La alcoba.- El desván.- La cueva de Belén.- Familiaridad cristiana.- El ornato.- Amasador.- Cajón de tabaco.- Sillón de esparto.
Quedó instalada, como se vio en el párrafo anterior, en su casita de la Costera la microscópica Comunidad, compuesta del Superior y dos hermanos Coadjutores, en primeros de Febrero de 1902.
Natural era que se pensase al momento en una Capilla para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y hacer la oración y demás ejercicios de piedad que prescriben nuestras santas Reglas. Pero ¿dónde hacerla, siendo tan diminuta la casa? Un pequeño patio de entrada con dos cuadritas; encima, la cocina y dos salitas con alcoba; sobre éstas, una salita y un desván, pero todo reducidísimo, como se dijo.
No hay remedio, no se puede tener Capilla pública. Esta fue la primera impresión. El celo tiene que estar escondido, encerrado, inactivo, como paralizado. El Misionero tiene que resignarse. Forzado se verá a contener los impulsos de su vocación. Dedicaremos una salita para oratorio y las otras dos para habitaciones. Los hermanos en una, el Superior en la otra. En la alcoba pondremos un altarito; lo demás para el público. ¿Qué público? Ocho, diez, una docena de personas cuando más. Y éstas hombres solos, porque ha de haber clausura, y por tanto han de quedar excluidas las mujeres. Y hombres de confianza, porque la sala es interior y está en el piso alto, por lo cual no deben penetrar hombres desconocidos. Tales fueron las primeras apreturas.
Pero—permitid una reminiscencia del primer año de Latín—intellectus apretatus discurrit qui rabiat—barbarismo que aprendimos de niños, entonces gracioso, hoy casi insufrible, que explica, sin embargo, perfectamente cómo el hombre, puesto en apuros, sabe aguzar su intelecto, sabe ingeniarse maravillosamente para encontrar una ú otra salida. La salida, en nuestro caso, fue el desván. ¡El desván! Vamos a ver el desván. — Feo, mugriento, sucísimo. Como que sirve para todo. Para guardar arreos de labranza, hierbas, patatas, cuelgas de frutas, ajos, cebollas, las morcillas, el tocino que se pone a secar, cecina, todo, que de todo eso había habido allí y más.—¡El desván! Pequeño, irregular. Relativamente a las otras dependencias, grande; para el objeto, escaso, miserable; 7,50 de largo, 3,40 de ancho, y ¡2,05! de alto. No parece que aquello pueda convertirse en Capilla. Sin embargo, se convierte, y rinde mucha gloria a Dios, y se santifican innumerables almas en él durante un año y nueve meses.
El superior estudia, discurre, siente agitarse su espíritu, se enamora, se emociona. Ve que aquel desván tiene salida a un callejón, por medio de una cuadra, a la cual se baja por tres o cuatro escalones toscos, desiguales, de piedra sin labrar. Aquella salida es brusca, agreste, violenta. Difícilmente podrán subir y bajar los ancianos, las ancianas, como, en efecto, sucedió después. Recuerda que cuando entró en aquella cuadra la primera vez, había en ella una vaca de leche. Concibe una idea, y exclama: ¡Magnífico! ¡La cueva de Belén! ¡Hasta el buey del pesebre! ¡Gloria a Dios en los desvanes, y en las capillas paz a los hombres de buena voluntad! ¡A instalar aquí el Niño! ¡El Niño de la Eucaristía! ¡El Niño de la salvación de las almas! ¡El Salvador del mundo!
Y dicho y hecho. A los tres o cuatro días ya se celebra la santa Misa y se da la Sagrada Comunión en aquel desván; en aquella falsa, dicen en el pueblo, tan irregular, tan desmantelada; en aquella nueva cueva de Belén, transformada en santuario de la Divinidad y de la santa Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
Allí no hay presbiterio, no hay gradas, casi no hay separación entre el Clero y el pueblo. Un listón; horizontalmente sostenido por la mesa del altar y por otro listón, verticalmente clavado en una viga y en el suelo, sostiene un mantel y sirve de comulgatorio. Pero no completamente cerrado, porque no hay otra comunicación con el interior de la casa. De modo que los vestidos de las mujeres están en contacto con el hábito del hermano que ayuda a la Misa; sus mantillas, por el lado del Evangelio, en contacto con los manteles del altar. Las primeras Hijas de la Caridad que de este pueblo salieron, chicas entonces de quince a diez y siete años de edad, hoy ya de cuatro y cinco años de vocación, leen los Evangelios en el Misal y en la Sacra a la misma distancia que el Sacerdote, porque la gente se acumula, se apiña, de tal suerte que no se puede dejar desocupado ni un dedo de sitio.
Los que en aquella improvisada Capilla se reunían, guiados por el espíritu de Dios, buscando sólo a Dios, parecía que formaban una sola familia, una familia cristiana, una familia semejante a aquella de la que se nos habla en el capítulo XII de los Hechos apostólicos, a la cual se le denomina Iglesia que ora por el Papa, encerrado a la sazón en una cárcel, y en la cual vemos desempeñar un papel tan interesante a la joven Rhode o Rosa. Los miembros todos de esa nueva familia, formada en Cristo y por Cristo en La Iglesuela, que sigue todavía, después de más de seis años, si no con las estrecheces materiales de Capilla, sí con la intimidad y estrechos vínculos de amistad, franqueza, confianza y cordialidad espirituales que entonces crearon, los individuos, digo, de esa familia cristiana, todos deseaban, sentían y querían una misma cosa; eran todos corunum et anima una como los primitivos cristianos.
Allí no hay retablo alguno, ni pinturas, ni esculturas, ni dorados, ni cuadros siquiera. Cubierta está la pared con una tela de a real la vara, y un modesto Crucifico colgado detrás del sagrario, es todo el altar. Los adornos del techo— ¿pensabais que iba a decir bóveda? —son los clavos de herrar—no digo puntas de París porque eso sería permitirse mucho lujo—, los clavos de herrar fijos en las vigas, los cuales habían servido, y siguen sirviendo hoy, para colgar las cosas antes indicadas. Y esas vigas, a tal altura, que casi tocaba el Sacerdote en ellas con el bonete, y al elevar la Hostia santa y el sagrado Cáliz tenía que encoger los brazos para no dar con ellos en ellas.
¿Y no había Sacristía? Sí. El amasador. Un pobre cuartito sin luz, sin ventilación, en el cual con dificultad cabían la artesa y la mujer que había de amasar. ¿Y ahora tiene que contener el calaje, al Sacerdote que se reviste los ornamentos sagrados y al hermano que le ayuda? Cabal. ¿Pues qué calaje sería? Os lo diré, aunque os riais: un cajón de tabaco. Sí; un cajón de los que suelen emplearse para portear tabaco, fue, durante más de un año, la cajonería de la Sacristía de la primera Capilla dedicada a nuestro Señor en la Casa-Misión de La Iglesuela del Cid. Un cajón de tabaco que había venido con cachivaches, y ahora estaba destinado a contener los objetos del culto divino, sostenido a un metro de altura por cuatro toscos listones. Después de un año, una Superiora de Hermanas nuestras, y su Comunidad, que sentía como ella, habiendo oído, con acompañamiento de risas y de lástimas, lo que se acaba de leer, regaló, entre otras cosas, una cómoda de cuatro cajones, que aún está sirviendo de calaje. Y Dios se lo pague.
Mas no todo era allí pobre. Porque eran ricas la concurrencia, la devoción, las confesiones, las comuniones, la asistencia a Misa y las funciones vespertinas, la emulación santa en los cánticos. ¡Oh!, todo eso fue un alabar a Dios desde el principio. Ya se explicará detalladamente en otro párrafo.
— ¿Pero también había confesionario? Porque acaba V. de hablar de confesiones.— Sí; había para confesionario un sillón de esparto, claro está que sus maderas sin pintar, que trajo la vecina consabida, al cual se fijó una rejilla. fue colocado en el rincón opuesto al lado del altar llamado de la Epístola. Mal servicio, en verdad, mal servicio. Pero ¿lo tendrán mejor en las Misiones extranjeras? Las mujeres tenían que colocarse de espaldas al altar, casi tocando con los pies en él; el confesor, al descubierto; la gente que esperaba, demasiado cerca, con exposición casi inevitable de que se oyeran los pecados; y a pesar de todas las preocupaciones, fue muchas veces imposible evitar que se oyese algo. Pero allí nadir se acordaba, ni el confesor ni los penitentes: todos iban a una con la mayor buena fe; y esa sencillez y ese entusiasmo lo suplían todo. Y se estaban oyendo confesiones ¡friolera! seis, y siete y ocho horas cada día. Tomaron las benditas gentes la cosa muy a gusto y muy a pechos, con interés decidido, primero las llamadas piadosas, después también las demás.
XIV.- LOS PRIMEROS FRUTOS
Explicación.- La Cuaresma.- Movimiento.- Compañero.- Aquí y allá.
Esto que se acaba de decir en el párrafo anterior parece que necesita alguna explicación. Y la tiene muy natural. A pesar de la propaganda en contra de los frailes —recordad que es así como se han empeñado en llamarnos— y del aflojamiento en la devoción, por las causas que se indicaron en párrafos anteriores, principalmente en los últimos años del Cura difunto, D. Manuel Izquierdo, mucha gente conservaba el espíritu de piedad y de temor de Dios, y estaban deseando que se establecieran los Padres para aprovecharse de sus ministerios. Por esta razón, en los dos viajes que, antes de la instalación, había hecho el Superior a La Iglesuela, le abordaron y acosaron con verdadero interés y anheloso afán en el confesonario.
Y viéraisle horas y horas de varios días escuchando a unos y otros, no con asombro, porque ya tenía larga experiencia de lo que en el mundo suele acontecer, pero si con alguna extrañeza, por lo que respecta a algunas personas. Y en estas ocasiones comprendió que no era oro todo lo que relucía. Quiérese decir que el pueblo llevaba fama, y tenía y tiene hechos de piadoso. Había alguna, no mucha, frecuencia de Sacramentos. Y nadie dejaba de confesarse, a lo menos en Cuaresma, siquiera por respeto humano, por temor de ser notados. Pues este enemigo tan desolador de las conciencias habían hecho horrible estrago en las almas de unos y de otros: de los piadosos y devotos y de los que no lo eran. Esto pudo comprender con bastante fundamento y claridad, y se propuso su plan de ataque, de reparación, de saneamiento, de salvación de las víctimas, con la ayuda del Señor.
Tenía que predicar la Cuaresma inmediatamente, a los cinco o seis días. Los sermones cuaresmales a que nos hemos obligado, si el Cura los quiere, son once, que se han de predicar desde el Miércoles de Ceniza al domingo de Pasión, ambos inclusive. Y así se ha hecho en las Cuaresmas siguientes. Pero en la primera no se hizo de ese modo. Calculó el Cuaresmero que era corto ese número de sermones para llenar cumplidamente el plan que se había propuesto y conseguir el triunfo que apetecía; habló con el Cura Ecónomo, y convino éste en que, por excepción, predicase aquel año cuando quisiese y pudiese. Y predicó, desde Carnaval, cuatro o cinco veces por semana,
El resultado fue satisfactorio. Los que no se rindieron, los que no quedaron vencidos, quedaron bien impresionados o desengañados y confundidos. Trató de poner de relieve las causas que producen las confesiones sacrílegas, las nulas y las inútiles, y el peligro de condenación en que se encuentran las almas que profanan los Sacramentos. fue desarrollando la materia paso a paso, detalle por detalle, con aplomo, con energía, con ilación. Sondeó el abismo del corazón; registró sus pliegues y repliegues; revolvió las conciencias; examinó el uso, o mejor, el abuso de las potencias anímicas, de los sentidos internos y externos; agitó vigorosamente el fondo del alma en el ejercicio de todas sus facultades; ahondó, en fin y profundizó hasta llegar al suelo, removiendo todo el cieno en él depositado, hasta ponerlo a la vista de los menos perspicaces, así como se hace subir y aparecer sobre la superficie el de un estanque corrompido, cuando se apalean y sacuden fuertemente sus aguas, y se produjo un movimiento notable de terror y espanto, pero saludable, en la generalidad del auditorio. Hubo duros, pertinaces, obstinados, ¿dónde no los hay en tiempos de tanta obcecación e incredulidad?; pero la conmoción general se hizo visible. Y como atribulados y confusos se les oyeron muchas veces estas y otras exclamaciones: ¡Estamos perdidos! ¡Si lo que dice el Padre es verdad, nunca hemos hecho buenas confesiones! ¡Nos vamos a condenar sin remedio! Y se avivaba más y más el interés por oír al predicador. Y en las cocinas, y en los campos, y en los caminos, ese era el tema de las conversaciones. Y la afluencia de oyentes era la mayor que podía esperarse. Del pueblo y las masías y los lugares cercanos, a los cuales comunicaban sus impresiones los naturales. Todo esto vió el P. Cuaresmero desde los primeros días. Y lo vio y oyó también, tres semanas después, el compañero que le fue enviado por el Sr. Visitador.
Porque cuando tan temprano, espontáneo y saludable movimiento notó el Cuaresmero, rogó al pueblo que no empezasen el cumplimiento de Iglesia el domingo señalado, sino que esperaran una semana más, para que recibieran mayor instrucción de cosas muy necesarias antes de confesarse. Y les dijo que no pasasen pena por la confesión, que todos se confesarían con Misionero, si querían, porque tenía pedido un Padre a Madrid y esperaba que pronto se lo enviarían.
Con efecto, se había apresurado el Superior a escribir al Sr. Visitador, y, refiriéndole detalladamente, y con toda exactitud, lo que acontecía, le dijo que el movimiento era de misión que le pedían confesiones generales y era de esperar que las harían muchas gentes; que era natural querer hacerlas con el E Misionero precisamente, y así lo manifestaban; que era imposible oír él solo a todos, y, por tanto, que se imponía la necesidad de que enviasen un Misionero apto y con condiciones para el caso. Y le envió sin demora al Sr. Ibáñez (José), quien fue testigo de todas estas cosas, y después cooperador valioso en estas y en las otras que se irán relatando, portándose como bueno y mereciendo muy justamente el nombre de activo cofundador de la casa de La Iglesuela.
Llegó a ésta el 4 de Marzo de 1902, en un día verdaderamente desapacible, áspero, temible. El coche no llegaba más que hasta el Coll de Ares del maestrazgo. Hubo de montar en un macho, y caminar luchando contra el viento norte y contra la ventisca, y nevando llegó a medio día a Villafranca del Cid, donde comió, y, como no conoce la cobardía, nevando se presentó en La Iglesuela media hora antes de tener que irse a predicar el Superior en la Parroquia.
Inmediatamente se entregó al ejercicio del ministerio sagrado de la Confesión, y tuvo un noviciado de prueba, pero satisfactorio. Hasta que él llegó, el Superior confesaba dos o tres días cada semana, por las mañanas, en la Parroquia. Las restantes mañanas y las tardes todas lo hacía en la cueva de Belén. Después’ confesaba simultáneamente aquí y allá. El compañero, dos, tres, cuatro días, con dos, tres, cuatro horas de tarea, en la Parroquia. El Superior, en casa, como se ha dicho al final del párrafo anterior. Muchas, muchísimas almas, casi todas las que se confesaban con los Misioneros, y aun algunas que lo hacían con los otros Sacerdotes, hacían confesión general. El trabajo fue pesado, pero grato y provechoso. ¡Dios sea bendito!
XV.- DOS MESES a OBSCURAS
Acopio.- Los Fueros de Aragón.- El veto.- A juicio.- Fuegos apagados.
Entre tanto no estaba desatendida la reforma de la casa del Aladrero, que teníamos comprada, según se dijo al fin del párrafo XII. En ella se hizo acopio de materiales para empezar las obras en la primavera. Sesenta o setenta cahices de cal, cincuenta y tres de yeso, algunas docenas de tablas, tablones y otros maderos, estaban depositados allí antes de Semana Santa, y en Mayo debía de trabajarse ya.
Mas el hombre compone y Dios dispone. Y unos hombres impiden y desconciertan lo que otros combinan e intentan, o todo a un tiempo. Porque la casa de la calle de Ondevilla no nos convenía para definitiva. Solamente la tomábamos para empezar a vivir. No era preciso edificar otra de planta después. Pero esto era multiplicar gastos y vivir muchos años a disgusto. Y el Señor, siempre tan bueno para con los suyos, impidió estos efectos por modo muy sencillo, por medio de los Fueros de Aragón, de los cuales quiso hacer uso una hermana del vendedor. ¡Vaya usted a atar cabos cuando es la Providencia quien obra y dispone! Porque ¿quién pudo sospechar que en los primeros pasos que los Paúles habían de dar para establecerse en La Iglesuela habrían de intervenir los Fueros de Aragón, para desvanecer sus proyectos y conatos primero, para favorecerles después? Porque lo que pareció un trastorno y una desgracia, resultó un acierto y un beneficio, como se verá después de dos párrafos. ¡Es Nuestro Señor de esa manera sabio, próvido, bondadoso!
Según esos Fueros, cuando cualquiera quiere enajenar, vender una finca, sus hermanos tienen derecho preferente a comprarla, y pueden impedir que la adquiera otro no hermano. Tenía el vendedor una hermana que quería poseer casa en La Iglesuela, por vanidad más que por necesidad o utilidad, por no ser menos que otros parientes que van a veranear a dicho pueblo, residiendo en casa propia. Por no ser menos que su hermano que tenía —tenía, porque ahora ya no existe— otra además de la que quería vender. Tuvo dicha señora noticia de los tratos que había entre nosotros, entró en ganas de poseer la que ya era casa nuestra, aunque fuese con postergación y daño nuestro —así lo declaró ella misma— e inconsiderada y ambiciosa se empeñó en quitárnosla, y lo consiguió.
El miércoles Santo recibió el Superior una carta de su esposo, que entonces era Alcalde de Calanda, en la cual manifestaba en nombre de su esposa, que estaban resueltos a impedirnos la adquisición de la casa, porque la querían ellos para sí. El superior dio cuenta del veto al vendedor, y escribió a los reclamantes, a quienes conocía y había tratado. Aquél declaró que de ninguna manera la vendería a su hermana, y que la casa, o sería de los Padres, o no sería de nadie. Y excitó al Superior a que prosiguiese obrando en ella como suya. Su afirmación se ha cumplido. La casa no fue de los Padres ni la adquirió su hermana. Su excitación no tuvo efecto, porque su hermana, desoyendo toda clase de respetos, atenciones y representaciones, insistió en su decisión y amenazó con ir a los tribunales. El Superior no quiso pleitear, ni fingir tampoco, por más que se lo aconsejaban, proponiéndole medios de eludir el efecto de la apelación a los fueros. Lo primero se lo prohibían las Reglas y muchos escritos del Santo Padre, autor de ellas. Lo segundo, además de ser contrario a su carácter y modo natural de ser, se lo impedía su conciencia, porque no quería obrar in fraudem legis. Y se resolvió a escribir al dueño de la casa que rescindía el contrato verbal que tenían hecho, y por tanto que quedaba otra vez suya.
Y tenía escrita la carta una noche para ponerla al siguiente día en el correo, cuando le dan aviso de haber llegado al pueblo aquella tarde el reclamante, y de que venía a citarle a juicio para que hiciese cesión de los derechos que tuviera adquiridos sobre la casa del Aladrero. Puso el superior inmediatamente su carta en el correo, para poder afirmar que ya había escrito y enviado la carta al dueño con la renuncia de la casa, y esperó los sucesos, que no tardaron.
A las nueve de la mañana del siguiente día fue a ver al Superior el Juez municipal —gracias que nos quería bien— y díjole que se le había presentado Santapau, apellido del reclamante, pidiéndole que extendiese papeleta de citación a juicio contra el Superior de los Paúles, y que sus pretensiones eran que cediese sus derechos adquiridos sobre la casa del Aladrero, y le entregase las cartas y escritos que acerca de este asunto tuviera. Que él había intentado disuadirle de lo del juicio, aconsejándole una entrevista privada; pero un pudo conseguirlo. Que se tomó tiempo para hablar con el Superior anticipadamente, y que deseaba saber cómo se podía arreglar el asunto sin pasar adelante, porque él de ningún modo quería que el Superior fuese al tribunal. Para que se comprenda esta benevolencia oficiosa, sépase que el Juez era el esposo de la Sra. Pepa, de quienes se dio noticia en el párrafo XII.
Responde el Superior: «Bien, vamos a juicio. Con dos palabras quedarán enervadas las energías de ese señor, apagados sus fuegos y paralizando sus bríos. Con decirle que nadie tiene derecho sobre la correspondencia privada, y que ninguna puede dar lo que no tiene, estará él despachado y sus planes desbaratados. Porque yo tengo ya hecha la devolución de la casa a su dueño». Pero el Juez de ningún modo quiso consentir en que el Superior fuese a la casa de la Villa, mucho menos al tribunal; propuso volver con el reclamante a visitar al Superior para entenderse, como lo realizaron y se entendieron. O mejor, sucedió aquello de —caló el chapeo, —requirió la espada, —miró al soslayo, —fuese….. y no hubo nada. Casi cómica fue la escena. Por lo menos su principio. Porque el Sr. Santapau es buen mozo, y fue oficial carlista, y el Superior le recibió con un poquito de chacota. Pero, en fin, se formalizó la conversación y desvaneciéronse los humos con que se había presentado. Trabajo le costaba creer que hubiese escrito a su cuñado el Superior, porque decía que dos días antes, o sea al salir él de Calanda, no había tal; pero al fin se redujo, y quedó terminado el incidente.







