaleza?. Uno de ellos había estado en el primer registro de la casa. Como les contestara que efectivamente era de ellos, le preguntaron dónde estaban los otros. Recibida la contestación de que nos encontrábamos en la cárcel, le comunicaron que al cuartel no podía ir; que eligiera una pensión, y allí le acompañarían. Así lo hicieron, por lo visto, dándole orden de que de allí no saliera. A los pocos días le llevaron al cuartel y allí le encerraron, juntamente con su cuñado y el miliciano que había intervenido en su libertad y, a los tres días, a las cinco de la mañana, los sacaron y junto a los muros del cuartel a los tres los fusilaron. Estas son en síntesis las referencias que se tuvieron de la muerte del P. Castillo (q. e. p. d.). Todo hace sospechar que, al darle libertad estaba ya sentenciado, como sucedió en otros casos. Dos días antes nos habíamos confesado para morir; pues los indicios todos eran de que iban a asaltar la cárcel, como el día del incendio; pero que lo evitó la entereza del que tenía el cargo de su custodia, cerrando las puertas de la verja que dan a la calle y colocando tres ametralladoras por la parte de dentro, en disposición de disparar, si pretendían asaltarla.

En continuas emociones y ansiedades pasamos cuatro meses en la Cárcel Modelo, hasta que llegaron las tropas nacionales a las proximidades de Madrid, haciéndose fuertes en la Ciudad Universitaria y comenzando los ataques, tan próximos, que parecía que todo tocaba a su fin, puesto que con sus carros de asalto llegaban por las noches a las mismas puertas de la cárcel y hasta la calle de Argüelles.

Hacia el 12 de noviembre se apresuraron a sacar gente de la cárcel para alojar a la columna internacional que llegaba a Madrid y al mismo tiempo comenzaron a hacer parapetos y trincheras, para defender la cárcel y la entrada de Madrid. Debieron tener noticia de esto los nacionales, puesto que luego comenzaron a hacer fuego de cañón sobre ella y sus alrededores y a arrojar bombas la aviación.

17 de Noviembre: un avión arrojó una bomba sobre el centro de la cárcel matando a dos jóvenes de Falange, quienes murieron, dando un ¡Viva España! que enterneció e hizo llorar a los milicianos que estaban presentes.

Se dijo que el Gobierno de Franco, en vista de que la Columna Internacional se alojaba en la cárcel. había pasado comunicación para que sacaran los presos, porque no la respetarían y que el 15 la Radio de Madrid había dicho que los presos habían sido evacuados.

En vista de! peligro, el encargado de la cárcel se apresuró a hacer las diligencias para trasladarnos a otras cárceles de la capital, pues, para llevarnos fuera, no había medios, y a las cinco del 17 comenzaron a sacar apresuradamente, por grupos de 500. A las ocho y media nos tocaba el turno a los Padres Pampliega,Martín y un servidor, con los Hermanos Gelabert y Sobrino. Salimos cuando se daba un fuerte ataque en las proximidades de la cárcel; pero, gracias a Dios, no nos tocó ningún proyectil de los que muy cerca se estrellaron. No tuvieron esa suerte parte de los que salieron después, a quienes estando montando en el coche, se acercó un avión el cual, dejando caer un bomba sobre la puerta de la cárcel, entre muertes y heridos de los presos dejó veintidós en tierra. A ninguno de los nuestros tocó esta desgracia y fueron a diferentes cárceles.

A nosotros nos condujeron al Colegio de Padres Escolapios de la calle de Porlier o Torrijos, convertido en cárcel. Nos colocaron en un ángulo de un piso, donde éramos setecientos. Estábamos, como piojos en costura, y por los que estábamos en ese departamento, se calcula que estaríamos en la casa unos cinco mil

Las condiciones higiénicas eran bastante pésimas, los alimentos muy escasos y, como los medios de transporte no abundaban, se apresuraron a dar libertad a los de sesenta años para adelante a quienes de nada se les pudiera acusar, salvo el ser de derechas.

21 de noviembre: a las cuatro de la tarde, les llegó la libertad deseada al Sr. Martín y al H. Gelabert y, a las cinco, a mí. Mi salida mee parecía un sueño. Al verme en libertad, me llenaba de gozo, por otra parte, un empleado de prisiones, al entregarme en la puerta el documento en que consta mi libertad me dice: váyase de prisa a casa, porque a esta hora es peligroso andar por la calle. Eran las cinco y pico. No tenía señalada ninguna casa donde recogerme. Un poco apurada era mi situación, porque, al pedir el dinero que me quedaba en la Administración de la cárcel, me contestaron que no había y que volviera dentro de dos días por ello.

Entonces me recordé del ofrecimiento de una casa de un amigo, Don Antonio Martínez, para un caso apurado y allí me dirigí, que por cierto estaba lejos y en zona de guerra, cerca de la cárcel Modelo.

Llegué a las seis de la tarde, en el momento en que el amigo despedía al último inquilino de los catorce que había en la casa, pues todos habían evacuado de los siete pisos, en vista de los obuses que caían cerca y habían causado algunas víctimas.

Fue providencial que hasta la portera hubiese abandonado la casa, pues era muy de izquierdas y ya habían sacado de la casa a tres hombres de derechas para matarlos, con aplauso de las vecinas de las casas próximas. Solo mis amigos se habían quedado en casa, para el cuidado de ella. Así pudo recibirme y yo estar oculto con aquella buena familia cuatro meses.

22 de Noviembre: al día siguiente de llegar cayó un obús haciendo un gran destrozo en el último piso y en pocos días cayeron seis u ocho que, gracias a Dios, no hicieron más que daños materiales. Aquí tuve noticia por persona bien enterada, cómo, a mediados de febrero del 1937, un día habían entrado en la cárcel de Alcalá 500 milicianos y habían pasado a cuchillo a seiscientos sesenta y cuatro presos, muchos de los cuales eran de los trasladados de la Cárcel Modelo de Madrid.

Por entonces no se encontraba ningunode casa en ella. Después supe que habían levado a esa cárcel al H. Pato y que en el juicio que se le formó había sido condenado a un año de prisión.

II.- AÑO 1937

Durante mi permanencia en casa de los amigos, pude celebrar unos doce días, aunque con alguna repugnancia de ellos, por temor a alguna denuncia. No sé si por esto o por que buscasen otra persona que se había refugiado en ella, es el caso que, el 23 de marzo, se presentó la Policía y me detuvo conduciéndome a la Comisaría.

Los amigos; que tenían buenas influencias, dieron los pasos y se consiguió que me dejaran en libertad; pero obligándome a salir de Madrid, pues como me dijeron, ni a mi me convenía estar en Madrid, ni a ellos les convenía que yo estuviese, añadiendo que no me escondiera, porque sería peor para mí. Rogué y supliqué que me dejaran tiempo, para sacar el pasaporte para Francia, pero, con buenas formas, me contestaron que lo podría hacer eso en Valencia o en Barcelona o donde me llevarían el día siguiente; pero, en fin que me presentara al jefe de Evacuación y me entendiera con él.

Sin pérdida de tiempo, me dirigí a la Plaza de Santa Bárbara donde se encontraba la oficina de Evacuación. Encontré al Jefe muy condescendiente, dejándome en libertad de hacerlo por cuenta del Gobierno o por la Delegación Vasca, como yo deseaba, el sacar un pasaporte para Francia.

Como el señor Elías Fuente me dijo que no tenía ninguna pensión donde poder colocarme, aproveché esta buena ocasión del jefe de Evacuación para trabajar, por medio de un hermano de Sor Jesús Moleres, mi ingreso en el Refugio Vasco, donde pude estar cuatro meses, trabajando mi pasaporte para el Extranjero. Durante este tiempo pude hacer mi ministerio, aunque muy reservada-mente. Administré a tres personas el Santo Viático, a dos la Extrema Unción y un Bautismo con todas las solemnidades de la Iglesia.

En una de estas ocasiones conocí a D. Horacio Echevarrieta, quien se interesó con la Embajada inglesa para que me sacara en una de las Evacuaciones que hacía y, conseguido al fin mi pasaporte, después de muchos pasos, quiso la Providencia que llegara el día en que pude salir de Madrid por medio de dicha Embajada.

No todos los de la expedición pudimos llegar a tiempo para tomar el vapor que nos había de conducir a Marsella, porque algunos coches, sea por sabotaje o por lo que fuere, se estropearon en el camino; pero al fin, después de mil peripecias y sobresaltos, llegamos a Valencia, donde la Embajada Inglesa nos colocó a tres millas del puerto en un crucero de Guerra, donde estuvimos día y medio muy bien atendidos. Luego nos trasladaron a un Destroyer que en 18 horas nos puso en Marsella. Aunque, como se adivinaba, la tripulación de los buques simpatizaba con los rojos, estuvieron muy atentos con nosotros, quedando muy agradecidos a sus atenciones que manifestamos por escrito.

Al llegar a Marsella me encontré con el P. Sierra y Sor Rosa, sobrina del P. Orzanco, que salían para ver si llegaban los Padres Arnao, Montón y Orzanco. Una desilusión, pues no llegaba más que uno a quien no se le esperaba. Estuve descansando unos días en Marsella, en compañía del P. Sierra y Superior de la Casa; siendo muy bien atendido.

Omitiendo muchas cosas que harían demasiado extensa esta reseña, esto es, Sr. Albiol lo que puedo manifestarle de la detención y prisión y trabajos de los Padres y Hermanos de la Casa de Hortaleza. Supe que los Hermanos Gelagert y Armendáriz, después que salieron de la cárcel, los conocieron y los mataron.

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