Cuando arreciaba la tormenta parecía presentir la muerte. El miedo es libre —dicen y el P. Maurilio, sin poderlo remediar, temblaba como el azogue al oír la noticia de alguna exacerbación demagógica.
En abandonando que abandonó la «Casita» (Lope de Vega, número 48), de la cual era Superior, el 23 de julio de 1936, ante el amable requerimiento de los detentadores del poder, fuese, llevando consigo al P. Nieto, a casa de su prima D.a Julia (Abascal, 9).
Esta mujer (célebre en nuestro corrillo familiar) pertenecía a la clase de las resueltas (si ya no de las arremangadas), que la emprenden con cualquiera que atentar osare contra sus ideas y sus- prácticas religiosas. Los días aquellos no eran, sin embargo, para hacer majezas, y la mayor valentía había de consistir en amparar (léase refugiar) a los perseguidos, pasara lo que pasara. Que tal frase se pensaba, se sentía y se hablaba con frecuencia consoladora, a pesar de tantas defecciones y hasta traiciones, que las hubo. Doña Julia, generosa y valiente, piadosa y caritativa (loor a su memoria), barajó las cartas de un julepe trágico. ¡Buena gente vivía por allá! ¡Y que no era ella conocida por la vecindad! Entre los que podían permitirse el lujo de vestir —entre aquel bulle bulle de descamisados– camisa planchada, corbata y sombrero, en el bajo izquierda de su mismo edificio, Carreño España, miembro que fue de la Junta de Defensa que presidió el infausto Miaja, y de los hombres que no han hecho nada porque no tiñeron materialmente en sangre sus manos ni salió prolongación de Abascal adelante hasta la Universitaria para ver los «besugos».
Los registros menudearon, sin que ocurriera cosa mala de monta; los dos Padres, marido y hermano de la huésped. Mientras los registradores fueron de los de aluvión, valió la treta.
Mas, ¡ay!, tantas veces va el cantarillo a la fuente…
Llegó lo que tenía que llegar. El presentimiento del P. Maurilio se convirtió en realidad.
A las doce del día, el 23 de septiembre de 1936, estando la comida sobre la mesa, tocan el timbre con frenesí —el característico e infalible modo de siempre, el que no fallaba—: voces que no se recatan, meneo violento de la puerta… Eso, fuera; y dentro, el «ya están ahí» con que se abotagan las nobles potencias y se sobreexcita la sensibilidad y el nervosismo. Allanada la morada por seis fusileros, momentos después D.a Julia y los dos camuflados descendían por la escalera entre la ominosa escolta.
Doña Julia, al parecer, engañada (¿con la engañifa, que era enganche, de la declaración a prestar?), pues dijo a la portera: «Tome usted las llaves, que yo vuelvo en seguida.»
Al P. Maurilio le debió de decir el corazón que estaba muy próxima la hora fatal; dirigió una mirada tan especial a la portera, la bonísima de la portera…
Del P. Nieto nadie dice nada; el pabilo estaba tan gastadito ya…
¿Adónde los llevaron? ¿Al Radio 8 del Partido Comunista? ¿A la checa de la calle de Zurbano, núm. 58?
Dos o tres horas después llegó la sobrina de D.a Julia. Y en el cuarto de su tía la pillaron los milicianos, que volvieron al saqueo. Y: «Márchate, que te va a tener cuenta», la dijeron.
Días más tarde, alguien respondió lo siguiente, ante los conatos investigadores: «¿Una señora que tornaba baños de sol? (solía hacerla en la azotea)… Pues ya los está tomando en tierra.»
El policía de la situación, Inocente Candelas, ocupó las habitaciones de Dña Julia; le agradaban, por lo visto, más que las que tenía en el mismo edificio.
Esto es todo cuanto se sabe del martirio del P. Maurilio Tobar. Aunque es de suponer que el lugar de su asesinato, como el de sus compañeros, el P. Nieto y D.a Julia, fueran los alrededores de la Ciudad Universitaria, no se puede dar por cierto, ya que, respecto al particular, regístranse las más absurdas anomalías.
Había nacido el P. Maurilio, como de ordinario le llamábamos, en Tardajos (Burgos), el 14 de septiembre de 1869. Sus padres fueron. Manuel Tobar y Gregoria González. Estudió latín, año y medio, en el pueblo de Las Quintanillas, con un famoso Dómine, y otros tres en, el Santuario de los Milagros (Orense), ya como Apostólico de la Misión. Vistió la librea de los hijos de San Vicente, en Madrid, el 4 de noviembre de 1885 e hizo los Votos el 5 del mismo mes del año 1887. Cursó la carrera propiamente eclesiástica en la Casa Central de la Congregación en Madrid, y se ordenó de Menores y Subdiácono el 27 y 28, respectivamente, de diciembre de 1892; de Diácono, el 18 de marzo, y de Presbítero, el 1 de abril de 1893.
Estuvo diez años en Alcorisa (colegio de segunda enseñanza); en Santiago de Cuba, tres años como particular y once de Superior de la Casa, con el intermedio de un año, que vivió en el ejercicio de Párroco de Guantánamo; tras un lapso de poco más de un año en la Merced de la Habana, vino a España con, la salud desmejorada y a causa particularmente de la deficiencia de fósforo que se dejaba sentir notablemente; reponiéndose, estuvo cuatro años en la Casa Central, saliendo de cuando en cuando a dar Ejercicios a Hermanas en provincias; fuerte ya y sano del todo, fue nombrado Comisario de las mismas para la zona sureste, con residencia en la Cartuja de Valencia, cargo que desempeñó con acierto indiscutible por espacio de diez años; finalmente, digamos, para completar las notas de sus destinos, que desde julio de 1931 era Superior de la residencia de los PP. Capellanes del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad, en Madrid, calle de Lope de Vega, de donde le arrojó, según se apuntó arriba, la revolución marxista.
Era el P. Maurilio, en lo físico, alto, fuerte, bien plantado y configurado, de agradable aspecto, suave y meloso en el decir, reposado al razonar, y en lo moral, ecuánime, delicado, especializado en la dirección de espíritus, buen confesor.







