Memorias de un Paúl: la Iglesuela del Cid (IV)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Jaime Daudén · Year of first publication: 2011 · Source: Anales.
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XI.- REALIZACIÓN

Hambre espiritual.- Preparativos de traslado.- Calanda.- Reyes.- Las creces.- El vejestorio.- Para doce años.

Vuelve el Sr. Garcés a Alcorisa con su plan ya combinado en el camino. Porque casa no hay en La Iglesuela. Se ha hecho imposible lo convenido en Noviembre con el Sr. Visitador para inaugurar la Casa Misión el 25 de Enero. Pero las obligaciones están contraídas, y el 12 de Febrero es preciso subir al púlpito de la Parroquia de La Iglesuela a dar principio a la predicación cuaresmal.

En La Iglesuela hay hambre de predicación. El Sr. Cura Izquierdo, que les había predicado mucho y con mucho provecho durante veinte años, aflojó notablemente en los últimos seis, o sea desde que empezó a experimentar contrariedades por las funda­ciones, y desde Agosto había ya enmudecido porque ya no era el Cura. Su sobrino, y sucesor en la Parroquia, no era predicador, nunca lo fue siendo Coadjutor. Pero sentía que no se predicase, deseaba que se predicase, y anhelaba con ansia la venida de los Mi­sioneros para que predicasen. Por lo cual rogó con mucha instancia al Sr. Garcés, antes de su partida, que volviese pronto para predicar siquiera en los días de Navidad, ya que no podía ser en Adviento. Y le escribió después a Alcorisa reiterando sus súplicas.

Escribió, pues, éste desde dicho pueblo al Sr. Visitador, dándole cuenta de lo que ocurría y comunicándole su plan, y empezó a preparar su salida definitiva del Colegio y su regreso a La Iglesuela. fue imposible adelantar tanto como quería Mosén Camilo, pero le contestó que a lo menos, no se concluirían las adoraciones del Niño Jesús sin haber predicado, o sea, que antes de reyes estaría allí.

No dijo en Alcorisa que se marchaba definitivamente.

Tenía dicho años antes, que cuando él hubiera de marcharse, nadie lo sabría. Y pu­dieron realizarse su pronóstico y su propósito, porque, al encomendarle el Visitador la fundación de La Iglesuela, le dijo que no por eso dejaba de ser por entonces Superior de Alcorisa. Y posteriormente, al tropezar con dificultades imprevistas, le repitió que fuese y viniese, obrando como Superior de la una y de la otra. Pudo, pues, mantenerse con verdad envuelto en sombras y nieblas. Aunque, al observar los preparativos del viaje, por más que manifestara que era menester pertrecharse bien, porque había de predicar la Cuaresma, bien comprendieron sus compañeros ¡vaya unos bobos para no comprenderlo! Y presintieron las Hermanas ¡vaya unas tontas para no sospecharlo! Que la salida era radical. Y tan radical, que no ha vuelto más a Alcorisa en seis años transcurridos, ni es de suponer que haya de volver.

Salió, pues, el I.° de enero de 1902 y pernoctó en Calanda. Desde esta fecha puede y debe contarse la existencia de la Casa de La Iglesuela. Los sueños y los proyectos de la fundadora y su director, las preparaciones remotas y próximas de los señores albaceas y de todos los demás interventores en ellas, dejaban de ser lo que fueron y tocaban en la esfera de la realización. Esa Casa-Misión por tantos años esperada, y cuya proble­mática fundación tantos vaivenes había sufrido, existía ya a lo menos personificada en su Superior. Porque éste éralo en realidad, aunque como tal no fuese conocido públi­camente, y funcionaba como tal, aunque continuando siendo Superior de Alcorisa y sin haber dejado de serlo hasta finales de Enero, en que comunicó la noticia a su asis­tente, El Sr. Maurilio Tobar, y a los demás compañeros y hermanos que formaban la Comunidad, despidiéndose de ellos por escrito.

En Calanda habló y trató con el dueño del vejestorio de La Iglesuela, o sea de la casa del Aladrero (ese nombre lleva, de la calle Ondevilla) D. Félix Matutano. Extra­ñóse éste de la demanda, porque estaba en la persuasión, y con mucho fundamento, de que su casa, aunque grande, aunque con paredes maestras muy sólidas, no era ven­dible, o a lo menos no era apetecible, por su deformidad. Pero accediendo a la petición, ya que no la regalara, idea que se la insinuó por indicación del Visitador, la cedió por lo menos por poco dinero, es decir, por tres mil pesetas. Sin dificultad se podían dar cinco o seis mil por ella. Y dijo que ese dinero se le podría entregar en el mes de Agosto en La Iglesuela, porque subiría como siempre a veranear, y que entonces, y allí, se haría la escritura pública de compra-venta. Pero que entre tanto dispusiera ya el P. Garcés de la casa como quisiera, porque él la cedía a la congregación verbalmente como si lo hiciera oficialmente por escrito. Y aun le excitó a que volviese a mirarla y remirarla bien, y si le parecía que no podría servir para la Comunidad, tendría por no dicho ni pactado lo que acaban de hablar y tratar.

Con tan buenas impresiones, y dando gracias a Dios, salió el Sr. Garcés de Calanda el 2 y pernoctó en Alcañiz. El 3 hizo noche en Reus. El 4 tomó el coche en Alcalá de Chisvert. Y el 5, víspera de Reyes, a medio día, como lo tenía anunciado, se hospedaba en casa de Mosén Camilo Lor en La Iglesuela.

Y después de comer comenzó su tarea, la cual salió a pedir de boca, porque llevaba seguramente la bendición de Dios. Su tarea fue el día de Reyes una fiesta al niño Jesús para impresionar y desimpresionar más y más a la gente de La Iglesuela, fomentando el movimiento de simpatía, iniciado el día de la Purísima, como se dijo en el párrafo anterior.

Cuando escribió desde Alcorisa a Mosén Camilo, prometiendo ir antes de Reyes, le encargó que tuviese la víspera prevenidos los cantores o cantoras que hubiese. Y Allí, en su propia casa, se presentaron a las dos de la tarde. Buenas voces, finos oídos, cos­tumbre de cantar, voluntad anhelante, facilidad para aprender, docilidad, entusiasmo…

Con estas disposiciones no fue difícil enseñarles. En solos dos ensayos aprendieron va­riedad de villancicos que fueron ejecutados al día siguiente en la adoración del Niño, después de Misa mayor y después de vísperas, con destreza, con afinación, con preci­sión y limpieza, con gracia y maestría, con entusiasmo, brillantemente. No hay exage­ración en lo que se está escribiendo. Eran buenos elementos para cantar.

El Sr. Garcés no pudo predicar por la mañana, porque hicieron en la Parroquia el recuento de matrimonios, nacimientos y defunciones ocurridos durante el año; pero predicó por la tarde, y volvió a predicar dos días después, en la Dominica infraoctava. El efecto en el pueblo fue el que se apetecía y se intentó, porque Dios estaba de por medio.

En seguida miró y se remiró la casa del Aladrero, fea, desapacible, sombría, pero grande, con paredes de resistencia y con maderas riquísimas. Con dos fachadas una al Oriente, al barranco de San Juan, otra al Poniente, a la calle de Ondevilla. En los otros dos lados, casas contigüas. No era apetecible, como lealmente declaró su dueño de Ca- landa, pero ¿qué remedio? No había otra, y era preciso instalar; de un modo u otro, la Comunidad. Formó pues, el señor Garcés su plan. Se derribaría todo el interior, que era enteramente inservible; se abriría una luna en medio para luz y ventilación; en el piso bajo, desde la luna a la calle, capilla pública, portería, escalera; desde la luna a la fachada oriental; dependencias de cocina, refectorio y demás. En el piso alto, dos ór­denes de habitaciones, una a cada fachada. Aun hubiera resultado una casa regular y de algún gusto interiormente, pero desabrida, displicente en lo exterior. Y es claro, sin ensanchar, sin huerto ni otros desahogos. En fin, para habitar en ella diez o doce años penosamente, mientras se procuraba edificar otra de planta, pero no para definitiva. En consecuencia de este estudio, escribió el Sr. Garcés al dueño que se quedaba con ella, y éste respondió que confirmaba por escrito la enajenación que de ella había hecho verbalmente.

XII.- INSTALACIÓN

La Providencia divina.- La casita.- Sus dimensiones.- Un grabado.- Muebles.- Hermanos.- La Providencia humana.- ¿Quién es ella?.- ¿Cómo es ella?.-El grano de mostaza.

La reforma de la casa del Aladrero no podía hacerse hasta la primavera bien entrada, porque el frío y los hielos no consienten el trabajo y las obras durante el invierno, y para el Superior y dos Hermanos que había pedido y le estaban prometidos fue preciso buscar un albergue hasta que estuviese habilitada la casa adquirida. Menester era al­quilar una u otra vivienda.

¡Bendita sea la Providencia de Dios! Sin ella no hubieran podido habitar indepen­dientemente los primeros Paúles en La Iglesuela. Y esto hubiera sido un mal muy grave. En aquella época escaseaban notablemente las casas. Las familias se acomodaban, se hacinaban hasta en casas muy reducidas. Hoy va tomando otro aire la población, por­que, desde que residen allí los Paúles, se ha despertado en los que son algo ricos el pru­rito de edificar, de ensanchar, de mejorar. Entonces, sin una inspiración divina comunicada al Cura Izquierdo, habrían de haberse puesto los pobrecitos Paúles a pu­pilaje, por no encontrar casa independiente. Y ya veis y sabéis cuántos inconvenientes hay en ese modo de vivir. Lo mismo que ocurre frecuentísimamente en las misiones, aunque se haga el gasto por cuenta propia. Casa dentro de otra casa. Estado dentro de Estado. Es decir, el recelo, el respeto humano, la curiosidad, la casi esclavitud, la crítica, las quejas, la desedificación….., trabas sin cuento. De las cuales libró Dios a los suyos por modo el más sencillo.

En los mismos días en que se verificaba el contrato de la fundación iban unos se­ñores- veraneantes a evacuar una casita, la única que quedaría libre, y no por muchos días. Sábelo el Sr. Cura, sabe también que el contrato está hecho y que han de ir pronto los llamados, e impulsado por su bondad previsora, se acerca al dueño y le dice: «Tío Simón —es el modo del país—, si quiere usted que tengan casas los Padres cuando vengan, y van a venir pronto, no alquile usted su casa, porque no creo que pueda en­contrarse otra alguna para que empiecen a vivir.»

¿Qué pensáis que contestaría el Tío Simon? ¡Ah! Ya responderéis cuando sepáis quién era y quién es, porque aún vive, y oye cinco misas y comulga diariamente en la capilla de los Paúles, ese patriarca de ochenta y dos años de edad, y quién es, o cómo es su hija Pepa y toda su familia. Porque merecen una mención honorífica y distinguida es estas páginas, y se va a hacer, rindiendo culto a la justicia y satisfaciendo los senti­mientos más vivos, más tiernos, más nobles, más íntimos del corazón agradecido.

Al dar, pues, el Sr. Garcés el primer paso para buscar casa, se encontró con que la tenía prevenida hacía dos meses, gracias a la previsión y buena voluntad de Mosén Manuel Izquierdo, y gracias al corazón cristiano del tío Simón, y más y mayores gracias a Dios que tales sujetos con tales sentimientos preparó.

La casita está en el centro del barrio de la Costera. Frente al portal de San Pablo, que es la mejor salida hacia aquel punto y también para tomar el camino de la Ermita del Cid. Aquí veréis un grabado de la casita, o sea su principal cara o fachada, que mira al Poniente. El sitio donde se encuentra está notablemente empinado, y se sube a él, o por una cuestecilla muy áspera, dando un rodeo, o por una escalera de piedra tosca, pero firme y segura, que hizo el tío Simón a sus expensas.

La capacidad de la casita es reducida, pero sus formas son regulares. He aquí sus dimensiones. Y si os parece que toma demasiado vuelo este asunto, y que se le da ex­cesiva importancia, esperad a que vayan desarrollándose los sucesos, y rectificaréis se­guramente vuestros conceptos.

Su perímetro en la planta baja y en el primer piso es de 9,35 por 7,40 metros. En el piso segundo es un poco mayor, porque se extiende por la parte oriental sobre pe­ñascos; tiene 12,80 por 8,30.

Los números romanos que se ven en el grabado señalan: El I, la escalera de piedra arriba mencionada; el II, la puerta de entrada; el III, la ventana de la habitación que ocuparon el Sr. Ibáñez antes y el Sr. Tabar después, y contenía la librería; el IV, un bal­concillo del desván que se convirtió después en capilla, como se dirá en el párrafo si­guiente; el V, la ventana de la cocina, que servía también de refectorio, sala de visitas, recreo y demás; el VI, la ventana de la habitación del Sr. Garcés, que también era oratorio y despacho; el VII, la de la habitación de los Hermanos Díez y Diéguez, que era al mismo tiempo ropero, sastrería y otras dependencias. Las tres habitaciones tenían alcoba con cortina. El número VIII indica una ventana correspondiente a la casa de la Sra. Pepa, ya nombrada y de quién se va a hablar después. El tejado de esta casa aparece en el grabado por encima del de la casita. El número IX señala la casa de José Marín, uno de los niños que desde hace dos años están educándose en nuestra Escuela Apostólica de Teruel.

Tal es el albergue provisional que Dios, por medio de dos buenas personas, tenía preparado anticipadamente para sus siervos. Una casita sencilla, modesta, simpática, deliciosa, de grata memoria, de recuerdos placenteros, muy querida….. ¿Os sonreís? ¿Dudáis? ¿Os parece esto pura fantasía? ¡Ay! Es que vosotros no habéis vivido en ella. Porque estos sentimientos son a posteriori. Al verla, por sólo verla, sin habitar en ella, no se experimentan. Pero después….. Preguntad a los tres Sacerdotes y a los dos Her­manos, que, quién más, quién menos, han habitado en ella durante casi dos años, y os desengañaréis.

El Sr. Garcés marchó a Valencia a comprar muebles y todo el ajuar necesario. Con ayuda de las Hermanas, ¡Dios las bendiga!, particularmente de dos casas, en una de las cuales se confeccionó, gratis et pro Deo, claro está, toda la ropa blanca, quedó todo preparado hasta fin de Enero.

Entre tanto había ido de Madrid a Valencia los dos hermanos Coadjutores, Justo Díez y Manuel Diéguez, destinados a La Iglesuela. Con ellos y con todo el tren de mueblaje salió el Sr. Garcés de Valencia a primeros de Febrero, y se instalaron en la ca­sita alquilada en La Iglesuela el día de Santa Agueda, con ayuda y bajo la dirección de la providencia humana, prevenida también por la Providencia divina.

¿Qué providencia humana, diréis, es esa? Escuchad. Se la conoce y distingue con el nombre familiar de Pepa. La tía Pepa, dicen los jóvenes. La Sra. Pepa, repiten nuestros hermanos. Josefa Martín es su nombre de pila. Y es hija, la más joven, del tío Simón, ya mencionado. ¿Y qué tiene de particular esta señora, o qué hizo, o qué hace, para que se le dé y pueda dar con justicia ese distintivo tan honroso? Y tan provechoso para los Paúles, añadiría yo. ¿Qué? Preguntadlo a los hermanos Diez y Diéguez; preguntadlo al hermano Julián Tobar, que sustituyó a este último; preguntadlo a todos los demás individuos que pertenecen o han pertenecido, en el transcurso de más de cinco años y medio, a la Casa de La Iglesuela, en especial a los tres primeros Sacerdotes, y ellos os lo dirán, si es que no os han hablado ya de la amable Sr. Pepa, porque parece imposible dejar de hablar de ella cuando hay ocasión de hablar, o cuando se habla de la Casa de La Iglesuela.

¡Pobres hermanos míos queridos! ¿Qué hubieran hecho ellos sin su providencia hu­mana? Ellos, tan sencillos, tan rectos, tan naturales, tan ingenuos, tan buenos, tan bue­nazos, si se me permite la palabra, a quienes cuadra, sin embargo aquella de «incierta providentia nostra». Aplicable a todos los hombres en comparación con la Providencia divina, pero que cubre por los cuatro costados a nuestros ínclitos, a nuestros aprecia­bilísimos hermanos.

¡Pobrecillos hermanos míos queridos! Ellos no sabían nada, no entendían, se ato­londraban como palominos, se apuraban cuando tenían que comprar, o les faltaban cacharros o ingredientes de cualquier especie, que no sabían lo que valían ni donde se vendían… ¿Qué hacer, pues? Allí; enfrente, a tres varas de distancia, vive la Sra. Pepa. Y tiene una voluntad y un corazón que parecen inmensos. Y aun eternos parecen, porque, después de casi seis años, se mantienen en el mismo estado, con la misma vida, con el mismo fervor, con la misma actividad inagotable. Y el Superior, que la conoce bien, faculta a los hermanos para que recurran a ella. Y está en buena posición. Y su padre, el tío simón, el que guardó para los Paúles, sin conocerlos, sólo porque eran Religiosos, su casita, perdiendo el alquiler de dos meses y no queriendo cobrar después el de otros veintiuno que la ocuparon éstos; y su marido, el labrador más instruido, el más discreto y prudente del pueblo, todo un hombre; y sus hijos e hijas, una de las cuales va a orlar muy pronto su frente con la cándida toca de Hija de la Caridad; todos, todos respiran al unísono con ella, aunque ella es el alma de todos ellos.

Los hermanos, pues, a la señora Pepa acuden y recurren y preguntan. Y ella todo se lo proporciona, de su casa o de fuera. Siempre con la sonrisa más amable y más cor­dial en la boca. Y les regala muchas cosas. Y se adelanta a las peticiones, a los deseos de ellos. Parece que les adivina las necesidades, los apuros. Y todo se lo explica, se lo aclara todo, con cariño, con interés, sin gazmoñerías, sin afectación alguna, que nada de eso tiene. Sólo tiene corazón grande para amar a Dios, corazón grande para amar a sus ministros, corazón grande para asistir a sus prójimos.

No extrañéis este lenguaje. Esa mujer es de un espíritu muy elevado Vive de la fe, como el justo de quien habla la Escritura. Enamoradísima de su Dios, en todos los miembros de su casa ve su imagen, y les sirve y obedece y cuida como sus retrasos. Y extiende su amor y su respeto a todas las criaturas de Dios, las del cielo y las de la tierra, muy particularmente a los pobres y a los Hijos e Hijas de San Vicente de Paúl. Creedlo, esa bendita mujer, tan laboriosa, tan activa, tan incansable, que a todos quiere, que por todos se desvive y se multiplica, que jamás se enfada, siempre inalterable, im­perturbable siempre, está, tiene que estar, necesariamente, enamorada de su Dios, unida sin interrupción a su Dios, tanto…. ¿os lo digo todo?… ¡Ah! qué hermosura, qué encanto y qué confusión para mí y para muchos de vosotros y de vosotras! Esa bendita criatura no necesitaba que viniese el Papa de la eucaristía a recomendar la Co­munión diaria, porque desde que están los Paúles en La Iglesuela, diariamente la recibe, sin que los tráfagos y mareos de su casa y del servicio de sus prójimos la impidan jamás la continua presencia de Dios y el recuerdo constante del Dios de la Eucaristía. Muchas veces lo he pensado y algunas me lo han oído decir: tiene dos hermanas, una hija y cinco sobrinas monjas, pero ella, la Pepa, es más monja que todas en el fervor y amor a Dios y al prójimo. ¡Qué confusión, qué confusión! ¡Dios mío! ¿Os extrañaréis ahora de que llamara yo antes a la señora Pepa el refugio, el recurso manual, la providencia ordinaria de nuestros hermanos?

Tenemos, pues, ya sembrado el grano de mostaza. Pequeño es, humilde es, insig­nificante es. ¡No importa! Venga cultivo, vengan cuidados, vengan abonos y riegos, y esperad. Pronto veréis erguirse una varilla, poblarse ésta de ramitas, adornarse de flores, enriquecerse de sazonados frutos, y revolotear luego en su contorno, posarse en su frondosidad y nutrirse de su sustancia las almas que saben batir sus alas y levantar su vuelo hasta el cielo.

¿Qué Casa más modesta, más oscura, más desconocida, más sin pretensiones que la de La Iglesuela del Cid? ¡No importa! Observad, observad, y veréis, a no tardar, cómo giran, gozosas y anhelantes, en torno de ella, a la manera de abejas alrededor de su colmena, almas piadosas y amantes que buscan la vida, la vida espiritual depositada en su seno, y, con ella mantenidas, se muestran ante el mundo lozanas y vigorosas en la práctica de las virtudes.

¡Qué pobre, qué miserable, cuán opaca, cuán sin lustre la instalación de su más pobre, y más miserable, diminuta, reducidísima, incógnita y casi ridícula Comunidad! ¡No importa! Dejadla que empiece a moverse según el espíritu que la anima, y veréis lo que hace un humilde instrumento cuando lo maneja Dios. En el nombre de Dios ha sido creada esa Fundación, con intención la más pura, para sola la gloria del Señor. ¡Dejadla! Ella germinará, ella se desarrollara, pronto la veréis viviendo vida abundante, exuberante, gloriosa. La bendición de Dios es fecunda, eficaz, poderosa, y la Casa de La Iglesuela del Cid tiene un fundamento, por aliento y por jugo vivificante esa ado­rable bendición. Esperad, pues, un poco de paciencia, y veréis, y juzgaréis, y os con­venceréis.

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