Un saludo afectuoso a los compañeros de Maxi, a sus amigos y conocidos y, cómo no, a toda la familia con quien me uno en el sentimiento de dolor al despedir al hermano que se nos ha ido a la casa del Padre (1 de diciembre de 2014). Ya desde ayer, le deseábamos, en este su último desplazamiento, un feliz desplazamiento y una mejor estancia.
Maxi, en tus permanencias entre los indios mexicanos, tus amigos de Reinosa, Veracruz, Monterrey y últimamente aquí en Madrid, has ido llenando tu alforja, por lo que al presentarte ayer ante el Señor, tú amo, te ha dicho: «Porque fuiste de fiar en lo poco, entra en la casa de tu Señor».
Dichoso tú Maxi, que te ves rodeado, en estos momentos, de tantos y tantos a quienes tú engendraste a la fe y fuiste capaz de perfeccionarlos, por lo que todos ellos te están ahora muy agradecidos. Maxi, fíjate bien, entre los que te rodean está la roca sobre la que tú cimentaste tu sacerdocio misionero, es el tío Miguel, el solitario de los Andes, que, como tú, murió en el surco, con su mano en la esteba del arado.
Cuando ayer escribía estas líneas de fe y consuelo, me vino a la mente la alegría de Maxi al encontrarse con los padres Inés y Amancio, ¡cuántos abrazos!
Otra vez juntos, Rafael y Amancio se echarían a su cuello con la alegría del encuentro al haber estado tanto tiempo separados alegres de encontrarse de nuevo. Estoy seguro que cuantos nos encontramos aquí, nuestro interior está movido por una gran esperanza de llegar un día a encontrarnos con él en la casa grande de nuestro Padre Dios.
Nuestra fe en la vida eterna nos ayuda a no caer en la desesperación, como dice el Libro de las Lamentaciones. Que ni siquiera se de, en nuestra mente, la duda en la existencia de la otra vida o en la gran misericordia de nuestro Padre Dios que nos acoge con amor misericordioso, a pesar de nuestras desviaciones.
Resuenan en mis oídos las palabras de San Pablo: «Los que habéis muerto con Cristo, con Él resucitaréis». O las de Jesús de Nazaret: «Me voy a prepararos un lugar, en la casa de mi Padre hay muchas moradas». Estas palabras de esperanza acrecientan en nosotros el deseo de acompañarle, dejando toda apetencia por las cosas de este mundo, tan pasajeras y frágiles como es la vida en este mundo.
El cielo: cuánta expectación y esperanza sentimos sólo al pronunciar esta palabra. Dichosos, dice la Escritura, los que mueren en el Señor.
Dichosos cuando nos esforzamos por seguir los pasos de Jesús. Dichosos cuando creímos, de verdad, en sus palabras. Dichosos cuando el Señor, en su venida, nos encuentre en vela.
Entonces, como Maxi, podremos escuchar: «Sed bienvenidos»; y, cogidos de la mano de nuestro ángel de la guarda, entraremos triunfantes en las moradas eternas.








One Comment on “Maximiano López Torre”
He leído el artículo In memoriam de Máxi Lopez Torre, primo carnal por parte de su madre Inés Torre. Cita en su escrito a al Padre Miguel Torre, el solitario de los Andes, hermano de mi abuelo Evaristo Torre. Estoy intentando publicar en una revista del Pueblo de ISAR (Burgos) un artículo sobre el Tío Miguel Torre… Sé que hay artículos y entrevistas en la revista Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad… ¿Cómo tener esa infomación? ¿Hay algún libro, o revista en donde se hable del Solitario de los Andes? Mi correo electrónico es mtorre@ull.edu.es