Las misiones de la Casa de Palma, sin salir del marco general de todas las misiones, tienen su colorido peculiar y tradicional. No es maravilla: De 98 parroquias en que está dividida la diócesis de Mallorca, unas 65 han sido misionadas cada decenio, durante más de dos siglos, por misioneros cortados según el mismo patrón.
Es mi intención poner de relieve este aspecto de nuestras misiones para instrucción de nuestros jóvenes y edificación de todos y especialmente para ver si hay lugar a perfeccionar la obra principal de celo a que se dedica esta Casa.
Sin duda, hay que respetar grandemente los procedimientos tradicionales de nuestros predecesores, porque no pueden menos de tener muy sólidos fundamentos y, sobre todo, hay que meditarlos detenidamente para ver toda su importancia y utilizar toda su eficacia; pero si, atendiendo a los nuevos rumbos y necesidades de la sociedad, no resultaran ya suficientes para asegurar el éxito de las misiones, ¿quién duda que convendría excogitar y probar otros, según se ha venido haciendo después de San Vicente?
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La manera de presentarse los Misioneros a las poblaciones que van a misionar difiere de la usada en tiempo del Santo y recomendada por él en el núm. 5 del Cap. XI de las Reglas Comunes. Obedeciendo al mandato del señor Obispo, que no falta antes de expirar el período de diez años, o siguiendo propias inspiraciones durante este período, los párrocos solicitan la misión, escogen -en lo posible el tiempo que les parece más oportuno y dan aviso a la curia episcopal de los misioneros elegidos. Esta espontánea elección que los párrocos hacen generalmente de nosotros, a pesar de haber en la diócesis otras dos Comunidades que se dedican a ello, manifiesta la confianza que nos dispensan y el agrado con que sus feligreses nos reciben.
La recepción no es del todo uniforme, pero generalmente es aparatosa, debido a que todavía hay mucha fe en los pueblos de Mallorca. Terminadas las faenas del día, la gente es convocada a la iglesia, desde donde sale en procesión, siguiendo el clero parroquial hasta la entrada de la población. Al llegar, los Misioneros besan la cruz que les ofrece el párroco, saludan a las autoridades, y la procesión se pone en marcha entre cánticos de penitencia. Llegados a la iglesia, el párroco bendice con el Crucifijo a los Misioneros postrados ante el altar y a toda la multitud. Inmediatamente se reza el rosario y luego un Misionero saluda emocionado al pueblo y le expone las ventajas y el programa de la misión. Sigue un cántico de despedida y se retira la gente haciendo, sus comentarios… También se retiran los Misioneros acompañados de numerosas personas que tienen la satisfacción de enseñarles la casita, ordinariamente bien acondicionada, que con todo cariño les han preparado. Otro Misionero, más humilde, llegado de antemano, ya ha tomado posesión de ella: es el buen Hermano que impuesto de todo, ya tiene preparada a los Misioneros la frugal cena.
Siguen las oraciones de la noche y luego el descanso… Desde la salida de Palma hasta este momento no hay Misionero que recordando aquello de San Pablo: «Ni el que siembra es algo, ni el que riega, sino el que da el incremento, que es Dios», no haya elevado muchas veces su corazón a los Angeles y Patronos la población, pidiendo su valimiento ante Dios. ¡La incertidumbre del éxito es, con frecuencia, de un peso abrumador!
Los actos fundamentales de la Misión.
Son tres: La explicación de los mandamientos, por la mañana, durante la santa misa, precedida de los actos del cristiano y de la explicación de los ornamentos, al revestirse el celebrante punto al altar; el Catecismo a los niños durante la primera semana de la misión, a la hora que convenga; y la doctrina sobre el sacramento de la Penitencia y el sermón moral, por la noche, entrelazadas ambas predicaciones con el rosario de la Virgen y cánticos misioneros. Como complemento de estos actos, algunas conferencias a distintas clases de personas, durante la segunda parte de la misión, y a veces, según la piedad o importancia de la población, una segunda plática, por la mañana, sobre la santa Misa. Todo esto, durante doce o quince días, que dura la santa misión actualmente, y durante veintiún días, que, todavía a fines del siglo pasado, duraba, alguna de ellas.
Esto ha parecido siempre a los Misioneros y sigue pareciéndoles suficiente para instruir y convertir a los pueblos, a pesar de ver el afán de otros Misioneros en multiplicar los actos misionales durante el día. Olvidan estos Misioneros que la predicación ordinaria, durante el año, es abundantísima en la mayor parte de los pueblos de Mallorca; esto también explica porque, desde principios de este siglo, se ha reducido el número de días de las misiones en las grandes poblaciones.
Lo que interesa es hacer acudir a todo el pueblo a estos actos fundamentales durante todos los días de la Misión, cosa difícil en estos tiempos de indiferencia e incredulidad. De aquí la importancia suma de los medios de atracción.
El desinterés.—La gratuidad de las misiones en tiempo de San Vicente constituía una de las cinco reglas fundamentales de la Compañía. «No estamos menos obligados — decía el Santo — a dar gratis nuestras misiones, que los capuchinos a vivir de limosna». Este desinterés, naturalmente, había de producir un profundo sentimiento de edificación y, por lo tanto, había de ser un medio de atracción de primer orden. En las misiones de Mallorca siempre se había observado esta regla con tal rigor que ni siquiera se aceptaba el más insignificante obsequio de los fieles. Sólo desde que la malhadada república privó a la Casa de la subvención de que disfrutaba, empezó a aceptarse víveres para la manutención de los Misioneros. Esto sigue haciéndose, debido a la escasez de alimentos, como también se recibe de los párrocos los gastos de propaganda. ¿No sería mejor volver al antiguo rigor?
Otro medio de los principales, según decía ya San Vicente, y seguramente el de mayor eficacia empleado por nosotros, es la Misioncita de los niños. Ellos son la tierra mejor dispuesta para recibir las gracias de la misión; y, en efecto, el día siguiente al de la llegada de los Misioneros ya acuden en su mayoría al catecismo. Pronto cunde el entusiasmo entre ellos. Los cuentos y chistes de los Misioneros les despiertan la atención; los cánticos les recrean, las estampas les llenan de entusiasmo. Cada día aparecen otros más chiquitines; también ellos quieren estampas, que graciosamente enseñan a sus padres… Hay que preparar la gran fiesta del domingo; para ella se necesitan banderitas; pues bien: los niños cuidan de buscar cañas, y las niñas ayudan a las monjas que se esmeran en confeccionarlas. Llega el día de las confesiones… La formalidad se impone… Luego la gran fiesta con Comunión general y repartición de monísimas estampas. Por la tarde, la ansiada a procesión por las calles más concurridas… Orden en lo posible, cánticos, vivas atronadores… Por fin, grandiosa y magnífica semicircunferencia de niños y mayores ante la entrada de la iglesia, cantando a todo pulmón el «Credo» de Romeu. Sigue la encantadora «Benedictio puerorum», y entre tanto que el agua bendita cae sobre la multitud de cabecitas inquietas, el entusiasta himno del P. Payeras: «Camp de mort…» que es, al par que un juramento de fidelidad, una invitación apremiante al seguimiento de Jesús con las banderas enhiestas… En seguida, el dispersit de la chiquillería que lleva el entusiasmo hasta los últimos rincones de la población.
El trato sencillo con la gente es también un buen medio para, atraerla, sobre todo cuando ésta es excesivamente tímida y reservada, como sucede en estas islas. De hecho se oye a veces: «Me Fuman estos Misioneros, porque hablan con nosotros». Y, efectivamente, hablamos con ellos, evitando por sistema aquella especie de encastillamiento de otros Misioneros que no heredaron de sus fundadores la sencillez, como la heredamos nosotros, y cuya falta les hace menos populares. Entre nosotros es habitual pararse un Misionero con un grupo de jóvenes, hablar un rato con los hombres que aguardan ante la iglesia, compartir la conversación con las gentes por las calles, invitar a los que afectan indiferencia, acariciar o hacer obsequios a los niños… De aquí la confianza y cariño que se manifiesta con los mil obsequios que gustan de hacer a los Misioneros, con las confidencias que ilustran no poco para mover al pueblo, con el sentimiento que les causa el fin de la misión y la separación de los Misioneros.
El gracejo desde el púlpito no parece de sí medio recomendable para atraer a la gente, por el peligro que hay de hacer menos digno el ministerio de la predicación; no obstante, a veces, presta excelentes servicios, usado con discreción; y el amenizar con buena gracia los anuncios y advertencias que se hacen; así como dar el parabién por el buen comportamiento y anunciar los sermones de importancia siempre resulta útil y agradable.
El Rosario de la aurora no solía cantarse en nuestras misiones. Este año lo hemos cantar’.9 en todas ellas, y ha resultado ser, hasta en los pueblos más reacios, un buen medio de atracción, para el sermón de la mañana. Puede decirse que ha triplicado la asistencia que, sin él, habríamos obtenido.
Con todos estos medios, hoy día la asistencia en una gran mayoría de poblaciones deja mucho que desear, así en hombres como en mujeres; lo cual pone al Misionero celoso en aquel estado de santa impaciencia en que se hallaba San Pablo en Atenas al ver la ciudad entregada a la idolatría, y de buena gana echaría mano de nuevos métodos si no temiera el fracaso.
Se ha propuesto a veces si daría buen resultado consagrar una parte de la misión a hombres solos, ya que se ha observado que a las conferencias propuestas para ellos, asisten en mayor número. Esto, tal vez, sería factible en poblaciones donde hubiera varios templos, o, dando mayor amplitud al acto de la mañana y reservándolo a las mujeres, para luego dar el de la noche a los hombres solos, todo, claro está, a base de más personal o de mayor fatiga de los Misioneros. Bien se echa de ver que esto no haría falta en todas partes, ni se obtendría nunca éxito absoluto, ya que siempre hay gente, que si no asiste, es por odio a la verdad. Nada de esto se ha hecho hasta el presente, pero bueno es notar nuevos recursos para utilizarlos cuando se presente ocasión.
Conste empero que, ahora como siempre, el medio de medios es el espíritu apostólico lleno siempre de recursos extraordinarios y siempre acompañado de la bendición de Dios. Medio necesario en todas partes, pero absolutamente indispensable en estas misiones de Mallorca, tanto más difíciles cuanto más repetidas y cuanto más abunda la predicación ordinaria durante el año.
La conclusión.
Es lo que da a la misión su verdadera fisonomía, y, como es de suponer, ella depende de todos sus ejercicios como de sus naturales premisas. A nutrida concurrencia y predicación ferviente, conclusión óptima y entusiasta; a asistencia deficiente o predicación defectuosa conclusión pobre y desanimada.
Ella consta de tres actos principales: las confesiones, la comunión general y el cierre de la misión.
Es mediante las confesiones y, sobre todo, mediante las confesiones generales que se obtiene el fin principal de la misión, la conversión de las almas. Tales confesiones deben abundar en toda misión medianamente buena; lo contrario sería indicio de deficiencia en la explicación del sacramento de la Penitencia. Obtenido esto, lo demás sigue naturalmente: a saber: una nutrida fervorosa comunión general, en la cual se hace la plática del perdón, tan conmovedora como difícil de hacer debidamente, y Un brillante cierre de la misión. Es que la alegría de que se halla colmada el alma una vez reconciliada con Dios, se desborda torrencialmente en las familias primero y, luego, en las calles. Estas, en efecto, aparecen pronto adornadas con colgaduras y arcos y con el típico y oloroso mirto esparcido profusamente por el suelo. ¡Qué alegre es el repique de las campanas con que se convoca al último acto de la misión! ¡Qué bien asientan los preciosos, vestidos sobre las almas adornadas con la gracia y dones de Dios, tan copiosamente repartidos durante la misión! Se reza el santo rosario; sigue procesión, antes con el Santísimo, ahora, por estar esto prohibido, con el Santo Cristo, y practicando el Viacrucis dialogado; luego el sermón de perseverancia, la bendición de objetos piadosos y la bendición papal.
Cuando las misiones no son seguidas, los Misioneros quedan en el pueblo hasta el día siguiente en que se celebra un funeral cli sufragio de los difuntos; de lo contrario, salen el mismo día, lo cual da lugar a despedidas emocionantes. Tales son las misiones de Mallorca. En ellas trabajan tres Misioneros desde mediados de octubre hasta Pascua de Resurrección.






