Misión y Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Lloret, C.M. · Year of first publication: 1988 · Source: Ecos de la Compañía.
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I. La misión es obra de caridad por excelencia

mision y caridadLos Ejercicios Espirituales (Retiro), según San Vicente de Paúl, consisten senci­llamente en un volver a leer la propia vida a la luz de la Fe y con una finalidad prácti­ca: se trata de confrontar nuestra «vivencia» personal, comunitaria, apostólica, en la unidad que forman con el Evangelio y, más concretamente, con el Evangelio tal como tenemos que vivirlo en la línea de nuestra vocación. «Estamos, dice, con una fórmula un poco sorprendente a primera vista, muy dispuestos y obligados a practi­car las máximas de Nuestro Señor si no son contrarias al Instituto» (Coste XII, 129; Síg. XI/3, 428). De hecho no se puede expresar mejor que toda vocación, dentro de la Iglesia, tiene su manera específica de seguir a Cristo y de revestirse de su espíri­tu.

«Misión y Caridad» es precisamente lo, que caracteriza a Vicente de Paúl en su totalidad, o, más exactamente, es el corazón mismo del Evangelio, tal como lo perci­bió con una extraordinaria agudeza. Sus principales fundaciones —las Cofradías de la Caridad, la Congregación de la Misión, la Compañía de las Hijas de la Caridad —ja­lonan e ilustran perfectamente su itinerario de cristiano y de sacerdote, muy atento al mensaje evangélico en lo que tiene de esencial y a la vez a las miserias espirituales y materiales de su tiempo… y, podríamos añadir, de todos los tiempos: por grandes que sean todas las evoluciones, siempre volvemos a encontrar en profundidad la misma necesidad de una promoción integral —humana y evangélica, individual y colectiva— de todos los hombres y sobre todo de los más desprovistos, de los más abandona­dos, de los más oprimidos.

«Oh, Salvador —dice también en un texto fundamental—, que viniste a traernos esta ley de amar al prójimo como a sí mismo, que tan per­fectamente la practicaste entre los hombres, no sólo a su manera, sino de una forma incomparable! ¡Sé Tú, Señor, nuestro agradecimiento por habernos llamado a este estado de vida de estar continuamente aman­do al prójimo, sí, por estado y profesión entregados a este amor, ocupados en el ejercicio actual del mismo o en disposición de estarlo, aban­donando incluso cualquier otra ocupación para dedicarnos a las obras caritativas! De los religiosos se dice que están en un estado de perfec­ción; nosotros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de Caridad, ya que estamos continuamente ocupados en la práctica real del amor o en disposición de ello» (Coste XII, 275 Síg. XI/4, 564).

Vamos, pues, a reflexionar sobre este «Estado de Caridad», es decir en la rela­ción íntima y recíproca entre la Misión y la Caridad, entre la Caridad y la Misión. En efecto, San Vicente de Paúl supo captar de manera extraordinaria la relación íntima que existe entre la extensión del Evangelio en el mundo y el signo concreto de la Caridad, especialmente con los pobres. «En esto conocerán todos que sois mis dis­cípulos: si tenéis amor unos para con otros». (Jn. 13, 35). De hecho, la Misión es por excelencia obra de la Caridad en su inspiración y en su puesta en práctica.

A) La misión en su inspiración

La Caridad que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones es al mis­mo tiempo motivo, motor y finalidad de la Misión. Y como San Vicente está profun­damente animado por esa Caridad, su pasión más grande consiste en evangelizar con la fuerza de sus brazos y con el sudor de su rostro, es decir, en revelar a sus hermanos el amor infinito que Dios tiene hacia nosotros y en ponerlos en disposición de devolverle amor por amor. De ese modo Dios será glorificado mediante la realiza­ción de su designio misericordioso sobre toda la humanidad. Este es el fin esencial de la Misión:

«Así, pues, se dice que hay que buscar el Reino de Dios. Eso de buscar, no es una palabra vana, sino que dice muchas cosas. Quiere decir que hemos de obrar de tal forma que aspiremos siempre a lo que se nos recomienda, que trabajemos incesantemente por el Reino de Dios sin quedarnos en un estado cómodo y flojo » (Coste XII, 131; Síg. X/3, 429).

1. Pureza de intención

Por eso insiste tanto San Vicente en la pureza de intención y en la sencillez. Indudablemente sabe aprovechar las circunstancias: así, por ejemplo, la Compañía de las Indias facilitará el envío de los primeros misioneros a Madagascar, pero éstos no tendrán otro interés, como lo reconoce él mismo al hacer el elogio de aquellos misioneros, que el de consumirse por Dios, llevando la Buena Nueva a los Pobres, a diferencia del gobernador de la isla y de sus hombres, que sólo sueñan en conquis­tar territorios, en la gloria de las armas, en honores y dignidades.

Siguiendo a Jesucristo, se trata únicamente de servir y no de hacerse servir y San Vicente se levanta contra los que se predican a sí mismos o predican otra cosa que no sea las verdades necesarias para la salvación, recomendándoles con fuerza —son sus propias palabras— que no obren nunca por alguna utilidad propia, sen­sual o temporal, ni por atraer a nuestro bando, ni tampoco por alguna propuesta que redunde en nuestra alabanza o ventaja, sino siempre por agradar a Dios. Si acepta, por ejemplo, que a sus cohermanos se les nombre cónsules en Argelia o en Túnez, es esencialmente por trabajar en la Salvación de los pobres esclavos, para fortalecer­los en la prueba, para preservarlos de la abjuración. Precisamente después de haber pronunciado los nombres de Juan y Felipe LE VACHER es cuando dice aquellas pa­labras tan conocidas:

El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo por extender el Reino de Dios, celo de procurar la sal­vación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios» (Coste XII, 307-308; Síg. XI/4, 590).

2. Consecuencias

a) El sentido de Dios

Lo que acabamos de decir tiene dos consecuencias bastante paradójicas. La pri­mera es que San Vicente —que llama al misionero a desvivirse incondicionalmente como si todo dependiera de él— le pide también vivamente que se entregue total­mente al Señor para el resultado de su ministerio y que viva a este respecto un total desinterés en lo que a él personalmente se refiere. Pensar u obrar de otro modo sería considerarse como un instrumento necesario en una obra de la que, en definitiva, Dios sólo es el autor; sería atribuirse o querer atribuirse parte del éxito que, en su totalidad, es de Dios ya que es El quien suscita el querer y el hacer. Por otra parte, ¿evangelizar, no es precisamente anunciar a los hombres su Único Salvador? Y San Vicente dice y repite:

Tres hacen más que diez cuando Nuestro Señor echa una mano» (C. IV, 116; Síg. IV, 117).

Los asuntos de Dios se van haciendo poco a poco y casi impercepti­blemente» (C. II, 226; Síg. II, 190).

En las cosas de Dios el que anda con prisas retrocede» (C. II, 473; Síg. II, 398).

Hay sobre todo una expresión que le es familiar: «Démonos a Dios para…». Di­cho de otro modo, entreguémonos sin reserva al Señor y El llevará a cabo su obra en nosotros, a través de nosotros, desde el momento en que nos ponemos en sus manos como instrumentos muy dóciles y obedientes. No puede haber éxito real y durable si no procede de Dios.

b) El sentido de la acción

La segunda consecuencia —no menos paradójica en apariencia— es que San Vicente, que ha puesto en pie tantas instituciones y con tanta eficacia y tesón, des­carta el empleo de medios humanos como tales para llevar a cabo la obra de evange­lización. En esto también, correríamos el riesgo de creer en la eficacia de estos me­dios en sí mismos y de atribuirnos el mérito. San Vicente hubiera suscrito estas pala­bras del P. de Montcheuil:

«La Iglesia no nos llama a una propaganda sino a un apostolado. ¿Qué quiere decir esto? No se trata de aumentar el número de adictos a la Iglesia, de reclutar numerosos militantes…, ni de organizar manifesta­ciones grandiosas, sino de hacer que los hombres accedan a la vida cristiana o ayudarles a que penetren más en ella; se trata de conseguir que empiecen a entregarse a Dios o de que se entreguen a El más pro­fundamente. Las instituciones cristianas no tienen otro sentido ni valor que el de ser apoyo y expresión de una vida cristiana. De otro modo no son más que marcos vacíos.»

En el momento en que un determinado número de cristianos vuelve a encontrar con razón el sentido y el gusto de ciertas formas de presencia visible y significativa, tenemos que persuadirnos ante todo y persuadirles a ellos de que la Misión es esen­cialmente obra de Caridad en toda la plenitud de este término y por tanto con un desinterés absoluto, hasta del mismo éxito, que sólo pertenece a Dios. La verdadera Caridad se hace humilde y pobre, humilde y sierva.

3. Misión y amor fraterno

Como obra por excelencia que es de la Caridad, la Misión sólo es auténtica si se emprende y continúa por amor a los hombres —sobre todo a los pobres— a quie­nes Dios ama infinitamente y porque El les ama infinitamente. Esto se reconoce en dos señales principalmente:

a) La universalidad de la Misión

En efecto, este amor de Dios hacia la humanidad, no conoce, por definición, ningún límite. Si la Iglesia es católica, universal, es precisamente porque su unidad no es la de una raza, la de una casta, sino la que pone en ella el Infinito, Aquel que no conoce límite de ninguna clase ni en su ser, ni en su amor y que, por tanto, quiere unirse a todas las criaturas. La Iglesia tendrá siempre sentimientos maternales hacia todo ser humano, hacia todo grupo humano. El Espíritu hace estable en ella esta disposición: la de ver en todo ser a alguien que es objeto del amor infinito de Dios y que está llamado a entrar en comunión con El al mismo tiempo que todos los de­más y con todos los demás.

Por eso la Misión no conoce otros límites en extensión y en profundidad que los límites de la Humanidad entera salvada por Cristo y a la que hay que dar a cono­cer la Buena Nueva de la Salvación. San Vicente decía precisamente en su Confe­rencia sobre la Caridad, el 30 de mayo de 1659:

«Nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una dió­cesis, sino por toda la tierra. ¿Para qué? Para abrasar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla con su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear sino que arda y lo consuma todo?… Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios si mi prójimo no lo ama» (C. XII, 262; Síg. XI/4, 553).

Evangelización universal, caridad universal, es lo mismo.

b) El amor preferencial por los Pobres

«Siempre tendréis pobres entre vosotros», dijo Cristo quien, ya desde los co­mienzos de su vida pública se había presentado como Aquel a quien el Padre ha con­sagrado y enviado para llevar la Buena Nueva a los Pobres. San Vicente meditó con frecuencia estas palabras así como la respuesta de Jesús a los enviados de Juan Bau­tista:

Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muer­tos resucitan, los pobres son evangelizados, y bienaventurado quien no se escandaliza de mí». (Luc. VII, 22-23).

El anuncio de la Salvación, es por tanto Cristo entre los Pobres en sus angustias físicas y en sus miserias morales. Por eso, la doble acción conjunta de San Vicente consistirá, siguiendo a Cristo, en evangelizar y al mismo tiempo levantar, promocio­nar al Pobre. En su relación con Jesucristo se da un enfoque selectivo: Jesucristo es el Misionero del Padre y San Vicente se ve impulsado a hacer una opción, dentro de esa Misión, una opción que es tanto más dinámica y actual cuanto que es más concreta: el Misionero de los Pobres, el Enviado a los Pobres:

En esta vocación vivimos —dice— de modo muy conforme a Nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Me envió para evangelizar a los Pobres. Y si se le pregunta a Nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? —’Asistir a los pobres’ 2A algo más?’ —’A asistir a los pobres’ …Por eso, ¿no nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que impulsó a Dios a hacerse hombre?» (C. XI, 108; Síg. XI/3, 33-34).

Puesto que la Evangelización ha de extenderse a todos los hombres, pero sobre todo y ante todo a aquellos cuyo estado, situación o circunstancias los tienen aleja­dos de ella, San Vicente irá con preferencia a los Pobres y los amará con el mismo amor con el que Cristo los ama:

Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón de Caridad! ¡Qué llama de amor! Jesús mío, dinos por favor, ¿qué es lo que te ha sacado del Cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tor­mentos que has recibido? ¡Oh, Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Hermanos míos, si tuviésemos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permane­cer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los de­más? (C. XII, 264-285, Síg. XI/4, 555).

B) La misión en su puesta en práctica

La Misión, como obra de Caridad por excelencia en su inspiración, debe serlo igualmente, nos dice San Vicente, en su puesta en práctica. Ya conocemos el famo­so pasaje:

¿No son los pobres los miembros afligidos de Nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para aliviar­los, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las ma­neras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras…: «Venid, benditos de mi Padre, etc». Hacer esto es evangelizar de pala­bra y de obra, es lo más perfecto…» (C. XII, 87-88; Síg. XI/3, 393).

De momento quisiera detenerme en la expresión: «Evangelizar de palabra y de obra es lo más perfecto». Recuerdo que el P. Liégé nos decía en una conferencia titulada precisamente «Evangelización y Caridad»: «Para llevar a creer, es preciso ha­cer ver y hacer oír a Cristo muerto y resucitado». Yo voy a fijarme en esta expresión: —hacer ver y hacer oír— que coincide exactamente con la de San Vicente: «Evan­gelizar de palabra y de obra, es lo más perfecto», sin olvidar, una vez más, que es el Espíritu Santo quien inspira nuestro poner en práctica la Misión y quien, a través de ella, puede hacer que reconozcan a Jesucristo, hacer que acojan su Evangelio.

1. «Hacer ver» a Jesucristo muerto y resucitado

a) Referencia evangélica

Era preciso que Jesús muriera… para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn. XI, 51-52).

En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros» (Jn. XIII, 35).

Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1.a Jn., III, 14).

Podemos ver el encadenamiento lógico de estas frases tan conocidas de San Juan. Y San Vicente nos enseña, en la misma línea, más y mejor que ningún otro, que no basta con hablar de la Caridad —por muy importante que esto sea— sino que, ante todo, hay que «hacerla visible» o, dicho de otro modo, hay que dar testimonio de que nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado transfigura nuestras vi­das, nuestros corazones, nuestra relación con los demás:

«Vivimos en Jesucristo, escribía San Vicente al P. Portail en 1635, esta vez con acentos paulinos, vivimos en Jesucristo por la muerte de Je­sucristo, y hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo y nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo y para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo» (C. I, 295; Síg. I, 320).

b) El testimonio de vida

Efectivamente, ¡qué contradicción existiría si desmintiéramos nuestra enseñan­za con nuestra vida!… San Vicente considera precisamente este escándalo como una de las faltas más graves contra la Caridad, pues si Caridad es evangelizar con senci­llez, bondad, mansedumbre, humildad, aún más hay que confirmar mediante el tes­timonio lo que se predica.

Cristo decía a sus discípulos: «Si no creéis mis palabras, creed al menos a causa de mis obras» (Jn. XIV, 11). San Pedro escribirá, a su vez, a una comunidad cristia­na: «Tened en medio de los gentiles una conducta ejemplar, a fin de que, en lo mis­mo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras den gloria a Dios en el día de la Visita». (1ª P. II, 121. Cuando Dios quiere llevar a los paganos a la Fe, les hace ver el comportamiento sorprendente de los bautizados, de los resucitados. La Iglesia debe manifestar la presencia renovadora de Dios entre los hombres e incluso antes de que hablemos de ello, debe ser evidente de alguna manera que ya nada es como antes, desde el momento en que hemos acogido la ternura de Dios en Jesucristo.

Queda por preguntarnos, indudablemente, cómo podrá ser legible esta señal, cómo podrá ser perceptible en el mundo contemporáneo.

2. «Hacer oír» a Jesucristo muerto y resucitado

San Vicente pone de relieve una vez más:

a) La importancia de la mansedumbre y de la humildad En la misma carta a su amigo Portail escribe:

«No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo consi­deramos bueno y lo apreciamos» (C. I, 295; Síg. 1, 320).

Tenía más confianza en la bondad y en la mansedumbre que en los razonamien­tos mejor preparados para anunciar el Evangelio. No quería, por ejemplo, que se dis­cutiese con los calvinistas: nada de polémicas, invectivas o reproches mezclados con la Palabra de Dios: «Cuando se disputa contra alguien —dice San Vicente, según nos cuenta Abbely–, si uno se enfrenta con él dejándose llevar de la altanería parece como si quisiera dominarle; por eso se dispone a resistir en vez de disponerse a reco­nocer la verdad; de modo que, en esta discusión, en vez de conseguir que se abra su espíritu, se cierra ordinariamente la puerta de su corazón. Por el contrario, la man­sedumbre y la afabilidad se la abren». E inmediatamente después evoca a San Fran­cisco de Sales, «que, aunque era muy hábil en las controversias, sin embargo con­vertía a los herejes más con su mansedumbre que con su doctrina» (C. XI, 65-66, Síg. XI/4, 753).

Del mismo modo escribía a Felipe Le Vacher que estaba en misión en Argelia entre los esclavos (especialmente eclesiásticos):

«Le ruego se muestre condescendiente con la debilidad humana, en to­do cuanto pueda… Ellos no carecen de luces sino de fuerzas, y esa fuerza se les puede dar mejor con la unción exterior de las palabras y del buen ejemplo. No digo que sea menester aprobar o permitir sus de­sórdenes; lo que digo es que los remedios tienen que ser suaves y be­nignos» (C. IV, 121; Síg. IV, 498).

b) La importancia de la sencillez

Sabemos con qué tesón San Vicente quiso implantar lo que él llamaba el «pe­queño método» (naturaleza, motivos, medios), sencillo, claro, accesible a los humil­des, a los más humildes. Es precisamente la Caridad la que requiere esta sencillez, pues sería frustrar al pueblo en lo que más derecho tiene a esperar, en aquello de lo que tiene hambre, predicarse a sí mismo en vez de predicar a Jesucristo, sería frus­trarle no ayudar a las gentes esencialmente a descubrir a Cristo en Sí mismo y a tra­vés de todas las realidades de su vida.

No nos extrañará, por tanto, que San Vicente diga que la sencillez es la virtud que más ama y en la que pone más atención (C. I, 284; Síg. I, 310): «La sencillez es mi Evangelio», dice con una fórmula que toma toda su fuerza de significado aquí en el corazón de la Misión. Sí, es vivir la Caridad efectiva despojarse de este modo de sí mismo, de la propia vanidad, de todos los adornos inútiles, para hacerse cerca­no a los demás, sobre todo a los pequeños y anunciarles las maravillas de Dios con un lenguaje que les «hable» verdaderamente. Una vez más, se conoce al árbol por sus frutos y San Vicente, apoyado en su excepcional experiencia misionera, pondera los efectos del «pequeño método»: a nosotros nos toca mantener en la práctica el espíritu de dicho método en el apostolado que nos incumbe hoy.

En todo caso está claro que la Caridad, en toda la plenitud de la palabra, es el alma de la Misión.

Como conclusión podemos decir, según una expresión del P. Dodin (Mission et Charité, n.° 29-30, p. 37), que uno de los grandes principios de la espiritualidad vicenciana es no separar la acción caritativa del conjunto de la vida espiritual y por consiguiente unir siempre el amor del prójimo al amor de Dios. Centrándose cada vez más en la imitación de Cristo, San Vicente afirma que tenemos que amar al próji­mo como Cristo le ha amado y como El nos ama:

«El prójimo, y sobre todo el prójimo pobre y abandonado, es imagen de Jesús; el prójimo es un miembro del Cuerpo Místico de Jesús; el próji­mo es amigo de Jesús y Cristo está interesado en todo lo que le suce­de» (ibid. p. 39).

Por eso tenemos que meditar en el comportamiento de Cristo: cómo entra en solidaridad con los pobres, cómo sus opciones son siempre las del Servidor, cómo reintegra a los excluidos y los remite a sus responsabilidades, etc. Pero, sobre todo, no perdamos nunca de vista que el Hijo de Dios vino a nosotros para llevarnos a El. El es a la vez el Camino y lo que hay al final del Camino: la Verdad y la Vida. Hablar de que el Reino futuro se inaugura aquí abajo no son palabras vanas.

Por eso no hay que hacer de la Misión una táctica más o menos humana, toda­vía menos, una simple estrategia, por necesarios que sean nuestros proyectos de todo tipo. Se trata de la Misión en la contemplación del Amor a Cristo y con una larga paciencia. Es preciso no caer —precisamente sería algo muy poco vicenciano — en una especie de irrealismo de la Fe. Puesto que estamos llamados como Iglesia (y reunidos como miembros de la Iglesia —insistiré sobre esto más adelante—) para ser testigos de Cristo, para hacerle reconocer por los hombres, por los pobres como un Dios que nos ama en su vida real, reconozcamos que se trata de un trabajo en extremo largo y exigente, siempre en vías de realización, y que, de todas formas no podrá llevarse a cabo si no nos convertimos nosotros mismos cada vez más a Jesu­cristo. Esta conversión cada vez más profunda nos permitirá especialmente unirnos a su Amor prioritario por los pobres.

Como miembros de la Iglesia, y siguiendo sus pasos, hemos de descentrarnos de nosotros mismos para centrarnos en Jesucristo y, con El, en la Misión, en los Pobres. De este modo, nos convertimos en los signos visibles de su presencia. Es una cuestión de fidelidad y de autenticidad: si la Iglesia se mira a sí misma, es infiel, porque está hecha precisamente para continuar la Misión de Jesucristo, para hacer ver y oír la venida de Dios en Jesucristo. Y si la Iglesia está únicamente preocupada por el rostro que muestra, es igualmente infiel, pues debe entrar sin cesar en comu­nión con su Señor para poder continuar su Misión. Tenemos aquí una importante fuente de reflexión para nosotros que, como misioneros de los pobres, debemos des­centrarnos cada vez más de nosotros mismos y centrarnos en Jesucristo. Esta co­munión profunda con El en la Caridad nos permitirá dejarle continuar, en nosotros y a través de nosotros, su propia Misión de Evangelizador de los Pobres.

II. La caridad es por sí misma eminentemente misionera

Este tema me lleva forzosamente a algunas repeticiones. Por otra parte, resulta prácticamente una evidencia que la Caridad evangélica es, por sí misma y en sí mis­ma, misionera, tanto para aquellos hacia quienes se dirige como para los que se es­fuerzan en dar testimonio de esa Caridad, saliendo al encuentro de Cristo en la per­sona de los pobres.

Pero quisiera aprovechar la oportunidad para perfilar un poco más la fisonomía del misionero según San Vicente de Paúl y mostrar su enorme actualidad que no es otra que la del mismo Evangelio.

Por otra parte, nuestros Fundadores o Institutores se adelantaron a crear lo que el actual Derecho Canónico llama las Sociedades de Vida Apostólica. Basta recordar la definición, tal como nos la presenta el Canon 731:

«las sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfec­ción de la caridad por la observancia de las Constituciones.

Entre éstas existen sociedades cuyos miembros abrazan los Con­sejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las constitu­ciones.»

Este es el ideal que nosotros hemos de vivir con el carácter específico de cada vocación. Siguiendo a San Vicente, quisiera muy especialmente llamar la atención también sobre la dimensión de la vida comunitaria, pues la Caridad que modela al misionero modela al mismo tiempo a la Comunidad misionera para que sea verdade­ramente evangélica.

Todo esto constituye un amplio tema, pero tratándose de una conferencia de Ejercicios, bastará con entresacar algunos puntos de reflexión.

A) La caridad modela al misionero

1. Como evangelizador

Cristo es la Regla de la Misión, ha dicho San Vicente (C. XII, 130; Síg. XI/3, 429). Asimismo dirá a las Hijas de la Caridad que El es el Ma­nantial y Modelo de toda Caridad, y Luisa de Marillac les dará como divi­sa una frase inspirada en San Pablo: «La Caridad de Jesucristo Crucifi­cado nos apremia». Es interesante observar este término «crucificado» que nos pone más especialmente en relación con el Misterio Pascual y con Cristo, que en la Cruz alcanza el punto culminante de su actitud de «Servidor». Nosotros vamos al pobre con Cristo y como Cristo. La rela­ción con Cristo y la relación con el pobre forman un todo.

a) Relación con Cristo

San Vicente, después de haber explicado que el Espíritu de Jesucristo habita en cada bautizado para comunicarle su propia vida, sus propias disposiciones, sus propias inclinaciones, dice hablando a los Misioneros:

Pero ¿qué es el Espíritu de Nuestro Señor? Es un Espíritu de perfecta Caridad… Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por El?… $us humilla­ciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interio­res no eran más que actos repetidos de su amor». (Coste. XII, 109; Síg. XI/3, 411-412).

Cristo, obedeciendo a su Padre y enviado por El para llevar la Buena Nueva a los Pobres, forjará, por tanto, nuestra personalidad y, a pesar de nuestras limitacio­nes, nos comunicará su Caridad.

El propósito de la Compañía es imitar a Nuestro Señor en la medida en que pueden hacerlo unas personas pobres y ruines». (Coste. XII, 75; Síg. XI/3, 383).

Y después de haber concretado bien el fin de la Congregación de la Misión, la meta hacia la que nos dirigimos, San Vicente concluye:

Por tanto, si nos hemos propuesto hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afi­ción, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas». (Coste, XII, 75; Síg. XI/3, 383).

Por tanto, el criterio fundamental para distinguir una Caridad misionera que tie­ne su principio en Cristo, es el celo, pero como se trata de dirigirnos a los pobres y con un corazón de pobre, este celo habrá de hacerse sencillo, humilde y lleno de mansedumbre y habrá de enraizarse en la mortificación: ésta constituye el medio más seguro para vaciarnos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo y para ha­cer frente a las exigencias de tal apostolado. Porque los pobres son amos terrible­mente exigentes.

No hay duda alguna de que para San Vicente nuestra fisonomía verdadera re­sulta de estas cinco virtudes cristológicas (sencillez, humildad, mansedumbre, mor­tificación y celo) y que, viviendo estas máximas evangélicas, estamos seguros de que respondemos al designio de Dios sobre nosotros. Al contrario de lo que ocurre con las máximas del mundo, aquéllas no llevan a engaño y serán como dicen nues­tras Reglas Comunes

«como las cinco piedras limpísimas de David, con las cuales, hiriendo
al primer golpe al infernal Goliat, le venceremos…» (R. C. XII, 12)

Vemos que está siempre presente la óptica misionera, pero sin perder de vista ese sentimiento profundo de no ser más que pobres instrumentos de la Caridad de Jesucristo. El Padre de Condren no se equivocaba, cuando un día decía a San Vicen­te:

«¡Qué feliz es usted al tener en su Compañía el sello de las obras de Jesucristo! Pues, lo mismo que al instituir la Iglesia quiso escoger a unos pobres hombres, ignorantes y pecadores… de la misma forma la mayor parte o casi todos los que Dios llama a su compañía son pobres o de humilde condición, o de los que no resplandecen mucho en cien­cia. » (Coste XI, 132; Síg. XI/3, 54)

He leído, no recuerdo dónde, que el Señor Ober había hecho reflexiones del mis­mo estilo, pero que también por respeto hacia su padre no se había atrevido a hablar en su presencia a los pobres en plena calle, como —añadía él— se hace comúnmen­te ahora en París… «Ahora»… ¿Quiere esto decir que estaba pensando en San Vi­cente en ese momento? Bossuet predicará sobre la eminente dignidad de los pobres y sobre la paradójica inversión que a este respecto opera el Evangelio:

  • los últimos se convierten en los primeros;
  • servirles constituye el mejor honor y la mayor gracia;
  • son ellos quienes nos abren la puerta de la Iglesia y del Reino.

b) Relación con el pobre

Detengámonos de momento en dos puntos.

El amor al pobre, cuya fuente es Cristo, se traduce esencialmente a través de la misión evangelizadora. Nuestras Constituciones que han pretendido volver a ha­cer actual el pensamiento de San Vicente y basándose para ello, de manera especial, en la exhortación apostólica de Pablo VI «Evangelii nuntiandi», presentan la evange­lización como un humanismo transfigurado por el mensaje evangélico. El anuncio de la Buena Nueva promueve, al mismo tiempo, una civilización humana, pero, si no anunciáramos, esencialmente y ante todo (en el orden de los valores) esta Buena Nueva, no sólo seríamos, como dice San Pablo, los más desgraciados de los hom­bres, sino que nuestro servicio al hombre no sería ni siquiera plenamente humano. No hay dicotomía entre Evangelio y mundo, entre Fe e historia, sino que la plenitud del hombre reside en su comunión con Cristo, «Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn. 1,9). Nunca lo repetiremos bastante: Cristo vino a nosotros para atraernos a El y adentrarnos en la vida trinitaria.

Esta síntesis de la evangelización y de la promoción humana es característica de la tradición vicenciana. Los pobres no son el objeto de nuestra solicitud única­mente por un sentimiento humanitario, sino porque participan en el mismo destino de la Redención en Jesucristo. Son los miembros sufrientes del Cuerpo de Cristo.

«Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la Fe que son esos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser po­bre. » (Coste. XI, 32; Sig. XI/4, 725).

Esto explica por qué San Vicente se centra en la «persona» del pobre, en la que encuentra a Cristo en «persona». Vamos a añadir dos puntualizaciones:

* Considera al pobre como «un todo». No por una parte el cuerpo y por otra el alma. La Caridad, enfoca a la persona en su unidad, en su totalidad, porque es así como Dios la llama a vivir de su vida en Jesucristo. La Caridad es Dios mismo revelado «mediante palabras y obras», y el mismo Jesucristo ha dicho:

«Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra poder de per­donar pecados…: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. » (Mt. 9,6)

* No opongamos tampoco «persona» y «sociedad». Por definición, la per­sona está llamada a la comunión y no se realiza, no llega a su plenitud, si no alcanza dicha comunión. San Vicente hizo de la pobreza un problema social y ya sabemos cuántas dificultades le valió esto. Y sobre todo, sabía, mejor que nadie, a qué comu­nión está llamado a participar el hombre: a la de la misma Santísima Trinidad. ¿Sería San Vicente el Santo de la Caridad si le hubiera faltado esto? Nuestras Constitucio­nes subrayan, por lo demás, tres niveles de pobreza: la que procede de la injusticia social, la que viene determinada por las condiciones culturales, las del mundo de la marginación.

2. Como evangelizado

No sin profundas razones San Vicente gustó tanto para designar a los pobres, de la expresión «Nuestros Amos y Señores», Maestros que nos predican con su sola presencia, puntualizaba el reglamento del Hotel-Dieu. Sí, el encuentro auténtico con el pobre en nuestra tarea misionera constituye una rigurosa provocación a la santi­dad. Pensemos a este respecto en Luisa de Marillac a quien San Vicente hizo descu­brir su camino de santidad descentrándola de ella misma y orientándola hacia los pobres. Ozanam dirá a su vez:

«Para comprender al pobre hay que ser o pobre o santo. «

La Caridad para con el pobre nos evangeliza a nosotros mismos.

a) En nuestro haber.

Bien vemos nuestra abundancia en todos los órdenes, mientras que tantos otros carecen de lo estrictamente necesario, material y espiritualmente. Somos conscien­tes de nuestro «aburguesamiento» y nos sentimos impulsados a revisar nuestro esti­lo de vida personal y comunitario: ¡nos instalamos tan pronto en nuestras costum­bres, en nuestra tranquilidad («pequeña periferia» decía San Vicente)! Hablando con más profundidad diríamos que olvidamos demasiado fácilmente que todo nos viene de Dios. Y como decía San Agustín: si diéramos de nuestros propios bienes, sería generosidad, pero como damos lo que hemos recibido, es simplemente restitución.

b) En nuestro obrar.

¿Qué hacer ante tantas pobrezas de todo tipo? Nos vemos obligados a volver­nos hacia Aquel para quien nada es imposible, sobre todo cuando vemos que los Pobres, al menos en nuestros países, tienen ya un corazón de ricos, lo que hace más difícil todavía la segunda evangelización.

En cualquier caso los pobres obligan a la sinceridad de corazón: no se puede fingir que se les ama. Luchando por ellos y con ellos, nos convertimos cada vez más en «servidores», en verdaderos testigos del Amor.

c) En nuestro ser.

El pobre no es solamente alguien a quien tenemos que aportar. Es un interlocu­tor que nos recuerda las limitaciones inherentes a nuestra propia condición humana y a nuestra singularidad. Todos necesitamos radicalmente ser salvados, para ello nos necesitamos radicalmente unos a otros.

Sólo podemos ser salvados por y en Jesucristo. El encuentro con el pobre es precisamente un lugar privilegiado de encuentro con El. Los rasgos del pobre son para nosotros los rasgos de Cristo: «Yo busco tu rostro, Señor». Este rostro del pobre nos recuerda que somos salvados por el pobre por excelencia. Por otra parte, para ver al pobre con la mirada misma de Cristo, debemos identificarnos cada vez más con El y vivir de su Amor.

Se comprende que San Vicente considera su descubrimiento del pobre como la gracia de las gracias que iluminó y transfiguró su vida. Mientras nosotros ayuda­mos a nuestros hermanos desprovistos a reconocer y acoger a Cristo, ellos son para nosotros el Memorial (recordemos cómo San Vicente y Santa Luisa hacían una apro­ximación entre el pobre y la Eucaristía) Memorial de Aquel que, sólo El, puede col­mar nuestra propia espera, nuestra propia indigencia.

B) La caridad modela a la comunidad misionera

La vocación es inseparable de una convocación, lo cual es verdad, por defini­ción, para todo cristiano. Pero también en este caso los carismas son variados y esta dimensión eclesial podrá especificarse en una u otra línea determinada. Para San Vi­cente la misión común es la que suscita y exige la vida comunitaria, a la que confiere al mismo tiempo sus características propias. E indudablemente, es el mismo Espíritu de Caridad el que la va a modelar con miras a la evangelización de los pobres y a partir de la misma. Así por ejemplo, en la famosa conferencia ya citada sobre la Cari­dad, expone el vínculo que existe entre la Misión y la Comunidad:

«Si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra… ¡cuánto he de arder yo mismo con este fuego! ¡Cómo he de inflamarme en amar a aquellos con quienes vivo, edificando a mis propios hermanos por el ejercicio del amor e impulsándoles a que prac­tiquen los actos que de él emanan! En la hora de la muerte veremos lo mucho que hemos perdido sin remedio, si no todos, al menos los que no tienen ni practican como es debido esta caridad fraterna. ¿Có­mo se la daremos a los demás si no la tenemos entre nosotros? Obser­vemos bien si existe… pues… si no nos amamos mutuamente como nos amó Jesucristo y no producimos actos semejantes a los suyos, ¿cómo vamos a esperar que podremos llevar este amor por todo el mun­do? (Coste, XII, 263; Síg. XI/4, 554).

Sin embargo, el texto en el que San Vicente ha hecho, a mí juicio, la mejor ex­posición de su mística de la vida fraterna en comunidad, se encuentra en un Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad, del 19 de junio de 1647. Permítanme que recurra a él, por una parte para darlo a conocer, porque verdaderamente merece ser conocido, y, por otra parte porque el espíritu que en él se expresa es precisamente el que nos debe animar. Allí encontramos tres ideas-fuerza a partir de la Santísima Trinidad como alma de la vida comunitaria.

1. Una comunión de personas.

«Lo mismo que Dios no es más que uno en sí, y hay en Dios tres perso­nas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo superior al Espíri­tu Santo, también es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo no tienen que ser más que un solo corazón y una sola alma. » (Coste. XIII, 633; Síg. X, 766)

El artículo 32 de nuestras Constituciones habla del mismo modo cuando nos da como punto de referencia suprema y como imagen de la vida comunitaria, la vida de la Santísima Trinidad, en el acto de su donación salvífica a la humanidad, para atraerla a participar en su comunión, que es el fin último de nuestra existencia.

a) La Santísima Trinidad, Misterio primordial.

La Santísima Trinidad es el Misterio primordial y la vida cristiana es una partici­pación en esta perfecta comunión de las personas divinas dentro de la más total reci­procidad.

Como Misioneros que somos, tenemos que anunciar esencialmente esta Buena Noticia. Por el Bautismo somos sumergidos en la vida del Padre, del Hijo y del Espíri­tu Santo. Todo consiste en esto, o tiende a ello o se desprende de ello, en el designio infinitamente misericordioso de Dios sobre nosotros. En la Bula de erección de la Congregación de la Misión, Urbano VIII, el 12 de enero de 1633 pone a ésta (¿pudo haber hecho algo mejor?) bajo el patronazgo de la Santísima Trinidad. San Vicente lo recordaba con frecuencia y acabamos de indicar la razón.

b) Mostrar a la Santísima Trinidad.

El texto de San Vicente que estamos comentando equivale a decir: Puesto que tenéis que anunciar esencialmente a la Santísima Trinidad, empezad por ser sus tes­tigos mediante vuestra vida fraterna. Antes que hablar de ella, ¡mostradla, hacedla ver, siendo vosotros un solo corazón y una sola alma a imagen suya!

Volvemos a encontrar ese «hacer ver», primordial también y por la misma razón, del que hablábamos esta mañana. Cuando nos vieran, debería ser evidente de algu­na manera que vivimos de esta Buena Nueva que llevamos a los pobres, porque la vida divina, vida de perfecta comunión de las personas, que se nos ofrece en Jesu­cristo por el Espíritu, nos ha invadido e irradia desde nuestras Comunidades misione­ras. Ahí comienza la misión.

2. Una vida de comunicación.

«Y lo mismo que en la sagradas personas de la Santísima Trinidad, las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una en parti­cular, tienen relación una con la otra, sin que por atribuir la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo se pretenda que el Padre está pri­vado de estos dos atributos, ni que la tercera persona carezca del po­der del Padre o de la sabiduría del Hijo, de la misma forma es preciso que entre las Hijas de la Caridad la que está encargada de los pobres tenga relación con la que cuida de los niños, y la que cuida de los ni­ños con la que atiende a los pobres. » (Coste, XIII, p. 633; Síg. X, 766)

a) Dios invita a la comunión.

Como perfecta comunión que es, la vida trinitaria no puede ser sino comunica­ción en el sentido más perfecto de la palabra. Por esto, todo el Misterio de la Salva­ción está bajo el signo de esa comunicación en la que Dios quiere que participemos. Nos ofrece su propia vida en su Hijo, quien, para esto viene a compartir nuestra pro­pia suerte, haciéndose semejante a nosotros en todo menos en el pecado, es decir, precisamente en la falta de amor. Es de ese pecado del que viene a liberarnos para que podamos llegar a ser hijos en El y, también en El, hermanos entre nosotros.

A diferencia de lo que ocurre con el plan de Dios, el pecado es esencialmente división: con Dios, entre los hermanos, con nosotros mismos:

«Nos has hecho, Señor, para Ti y anda inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Ti. «

b) Misión y comunicación.

Por eso es tan importante la comunicación como testimonio en la vida misio­nera, ya se trate de compartir entre nosotros o de hacerlo con los pobres. Una vez más, San Vicente, que no pierde nunca de vista esta finalidad apostólica, insiste en esta comunicación a partir de la Misión y con miras a ella. La renovación continua de nuestras vidas comunitarias debe pasar por esta escucha, juntos, del clamor de los pobres.

Para San Vicente las diversidades son algo natural y constituyen una riqueza. Lo que salva del aislamiento es precisamente la comunicación en todas sus formas: comunicación de oración, intercambio y revisión comunitaria de vida, proyectos co­munitarios en los que se expresa un mismo enfoque misionero en medio de la diver­sidad de nuestras tareas. Con esta condición nuestra vida fraterna es comunidad de oración, de trabajo, de pobreza.

De este modo se establece todo un clima, todo un espíritu que —nunca mejor dicho— no es otra cosa sino el de la Misión entre los pobres. El Espíritu Santo está operante en nuestras Comunidades, consagrándolas, uniéndolas cada vez más para el anuncio de la Buena Nueva. San Vicente habla de las «virtudes de la corporación»: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación, celo, deben impregnar la vida co­munitaria y no sólo a cada uno de nosotros individualmente. Por tanto, desde este punto de vista hemos de revisar todo nuestro estilo de vida. ¿Viven e irradian esto nuestras Comunidades como tales?

3. Los frutos del Espíritu.

«También me gustaría que las Hermanas se conformasen en esto a la Santísima Trinidad, que como el Padre se entrega totalmente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre, de donde procede el Espíritu Santo, de la misma manera ellas sean totalmente la una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu Santo, a fin de parecerse a la Santísima Trinidad. » (Coste, XIII, 633; Síg. X, 766)

a) El Espíritu Santo, vínculo de Amor.

En este magnífico pasaje es quizá donde se expresa más claramente la relación que San Vicente ve entre la unión entre nosotros, a imagen de la Santísima Trinidad, y nuestra misión entre los pobres, fruto de esta unión, como el Espíritu Santo es el fruto de la unión del Padre y del Hijo. Por tanto este Espíritu va a animar, a partir de ahí, el trabajo misionero. El Espíritu Santo es esencialmente unitivo y, como ya lo hemos dicho, nos hace entrar en esa unión del Padre y del Hijo que es El mismo en persona.

Aquí vemos la relación vida fraterna-Misión, como siendo ésta fruto de aquélla. Es lo que decía San Vicente en el texto que acabamos de citar. Hemos dicho que, si la Iglesia es santa, católica, apostólica, es ante todo porque es «una» y en la medi­da en que se deja unificar por el Espíritu. Esto sirve para cada célula de la Iglesia y, en especial, cuando esa Comunidad de la Iglesia, y actuando como miembro de la Iglesia, quiere dedicarse a llevar la Buena Nueva a los pobres.

b) Comunidad, lugar de reunión y recuperación.

Dicho con otras palabras, nuestra vida misionera está hecha, dentro de su uni­dad, de dispersión y de reunión. Como lo hacían notar los Obispos de Francia en una de sus Asambleas plenarias de Lourdes (1976), esa tensión entre dispersión y reunión es normal y es enriquecedora. La reunión es indispensable para que la dispersión misionera conserve su auténtica finalidad: en la reunión es donde hemos de poder rehacer las fuerzas juntos en un clima fraterno con miras a una presencia de mejor calidad en el mundo de los pobres. Pero, por muy dispersos que nos encontre­mos, cuando sea necesario por las necesidades de la Misión, nos sentimos unidos con nuestros hermanos de Comunidad, responsables juntamente con ellos de la Mi­sión, enviados por nuestra Comunidad y, a través de ella, por la Iglesia.

En una palabra, la vida fraterna en comunidad es una realidad de Fe y de Amor. Es verdad que no hemos de descuidar nada de lo que puede nutrirla humanamente. Pero todo está relacionado. En este aspecto, el servicio de autoridad tiene, especial­mente, un gran papel que desempeñar, para guiar, unir, animar, dentro de la fidelidad al Espíritu y dentro de un clima de auténtica libertad. En este aspecto también, es importante que nuestras Comunidades sean espacios en los que se experimente la misericordia, lugares de perdón y de reconciliación. Esto es indispensable ya que es­tamos llamados a ser, de modo especial, mensajeros y testigos de esta misericordia divina entre aquellos que tienen más necesidad de ella.

Estos Ejercicios nos ofrecen precisamente la oportunidad de una conversión pro­funda de corazón y de vida. San Vicente, siempre práctico y realista, nos dice que se juzga el valor de unos Ejercicios por sus frutos, y nos invita a plasmarlos en las resoluciones que nos dictará el Espíritu después de una sincera revisión de vida. De este modo, Misión y Caridad formarán, cada vez más, un todo, siguiendo los pasos de Cristo, Mensajero de la Buena Nueva a los Pobres.

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