Mariano Apolinar Kamocki (1804-1884): Capítulo II

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Author: Anales Españoles .
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II

En 183o la católica Polonia toda entera se sublevó con la esperanza de sacudir el yugo tiránico de la Rusia cismática. El joven Mariano, siempre fiel á su divisa: «¡El deber es ante todo! «, se desprende de todos los goces y alegrías de la familia, da un adiós á su esposa, á su tierna hija de tres me­ses, á sus muy amados padres, y corre presuroso al lugar donde le llama la voz de la patria, que se hallaba en peli­gro. Siendo cristiano fervoroso, se mostró también soldado intrépido. Su fe viva, el amor por su país hicieron proverbial su valor, y sus jefes le enviaban á los puestos de más difi­cultad y le confiaban los encargos más honrosos. Se distin­guió mucho en las más fuertes batallas, y apenas empezó el servicio militar consiguió el grado de oficial y fué condeco­rado con la cruz de oro Virtuti militari; en el campo de ba­talla estuvo al lado de su amigo Alejandro Jelowicki.

Algunos extractos de su Memoria del 14.° regimiento, en donde él anotaba día por día los principales sucesos de su vida militar, harán apreciar perfectamente los sentimientos sublimes , la rectitud de su alma ardiente y dispuesta á sa­crificarse en cumplimiento de su deber y para hacer la di­vina voluntad , que fué lo que le movió á alistarse en el ejército. No quiso emprender este nuevo género de vida sin recibir primero la bendición de su tío el obispo de Cacrovia, Ilmo. Sr. Skorkowski. La carta de este Prelado, con fecha del 23 de Enero de 1831, en la que le mandaba su bendición dichosa, forma la primera página de la interesante Memo­ria. La pondremos á continuación: «Mi querido, Mariano: He recibido tu carta fechada en Pinkow. Estoy profunda­mente conmovido por tu sacrificio en defensa de la patria, y te doy la bendición con todo mi corazón. ¡Que la gracia de Dios guarde tu corazón y espíritu de toda mancha, y te pre­serve además de todo accidente desgraciado! Si sabes acep­tar humildemente y llevar con valor las pruebas dolorosas que Dios te enviare, está persuadido que ese Dios misericor­dioso te consolará tarde ó temprano. Levantando mi mano indigna, hago sobre ti la señal de t (la cruz).

» Tu muy querido y estimado tío, » SKORKOWSKI, obispo de Cacrovia.»

Los deseos que este santo Obispo tenía del bien de su jo­ven sobrino, fueron perfectamente cumplidos; en medio de los peligros de la guerra, como en todas las pruebas de la vida, la gracia de Dios estuvo siempre con él, y la oración le consiguió la fuerza que le dió valor para no desfallecer ja­más. Todo le servía para hacer su fe humilde, viva, pura, desprendida de todo interés personal; esta fe fué la que hizo siempre comprender que la mano divina es la que al mismo tiempo prueba y consuela. Recibía las cosas adversas como si las mereciese, y las consolaciones como un don gratuito, que hacía rebosar su alma en reconocimiento.

El diario del Sr. Kamocki está lleno de interés por su narración histórica. Refiere la formación del 14.° regimien­to de infantería, del que él formó compañía, y en el que, no obstante su juventud, tomó parte muy activa ; da á co­nocer los jefes del ejército, sus compañeros de armas, los lugares por donde anduvieron y las batallas más ó menos importantes. Nosotros nos limitaremos á publicar algunos extractos.

«… Comenzamos y terminamos la jornada por el canto de un cántico suplicando al Señor que dejase de afligir á su pueblo, y que volviese la libertad á la patria para que le sir­viésemos en paz y unión…

«Por orden del Capitán general, los soldados recitaban des­pués de la revista la siguiente oración: «¡Oh Dios , creador del universo mundo, que tenéis en vuestras manos la suerte de los pueblos ; dignaos echar una mirada de misericordia sobre nuestra nación polaca. Bendecid la obra que hemos emprendido, mantened entre nosotros la fe viva, el amor á la virtud, la buena inteligencia, unión y concordia. Dad vues­tra sabiduría á los que gobiernan y á los que obedecen; con­ceded á toda la armada un valor invencible, y ayudadnos con vuestro poderoso brazo á vencer á los enemigos de la na­ción y del nombre polaco. Haced, Dios Todopoderoso, que, aumentando en los sentimientos de justicia, podamos otra vez volver á ver á nuestra amada patria en gloria y prospe­ridad constantes. Esto os pedimos por los méritos de Jesu­cristo, vuestro Hijo, Señor y Salvador nuestro. Amén.»

Ved aquí algunos otros extractos:

«23 de Mayo.—Gostyry.- Fiesta de Pentecostés.— Tu­vimos oficio solemne al aire libre, al fin del cual la vanguar­dia empezó á responder al fuego del enemigo, y por la tar­de tuvimos un gran combate. Por vez primera tomó par­te el regimiento en una furiosa batalla. Los soldados y los oficiales, á pesar de su juventud , mostraron valor y atrevi­miento admirables en presencia de la muerte; los guerreros veteranos les hacen justicia en esto… rketiróse el enemigo después de haber sufrido inmensas pérdidas. El capellán no se apartó un instante del campo de batalla, y animaba nues­tro valor enseñándonos la cruz que tenía en la mano, ele­vándola cuanto le era posible; su sobrepelliz fué atravesada por las balas. La noche fué de mucha alegría y regocijo para el regimiento.»

«25 de Mayo.—El Capitán general tuvo á bien hacer la revista del regimiento ; nos felicitó del bautismo que con tanta gloria recibimos, y nos dió las gracias, en nombre de toda la nación, por haber preservado y defendido al cuerpo entero del ejército.»

Este fué el día en que el Sr. Kamocki fué condecorado y distinguido, juntamente con otros compañeros suyos, en presencia del ejército.

«29 de Agosto.—Batalla cerca de Migdzyvzyce.—El jefe del Estado mayor, Estanislao Zamoyski, tomó el mando del regimiento y nos hizo acometer á los moscovitas, que tenían posición muy fuerte en un bosque. El príncipe Czar­toryski vino á nuestro batallón para infundirnos valor en medio de un fuego continuo, que nos causaba grandes pérdidas. Una bomba lanzada por el enemigo estalló entre el general Zamoyski y el príncipe Adam; los dos le salu­dan clamando: ¡Viva la patria! Y nosotros le respondimos por tres veces: ¡Viva la patria! ¡Vivan el general Za­moyski y el príncipe Adam!… Desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la tarde, estuvo nuestro regi­miento en medio de un fuego continuo; pero la divina Pro­videncia velaba por nosotros, y únicamente perdimos un oficial, cien soldados próximamente, con algún corto nú­mero de heridos. Dos cuerpos del ejército enemigo fueron destruidos; quedaron muchos prisioneros, y dejaron muchas armas en el campo de batalla… Hay que hacer, sin embargo, justicia á los moscovitas. Se batieron y pelearon valientemente.»

Continúa el Sr. Kamocki en su Memoria contando los sucesos de las armas polacas, y da al mismo tiempo gracias á Dios Nuestro Señor. Mas llegó la hora de la prueba, la cual el Sr. Kamocki sintió con la fuerza de un corazón que todo entero se había sacrificado por una causa que él mi­raba como sagrada. En la expresión de su dolor reveló la grandeza del amor verdadero y desinteresado de un soldado cristiano que daba su sangre por la patria; al mismo tiem­po se manifiestan sus sentimientos de conformidad á los de­signios impenetrables del soberano Señor de todo.

«16 de Setiembre.—Ultima batalla con los rusos, cerca de Borow, en la frontera de Galitzia , sobre las orillas del Vístula.—Comenzó esta batalla cerca del medio día , y duró hasta las tres de la tarde. ¡Gran Dios! ¡qué combate! El general Sieniawski quería entrar á la bayoneta para hacer retirar á los rusos de la posición que tenían en Borow, y vengar en este último combate á su país infortunado. Con la voz interrumpida por los sollozos, llamó á nuestro re­gimiento, y todos gritamos: ¡Viva la patria! ¡General, con­ducidnos! Todos nosotros moriremos, pero jamás rendi­remos nuestras armas al enemigo.

«En este mismo momento llegó el general Komarino con su Estado mayor, y al son de trompeta publicó un armisti­cio y anunció que iba á enviar un parlamento al campo de los moscovitas. A este mismo tiempo vimos colocada sobre las colinas la armada austriaca. La desesperación y el bo­chorno se apoderaron de los soldados, pues todavía era tiempo de manifestar al mundo entero que no en vano la Polonia había clamado: Vencer ó morir!

«Sólo los soldados y unos cuantos oficiales poco acos­tumbrados al arte militar tenían estos sentimientos, en los cuales estaban conformes los oficiales del 14.° regimiento, y yo fuí el encargado de expresarlos al Consejo de guerra. Re­unióse éste á las seis de la tarde, y fué interrumpido por haber los rusos violado la palabra dada; pues no obstante el armisticio, atacaron á un destacamento de caballería ocu­pado en dar forraje á los caballos.

«Se reunió de nuevo el Consejo á las nueve, el cual se componía de todos los jefes y de un oficial de cada regimien­to. Era menester tomar una decisión. Mas por una parte, el paso del Vístula se había hecho imposible; por otra la vuel­ta á Zamosc era sin resultado alguno y presentaba grandes dificultades. No quedaban, pues, más que las alternativas si­guientes: Ó se había de capitular entregando á Varsovia, como proponían los moscovitas, ó bien entrar en Galitzia con las armas, y al punto entregarlas, ó, en fin, decidirse á dar un último combate, durante el cual se podría hacer cuanto posible fuese para efectuar el paso del Vístula. Se propuso también atravesar, con las armas en la mano, la Galitzia, para ganar la frontera de Zawichust; esto parecía fácil; la armada austriaca era poco numerosa, y era posible hacerlo casi sin combatir. Todas estas proposiciones fueron enun­ciadas; siguió un momento de silencio; momento terrible, mortal… La mirada de los jefes reunidos estaba suspensa; un dolor profundo se presentaba en todos los semblantes, y la mayor parta tenían las lágrimas en los ojos.

«Siendo yo el más joven del Consejo, fuí invitado á dar mi parecer. Estaba firme en mi convicción y en el aviso de mis compañeros, que me habían elegido por intérprete de sus sentimientos expresados unánimemente por todo el regi­miento. Considerando algunos de los medios propuestos co­mo odiosos, estando persuadido que otros no podían reali­zarse. declaré en nombre del regimiento que nada podría mudar nuestra opinión, que era: dar la batalla y morir en la frontera del país, antes que dar un solo paso contrario á la dignidad de la nación que nos confió su suerte, y opues­to á la santidad de nuestra causa y al cumplimiento de nuestros juramentos. Además añadí que tan odioso era el capitular con los rusos como el abandonar el país te­niendo todavía las armas en la mano; les repetí que el 14 regimiento deseaba derramar toda su sangre en esta tierra sagrada, y que invitaba á todos á hacer lo mismo. Este con­sejo fué apoyado por el general Sieniavvki, por los jefes y oficiales del regimiento de hulanos, de artillería, etc., por el coronel Kraszewski y el general Zamoyski, que aprove­chó esta ocasión para dar testimonio del valor y sacrificio sin límites del 14.° regimiento por la causa de la patria. Otros muchos rechazaron esta proposición, y la considera­ban como una locura… ¡Ah! ¡No comprendían que la ver­dadera locura consistía en preferir á una muerte gloriosa la vida miserable y el deshonor!

«La medida dolorosa de entrar en la Galitzia con las ar­mas para deponerlas en manos de los austriacos, fué vota­da por mayoría de votos. Yo tomé entonces otra vez la pa­labra para hacer, en nombre del regimiento, la última pro­posición: Lo mejor será, dije, destruir nuestras armas en la frontera; el ejemplo funesto del cuerpo de armas de Dwer­iticki nos da á entender que nuestras armas, entregadas á los austriacos, serán remitidas en seguida á nuestros ene­migos. Debemos dar esta satisfacción á nuestros soldados, ya que se ven reducidos á la imposibilidad de servirse de ellas para defender la causa sagrada de la patria. Esta pro­posición fué aprobada por los que, como arriba dije, apoya­ron mi primer parecer; pero los otros la rechazaron gritan­do: Ya no hay que pensar más; el tiempo acordado para el armisticio se ha terminado. General, dad orden de ejecutar la resolución tomada».

«Imposible es referir la consternación del ejército, que estaba preparado para el combate. El día 17 de Setiembre, el cuerpo segundo del ejército polaco entró en Galitzia. Fué ésta una cautividad voluntaria, causada por falta de valor de algunos jefes, no de todo el ejército. No obstante, les ex­cuso; querían conservar todavía la vida con la esperanza de ser útiles á su patria.

«Fuimos recibidos por el mariscal Bartolotti, é inmediatamente nos rodeó la armada austriaca. El dolor de los po­bres soldados se mudó en desesperación luego que se anun­ció la rendición de las armas para el día 19. Yo no tuve va­lor para asistir á este acto tan lúgubre, mil veces más espan­toso que las convulsiones de la agonía, y supe que dicho acto despedazaba el corazón de dolor. Los soldados abrazaban las armas, las regaban con sus lágrimas y les daban el úl­timo adiós. Tal fué la suerte del regimiento reunido bajo los mejores auspicios, tan héroe en el campo de batalla y tan disciplinado en el tiempo de paz…. ¡Dios mío, concededme la gracia de volver á hallarme otra vez en medio de mis queridos compañeros de armas! Dar mi último suspiro por la patria en vuestra presencia, descansar en la sepultura abierta por vuestras manos, es el único favor que pide al cielo vuestro hermano y fiel compañero.»

«18 de Setiembre.—El coronel Zamoyski indicó á algu­nos de nosotros el proyecto de pasar secretamente á través de las posiciones de los austriacos, y atravesar el Vístula cer­ca de Opatowice, para volver á reunirnos al ejército del ge­neral Rozycki. Muchos fueron los que voluntariamente qui­sieron seguir su ejemplo. El capitán Siemienski recibió or­den de formar en Opatowice el batallón de los soldados y oficiales que se rindieron. Por la tarde, yo me separé y dejé el ejército, otras veces lleno de vida y valor y en este mo­mento sumergido en un enorme dolor…»

«21 de Setiembre. — Con la ayuda y auxilio de los pro­pietarios de Galitzia pudimos llegar á orillas del Vístula; pero vimos que era imposible pasarlo, pues los moscovitas ocupaban toda la ribera.

«El ejército del general Rosycki fué obligado á abandonar por todas partes el campo de batalla.., ¡Nuestra última espe­ranza quedó frustrada!

«Las muy dignas y nobles familias de Galitzia nos soco­rrieron por algunos meses, y así pudimos sustraernos de la vigilancia de la policía austriaca. iRecompensadles, Dios

mío, lo que hicieron por mí, y guiad todos mis pasos según el beneplácito de vuestra santa voluntad!…

«Como un dulce sueño se pasaron los ocho meses que estuve trabajando por mi amada patria; siempre los contaré entre los días más dichosos de mi vida, que de aquí adelante se hallará llena de amargura…! ¡Gran Dios ¡Dignaos darme otra vez antes de mi muerte días semejantes! ¡Hacedme útil á mi patria! ¡Termine yo mi vida sacrificándola por una causa tan santa!— Diciembre de 1831, en Roznow.—Enero de 1832, en Baliezewo.» Así termina el diario del Sr. Ka­mocki.

Después de la rendición de Varsovia, los vencedores de­terminaron lo que se había de hacer de los jefes de esta guerra, que, aunque desgraciada, había sido muy gloriosa para Polonia. Al Sr. Kamocki se le desterró para siempre del país; sus bienes fueron confiscados, y se puso precio á su cabeza. Veintisiete años tenía entonces el Sr. Kamocki; otros muchos sacrificios le aguardaban todavía; ya no volvería á ver más á sus muy queridos padres, los cuales por su avan­zada edad, y sobre todo por su salud delicada, no podían hacer un viaje para verle y abrazarle en el lugar del destie­rro. Su hija, que quedaba huerfanita, fué recogida por sus abuelos maternos; el pobre padre, á pesar del tierno amor que le tenía, únicamente tuvo el consuelo de verla un ins­tante al tiempo de abandonar el territorio austriaco. Sólo la fe podía sostenerle, pues siendo aún tan joven le habían abandonado todas las alegrías de la tierra. Hubiera sido, sin embargo, dichoso en medio de tantas desgracias si hubiera podido permanecer en Cracovia; pero su sacrificio había de ser completo: un nuevo destierro le arrojaba lejos de su amada patria. El embajador de Francia en Viena le escri­bía lo siguiente con fecha 28 de Agosto de 1836:

«La remisión del pasaporte se ha diferido á causa de la serie de negociaciones que habéis hecho para obtener el per­miso de continuar residiendo en Cracovia. Faltándoos hoy esta esperanza, he enterado inmediatamente al ministro de Policía de vuestra situación, y de aquí á pocos días se os en­viará á Podgiwze el pasaporte que os estaba destinado. Las dificultades puestas por el gobierno de Alemania no per­miten que hagáis el viaje por tierra, y así es necesario que os reunáis con los refugiados en Trieste. Escribiré además á nuestro cónsul para que hable en vuestro favor cuando lleguéis á Marsella, pues debéis estar comprendido entre los primeros desterrados de quienes se dispuso que residiesen en Francia, teniendo presente la declaración hecha por vos de querer mejor residir en donde os permitiesen renun­ciar á toda especie de auxilios del Gobierno del Rey. Re­cibid la prenda y seguridad de mi distinguida consideración, etc.»

Conducido el Sr. Kamocki por una escolta militar hasta Trieste, el pasar por Troppau tuvo el triste consuelo de ver á su tío, el santo obispo de Cracovia, que estaba desterrado de su ciudad episcopal y de su diócesis por la firmeza con que defendió los derechos de la santa Iglesia. Con toda la efusión de su corazón recibió la bendición del venerable Pontífice para que le diese fuerza, no para combatir á los enemigos de su patria, sino para salir victorioso de las lu­chas que tendría que tener consigo mismo durante su largo, destierro.

Habiendo llegado á Francia salió para Burdeos, adonde le habían ya precedido la mayor parte de sus compañeros de infortunio. Poco á poco se fueron consumiendo sus re­cursos pecuniarios, y la delicadeza y nobleza de sus senti­mientos le hicieron temer mucho el tener que implorar, aunque provisionalmente, la caridad de sus compatriotas ó de los habitantes del país que le ofreciesen hospitalidad. Luego que fijó los ojos de la fe en su Dios y Salvador, no le pareció humillante tomar algún honesto trabajo, ganando el pan cuotidiano como un pobre carpintero. Entretanto que le venía un nuevo socorro que su familia debía enviarle, se obligó á trabajar como simple oficial en una casa en que se refinaba y purificaba el azúcar.

Pero la virtud, el valor, la piedad misma no excluían el sufrimiento interior de su corazón; por el contrario, todas estas cosas lo hacían más sensible en proporción de la deli­cadeza y sublimidad de sus sentimientos. Fácil es compren­der con cuántos méritos para el cielo se enriqueció nuestro desterrado durante esta situación, tan nueva para él; méritos tanto más grandes cuanto Dios sólo era el que los conocía. Su continuo trabajo, su modestia y la solicitud con que procuraba servir á todos, edificaban á sus compañeros y á su amo. Los sentimientos de estimación y afecto que tenían para con él se manifiestan claramente en un pequeño álbum en donde muchos de ellos quisieron trazar algunas líneas, despidiéndose de él, cuando determinó salir de Burdeos.

Anales españoles 1893

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