Momentos de descanso (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Benito Martínez · Year of first publication: 1995 · Source: CEME.
Estimated Reading Time:

Saint-Denis

 Nantes y los Consejos

Luisa pronto se olvidó de Le Mans. En mayo de 1646, cuando temía su fracaso, los administradores del Gran Hospital de Nantes pidieron Hijas de la Caridad. Habían oído cómo en poco tiempo habían reorganizado el Gran Hospital de Angers, habían leído el re­glamento de las Hermanas y deseaban encargarles también a ellas su hospital.

Nantes era una gran ciudad con los adinerados barrios burgueses y los bajos fondos que conllevan los puertos marítimos de intensa actividad comercial. Disputaba a Burdeos la primacía de los puertos franceses del Atlántico. Se había especializado en el comercio con América y las colonias francesas. Por las calles, pululaban los obreros de sus astille­ros, marinos, comerciantes, gente advenediza y mujeres de todas las clases. El hospital de San Renato estaba pasando por serios desórdenes. Era un honor para las pobres aldeanas ser elegidas para poner remedio y dirigir un hospital en una ciudad como Nantes. Luisa se emocionó, además, porque nadie había influido en la petición. Habían sido los bur­gueses de la ciudad quienes pidieron a sus jóvenes por consejo, nada menos que del «se­ñor d’Annemont, capellán del mariscal de La Meilleraye» (D 404), gobernador y lugarte­niente del rey en Nantes.

Luisa no quiso exponerse a un fracaso que perjudicara a los pobres y pudiera des­prestigiar la comunidad y preparó a conciencia la fundación. De acuerdo con el superior, iría ella misma a comenzar la primera comunidad de Nantes

Entre tanto, por estos meses, el superior Vicente comprendió que la Compañía había crecido en casas y en Hermanas y que el trabajo era duro, constante y, al mismo tiempo, delicado para que dependiera únicamente de las decisiones de él y de Luisa de Marillac. A primeros de 1646, había nombrado a sor Juana Lepeintre asistenta de la Señorita y, por la primavera, escogió otras dos ayudantes: sor Isabel Hellot y Juliana Loret. Finalmente, el 28 de junio, creó los Consejos, corrientes entre las religiosas e instituciones civiles. En frase de Vicente de Paúl, era «el comienzo de un orden y de unas bases que la Providen­cia echaba en la Compañía… para estudiar algunas necesidades…, para decir a las Her­manas la manera de comportarse y ver lo que habían de hacer la señorita Le Gras y la Her­mana Sirviente». Se tendrían todas las semanas, presididos por él o por un mi­sionero, y lo compondrían Vicente, Luisa, un padre paúl y otras tres consejeras. A veces, asistirían también una o dos Hijas de la Caridad, elegidas entre las más antiguas. San Vi­cente les pedía libertad absoluta para expresarse y secreto casi sacramental.

En el primer consejo, se examinó qué Hermanas irían a Nantes, y se volvió a exami­nar la semana siguiente. Decidieron que la Hermana Sirviente fuera sor Isabel Martín, que con acierto había comenzado la comunidad de Angers. Otra Hermana le ayudaría como consejera. Se eligieron también a otras seis Hermanas que completarían la comunidad: An­tonieta de Montreuil, Catalina Bagart, Petra de Villers, Petra de Sedán, Margarita Noret y Marta de Saint-Jacques.Completaron el tema de Nantes analizando quién podría ser el con­fesor de las Hermanas; se inclinaron por el señor des Jonchéres, que había sido lugarte­niente general de Nantes y se había hecho sacerdote sólo por devoción.

La Compañía no era un grupo de amigas reunidas para servir a los pobres, era ya una organización de más de cien Hijas de la Caridad con estructuras, reglamentos y obras muy diversas. La superiora Luisa se iba a ausentar casi dos meses para dirigir la fundación de Nantes y no podía abandonar la Compañía a su aire. Antes de marchar, recordó a sor Jua­na Lepeintre que era la superiora en su ausencia; indicó a la comunidad que el P. Lam­berto haría las veces de Director, cuando no estuvieran Vicente de Paúl ni el P. Portail; distribuyó los oficios de la Casa y les dejó por escrito unas recomendaciones sobre el mo­do de actuar. Humana hasta en los momentos más agobiantes, no se olvidó de que sor Ro- se sufría mucho con personas que no la conocían y rogó que «esperase a su vuelta para nacer los ejercicios espirituales, ya que era un poco escrupulosa y había que atenderla de manera distinta a las otras».

El jueves, 26 de julio de 1646, salió con Sor Francisca Noret, para que la acompañara a la vuelta, con sor Turgis, destinada a Richelieu y con las seis Hermanas que forma­rían la comunidad de Nantes. De las nombradas en el consejo, faltaban dos: Sor Petra Villers y Sor Marta de St.-Jacques y estaba una nueva: Sor Claudia Carré. Como era cos­tumbre desde hacía varios años, Vicente las despidió con una conferencia y les dio la ben­dición. Encargó a Luisa que redactara una memoria del viaje y, gracias a ella, conocemos el itinerario y las vicisitudes del camino. Luisa nos lleva con interés a través de las diferentes etapas de la ruta. De París a Orleans, en diligencia. Desde aquí, tomó el ca­mino en barco, por el río Loira hasta Nantes. El viaje resultaba más barato, pero era un largo sacrificio, lento, eterno. Tuvieron que esperar días en los pequeños puertos fluvia­les porque las aguas venían bajas; esperas agotadoras bajo el sol de agosto, comiendo lo que llevaban en las bolsas. Frecuentemente, llegaban a los pueblos a horas intempestivas y no era raro que las rechazaran en las posadas. No pudieron detenerse en Tours para vi­sitar la ciudad y saludar a los familiares de las Hermanas; ni pudieron acercarse a animar las Caridades.

En Angers, pudieron detenerse dos días. Después de seis años, volvía a abrazar a las Hermanas con las que había pasado momentos inolvidables a pesar del disgusto de hacía dos años. Lo encontró todo bien. Los administradores le pidieron otras cuatro Hermanas. Todo ello la halagó. De nuevo, en barco, llegaron a Nantes el 9 de agosto. En total, habían tardado dos semanas; la mayor parte del tiempo navegando por el río.

El recibimiento fue apoteósico. Desde hacía dos días, «todas las familias de Nantes las esperaban con impaciencia». Al día siguiente de llegar las Hermanas, se pusieron a lim­piar y a ordenar el hospital; descubrieron que estaba bastante atrasado tanto en técnica y funcionamiento como en atención a los enfermos. No hacían sangrías ni daban purgas y apenas medicinas. Les llamó la atención la escasez de empleados para atender a los hom­bres. Tan sólo daban dos comidas, al mediodía y a la cena. «En pocos días, se logró tal cambio que todo el mundo venía a verlo, cuando antes apenas entraban». Luisa logró que se despidiera al abastecedor, que había convertido su oficio en un negocio personal, y a su mujer, que se entrometía en el modo de distribuir las comidas a los enfermos. Con ellos, no se podía mejorar el hospital. Asimismo, logró que se cambiara al capellán —que usur­paba las funciones de director— por el de Santa María, proponiéndole, además, a San Vi­cente nombrarlo como confesor de las Hermanas. Vicente de Paúl prefirió que lo fuera el señor des Jonchéres, como lo habían decidido en el consejo. Todo parecía dirigido por Dios.

Instaladas en el hospital, las visitaron las familias de alta posición, y las que estaban en el campo, volvieron a presentarles sus respetos; hasta eclesiásticos y religiosos acu­dieron al hospital a conocer a aquella nueva cofradía. A Luisa, la «tomaron por una gran señora»20. Sin lugar a duda, todas aquellas gentes quedaron asombradas de la entrega y del nuevo estilo de trabajo que desarrollaban las Hijas de la Caridad, pero también avivó la curiosidad el ser una especie de congregación religiosa sin ser religiosas; una compa­ñía secular era una novedad en aquella época. Al Vicario de la diócesis, hubo que decir­le que estaban aprobadas por el arzobispo de París.

Enfrascada en la fundación, la actividad no le impedía dirigir la Compañía. Desde Nantes, escribió al P. Portail sobre los asuntos de Angers y sobre los problemas y cam­bios de algunas Hermanas. Escribió a su sustituta, Sor Juana Lepeintre, y a su secreta­ria, Sor Juliana Hellot, que habían quedado en París. Las animaba y felicitaba por el trabajo que estaban haciendo; les exigió que le escribiesen cada semana y, si Sor Jua­na escribía como asistenta, firmase las cartas. Se la ve contenta y toma bromas con Sor Hellot. Se presenta cariñosa, como una madre mayor con sus hijas. Se preocupa por que sean santas y les muestra el camino de la perfección. Su vanidad femenina se sintió agasajada cuando Vicente de Paúl le escribió que en París algunas Hermanas tenían mal humor, «pero la presencia de usted lo arreglará todo», le dice el santo, y añade: «Las Damas de la Caridad del Gran Hospital continuamente me están echando en cara que le haya dejado marchar a usted, sobre todo, la señora de Nesmond». Frase pequeña que manifiesta la importancia enorme de la señorita Le Gras en las obras vi­cencianas de caridad. La correspondencia con San Vicente es distinta de la que tuvo desde Angers seis años antes. Ella sigue contándole todo lo que hace, pero el director es ahora un personaje en la corte y está agobiado de trabajo. Forma parte del Consejo de Conciencia del Reino, la Congregación de la Misión ha aumentado en miembros y en comunidades, sigue con las Caridades que han asumido más obras, es el centro or­ganizativo para dar soluciones sociales a los desastres de la guerra, y las Hijas de la Ca­ridad se fortalecen al par que crecen. Las respuestas a su colaboradora son más breves, pues confía plenamente en ella: «No le digo nada concreto de lo que tiene que hacer con esos señores, pues confío en que nuestro Señor le dará luz y consejo suficiente pa­ra ello». «Siga el pensamiento que le dé nuestro Señor sobre el confesor de las Her­manas».

Únicamente, una pena, como una nubecilla, empañaba su alegría: la enfermedad de su hijo; pero la paz sobrenatural que experimentaba ocultó la angustia. La santidad no impedía que algunas cartas de Luisa rezumasen tragedia humana, pues la enfermedad era grave. Vicente de Paúl ofreció al joven una casa de la Congregación para estar atendido por Hijas de la Caridad para que lo cuidasen; Miguel prefirió alojarse en casa del médi­co y aceptó el cuidado de las Hermanas. Miguel, de constitución fuerte, se curó del to­do. El dolor de Luisa era distinto al de años anteriores. Era un dolor alegremente sobre­natural. La santidad de entonces la había llevado a romper la carne que la unía con el hi­jo; ahora tan sólo, deseaba que no muriese sin confesión. Y es que le parecía que todo le había salido bien y que era Dios quien lo había arreglado todo: «Hay que dar gracias a Dios por las bendiciones que Dios da a este establecimiento». «Tengo motivos para de­cir de verdad que ha sido la divina Providencia la que ha intervenido sola». En la me­moria que entregó a Vicente de Paúl, ocultadas por su humildad, su santidad y su provi­dencialismo, descubrimos su inteligencia y dotes organizativas:

«Reflexionando sobre la marcha de este establecimiento, tengo muchos moti­vos para decir, con toda verdad, que ha sido la Providencia totalmente sola la que ha intervenido, no teniendo yo ningún conocimiento, al ir allá, de lo que tenía que hacer, y puedo decir que veía lo que se hacía a medida que estaba hecho, y que en las ocasiones en que quizás hubiera tenido muchas dificultades, la misma provi­dencia me hacía encontrar, sin haberlo previsto, las personas que me podían ayu­dar. Creo yo que era por las necesidades que mi insuficiencia me creaba, pues me parece que yo nunca he obrado de esta manera, descuidada, y me parecía que yo no hacía nada más que lo que se me hacía hacer, sin que yo supiera cómo. Dios sea siempre bendito!».

En septiembre, se despidió del vicario de la diócesis y un mes después de haber lle­gado, salió para París de nuevo por el río Loira. Era el 10 de septiembre. De Hermana Sir­viente, dejó a Sor Isabel Martín, la misma que comenzó la fundación de Angers. El señor des Jonchéres aceptó la dirección de las Hermanas.

Un desengaño inesperado

Desde París, en octubre, les envió el refuerzo de dos Hermanas. Una, Sor Enriqueta Gessaume, iba de farmacéutica, prestada sólo para seis meses, hasta que enseñara a la compañera. Todo iba bien. En noviembre, uno de los administradores le escribía que las Hijas de la Caridad «trabajaban maravillosamente bien en el cuidado del hospital y en la edificación del pueblo». Que no esperase quitarles a Sor Enriqueta hasta pasado un año.

Pero a los siete meses, en marzo de 1647, llegaron cartas que la destrozaron como a una estatua de barro caída de una torre. Recibió una carta del capellán, acusando a la Hermana Sirviente de tratar a las Hermanas «con autoridad y suficiencia y de no man­darlas o prohibirlas nunca nada, si no era con espíritu irascible, villano, sombrío, des­piadado y altanero». También, recibió carta del director espiritual, el señor des Jonché­res, descubriéndole algunas divisiones entre las Hermanas que comenzaban a destruir la unión». Para él, las causas eran un pequeño decaimiento en la observancia de las Re­glas y la diversidad de «temperamentos que impiden que se abran con libertad las unas a las otras». Él veía que algunas Hermanas se enfrentaban a la superiora que no sabía mandar ni corregir; e insinuaba que habría que buscar un confesor extraordinario, dis­tinto del capellán. Recibió cartas desconsoladoras de Sor Margarita y de Sor Claudia Brígida, que eran gritos de socorro para salir de aquella dolorosa situación. Echaban la culpa a la amistad que Sor Catalina y Sor Antonieta tenían con el capellán —Mauricio Fuset, el confesor de las Hijas de la Visitación que elegantemente habían robado para capellán del hospital, destrozaba ahora la comunidad—. Siempre estaban juntos ha­ciéndose regalitos y contándole todo lo que se decía o se hacía en comunidad. Y reci­bió carta de Sor Isabel, la superiora, confesándole: «Querida madre: Estoy sin fuerzas para vivir en este desorden, que acaso es por mi mala conducta. Por ello, le pido con las manos juntas y con toda la extensión de mi corazón, que ponga a otra en mi lugar. Si no lo hace, jamás tendré mi espíritu en reposo». Más que división en la comunidad, ha­bía discordia entre las Hermanas.

¡Tristemente desolador! ¡La comunidad que tan ilusionada había establecido ella mis­ma era un infierno! Fatigada, casi agotada de tanto trabajo, acudió al superior Vicente, pi­diéndole que interviniera. Le rogó que escribiera una carta a las Hermanas y, aunque can­sada, se atrevió a insinuarle los puntos que debía escribir: «manifestarles algo de descon­tento y, a la vez, animarlas». Herida por el complejo de culpabilidad, exclamó convenci­da de que Dios le daría la muerte para salvar la comunidad: «De verdad, mi muy honora­ble padre, esta pobre Compañía sufre mucho bajo mi ruin dirección. Y así, pienso yo que pronto Dios la librará de esta cautividad, que es un impedimento tan grande para la per­fección de su obra; y yo tengo grandes motivos para temer morir en mi empecinamiento, si su caridad no me ayuda».

Los dos fundadores tomaron decisiones serias. Cada uno de ellos escribió una carta; enviaron a la asistenta general a pasar Visita regular y comunicaron al P. Lamberto que fuera a Nantes a pasar Visita Canónica. Vicente de Paúl estaba en la finca de Orsigny; re­flexionó serenamente y escribió una carta modelo de delicadeza, finura y sagacidad; has­ta técnicamente, parece perfecta. Comienza con la teología del ser de la Hija de la Cari­dad, les descubre después a las Hermanas sus defectos, bajo forma de consejos para no caer en los peligros y superar las dificultades; terminaba indicándoles nueve medios para salir del posible desorden. Vicente de Paúl dio la carta a Luisa para que la leyera y la enviase. Al leerla, se conmovió tanto que no sabía qué escribir. A pesar de la fa­tiga y la tristeza, escribió una carta firme y directa, como la que, tres años antes, envió enérgica a las Hermanas de Angers en situación parecida.

Sor Juana Lepeintre salió en junio para Nantes con las dos cartas. En julio, todavía es­taba allí esperando al P. Lamberto. Sor Isabel Martín, la superiora, tuvo miedo y se mar­chó a la comunidad de Angers. Los dos santos comprendieron a Sor Isabel, le mandaron que esperara en Angers y luego le ordenaron que volviera a Nantes. Cuando llego el P. Lamberto, hacia el 20 de julio, escuchó una por una a todas las Hermanas y tomó medi­das radicales: envío a París a las Hermanas más apegadas al capellán —Sor Catalina y Sor Antonieta—, a la superiora, enferma ya, la envió de Hermana Sirviente a Richelieu, don­de ya había estado, y dejó de Hermana Sirviente a Sor Juana Lepeintre. Nombró, junto con el Vicario de la diócesis, un confesor de fuera, seguramente, porque el capellán era también el confesor, como insinuó Luisa, cuando fue a fundar; a Sor Enriqueta, le prohi­bió hablar con el capellán. Todo quedó escrito en las normas que dejó.

Al mismo tiempo, pidió a los administradores que cumplieran las cláusulas en que ha­bían convenido, cuando estuvo allí Luisa, sobre la organización y marcha del hospital. Lui­sa, desde París, cada semana las animaba por carta.

Todo quedó en calma. Sólo un susto cuando el capellán —por otro lado buen sacer­dote y hombre espiritual— llamó a Nantes a Catalina Bagart, que se había salido al llegar a París. Pero todo quedó en un susto. Al final, el capellán también abandonó el hospital voluntariamente. Luisa respiró y escribió a Sor Juana felicitándola: «Ha hecho usted una buena obra. Dios sea bendito por ello, eternamente bendito, y por todas las luces que ha dado al señor Lamberto en todo este asunto».

Al año siguiente, julio de 1648, el P. Lambert volvió a pasar Visita y encontró una comunidad contenta y unida, pero en la carta que envió a Luisa hay una frase que anun­cia un cielo sombrío: «Sor Juana Lepeintre está totalmente aguerrida después de tantos asaltos como ha tenido. La guerra de dentro y la poca sumisión de una parte de las Her­manas le es más fastidioso que todo lo demás».

Fontainebleau y Chantilly

Estando Luisa en Nantes, recibió una carta de su superior Vicente, fechada el 21 de agosto de 1646. En ella, le decía como algo sin mayor importancia: «La reina nos ha man­dado que le enviemos dos Hermanas para la Caridad de Fontainebleau. Lo que hemos cum­plido, eligiendo a Sor Bárbara con otra Hermana». Luisa, emotiva, sentiría tre­menda lucha entre su orgullo y su humildad. Nada menos que la reina regente, Ana de Austria, se fijaba en sus pobres aldeanas para cuidar a los enfermos y dar clase a las ni­ñas pobres de la ciudad real.

La corte iba frecuentemente a Fontainebleau. Las Hermanas tendrían que relacionar­se con los nobles y la reina. La Hermana elegida, Bárbara Angiboust, era aquella campe­sina que hacía doce años, llorando, suplicó a San Vicente que no la dejara a servir en el palacio de la duquesa de Aiguillon, porque parecía una corte de lujo, y ella se había me­tido Hija de la Caridad para servir a los pobres. Al poco de llegar Luisa a París, se lo re­cordó con un poco de guasa: «¡Pues bien, mi querida Hermana, otra vez se encuentra en la corte y empleada por orden de nuestra queridísima y devotísima reina!». Que sea para presentarle las necesidades de los pobres.

Luisa, la antigua aristócrata, conocía muy bien los orgullos y ambiciones que tejía en la gente inferior el roce con los grandes. Para cortar la red, les inculcó la piedad, la ob­servancia de las reglas, la paciencia, modestia y, especialmente, la humildad. Con una es­cuela en Fontainebleau, cerca de la Corte, aprovechó la ocasión para iniciar una especie de metodología para todas las escuelas de las Hijas de la Caridad: todas emplearían el mis­mo método.

A las pocas semanas de llegar Bárbara a Fontainebleau, sintió fiebre y semanas des­pués estaba a la muerte. Luisa se enteró cuando ya le habían administrado la Unción de los enfermos. El corazón de Luisa se alteró. Bárbara Angiboust, la hermana mayor de Sor Cecilia no era sólo una Hija de la Caridad, era una amiga entrañable, o mejor, una hija ca­torce años más joven. En la Compañía, comenzaba a ser insustituible, acaso la más im­portante, después de la señorita Le Gras. Era la Hija de la Caridad que lloró, cuando san Vicente quiso destinarla a servir a la sobrina de Richelieu, la Hermana a la que insultaron los galeotes y uno le tiró al suelo la comida y ella, sonriendo, recogió la carne, la limpió y se la volvió a dar. Pero en esta enfermedad, Luisa sufría porque moría la amiga que había recibido en la Compañía en los primeros tiempos, el 1 de julio de 1634. Juntas ha­bían hecho los votos perpetuos el 25 de marzo de 1642. Sor Bárbara parecía su segunda. Con fidelidad y sacrificio, la había ayudado en momentos difíciles: cuando comenzó la delicada comunidad de Richelieu, nombró a Bárbara, Hermana Sirviente, igualmente la nombró superiora al fundar la comunidad de Saint-Germain-en-Laye y después en Saint­Denis y ahora en Fontainebleau —las tres ciudades de la corte—; cuando inauguró la obra de los niños abandonados, a sor Bárbara le encargó ir por los pueblos supervisando a los niños que estaban en nodrizas. También, estuvo destinada en la complicada labor de los galeotes. Todo lo recordaba la señorita Le Gras.

Tan pronto como se enteró de la gravedad de Sor Bárbara, un domingo por la noche, Luisa pidió autorización a Vicente de Paúl para enviar inmediatamente a una Hermana pa­ra que la trajera a París o se enterase de la situación de la enferma. Envió a la avispada Ana Hardemont. Como pasaron unos días y no tuvo noticias, escribió a Sor Ana que ur­gentemente trajera a la enferma o le diera noticias suyas. Sor Bárbara se curó, aunque to­davía meses después le escribía Luisa que se cuidara y que no trabajara demasiado.

Unos meses después, en los comienzos de 1647, la princesa Carlota de Montmorency, viuda de Enrique II de Borbón, principe de Condé, llamó a las Hijas de la Caridad para enseñar a las niñas y atender a los enfermos de uno de sus feudos, donde vivía en una es­pecie de destierro: Chantilly y nueve aldeas de los alrededores. Carlota era la madre del Gran Condé, del principe de Conti y de la duquesa de Longueville; pero sobre todo, mu­jer caritativa y sacrificada por los pobres, Carlota era Dama de la Caridad.

Sin lugar a dudas, esta llamada enorgulleció a Luisa de Marillac. Era la confirmación definitiva de una categoría eclesial para su compañía, que tantos dolores le había exigido. Era también el final de la evolución realizada en el grupito de cinco mujeres que se ha­bían reunido el 29 de noviembre de 1633 para servir a los pobres.

Esta evolución se ve en el reglamento escrito para las Hijas de la Caridad de Chan­tilly. Hay que tener en cuenta que las señoras de las Caridades de los pueblos no eran las damas parisinas de títulos y fortunas. Eran sencillas campesinas acomodadas y pudientes; algunas analfabetas: la organización del servicio, la llevan las Hijas de la Caridad más que las señoras. En cada aldea, se nombra a una señora como responsable de los enfermos, pe­ro en Chantilly, las responsables son las Hermanas. Son las Hermanas las encargadas de cuidar que cada señora atienda a los enfermos del lugar. Sólo las Hermanas tienen el poder de autorizar a las tiendas a dar comestibles a los enfermos señalados o de distribuir los alimentos y las medicinas. A las Hijas de la Caridad, se las obliga a visitar todos los meses a todos los enfermos de las parroquias. La Hermana llevará consigo a una señora. —En París, la señora llevaba como acompañante a la Hermana—. Reciben las colectas y en cierto modo controlan a la tesorera. En plan de igualdad, se reúnen con las señoras pa­ra tener convivencias espirituales con diálogos y lectura espiritual. Y son las encargadas de la formación y enseñanza de las niñas.

Otro punto de la evolución, que hoy tiene actualidad, es saber acomodarse a las si­tuaciones o signos de los tiempos: colaboran admirablemente con seglares comprometi­dos en la acción social; y saben organizar un nuevo estilo caritativo-social: desde un pue­blo grande —Chantilly— dos Hermanas dirigen y actúan en nueve aldeas a través de se­glares.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *