Mártires de Arras

Francisco Javier Fernández ChentoMaría Magdalena Fontaine y CompañerasLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Hijas de la Caridad, Provincia de América Central y Panamá · Año publicación original: 1988 · Fuente: Clapvi, nº 59, Abril-Junio 1988.
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“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”. (Mat 5, 1, 3).

Estas palabras de Cristo, han seguido inspirando a la Iglesia a través del tiempo, en diferentes circunstancias y culturas.

Lumen Gentium también las asume cuando nos dice:

“Así como Cristo consumó su obra de redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino a fin de comunicar a los hombres los frutos de la salvación”.[note]Concilio Vat. II. Lumen Gentium 8b.[/note]

San Vicente, al enviar a las hermanas a Calais en 1648 en una búsqueda audaz a los pobres, pese a los riesgos y dificultades, las anima así:

¿Y qué vais a hacer Hijas mías? Vais a ocupar el lugar de las que han muerto. Vais al martirio, si Dios quiere disponer de vosotras. La sangre de nuestras hermanas hará que vengan otras muchas y merecerá que Dios con­ceda a las que quedan la gracia de santificarse. Hijas mías, vais entonces a hacer el acto de amor a Dios más grande que puede hacerse y que jamás habéis hecho, pues no hay ninguno tan grande como el acto del martirio”.[note]San Vicente. 4. VIII. 1658. Conferencias espirituales a las Hijas de, la Caridad. CEME 2076 y ss.[/note]

Al presentar la vida de las Mártires de Arras queremos agradecer a Dios por el mensaje de fe, de amor, de fidelidad, acompañamiento y solidaridad con los que sufren y que son perseguidos que nos dirigen nuestras herma­nas en este tiempo tan lleno de incertidumbre y en el que no estamos exentas de vivir acontecimientos como los que ellas vivieron en 1794.

El martirio es, en América Latina, un acontecimiento vivido y experimen­tado por campesinos, jóvenes estudiantes, intelectuales, catequistas, reli­giosos, sacerdotes y obispos.

Hoy, quien se decide a vivir a fondo el Evangelio, debe prepararse para el martirio. Para esta disponibilidad gozosa hace falta sobre todo fortaleza del Espíritu, oración y fidelidad a sus convicciones. Nuestras Mártires nos hablarán de ello a través de estas líneas.

I. Arras en los orígenes de la Compañía

“La Caridad de Jesucristo Crucificado, que anima e inflama el corazón de la Hija de la Caridad, la apremia a acudir al servicio de todas las miserias”.[note]Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Constituciones y Estatutos. p. 1.[/note]

Esta obra de las Hijas de la Caridad se remonta a los tiempos de los fundadores.

El 30 de agosto de 1656, Sor Margarita Chétif y Sor Radegunda Lenfantin eran enviadas a la misión de la ciudad de Arras.

Las Damas de la Caridad de París, enteradas del acrecentamiento de “miserables y enfermos” en aquella ciudad, piden a San Vicente que envíe por seis meses o un año a las Hijas de la Señorita Le Gras, recibiendo el apoyo del señor obispo de Arras, Monseñor Moreau.

Al enviar San Vicente a sus hijas a aquel lugar les decía:

“Vais a un pueblo en el que se sirve muy bien a Dios y que es muy caritativo; sí, son buenas gentes, y esto es un consuelo, pues si fuérais con gente mala, sería mucho más duro.

Qué dicha ir a echar los fundamentos e ir a fundar la caridad en una ciu­dad tan grande y entre un pueblo tan bondadoso. Lo primero que haréis es saludar al ilustrísimo señor obispo para pedirle su bendición y recibir sus órdenes…

Viviréis, les dice, vosotras dos solas y nadie más. Os portaréis en todas las cosas como aquí… Hay otras jóvenes como la que os acompaña, que os llevará a los enfermos… No queráis abarcar mucho de un solo a la vez y no les permitáis que se hallen en vuestra habitación cuando tengáis vues­tras oraciones; les diréis desde el principio que necesitáis estar solas, como prescriben vuestros reglamentos y observaréis sus prescripciones con la mayor delicadeza, a menos que os lo impida el servicio de los enfermos y esto, como ya sabéis, es dejar a Dios por Dios”.[note]San Vicente. 30. VIII. 1656. CEME n. 1568 y ss.[/note]

Por último, insiste en la exacta observancia de las reglas y prácticas de la comunidad, porque la fidelidad en este punto “es salvaguardia y manan­tial fecundo de divinas bendiciones” y encomendándoles la humildad in­terna y externa, al sufrimiento mutuo y a la caridad recíproca en especial a los enfermos.

Santa Luisa también les recuerda que:

“Han sido instituidas para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, su Patrón, aportarán todos sus cuidados para imitarlo en las virtudes que les ha dado ejemplo, sobre todo humildad, la sencillez, modestia y caridad que son las virtudes que componen su espíritu”.[note]Santa Luisa de Marillac. Correspondencia y escritos. CEME, E. 95. n. 251.[/note]

No sin una serie de dificultades las hermanas llegan solas a Arras, pues la joven que les acompañaba murió en el camino “de unas fiebres”.

Estuvieron 15 días en casa de una de las Señoras de la Caridad, luego con las religiosas del convento de Santa Inés. No fueron muy bien recibi­das, antes bien se mofaban de ellas por el hábito que usaban aconseján­dolas que lo cambiasen, a lo que San Vicente se opuso. Gracias a Inés des Lyons, pariente del señor de Barincourt, tuvieron por fin una casa en la parroquia de San Juan, la cual les fue cedida con la condición de que si abandonaban la obra pasaría a los herederos del señor de Barincourt.

La casa se llamó “Casa de caridad” y aún en !a actualidad la calle se llama “calle de caridad”.

En 1657 San Vicente dice:

“De todo corazón bendigo a Dios por el buen estado de la ‘caridad de Arras’ y por el buen comportamiento de su personal, que con tanta edifica­ción presta sus cuidados en el alivio de los pobres. Al saber que la ciudad entera se halla edificada y satisfecha de las Hijas de la Caridad, crece nues­tro consuelo, porque observando fielmente las prácticas de su reducida Com­pañía atraen a sus empleos a su Divina Bondad y le pido aumente sus fuer­zas materiales y espirituales que necesitan”.[note]San Vicente de Paúl. Carta 18. II. 1657 a Guillermo Delville. Sígueme. Correspon­dencia/6.[/note]

II. La comunidad de Arras en el siglo XVIII

“Vivan unidas sin tener más que un solo corazón y una sola alma a fin de que por esta unión de espíritu sean una verdadera imagen de la unidad de Dios”.[note]San Vicente. 30. VII 1651. Sígueme IV. p. 228.[/note]

En 1789 cuando principió la revolución francesa, la casa de Arras des­pués de 133 años de existencia estaba en plena prosperidad. Las herma­nas se consagraban a la educación de las niñas pobres, párvulos, visitas a domicilio y el cuidado de los enfermos. Atendían la farmacia, haciéndose famosas por la eficiencia con que preparaban las medicinas, además re­partían ayuda económica a los pobres. De este modo toda la ciudad se beneficiaba de su caridad. Las niñas por la enseñanza, los enfermos por la medicina y cuidados especiales, los pobres por su asistencia, los ricos por las visitas que de ellos recibían para reunir donativos en beneficio de los pobres.

La comunidad se componía de siete hermanas.

  • Sor Magdalena Fontaine como hermana sirviente. Una hermana de “un ánimo varonil, un alma tierna y compasiva”[note]Sánchez, Julio. C.M. Somos las últimas víctimas.[/note]. Toda la ciudad la miraba como a una santa.
  • Sus compañeras eran: Sor María Lanel, Sor Teresa Fantou, Sor Juana Gerard, Sor Rosa Micheau, Sor Juana Fabrey, Sor Francisca Coutocheaux.

Algunos datos biográficos harán posible un conocimiento personal de estas hermanas que vivieron su entrega total a Cristo en el servicio de los pobres, en comunidad de vida fraterna, durante los años de su juventud, en la fidelidad y serenidad de su edad adulta y al ofrendarla definitivamente en el martirio al atarde­cer de su existencia.

Sor Magdalena Fontaine

Nace el 22 de abril de 1723 en Etrepagny, pueblecito del departamento del Eure. Su padre era un humilde zapatero, llamado Roberto, casado con Catalina Cercelot. El matrimonio se vio bendecido por once hijos, pero muy pronto probado con la muerte de ocho de ellos. La madre también muere, quedando Magdalena de 16 años, Catalina de 8 y Roberto de 3. El padre contrae nuevas nupcias pero a los dos años muere la esposa deján­dole otro hijo, terrible prueba para un padre de familia: ver morir a dos esposas y a diez hijos.

Sabemos muy poco de los primeros años de Magdalena, pero se presu­me que tuvo alguna maestra, ya que los rasgos de su firma eran no sólo legibles sino con buena letra, aún a los setenta años cuando tuvo que fir­mar su declaración ante el tribunal.

En el pueblo había unas religiosas llamadas las Hermanas de Ermemont; y las Hijas de la Caridad, cerca de Hebercourt, tenían un hospital y una escuela. Se ignora también qué movió a Sor Fontaine para ingresar con las Hijas de la Caridad. Se presume que conoció a las hermanas por unas misiones que harían los padres de la Misión en aquel lugar.

En 1748 la encontramos en Hebercourt haciendo su postulantado con las Hijas de la Caridad, no sin antes haber formado a su hermana Catalina en el manejo de la casa. El 3 de julio del mismo año, llega a París para ingre­sar en el seminario. En esta etapa de su vida se empapa de las enseñan­zas de la comunidad, de las doctrinas de San Vicente y del espíritu del ins­tituto, como base de éste había señalado San Vicente la humildad, la cari­dad, la pureza de intención, el amor a la Iglesia, la obediencia al Papa y a los obispos y la confianza en Dios.

Después de vestir el hábito en 1750, fue destinada al hospital de Rebais, allí le encargaron la escuela de niñas pobres. Este hospital estaba viviendo una época de profunda crisis. Las hermanas venían sufriendo las humillan­tes y molestas consecuencias de una intervención continua de sus admi­nistradores, se habían formado dos bandos, tanto entre los administrado­res como entre las hermanas, trastornando con intervenciones, funestas discordias y disensiones aún en el seno mismo de la familia religiosa. A pesar de esta situación, Sor Magdalena vivió en esta casa durante 17 años sin que interviniera en las discordias y siendo respetada por los adminis­tradores y las niñas.

En 1768 la nombran superiora de esta casa, habiendo logrado calmar los ánimos de los administradores y ver reinar en la casa la verdadera vida de familia, en caridad y armonía.

Después de vivir 19 años en Rebais fue trasladada a Arras en donde tra­bajó sin medida por espacio de 25 años, allí la encontró la revolución, dedi­cada por completo a las obras de caridad, logrando imprimir en ellas con su actividad y prudencia un desarrollo que no habían alcanzado desde su fundación.

Sor Magdalena, dice el historiador:

“Hizo de la casa de Arras un hogar tranquilo, una comunidad dichosa, llena de alegría y de calor, en la piedad y el servicio sostendrán la dicha y aumen­tarán el gozo…

Que ruja la tempestad, que soplen los vientos contenidos de la Revolu­ción, el huracán podrá separar los cuerpos y segar las vidas, pero jamás separará las almas, porque la guillotina no toca los espíritus que se unen por los lazos de la caridad y el amor de Dios”.[note]Ibíd. p. 13.[/note]

Sos María Lanel

La Villa de Eu, se encuentra cerca de Ruan, fue cuna de María Luisa de Orleans que más tarde fuera reina de España. Ella quiso enriquecer esta villa con una fundación, para lo cual levantó un hospital y una escuela.

Habiendo conocido en París a las Hijas de la Caridad, las pide para atender esta obra.

Uno de los vecinos de esta villa era Miguel Lanel casado con Juana Hedin. Eran pobres y subsistían gracias a una pequeña sastrería en que trabajaban los dos. Tuvieron cinco hijos, dos de los cuales murieron siendo niños. El 26 de mayo de 1754 moría también Juana Hedin dejando a su esposo con tres niños. María de 9 años, la futura mártir de Arras, Magda­lena de 7 y Miguel de ocho meses.

El padre volvió a casarse con una joven viuda que tenía dos hijos, pero ésta nunca dio a los huérfanos el amor de una madre.

Probablemente esta situación impulsó a María a pedir permiso a su pa­dre para irse con las Hijas de la Caridad. María había asistido en su niñez a la escuela de las hermanas. De ellas aprendió grandes virtudes que siem­pre cultivó con esmero, el amor al trabajo y la sencillez. A decir siempre la verdad, huyendo hasta del equívoco, como lo demostró más tarde ante el tribunal.

El padre le dio el permiso, le arregló un humilde ajuar y la llevó al hospi­tal de Eu, entregando además una suma de dinero por su hija.

Cuando María tenía 19 años inició su postulantado y luego pasó al semi­nario. Siempre delicada y fervorosa procuró adquirir el espíritu de la co­munidad e impregnarse de las enseñanzas de San Vicente.

Cuando fue enviada a misión se le destinó provisionalmente durante dos meses a Senlis, luego fue a París en donde se llenó de los recuerdos de los santos fundadores y de allí destinada a Cambrai en 1765 en donde permaneció por espacio de cuatro años, enseguida fue trasladada a Arras lugar en que durante 25 años se prodigó en beneficio de todos los pobres de aquella villa, enseñando a los niños y consolando a todos.

Sor Teresa Fantou

Nació en Bretaña. El pueblo bretón, aferrado a sus creencias políticas y religiosas ponía en su defensa todo el entusiasmo de un pueblo vigoroso y de fe. Su vida era tranquila y alegre, alrededor del párroco en cuya casa todos se daban cita.

En la villa que une Normandía con Bretaña y muy cerca de San Malo, vivían Luis Fantou y María Robidou con dos hijos y cinco hijas. Dos hijos y una hija murieron, quedándoles cuatro: María Magdalena, Juana, Carlota y Teresa.

Teresa nació el 29 de julio de 1747 y estudió las primeras letras con una maestra que había llevado al pueblo el señor de Miniac, para que instru­yera a las niñas de aquel lugar. Cuando Teresa tenía 14 años llegaron al pueblo las Hijas de la Sabiduría habiendo asistido a sus clases, probable­mente el trato con estas religiosas, despertó en Teresa la vocación reli­giosa. Sin embargo, no se queda con ellas y a imitación de Sor Magdalena, busca a las Hijas de la Caridad.

Las Hijas de la Caridad llevaban 40 años en Plouer, al cuidado de un pequeño hospital. Allí se dirige Teresa para iniciar su postulantado el 29 de julio de 1771, luego parte para la casa madre de París; en ella estuvo un año, tiempo un poco largo para aquella época en que las hermanas salían a los nueve o diez meses de seminario.

En julio de 1772 fue enviada a Ham, en donde trabajó en la escuela de párvulos. Luego en Chauny tuvo las mismas obligaciones y de ahí fue tras­ladada a Cambrai.

En Cambrai encuentra a Sor María Lanel, pero fueron muy poco tiempo compañeras, pues Sor Teresa fue enviada pronto a Arras.

El espíritu de Sor Teresa era delicado, agudo, de fina penetración. Como bretona, poseía un carácter franco y resuelto que le daba cierta intrepidez. Su actitud en el interrogatorio, sus relaciones con la familia siempre lle­nas de gran espíritu de fe, distinguen a Sor Teresa de sus compañeras de martirio.

Sor Juana Gerard

Nació en la villa de Cumieres a 13 kilómetros de Verdún en el valle de Mosa en 1752.

Sus padres Nicolás Gerard y Ana Breda, eran jóvenes aún, cuando ella nació. Eran modestos labradores que cultivaban una granja de las damas de San Mauro, religiosas que vivían en Verdún.

Desde sus primeros años era muy querida y amada de sus padres, con preferencia a todos sus hermanos, ya que era una niña llena de encantos naturales y muy inclinada a la práctica de las virtudes, entre las que sobre­salían la inocencia, poseía una belleza seria, irradiaba salud, un candor natu­ral que brotaba de su rostro, uno de sus biógrafos escribe:

“En este cuerpo tan hermoso había encerrado Dios un alma más bella aún; delicadeza en el sentimiento, firmeza en la voluntad, dominio sobre las pasiones, piedad, amabilidad en el carácter…” y llamaba la atención sobre todo su testimonio de pureza que le hacía desear vivir con Dios, como lo asegura Jesucristo: “Bienaventurados los limpios de corazón por­que ellos verán a Dios”.[note]Mt, 5, 8.[/note]

Esperando realizar sus deseos se entrega en medio del mundo y en el seno de su familia a las prácticas de piedad y caridad cristiana, la primera comunión, este primer contacto con Jesús en la Eucaristía marcó fuerte­mente su vida, fue para ella de allí en adelante el centro de su vida.

Poco tiempo había transcurrido desde su primera comunión cuando falle­ce su hermana Catalina de 7 años, luego su hermano Nicolás cae enfermo teniendo Juana por ser la mayor, que entregarse a su cuidado. Aún no se habían cicatrizado estas heridas cuando muere la madre.

Teniendo que hacerse cargo del hogar se entrega de lleno a la dirección (le la casa, no sin que crezca en su corazón el deseo de entregarse a Dios.

En esta época, Juan Francisco Pieton, joven lorenés perteneciendo a una distinguida familia, sin atender la desigualdad de fortuna entre ambos, pide la mano de Juana. El joven Pieton insistía en su demanda y el padre, sin querere violentarla, hacía ver a su hija, las ventajas de este matrimo­nio, sin embargo Juana se opone y se mantiene fiel a su negativa. Más adelante el joven Pieton se casa con su hermana María y ella abandona Cumieres, llama a las puertas de las Hijas de la Caridad que tenían una obra muy grande al servicio de los pobres, allí en el mes de julio de 1776 comienza Juana su postulantado y luego parte a París para el seminario.

Veinte días después de haber llegado a París, muere su padre a la edad de 55 años, dejando a sus hijos en la más completa orfandad. En esta prueba, Sor Juana no desmaya ni compromete su vocación, ya que su her­mana María lleva a su casa a sus hermanos para cuidarlos; a través del dolor se refuerza su fe y amor al Señor porque desde niña se fortaleció en la Eucaristía y la hizo centro de su vida. Luego viste el hábito y es des­tinada a la casa de Arras, en donde trabajó por espacio de quince años. Como había adquirido durante su postulantado conocimientos de farmacia, obtuvo gran reputación en la preparación de medicamentos.

En la casa de Arras Sor Juana encuentra a sus compañeras que serán llevadas al martirio juntamente con ella.

III. La revolución francesa

“La revolución francesa fue un acontecimiento que representó una espe­cie de ruptura de la civilización.

Fue un acontecimiento fundador y destructor al mismo tiempo. Marcó profundamente no sólo la historia de Francia sino que alcanzó al mundo entero. En el plano religioso, los revolucionarios encontraron en el primer momento una aprobación bastante amplia cuando atacaban las riquezas del alto clero y de algunas órdenes religiosas, pero cuando por la consti­tución civil del clero quisieron atacar a la Iglesia, como tal, en su organi­zación interna para quebrar la fuerza que ella representaba y ponerla en sus manos, hirieron profundamente la conciencia cristiana y provocaron la rebelión de los corazones”.[note]Matignon, P. Ecos de la Compañía, Abril 1984. p. 169.[/note]

Los primeros golpes de la revolución fueron dirigidos con inaudita vio­lencia contra las comunidades religiosas. El 2 de noviembre confiscó los bienes eclesiásticos; el 13 de febrero del año siguiente declaró nulos to­dos los votos religiosos y el 2 de mayo suprimió las congregaciones reli­giosas que existían en el reino.

La Asamblea Legislativa de 1792 impuso para todo el clero y religiosos, un juramento que implicaba el cisma en la Iglesia de Francia, separándola de la iglesia Universal; declarando sospechosos de rebeldía contra la ley y la patria a los que no jurasen.

El texto del juramento era el siguiente:

“Juro ser fiel a la nación, mantener según mis facultades la libertad, la igualdad, la seguridad de las personas y de las propiedades y morir si pre­ciso fuera por la ejecución de la ley”.

Monseñor Conzie, arzobispo de Arras, rehusó hacer el juramento, tuvo que salir al destierro y después de él muchos sacerdotes fieles que se negaron a prestarlo.

La madre María Antonieta Deleau, Superiora General, había enviado una circular a todas las hermanas en estos términos:

“Les ruego que no abandonen el servicio de los pobres si no se ven for­zadas a hacerlo. Pidan a los señores administradores el costo de los prime­ros vestidos si se les exige que abandonen el hábito. Vístanse sencilla y modestamente. Para continuar el servicio de los pobres, préstense a todo lo que honradamente se les pueda exigir con tal que no haya en ello nada con­tra la religión, la Iglesia y la conciencia”.[note]Ecos de la Compañía Circular M. Delaue 1792.[/note]

Después cuando ya no fue posible la comunicación con los superiores, las Hijas de la Caridad se adhirieron a las directrices de la Jerarquía. Se esforzaban en seguir una vida de unión y caridad entre ellas, sirviendo con toda abnegación a los pobres; el respeto y el agradecimiento de las gentes por las cuales se sacrificaban les servía de salvaguardia y hasta las autori­dades republicanas les conservaban su protección.

El 15 de mayo de 1791 se les hizo saber que no tenían nada que temer y que conservarían la libertad de seguir en sus obras de caridad. No sólo no serían molestadas sino que mientras permanecieran practicando la cari­dad cristiana serían protegidas. En esta situación pasaron las hermanas los años 1792 y 1793.

El 14 de noviembre de 1793, se presentó a la casa de las hermanas la comisión encargada de requerir el juramento, que era contrario a su con­ciencia.

Los comisarios tomaron nota de la negativa, registraron el domicilio de las hermanas, condenaron al fuego algunas pinturas que recordaban el gobierno de los reyes y dieron a la casa el nombre de “CASA DE LA HU­MANIDAD”, pero no expulsaron a las hermanas, diciendo que estas muje­res poseían conocimientos médicos notables y no convenía expulsarlas antes de que hubieran dado a conocer sus secretos. Continuaron pues a servicio de los pobres.

IV. Tiempos difíciles en Arras

“Os meterán en prisión, os conducirán ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio”.[note]Lc. 21, 12-13.[/note]

José Lebón natural de Arras, era un ex-sacerdote que había apostatado, casándose con una prima y a la sazón era miembro de la Asamblea Cons­tituyente. Amigo y protegido de Rohespierre recibió la orden de acabar con los “traidores” que se encontraban en Arras y sus alrededores.

Fue así como se inició el reinado del terror en Arras.

En el espacio de tres semanas hubo 150 personas decapitadas. Se ins­taló la guillotina en la plaza mayor y ahí, en un estrado la mujer de Lebón, Mimie, excitaba a la crueldad para con los prisioneros y para ser más ameno el espectáculo una banda de música tocaba durante las ejecuciones.

Sor Magdalena se preparaba para el martirio con la oración y dándose sin medida en el servicio de los pobres.

No obstante, quiso preservar a sus compañeras de la muerte, a lo menos a las más jóvenes. Sor Coutechaux fue enviada con su familia. Sor Rosa Micheau y Sor Juana Fabre que no querían abandonar la Compañía, fueron conducidas a la frontera por un hombre de confianza. En Tournay, Monse­ñor Conzie las acogió con benevolencia; más tarde se dirigieron a Alema­nia en donde estuvieron por un año y luego a Polonia.

En 1801 la madre Deleau dirigió un llamamiento a las hermanas disper­sas por la revolución para que volvieran a París para reconstruir la Comu­nidad, apresurándose a responder las Hermanas Micheau y Fabre que tu­vieron la dicha de volver a la casa de Arras.

V. La vida en prisión

Reducidas las hermanas a un número de cuatro, vieron muy pronto la realización de las amenazas de Lebón. El 15 de febrero de 1794 un decreto de prisión fue firmado contra ellas.

“Las mujeres que sirven en la casa, antes llamada de la caridad y ahora de la humanidad, por no haber querido hacer el juramento que se requería de ellas, deben tenerse por sospechosas; por lo cual la administración manda que sean conducidas a la cárcel”.[note]Capron, Luis. Heroínas de la Revolución. p. 93.[/note]

Encerradas primeramente en la casa abacial de San Vedastro, transfor­mada en cárcel fueron después trasladadas al convento de la Providencia, finalmente a la cárcel de los Burros, la cual se miraba como el vestíbulo del cadalso.

Dura era la vida en la prisión, no se les daba más que pan negro. Para entrar la menor provisión era preciso comprar, ante todo, el consentimien­to de los guardias, pero no todos los prisioneros contaban con el dinero que pedían aquellos guardianes.

Con frívolos pretextos se encerraba a las mujeres en calabozos he­diondos y malsanos.

Los días de ejecución se convertían en días de fiesta, a veces para gozarse del dolor de las prisioneras, eran llamadas, como que les iban a ejecutar, solamente para reirse de ellas.

En aquellas circunstancias, las prisioneras idearon medios oportunos para entretener su aburrimiento y desterrar ideas tristes, reuniéndose en pequeños grupos, alimentando su alma con cierta alegría y fortaleza para sonortar el infortunio, se olvidaban de la cárcel y cada una debía entre­tener la conversación lo mejor que pudiera, para evitar todo motivo de tris­teza. discurrir motivos de confianza y procurarse alguna distracción.

Nc dejaron de ser invitadas las hermanas para que tomaran parte en dichas reuniones, distribuyéndose de una en una en los grupos aportando su mensaje de resignación alegre, de frases graciosas, de rasgos edifi­cantes, trasmitiendo la palabra de Dios en el Evangelio, y en general infun­diendo valor y dando testimonio con su presencia serena y atenta a las necesidades de las otras. Sor Fontaine habla siempre como enviada de Dios y goza del don de consolar y reanimar los corazones abatidos. Su misión dio principio en las cárceles de Arras, en las que, secundada por sus compañeras supo devolver a las prisioneras la resignación, el valor y la dichosa confianza en Dios.

VI. Camino al martirio

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma”.[note]Mt. 10, 28[/note]

El 25 de junio, el agente del distrito de Arras recibió de Lebón la carta siguiente:

“Hermano, despáchame sin demora las cuatro, antes, Hermanas de la Ca­ridad. Hazlo sin perder un momento, que vengan a toda prisa. Cuento con tu celo para el castigo de los conspiradores. Las espero, pues, mañana an­tes del amanecer”.[note]Ibíd. p. 96.[/note]

La carta llegó por la noche. Avisóse a eso de las once a las hermanas que habían de salir sin tardar, para ser entregadas al día siguiente a Cau­briere, en las primeras horas de la mañana.

Cuenta la tradición que la emoción fue grande en la cárcel luego que se supo la noticia. A media noche las hermanas estaban en la carreta. Obli­gadas a recibir otro prisionero, la carreta se detuvo cerca de una hora frente a la cárcel de la Providencia, la misma en que habían estado ence­rradas unas semanas antes y en donde tenían muchas amigas. Compren­diendo los guardias de que no había peligro de que se escaparan, las dejaron un momento penetrar al interior, a fin de que pudieran despedirse de las prisioneras.

La triste noticia de la partida de las hermanas determinó entre ellas una explosión de lamentaciones y sollozos. Entre las detenidas estaba la señora Cartier, amiga de las hermanas, su esposo había acompañado a las dos hermanas jóvenes a la frontera para ponerlas a salvo, tenía cuatro hijas todavía pequeñas, su angustia era terrible al pensar que la matarían y que quién sabe qué suerte correrían sus hijas. Se aferró a Sor Magda­lena y ésta olvidando su dolor pasó todo el tiempo consolando a la señora, regalándole su rosario. Luego le entregó siete francos diciéndole que al terminar la revolución los entregara a las hermanas y se ocuparan para reiniciar las obras en Arras. En un momento dado, Sor Magdalena le dijo: “Consolaos señora, no moriréis, pues os aseguro seremos nosotras las últimas víctimas”.[note]Ibíd. 8 p. 111.[/note]

Pasada la tormenta y recobrada su libertad, esta señora solía repetir las palabras que Sor Magdalena le dijo y que consideraba sin duda alguna como inspiradas por Dios, como una profecía.

Cerca de las cuatro de la mañana llegaron a un pueblo llamado Mar­quion en donde encontraron otras carretas cargadas de víctimas. Sor Mag­dalena de nuevo olvidando su propia desgracia se puso a consolar a las señoras y les aseguró que no perderían la vida. Señoras, les dijo:”Dios tendrá lástima de vosotras. No os desoléis, porque no os quitarán la vida. Vamos a precederos ante el tribunal y seremos las últimas víctimas”.[note]Capron, op. cit. p. 99.[/note]

Las señoras dieron poca fe a esta promesa pues humanamente hablando debían de llegar al mismo tiempo que las hermanas. No obstante la profe­cía de Sor Magdalena se cumplió. Al salir de la posada la carreta de las hermanas se fue rápidamente a Cambrai, mientras la de las señoras tuvo que detenerse por un accidente. Uno de los presos había roto, en parte una de las ruedas de la carreta y los conductores no pudiendo seguir ade­lante tuvieron que regresar. Tres días después cuando se pusieron en marcha, el tribunal de sangre ya no funcionaba, así se cumplió la profecía de Sor Fontaine.

Cerca de las ocho de la mañana llegaron las hermanas a Cambrai. Las calles estaban llenas de gente pues era día de mercado así es que muchos presenciaron la llegada de las presas.

Ellas, iban rezando con fervor, pensando en el sacrificio sangriento que iban a ofrecer al Señor. Al llegar a la cárcel el guardián manifestó que ya no tenía dónde colocar más gente, por lo que dispusieron mandar la carre­ta directamente al tribunal.

Muchos de los presos habían visto a las hermanas y las señoras sobre todo muy conmovidas les gritaban:

“Adiós hermanas, mañana os seguiremos. Sor Magdalena les dice nueva­mente: Consolaos señoras, consolaos. Nosotras seremos las últimas”.[note]Ibíd. p. 99.[/note]

VII. La sentencia y la ejecución

“Haced el propósito de no preocuparos de vuestra defensa”.[note]Lc 21. 14[/note]

Llega la hora de la audiencia. Fueron llamadas las hermanas para com­parecer ante el tribunal. Este estaba compuesto de hombres sin fe, ni con­ciencia, las gradas estaban llenas de una muchedumbre hostil que las in­sultaba y se mofaban de ellas.

Se les acusó de tener ciertos diarios contrarrevolucionarios encontrados en su casa y de que no habían querido prestar el juramento: refiere un festino nue el presidente le ofreció salvarles si consentían en prestar el juramento. Ellas respondieron que no podían hacerlo.

Pero. les dijo, uno de los jurados, este juramento es necesario oara la conservación de la República. “Nuestra conciencia nos prohibe hacerlo”, contestaron. Se pronunció entonces la sentencia:

“La superiora Magdalena Fontaine merece la muerte por ser piadosa contrarrevolucionaria, por haber conservado escritos favorables al rey y haberse negado a prestar juramento. Sus hermanas merecen la misma pena por haber sido sus cómplices…”. “¡Deo gratias!”, contestaron con fervor las cuatro sentenciadas al oir la sentencia capital[note]Ibíd. p. 104.[/note] y no se oyeron en la multitud ni los gritos, ni las aclamaciones con que solían acoger otras sentencias.

Habiendo de ejecutarse el mismo día la sentencia del tribunal, las her­manas de vuelta a la cárcel tuvieron pocas horas para prepararse a la muerte, aunque en realidad lo hacían desde mucho tiempo antes.

Mientras rezaban con toda tranquilidad, el verdugo se acercó para atar­les las manos y cortarles el cabello.

Hechos los preparativos, las desconsoladas presas les decían: Adiós hermanas, hasta mañana. “No señoras, no hasta mañana, pues nosotras seremos las últimas”.

Se cree que antes de morir recibieron una última absolución, pues en la casa frente a la guillotina, un capuchino estaba escondido y solía absol­ver a los que subían al cadalso. Las hermanas iban, según dice la tradición “como alegres pinzones” (los pinzones eran unos pájaros cantores, muy comunes en esas tierras).

En el trayecto iban consolando a la gente que conmovida las seguían. Sor Magdalena les decía: “Tened confianza, nosotras somos las últimas”.

Ellan iban de pie, las manos atadas, la cabeza coronada con el rosario, que los verdugos les pusieron para burlarse de ellas; cantaban las letanías de la Virgen y el Ave Maris Stella. Subieron al cadalso tranquilas y reco­gidas como en los días felices, habiendo ofrecido las hermanas, el sacri­ficio de su vida, subió la superiora encorvada por 71 años de edad y el peso de los trabajos, pero siempre enérgica y valiente. Al llegar arriba, quiso hablar al pueblo: “Cristianos, dijo, escuchadme. Somos las últimas víctimas. Mañana cesará la persecución, pronto se desarmará la guillotina y los altares de Jesucristo de nuevo se levantarán gloriosos”.[note]Ibid. p. 106.[/note] Dicho esto, ofreció el cuello al verdugo.

Su preciosa muerte tuvo lugar el 26 de junio de 1794.

VIII. La profecía de sor Fontaine

“El profeta habla a los hombres para darles firmeza, aliento y consuelo”.[note]Cor., 14, 3-4.[/note]

Las palabras de Sor Fontaine hicieron profunda impresión en los ánimos, habiéndose cumplido la profecía a la letra. Al día siguiente sólo se pre­sentó un acusado al tribunal. Como cosa rara, lo absolvieron.

Lebón fue acusado ante la asamblea por sus crueldades y acudió a París para defenderse, en donde lo acogieron friamente. El 27 de julio muere Robespierre y Lebón cae definitivamente. No tardó en ser encarcelado y algún tiempo después condenado a muerte.

La predicción de Sor Magdalena fue repetida por todos los que habían vivido estos episodios y transmitidos de padres a hijos y nietos.

El señor Flandrin vecino de Cambrai en sus “Memorias de la Revolu­ción”, al referirse a la muerte de las hermanas, resalta la adhesión de las hermanas a su religión; la negativa a jurar en presencia de los jueces, y la continua oración hasta el patíbulo, ante un pueblo que no desmintió nunca su simpatía y la circunstancia principal que le había conmovido profunda­mente, saber, que las hermanas fueron en Cambrai las últimas víctimas del terror después de haberlo pedido a Dios y prometido al pueblo.

El señor Gillon en “Mártires de la Fe”, dice:

“Se dirigieron a la muerte con sentimientos heroicos de fe y de amor a Dios”, y un poco más adelante añade: “Y con el consuelo de dar su vida por la fe que les inspiraba los sentimientos de que se hallaban penetra­das”, y finalmente: “Fueron como una especie de milagro, las últimas víc­timas del terror en Cambrai”.[note]Capron, op.cit.87.[/note]

Monseñor Deramecourt en 1885, dice de Sor Fontaine:

“Que era mirada por la ciudad de Arras como una santa”, añadiendo de ella y de sus compañeras que “las cuatro fueron las víctimas más puras de la revolución”.[note]Ibíd.[/note]

IX. La glorificación

“Fíjense que vengo pronto llevando el pago que daré a cada uno. Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin. Felices los que lavan sus ropas, disfrutarán del árbol de la vida y se les abrirán las puertas de la ciudad”.[note]Ap. 22, 12-15.[/note]

Las últimas víctimas de José Lebón desde el momento de su muerte go­zaron de gran fama de santidad. La tradición ha mantenido vivo en varias generaciones el renombre de santidad de las hermanas.

El 15 de noviembre de 1900 se empezó a instruir el proceso llamado del ordinario en la ciudad de Cambrai. Llevado a Roma fue abierto el 14 de marzo de 1903. La Congregación de Ritos examinó los escritos de las már­tires de Arras e informó favorablemente sobre ellos. El Papa Pío X con­firmó este juicio. El 14 de mayo de 1907 declaradas Venerables. El 2 de diciembre de 1919 se celebró la Congregación de “tuto” bajo la presiden­cia de Benedicto XV, conviniendo los Cardenales y consultores en que po­día procederse a su beatificación.

El 13 de junio se celebraron con toda solemnidad las fiestas de la beati­ficación en Roma.

X. Su mensaje hoy para América Latina

“No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos”. (Jesucristo).

“El martirio es algo que se encuentra, pero que no se busca”;[note]Gutiérrez, Gustavo. Beber en su propio pozo. 1985. p. 152.[/note] el martirio no es algo que se plantea como una finalidad de nuestra consa­gración al Señor, pero constituye una enorme posibilidad corno la exigen­cia más radical de fidelidad al plan salvífico y liberador de Dios. Es consecuencia de la misión profética inherente a nuestra vocación cristiana. Todo compromiso con Cristo supone una cruz, una pasión, una muerte; pero en el mismo Cristo dicha carrera se traduce en una victoriosa resurrección.

Cuando el Señor Jesús invitó a un puñado de hombres para que lo siguie­ran, no les prometió un imperturbable y acomodado viaje. Para lograr la victoria final —permanecer siempre con El—, necesariamente debían “be­ber su copa” y “sufrir su bautizo” (Mc. 10, 38), “Cargar con su Cruz” (Mt. 10, 38), “pasar por los tribunales, ser azotados y tener la oportunidad de dar testimonio” (Mt. 10, 17-18), “quien intente ganar su vida, la perderá, pero el que la pierda por Mí y por el Evangelio la encontrará” (Mc. 8, 35).

La historia de la Iglesia está llena de muchos testimonios de hombres y mujeres que han dado su vida por la causa de Jesús, la familia vicentina también a través de sacerdotes de la Misión y de Hijas de la Caridad ha participado de este signo; en diferentes sitios y culturas, siempre desde su carisma de evangelización y servicio a los pobres. América Latina en sus cinco siglos de vida de evangelización ha ofrendado también muchas vidas por la causa de Jesús, muchos testigos que vivieron el Evangelio hasta las últimas consecuencias.

El testimonio máxmo de amor a Cristo y a los pobres de las cuatro her­manas de Arras, consecuencia del rechazo a una alternativa contraria a la querida por el Señor, nos ilustra lo anterior. El ejemplo que nuestras hermanas nos han dado, ha sido seguido por muchos y muchas en nuestros pueblos latinoamericanos. La obediencia al plan de Dios, a su voluntad salvífica de liberación para la vida, chocará contra los proyectos de muerte y opresión de los reinos de este mundo. La obediencia a Dios encarnado en la opción preferencial por los pobres supone cargar una cruz, vivir una pasión que se traduce en sospechas, restricción de libertad, limitación en el ejercicio de sus derechos, prisión, torturas, persecución y muerte.

El acto final del martirio de Sor Fontaine y sus compañeras fue prece­dido de una actitud diaria de fidelidad; nuestras hermanas vivieron a pro­fundidad los valores evangélicos y de la espiritualidad vicenciana; para Vicente de Paúl, vivir una espiritualidad no es cosa de un momento del día, del momento de la Eucaristía o de un momento fuerte de oración. A Cristo hay que buscarlo en todo el día, hay que encontrarlo en las relaciones con los hermanos, hay que amarlo y servirlo en cada uno de los hermanos, así se construirá una comunidad que irradiará caridad, así se construirá una Iglesia que sea un grito de amor a todos los que la rodean.

Nuestras hermanas, también nos invitan a vivir con radicalidad el “To­talmente entregadas a Dios. en Comunidad de vida fraterna, para el servi­cio de Cristo en los pobres”. Su fidelidad pasó por la prueba del tiempo siempre atentas a las necesidades de los pobres, profundamente enraiza­das en Dios. en actitud de unidad y fidelidad a la Iglesia, lo que las llevó a dar su vida como afirmación de su fe en la Iglesia de Jesucristo, con un sentido claro y profundo de su identidad y pertenencia a la Compañía.

Durante las horas duras y difíciles de persecución v cárcel, van tomando opciones que les permitan seguir junto a los pobres, luego saben olvidarse de sí mismas, saben mantener una presencia de acompañamiento con el pueblo que sufre como ellas, los excesos del poder y de las fuerzas del pecado, saben mantenerse fieles contra vientos y mareas y continúan anunciando de palabra y de obra que “Jesucristo es su única Esperanza y que el reino de los cielos está cerca y es para ellos”.[note]Hijas de la Caridad, C. 1.7.[/note]

También ahora en América Latina se da la experiencia de muerte, que permite ahondar en el sentido de Resurrección del Señor. La sangre de­rramada por los mártires es semilla que germina en frutos indestructibles de nueva vida, de nuevas esperanzas, de un cielo nuevo y una tierra nueva. En medio de la amargura, el dolor, la angustia y la tristeza producidas por la muerte y los tiempos difíciles, irrumpe la poderosa voz de Cristo: “En el mundo tendrán tribulaciones, pero ¡ANIMO!. Yo he vencido al mundo”. (Jn. 16. 33).

También en nuestros corazones resuena el mensaje de María, la única Madre de la Compañía: “Los tiempos son malos…, el mundo entero se hundirá en desgracia, pero venid al pie de este altar… tened confianza”.

Para la familia vicentina el mensaje de las hermanas de Arras sigue siendo un mensaje de liberación, de esperanza, de compromiso radical con Cristo y su proyecto de vida, una fuerza renovadora que impulsa a vivir con autenticidad, en el hoy, y aquí de nuestro continente.

  • Una vida unificada de oración, servicio y comunión fraterna que sea un signo y una fuerza para la Evangelización.
  • El compromiso en favor de la justicia y de la defensa de los derechos de los “sin voz”[note]Hijas de la Caridad, “En la encrucijada”. Doc. Final Asamblea, 1985. p. 5 y ss.[/note] a ponerse a la escucha de los pobres para ayu­darles a tomar conciencia de su propia dignidad, colaborando con los que trabajan, siguiendo las directivas de la Iglesia, por promover sus derechos. (C. 2. 9).
  • A revelar a nuestros hermanos, como Iglesia, que Dios los ama, por el servicio corporal y espiritual, el testimonio de vida, el anuncio ex­plícito de la Palabra de Dios, el acompañamiento en esperanza de los perseguidos, marginados, refugiados y toda clase de pobres, que cada día aumentan en nuestros pueblos; testimoniar que todo sufri­miento humano, unido al de Cristo, tiene un valor redentor infinito.
  • Asumir la formación integral y continua, no sólo como una necesidad sino como una cuestión de justicia, que nos permitirá hacer frente a los cambios, a las exigencias, a lo que el mundo actual espera de nosotros, recordando aquí el mensaje de Juan Pablo II en 1985: “La Iglesia os propone también su enseñanza magisterial para esclarecer las situaciones socio-políticas y los problemas éticos que tantas Hijas de la Caridad tienen que afrontar en su amor a los pobres”. (J.P. II, 20-6-85).

Al finalizar, no podemos dejar de mencionar, que la presencia de María, fue luz y fuerza para nuestras hermanas, el rosario, como signo de su devo­ción mariana, no abandonó sus manos y fue dejado como herencia a las personas que compartieron con ellas sus últimos momentos; en su peregrinación de fe, María está presente, se cumple la petición de Santa Luisa: “Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su única Madre”.[note]Santa Luisa de Marillac. Testamento espiritual. Op. cit. p. 835.[/note] Nuestras hermanas nos han dado ejemplo,

VIVAMOS EN CARIDAD… NO TENGAMOS MIEDO…[note]M. Rogé. Ecos Compañía, Octubre, 1983. p. 353.[/note] a nosotras nos toca seguir sus huellas.

Bibliografía

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