La reaparición de nuestros ANALES y la invitación que su nuevo director hace en el primer número para que se envíen noticias de los sucesos acaecidos en nuestras Casas en estos primeros meses …, me animaron a consignar algunas noticias relativas a nuestra casa de Limpias. Sea, en primer lugar, la de poder comunicar a los lectores de dichos ANALES que todos los moradores de dicha casa hemos podido salir de ella sanos y salvos; excepto el H. Salaverría que murió allí, y de repente, el 11 de Noviembre de 1936.
No solamente hemos podido salir de Limpias y de la provincia de Santander, donde el sacerdote es cazado como si fuera un animal dañino, sino que, gracias a la Divina Providencia, estamos ya en la Nueva España, el P. Superior, el P. D. Ubierna y el que suscribe; y ahora, últimamente, hemos tenido el inmenso consuelo de ver llegar a nuestros queridos alumnos, evacuados merced a las reiteradas gestiones del P. Visitador, por la Cruz Roja Internacional. Los restantes Padres han podido salir de Santander y se han refugiado en Bilbao, donde aún continúan con iglesias abiertas y el sacerdote no es tan perseguido, si bien ha habido ya bastantes víctimas. Sólo el P. Madrazo está en su pueblo natal y en casa de sus familiares. El Colegio, después de la salida de los niños, ha sido ocupado por centenares de milicias, en general, mujeres y niños de los milicianos rojos de la provincia.
Satisfecha la primera curiosidad, mejor diré, la ansiedad natural de los lectores de ANALES, por saber la suerte de sus Hermanos, voy a relatarles el diario de nuestra estancia, durante un mes en Limpias; después, algunos detalles solamente de lo sucedido en mi corta estancia con los niños en el Colegio y, finalmente, algunos episodios de mi permanencia en mi refugio de Burceña (Bilbao).
1.- Los primeros días
Habíamos terminado felizmente el curso, que era el tercero de los que el Colegio llevaba dedicado a Escuela Apostólica, y estábamos haciendo los preparativos para celebrar la fiesta de San Vicente, patrón del Colegio, y la del santo del P. Superior, cuando nos sorprendió el alzamiento del Ejército.
Día 18 de Julio. A eso de las ocho y media nos dio la radio la primera noticia del alzamiento de las tropas de África. La alegría que nos produjo fue grandísima. «Ya era hora, nos decíamos, de que se cumpliera lo que tantas veces se decía iba a suceder». Pasamos todo el día pegados a la radio escuchando por extracorta noticias del movimiento. Día de emoción inmensa. Por la tarde nos dicen que en Santander estaba para declararse el estado de guerra; que sin duda se declararía aquella misma tarde o por la noche. Con esa seguridad con que nos lo afirmaron, dado que el coronel del regimiento de Valencia era hombre muy de derechas, estábamos completamente tranquilos y confiados.
Día 19 de Julio. Fiesta de nuestro Santo Padre. La celebramos como de costumbre, con toda solemnidad, con sermón y todo; pero a la mesa no hubo invitados. El P. Ubierna había salido para asistir a la profesión de una Hermana a Cabuérniga y nos preocupaba su situación. Este día fue el último que se publicó la prensa.
Día 20 de Julio. En este día ya se recibieron noticias más halagadoras del movimiento. Por la tarde regresó el Padre que faltaba, y nos confirmó que en Santander se esperaba de un momento a otro la proclamación del estado de guerra.
Día 21 de Julio, martes. Aparecen todos los periódicos intervenidos por los del Frente Popular y en grandes titulares dan por sofocado el alzamiento militar. A las doce de la mañana se declaró la huelga general en la Capital y pueblos importantes de la Provincia. Se daba como motivo justificante el que una columna de Burgos avanzaba hacia Santander en ayuda de la escasa guarnición con que contaba esta ciudad.
Parece ser que la tropa fue acuartelada y que se preparaba para salir a las diez de la noche; pero los obreros ya se habían hecho dueños de la ciudad y, avisados por un traidor que saltó las tapias del cuartel y se fue a darles conocimiento de lo que se trataba, vinieron en tropel, rodearon el edificio v se llevaron prisionero al coronel que según se dijo fue fusilado en el barco-prisión. Provistos con las armas de la tropa se organizaron columnas, que partieron inmediatamente a oponerse a los «facciosos».
Día 22 de Julio. Todo este día estuvieron pasando por las puertas del Colegio en dirección a los Tornos camiones abarrotados de rojos que, con los puños en alto y los fusiles y escopetas en actitud bélica, parece se iban a tragar a todas las columnas que encontraran. La única muestra de aversión que dieron hacia nosotros fue una perdigonada que dispararon hacia la casa.
2.- Registro-saqueo del Colegio e intento de fusilamiento
Día 23 de Julio. Día fatídico para los moradores del Colegio. A eso de las nueve y media, una buena persona nos avisa por teléfono que una partida de hombres armados se disponía para ir a registrarel Colegio. En efecto, al poco rato se presentan en varios autocares y coches requisados una multitud de hombres bien armados, hasta con bombas de mano; rodean el edificio por todos los sitios como temiendo se les escapara la presa, y un grupo de ellos sube a la portería. Por fortuna y para evitar desmanes se sumó a ellos el Alcalde de Limpias, hombre de orden y muy afecto a la casa, y tomando la iniciativa en el asunto dispuso se registrara solamente en los sótanos y desvanes. Conformes, al parecer, los del grupo practican el registro en los primeros, suben pacíficamente al piso segundo, registran los desvanes de la Capilla y al disponerse para ir los restantes exigen las llaves de los cuartos y armarios que había en aquel pasillo. Al registrar el armario donde teníamos las ropas y demás objetos para las representaciones teatrales, encontraron un mosquetón que no tenía ni gatillo. Al verle se creyeron habían dado con el depósito de armas que ellos creían había en el Colegio y se alborotaron un poco; pero pronto se persuadieron que no había más y que aquello no valía más que para dar la sensación de arma en un representación escénica que era su objeto y la razón de su presencia en aquel lugar. A pesar de ello, parece que les entró la desconfianza o el miedo en el cuerpo, y ordenan nuestro registro personal; da uno de ellos el <manos arriba>; mientras unos nos registran, el más destacado se asoma a la ventana de un aposento de la fachada, silba a los de afuera y sube otra cuadrilla de peor catadura que los anteriores, que con amenazas insultos y blasfemias exigen la inmediata entrega de las armas y la presencia de todos los Padres. Al decirles que no éramos más que los tres o cuatro que estábamos allí y otros dos que estaban con los niños, se quedaron pasmados. «¿Cómo que no son uste-des más?, nos dicen, si nos han asegurado que había aquí sesenta frailes y todos jóvenes y bien armados». Así se explica aquel aparato de hombres y armas como para tomar una fortaleza. A todo esto empiezan a dar órdenes contradictorias. Unos exigían la presencia de los Padres durante el registro de nuestros aposentos y demás dependencias; otros, que quedáramos allí todos, bajo la custodia de algunos de ellos. Entonces, el Superior preguntó por el jefe de todos ellos para pedirle hubiera orden y consideración para las personas, etc. y contestaron que ellos eran comunistas libertarios y no admitían jefatura de nadie, pues todos eran iguales.
Así fue efectivamente, no hubo orden ni concierto y cada uno hacía lo que bien le parecía. Por entonces, prevaleció el criterio de los que querían quedáramos allí detenidos mientras otro grupo practicaba el registro de los dormitorios de los niños acompañados por el P. Superior y el alcalde; pero después, cada grupo de los que estaban dentro, se fue por donde bien les parecía y todos querían registrarlo todo para tener parte en el botín; pues si bien decían que no querían, ni buscaban dinero, sino armas; sin embargo, lo cogían donde lo encontraban y sobre todo se apoderaban descaradamente de todos los objetos que podían serles útiles, como prismáticos, relojes, lamparillas eléctricas, plumas estilográficas, etc., etc., cogido todo ello en nuestros aposentos y a nuestras mismas barbas. Es más, hasta a los mismos chicos saquearon aquellos bandidos llevándoles de sus camarillas prendas de vestir y de aseo. Pero donde hicieron verdadero saqueo fue en la despensa adonde fueron a parar todos acabando con varios jamones y toda la fruta que allí había. Algunos después de haber comido y bebido bien, y aún con el bocado en la boca, se metieron en la Iglesia cubiertos, y con blasfemias e insultos exigieron se les abriera el sagrario para meter la mano a ver si había allí armas.
Cansados de esperar los que estaban de guarnición por los alrededores del Colegio y por el pueblo, que tenían tomado es-tratégicamente, urdieron una burda patraña a fin de poder entrar y tomar parte en el registro. Consistía ésta en decir, que habían visto a un fraile con una ametralladora que intentaba emplazarla en una ventana; gritan desde afuera a los de dentro; éstos se alborotan de una manera imponente. Intenta el alcalde deshacer el embuste y exige la presencia del que dice lo ha visto, éste lo afirma y reafirma con un descaro sin igual y el escándalo que se arma es algo serio. En esto llegan grupos y más grupos de los que estaban por el pueblo y todos quieren registrarlo todo otra vez, y enfilados por sus pistolas que siempre llevaban sobre nosotros tuvimos que abrir de nuevo todas las puertas y enseñarles todos los rincones. En fin, después de tantos registros, con los que nos tenían mareados, y no pudiendo dar con lo que tanto buscaban, encontraron un pretexto para armar el escándalo final que pudo haber tenido un trágico desenlace.
Es el caso que en uno de los cajones del almacén encuentran unos pistoncitos llenos de polvo, que seguramente llevaban allí varios años y nadie sabía que existiesen, esto junto con el hallazgo hecho poco antes de una que parecía funda de pistola, acabó por sacarles de quicio: salen furiosos al pasillo, después de haber amenazado con sus armas al P. Procurador que les acompañaba allá dentro, y detienen los que por allí había, exigiéndonos a gritos las armas que evidentemente no existían y allí estaban las pruebas ¡dos o tres pistones y un trapo, que decían ser funda de una pistola!. Más como nosotros nos hacíamos el sueco, cansados de vociferar, blasfemar y amenazar en balde, nos cogen a los cuatro Padres que estábamos allí, o sea, a los Sres. Velasco, Ubierna, el que suscribe y otro de los Sagrados Corazones de Torrelavega que estaba allí de paso, nos ponen en medio del pasillo y de frente y sin más proceso ni juicio decretan nuestro fusilamiento si no les entregamos las armas en aquel mismo momento. Nosotros, como si no oyéramos. Entonces, uno de ellos, da la orden de «carguen» y aquellos facinerosos cargan sus armas con mucho aparato. Yo, que no llegaba a persuadirme de que aquello fuera en serio, miré de soslayo a mis compañeros para ver que impresión les producía y vi que alguno palidecía, que todos estaban afectados pero serenos y que sus labios se movían como recitando oraciones. Esto se pone serio, me dije a mi mismo; y por si acaso también me encomendé a Dios en mi corazón. De pronto me ocurrió que debía interceder por el Padre Ignacio de la Cruz Baños que así se llamaba el que no era de la Comunidad. «Un momento, señores, les digo. Este Padre no debe ser fusilado, puesto que no es de la Comunidad y se halla aquí de paso«. Entonces tomó la palabra el Padre Ignacio y les dijo que efectivamente acababa de llegar de Torrelavega de paso para Miranda donde tenía una hermana gravemente enferma y necesitaba un salvoconducto, que si ellos pudieran dárselo les quedaría muy agradecido. Ellos sorprendidos por aquella salida, bajan sus armas, conferencian entre sí y deciden llamar a otro que debía ser el más destacado entre todos. Viene el llamado y con é! se marcha el Padre Ignacio.
En esto salen los que estaban en el cuarto del Padre Antolín, donde llevaban ya mucho tiempo, y por los gritos que daban y el alboroto que armaron, notamos que algo había ocurrido. En efecto, cansados de registrar inútilmente se le ocurre a uno volcar el cesto de los papeles y cae al suelo un revólver, y aquí fue Troya, se apuntan, gritan, blasfeman y con este alboroto salen al pasillo. Los nuestros que aquello oyen se olvidan de fusilarnos y se marchan todos allá. El lío qué allí se armó fue mayúsculo. El Alcalde tuvo que hacer grandes esfuerzos para contener a aquellos desalmados. Estos decretan que por lo menos iríamos presos todos los Padres, y aquello sí que iba en serio, pues la actitud de ellos era de llevarnos por encima de todo y acaso para no llegar al barco ni tal vez a la cárcel de Laredo. Por fin cansado el Alcalde de disputar con ellos les dijo: este asunto ni ustedes ni yo lo vamos a resolver, sino las autoridades de Santander; y al efecto se fueron al teléfono y no se si habló o no con el Gobernador, el caso es que salió diciendo que de orden de dicho Señor solo quedaba en prisión atenuada y bajo su autoridad el Padre Superior y que por consiguiente podían marcharse todos. Aun se resistían a marchar sin la presa; pero entonces los hombres armados del pueblo que acompañaban al Alcalde se sintieron fuertes, apoyaron a éste y aun se atrevieron a dar la orden terminante de «abajo todos»; estos Señores quedan bajo nuestra custodia. Entonces fueron bajando a regañadientes, recogieron sus flamantes autos y se fueron casi todos; los rezagados eran los que querían quedarse para pedir dispensa, que ellos venían por compromiso o para evitar nos hicieran daño, etc. ¡Ahora lo decían, que cuando estábamos para ser fusilados, poco se atrevieron a salir por nosotros! Lo de siempre… gente miserable, de buen corazón pero cobarde, que se deja llevar de todos los vientos.
Eran las siete de la tarde cuando se terminó esta escena y habían entrado antes de las diez de la mañana al Colegio. En los restantes días del mes de julio y primera quincena de Agosto no hubo novedad digna de mención, como no fuera el habernosquitado el aparato de radio a primeros de Agosto.
3.- El dispérsit
Día 15 de Agosto. En la tarde del día 14 se nos pasó aviso por teléfono de que no se abriera la Capilla al día siguiente. El mismo aviso fue transmitido a la Parroquia y desde aquel día el Santo Cristo de Limpias quedó sin culto. El día de la Virgen celebramos a puertas cerradas y la gente que venía a Misa tuvo que volverse con gran pena sin oír Misa y sin poder entrar a la Iglesia ni para rezar una Salve.
A media mañana se presentan en el Colegio los del Comité del Frente Popular del pueblo y disponen la salida de los Padres para evitar cualquier atropello de elementos incontrolables de fuera, puesto que de ellos no teníamos nada que temer. Para entonces se sabían ya muchos de los asesinatos de sacerdotes que se habían cometido en toda la provincia y fuera de ella. Se convino en que quedara un Padre vestido de paisano con los niños y desde luego los Hermanos podían quedar para atenderlos en lo material. Así se hizo, quedando los tres Hermanos y el que suscribe. Aquella misma tarde marcharon algunos Padres, y al día siguiente los restantes. La separación, aunque triste, era necesaria dado el cariz que iban tomando las cosas.
4.- Diez días más en Limpias
Desde el 13 al 25 de Agosto. Días de amargura inmensa fueron para mí aquellos en que parece se propusieron urdir un lío para cada día: que si nuevos registros, que si requisa de animales y otros artículos alimenticios; ya el desalojar y sellar todas las dependencias y cuartos no ocupados; y menos mal que al cerrar y sellar la capilla nos dejaron la puerta que da a la sacristía abierta y podíamos entrar por ella para consolarnos con Nuestro Señor, con la Misa y Comunión, por la mañana, y el rezo del Santo Rosario continuo, que rezaban los chicos con mucho gusto para que Dios diese el triunfo a nuestro ejército y nos librara de todo peligro. Y, en fin, el último, y para mí, el más grande de todos los disgustos, cual fue la orden de salida de allí. Me lo notificaron la víspera; se me hacía imposible marcharme sin las niños. Intenté persuadir al alcalde, sin ser posible llevármelos conmigo: en autos por los Tornos; en barquitos, aun pesqueros, a Francia o Portugal. Todo inútil; él no veía tal posibilidad. Acaso, intentaba salvar el Colegio con los niños en él, Acaso, era realmente imposible lo que a mí me parecía factible. De lo que no puede dudarse es de su buena voluntad. Aquella noche, no pude dormir nada, la única que tal cosa me sucedió; pues aun en las ocasiones en que corrió peligro mi vida, pude conciliar el sueño por la noche como en la última en que hacía sólo cuatro días había estado amenazado de muerte y aplazada mi ejecución por unas horas hasta ver si mis declaraciones eran o no conformes con la otra persona que tal vez no fuera encontrada y era muy de posible no resultaran idénticas a las mías. Sin embargo, dormí tranquilo; ahora el tener que abandonar aquellos inocentes entre tantos lobos rapaces, se me hacía dolorosisimo. A la mañana siguiente, dispuse las cosas para la partida, celebré y di la Comunión a los apostólicos y Hermanos sin que supieran era la última, purifiqué los copones después de consumir todas las formas y, por último, les hablé a los niños haciendo un esfuerzo supremo, pues temía no me dejara hacerlo el dolor que afligía mi corazón y diciéndoles que aunque era para ellos y para mí muy triste lo que iba a comunicarles, era, sin embargo necesario para la seguridad de ellos, la mía y hasta la del Sr. Alcalde, que tanta había hecho por nosotros; puesto que como ha llegado a Laredo la noticia de que un Padre había quedado en el Colegio, los rojos de ese pueblo y otros han amenazado con venir a asaltar el Colegio y hasta el pueblo si es que se empeñan en defendernos y con ello todos corremos peligro, según me ha dicho el Sr. Alcalde, al que ya han amenazado en Laredo. Por otra parte, les dije, a vosotros solos no os harán ningún daño, ni os faltará nada según me han prometido los del Comité, etc. etc… Procuré quitar importancia al caso y hacer la despedida lo menos emocionante posible para que no terminara en llanto general; pero no pude conseguirlo del todo, pues vi que de muchos ojos salían abundantes lágrimas. Con el corazón partido cogí mi maletín con unas mudas y las cositas de aseo únicamente y al auto de las ocho y medio para Bilbao en cuyas cercanías tenía un conocido y amigo que me recibió con los brazos abiertos en su casa.
5.- Bilbao. Los Padres de Baracaldo y las Hermanas de Arboleda
Durante mi estancia en esta capital pocos son los hechos dignos de mención: El mismo de mi llegada, por la tarde, fui a ver qué era de nuestros Padres de Baracaldo, y los encontré a todos sin más novedad que la de estar un poco asustados. La causa fue ésta: el día que el «Almirante Cervera» bombardeó los depósitos de la Campsa, de Santurce, los anarquistas, en represalia, fueron a la Capilla de Altos Hornos, echaron a la gente violentamente, les obligaron a cerrarla y luego se fueron a casa de los Padres a practicar un minucioso registro. Como no encontraron nada que pudiera perjudicarles, después de varias declaraciones de cada uno, por separado, satisfechos de su conducta les dejaron en paz, pero con la prohibición de salir de la casa. Enterados los nacionalistas van allá, abren la Capilla y les dicen que siguieran practicando el culto en ella, que allí estaban ellos para defenderles. Así lo seguían haciendo, hasta que yo salí, por lo menos. Como yo vivía en el barrio de Burceña, muy cerca de la estación de Luchana, inmediata a Baracaldo, me era fácil ir allá a celebrar y a pasar algunos ratos con ellos.
Unos de los días que volvía de Baracaldo, al bajarme del tranvía en Luchana, baja detrás una señorita, me sigue y me detiene, diciendo: «¿Viene usted de Baracaldo?-Sí.-¿Conoce usted al P. Marcos?-Sí le conozco.-Entonces, usted es un Padre Paúl; yo soy una Hija de la Caridad, venga conmigo». Por el camino me fue explicando cómo me fue siguiendo la pista por las señas que le había dado el P. Marcos. Llegamos al palacio de los ingenieros de la compañía inglesa de minas, llamada Orconera, y allí me presenta a la Comunidad de las Hermanas de La Arboleda, a las que los mineros habían echado de sus escuelas. Estaban indecisas acerca del rumbo que debían tomar. Los ingenieros, caballeros muy cumplidos, les daban opción: o quedarse en su propio palacio o irse con ellos a Inglaterra en un barco que saldría uno de aquellos días. Me pidieron mi parecer; se lo di, que fue el que, por fin, siguieron y creo no les habrá pesado. A los dos días embarcaron en el Crucero inglés que hizo escala en un próximo puerto francés y desembarcaron en él y de allí a la España liberada; todo preparado por los mismos ingenieros. ¿No es así, Sor Elena y demás Hermanas de la Arboleda?. Mil gracias por los mensajes que me trajeron ¡Cuánto consolaron a mi afligida madre y a otras muchas madres que no sabían del paradero de sus hijos y por ustedes lo supieron!. Una de las mayores satisfacciones que experimenté en aquellos días fue de encontrarme un día con el Padre Ubierna en las calles de Bilbao y poder juntarnos para cambiar impresiones con alguna frecuencia.
Otro de las nuevas importantes acaecidas durante mi estancia en aquellas tierras fue el bombardeo de Bilbao y factorías de su ría por nuestra aviación que causó un pánico terrible. Al retirarse nuestra aviación el primer día, salimos a la calle, miramos hacia Bilbao y daba lo sensación de una ciudad ardiendo por los cuatro costados, pues las columnas de humo que se habían levantado eran muchas y muy grandes y se vieron hasta el día siguiente 26 en que continuó la faena repetida varias veces.
El primer día corrió la voz de que habían arrojado bombas sobre la Santa Casa de la Misericordia; lo que, desde luego, no creímoslas personas decentes; y efectivamente resultó ser una patraña. Que yo sepa ninguna de las casas de Hermanas tuvo que lamentar nada en aquellos primeros bombardeos. Tampoco los Padres de Baracaldo tuvieron novedad, aunque les anduvo cerca pues cayó una bomba en la casa de enfrente que causó el consiguiente susto a un Padre que desde el piso bajo contemplaba el bombardeo y la ruptura de cristales de sus galerías.
A pesar de escasear mucho los víveres, pues estaban racionados los artículos de primera necesidad, como el pan, que era negro, la patata, aceite, azúcar, etc., no lo pasamos mal en casa de mi amigo; pues en las cartillas de abastecimiento se habían incluido, a propósito, más personas de las que estábamos en casa y con eso nos llegaban bien los alimentos. Después del bombardeo apenas se podía salir de casa porque cualquier persona extraña era tomada como espía y algunas fueron a parar a la cárcel, solo por sospechas o por ser desconocidas. Así que desde entonces, se me hizo sumamente aburrida mi estancia en aquel retiro y como tampoco podía ir a vivir con los Padres pues era comprometerles, tan pronto como se presentó ocasión para poder sacar pasaporte, la aproveché. Llenaría muchas cuartillas si hubiera de relatar todos las peripecias y dificultades que se presentaron para obtener el pasaporte; pero gracias a Dios y la bendita persona que me ayudaba se fueron venciendo todas y por no alargar más esta ya larga crónica, y no comprometer a las personas que intervinieron en el asunto, solo contaré los dos últimos obstáculos que se me presentaron al entrar en el mismo barco que nos había de conducir a Francia. Después de revisados los equipajes sin novedad, y estando en la cola de espera para presentar nuestros pasaportes y salvoconductos, se vuelven unos jóvenes y a gritos dicen, que todos los que no tengan 45 años pueden volverse, que no dejan pasar aunque se lleven los pasaportes en forma. Al oirlo me quedé frío, pues precisamente lo de la edad fue una de las mayores dificultades que había tenido e iba arreglado a medias, con una nota de «dispensado por razón de estudios urgentes», firmada por un cualquiera a ver si colaba. Estuve tentado por volverme por no comprometer a esas buenas personas; pero tenía esperanzas de que todo estuviera arreglado de antemano y ¡adelante!, me dije, y sea lo que Dios quiera. Llegó mi turno, entregué mis documentos, les dan una ojeada y me los devuelven diciendo: está bien, puede usted pasar. Alegre como unas pascuas y creyéndome ya seguro, paso a otra oficina y otra dificultad; ¿Trae V. plata? No. (Ya estaba en el barco en poder de una joven que venía confiada a mis cuidados). ¿Billetes?-Pocos; ahí los tiene usted. ¿Trae usted licencia?-Me han dicho que para esta cantidad no hace falta. Queda usted detenido.-Apelo al oficial de carabineros y con muy buenas palabras confirma la detención. No dándome por vencido, busco algún representante del Gobierno civil que hubiera intervenido en los trámites de mi dificultoso pasaporte, le expongo mi situación y me dice. «No se preocupe, espere a que termine la revisión de pasaportes que ya se arreglará todo. En efecto, al terminar habla con el oficial de carabineros y demás autoridades y dice en alta voz: «Por esta vez pueden pasar todos los que no traen licencia para llevar dinero».
Satisfecho y agradecido tomo mi pequeño equipaje y al «Galena» que fue el barco que nos llevó a Bayona. A su regreso a Bilbao fue apresado por los nuestros. De Bayona por Dancharinea a la Nueva España».






