El Sr. D. Mariano Apolinar Kamocki nació el 16 de Julio de 1804 en Raciborowiec, cerca de Piotrkow, perteneciente al departamento de Kalizy, de una antigua familia noble, en la que eran como hereditarias la fe viva, la sólida piedad y todas las virtudes cristianas. Más estimable es, sin comparación alguna, la nobleza que da la virtud, que la nobleza de origen y linaje.
Pedro Kamocki era de todos conocido por los sacrificios hechos en bien de los intereses de la Iglesia y de su patria. Era verdadero padre de los pobres y de sus domésticos, árbitro en todas las dificultades y cuestiones que se suscitaban entre los señores vecinos, por lo que se había granjeado el aprecio y estimación de todos. Tuvo dos hijos, que le profesaban gran respeto y veneración ; la hija murió joven, á los dos años de matrimonio ; el hijo, que era Mariano Apolinar, le miraba, no sólo como á su padre, sino como el mejor amigo, á quien nada debía ocultar.
La madre del Sr. Kamocki , María Skorkowska , hermana del obispo de Cracovia, digna de tal hermano y tal esposo por su piedad, su virtud y caridad, era verdaderamente la mujer fuerte de que habla el Evangelio. Sus hijos le profesaban un afecto tal, que parecía una especie de culto; hablaban de ella con las lágrimas en los ojos y la llamaban su santa madre. Una carta hallada entre Ios papeles del Sr. Kamocki da perfectamente á conocer el carácter de esta madre verdaderamente cristiana, y el aprecio y veneración que sus hijos le tenían. Véase, pues, lo que le escribía:
«Mi muy amado y querido hijo: Deseas que te envíe por escrito mis consejos, como lo he hecho con tu hermana. Los deberes y obligaciones de una mujer son muy fáciles y sencillos de cumplir, por lo que yo pude dárselos a conocer; pero un hombre, querido hijo, por su naturaleza está llamado á desempeñar cargos más excelentes y elevados. Sin embargo, por satisfacer al deseo que el amor filial te inspira, te mando mis insignificantes recomendaciones como el último recuerdo y prenda de mi afecto maternal.
«Cualquiera que fuere la posición y estado que pudieras tener en el porvenir, jamás te olvides de la presencia de Dios, que castiga el crimen y recompensa la virtud. Permanece siempre constante en la santa Religión, aprecia mucho las ceremonias de la santa Iglesia y profesa siempre un gran respeto á los sacerdotes, sus ministros. El principal cuidado que has de tener después del amor de Dios y del prójimo, ha de ser el procurar siempre el bien público; trabaja constantemente para que los sentimientos de humanidad, indulgencia, dulzura y justicia te acompañen, así en la vida privada como en la pública. Si llegares algún día á contraer matrimonio, sé muy prudente en todas las cosas que digan orden a tu esposa, como lo hace tu querido padre. Sigue sus consejos en todos tus proyectos, imita sus virtudes, y con amor filial trata de dulcificar las amarguras que le sobrevengan en los días de su vida.
«Cuando llegues á saber que ya he salido de este mundo, el afecto filial te recuerde el deber que tienes de rogar al Señor por el alma de tu madre, que tendrá que pagar su deuda á la justicia divina. Según tu posición te lo permita haz decir muchas Misas, porque este soberano y santo sacrificio de la Misa da mucho refrigerio y consuelo á las almas del purgatorio.
«Te doy mi bendición, que puede ser sea la última, con el amor tierno que toda buena madre tiene á sus queridos hijos. Dios te bendiga como bendijo á Abraham y Jacob, te conceda las virtudes que le son más agradables, y te dé y conserve la salud, gloria y buen nombre. Estos son los deseos de una madre para con sus amados hijos, y éstos son ciertamente los míos.
«Tu afectísima madre, MARÍA SKORKOWSKA. 24 de Abril de 1823.
Diecinueve años tenía el Sr. Kamocki cuando su madre le daba estos consejos, y más tarde veremos con qué fidelidad los puso en práctica. Por espacio de muchos años todavía, este hijo tiernamente amado recibió de su querida madre la bendición, que le fortificaba contra las adversidades y sufrimientos que le aguardaban. Una carta apenas inteligible, con fecha del 30 de Agosto de 1847, le proporcionó este consuelo por última vez. En ella se expresa de este modo: «Después de haber esperado por mucho tiempo, querido hijo Mariano, Dios Nuestro Señor se ha dignado consolarme mandándome tus muy estimadas letras. Sus designios son impenetrables; esperaba morir en el lugar bendito de la penitencia pero no he sido digna de esta gracia. He caído en una grave enfermedad, por lo que el médico ha dispuesto que deje esta santa Casa. ¡Hágase siempre la divina voluntad! Tengo mucho que padecer; mis piernas se han hinchado de tal modo, que no puedo caminar porque no tienen fuerza para sostenerme. Te encomiendo á Dios, querido hijo, con el intenso amor de madre que te quiere entrañablemente. Mucho tiempo hace que no he escrito a mi amada Josefa; pero nunca dejo de desearle un buen porvenir, y cada día le envío la bendición, y no deseo otra cosa sino que tenga acierto en todo lo que pertenece á su vocación. Da mis afectos al P. Alejandro, á las Hermanas de la Caridad, y que rueguen por mí, que estoy enferma de alma y cuerpo».
Algunas líneas puestas á continuación de esta carta por el Sr. Kamocki, dan testimonio del religioso y tierno afecto que siempre conservó á sus amados padres. «Pocas horas después de haber escrito esta carta, mi muy querida madre, después de haber, por la gracia de Dios, confesado la víspera, salió de este mundo el día 30 de Abril, á las cuatro de la mañana… ¡Oh buen Dios! ¡Dios lleno de misericordia! dad á su alma la luz eterna, y á mí, miserable, la gracia de juntarme algún día con ella, así como también con el alma de mi querido padre».
Sabiendo cuáles fueron los padres del Sr. Mariano, fácil es comprender cuál fue la educación que recibiría en su infancia. La inteligencia y las cualidades del corazón de este niño, alimentadas desde la cuna con todo lo que la Religión ofrece de más substancioso y la ternura maternal de más suave, se desenvolvieron rápidamente en el transcurso de su vida. Siempre fué el consuelo de sus padres, y únicamente su salud alguna vez que otra les causó algunas angustias. En su infancia era de naturaleza débil y delicada, y siendo de edad de cuatro años tuvo una violenta fiebre escarlatina, que en pocos días le redujo al último extremo. Habiendo bien pronto declarado el médico que le quedaban pocas horas de vida, su madre, no escuchando en medio de su dolor más que á la inspiración de su viva fe, toma á su querido hijo de la camilla en que se hallaba, monta en el carruaje y va a arrojarse á los pies de la Virgen milagrosa de Bendkow, y deja su niño enfermo en las gradas del altar. Ruega allí con el fervor que sólo una madre sabe tener; á los pocos instantes el niño abre los ojos, se levanta, se echa en los brazos de su madre y le dice: «¡Ya estoy sano! ¡ya estoy sano!»
Consagrado desde este momento de una manera particular á la Santísima Virgen, profesó siempre gran amor filial á su divina protectora. La devoción más tierna á María Inmaculada no se separó jamás de su alma fervorosa, y el reconocimiento será siempre el rasgo característico que le acompañará hasta su último suspiro. Toda su dicha consistía en hablar de María, hacerla conocer y amar. El único recuerdo de familia que llevó consigo al destierro fué una imagen de la Virgen pintada al óleo, y la cual conservó aún al entrar en la Congregación.
Hizo sus estudios elementales en Piotrkow, é inmediatamente continuó en Varsovia sus estudios superiores, terminándolos felizmente en la Universidad, haciendo unos brillantes exámenes de Derecho. Por su gran humildad jamás hablaba de esto; el diploma hallado entre sus libros da noticia de ello. Estando en Varsovia conoció al joven Alejandro Jelowicki, que frecuentaba las mismas cátedras, y ambos á dos estaban adornados de las mismas cualidades de corazón y espíritu; tenían los mismos gustos, los mismos afectos, y aun en los defectos mismos eran parecidos; pues el uno y el otro tenían esa vivacidad, esa impetuosidad de carácter, que más tarde había de ser origen de muchas luchas, así como también ocasión de muchas victorias y méritos alcanzados por la energía con que se violentaron mortificaron en todas las circunstancias. Trabaron entre sí una de esas amistades firmes y santas de que únicamente son capaces los corazones grandes; jamás se alteró entre ellos esta amistad; al contrario, se fortificó más y más co n mil pruebas y sufrimientos.
Habiendo el Sr. Kamocki terminado sus estudios, permaneció con sus padres, que no se podían resolver á separarse de él. El amor al trabajo fué siempre una de sus más grandes cualidades, y así, no queriendo estar ocioso en la casa paterna, empezó á ejercer la magistratura. Después de haber prestado servicios enteramente desinteresados por espacio de año y medio, no teniendo aún la edad de veintidós años fué nombrado Asesor honorario, «en atención á sus disposiciones excelentes, á su aplicación ejemplar y á sus cualidades personales, que le aseguraban un porvenir brillante si continuaba la carrera de la magistratura «. Tal es el magnífico elogio que de él se hace en la cédula de su nombramiento, hallada entre sus papeles.
A la edad de veinticuatro años se desposó el Sr. Kamocki con la señora Emilia Tomkowiez, la que por la posición de su familia, así como también por sus cualidades personales, era digna de ser elegida por esposa de este hombre eminentemente cristiano y notable por su estado social. El bienestar no les había de durar mucho tiempo.
Anales españoles 1893








