Me ruega encarecidamente el Señor Director de los ANALES que escriba algo sobre mi estancia en la zona roja desde que estalló la revolución hasta mi llegada a la España Nacional, que diga relación con nuestra Congregación o con las Hijas de !a Caridad.
1.- El 19 de Julio, Fiesta de San Vicente
La revolución estaba en su apogeo, y desgraciadamente llegaban noticias muy alarmantes. Nuestra Basílica, como todas las iglesias, estaba cerrada […]. Nos reunimos todos los de la Comunidad, para implorar el auxilio de nuestro Santo Fundador a favor de España y de su doble familia. No olvidaré jamás aquella fiesta íntima y tan llena de impresiones. ¡Estaba el horizonte tan negro y amenazador para nosotros!. Con todo, no podías sospechar que llegara a ser tan deshecha y tan espantosa la tormenta que estaba encima, ni tan horrible la pedrea que nos iba a caer. La Santa Misa, celebrada por el R. P. José Ibáñez, (q. e. d.) fue rezada, y sin armonizar. La solemnidad exterior de otros años fue suplida con creces por nuestro fervor y las oraciones que elevábamos al cielo ante las reliquias de San Vicente.
2.- El Hermano Roque Catalán
Quiero hacer aquí particular mención de este fervoroso y santo Hermano coadjutor de nuestra Casa de Madrid […]. Su anhelo constante en estos últimos años era el de ser mártir, y Dios se lo ha concedido indudablemente.
Tenía costumbre cada año de visitar el Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles; y lo hacía de una manera muy particular, muy suya. Obtenido el permiso del padre Superior, salía muy de mañana de casa, y luego de pasar el puente de los mataderos, se descalzaba, y así, en actitud penitente, se iba hasta la cumbre del Cerro, es decir, unos siete kilómetros de carretera. Acostumbraba luego pasar todo el día en obras de piedad, unas veces orando ante la imagen del divino Corazón, otras oyendo todas las misas que celebraban, en las que procuraba ayudar, si le era posible, otras haciendo el víacrucis, otras rezando varias partes del santo Rosario. Era aquel día para él un día de jubileo, de expiación y de penitencia. Quiso celebrar en este año la fiesta de nuestro Santo Fundador en el Cerro de los Ángeles. Yo fui confidente de su disposición espiritual: «he ido al Cerro de los Ángeles, me decía al volver, y he pasado todo el día haciendo penitencia, ayunando a pan y agua, por España, porque tiene gran necesidad de misericordia. He rogado también con insistencia por nuestra Congregación y por las Hijas de la Caridad, para que nos llene el Señor del espíritu de nuestro Santo Padre y nos llene de fortaleza en esta revolución que tenemos encima. He pedido sobre todo al Divino Corazón que me conceda la gracia de morir por su amor, o ser mártir, y espero firmemente que me lo ha de conceder».
Y cosa admirable; al día siguiente se cumplieron sus deseos. Se nos comunicó que nuestros Padres y Hermanos de nuestra casa de Hortaleza habían sido apresados por los rojos, y que dos habían sido muertos a tiros en el camino de Canilleja cuando iban huyendo de los milicianos. Nada más sabíamos del paradero de nuestros queridos hermanos de Congregación, ni pudimos saber más, y esta noticia, traída a la Casa de Madrid, no la dábamos mucho crédito, por ser muy vaga y sin detalles de ningún género. ¡Qué hace entonces nuestro buen Hermano Catalán!. Pedir permiso al P. Superior para ir a Hortaleza para cerciorarse del paradero de nuestra Comunidad, y ver si podía hacer algo en su favor. Obtenido el permiso, […], nos dice: «Voy con la bendición de Dios a enterarme de nuestros hermanos de Hortaleza, y determinado a confesar altamente mi fe si sale el caso, que con seguridad me saldrá. Si no vuelvo, no se preocupen de mí, sino canten un Tedeum al Señor en acción de gracias, porque me habrán martirizado, y estaré en el cielo». Esta fue su despedida. El buen Hermano Catalán no volvió a casa, ni supimos ya nada de él. Pasados unos días se nos dijo que le habían fusilado, y que su cadáver lo vieron tendido en la carretera de Hortaleza. […].
3.- Atacan los milicianos a nuestra Casa Central. Horas angustiosas
Habían abandonado ya sus residencias todos los religiosos y religiosas, quedando sus casas a merced de la chusma. […]. La situación de nuestros Misioneros era mucho más crítica (que la de las Hermanas), por aquello de ser perseguidos los religiosos y Sacerdotes, con mucha más saña. Con seguridad que fuimos nosotros los que permanecimos más tiempo en nuestra residencia por excesivo optimismo, aunque vivíamos realmente en continuo sobresalto. Aquello no era vivir, y el 25 de julio hubimos de abandonar la casa apenas amaneció, saliendo con vida de verdadero milagro. El haber aguardado tanto se debía a la seguridad que creíamos tener en nuestra casa, estando en ella hospedados ciento quince Guardias Civiles que habían venido de los pueblos de la provincia y que nos pidieron alojamiento como en otras ocasiones. ¿Dónde vamos a estar más seguros, nos decía repetidas veces el P. José Ibáñez, que hacía de Superior, con un regimiento de Guardias que tenemos en casa, puesto que está convertida en cuartel?. Esto parecía lógico, pero ¡ay! fallaron todos los cálculos humanos. A pesar de la guardia constante que defendía la casa, no impidió que los rojos atacaran con verdadera furia a nuestro edificio el día 23 por la tarde. Bajo el fútil pretexto de que había salido un disparo de la casa, según aseguraba un mal vecino nuestro, nos atacaron los milicianos con tal furor, que creíamos había llegado nuestra última hora. Nos bajamos todos a la Basílica para orar ante el Santísimo […].
Al ver la Guardia Civilque aquello se ponía tan feo, y que peligraban sus vidas si continuaba por más tiempo el ataque salieron cuatro de ellos, fusil en brazo, y en actitud de hacer frente, dieron el alto a los milicianos. Esta actitud, valiente y decidida contuvo a los atacantes, y cesaron totalmente los disparos al asegurarles los guardias que no había salido un solo tiro del convento. El asunto estaba muy feo para nosotros. Harto comprendimos que esto no había de quedar así; que no era sino un pequeño compás de espera para arremeter con más saña contra nosotros.
Nuestra salida definitiva de la casa se imponía urgentemente; y así lo hicieron aquella misma tarde algunos de nuestros Misioneros y Hermanos coadjutores, aunque los más permanecimos todavía en casa, pero con un miedo más que regular en nuestro cuerpo y un ánimo abatido ante la tormenta que se cernía imponente y amenazadora sobre nuestras cabezas.
4.- Entrada de los rojos en nuestra Casa.
El día 24 fue, sin duda alguna, el día más angustioso para nosotros. A las once de la noche se oye una enorme detonación en el interior de la casa, que nos alarmó sobremanera. Estaban ya dentro de ella unos 50 milicianos y una docena de milicianas. Armaban un griterío infernal. El disparo fue señal para empezar el registro de los cuartos y dependencias de la residencia. Mientras tanto otro grupo de milicianos entraba por la calle de Fernández de la Hoz en el otro edificio de la casa en donde están la cocina, despensa, refectorio otras dependencias, saqueando totalmente cuanto había ellos, sobre todo, la despensa, de la que se llevaron todo lo que encontraron, que debía de ser bastante, puesto, que los Guardias trajeron una buena cantidad de subsistencias para toda la temporada.
Como estábamos ya acostados, a excepción de dos o tres que cada noche velaban para llamar a la Comunidad si viniera el enemigo, el sobresalto que nos produjo la turbamulta fue enorme e indescriptible, sobre todo cuando oíamos los fuertes golpes que daban contra las puertas de las habitaciones con las culatas de los fusiles y los martillos que traían. A muchos los sorprendieron en la misma cama, pues subieron precipitadamente a los pisos, ante el temor, según parecía, de que alguien se escapase o huyera.
Tenían bien estudiada la maniobra. Cuando íbamos saliendo de nuestros respectivos cuartos, enfilaban los fusiles contra nosotros, y en esta actitud permanecían hasta que llegaban a nuestro lado. Calculen nuestros lectores qué impresión sería la nuestra al ver aquella actitud de nuestros visitantes. Unos traían fusil, que eran los más; otros tenían en sus manos la browin con el gatillo levantado; otros llevaban hoces afiladísimas y brillantes, que era lo que más me impresionó a mí, porque hacían además el ademán de que nos iban a cortar el cuello: otros, en fin, traían el clásico martillo comunista, con el cual golpeaban fuertemente las puertas de las habitaciones y rompían los cristales de los montantes, aumentando con ello mucho más nuestro pavor y miedo. Aquello parecía un infierno. No creo presenciar en mi vida un espectáculo más horroroso. Había, sin embargo, entre ellos algunos menos exaltados y más humanitarios. Hubo uno sobre todo que llegó a decirnos que no temiéramos, que nada había contra nosotros, y acercándose al pobrecito P. Reguero, que estaba enfermo, le ayudó a levantarse y hasta a colocarse el corsé ortopédico que llevaba.
Y, a pesar de las fuertes detonaciones de fusil con que entraron en casa; a pesar del infernal griterío, que armaban fuera y dentro del edificio, la Guardia civil no se enteró, o no quiso enterarse de lo que pasaba, consintiendo a ciencia y paciencia que se nos atropellase de una manera tan vil e inhumana con nosotros que con tan buena voluntad les habíamos acogido que todo nos parecía poco para servirles. […].
5.- Nos cierran en una habitación para matarnos
Al salir de nuestras habitaciones para presentarnos a los asaltantes nos recibían, por lo general, con el máuser o las «browins» enfilados contra nosotros. Ante aquella actitud amenazadora, traté de volver a la habitación, movido por un instinto de conservación, para refugiarme en ella. Pero, en vano; una voz aguardentosa y potente grita: «¡Alto!», ante la cual me quedé inmóvil temiendo por mi vida. –»¿Por qué has querido huir?», me dicen, y «¿por qué temes: Nosotros no venimos a mataros, sino a registrar el convento, porque sabemos que aquí hay armas». «No he querido huir, (les digo, haciéndome el fuerte y fingiendo serenidad) porque, aunque lo intentase sería inútil. He temido, sí, y ¿quién no teme, al encontrarse uno de sopetón con unos hombres que enfilan sus máuseres contra mí en ademán de querer descargar? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?». «Tienes razón, camarada, dice uno de ellos, no temas». […]
6.- Nos cierran en un cuarto a varios de la Comunidad
Una hora habría pasado desde que comenzó el registro en las habitaciones. En ninguna hallaron cosa que pudiera comprometernos. Todos estábamos seguros, al oír que sólo se trataba de ver si había armas en la casa, según nos decían. Sin embargo, observamos muy pronto que sus intentos eran otros, y muy siniestros por cierto; se trataba de apoderarse de la casa y obligarnos a salir de ella y encarcelarnos a todos a la postre. Como eran las doce de la noche, no pudimos salir de casa a una hora tan intempestiva que hubiera sido además temerario, estando el edificio rodeado materialmente de milicianos, que se encargarían de prendernos o de asesinarnos ¡Para qué querrían más!.
Después de un pequeño consejillo, compuesto de cuatro individuos asaltantes, nos encerraron en el cuartito del teléfono, que está junto a la portería. Éramos unos catorce, entre sacerdotes y hermanos coadjutores. Aquello se ponía muy feo. Al ir a cerrar la puerta uno de ellos, que parecería ser el jefe a juzgar por la importancia que se daba, le dice el P. Franco: «quiero advertirle que, estando aquí el teléfono, ha ordenado la Guardia Civil que esté abierta la habitación por si les llaman o precisamos hablar con alguien». «¿El teléfono?, responde fríamente, para morir no necesitáis teléfono«. Y acto seguido cierra la puerta.
Estábamos, al parecer, sentenciados. Creímos que pronto nos sacarían para darnos el «paseíto». ¡Qué momentos aquellos de angustia, de preocupación y de ansiedad! Fue entonces el mismo P. Franco el que nos dijo a todos: «Acabamos de oír que para morir no precisamos teléfono. Estos quieren asesinarnos y aquí nos tienen presos. Va a llegar, pues, nuestra hora. Que el sacerdote más antiguo de vocación nos dé la absolución y luego que la reciba de otro«. Así fue, en efecto. Puestos todos de rodillas y pasados unos instantes de silencio para ofrecer nuestras vidas al Señor y hacer un acto de contrición, yo di la absolución a todos, por ser el mayor de vocación, y luego me la dio a mí el P. Zabala.
Apenas había terminado éste de recitar la fórmula de absolución, cuando oímos los pasos de nuestro carcelero, y abre la puerta. Aumentan nuestros temores y nuestra ansiedad. No era para menos. Creímos haber llegado nuestro último momento. Pero Nuestro Señor se apiadó de nosotros. Aquel, que se había mostrado tan inhumano, ahora nos dice con voz sosegada y compasiva: «Podéis salir al pasillo y aun retiraros, si queréis, a vuestras habitaciones».
¿Qué pasó aquí?. No lo supimos, ni lo pudimos averiguar. Se nos dijo que cuando estábamos encerrados, vino de la ciudad un caballero y que sabedor de lo que querían hacer con nosotros, les persuadió a no realizarlo, porque sería un borrón inmenso para los milicianos asesinar a una Comunidad que había abierto con la mejor voluntad las puertas de su casa para hospedar a la Guardia civil y que para ésta resultaría a la vez infamante, estando acuartelada en ella. Nosotros lo atribuimos únicamente a una protección especial del Cielo.
Al poco tiempo de pasar esto, o de ponernos en libertad, nos sometieron al R.P. José Ibáñez, al P. Alberto y a mí a un minucioso interrogatorio en uno de los recibimientos de la casa. Fuimos citados los tres; el primero como Superior de la Comunidad, el segundo como Director de la Juventud Católica de la Basílica y yo como Consejero provincial. A cada uno de nosotros se nos interrogó por separado. Los que más sufrieron aquí fueron los primeros, por estar uno al frente de la casa y dirigir el otro a los jóvenes. Eran cuatro los que formaban el tribunal. Uno hacía de presidente y, por cierto, que sabía hacerse respetar de los otros, a quienes apenas dejaba hablar. El interrogatorio versó: 1º Sobre el dinero que poseíamos. De dónde lo sacábamos, dónde lo teníamos y cuánto ganábamos cada uno. 2º Cuáles eran nuestros ministerios, cuáles los asuntos de nuestra predicación… y si de ésta nos servíamos para atacar a la República o ir contra el régimen. 3º Que fines nos proponíamos al admitir en nuestra casa tantos jóvenes, como la frecuentaban. Esté fue el capítulo más difícil y donde pusieron en un grave aprieto al pobre P. Alberto, que por más que les hacía ver que él no era de hecho Director de las juventudes, sino un mero consejero, y esto por haber cesado en su cargo el Director, no querían atenderle. Yo llegué a temer por su vida en aquellos instantes, pues le amenazaron con ser detenido en el acto si no les entregaba el fichero. Al verse en aquel trance tan apurado, les dice: «Entren en mi cuarto, y vean lo que hay». Allí se fueron, sin saber luego cómo se las hubo con aquellas fieras.
A las preguntas y acusaciones que nos hicieron supimos contestar con toda libertad, haciéndoles ver que no explotábamos al pueblo, sino que vivíamos de nuestro trabajo, y que nadie sería capaz de probarnos que habíamos hecho política con nuestra predicación, ni en la Basílica ni fuera de ella.
Sonaron las dos de la mañana. El interrogatorio duró poco más de una hora, que nos pareció un día. ¡Vaya apuro el que tuvimos! Ya nos veíamos camino de la cárcel o de alguna cheka. Temíamos, y con razón, que el final había de ser catastrófico para nosotros. Dios nos libró nuevamente de aquellos enemigos. Al levantarnos del banquillo de los reos se despidieron de nosotros cortésmente y hasta nos ofrecieron un pitillo. […].
Al poco tiempo salían todos de la casa a celebrar, seguramente, el botín que se llevaron, porque la despensa de la Guardia civil estaba muy repleta, según decían los enterados. Nosotros nos retiramos también a nuestras habitaciones, no a dormir, que no era posible, sino a cavilar sobre nuestra suerte y sobre el camino que teníamos que tomar al rayar el alba, pues era una temeridad tentar a Dios el permanecer por más tiempo en la casa.
8.- La Huida. En Busca de Alojamiento
A las cuatro de la mañana del día 25, fiesta de Santiago bajábamos los sacerdotes y hermanos coadjutores a la Basílica para celebrar y despedirnos de Nuestro Señor y de la Virgen Milagrosa. Llevábamos en la frente impreso el sello de nuestra zozobra. Terminada la Santa Misa abandonamos nuestra residencia, saliendo en busca de un refugio en donde podernos esconder. A muchos les fue difícil el conseguirlo. Las familias, aún nuestros mismos parientes, tenían mucha dificultad en recibirnos, ante las represalias, la persecución de los marxistas, que en aquellos días llevaban todo a sangre y fuego.
¡Oh!.¡No es posible escribir las amargas odiseas por las que hubimos de pasar en aquellos días! Por otra parte, la falta de documentación nos hacía estar en continua zozobra, porque, aun los que teníamos cédula, era para nosotros un gran peligro, toda vez que ella nos delataba a las claras como Sacerdotes o Misioneros, y los cacheos se sucedían uno tras otro. Aquello no era vivir. Estábamos en un continuo sobresalto, sobre todo al saber que las detenciones estaban a la orden del día y que eran miles y miles los católicos que a diario eran encarcelados y fusilados en la Pradera de S. Isidro, en la Dehesa de la Villa, Puerta de Hierro y afueras de Madrid, que eran verdaderos cementerios.
¿Cuál fue la suerte de nuestros queridos hermanos de Comunidad?. No lo sé ni es posible saberlo, porque cada uno se agazapó donde pudo y como supo. Sólo se sabe que anduvieron un calvario penosísimo y que muchos de ellos cayeron muy pronto en poder de los rojos, siendo fusilados. Y como todos vivíamos escondidos, ignorábamos el paradero de los demás. A la vuelta de algunos meses íbamos sabiendo los hospedajes de unos y los fusilamientos de otros.
9.- Mi refugio y mi defensa
A cada uno de los que quedamos con vida toca ahora el referir sus episodios, si queremos aportar datos para la historia de nuestra doble familia en la época de esta revolución. Yo voy a contar los míos, aunque de corrida. En ellos van unidas otras noticias que pueden servir un día de mucha utilidad para el historiador que quiera hacer este gran bien a la Congregación.
A las seis y media del día 25 salía de casa en busca de hospedaje. En la plaza de la iglesia de Chamberí me piden la documentación. Hago ademán de sacarla y al verme decidido, me dicen que continúe. Fortuna grande, pues iba a presentar mi cédula personal, único documento que llevaba, y ésta me comprometía bien a las claras. Cacheaban a todos los transeúntes. Yo iba a correr la misma suerte. Antes de acercarme levanto espontáneamente mis brazos y digo: «Nada, jóvenes, nada; soy un ciudadano pacífico«. Y fingiendo desconocer las calles de Madrid, ni vivir en la capital, pregunto: «¿Estoy lejos del Hospital de la Princesa? ¿Voy bien por aquí?». «Sí, camarada, vas bien», y tuvo uno de eIlos la amabilidad de acompañarme hasta divisar el edificio. No quería ir allí; lo hice para despistarlos mejor y entrar en la casa a donde me dirigía. Los vecinos de ésta muy conocidos e íntimos, después del saludo obligado, me hablan de su situación angustiosa en que estaban y me dicen sin rodeos: «Padre Orzanco, vaya, vaya a otra casa menos comprometida que ésta; estamos fichados y tememos mucho por nuestras vidas». Salgo sin pérdida de tiempo y me dirijo a un buen amigo padre de uno de nuestros Hermanos Estudiantes, que me recibe con la mayor cordialidad. Le expongo mi situación, mi temor, mi peligro. Sabes, le digo, que soy muy conocido en Madrid, sobre todo por estas calles tan cercanas a la Basílica de la Milagrosa, y quiero esconderme en tu casa. Te pido un gran sacrificio, comprendo, pero no creo que pueda sobrevenirte ningún daño, porque, como obrero y afiliado a la C. N. T., nadie se ha de meter contigo. Me expone sus dificultades; era a mayor la índole de la casa, que era excesivamente pequeña para tanta gente. No hay caso, le digo, dormiré aunque sea en el pasillo. Tampoco te preocupe la comida, me acomodaré en todo a la vuestra. Un plato más, sólo un plato más. Accede gustoso y me instalan inmediatamente en el mejor cuartito de la casa bien a pesar mío.
Vaya desde aquí mi más sincera acción de gracias a tan insigne bienhechor, extensiva a su buena esposa e hijos. Jamás olvidaré el trato cariñoso y familiar que recibí de todos ellos. Estuve admirablemente. Dios le pague todo lo que hicieron conmigo. Esta familia fue mi Providencia. De haber aceptado otros ofrecimientos que en días anteriores de familias de viso y de gran posición, me hubieran prendido como a ellas. Nadie sospechaba, en cambio, de la familia que me recogió. Pasé completamente desapercibido en ella.
Dos meses estuve con esta familia y más tiempo hubiese podido estar, si no hubiese salido el decreto del tristemente célebre Sr. Galarza, ministro de Gobernación, por el cual se ordenaba que todos los inquilinos dieran cuenta de las personas, extrañas a sus familias, que tuvieran hospedadas.
10.- Nuevos Apuros
Seguía indocumentado. Hube de romper mi cédula de Misionero, que me comprometía todavía más desde que se apoderaron de nuestra Casa Central y de la Basílica, sin haber podido sacar otra con distinto nombre y otro domicilio. Era peligrosisimo salir a la calle en esta forma y, sin embargo, la salida se imponía. Dios se apiadó de mí, dándome, como a otro Tobías, un joven oficinista de alguna influencia entre los milicianos, que se apiadó de mi situación y quiso acompañarme. Me dirigí a casa de otra familia muy conocida mía, cuyo dueño me la había ofrecido en otro tiempo, pero que estaba en la cárcel desde que estalló la revolución. Fui sin embargo recibido en ella con la mejor voluntad, aunque advirtiéndome que estaban expuestos a nuevos regis-tros; habían sufrido ya dos. Instalado en el nuevo domicilio, continué el mismo método de vida que en el anterior, añadiendo a las oraciones y prácticas piadosas ahora la Santa Misa, porque se me notificó el privilegio del Papa para los sacerdotes que vivíamos en la zona roja.
Seguían los registros de la policía con verdadera saña, encarcelando a los indocumentados y a cuentos ofrecían alguna sospecha de catolicismo o desafecto al régimen. Yo caía de lleno en estas bases. De sufrir un registro era segura mi detención. No tuve más remedio que ahuecar nuevamente e irme a otra parte, porque me dijo el portero que se rumoreaba que aquella misma noche se efectuaría el registro en todas las casas de nuestra calle. Dos horas anduve buscando alojamiento y por fin di con él, aunque fui recibido a regañadientes y con muestras de verdadero disgusto, por puro compromiso.
Vi luego que temían con fundamento, pues aquella misma noche entraron los milicianos en uno de los pisos de la casa. Oíamos desde el nuestro sus pasos, sin saber ni poder tomar providencia alguna para ocultarnos. ¡Qué momentos aquellos!. Afortunadamente no entraron los policías en nuestro cuarto. Por haberse entretenido bastante tiempo en la detención de un pobre joven, que llevaron luego a la cárcel, dejaron de revisar el piso donde yo estaba, y, pies para que os quiero; tan pronto como amaneció, salí de casa, ante el temor de que volviesen a continuar el itinerario. Pasadas dos horas, que anduve paseando para matar el tiempo, por estar todas las casas cerradas, vuelvo a la casa estaba hospedado. Al abrirme, gritan alborozadas las niñas de la casa: «No tema, no tema, P. Orzanco; esta misma noche ha sido el registro un nuestro piso y nada nos ha pasado. Ya podemos estar seguros». Apenas pude contestarles por la emoción. No podía ver más claramente la protección de Dios sobre mí. Vamos, vamos, a ofrecer al Señor la Misa en acción de gracias, les dije, por este beneficio. Ayudadme a agradecer al Señor tanto favor.
11.- Las bombas y los obuses
Ya me creía seguro de los milicianos, pero se encargaron las bombas de aviación y los obuses de aumentar mis temores. El mes de Noviembre de 1936 fue mes de prueba para los que estábamos en Madrid. El día 17, sobre todo, fue el día de mayor actividad aérea que conocimos. Muy de mañana cayó una enorme bomba a veinte metros de la casa, que hizo añicos todos los cristales de los pisos, y tiró varios tabiques. Por otra parte, los cañones no cesaban un momento, pasando los obuses a poca distancia de mi cabeza. Aquello imponía al más valiente, y parecía que los nacionales tenían empeño en tirar muy cerquita de la casa. Luego supimos que en aquella calle tenían los rusos montada una oficina y que en ella funcionaba una checa. Quise ponerme a salvo y juzgué oportuno irme a otro sitio más seguro. Así lo creyeron también todos los de la casa. Ellos mismos cambiaron de domicilio. Mi salida de esta casa fue verdaderamente providencial, porque a las pocas horas de salir cayó un obús en la cama donde yo dormía, destrozando por completo la habitación con todo lo que había en ella.
Otra nueva prueba de la protección divina sobre mí. No podía verla más clara.
12.- Rectorado de San Luis de los Franceses
Otra vez me veía con la misma dificultad del hospedaje, y ahora la situación era más crítica, porque escaseaban enormemente las subsistencias y nadie quería cargar con un huésped en su casa, aunque quisiera pagarle bien la estancia. No valían ya las amistades. Imperaba la necesidad y ésta se imponía. En vista de ello me determiné a ir al Rectorado de San Luis de los Franceses, de la calle de Tres Cruces, y exponer al P. Andrés Azemar, cohermano nuestro de Congregación, mi situación angustiosa, rogándole me admitiese en su casa hasta que hallase pensión. Esa casa, además, por ser francesa, ofrecía una gran seguridad respecto de los milicianos. Me recibió con el mayor cariño ofreciéndome su casa con la más fina voluntad, favor que jamás podré agradecer suficientemente. Allí se hospedaba ya el P. Pedro Montón, que había corrido casi la misma suerte que yo.
Horas contadas llevaría en San Luis de los Franceses, cuando empezó un bombardeo aéreo y terrestre tan fenomenal que nos obligó a refugiarnos en el cuartito de la calefacción de la iglesia, el lugar más seguro por la fuerte bóveda que tenía. Este día, el 17 de noviembre, fue el día más intenso de la aviación, en que fueron destruidos muchos edificios de Madrid, entre ellos el Noviciado de nuestras Hermanas. Aquello era imponente. Al caer la tarde hubo un ratito de calma, que quisimos utilizar para tomar un poco de alimento y bajarnos luego al mismo sitio para pasar la noche, que presentíamos iba a ser de prueba. Ello fue así.
13.- Bajo los escombros de la Iglesia de San Luis
Pronto nos bajamos al referido sótano pana pasar allí la noche. El P. Montón y el fámulo de los PP. Franceses subieron luego al piso de la casa para bajar dos colchones y dos almohadas para prepararnos la cama; yo me quedé en el sótano para barrer un poco el piso y alfombrarlo de papel para evitar algún tanto la humedad. Estaban de vuelta ya de vuelta mis queridos compañeros en el presbiterio a la puerta del sótano. En esto que sentimos la aviación encima de nosotros, y en un abrir y cerrar de ojos, descarga una bomba sobre la Iglesia, que cae inmediatamente, quedando ellos sepultados bajo los escombros y yo envuelto en espesisimo humo de trilita en el sótano y sin poder salir, porque los escombros habían interceptado la puerta do salida. Ellos resultan heridos levemente y no sé cómo no quedaron muertos; yo, en cambio, sin poder salir del estrecho recinto del sótano, me sentía morirme por momentos asfixiado por el humo de la trilita, cada vez más espeso e inaguantable, y hubiera muerto seguramente si hubiese permanecido unos minutos más en aquel lugar. Los dos heridos salieron de los escombros por su propio esfuerzo y aún pudieron franquear un poco la puerta del sótano para poder salir.
14.- Consigo documentación y puedo acudir en socorro de nuestras Hermanas
El P. Azemar consiguió del cónsul de Francia, Mr. Neveill, dos documentos a favor del P. Montón y de mi persona, nombrándonos vigilantes de la casa de san Luis y del Colegio, por el cual nos adhería al servicio de la Embajada francesa. Este documento, como luego diré, me libró de una muerte segura. Después conseguí otro del ministro Irujo, y a éste otro de un político influyente de Acción Republicana, luego otro más importante, del Embajador de Chile, nombrándome Delegado de una Delegación Chilena. ¡Cualquiera me tosía a mí con este lujo de documentación! Yo me creía más seguro que el Director de Seguridad. Armado con ellos, creí que Dios me los ponía en las manos para atender, en lo posible, a nuestras buenas Hermanas, tan necesitadas de alientos y de socorro. Acompañado de mi querida sobrina Sor Rosa, íbamos todas las tardes a visitarlas, para enterarnos personalmente de cuanto necesitaban.
Un mes estaríamos ocupados en esta hermosa, obra de caridad, con-siguiendo por fin dar con el paradero de casi todas las Hermanas, y saber cómo vivían y qué precisaban. Habíamos conseguido lo principal. Después de esto formamos una especie de Conferencia de Caridad. Todos los martes nos reuníamos en Tres Cruces. En ella se entregaba el dinero que podía cada visitante para su sección, consiguiendo de este modo remediar las necesidades mas apremiantes y enterarnos a la vez de cómo lo pasaban en sus respectivos hospedajes. Llegamos hasta donde se pudo, con grave exposición, en ocasiones, de nuestras personas.
Quiero hacer mención aquí de la actuación brillantisima de nuestro querido P. Elías Fuente en favor de los Padres y Hermanas, que ha sido, sin duda alguna, el que ha trabajado con más ardor y el que más se ha distinguido en atender a todos. Me complazco en publicarlo en estas páginas, como tributo de admiración y reconocimiento. Dios quiera, que salga libre de la zona roja y que pueda historiar su actuación en esta tragedia, porque ha de poder referir datos curiosísimos e interesantes.
15.- Visita a la cárcel de mujeres
Estaba ésta instalada en el Asilo de San Rafael de los Hermanos de San Juan de Dios, uno de los mejores edificios de Madrid. Aquí seguían presas 50 Hermanas nuestras. Consagramos una de las tardes a visitarlas, aunque no pudimos conseguir ver sino a unas pocas. ¡Era de ver Ia tranquilidad y la fortaleza de espíritu que reinaba en ellas! Nadie diría que estaban encarceladas. Con sus sonrisas parecían hacer suyas aquellas palabras de los Hechos de los Apóstoles que nos refiere San Lucas: «Iban contentos al tribunal de los judíos, porque eran dignos de padecer por el nombre de Cristo».
Ellas se olvidaban de sus padecimientos, para acordarse de sus queridas Hermanas; porque nos acosaban las pobrecitas a preguntas sobre su situación y la de los Padres. Para mi en cambio resultó la visita de lo más doloroso, al verlas en aquel estado, con tantas privaciones y tratadas con tan poca consideración.
16.- Otra vez expuesto a la muerte
Regresaba a Madrid en el tranvía de Chamartín de la Rosa, que venía de gente hasta los topes. Cuatro milicianos malagueños venían blasfemando horriblemente. A cada palabra, soltaban una inmunda blasfemia, y así todo el trayecto desde Chamartín al Banco de España. No pude contener por más tiempo mi indignación; me levanto del asiento y dirigiéndome a ellos, exclamo: «Hombres, ya basta de tanta m…» pronunciando totalmente la palabra. «No hay derecho a que vengáis así atormentando nuestros oídos y nuestra religión con ese modo de hablar tan impropio de unos ciudadanos».
Quedan todos los del tranvía en silencio, mirándome con estupor, como diciendo: Pero, ¡qué dice este hombre!. ¡Está haciendo oposiciones al paseito! ¡Hablar así a estos milicianos!
Estaba dado el paso y no tenia mas remedio que hacerme el valiente y continuar saliendo por los fueros de Dios.
Al oír mi reprensión, se encararon indignados contra mí, y barboteando nuevas blasfemias, me dicen textualmente:
-Qué, camarada, ¿te hemos molestado?
-Sí, me habéis molestado, ¿cómo no?. No se puede hablar así contra Dios?-
-Pero, infeliz, ¿todavía crees en esas patrañas?. Eso de Dios ha pasado a la historia y nosotros nos vamos a encargar de hacer que desaparezcan estas ideas.
-Pues intentáis un imposible. De grado o por fuerza tendréis que reconocerle.
Vuelven a sus blasfemias y yo, viendo que aquello se empeoraba, salgo del tranvía como una protesta, y me bajo. No habría andado veinte metros, cuando se bajan ellos también y siguiéndome, oigo que me gritan: camarada, camarada, detente, y se llegan a mí hechos unas fieras, apuntándome con sus «browins».
-Tú nos has ofendido, me dicen, bajándote del tranvía en esa forma.
-¿Yo ofenderos? No hay tal. Por lo menos no ha sido esa mi voluntad, a no ser que llaméis ofensa el salir por los fueros de Dios.
-¿Otra vez vienes con las mismas?. Te hemos dicho que eso de Dios ha desaparecido, y seguían con las «browins» en la mano en actitud amenazadora. Sus ojos centellean ira contra mí, y viéndome perdido les digo:
-Vuelvo a repetiros que yo no he tenido la menor intención de ofenderos. Dispensadme si os he molestado. Esto les calmó un poco pero seguían en la misma actitud.
– Entréganos, dice uno, la documentación. Sepamos quién eres.
– Tomadla, les digo, y ved; soy un dependiente de la Embajada de Francia. Me refería al documento que nos había sacado días antes el P. Azemar, como he dicho, documento que fue mi salvación. Y para que se fijasen bien, les indiqué con el dedo el membrete de la Embajada y la firma del cónsul. Lo miran atentamente y se persuaden de la verdad que les digo, Me lo entregan luego y me dicen: puedes seguir, pero merecías la muerte.
Me acompañaba también en esta ocasión mi sobrina, que temblaba de pies a cabeza. Otra vez la protección visible del Señor sobre mí. […].
En donde se estaba mejor era, indudablemente, en las Embajadas, pero, ¿cómo conseguir esta ganga para tantas Hermanas? ¿Cómo poder pagar su estancia en ellas, dada la escasez de fondos que había? Por más que daba vueltas a mi cabeza para solucionar, en lo posible, este problema magno, no hallaba manera de realizarlo o conseguirlo.
Quiso el Señor que diera un día con la casa donde vivía Sor Soledad Suárez, Superiora del Colegio de la Unión de Carabanchel, a quien expuse la idea de ver de conseguir una Delegación, de cualquier nacionalidad que fuera, exclusivamente para Hijas de la Caridad. Yo conozco, dice un señor que interviene en el Consulado de Chile. Voy a exponerle el caso.
Así lo hizo, y fue tan afortunada que, a los pocos días, teníamos a nuestra disposición un hermoso palacio de un chileno, en la calle de Castañón, 3, cerca de la Castellana, del cual cuidaba la Embajada chilena. El cónsul de Chile, D. Enrique Rafols, habló al Sr. Embajador sobre esto, el cual accedió gustosísimo a nuestros deseos. Y para que no entrase en esta Delegación nadie, Sor Soledad Suárez quedó nombrada por el Embajador Directora de la casa y yo Delegado de la misma.
El 9 de enero de 1937 inauguró el referido cónsul en nombre del Em-bajador esta Delegación, para Hijas de la Caridad exclusivamente, entre-gándonos a la vez nuestros nombramientos.
Todo se hizo con la aprobación de la Rvda. M. Visitadora, Sor Justa Domínguez, la cual nombró a Sor Joaquina para que estuviese al frente del orden interior de la casa. Ella fue también la que nos entregó la lista de las primeras Hermanas que habían de entrar en esta Delegación, ingresando en menos de una semana 26 Hermanas, ancianas en su mayor parte. El número subió poco después a 102. Vivían en Comunidad, teniendo el inmenso consuelo de oír todos los días la Santa Misa, recibir la Comunión y tener exposición menor con el Santísimo todas las tardes.[…].
17.- Mi prisión
Todo nos iba saliendo a pedir de boca. La Delegación nos había resuelto un gran problema. Aquello parecía ya una casa religiosa. Yo estaba la mar de contento al ver que en la Delegación se llevaba vida de comunidad, con dos capellanes nada memos, para atender espiritualmente a. las Sores, el P. Moso y el que suscribe.
Pero, iqué poco tiempo duró para mí este consuelo! Había terminado sin duda mi misión, y tuve que separarme de tan buena compañía, o mejor, me separaron violentamente de ella para tenerme en el calabozo.
¡Vaya cambio el mío! Al salir el 20 de enero de la Delegación para un encargo que me habían encomendado, observo que un joven seguía cons-tantemente mis pasos sin perderme un momento de vista. Entré en el Metro para ir a la Puerta del Sol; él saca también billete junto a mí, Y se baja conmigo. No llegué, sin embargo, a sospechar nada malo. Al subir a la primera galería de salida, un policía miliciano se acerca a mi, y dándome un golpecito con el hombro me dice: «Venga conmigo». Yo, creyendo que el miliciano me había confundido con otro, y que quería saludarme, sin sospechar lo más mínimo, le digo tranquilamente: «Si no te conozco. ¿A quién buscas?. «A usted, a usted. Queda detenido. Sígame». Y veo que el referido joven está junto al policía, y que luego nos acompaña a Seguridad. Era el que me iba a delatar, y el que había dicho al miliciano que me prendiese bajo su responsabilidad. ¿Quién era esta joven?. No sabré decir su nombre, y aunque así fuera, la caridad me lo impediría, pero sí puedo decir que era uno de los que frecuentaban la Basílica y que me conocía perfectamente, a juzgar por las acusaciones que luego formuló contra mí.
Vengo a delatar a este señor, dice a los dos que recibían las denuncias porque siendo español, sacerdote, y hasta fraile paúl, se presenta como miembro chileno, ostentando la insignia nacional de Chile. Después me acusó de que manejaba dinero y que era uno de los que predicaba mucho en Madrid y fuera de Madrid.
Traté de defenderme, pero ví que era inútil. El joven estaba enterado de mi vida y milagros. No era posible negar, ni lo quería, que era Padre Paúl, y tomé la determinación de callar.
Escrita la denuncia, llaman a dos policías, y me llevan al calabozo. Estaban algunos detenidos, a quienes saludo por pura cortesía, los cuales me contestan fríamente. Nadie habla. Estamos todos pensativos, cariacontecidos, tristes. Yo, sobre todo, he de confesarlo ingenuamente, estaba muy abatido, pensando en lasuerte que me aguardaba. La tristeza debía de reflejarse en mi rostro, y hube de causar lástima a mis compañeros de infortunio. Será para poco tiempo, me dice uno; tal vez esta misma noche nos suelten. Yo, dice otro, que era un pobre calderero húngaro, pienso salir dentro de dos horas, porque tengo un miliciano muy amigo y de influencia, que me ha dicho que vendrán a sacarme a media tarde. Pues, si es así, le digo, hazme el favor de ir a Tres Cruces, 8, que está cerquita de aquí, y diles que estoy en el calabozo, escribiéndole en un papelito la dirección y mi nombre y apellido para que no olvidara las señas. El aviso era para el P. Andrés Azémar, Rector de San Luis, sabiendo positivamente que no había de dejar piedra por mover para pomerme en libertad. Así fue efectivamente. El bueno del calderero salió aquella tarde, y cumplió a maravilla mi encargo.
Sabedor el P. Azémar de mi detención, se presenta al señor Cónsul de Francia, y notifica a la vez al de Chile esta noticia, los cuales tomaron cartas en el asunto, consiguiendo a los dos días mi libertad.
Pero estos dos días fueron de prueba para mí. Sufrí la primera noche un interrogatorio minucioso ante el Delegado civil, señor Domingo, áspero y de un carácter impetuoso, que me trató con extraordinario dureza. _
-Con que fraile, ¿he? me dice.
-Fraile, no, le digo; sacerdote, sí.
-Los documentos que traes son los que más te denuncian.
-Usted dirá porqué.
-Porque has sabido evadir con ellos la acción de la policía, apareciendo como chileno, francés y adicto al régimen, y no tienes nada de esto. Además, en ninguno de ellos apareces como sacerdote. Veo que eres un hombre pernicioso para la república, y que por algo ocultas tu personalidad.
Quise defenderme, y podía hacerlo fácilmente, pero ví que era perder lastimosamente el tiempo, y que podría poner mas feo el asunto, ya perdido para mí. Resolví, pues, callar.
Molestado por mi silencio, me increpa con dureza, y me dice: «No hablas, porque no tienes defensa, Has caído en mis manos, pater, y quedas detenido judicialmente; vete al calabozo de donde has venido y mañana pasarás a la cárcel que se te indique.»
Me levanto, y hecha una pequeña inclinación salí de su presencia, sin decirle una palabra siquiera.
Eran las nueve de la noche. A mi vuelta al calabozo me encuentro con una manta y un poco de de cena que mi buena sobrina Sor Rosa me había traído, según me dijo uno de los carceleros. Me alegró mucho el obsequio, pero mucho más al ver que sabían en casa mi detención. El bueno del calderero había cumplido su palabra. Esto me tranquilizó, porque estaba cierto de que trabajarían por sacarme pronto de allí.
La noche aquella fue toledana. Éramos seis los que estábamos en la celda, sin podernos apenas revolver. Para confortar mi espíritu, meditaba constantemente en la prisión de Jesús, en el calabozo de casa de Caifás, harto más angosto y lóbrego que el mío.
Amanece el día 21, y nos anuncian que vamos a ser trasladados a los calabozos de la Dirección de Seguridad. Así fue, en efecto; a eso de las diez en un coche celular fuimos llevados con las manos atadas, como unos criminales, a dichos calabozos, que eran inmensamente peores que el habíamos dejado. Serían unos 70 los que estaban allí. Un día más de sufrimiento y de ansiedad.
Mientras tanto los cónsules de Chile, de Francia y Grecia seguían tra-bajando mi libertad, y la consiguieron en definitiva, a pesar de las dificultades que hallaron en la persona del Delegado civil y otros que se oponían a ella. Y muy poca debía de ser la confianza que tenían de mi seguridad, cuando el Cónsul de Francia aconsejó al P. Azémar que entrase en la Embajada francesa, como lo hice aquel misma día. La idea que tenía la policía de que yo manejaba dinero, según la denuncia del día anterior, era para mí un gran peligro, y lo vi confirmado, pues a las pocas horas de salir del calabozo llegaron dos policías a Tres Cruces, 8, a preguntar al P. Azémar si era verdad que yo repartía dinero, y de donde me venía. Esta visita apresuró mi entrada en la Embajada, y así escapé de las manos de los rojos.
18.- En la Embajada
Entraba aquí el 23 de enero de 1937, permaneciendo seis meses justos. Estaba apenado, porque ya no podía hacer nada en favor de nuestras Hermanas. La embajada era una especie de prisión, aminorada, claro es, pero al fin prisión, porque se nos prohibía en absoluto recibir visitas, escribir cartas, y comunicarnos lo más mínimo con los de fuera.
Estaban en ella mi querido P. Arnao, siendo este el único atractivo que tenía para mí este refugio, Pero la Embajada, con todas sus grandes privaciones e inconvenientes, tenía un marcado beneficio para todos, el de vivir tranquilos en ella, libres de la policía, de registros, y demás inquietudes a que estábamos sujetos en la población, que no era poco. Me parecía al principio haber llegado a un pequeño oasis.
Nada tengo que contar digno de mención. Llevábamos una vida monótona e inactiva. Vino a suavizar esta vida el permiso obtenido de la Dirección para poder celebrar la santa Misa en nuestra habitación, en la cual dormíamos cuatro sacerdotes y tres Hermanos de la Doctrina Cristiana, circunstancia que nos permitía este gran consuelo.
Muy pronto obtuvieron también permiso unas religiosas para tener misaen su habitación, convertida durante el día en capilla. Desde entonces los de la Embajada tenían dos misas diariamente y cinco en los días de fiesta, a las que asistían la mayor parte de los refugiados.
En Cuaresma dimos ejercicios espirituales a caballeros, señoras y niños, con gran contento de todos. En mayo celebramos el ejercicio de las flores, con plática diaria, y el mes del Sagrado Corazón. En fin, aquello se convirtió en una pequeña parroquia, celebrándose los cultos religiosos con toda regularidad.
19.- Salimos para Valencia
No cesaban las expediciones para Francia, aunque en pequeños grupos. Empezamos a trabajar también el P. Arnao y yo para salir, y lo concluimos, a fuerza de insistir en la dirección. Nos alistamos para la expedición del 23 de julio, la mayor de las que había organizado la Embajada. Pasaban de 350 los expedicionarios. A ésta se unió también el P. Pedro Montón.
Creíamos haber conseguido ya nuestra libertad, y poder pasar a la zona liberada, y así lo comunicamos al R. P. Sierra, que esperaba con ansiedad nuestra llegada a Francia. Pero, ¡ay! nos salió la criada respondona; de la Embajada francesa de Madrid pasamos a la cárcel de Valencia. ¡Vaya chasco el nuestro! iY vaya disgusto!
Al día siguiente de nuestra llegada a Valencia, el P. Arnao, el P. Montón y el que suscribe fuimos al puerto para embarcar.
¡Qué felices nos juzgábamos!. Pero al llegar a la Aduana, y terminada la revisión de las maletas, nos prenden a los tres, y con otros señores más, compañeros de viaje, nos llevaron a la Comisaría, y de aquí, después de prestar declaración, al calabozo, en el que pasamos la noche. Como estábamos faltos de ropa, y de todo, pues las maletas nos habían llevado al buque, sufrimos bastante, porque hubimos de estar sentados toda la noche en un banco de porlan, o echados en el duro suelo, cuando el sueño y en cansancio nos rindieron.
A las diez de la mañana del día 25 nos trasladaron a la cárcel. Un mes estuvimos en la cárcel celular de Valencia, que se nos hizo un siglo. Como llevábamos pasaporte francés, abrigábamos la seguridad que el Gobierno de Francia tomaría cartas en nuestro asunto. Así fue, efectivamente, aunque tarde. El 25 de agosto, fiesta de San Luis, salíamos de la cárcel para el Liceo, siendo recibidos con gran entusiasmo y alegría por los compañeros de viaje y Embajada. Yo fui, sin embargo, el más desafortunado de todos por un descuido de no sé quién, omitieron mi nombre en la lista de los libertados, quedándome sólo en la cárcel. El no saber por qué me dejaban a mi sólo en la prisión, fue un disgusto de los más grandes de mi vida. Por fin al anochecer vino un policía a sacarme, que me llevó en un auto de seguridad a donde estaban los demás.
Todavía permanecimos en el Liceo francés cuarenta días después de nuestra salida de la cárcel, en donde padecimos mucho, por lo mal instalados que estábamos y la escasez de alimento que había.
20.- Salida para Francia
Este era nuestro deseo constante, salir de la zona roja, y entrar en la España nacional. Eran muchos meses de continuo sufrimiento.
Al ver que los pasaportes franceses no nos habían servido sino para entrar en la cárcel de Valencia, los dirigentes del Liceo empezaron a trabajar con el Gobierno para que saliéramos con un pasaporte colectivo, pero obligándonos a dar nuestros verdaderos nombres y apellidos. Y aquí cayeron muchos desgraciadamente. Nos dijeron antes que este requisito lo exigía Francia para ver quién entraba en su país.
Presentada la lista en esta forma, desde 45 años para arriba, fueron eliminados porla policía varios de los refugiados. Los demás creímos cán-didamente que podríamos salir sin dificultad. Pero, ¿cuánta fue nuestra desilusión al ver que el día mismo de salir para Francia son desechados por la policía 29 individuos más, y que se veían obligados a quedarse en Valencia!
Entre estos estaba nuestro querido P. Arnao. El P. Montón y yo salimos de Valencia el 1 de octubre, llegando a San Sebastián el día 3, siendo recibidos por nuestro amado Visitador, por el Superior de la casa de San Sebastián y por toda la Comunidad con extraordinaria alegría.
No quiero terminar este mi último artículo sobre nuestra situación en Madrid durante el período de la revolución sin hacer constar mi profunda gratitud a Hermanas y Misioneros nuestros que me escribieron para felicitarme con motivo de mi libertad. Sé que me han encomendado muy de veras al Señor. Dios les pague esta caridad para conmigo».






