Medios de comunicación social, mensaje vicenciano y juventud actual

Francisco Javier Fernández ChentoJuventudLeave a Comment

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Autor: Celestino Fernández, C.M. · Año publicación original: 1986 · Fuente: XIII Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca.
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De entrada, confieso que esta ponencia me parece un bello y dificil ejercicio de prestidigitación. A uno le dicen: “Ahí tiene usted tres realidades vitales —Medios de Comunicación Social, Mensaje de San Vicente de Paúl, y Juventud actual—; introduz­ca esos tres elementos en su cabeza; agítelos suavemente por espacio de una hora; póngalos unas gotas de humor, agilidad periodística y viveza oratoria; y saque de la “chistera” un producto serio, profundo, operativo, objetivo y creíble”. Y uno, con toda su ingenuidad, empieza la tarea creyendo que la cosa es sumamente fácil. Pero cuando toca esos tres elementos, la cuestión se complica. Uno empieza a darse cuenta de varias cosas elementales: que los medios de comunicación son un bosque intrincado donde cualquier caminante puede perderse; que el mensaje de Vicente de Paúl es tan vital y sorprendente, que no se deja reducir a cuatro fórmulas estereotipadas; que la juventud actual es un “concepto-bolsa” donde caben infmidad de juventudes: desde la urbana a la suburbial, desde la rural a la emigrante, desde la universitaria a la obrera, desde la parada a la pasota, desde la integrada en movimientos eclesiales a la que acampa fuera de las murallas de la Iglesia. Y cada una de ellas con su idiosincrasia y su circunstancia vivencial.

Además, el producto a construir se complica cuando uno se pregunta si todavía hoy, a la altura del segundo milenio del cristianismo, hay que aclarar a alguien la importancia de los medios de Comunicación social en la permanente evangeliza­ción del Universo. Y cuando uno se llena de asombro al comprobar que, prácticamente, los “mass-media” siguen sien­do la “cenicienta” en la labor evangelizadora. Es cierto que, teóricamente, nos entusiasma aquella frase de monseñor Fulton Sheen que decía que si él tuviera que elegir entre levantar una iglesia y fundar una revista, optaría sin más por la revista, con la que podría llegar a mucha más gente. Pero también es cierto que, pasados los momentos de entusiasmo, esa frase queda archivada entre las “perlas” del ingenio americano. Y, por supuesto, el producto se enmaraña al toparnos con la realidad juvenil: realidad siempre contemplada con recelo, miedo y desconfianza por los adultos y por ciertas estructuras eclesia­les; amén de ser casi siempre “carne de cañón” de los grandes tinglados del mundo de la Comunicación y de la Publicidad.

Soy consciente de que para abordar decentemente este complicado tema, sería menester que uno fuera varias cosas a la vez: experto en Comunicación, sociólogo, psicólogo, pro­fundo conocedor de San Vicente de Paúl, teólogo y encarnado en el mundo de los jóvenes. No soy ninguna de las seis cosas. Soy sólo un aficionado, con más voluntad que otra cosa.

El bosque mágico de la comunicación

Desde hace unos años para acá, nuestro mundo —en el sentido universal y en el recinto doméstico— ha sufrido una auténtica indigestión. En las ciudades, los pueblos, el campo, las calles, los hogares, la inmensa mancha de aceite crece y se reproduce vertiginosamente: inmensos anuncios por aquí, nue­vas revistas por allí, un sinfín de ululantes transistores, un desbordante mercado de “hit parades” discográficos, viejos y jóvenes periódicos, cine a mansalva, videocassettes de todos los colores, soberana y señora de los hoteles lujosos y de las chabolas sin pan, abarcante y dictadora, la “omnipresente” televisión, humilde pero tozudo el montaje audiovisual, pene­trante y anarco el “comic” y, reciente, la síntesis de música e imagen, de película y “comic”, halla su verdadero santuario en el “videoclip”.

Pero resulta que, en este bosque de los Medios de Comuni­cación Social, el futuro “no ha hecho nada más que empezar”. La “Galaxia Gutenberg” es ya una prehistoria de cuento de hadas. Porque la fusión lograda entre el mundo de los ordena­dores y el de la red de comunicaciones empieza a producir una auténtica reacción en cadena de carácter imprevisible. La “telemática” ha echado poderosas raíces en este bosque.

A nadie se le oculta, y los sociólogos nos lo recuerdan a menudo, que este mundo sería distinto si no existieran los Medios de Comunicación. Y si estos medios se estancasen y no crecieran en progresión geométrica. El mundo se ha converti­do en un pañuelo. Los Medios de Comunicación están cam­biando los comportamientos sociales de un modo revoluciona­rio. El fenómeno mágico de la comunicación social influye cada día más en la vida comunitaria e individual de todos. Con su cargamento fascinante de palabras y de imágenes, de ideas y de sentimientos, de mensajes y de modelos de vida, los Medios de Comunicación modelan las opiniones, las actitudes, el cua­dro de valores y de creencias, los modos de ser y de estar en nuestra sociedad. Piénsese, por ejemplo, en el ciudadano nor­teamericano abonado a uno de los cuatro mil circuitos de “Televisión por cable”, donde puede escoger entre los siguien­tes programas: dos infantiles, tres religiosos, cuatro de cine, tres de noticias, uno en español, otro de artistas negros, otro de selección de la BBC inglesa, dos de espectáculos desde el Madison Square Garden y dos de las sesiones del Congreso en Washington.

No le faltaba razón a Harold D. Lasswell cuando afirmaba que “a través de la Comunicación penetran las ideas para remover a las masas”; es un medio —decía— “mucho más económico y más ético que la violencia, la corrupción u otras técnicas de dominio descarado”. En sus palabras se vislumbra ya el gran reto al que debe enfrentarse hoy la nueva sociedad: que este bosque de la Comunicación no lleve al hombre actual hacia un callejón sin salida o hacia un desequilibrio total, como augura Alvin Toffler en su obra “El shock del futuro”.

Los claroscuros de este bosque

El que sigue siendo, hoy por hoy, el mejor documento eclesial sobre los Medios de Comunicación Social, la Instruc­ción Pastoral Comunión y Progreso, del 18 de mayo de 1971, hace una cala aclaratoria en la espesura de este bosque comu­nicacional. Y al lado de muchas ventajas y aspectos positivos: progreso humano, unidad de los pueblos, sentido fraternal y solidario, lucha contra la injusticia y la opresión, información para una mejor formación; también acentúa los aspectos ne­gros o amenazantes de oscuridad: confusión, manipulación, inexactitud, subjetividad, lavado de cerebro, creación de acti­tudes violentas o agresivas, incitación al consumismo y al lujo… (Comunión y Progreso, núm. 6, 7, 8, 19, 20, 21, 22, 64).

En definitiva, este bosque tiene todas las dosis necesarias de ambigüedad y de claroscuro. Porque, en el maremagnum de noticias y contranoticias en que estamos inmersos, vivimos intensamente los contragolpes de la verdad dicha a medias, del rumor hecho noticia auténtica o de la mentira encubierta con buenas palabras. Y, entonces, el hombre se encuentra, en mitad de este bosque comunicacional, en la terrible intemperie de la incertidumbre o en la trampa de la credulidad. Los Medios de Comunicación Social son los que crean el estado de opinión, porque son los únicos caminos del conocimiento de las cosas, lo queramos o no. No podemos estar presentes en todos los acontecimientos, y en un instante de tanto contraste y pluralismo como el que nos toca vivir, participaremos de la realidad en la medida en que ésta nos entra por los ojos a través de los diversos Medios de Comunicación. Esto supone, en consecuencia, la posibilidad de regular la opinión del espectador o del oyente, según el ritmo que conviene a las fuerzas que dominan ese Medio de Comunicación. Además, en este bosque existen unas técnicas muy bien estudiadas y experimen­tadas. Por ejemplo, la unión entre simplificación y brevedad aterriza inexorablemente en la popularidad. Hay quien lee de los periódicos solamente los titulares y éstos son, muchas veces, definitivos en el enjuiciamiento de las situaciones. De ahí que los Medios más populares (prensa, radio, televisión) son, muchas veces, aquellos que exigen menos esfuerzo de comprensión y son capaces de captar la atención y el interés por el impacto inmediato que producen.

El problema es grave, como se ve. La Instrucción Pastoral Comunión y Progreso establece un ideal de maravillosa armo­nía cuando dice que los Medios de Comunicación Social han de ayudar a que “los hombres de nuestro tiempo se unan en un estrecho diálogo, que persigue la fraternidad y la solidaridad de todos” (Comunión y Progreso, núm. 19) . Precioso ideal, pero muy lejano de la práctica cotidiana.

Solos ante los gigantes

Hace unos meses, en un pueblecito andaluz se llevó a cabo un concurso escolar para alumnos de octavo de EGB. Consis­tía en un dibujo que transmitiera la mayor preocupación de cada concursante. El primer premio lo ganó un chaval llamado Antonio, con un dibujo tan sencillo como revelador: una habitación llena de periódicos, televisores, transistores, videos, discos, carteles publicitarios, fotogramas de cine, y, al fondo, empequeñecido y asustado, el propio Antonio apresado por todos esos Medios de Comunicación. Su título era toda una parábola: “Solo ante los gigantes”. Esta noticia más que curiosa pasó desapercibida en un diminuto recuadro de un rincón del periódico.

Sin embargo, ese dibujo del chaval andaluz es el mensaje más exacto de lo que ocurre con los jóvenes de hoy y su inmersión en el bosque de los Medios de Comunicación Social.

El documento que este año sacó a la luz pública la Comi­sión Episcopal de Medios de Comunicación, con ocasión de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el 19 de mayo de 1985, describía correctamente el panorama: “Los chicos y chicas que ahora lo son, han nacido y han crecido en este bosque mágico de la Comunicación. Les son connaturales, como amigos inseparables, el disco y el transistor, el televisor y el video. Muchos no pueden vivir sin música, incluso sin ruido. Nuestros jóvenes se parecen y se entienden entre sí en los cinco continentes, como resultado, en gran parte, de esta “segunda escuela” a la que muchos de ellos dedican tanto o más tiempo que al estudio o a las clases de sus cursos académicos” (Las Comunicaciones Sociales en la Iglesia, en la sociedad y en el Estado, n.° 2).

Y es que la estampa callejera del joven enfundado en sus auriculares y la proliferación juvenil allí donde se exhiben los “videoclips” son un buen ejemplo de una generación que se amamanta en una atmósfera cargada de imágenes, luces, soni­dos, palabras, símbolos, música, ídolos, supermanes o fiebres­del-sábado-noche-travoltiano. No es extraño leer que “la ma­yoría de los adolescentes yanquis quieren más a la televisión que a su madre”, y que “si se les priva del televisor o del video presentan síntomas comparables a los de un heroinómano con el síndrome de abstinencia”.

Alguien ha dicho que los pluriformes e indeterminados Medios de Comunicación son, hoy, la “segunda familia” del adolescente y del joven. Y más de un especialista en la materia se ha atrevido a aventurar que esta “segunda familia” ya ha empezado a suplantar y a arrinconar a la “primera familia”. Aquí está el reto vivo y palpable que plantean esas dos realida­des juntas: Medios de Comunicación Social y Juventud actual.

El Papa Juan Pablo II, en su mensaje fechado el 15 de abril de 1985, con motivo de la XIX Jornada Mundial de las Comuni­caciones Sociales, de este ario, apunta a este reto: “Se habla de la “videodependencia”, un término adoptado ya en el uso común, para señalar la influencia cada vez más amplia que los instrumentos de la Comunicación Social, con su carga de sugestión y de modernidad, ejercen sobre los jóvenes. Es necesario examinar a fondo este fenómeno, comprobar sus consecuencias reales sobre los receptores que todavía no han madurado una suficiente conciencia crítica” (núm. 4).

Imaginemos, por un momento, a Antonio, el chaval anda­luz, cuando tenga tres años más y comience su paseo por el bosque de los Medios de Comunicación. E imaginémoslo a través de un medio que sintetiza muy bien toda la cosmovisión que un joven puede forjarse hoy: el “videoclip”. Antonio aprieta el interruptor. Sobre la pantalla aparece un “video-clip”. Comienza a quedarse absorto en un mundo de fabula­ción, de realismo y huída de la realidad, de rebeldía y acepta­ción de una sociedad standarizada. Su mundo “cambia de color”, es distorsionado y arrebatado al compás de una música que le transporta, le alucina. Surge en él la tensión entre lo real y lo ideal, lo tangible y lo indefinible, la verdad fenoménica y el sueño mágico. Y ese Medio de Comunicación que encandila a Antonio encierra en su breve magia todos los demás Medios: la música, la publicidad, la imagen televisiva, el cine, la voz radiofónica, la información. Antonio es hijo de este “mundo icónico”. Y, naturalmente, todo esto lo sabe el cantautor, el vendedor de discos, el productor de televisión, el realizador cinematográfico, la multinacional fabricante de equipos este­reofónicos, las pequeñas y grandes cadenas de medios audiovi­suales y escritos, y hasta el dueño y el director de una revista semanal. Y, por supuesto, actúan en consecuencia para que Antonio no se dé cuenta de que está siendo tragado por los gigantes de la Comunicación. Se las ingenian para que Anto­nio pierda hasta la más mínima sospecha de que esos gigantes no le dejan crecer en unos valores auténticos y reales, humanos y cristianos.

Ciertamente que, en este bosque mágico en que se encuen­tra inmerso Antonio, no todos los árboles son igual de gigantes y de absorbentes para él. Antonio no ignora que son más gigantes los Medios audiovisuales, en su amplia gama, que la prensa escrita. Porque tal vez Antonio esté al tanto —y lo sabe por experiencia— de un hecho constatado en toda Europa y del que sólo se salva el Reino Unido de la Gran Bretaña: que los jóvenes entre 15 y 24 años leen cada vez menos los periódi­cos diarios, según el informe titulado “La prensa y los jóvenes, proceso de un divorcio” y elaborado el día 13 del pasado mes de mayo, en París, por un numeroso grupo de profesionales de la Prensa, la Educación y la Sociología, convocados por el “Comité de Información para la prensa en la educación” CIPE). Y, en nuestro país, la pérdida de lectores de la prensa diaria, entre 1975 y 1984, es alarmante y los jóvenes ocupan un puesto principal en esa baja (Bernardino M. Hernando, El nuevo mapa de la prensa española. En “Razón y Fe”, núm. 1.035, pp. 381-399). Antonio sabe, en definitiva, que los por­centajes de lectores jóvenes de periódicos y revistas son ridícu­los en comparación con los consumidores de discos, radio, cine y televisión, a esa misma edad. Quizá no haya oído hablar de un especialista llamado Marshall Mc Luhan que ya dijo un día que la prensa escrita es un “medio frío”, más realista, más objetivo y más abstracto, que no entusiasma tanto a los jóvenes.

Interrogantes para el “comunicador” vicenciano

Llegamos a la columna vertebral de esta ponencia. Y lo hacemos al hilo de una serie de interrogantes que se nos plantean a todos, pero especialmente a los que nos sentimos acuciados por la voz y el testimonio de un creyente que un día se decidió a tomar un camino dificil y arriesgado: romper las cadenas de la opresión y devolver la dignidad de personas y de hijos de Dios a los seres sepultados por las manipulaciones de una sociedad tan cruel como la nuestra. Un creyente llamado Vicente de Paúl.

Los interrogantes, para los herederos de Vicente de Paúl, en este tema concreto surgen a borbotones: ¿Cómo encauzar este “bosque comunicativo” en la vida de los jóvenes? ¿Cómo ayudar a los jóvenes a discernir unos valores humanos auténti­cos y lúcidos en la heterogénea red de tantos cauces de Comu­nicación? ¿Cómo preparar a los jóvenes para que no sean absorbidos por la maquinaria despersonalizadora de esos gi­gantes de la Comunicación? ¿Cómo “comunicar” a los jóvenes un sentido de la vida que dé plenitud a su existencia? ¿Cómo acompañar a los jóvenes para que no pierdan el norte en su paseo por ese bosque intrincado de la Comunicación? ¿Cómo ofrecer a los jóvenes unas alternativas válidas, serias y profun­das ante las ofertas captadoras y subliminales de los pequeños y grandes Medios de Comunicación?

Muchos interrogantes que se podrían multiplicar. Y la respuesta inmediata puede parecer simplista, pero es la que tenemos: “comunicando” a los jóvenes el mensaje vivo, actual, comprometido de Vicente de Paúl. Nada más y nada menos.

Pero, a partir de esta respuesta, también surgen otros interrogantes: ¿Cómo “comunicar” a los jóvenes el mensaje de Vicente de Paúl? ¿Cómo “comunicar” ese mensaje vivo y dinámico, y no lánguido y aséptico? ¿Con qué “Medios” honrados y coherentes “comunicamos” el mensaje vicenciano?

La respuesta práctica del mismo Vicente de Paúl

Incluso alguien puede resumir todos esos interrogantes en aquello que, entre el tópico y el convencimiento, se ha repetido hasta la saciedad: ¿Qué haría hoy Vicente de Paúl? ¿Cómo transmitiría hoy su mensaje Vicente de Paúl?

No sé si voy a meterme en camisa de once varas. Pero pienso que Vicente de Paúl ya nos dio su respuesta práctica y eficiente. Tal vez aquí los expertos vicencianistas sonrían con irónica comprensión o frunzan el ceño con desaprobación, porque piensen que es extrapolar demasiado las cosas si se habla de Vicente de Paúl y su empleo de los Medios de Comunicación Social. Pero, desde luego, los historiadores del Periodismo encontrarían en la iniciativa de Vicente de Paúl un lógico eslabón en la práctica de los entonces nacientes Medios de Comunicación.

Me refiero a las dos ocasiones en que Vicente de Paúl se decidió a esbozar una especie de periodismo informativo. En la primera ocasión, hacia 1640, con motivo de la desolación del ducado de Lorena, por obra y gracia de la Guerra de los Treinta Años. A San Lázaro llegaban puntualmente informes sobre necesidades socorridas y ayudas distribuidas. Y Vicente de Paúl —sin buscar nunca “certificados de elogio”— decidió sacar partido de aquella ingente colección de informes para montar un servicio de Comunicación y obtener así nuevas ayudas. Los informes corrían de mano en mano y los efectos de la Comunicación se multiplicaban.

En la segunda ocasión, Vicente de Paúl mejoró esa primera experiencia comunicativa que le resultó indispensable. Esta vez, en París y sus alrededores y en las provincias de Picardía y Champaña. Vicente de Paúl se decidió a hacer lo mismo que había hecho a propósito de Lorena, pero perfeccionando el método y extendiendo el radio de influencia. En vez de copias manuscritas, se imprimieron hojas volantes que se repartían por todo París. La redacción de las hojas fue confiada a Carlos Maignart de Berniéres, ex funcionario del Parlamento. Bernié­res seleccionaba las cartas dirigidas a Vicente de Paúl por los misioneros, extractaba los párrafos de mayor impacto y los engarzaba con el título genérico de Relación. Y así nacieron las Relaciones de lo que se ha hecho por la asistencia de los pobres de París y sus alrededores, así como en las provincias de Picardía y Champaña. Cada Relación constaba, por lo general, de ocho páginas y la tirada solía ser de 4.000 ejemplares. Su periodici­dad varió bastante. Desde septiembre de 1650 a febrero de 1651, fue mensual. Luego se espació. Dicen las crónicas que el éxito de las Relaciones fue superabundante.

Si alguien cree que es exagerado vincular a Vicente de Paúl con los Medios de Comunicación Social, habrá que remitirle a la historia del Periodismo. Porque, evidentemente, este Medio de Comunicación que son las Relaciones vicencianas, está íntimamente hermanado con los Medios de Comunicación de entonces: las “hojas volanderas” o “gazzettanti”, impresos de información que nacen en Venecia —de ahí su nombre porque costaban una “gazzetta”, unidad de moneda veneciana— y se extienden pronto por Italia, Alemania y Francia (José Martí­nez de Sousa, Diccionario general del Periodismo. Edit. Para­ninfo, Madrid, 1981, pp. 215 y 455).

Y por otra parte, una simple ojeada a esas “Relaciones” nos hace caer en la cuenta del estilo de reportaje periodístico en que están redactadas. Son, en realidad, reportajes en el más exacto sentido del actual género periodístico, con su pizca de descripciones sensacionalistas y de lenguaje con “garra”. Re­mito al curioso a los Apéndices del libro Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo de José María Ibáñez Burgos (Ediciones Sígueme, Salamanca 1977, pp. 372-417).

A partir de aquí, los herederos de Vicente de Paúl podemos establecer una línea de necesaria utilización de los Medios de Comunicación Social en la tarea evangelizadora. Y, concreta­mente, en un sector urgente de evangelización como son los jóvenes de hoy.

Hacia una estrategia vicenciana

Tal vez alguien pueda deducir de todo lo dicho que uno absolutiza los Medios de Comunicación Social, que pone como cauce primero y prioritario el uso de los Medios de Comunicación Social para la evangelización, que minimiza otros canales evangelizadores. Deducción apresurada. Vaya por delante algo fundamental: en este binomio Medios de Comunicación-Juventud actual, no doy más importancia a los Medios de Comunicación que la que les otorga el Papa Juan Pablo II cuando en su mensaje con motivo de la XIX Jornada Mundial de las Comunidades Sociales, dice: “Los instrumen­tos de la Comunicación Social, “capaces de extender hasta el infinito el campo de escucha de la Palabra de Dios” (“Evange­lii nuntiandi”, 45), pueden, en efecto, ofrecer a los jóvenes una notable contribución para realizar, mediante una opción libre y responsable, su personal vocación de hombres y de cristia­nos, preparándose de esta forma para ser los constructores y los protagonistas de la sociedad del mañana” (núm. 1). No más, pero tampoco menos.

Por otra parte, admito que el epígrafe “estrategia vicencia­na” suena un tanto ampuloso y un tanto más ambicioso. Se trata, simplemente, de trazar un marco comunicacional de aplicación práctica en la evangelización vicenciana de la juven­tud. Para ello, nos puede servir muy bien lo que, en la ciencia de la Comunicación, se conoce como “el paradigma de Lass­well”, es decir, el esquema —hoy muy discutido, pero válido para nuestro objetivo— que, a mediados del presente siglo, estableció Harold D. Lasswell. Este profesor norteamericano concretó en cinco puntos el proceso de una buena comunica­ción: “quién dice”; “qué dice”; “por qué medio”; “a quién”; “con qué efecto”.

Es evidente que damos por supuesto el primer punto, el del “emisor” (“quién dice”), porque, en nuestro caso, somos la plural familia vicenciana. Y nos adentramos de la mano de los cuatro puntos restantes:

1. “Qué dice”

O, lo que es lo mismo, el “mensaje”. Y empezamos con una ventaja y varias desventajas. Porque si el “comunicador” vi­cenciano tiene claro que ese “mensaje” debe tener el sello y el contenido vicenciano, sin embargo, se topa con que su “comu­nicación” no puede reducirse a una mera “información”, a unos “datos”, por muy vicencianos que sean, o a un producto de consumo vicenciano. Debe transformar ese “mensaje” en una “vida”. Debe “comunicar vida”. Sin “lugares comunes” ni abstracciones deletéreas.

Además, este “comunicador vicenciano” no puede tener la ingenuidad de pensar que él es el primero que llega a la ciudadela juvenil. Porque resulta que el joven vive hoy inmerso en una sutil y dantesca tela de araña de los más variopintos y sofisticados mensajes. Resulta que el joven es hoy ametrallado por las más contradictorias ideologías, espiritualidades, místi­cas y demás preciosidades de los gurus modernos. Es la presa codiciada por todos los cazadores de turno. Me decía una chica asqueada: “Es tal el coktel de reclamos y ofertas que el mundo de la Comunicación pone delante de nuestras narices, que ya no sabemos ni quiénes somos ni a dónde vamos ni dónde estamos. Sólo hay una conclusión: somos carne de cañón del sistema, piezas baratas y recambiables de un diabóli­co engranaje”.

El mundo adulto le está tendiendo al joven una apetitosa trampa al repetirle que: eres grande “si alucinas en esa moto”, “si llevas vaqueros con pinzas”, “si meriendas en el Burger­King”, “si consumes la chispa de la vida”, “si tienes una marcha que mola”, “si eres el macho de la manada”, “si te apuntas a la última postmodernidad”, “si encabezas tal mani­festación y no la otra”, “si eres dócil, ordenado y sumiso”, “si sacas el número uno de tu promoción”, “si aspiras a un hogar tranquilo y feliz”, “si te forjas una buena posición profesio­nal”, “si vives la vida a tope”… Y el joven no se da cuenta que el grito de “¡es grande ser joven!”, le va haciendo, en realidad, un “enano” en planteamientos, actitudes y valores.

Por tanto, ante todos esos “mensajes”, el “mensaje vicen­ciano” tiene que ofertar al joven una “verdadera grandeza”. No como un ariete beligerante ni como una fortaleza defensi­va. Sin complejos de superioridad autosuficiente ni de inferio­ridad vergonzante. Sino como una alternativa lúcida, libre y consciente, limpia de afanes proselitistas y sectarios. Una alternativa válida para generar un nuevo tipo de persona, en todo el sentido profundo del término, y un auténtico cristiano alejado de espiritualismos descarnados y de retóricas seculari­zantes. Un cuadro específico de valores capaces de dinamizar al joven en su trayectoria vital. Y así, el “mensaje vicenciano” tiene que partir de un núcleo central, como modelo absoluto en un mundo juvenil carente de modelos estables: el que nos ofrece la persona, el mensaje y el proyecto de Jesús de Nazaret. Cimentado en la radical vivencia de Vicente de Paúl.

Me permito, pues, indicar una serie de valores que el “comunicador vicenciano” debe transmitir al joven actual, si quiere ser coherente con lo que llamamos “mensaje vicencia­no” y si quiere que el “mensaje vicenciano” sea significativo:

  • El sentido crítico ante todas las situaciones de la vida, ante la tentación juvenil de la pasividad, la aceptación indiscri­minada y la huida de la realidad con drogas pequeñas o grandes.
  • La concientización de que el mundo no es “fatalmente como es”, sino como lo hacemos, y que hay que hacerlo de otra manera.
  • La sensibilidad para, como Vicente de Paúl, tener los ojos abiertos a toda pobreza y miseria, a toda explotación e injusticia. En definitiva, la sensibilidad para descubrir el “lugar teológico” donde Dios se nos revela: las necesidades y los acontecimientos de los pobres.
  • La rebeldía para no ser presas fáciles de la sociedad imperante o de las estructuras de aburguesamiento por muy revestidas que estén de moralina piadosa.
  • La fraternidad en medio de una sociedad competitiva y tendente a masacrar a todo el que “no da la talla”.
  • El amor en medio de un mundo donde las fuerzas dominan­tes han establecido una red de odio, violencia, agresividad, enconamiento. Pero un amor efectivo, no una colección de buenos deseos o una compasión de buenas palabras. El amor que tiene su credibilidad en “el esfuerzo de nuestros brazos y en el sudor de nuestra frente”. El amor que asume el oficio del Buen Samaritano y la sacramentalidad del pobre (Mt 25, 31-46).
  • La solidaridad que no se quede en “gestos bonitos” o en declaraciones solemnes, que no se diluya en narcisismos grupales o en juegos espiritualistas. Una solidaridad que se traduzca en un compartir con el necesitado y con cualquie­ra que se halla en la marginalidad. Una solidaridad que denuncie todo lo que deshumaniza, ahoga o mata.
  • La libertad conquistada a través de la liberación personal y colectiva, interior y estructural.
  • La justicia como compromiso permanente y ascendente en la construcción de actividades y hechos de un mundo distinto, solidario y fraternal. Al hilo de aquello que decía Vicente de Paúl: “Lo que hacéis es por justicia, no por simple misericordia”. Una justicia que se comprometa a cambiar una sociedad de la opulencia, del despilfarro, del lujo insultante, del abismo terrible de desigualdad social. Una justicia que no se pierda en lecciones teóricamente digeridas, sino que lleve al joven a un compromiso socioe­conómico-político. Una justicia que puede parecer utópica al adulto que “está de vuelta de todo”.
  • El sentido de la vida que supere posturas egoístas y reflejos hedonistas de aquellos para los que la vida es sólo el placer y el juego, el “estar bien” y el “encontrarse a gusto”, el “realizarse” a costa de lo que sea. Un sentido de la vida que contradiga radicalmente el diagnóstico que muchos adul­tos lanzan contra la juventud, cuando enfatizan que “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”. Un sentido de la vida que lleva a la juventud a ser creativa para los demás; que rescate aquel grito del mayo francés del 68: “Sed realistas, pedid lo imposible”. Un sentido de la vida donde lo trascendente y lo inmanente formen un eje de verdadero crecimiento.
  • La esperanza para “no quemarse” y para dar sentido a la vida. Para superar el “aburrimiento” y el “hastío”, y para que la juventud sea realmente un tesoro que hay que multiplicar y desarrollar. Para ser portadores de “vida” en una cultura de la muerte y en un caldo de cultivo del nihilismo. Para ser corazón en un mundo deshumanizado que, en lugar de corazón, tiene una computadora.
  • La tarea por la paz para no resignarse a que el mundo sea una frágil tarta dividida en dos colosos comensales.
  • La participación para ser responsables, conscientes de la realidad, protagonistas de todo lo que traspasa la vida de los jóvenes. Para que el joven no sea manejado, y se haga presente allí donde se gesta el futuro.
  • El desarrollo auténtico que en nada se parece al desarrollis­mo programado por los poderosos. Un desarrollo como personas que saben crecer hacia adentro y profundizar las raíces humanas y cristianas. Un desarrollo que vaya madu­rando dinámicamente en el “ser más” y no en el “tener más”, en el llegar a ser “personas” y no “marionetas”. Un desarrollo hacia afuera, para alentar cansancios, enquista­mientos y depresiones, y para iluminar oscuridades y calle­jones sin salida. Un desarrollo hacia lo ancho, para que el plan de Dios sobre el mundo no siga aplastado con la fabricación de submundos; para que los seres que, a nues­tro alrededor, han sido desprovistos de su dignidad de personas y de hijos de Dios, recuperen su desarrollo inte­gral.

Me he atrevido á indicar estos vectores —habría algunos más— que, a mi juicio, integran el “mensaje vicenciano” para una juventud de hoy. Me parecen los más urgentes, a la vista de los contra-valores que la sociedad inyecta a la juventud actual. Y me parecen, por supuesto, los más relevantes en una lectura moderna del pensamiento y de la acción de Vicente de Paúl. A alguien puede parecerle que tal vez se fuerce demasia­do el “mensaje vicenciano” histórico al sacar de él todos esos valores comunicacionales. Pero si se contrastan con la vida y la palabra de Vicente de Paúl, en toda su dimensión liberadora y en toda su fuerza de encarnación, las dudas se disipan inmedia­tamente.

Por supuesto, que dentro del “mensaje vicenciano” a la juventud de hoy —y a todos los sectores sociales—, entraría la transmisión de la persona entera de Vicente de Paúl, la presen­tación viva de un Vicente de Paúl actual, vivo, interpelante, revulsivo, revolucionario, el único que a un joven “normal” de hoy le atrae y le interroga. Esto nos obligaría a los “comunica-dores vicencianos” a abandonar tantas calcomanías como se han hecho de Vicente de Paúl y tantos retratos de “limosnero” y “atildado” como le hemos colocado. Y eso aún a riesgo de escandalizar a los “arqueólogos ordenados y biempensantes”.

Pero repito lo dicho antes: este “mensaje vicenciano” tiene que darse como una experiencia “vivida”, como una “vida”, no como mera “información”. Si no, defraudaríamos a la juventud actual harta de teorías y principios generales.

2. “Por qué medio”

Es decir, en nuestro caso, los Medios de Comunicación Social. Y al interrogante de: ¿”Qué Medios”?, la respuesta sería: “todos”. O, más humildemente, todos los posibles. In­cluso si hiciera falta una justificación vicenciana, ahí la tene­mos: Vicente de Paúl empleó todos los medios a su alcance

para su empeño liberador. Y para “comunicar” sus preocupa­ciones, trabajos, necesidades de los pobres y proyectos de socorro, echó mano de los Medios, hoy rudimentarios, que tenía y podía. Incluso aspiró a perfeccionar esos Medios de sus “Relaciones” hasta donde entonces podía llegar ese perfeccio­namiento.

Sin embargo, no ignoro que cualquiera pueda tildarnos de estar en las nubes si pretendemos aspirar a una equiparación con los grandes Medios de Comunicación, con los gigantes de la Comunicación Social, con ese universo todopoderoso de los grandes “trust” de la Información, de la Imagen o del Sonido. Y, ciertamente, estaríamos en las nubes.

Quede claro, entonces, lo primero: no podemos competir, ni en sueños, con las grandes galaxias de la Comunicación. Ni casi con las medianas. A no ser que la aventura dure lo que ese maravilloso sueño en evaporarse.

Pero es que tampoco debemos soñar con esa competición o con esa connivencia. Ni falta que hace. Porque caeríamos en los mismos defectos y lacras que tienen esos “Medios” podero­sos. Y la “aparente” eficacia comunicadora estaría falseada por todas las lacras antitestimoniales que esos “Medios” pode­rosos conllevan. Caeríamos en el mismo “estilo” falaz de comunicación que esos “Medios” tienen. Y la “vida” liberado­ra que debemos comunicar quedaría encadenada e hipotecada por las facturas éticas que el “receptor” nos pasaría. Precisa­mente, el “estilo” comunicativo de un vicenciano tiene que ir paralelo al “mensaje”, y los “Medios” que usemos en nuestra sociedad tendrán valor evangelizador desde el servicio libera­dor del hombre que ofrecía el mismo Jesús de Nazaret.

Además, no es la mejor táctica el neutralizar el poder de unos Medios de Comunicación con otro poder. Será mucho más acertado que, desde la humildad y pequeñez de nuestros “Medios”, demos lo que los grandes “Medios” no dan: unos valores humanos y cristianos, una “vida” con sentido y un crecimiento integral. No sé si aquí vendría bien aquella imagen evangélica del grano de mostaza, pero por ahí se debería ir. También en este apartado me atrevo a sugerir algunas pistas:

Es necesario perder el respeto a los grandes Medios de Comunicación Social. En realidad, esos gigantes tienen los pies de barro. Y es necesario que aprendamos a ser desmiti­ficadores de los Medios de Comunicación. No son instru­mentos absolutos. Y aquello de que son el “cuarto poder”, hoy se ha transformado en el “cuarto querer y no poder”. Las crisis diarias de esos “Medios” y el cuarteamiento de los grandes imperios de la Información son el dato más relevante para relativizarlos y para tener ante ellos una actitud crítica.

Hay que perder el miedo a los Medios de Comunicación Social. Da la impresión de que todavía los Medios de Comunicación nos infunden una total desconfianza y un recelo invencible. Da la impresión de que vivimos anclados en épocas lejanas donde se llegaba a afirmar que tales “Medios” eran poco menos que “obra del diablo”. Es necesario no absolutizar los Medios de Comunicación, pero también es necesario no cargar todas las tintas negras sobre ellos. Y ya sé que, teóricamente, se ha superado este miedo receloso —ahí tenemos un documento del Concilio Vaticano II, varios documentos pontificios y de las Confe­rencias Episcopales, periódicos y revistas de la Iglesia, afirmaciones positivas en Constituciones de Ordenes Reli­giosas y de Sociedades de Vida Apostólica…—, pero toda­vía, en la práctica, nos quedan muchos “tics” de un pasado que no veía nada bueno en estos gigantes de la noticia y de la imagen.

Es urgente adquirir una conciencia lúcida y práctica de que los Medios de Comunicación son hoy necesarios para la evangelización, para hacer llegar ese “mensaje vicenciano”. Con todas las relativizaciones y limitaciones, pero son imprescindibles. Con toda su pobreza, pero son vitales. Y, ciertamente, son muy grandes mis dudas sobre esta con­cientización dentro de la familia vicenciana. Más bien, me da la impresión de que, en la familia vicenciana, los Medios de Comunicación son simplemente “tolerados” o, por lo menos, no resaltados suficientemente ni promocionados como hoy lo exige la tarea evangelizadora. Me da la impresión de lo que dije al principio: que siguen siendo, entre nosotros, la “cenicienta” en comparación con otros cauces educativos y apostólicos. Y no podemos olvidar la orden del evangelio: “Lo que se os ha dicho al oído, decidlo vosotros desde la altura de las azoteas” (Mt loy 27). Y las azoteas de nuestro tiempo son esas plataformas universales de la Comunicación Social. Despreciar o minusvalorar esas plataformas, sería perder el tren de la historia y el esfuerzo que la Iglesia española y mundial están haciendo para promocionar seriamente estos “nuevos púlpitos”.

Aterrizando un poco más, se nos plantea una pregunta clave: ¿Cómo deben ser estos Medios de Comunicación Social en manos de la familia vicenciana, y, específicamen­te, para llegar al joven de hoy? Sin acudir a recetas, no estaría de sobra hacer una especie de recordatorio de unos cuantos principios básicos y elementales:

  1. En primer lugar, pienso que la pobreza no está reñida con la dignidad. Es decir, pienso que hay que comunicar el “mensaje vicenciano” a los jóvenes a través de unos Medios escritos o audiovisuales que tengan cierta entidad. Con atracti­vo periodístico, con “garra” juvenil, con presentación moder­na, con desenfado actual. No se puede dar al joven de hoy un producto de ayer. No olvidemos que el joven es un hijo de este “mundo icónico”, y que la primera impresión, la primera imagen que tenga ese periódico o esa revista o ese montaje, va a ser definitivo en el interés o en la indiferencia juvenil. Y no nos defendamos diciendo que lo importante es el contenido. Ya advirtió el citado Marshall Mc Luhan que “el medio es el mensaje”. Y a nadie debe extrañar que incluso a jóvenes muy formados se les caigan de las manos ciertos Medios, con solo ver su presentación.
  2. Pienso también que estos Medios tienen que evitar el “amateurismo”. Hoy no basta la buena voluntad. Es necesaria la profesionalidad. Si no se puede —ni se debe— competir en fuerza y poder con los grandes Medios de Comunicación, por lo menos sí se debe convivir con ellos en profesionalidad. El gran fallo que casi siempre han tenido los Medios de Comuni­cación de la Iglesia y de los grupos eclesiales, ha sido precisa­mente ése: el “aficionadismo”, la improvisación, el “hacerlo como se pueda”. Y publicaciones que podrían tener una gran incidencia, se quedan en nada por no ser hechas por profesio­nales de los Medios de Comunicación Social. Esto se nota rápidamente. El que sale perdiendo, en definitiva, es el mismo “mensaje”.
  3. No deja de tener su importancia vital el “lenguaje”, escrito, oral o visual. El lenguaje es una de las señas de identidad más importante de una persona, de un colectivo y de una cultura. Y el joven de hoy tiene un lenguaje específicamen­te juvenil y de la sociedad actual. Un Medio de Comunicación Social para el joven de hoy, con un lenguaje de otro sector o de otra época, está condenado al fracaso; no conecta con el joven. Y no me refiero a que ese Medio de Comunicación use una jerga de juventud subcultural —que también, a veces, tendrá que usarlo—, sino que apunto a un lenguaje que el joven entienda e identifique. Ciertamente, esta es una asignatura pendiente que los adultos tenemos en muchos campos de la pastoral juvenil, pero muy especialmente en éste de los Medios de Comunicación.
  4. Hoy el “comunicador” vicenciano tiene que darse cuenta de algo elemental: ya pasaron los tiempos de la retórica y de los fervorines. “Comunicar” echando sermones a los jóvenes o convirtiendo el periódico y la revista en un manual de moral y de normas o en un directorio de indoctrinamiento, es equivocarse de época, de receptores y de estilo. El joven prefiere el reportaje directo, el informe ágil, la entrevista viva, la información desenfadada y sin rodeos.
  5. También tiene que tener en cuenta el “comunicador” vicenciano que su Medio de Comunicación no puede encerrar­se en los muros de la propia familia. Es decir, tiene que construir un Medio abierto hacia afuera. Porque “comunicar” a los ya “comunicados”, “informar” a los ya “informados”, es rizar el rizo de la comunicación y de la información. Un Medio de Comunicación hacia adentro se convierte en un “boletín familiar”; y un “boletín” no tiene rango de Medio de Comuni­cación en ninguna clasificación seriamente periodística. Esta es también una deuda secularmente pendiente: sacar a la calle nuestros modestos Medios de Comunicación; introducirlos de hoz y coz en las entrañas de la sociedad real; liberarlos del círculo cerrado de nuestras “sacristías”.
  6. Si antes hemos insistido en lo impensable de competir con los grandes Medios de Comunicación, eso no obsta para que el “comunicador” vicenciano aproveche, cuando pueda, la plataforma de esos grandes Medios. Sobre todo, teniendo en cuenta que el joven de hoy está inmerso en la maraña de esos gigantes.
  7. Y, finalmente, todos los puntos anteriores resultarían baldíos si el mismo joven no estuviera metido en esos Medios de Comunicación como protagonista de ellos y como comuni­cador de sus necesidades, aspiraciones e ideales. Al joven de hoy no le gusta el mundo de ayer, entre otras razones porque no lo ha fabricado él, porque se lo han dado impuesto, porque tiene conciencia de que jamás se le convocará para fabricar la historia aunque sí se echará mano de él para que padezca o disfrute de la historia que otros han fabricado. Entender así a los jóvenes, y ponernos así delante de la comunicación que nosotros les enviamos, y procurar que ellos lleguen también a ser emisores natos de su propia comunicación, supone aceptar que unos Medios de Comunicación para los jóvenes tienen que estar hechos por los jóvenes y con la savia de los jóvenes. Supone el convencimiento de que los jóvenes tienen que ser los autores directos e indirectos de sus Medios.

En noviembre de 1979, la revista juvenil de la JOC, Juven­tud Obrera, publicaba una especie de manifiesto de lo que tiene que ser una prensa para el joven actual. He aquí algunos de sus párrafos que nos pueden servir de indicador de lo que acaba­mos de decir: “Nos planteamos la información como un “Me­dio” para comunicar lo que los jóvenes hacemos, opinamos o sentimos, intercambiar nuestras experiencias y descubrir otras perspectivas… Un cauce, en definitiva, de información y for­mación. Y un medio también, para contrarrestrar la influencia de los grandes Medios de difusión… Así, de paso que cubrimos campos de información (los de nuestra vida cercana) que no cubren los Medios de difusión (y en esto nos apuntamos cierta ventaja), también en la medida que manejamos los mecanis­mos de la Información, vamos desmitificando a los grandes Medios y reducimos su influencia…, y tenemos una postura crítica frente a otros que nos “cuentan cosas”. Y, a la vez, estamos posibilitando un conocimiento mejor de la realidad”.

3. “A quién”

Aquí nos encontramos con el receptor del “mensaje vicen­ciano”. Nos encontramos con el joven. Un rostro entre los miles y miles de rostros que componen eso que se llama la juventud actual, la juventud de las mil caras.

Pero resulta que no es fácil localizar a este “receptor”. Hoy todo el mundo habla de los jóvenes, de la juventud, pero a la hora de la verdad despachamos el tema con cuatro encuestas, dos descripciones genéricas, dos cuadros de valores y contra-valores juveniles y una serie de pautas por las que se puede adivinar la situación juvenil. Y, actualmente, es todavía más dificil una identificación medianamente exacta de la juventud. Su diversificación, su pluralidad, su pluriformidad nos desbor­da. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo en el marco de edades en que se puede situar la juventud. Cuanto menos, en sus características y circunstancias.

No voy a describir los valores y contravalores de la juven­tud actual, ni su vida y su cosmovisión, porque no es propio de esta ponencia y porque doy por supuesto que ya se ha hecho en alguna otra.

Solamente diré que si nos preguntamos a qué juventud se debe comunicar el “mensaje vicenciano”, responder que a toda la juventud no es responder nada, y seleccionar sectorialmente a la juventud que más urge ese “mensaje” es arriesgado y dificil. Pero tal vez habría que hacer hincapié en que hay alguna juventud, en nuestro país, a la que no llega con tanta asiduidad ese “mensaje vicenciano”. Y sería la juventud obrera y parada, la juventud rural y olvidada, la juventud de las etnias marginadas, la juventud que acampa fuera de la Iglesia, la juventud de los movimientos contraculturales y la juventud que camina entre la droga, la delincuencia y la cárcel, o tiene sus santuarios en el lumpen de las grandes ciudades.

4. “Con qué efecto”

Por fin, hacemos una aproximación a lo que hemos conse­guido o pretendemos conseguir en este proceso comunicativo. Y, ciertamente, las metas que el “comunicador” vicenciano se propone en su tarea de evangelización juvenil siempre son generosas. Los resultados ya no son tan claros de medir. En otro tipo de comunicación se podría emplear una cierta medi­da convencional; en nuestro caso, cuando el “mensaje” que debemos comunicar es una vida vertebrada por un marco de actitudes y valores, ya no nos valen esas medidas. Hay algo vivencial que no podemos cuantificar ni reducir a estadísticas de éxito o fracaso. Es, en definitiva, lo de Pablo cuando advierte que nosotros sembramos y Dios da el crecimiento (1 Cor 3, 6-7).

Sin embargo, sí podemos concretar una serie de proyectos, capacidades y actitudes que el “comunicador” vicenciano se propone sembrar en los jóvenes de hoy. Y todo ello se puede resumir en el tipo de persona que ese “mensaje vicenciano”, bien “comunicado”, debe operar en la juventud actual:

  • Una persona crítica, capaz de evitar cualquier forma de manipulación y alienación propia o ajena.
  • Una persona concientizada de los problemas y realidades diarias y de la marcha del mundo y de la historia. Una persona que sabe traducir a gestos visibles todo lo que ha aprendido y experimentado, para evitar la disociación entre los valores ideales y el ámbito de la praxis.
  • Una persona capaz de rechazar toda realización personal que aparezca unida a las cosas que se tienen, a los cargos que se ocupan, a la posibilidad de satisfacer todos los deseos.
  • Una persona libre para liberar.
  • Una persona tolerante, fraternal, convivencial.
  • Una persona que se esfuerza en vivir la actitud de “perder para encontrar”.
  • Una persona cuyo centro de gravedad son inexorablemente los seres marginados, explotados, pisoteados.
  • Una persona solidaria.
  • Una persona que “no pasa” cuando está en juego el dere­cho y la dignidad del pobre.
  • Una persona que sabe captar los valores de la vida.
  • Una persona capaz de tomar decisiones arriesgadas, cami­nando hacia adelante.
  • Una persona luchadora con un corazón reconciliado y en paz.
  • Una persona que no huye de los conflictos, sino que se compromete en unas convicciones cimentadas en la perso­na de Jesús de Nazaret.
  • Una persona, en definitiva, abierta a la “creatividad ilimi­tada del amor”, como Vicente de Paúl.

Un reto ineludible

Medios de Comunicación Social Mensaje vicenciano­Juventud actual: La cuestión sigue ahí, con sus luces y sus sombras. Yo he procurado sacar de la “chistera” un producto coherente. Soy consciente de que me ha salido incompleto. Habría muchos más ángulos y matices en este complejo trino­mio. Pero una cosa queda meridianamente clara: la familia vicenciana tiene, en este campo, un reto urgente que no puede ni debe ignorar, eludir y aplazar por más tiempo. Entre todos, “comunicadores” y “receptores”, tendremos que hacer un ejercicio de humildad autocrítica para quitar barreras sutiles que impiden la comunicación y la recepción, y un ejercicio de lucidez para “comunicarnos vida”; la vida de aquel creyente insobornable, llamado Vicente de Paúl, que supo entender la verdadera comunicación, la del Buen Samaritano.

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