Un laurel sobre las sienes de mis hermanos, una flor sobre su tumba, un altar a su memoria augusta en el templo glorioso de la Congregación quisiera que fuese esta primera crónica. Si no hay en ella aroma, color e incienso suficientes, culpa será de mis lágrimas, tributo personal mío, que caen a torrenteras sobre sus nombres y sus cuerpos a sola su evocación.
Los Padres Amado, Gutiérrez, Atanes y Granado han muerto por Dios y por España. No han muerto en la guerra. Los han hecho mártires la herejía y el odio, los torbellinos iconoclastas y sacrílegos en que la Masonería y el Bolchevismo pretendieron ahogar la fe y la Historia de la vieja España creyente y civilizadora. La Congregación está de luto pero solo en su interior. Ante Dios y ante la Patria se ha vestido de gloria porque, si la muerte les hizo mártires, el triunfo de la Religión y de España se visten con su púrpura para cantarles héroes.
I.- El P. Ricardo Atanes
Venerable y bondadoso, la piedad y el recogimiento vestidos de blanco en su cabeza de anciano y en su corazón de niño, fue la primera víctima; como si esas virtudes que él encarnaba sublimemente fueran el mayor estorbo al triunfo del libertinaje que en rey quería erigir el Comunismo.
Despojado de sus hábitos sacerdotales a instancias mías y bien a su pesar salió de casa el mismo día 19, fiesta del Santo Padre, para refugiarse junto con el Hermano Jiménez en una casa amiga. A su salida hervían ya en las calles y en las plazas de Gijón las más exaltadas pasiones. Los primeros rugidos de la fiera desatada y hambrienta habían paralizado toda la vida de la ciudad y helado todas sus actividades. Convertidas las calles en selva, los que todavía se sentían racionales, se habían encerrado en sus casas convertidas en cavernas. A merced de la confusión el anciano venerable pudo llegar en paz a su escondite, si bien con el alma asaeteada de blasfemias y de insultos los más crueles a todo lo sagrado. Solo tres días pudo estar allí. La fiera bolchevique, temerosa de perder su triunfo y verse encadenada de nuevo, comenzaba a romper todo lo que otro tiempo fue para ella cadenas y como consecuencia a tender sus garras de muerte sobre todas las gentes justas y honradas, y los dueños caritativos de aquella casa eran de los más destacados por su españolismo y por sus actividades sociales.
Amistosamente avisados por ellos, cuando ya preparaban su propia fuga, salieron de allí cuidadosamente el Hermano para nuestra casa y el P. Atanes en dirección a otra casa amiga más humilde y menos señalada. Frente a sus puertas, el Hospital, el Depósito de Cadáveres y el Cuartel de Seguridad mostraban a nuestro Hermano lo mas hediondo de la tragedia que ya había comenzado; la muerte espeluznante de los primeros fascistas, la macabra cabalgata de los Padres Capuchinos con sus manos cargadas de bombas, etc. etc.
Desde una casa trasera yo seguía esta espantosa película v miraba por la suerte del Hermano, que me parecía relativamente segura. Por las noches en mis correrías de observación pasaba con él algunos ratos de mutuo consuelo. Una noche, no sé si la cuarta o quinta de su encierro, cuando intentaba verle, me comunicaron que había sido detenido, ¡qué sarcasmo Dios mío..! ¡por «paco»! Un anciano que no había visto más armas que sus rezos.
Así había sido sin embargo. De las infinitas balas que los héroes sublevados del Cuartel de Simancas lanzaban como una lluvia sobre la ciudad para tener en jaque a los asesinos, algunas habían estallado en los tejados de su albergue. Los rojos, a quienes hasta los dedos se les antojaban «pacos», entraron a saco en aquella casa, y entre befas y amenazas se llevaron al único hombre que había en ella. Era el P, Atanes. Locos, enfurecidos ante sus protestas de inocencia, dudaren si fusilarle o no en el acto mismo, pero ante las reflexiones de alguno menos cruel decidieron llevarle detenido a la Iglesia de la Compañía. Tendido en el suelo, enfermo, maltratado y escarnecido, estuvo allí algunos días sin ni siquiera darle de comer, hasta que por medio de las Hermanas de la cocina tuvimos que atenderle nosotros mismos, no sin acudir a toda clase de subterfugios. Había comenzado su calvario.
Poco a poco se fue agudizando más y más. Arrojadas de la cocina las Hermanas por el enorme delito de cuidar con esmero la comida de los infortunados presos, algunos días después, volvía a sufrir el hambre y el abandono. Ocasión hubo en que durante cincuenta y seis horas no se proporcionó ni un vaso de agua. En cambio, se le regalaba de día y de noche con exquisitas torturas morales y abundantes malos tratos. Otro día, insuficiente ya la Iglesia de la Compañía para contener ni aún de pie tantos detenidos, fue llevado el P. Atanes con un grupo a la Iglesia de San José. Fría de suyo y hedionda por las circunstancias higiénicas deplorables en que se les tenía, resultó para nuestro anciano un terrible calaboza. Hasta la guardia se conjuró para hacerlo más infernal. En la primera prisión habían tenido para custodiarlos carabineros y Guardias de asalto. Malos y todo, eran hombres algo edu-cados. En San José los atormentaban más que custodiaban esbirros comunistas de los más bajos fondos sociales. Al cabo, en los primeros días de Agosto, Dios quiso galardonar su martirio.
Con motivo de un bombardeo aéreo por los militares, el populacho ya enfangado en todos los crímenes, irresponsable, ebrio de sangre y de venganza, con alaridos y convulsiones de epiléptico, rodeó la prisión mandando más que pidiendo la muerte de los inocentes presos. Hubo dudas, cabildeos, arengas por parte de las autoridades aún no bolchevizadas absolutamente, se intentaron convenios, se prodigaron promesas; pero al fin se impuso la voluntad de aquellas mujeres desgreñadas y de aquellos hombres alcoholizados, que como voz del pueblo soberano, las autoridades tuvieron que acatar, y el inocente anciano, con la blancura de su bondad iluminando su cabeza y su rostro sonriente, fue arrojado en uno de los camiones, y entre maldiciones y golpes, a merced de los más desharrapados, fue llevado a fusilar con los demás presos a una de las colinas que rodean la ciudad, mientras en ésta los nuevos Pilatos con excusas y lamentaciones se lavaban las manos salpicadas de sangre y cieno. Nada más pudimos saber de él a pesar de insistentes investigaciones.
«Natural de Cualedro (Orense), fue fusilado junto con 300 compañeros el 14 de agosto de 1936, en un pinar situado en una de las bellas colinas que circundan Gijón, en el término designado comúnmente con el nombre de «Llantones». Su cadáver, a pesar de las diligencias efectuadas, no pudo ser identificado, y se ha dado por desaparecido». (Anales Madrid, 1969, p. 273)
II.- El P. Pelayo Granado
Corrió bien pronto una suerte semejante. Había salido a predicar a un pueblecito de las cercanías de Luarca. El día de San Vicente debía unírseme en otro pueblo, para volver a Gijón antes de las cuatro de la tarde con el fin de que yo pudiera predicar el cuarto de mi novena de la Eucaristía; pero ni yo pude ya salir, ni el P. Granado pudo volver. Días y días pasaron sin tener de él una sola noticia. Inútilmente multiplicaba mis visitas al Depósito de cadáveres esperando encontrar el suyo en todo momento. Una noche, en un cafetucho hediondo supe por los milicianos llegados del frente de Luarca después de una gran derrota, que a causa del avance de las tropas nacionales el pueblo en que había predicado el P. Granado había sido evacuado forzosamente por los rojos, y que de allí se habían traído a un cura cuyas señas coincidían con las de nuestro buen Hermano. A la mañana siguiente, se pusieron en movimiento algunas mujeres en busca de algunos de los refugiados de aquel pueblo. Pronto tuvimos noticias. El P. Granado había sido traído a fusilar en Gijón. Sublevados y desconcertados los rojos de aquel pueblo por las continuas derrotas que habían sufrido en sus cercanías, comenzaron a descargar su cólera en las gentes pacíficas de las aldeas. Avisado por el Párroco, el P. Granado, con sus hábitos sacerdotales, pues no había llevado ningún traje a prevención, se dispuso a ocultarse. Salió de casa en compañía del mismo Párroco, que ya se había vestido de aldeano, y a través de los campos se dirigieron a una casita aislada. «Vaya usted a aquella casita, le dijo el Párroco, que yo iré a esconderme en otra». Como un mendigo, con la zozobra y la ansiedad pintadas en su bondadoso, nuestro Hermano llamó a las puertas de aquella casa que no conocía, mendigando cobijo. Triste y amargante realidad. Los que el Sr. Cura creía amigos como tantos otros en las horas de bonanza, se negaron a recibirle. Tenían miedo de verse comprometidos. El pobre Padre tuvo que volver a la casa rectoral. Ninguna más conocía en el pueblo, a donde había ido por primera vez. Estaba sola la hermana del Sr. Párroco. Sola y atemorizada, se siente desfallecer, cuando vio llegar al que para seguridad suya había despedido hacia un momento. Lo recibió como las circunstancias le permitieron, y se dispuso a esconderle. Todo inútil. Apenas habían recorrido la casa en busca de algún escondite seguro, una turba de foragidos comenzó a golpear la puerta entre amenazas y blasfemias. Venían a por el Párroco y el Fraile.
Valiente, casi terrorífica la buena mujer, puesta en jarras en medio de la puerta se opuso al paso de aquellos energúmenos, increpándoles vigorosamente. Aquellos ridículos aldeanos, que iban arrastrados y sin mandato judicial ninguno, entonces aun se usaban ciertos trámites, lanzaron a la casa una mirada siniestra y volvieron sobre sus pasos. Iban seguramente en busca de una autorización del Comité de Guerra. Así lo entendió la pobre señora. Se lo comunicó al Padre, y le instó a que inmediatamente se escondiera en otra casa o en el monte. Fuera por falta de valor o por exceso de confianza, el P. Granado se negó a salir a la calle.
Horas después los energúmenos en mayor número, y más exaltados, con el documento ridículo en las manos y perfectamente armados, entraban en la casa arrollando a su defensora, se echaban sobre el pobre padre desamparado, y lo cargaban en una camioneta para llevarle a Gijón a fusilarle.
¿Cómo murió? Lo ignoramos. Solo nos han podido comunicar la sarta de insultos que le prodigaron, al llevarle como un cordero al lugar del suplicio.
«Natural de Santa María de los Llanos (Cuenca) fue conducido la noche del 27 de Agosto a la orilla del río Nalón, que pasa por Soto del Barco (Asturias) y allí mismo le acuchillaron por la espalda hasta que expiró, y su cuerpo arrojado al río jamás apareció». (Anales Madrid, 1969, p. 273).
III.- El P. Andrés Gutiérrez
Fue la tercera víctima. Junto con el P. Amado y el Hermano continuó todo el tiempo en casa sin decidirse a salir de ella pese a mis diarias súplicas y a las llamadas de las Hermanas y de algunas mujeres buenas a quienes encomendé encarecidamente su suerte. Después de varias semanas de haberse dado órdenes de detención y fusilamiento contra mi y de los infinitos registros inútiles que para ello se llevaron a cabo con verdadera fiebre, debieron pensar los esbirros de la CHECA que era más seguro prepararme un cebo en nuestra propia casa. Al efecto comenzaron a visitar insistentemente en ella a los padres y a mimarles de una manera en ellos desusada. Se comenzó a llevarles comida abundante de los Comités, les hacían visitas poco menos que protocolarias varias veces al día; por la mañana y por la tarde llegaban pescadores o chiquillos preguntando si estaban los curas y llevándoles la mejor pesca que encontraban.
Si no consiguieron que yo fuera, consiguieron al menos que los compañeros se confiaran y se creyeran seguros.
En este estado de cosas el P. Gutiérrez fue un día llamado por teléfono. ¿Fue una penitenta? Así le dijeron y él se lo creyó cumplidamente. Quien quiera que fuese, comenzó por preguntarle si estaba en el puerto el Crucero Cervera. El barco en cuestión era entonces el terror de Gijón. Sin darse cuenta de ello y de que los teléfonos todos estaban perfectamente interve-nidos, el Sr. Gutiérrez contestó al interlocutor dando toda suerte de detalles sobre la presencia del barco y algunas de sus características técnicas. Media hora después los ridículos milicianos que tantos días les habían visitado, se presentaban en casa preguntando por él y se lo llevaban para no volver. Por la noche ya se comentaba de corro en corro la caza y fusilamiento de un fraile espía que había estado en complicidad con el Cervera.
En vano se procuró conseguir por algunos comunistas detalles de ningún género sobre lo que de él se hizo. Ni en las cárceles ni en los Comités sabían o querían decirnos nada. Nuestra confianza en su salvación se fue perdiendo poco a poco.
«Natural de Salazar de Amaya (Burgos) fue fusilado el 3 de agosto de 1936, en el monte de San Justo (Asturias), y trasladado más tarde al cementerio de aquella parroquia, donde fue inhumado al día siguiente. El 14 de febrero de 1940 fueron trasladados sus restos definitivamente al cementerio municipal de Gijón (Suco, Ceares), donde reposan en la urna 97 de la primera serie, izquierda». (Anales Madrid, 1969, 9, 273)
IV.- El P. Amado García
Quedaba ya solo en casa con el Hermano Jiménez. Herido profundamente por estas desgracias y temiendo por los que aun quedaban, redoblé mis trabajos para hacerles salir y evitar que la catástrofe tomara más proporciones. Todo inútil. Nuestro buenísimo superior había llegado a convencerse de que como sacerdote no se le perseguía. Uno tras otro habían ido ya cayendo más de sesenta sacerdotes y religiosos de distintas órdenes; todos los que habían sido encontrados. El sin embargo continuaba siendo asistido mimosamente todos los días, pero en realidad perfectamente vigilado. En alguna ocasión llegó a instarme a que me fuera con él a casa, en donde me consideraba más seguro.
Habían pasado ya cuatro meses. Las detenciones y los crímenes aumentaban día por día. Solo diez o doce sacerdotes quedaban perfectamente escondidos. Por mi mente pasó la idea de ir personalmente a casa, aprovechando uno de mis disfraces y sacármelo a viva fuerza. Con mucho trabajo consiguieron disuadirme, pero solo a condición de que una Hermana perfectamente disfrazada, fuera inmediatamente a suplicarle en mi nombre que no esperase un momento más. En efecto, aquella mañana perfectamente desfigurado salió de casa por fin, y fue a esconderse en una casita humilde perteneciente a un izquierdista amable que hacía ya meses servía de amparo al único párroco que quedaba con vida; el párroco de S. Lorenzo.
Apenas si tuve tiempo de celebrar este triunfo. No habían pasado 24 horas cuando cansado, creyéndose una carga en aquea casa acogedora, excesivamente confiado o delicado en demasía, volvía a la residencia sin que fueran bastantes a detenerlo w antas súplicas y lamentos se le opusieron. Era quizás más fuerte la voz de Dios que le llamaba al martirio. Los suyos se lo habíamos querido evitar, y la Providencia quiso, torciendo todas nuestras previsiones, que fuera precisamente uno de los suyos el que se lo facilitara. En la tarde de aquel mismo día nuestro buenísimo hermano Jiménez salía camino de una aldea próxima en busca de alguna cosa que comer, pues ya el hambre se había enseñoreado de la población civil. Pasaba por un puente sobre la ría en que termina la magnífica playa de Gijón cuando unos centinelas dieron el alto apuntándole con el fusil. Trémulo y confuso fue contestando sin darse cuenta apenas, a las preguntas que le fueron haciendo.
–¿Quién eres?
–Un pobre lego.
–¿De qué convento?
–De los Padres Paúles.
–¿Donde están los frailes?
–Algunos han sido fusilados y otros no sabemos donde están.
–Y tu ¿dónde vives?
–En nuestra casa con el P. Superior.
–Síguenos -terminaron-y en medio de ellos como un criminal el buen anciano fue llevado a la CHECA y sometido a un sagaz y minucioso interrogatorio.
Poco tiempo después era detenido en casa el P. Amado y llevado con él a la Iglesia de la Compañía. 290 individuos habían sido detenidos aquella misma tarde.
¿Que pasó en la prisión? Con lágrimas en los ojos me lo contaba días después el que había sido compañero de lecho de nuestro buenísimo superior en aquella noche postrera.
«Horas y horas se pasó en confesarnos a todos, –me decía– «Teníamos tan segura la muerte….» Cuando todos estuvimos confesados el buenísimo Padre, radiante de alegría, nos invitó a rezar el rosario a la Milagrosa. Más que rezar, declamaba las oraciones de tal modo que sus palabras, rebotando en las bóvedas de la magnífica Iglesia, convertida en Catacumba, caían sobre todos nosotros como riada de optimismo y de valor. Al cabo, después de bendecidnos, nos recostamos para descansar y esperar tranquilos la muerte próxima. Casi todos nos habíamos proporcionado una manta, un colchón y una almohada para no dormir en el duro suelo, que infinitos presos habían dejado a su paso infecto y sucio. Yo observé que el P. Amado no tenía en dónde acostarse y se recogía en un rinconcito.
Le llamé y obligué a que se acostara conmigo. Poco después dormía profundamente. Tal era su tranquilidad. A las doce de la noche nuestra magnífica Iglesia prisión desmantelada, sin luz apenas, con cerca de trescientos hombres tirados por el suelo en la más rara y polícroma confusión, se estremecía todavía con las plegarias de muchos hombres. Sólo el Padre dormía profundamente. Hacia las dos de la madrugada nuestros verdugos aparecieron como una visión siniestra en el presbiterio. Fueron nombrando uno a uno y poniendo en libertad a muchos que nunca pensaron en recobrarla. Al llegar al P. Amado, el que parecía jefe de aquella chusma cantó su nombre con una mezcla de odio y de sarcasmo. «Amado García. Fraile». Tuve que despertarlo con algún esfuerzo. Se presentó ante ellos, y como a los demás también le dijeron, aunque con un tono bien distinto: «También a ti te vamos a dar la libertad. Espérate aquí a la izquierda». Su tono sarcástico daba a entender bien claro lo que aquella libertad significaba para él. Se acercó a mi y visiblemente emocionado, me dijo abrazándome: «Adiós. Hasta la eternidad». Después se acercó de nuevo a los jocosos esbirros y les dijo presentándoles al Hermano: «Matadme a mí, pero no hagáis nada a este pobre viejo que nada tiene que ver. Es solo un criado nuestro».
Aún no había amanecido. A las puertas del cementerio llegó un coche, y de él descendieron unos cuantos asesinos trayendo a un detenido. Joven, resignado, tranquilo. Era el P. Amado, condenado a muerte por el enorme delito de ser un santo sacerdote. De su muerte edificante decían al día siguiente en un suelto del periódico los mismos rojos algunas alabanzas, que hoy, por no tener a mano el periódico, no puedo transcribir al pie de la letra. Por alguno de los que asistieron a su fusilamiento, pudimos recoger sus últimas palabras, cortas, sentidas, terminantes. «Matadme cuanto antes, pero no me martiricéis. Dios os perdone como yo también os perdono».
El primer disparo debió cogerle en el acto de bendecidles, pues el proyectil, después de atravesar su antebrazo, fue a alojarse en el cráneo a la altura de la frente. Un nuevo disparo en el parietal derecho le arrancó para siempre de entre nosotros.
Por medio de algunas buenas mujeres conseguimos rescatar su cuerpo y enterrarlo en una sepultura particular; se hicieron algunas fotografías de los lugares de su martirio, y se recogió una toalla empapada en su sangre preciosa.
Permitidme que desde estas cuartillas levante esa toalla santificada y ennoblecida como un símbolo y como una rúbrica. La rúbrica de esa página maravillosa que en los anales de la Congregación ha escrito nuestra casita de Gijón; y el símbolo de un porvenir magnífico que sobre esta flagelada tierra de Asturias se abre a nuestra pequeña residencia coronada por Dios con esa bandera de purísima y novísima libertad».
«Natural de Moscardón (Teruel), fue llevado en coche, juntamente con varios compañeros, al amanecer del día 24 de octubre de 1936, al cementerio municipal de Gijón. Dejaron en la entrada al P. Amado y a otros tres compañeros y los fusilaron inmediatamente a los cuatro. Fue sepultado en el cementerio municipal de Gijón, el 26 de Octubre de 1939 en sepultura individual».






