María, Madre y Guía nuestra

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Ana Duzan, H.C. · Year of first publication: 1988 · Source: Ecos de la Compañía.
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bajo tu amparoHan pasado solamente unos días desde el 25 de marzo último, día de nuestra Renovación; el «Sí» pleno que hemos pronunciado de nuevo está todavía muy pre­sente en nuestros corazones de Hijas de la Caridad… Este «SI», lo hemos repetido con toda nuestra alma a imitación de María y en su seguimiento. Tomemos a María como modelo del «SI», confiémonos a Ella en una pertenencia tan total como sea posible, en dependencia de Ella misma y de Jesús, a través de Ella; su espíritu es el espíritu de Dios. Actuemos a través de María, dejándonos conducir por Ella con docilidad y flexibilidad; Ella es el modelo perfecto de toda virtud, de toda perfección. Si amamos de verdad a María, al rezar el rosario, por ejemplo, ocurre forzosamente que al filo de las «Ave Marías», una especie de connivencia, de intimidad, nos lleva a una comunión de sentimientos con Ella, a medida que avanzamos en la contem­plación de los misterios, ya sean gozosos, dolorosos o gloriosos, según los tiempos y los momentos. Igualmente cuando tratamos de ir más lejos, de profundizar en este Misterio de María, meditando el Evangelio, surge en nosotras un deseo real de imi­tarla un poco, aunque sea imperfectamente, con nuestros pobres «Síes» cotidianos.MARIA es el medio más rápido, adecuado, fácil y seguro para encontrar a SU HIJO JESUS… Es absolutamente cierto que una vida mariana de Hija de la Caridad, bien orientada y verdaderamente digna de este nombre, nos lleva necesariamente a la familiaridad divina, entendida como una intimidad de relaciones entre las Tres Personas de la Santísima Trinidad, de Quien Ella es el fruto normal. María, en efecto, no se condujo jamás por su propio espíritu, sino siempre por el Espíritu de Dios, que se posesionó de Ella desde el primer instante de su vida, hasta el punto de convertir- se en su propio espíritu. Para ir a Dios tenemos dos «pasarelas»; María, que nos lleva a Jesús… y Jesús, que nos muestra al Padre:

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios… son hijos de Dios… recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Ab­bá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimo­nio de que somos hijos de Dios. »

Reconocen ustedes a San Pablo en su carta a los Romanos (8, 14-16).

María nos ofrece una maternidad espiritual sin límites. Madre de Jesús y Madre nuestra, es «todopoderosa» para ser mediadora junto a El y para ayudarnos a avanzar un poco más lejos y un poco más rápidamente en el amor de su Hijo. Man­tengamos, pues, una estrecha dependencia con relación a Ella, tratemos de perma­necer bajo su influencia vivificante.

Siguiendo a María, proseguimos nuestro CAMINAR hacia DIOS, hacia el PA­DRE; es el eco a la palabra de Dios: «Me voy al Padre» (Jn. 26,28).

Y ¿cómo imitar a María, si no es, sobre todo, por la humildad?… Nuestra suficiencia y nuestro espíritu de independencia constituyen un obstáculo real que hay que guardarse de subestimar, sea cual sea el campo en que nos movamos. En nuestra época, más que en cualquier otra, sucede que se nos pone en primer plano, siempre, claro está, por un motivo apostólico; por ejemplo, se nos «empuja» a llevar a cabo tal acción, a ponernos al frente, a dar nuestro propio testimonio… nos esti­mulan, nos animan, ponen a una o a otra en el pináculo; esto es bueno, muy bueno incluso si el motivo es válido, pero no deja de haber peligro o ambigüedad. Tomemos la precaución en estos casos, que son más frecuentes de lo que se piensa, de relati­vizar un éxito, una ovación y atribuyamos a Dios el feliz resultado de tal logro; haga­mos una evaluación seria, tanto en lo positivo como en lo negativo… sin temor de mostrar lo que no ha ido bien, lo que hubiera sido necesario hacer, porque no hay nada absolutamente perfecto… Y es muy bueno que algunos «bemoles» vengan a tiempo, para ayudarnos a ver claro y a forjar nuestro carácter.

Por lo que se refiere a la INDEPENDENCIA, detengámonos también ante MA­RIA, ella que es toda RENUNCIA. No vivamos demasiado seguras de nuestras pro­pias luces, de nuestra manera de ver, de nuestro actuar, de nuestros deseos, antes de hacer un «alto» junto a Ella para pedirle consejo; sólo Ella sabrá esclarecer nues­tras dudas, confortarnos en nuestros proyectos… frenarnos también, si es preciso, en nuestros entusiasmos intempestivos, o, en el peor de los casos, eventualmente, impedir que obremos mal..,

Profundicemos así, como verdaderos apóstoles de Cristo, al servicio de los Po­bres, en el silencio de la oración y de la reflexión, conscientes de nuestras limitaciones, y entonces seremos capaces de cumplir nuestra misión con serenidad, fervor y espíritu de iniciativa. De ese modo conservaremos la libertad interior en medio del torbellino de nuestras jornadas, a veces bien ajetreadas por los imprevistos. Intenta­remos con una total disponibilidad, mantener como María, la paz, la calma y un cier­to recogimiento en medio de la agitación habitual que se da en torno a nosotras… Descansaremos un poco en María, que rehará nuestras fuerzas… Un pensamiento hacia Ella… Un Ave María… ¡se dirige o se dice tan pronto! Estemos cada vez más convencidas de que al decir ¡María!… decimos también ¡Jesús! Y en esto acabo de citar una frase muy querida a un gran cantor de María: San Luis María Grignion de Montfort. Y, no resisto al deseo de citarles un pasaje entero sobre este punto, es el siguiente:

«…jamás alabáis ni honráis a María, sin que María, junto con vosotros, alabe y honre a Dios. María es toda relación a Dios, y yo la llamaría «la relación de Dios», ya que ella no existe sino con relación a Dios; o «el eco de Dios», que no dice y no repite sino a Dios. Si decís María, Ella dice Dios. Santa Isabel alabó a María y la llamó «Feliz» porque ha­bía creído; María, el eco fiel de Dios, entona: «MAGNIFICAT ANIMA MEA DOMINUM: MI ALMA ENGRANDECE AL SEÑOR…» Lo que Ma­ría hizo en esta ocasión, lo continúa haciendo todos los días; cuando la alabamos, la amamos, la honramos, o le entregamos algo, alabamos a Dios, amamos a Dios, honramos a Dios, damos a Dios por María y en María. » («Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen» – N.° 225).

De hecho, no parece posible adquirir una unión verdadera con Cristo y una fide­lidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy profunda con la Santísima Virgen y una confianza en Ella sin límites ni fronteras.

Después de estas reflexiones de conjunto que me parecen muy importantes co­mo para comunicárselas aquí, quisiera ahora, como apoyo de mi meditación, dete­nerme en la oración más conocida, sin duda alguna, el:

«DIOS TE SALVE MARIA» o «AVE MARIA»

Podemos decir en primer lugar — y es una evidencia, que el día de la Anuncia­ción es el del primer: «¡Ave María!».

Veamos primero lo que dice de esto San Vicente:

«…el Ave María… fue hecha por el Espíritu Santo. La empezó el Angel al saludar a la Santísima Virgen y la continuó Santa Isabel cuando fue visitada por su prima; la Iglesia añadió todo lo demás. De forma que esta oración está inspirada por el Espíritu Santo. » (Coste X, 620-621; Conf. Esp. n.° 2.208 – Conf. 8-12-1658).

La Constitución 1.12 nos dice explícitamente que:

«Los Fundadores inculcaron a las Hijas de la Caridad el amor y la imita­ción de la Virgen, enseñándoles a contemplar en Ella a:

* la Inmaculada, totalmente abierta al Espíritu…

* la Sierva, fiel y humilde de los designios del Padre…

* la Madre de Dios, Madre de misericordia y Esperanza de los peque­ños, íntimamente unida a su Hijo… «.

En cuanto a Santa Luisa, la misma Constitución nos recuerda que es a la «Única Madre de la Compañía», a quien Ella consagró «la Comunidad naciente, que quería poner para siempre bajo su protección».

…y la Constitución 2.16 nos ofrece un medio práctico y al alcance de todas para honrar a María:

«La meditación diaria del rosario, oración de los Pobres, es una manifestación del amor y la gratitud que le profesan…

El ROSARIO, sucesión de ‘AVE MARIAS’, bien rezadas… sin «tragárselas» con un riesgo de rutina… ¡Tomémoslo en serio!

Antes de desgranar el «DIOS TE SALVE, MARIA», frase por frase —cosa que vale la pena — les doy también una bella definición del Ave María (autor y obra cita­dos, N.° 252):

«El AVE MARIA es la más bella de todas las oraciones después de la del Padre Nuestro; es la alabanza más perfecta que podéis hacer a Ma­ría, porque es la que el Altísimo le dirigió a través de un Arcángel para conquistar su Corazón; y fue tan poderosa en aquel Corazón, por los encantos secretos de que está llena, que María dio su consentimiento a la Encarnación del Verbo, a pesar de su profunda humildad. Por me­dio de esta alabanza conquistaréis infaliblemente su Corazón, si la de­cís como hay que decirla».

Sí, el Ave María, esta oración tan humilde, debe ponernos más que cualquier otra a tono y en comunión con nuestros hermanos y hermanas los Pobres. Junta­mente con ellos —si es que todavía la rezan…— a través de Cristo, nos convertimos en uno de ellos, y, sin hacer proezas, podemos dar a todos lo esencial: una presencia de amor, una benevolencia sin fallo, una acogida total.

«DIOS TE SALVE, MARIA…»

Detengámonos inmediatamente después de estas primeras palabras… esta bre­ve pausa nos permitirá recogernos desde el principio de cada Ave María, antes de continuar enumerando los privilegios tan excepcionales de Aquella a quien quere­mos honrar y orar. Retengamos estas palabras con calma, permanezcamos atentas… Sabemos que se trata de un saludo gozoso y lleno de confianza. El Mensajero, indu­dablemente, espera una respuesta positiva, porque no puede dudar de María. *No vamos a entrar en disquisiciones aquí si es mejor tutear a la Virgen como lo hacemos en el «Padre Nuestro», o si es mejor continuar con el vos… ¡esto importa poco!… O también si es preferible cambiar las palabras tradicionales: «Dios te salve, María», por «Alégrate», fórmula que muchos adoptan hoy. ¡Pero esto tampoco importa! Por otra parte el «Alégrate» podría reemplazarse por «Feliz» o «La Paz contigo», equiva­lente al «Shálom» semítico… o por el latín «Ave», que significa: «Salud, felicidades…». No entro en esos detalles. Lo importante aquí es que nos demos cuenta de que es Dios mismo Quien, por medio del Angel saluda a su criatura… Lo esencial es, pues, ver que la salvación viene de Dios… y el «Ave, María» conserva también su encanto y su valor…, La palabra latina: «AVE» es irreemplazable; efectivamente, sa­bemos que con frecuencia se la ha puesto en parangón, invirtiendo el orden de las letras, con la palabra «EVA», el nombre de la primera mujer, de la que María es la antítesis. Por otra parte una estrofa del «Ave Maris Stella» lo expresa así.

«…LLENA DE GRACIA…»

¡Qué bello misterio!, como una tranquila afirmación de la FE, primer adorno con el que aparece engalanada María… difícil de comprender por nuestras inteligencias limitadas… y sin embargo… Ninguna definición es suficientemente adecuada para hablar de este privilegio excepcional: «llena de gracia»… ¿llena de dicha? … ¿de be­lleza? No, no es eso… La palabra «gracia» evoca también la idea de riqueza len el sentido espiritual), de fuerza, de alegría, de serenidad… No discurramos más y diga­mos solamente que fue escogida por Dios desde toda la eternidad para el cumpli­miento de su Obra de Redención… fue puesta aparte para esta misión inaudita.

«¡Llena de gracia!» El alma de María fue dotada de una grandeza que le permitió acoger el mensaje divino en toda su extensión y responder a él con una generosidad total… La perfección de María no tiene sombra alguna.

María fue «apresada» por Dios para entregarse al Verbo: la gracia de María con­siste en permanecer fiel para permitir que el Señor entre en el camino de los hom­bres… María, esta mujer joven que consiente y se da.

Antes de seguir, daré una última cita de San Luis María Grignion de Montfort (obra citada) que resume admirablemente lo que he querido decir:

«Es María la única que encontró gracia delante de Dios, sin ayuda de ninguna otra criatura. Todos los que después de Ella han encontrado gracia delante de Dios, la han encontrado con la ayuda de Ella y sola­mente a través de Ella la encontrarán los que vengan después. Ella es­taba llena de gracia cuando la saludó el Arcángel Gabriel; el Espíritu Santo la llenó superabundantemente de gracia cuando la cubrió con su sombra inefable; y Ella acrecentó de tal manera cada día y cada mo­mento esta doble plenitud que llegó a un punto de gracia inmenso e inconcebible, de forma que el Altísimo la constituyó la única tesorera de sus tesoros y la única dispensadora de sus gracias. » IN.° 44).

«…EL SEÑOR ES CONTIGO…»

Efectivamente, María, llena de gracia, escogida por Dios desde siempre, no puede existir más que en UNION TOTAL con El; ésta es la gracia de las gracias. Ante los privilegios tan excepcionales de María quedamos verdaderamente confundidos. La Unión total con Dios es el deseo y lo propio de toda alma contemplativa… y noso­tras debemos serlo también, a la manera de Nuestra Madre Guíllemin que no dudaba en afirmar: «he sido creada para esta obra única: la contemplación del Señor…». El 28 de marzo último hizo 20 años que ella nos dejaba… Fue verdaderamente debi­do a la calidad de su contemplación, de su unión con Dios, por lo que pudo ser aquella mujer fuerte, verdadera Hija de la Caridad, que hizo tanto por la Compañía, la Iglesia y los Pobres. ¡Que el Señor esté con cada una de nosotras como estaba con ella, como estaba con María, nuestra Madre!

Si el Señor está con María y nosotras estamos con Ella, esto significa que esta­mos cerca del Señor, porque entre El y nosotras está Ella como intermediaria eficaz; es el lazo que une, la que soluciona todo… Permanezcamos con Ella, de rodillas o en espíritu, en una actitud humilde y sencilla, tratando de hacer silencio en nosotras. Al decir lentamente: «El Señor es contigo», sentimos que poco a poco nuestra propia oración se convierte también en oración contemplativa, en oración de ala­banza.

«…BENDITA ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES…»

Ahora meditamos las palabras, no ya del Angel, sino la alabanza de Isabel a su prima, la joven María, que ha acudido a ayudarla (Lc. 1, 39-42). El nivel es indudable­mente menos elevado; esta frase parece completar la precedente, especificando que el Señor está con María por amor y por elección: por eso es bendita María. Estas palabras nos recuerdan también que nuestra Madre del Cielo es igualmente una cria­tura, que fue verdaderamente una de nuestra raza a lo largo de su vida terrena y fiel a su misión, hasta el extremo… pero la primera de las criaturas, Inmaculada en su concepción, y totalmente entregada después en sus tareas terrenas.

«Entre todas las mujeres»: Ella está por encima sin ser diferente, es incompara­ble aunque permanece siempre abordable.

«…Y BENDITO ES EL FRUTO DE TU VIENTRE…»

María no se repliega sobre su Hijo, sobre ese ser pequeñito que se le ha confia­do: el Emmanuel «Dios con nosotros»… No, sino todo lo contrario; para la Madre de Jesús, su maternidad misma será el origen de su relación incondicional con cada uno de nosotros, porque su Hijo es el Hermano y el Salvador de todos los hombres. La maternidad dilata el corazón de esta Madre, porque se extiende a todos en con­formidad con la voluntad todopoderosa de su Hijo. A partir del momento en que Je­sús dijo a Juan: «Ahí tienes a tu Madre», y a María: «Mujer, ahí tienes a tu Hijo» (Jn. 19,26), Jesús no es ya el único bendito… Todos nosotros lo somos también. Estas palabras de Jesús, pronunciadas en la Cruz tienen una importancia y un valor decisivos, ¡no lo olvidemos!

Aquí termina la primera parte del «Ave María»; es la parte de las alabanzas que dirigimos a nuestra Madre. La segunda parte representa las peticiones que, con toda sencillez, nos permitimos dirigirle… Si la primera parte se dice con deferencia y res­peto, la segunda, que vamos a abordar, se dirá más bien de manera suave y persuasi­va. Pero ambas partes deben decirse con lentitud, sin precipitación, es una oración… y lo que importa no es el número de «Ave Marías…», sino la calidad que hace que estemos, realmente, en ese momento, más elevadas que a ras de tierra y fuera de lo profano.

«…SANTA MARIA, MADRE DE DIOS…»

Proclamamos aquí el título de nobleza que es el fundamento de todos los de­más títulos: es el don primero, el privilegio sin igual. Es también el motivo de la inti­midad de María con el Altísimo. «Madre de Dios»… es difícil valorar la sublimidad de un título semejante… «Madre de Dios»: todo eso y nada menos que eso. Repi­tiendo estas palabras comprometemos nuestra FE.

«…RUEGA POR NOSOTROS PECADORES…»

Madre de Dios y Madre de los hombres, María es totalmente Santa. Ahora bien, ¿qué pedir a la criatura más elevada en santidad, sino suplicarle que ruegue por no­sotros, a Ella que es Madre, que es Reina, y que es bendita? Su oración es una senci­lla adoración de la Voluntad de Dios y tiene más precisión y eficiacia que todos nues­tros argumentos juntos. Ella sabe lo que necesitamos y así nos obtiene lo mejor y lo que coincide más perfectamente con el plan del Señor sobre nosotros. Además, Ella sabe que somos pecadores y débiles, siempre tenemos que estar volviendo a edificar el castillo de naipes que se ha caído el día anterior. Compadece, pero no tole­ra el desaliento, que es como una forma de orgullo. «Ruega por nosotros, pecado­res… ¡pobres pecadores!». Naturalmente hemos de ampliar nuestra mirada constan­temente por los que conocemos o los que nos han sido particularmente confiados, por los que viven solos, sin esperanza, y por todas las grandes o pequeñas intencio­nes de la Iglesia y por las necesidades del mundo.

«…AHORA…»

Acabamos de hacer una oración de petición a María; en el mismo instante Ella se ha dirigido hacia Dios para implorar en favor nuestro… Por tanto en ese momento ora, intercede por nosotros… en el mismo instante: «ahora»… No nos apresuremos, dejémosla obrar; efectivamente, en cada minuto de nuestra jornada piensa en noso­tros «sus protegidos», sus hijos que le ha entregado su Hijo desde lo alto de la Cruz… Cuando la invocamos expresamente en la Salutación Angélica, se hace todavía más atenta, se pone a la escucha de nuestras necesidades actuales, las que nos atreve­mos a expresarle con toda confianza: «ahora». Sepamos mantener muy intenso en nosotras, de manera habitual, este sentido de la «presencia» de María: ahora y siem­pre… De ese modo acudiremos a Ella espontáneamente en todos los «ahora» de nues­tra jornada. Conocemos muy bien el lenguaje de la Medalla de 1830; María orante, en actitud de súplica, con el globo del mundo entre sus manos, es la Virgen de los «Rayos de luz»… y éstos se esparcen abundantemente en todas las direcciones, co­mo signo tangible de las gracias que María puede y quiere obtenernos de su Hijo.

«…Y EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE…»

Si la presencia de María nos es familiar, si, de hecho, la consideramos como nues­tra Madre y nuestro Guía en cada minuto de nuestra existencia… es imposible que nos abandone en el momento en que nos encontremos absolutamente solos ante nues­tra propia muerte terrena y en el umbral de la Vida que no terminará. Habiendo sido nuestra «acompañante» en nuestro largo caminar durante esta vida, estará todavía más cercana en aquel instante supremo, tan lleno de misterio… y, más o menos te­mido, quizá, humanamente… Pero, sabemos en la FE «que no se ha oído decir jamás que ninguno de cuantos se han puesto bajo su protección haya sido abandonado». Ella, que goza ya del esplendor del Padre, vendrá a nuestro encuentro para llevarnos hacia el Único Objeto de nuestro amor, de Aquel que nos amó el primero. Y esta misma gracia, la pedimos encarecidamente para todos aquellos y aquellas a quienes conocemos, nos relacionamos y queremos, con la esperanza del «encuentro eterno».

A modo de CONCLUSION, tengo sumo interés en repetir cómo debemos, a ejem­plo de María, dejarnos invadir por la Luz y la Fuerza del Espíritu Santo, para redescubrir eventualmente, o profundizar al menos, la alegría de la oración a María, que es, co­mo lo hemos visto: alabar a Dios, escuchar su Palabra… Me permito insistir también sobre el valor del Ave María, del Rosario, la oración de los humildes de corazón…

Finalmente les leo unas líneas de la oración de Juan Pablo II para el Año Ma­riano:

«…Haz que todos encuentren a Cristo,
Camino, Verdad y Vida.
Sostén, oh Virgen María, nuestro caminar en la Fe,
y alcánzanos la gracia de la salvación eterna,
Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Madre de Dios
y Madre nuestra, MARIA. «

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