Mariano Apolinar Kamocki (1804-1884): Capítulo I

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Author: Anales Españoles .
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I

El Sr. D. Mariano Apolinar Kamocki nació el 16 de Julio de 1804 en Raciborowiec, cerca de Piotrkow, pertenecien­te al departamento de Kalizy, de una antigua familia no­ble, en la que eran como hereditarias la fe viva, la sólida piedad y todas las virtudes cristianas. Más estimable es, sin comparación alguna, la nobleza que da la virtud, que la nobleza de origen y linaje.

Pedro Kamocki era de todos conocido por los sacrificios hechos en bien de los intereses de la Iglesia y de su patria. Era verdadero padre de los pobres y de sus domésticos, ár­bitro en todas las dificultades y cuestiones que se suscita­ban entre los señores vecinos, por lo que se había granjeado el aprecio y estimación de todos. Tuvo dos hijos, que le profesaban gran respeto y veneración ; la hija murió joven, á los dos años de matrimonio ; el hijo, que era Mariano Apolinar, le miraba, no sólo como á su padre, sino como el mejor amigo, á quien nada debía ocultar.

La madre del Sr. Kamocki , María Skorkowska , her­mana del obispo de Cracovia, digna de tal hermano y tal esposo por su piedad, su virtud y caridad, era verdadera­mente la mujer fuerte de que habla el Evangelio. Sus hijos le profesaban un afecto tal, que parecía una especie de cul­to; hablaban de ella con las lágrimas en los ojos y la llama­ban su santa madre. Una carta hallada entre Ios papeles del Sr. Kamocki da perfectamente á conocer el carácter de esta madre verdaderamente cristiana, y el aprecio y vene­ración que sus hijos le tenían. Véase, pues, lo que le escribía:

«Mi muy amado y querido hijo: Deseas que te envíe por escrito mis consejos, como lo he hecho con tu herma­na. Los deberes y obligaciones de una mujer son muy fá­ciles y sencillos de cumplir, por lo que yo pude dárselos a conocer; pero un hombre, querido hijo, por su naturaleza está llamado á desempeñar cargos más excelentes y elevados. Sin embargo, por satisfacer al deseo que el amor filial te inspira, te mando mis insignificantes recomendaciones como el último recuerdo y prenda de mi afecto maternal.

«Cualquiera que fuere la posición y estado que pudie­ras tener en el porvenir, jamás te olvides de la presencia de Dios, que castiga el crimen y recompensa la virtud. Per­manece siempre constante en la santa Religión, aprecia mu­cho las ceremonias de la santa Iglesia y profesa siempre un gran respeto á los sacerdotes, sus ministros. El principal cui­dado que has de tener después del amor de Dios y del prójimo, ha de ser el procurar siempre el bien público; tra­baja constantemente para que los sentimientos de huma­nidad, indulgencia, dulzura y justicia te acompañen, así en la vida privada como en la pública. Si llegares algún día á contraer matrimonio, sé muy prudente en todas las cosas que digan orden a tu esposa, como lo hace tu querido pa­dre. Sigue sus consejos en todos tus proyectos, imita sus virtudes, y con amor filial trata de dulcificar las amarguras que le sobrevengan en los días de su vida.

«Cuando llegues á saber que ya he salido de este mun­do, el afecto filial te recuerde el deber que tienes de rogar al Señor por el alma de tu madre, que tendrá que pagar su deuda á la justicia divina. Según tu posición te lo permita haz decir muchas Misas, porque este soberano y santo sa­crificio de la Misa da mucho refrigerio y consuelo á las almas del purgatorio.

«Te doy mi bendición, que puede ser sea la última, con el amor tierno que toda buena madre tiene á sus queridos hijos. Dios te bendiga como bendijo á Abraham y Jacob, te conceda las virtudes que le son más agradables, y te dé y conserve la salud, gloria y buen nombre. Estos son los de­seos de una madre para con sus amados hijos, y éstos son ciertamente los míos.

«Tu afectísima madre, MARÍA SKORKOWSKA. 24 de Abril de 1823.

Diecinueve años tenía el Sr. Kamocki cuando su madre le daba estos consejos, y más tarde veremos con qué fideli­dad los puso en práctica. Por espacio de muchos años to­davía, este hijo tiernamente amado recibió de su querida madre la bendición, que le fortificaba contra las adversida­des y sufrimientos que le aguardaban. Una carta apenas in­teligible, con fecha del 30 de Agosto de 1847, le proporcio­nó este consuelo por última vez. En ella se expresa de este modo: «Después de haber esperado por mucho tiempo, querido hijo Mariano, Dios Nuestro Señor se ha dignado consolarme mandándome tus muy estimadas letras. Sus de­signios son impenetrables; esperaba morir en el lugar ben­dito de la penitencia pero no he sido digna de esta gracia. He caído en una grave enfermedad, por lo que el médico ha dispuesto que deje esta santa Casa. ¡Hágase siempre la di­vina voluntad! Tengo mucho que padecer; mis piernas se han hinchado de tal modo, que no puedo caminar porque no tienen fuerza para sostenerme. Te encomiendo á Dios, querido hijo, con el intenso amor de madre que te quiere entrañablemente. Mucho tiempo hace que no he escrito a mi amada Josefa; pero nunca dejo de desearle un buen porvenir, y cada día le envío la bendición, y no deseo otra cosa sino que tenga acierto en todo lo que pertenece á su vocación. Da mis afectos al P. Alejandro, á las Hermanas de la Caridad, y que rueguen por mí, que estoy enferma de alma y cuerpo».

Algunas líneas puestas á continuación de esta carta por el Sr. Kamocki, dan testimonio del religioso y tierno afec­to que siempre conservó á sus amados padres. «Pocas horas después de haber escrito esta carta, mi muy querida madre, después de haber, por la gracia de Dios, confesado la vís­pera, salió de este mundo el día 30 de Abril, á las cuatro de la mañana… ¡Oh buen Dios! ¡Dios lleno de misericor­dia! dad á su alma la luz eterna, y á mí, miserable, la gracia de juntarme algún día con ella, así como también con el alma de mi querido padre».

Sabiendo cuáles fueron los padres del Sr. Mariano, fácil es comprender cuál fue la educación que recibiría en su infancia. La inteligencia y las cualidades del corazón de este niño, alimentadas desde la cuna con todo lo que la Religión ofrece de más substancioso y la ternura maternal de más suave, se desenvolvieron rápidamente en el transcurso de su vi­da. Siempre fué el consuelo de sus padres, y únicamente su salud alguna vez que otra les causó algunas angustias. En su infancia era de naturaleza débil y delicada, y siendo de edad de cuatro años tuvo una violenta fiebre escarlatina, que en pocos días le redujo al último extremo. Habiendo bien pronto declarado el médico que le quedaban pocas horas de vida, su madre, no escuchando en medio de su dolor más que á la inspiración de su viva fe, toma á su querido hijo de la camilla en que se hallaba, monta en el carruaje y va a arrojarse á los pies de la Virgen milagrosa de Bendkow, y deja su niño enfermo en las gradas del altar. Ruega allí con el fervor que sólo una madre sabe tener; á los pocos instan­tes el niño abre los ojos, se levanta, se echa en los brazos de su madre y le dice: «¡Ya estoy sano! ¡ya estoy sano!»

Consagrado desde este momento de una manera parti­cular á la Santísima Virgen, profesó siempre gran amor filial á su divina protectora. La devoción más tierna á Ma­ría Inmaculada no se separó jamás de su alma fervorosa, y el reconocimiento será siempre el rasgo característico que le acompañará hasta su último suspiro. Toda su dicha con­sistía en hablar de María, hacerla conocer y amar. El úni­co recuerdo de familia que llevó consigo al destierro fué una imagen de la Virgen pintada al óleo, y la cual conservó aún al entrar en la Congregación.

Hizo sus estudios elementales en Piotrkow, é inmedia­tamente continuó en Varsovia sus estudios superiores, ter­minándolos felizmente en la Universidad, haciendo unos brillantes exámenes de Derecho. Por su gran humildad ja­más hablaba de esto; el diploma hallado entre sus libros da noticia de ello. Estando en Varsovia conoció al joven Ale­jandro Jelowicki, que frecuentaba las mismas cátedras, y ambos á dos estaban adornados de las mismas cualidades de corazón y espíritu; tenían los mismos gustos, los mismos afectos, y aun en los defectos mismos eran parecidos; pues el uno y el otro tenían esa vivacidad, esa impetuosidad de carácter, que más tarde había de ser origen de muchas lu­chas, así como también ocasión de muchas victorias y mé­ritos alcanzados por la energía con que se violentaron mortificaron en todas las circunstancias. Trabaron entre sí una de esas amistades firmes y santas de que únicamente son capaces los corazones grandes; jamás se alteró entre ellos esta amistad; al contrario, se fortificó más y más co n mil pruebas y sufrimientos.

Habiendo el Sr. Kamocki terminado sus estudios, permaneció con sus padres, que no se podían resolver á sepa­rarse de él. El amor al trabajo fué siempre una de sus más grandes cualidades, y así, no queriendo estar ocioso en la casa paterna, empezó á ejercer la magistratura. Después de haber prestado servicios enteramente desinteresados por es­pacio de año y medio, no teniendo aún la edad de veintidós años fué nombrado Asesor honorario, «en atención á sus disposiciones excelentes, á su aplicación ejemplar y á sus cualidades personales, que le aseguraban un porvenir bri­llante si continuaba la carrera de la magistratura «. Tal es el magnífico elogio que de él se hace en la cédula de su nombramiento, hallada entre sus papeles.

A la edad de veinticuatro años se desposó el Sr. Kamo­cki con la señora Emilia Tomkowiez, la que por la po­sición de su familia, así como también por sus cualidades personales, era digna de ser elegida por esposa de este hom­bre eminentemente cristiano y notable por su estado social. El bienestar no les había de durar mucho tiempo.

Anales españoles 1893

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