«Nuestra amada Provincia ha obtenido de Dios una gracia muy singular que le permite escribir una página bellísima en su historia; gracia que a la vez le ha merecido ceñir su sien con la corona del martirio, y ostentar en su pecho augusto la palma de la victoria sobre los enemigos de nuestra santa Fe y de España. Los que un día en tierra fueron nuestros hermanos y compañeros inseparables, escogidos por Dios para dar testimonio de su Fe de su eterno sacerdocio, han sabido morir, aportando tributo de su preciosa sangre ante el Corazón Divino que nos merecerá el triunfo de España que todos anhelamos.
Estos hermanos nuestros asesinados por los rojos son los PP. Antonio Carmaníu, Juan Puig y Manuel Binimelis, a los cuales añadiremos el P. Luis Berenguer, fallecido en el Clínico de Barcelona de muerte natural en el Hospital a causa de una pulmonía contraída en la Cárcel Modelo.
A continuación publicamos los datos que nos ha sido posible recoger sobre los últimos momentos de cada uno de ellos, transcribiendo al efecto sin ninguna modificación los textos de las cartas que nos han sido remitidas.
I.-Asesinato del P. Antonio Carmaníu
«Según informes que el infrascrito oyó de boca del Párroco de Montesclado, de la diócesis de Urgel, refugiado en Andorra a primeros de Septiembre el P. Carmaníu fué asesinado por los de la F. A. I. a últimos de Agosto, no se sabe en que día. El caso sucedió de la siguiente manera:
El P. Carmaníu, al explotar la revolución se encontraba en Barcelona y, por lo visto, huyó en dirección a la provincia de Lérida, por la ribera del río Noguera Palleresa, puesto que conocía todo aquel país ya que era natural de Rialjo y había sido Superior de la Casa Misión del mismo pueblo y había misionado en todas las parroquias del contorno. Al pasar por las montañas de Estahón, antes de traspasar las fronteras de Francia fue cogido por dos de la F.A.I. y se lo llevaron abajo, en dirección a Sort; pero ved ahí que antes de llegar a Sort, no se sabe en que punto, le hicieron subir a un promontorio rocoso a fin de que al caer muerto, se tumbase al río; pero al tirarle se quedó agachado en el mismo sitio. Entonces le dieron un empujón y se quedó colgado en un arbusto, y se marcharon para Sort, pero alguien lo quitó de allí y lo enterró. Los asesinos contaron lo sucedido a sus camaradas de Sort y dijeron que no le habían encontrado dinero. Los camaradas dijeron que convenía volver a registrarle y volvieron a registrarle y volvieron al mismo sitio y lo desenterraron y le quitaron toda la ropa, pieza por pieza, y le encontraron algún dinero, no se cuanto, en los pies a la suela de los calcetines y lo metieron otra vez en el hoyo, echándole un poco de tierra encima y allí se quedó».
De lo dicho doy fe en Perigueuse a 3 de Octubre de 1936.
Francisco Gispert. Pbro.
Regente de Areabell, de la Diócesis de Urgel.
II.-Datos sobre el martirio del Padre Juan Puig
(Copia de una carta de Luisa Rius al P. Jaime Raucis 9 de Febrero de 1937.
«Por cierto le puedo yo dar los detalles, porque desde el día que lo cogieron hasta que lo martirizaron, fui siempre al penal osea al Castillo a llevarle la comida o lo que hacía falta. Íbamos dos días cada una con mí prima que estaba conmigo de sirvienta en el Asilo; no dejaban pasar más que a los de familia. El primer día que fui yo, el carabinero que estaba de guardia me preguntó: «¿Quién tiene usted aquí?». Yo le dije: «mi tío», y desde entonces siempre ha sido mí tío. Nos cambiamos los apellidos y nos salió bien, porque si hubieran empezado a buscar hubieran encontrado mentiras y nos matan a todos. Después de unos días que se había marchado el Sr. Queralt, empezó a decir que quería ir a ver si le hacían un pase para venirse a París; nosotros le decíamos: no vaya usted que le van a coger. Ya por fin el día 5 de Agosto después de comer, se fue por lo visto, por el dichoso pase, además en vez de ir derecho a la casa que los hacían, se fue donde de los «burots». Allí se conoce que había un individuo que le conocía, y el pobre se lo pediría a él; después que hubieran hablado un rato, quedaron que lo lleva con un auto a la frontera; al tío esto no le pareció bien pensando que por el camino a lo mejor lo matarían; con eso y a no se entendieron y quería el tío irse en el tren. A la una y media llegó; pero ya dijo que había ido por el y que le habían dicho eso; yo ya empecé a temer. Al cabo de medía hora vino ese individuo preguntando por el Sr. Puig; nosotras les hacíamos un papel como si no estuv i e s e y nos dijo: «sí, sí, ya lo podéis llamar que ya sabe él que tengo que venir». Volvieron a charlar otro rato y, se conoce, se entendieron; se fue y ya nos quedamos así. A las 6 y cuarto o la media cenó, después de cenar se sentó en el jardín con los ancianos y regando las flores.
Allá cerca las 7, volvió el individuo por 2ª vez; ya le habría dicho que venían a cogerle, porque en cuanto oyó el ruido salió afuera del cuarto, ya vimos a cuatro o cinco milicianos con el arma y además policía.
Lo primero que le dijeron: «Afuera»; salió como un corderito más blanco que una sábana, le hicieron varias preguntas; sobre lo que más les interesaba era por saber donde estaban sus compañeros y él contestó, que se habían ido a vacaciones y él se quedó para guardar la casa; entonces ellos le decían, aun cuando lo supiere no nos lo diría. Seguidamente se lo llevaron a jefatura a declarar; iba en cuerpo de camisa y el pobre dijo: ¿Así me tengo i r sin chaqueta?. A esas volvió dos pasos atrás y le dijo uno de ellos: adelante que aun te quedarías, y vino él (el individuo a por ella).
Lo llevaban como a un criminal. A las 7 y cuarto lo Ilevaron a la Casa del Pueblo, la exCatequística, allá le tuvieron cuatro horas siempre haciéndole preguntas, y en lo que más insistían era saber donde estaban sus compañeros. A las 11 le subieron al Castillo en un coche, todo el camino estuvieron diciéndole cosas que sabían ellos le podían molestar. El les contestaba: «¿qué vamos a hacer? ¡Bendito sea Dios!». Entonces ellos le apuntaban con el arma diciendo: «No hay más Dios que el fusil». Eso por tres o cuatro veces; las últimas veces les decía: «Dispensen ustedes, pero es mi costumbre». Allá se encontró con muchos amigos; lo primero que hicieron fue animarle un poco. Seguidamente le trajeron un plato, una cuchara y un tenedor para que cenara, pero al ver el cubierto, el cubierto ya bastó, un plato hondo de hojalata, una cuchara sin mango y el tenedor sin punta para que no pudiera hacer mal a nadie. «¡Un Señor que no era capaz de hacer ningún mal!». Pero al principio de estar allá estaba más tranquilo porque en casa estaba siempre pensando: «¡ay, que me cogeránl». Ahora, decía él, de esto ya no tengo miedo y comía mucho; engordó y todo. Todos los días íbamos por la mañana y nos estábamos una hora de visita, ¡que corriendo pasaba la hora aquella!. Nos teníamos que sentar en la cama porque no había sillas; la cama era tres maderas, un colchón de paja y unas mantas que no eran casi mantas; aquello era un horror, les trataban que ni criminales; cuando les ponían la comida a veces le decían: «A usted no deberíamos darle comida, porque es un Cura».
Todo el tiempo que estuvo allá no salió de su boca una queja para nadie. Hasta donde llegaba su gran paciencia y resignación lo prueba el siguiente hecho. En una de las visitas que yo hice le dije: «¡oh tío!, si yo tengo ocasión de hacer mal al individuo que a usted le ha hecho traición, ¡Cómo me vengaré!». Y él me contestó: «No, hija, no, aun cuando puedas no le hagas nada, yo le perdono, perdónale tú también». En otra visita que le hice, le visité entre las rejas, y me dijo las siguientes palabras: «Los días son largos, pero las noches más, no duermo ni dos minutos, siempre pensando: ¡ay! ahora vendrán para martirizarme. Tengo siempre estas palabras en la boca: En vuestras manos encomiendo mi espíritu, a fin de que pueda conseguir la libertad o si no fuerza para sufrir el martirio». Los últimos días que tuvimos la dicha de conversar con él, su conversación más frecuente era esta: «hemos de prepararnos para morir». El veía la muerte muy próxima. ¡Dichoso y bienaventurado que Dios le encontró digno de derramar su sangre por Él!.
Mis últimas visitas fueron el 11 de octubre, era Domingo; por la mañana fui a llevarle comida, nos dieron media hora de visita, le visité entre las rejas. El jueves, o sea el 8, que le visité también, estaba bastante apurado. Estuvimos muchos días sin poder verle, siendo así, nos escribíamos cartas, así sabíamos sí estaba o no. En una de las cartas que me escribió me ponía así: No os olvidéis las diligencias con el Comité y haber sí me hacen un pase para París. Yo el día que tuve la dicha de verIe, le dije: «No ponga usted esto, que le hace mal, porque van a creer que se quiere escapar, y me contestó: ¡como que también tengo que sufrir el martirio!».
Por la tarde fuimos las dos, tuvimos la dicha de poder darle la mano y nos dijo las siguientes palabras: «Nos han dicho que ahora nos van a llevar a Gerona, un par en el manicomio; en el Hospital, en casas así».
El día 13 de octubre a las seis de la noche les mataron; eran catorce, ocho sacerdotes y seis seglares que sufrieron el martirio. «¡Qué dichosos que gozarán en el cielo!». Fueron fusilados y después les dieron sepultura en unas fosas que hicieron en el campo santo de Figueras».
III.-Asesinato del P. Manuel Binimelis
18 de Enero de 1937.
He aquí el asesinato del P. Binimelis según se lo refirieron al P. Ramis J. «De la casa donde yo (Ramis) no hacía mucho le había visto dos veces, pasó a otra; pues bien: a eso de las ocho de la noche (me parece en el mes de Septiembre) se presentaron unos hombres de la F. A. I.»
Como que allí estaba una numerosa familia nos preguntaron quienes eran.
– Son mis hijos,-contestó la madre. -¿Y este Señor?-por el Padre Binimelís. -Pues un amigo que está de visita.
Le piden los documentos. Dice que los tiene en la habitación. Se ve que la cédula falsa. Como que ella contenía otra dirección, lo dejan detenido y van a confrontar aquella dirección. Una vez allí preguntan y, en vez de decir aquella familia: «Sí, vive aquí pero de momento está fuera de Barcelona o lo que sea, contestan que no lo conocen ni saben nada. Regresan, hacen un nuevo registro y le encuentran la cartilla militar a nombre propio. Una serie de detalles que no dejaban lugar a duda sobre quien era. Lo detienen pues, lo mandan subir al auto y cerca de media noche, en la calle de Tarragona lo fusilaban.
A la mañana siguiente estaba en el Hospital Clínico, con el núm. 4.744, si mal no recuerdo -dice el Sr. Ramis- y con tres balazos, 2 la cara y cuello y uno en el pecho.»
Me dice además el P. Ramis lo siguiente- «Sobre muerte del Sr. Binimelis es irrefragablemente cierto. No le podré yo ahora precisar todos los numerosos detalles que usted pide, como el de la fecha, pero esta y demás, se podrán rehacer luego.
Su madre la pobre está muy apenada. La encontré muy resignada a la voluntad de Dios, con la convicción de que su buen Manuel es un mártir más ante Dios».
IV.-Muerte del P. Luis Berenguer
2 de Junio de 1937.
«Ahora recibo carta de Barcelona, del 29 de Mayo, anunciándome la muerte del Sr. Berenguer, en la Cárcel de Barcelona y en la mañana, 20 de Mayo. El 30 a las 10 de mañana, añade le daremos sepultura. En paz descanse nuestro venerable cohermano, en la paz merecida por las cadenas de Cristo, y en la paz de los brazos maternales de María, de la cual fue siempre tan devoto, y en cuyo día, sábado, murió. El fue quien antes de abandonar la casa la noche del 19 de julio, cuidó de encender un gran cirio en medio del presbiterio ante el altar de la Virgen Milagrosa. Ya me habían anunciado días atrás que dicho Padre sufría en la Cárcel una pulmonía y que se hacían pasos para trasladarle a un Hospital para ser mejor atendido. Como en la última carta recibida por avión no se me dice nada de ello, creo que el fallecimiento habrá ocurrido Cárcel…».






