María, Madre de gracia y de misericordia

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Assunta Corona, H.C. · Año publicación original: 1992 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

En referencia al título de esta exposición: «María, Madre de gracia y de misericordia», brotan inevitablemente tres interrogantes: «Madre» ¿Cómo? ¿De qué «gracia»? ¿Por qué «misericordia»?

A estos interrogantes es posible darles una respuesta si los tres términos se ponen en relación con el «misterio de Cristo» como se presenta en la contemplación de la espiritualidad vicenciana, como expresión del Amor divino trinitario: «madre», como «forma viviente» que el Amor hace presente en Luisa con el fin de prepararla y conformarla a la maternidad divina de María (madre de gracia), en el ministerio de la caridad para con el pobre (madre de misericordia).

Luisa mística

El acento no recae por casualidad en el Amor divino como principal y primer protagonista, al que pertenece la iniciativa de hacer presente en Luisa el misterio de la maternidad de María.

1 «La Iglesia… descubre en la humilde sierva del Señor a la Reina de misericordia y a la Madre de la Gracia»…, Marialis Cultus, 22. Cf. Luisa de Marillac, Corr. y Escr. E. 56, n.° 183-84.

2 La palabra «forma» se entiende aquí en el sentido de «lo que da vida e identidad». El adjetivo «viviente» lo puntualiza también. En ese sentido es como en la filosofía tomista se dice que el alma es la forma dentro del «componente humano» —cuerpo y alma —; es la que confiere a un ser humano su vida y su naturaleza propias, mientras que la materia individualiza a éstas (N.d.l.r.).

Numerosos escritos espirituales de Santa Luisa testifican su amorosa y misteriosa comunión con Dios. El amor divino conmociona su alma y la abre a un conocimiento más profundo y a una percepción casi experimental y directa de la presencia de Dios y de sus misterios.

En su contemplación, Santa Luisa percibe una presencia que es una revelación del misterio del Amor en Cristo y de regeneración espiritual del Amor en ella misma.

El Lenguaje

Luisa es una mística: por eso, su lenguaje y su palabra son símbolos de una realidad más profunda, que tiene su punto de referencia en el Amor divino conocido por vía de experiencia, en la comunión con Cristo. Aun cuando el lenguaje de Luisa habla de María, en realidad apunta al Amor divino en Cristo.

El itinerario de la perfección concluye, para el místico, en un cara a cara contemplativo y amoroso con Dios, que conlleva una doble dinámica: una salida de sí mismo mediante un movimiento extático hacia el Otro, y al mismo tiempo, una vuelta a sí para encontrar la presencia del Otro… Por consiguiente, en la lectura de los textos de Santa Luisa —como ocurre con todo místico — conviene ir en busca de la interioridad de su alma, es decir: su corazón.

El corazón

Para intuir la realidad que se revela a Luisa, conviene escuchar su «corazón», porque sólo al corazón se revela el Amor. Para llegar al corazón del místico, y en este caso de Santa Luisa, hay que tener en cuenta su feminidad y la evolución que su personalidad sufrió bajo la influencia de San Vicente.

Los místicos son siempre también grandes afectivos. Luisa no es una visionaria, su imaginación está guiada exclusivamente por la afectividad orientada por la caridad. Pertenece a esa categoría de personas de corazón vigilante y posee esa actitud que era la dimensión constante de la Madre de Jesús respecto al misterio del Hijo: «María conservaba todas estas cosas en su corazón» (Lc. 2. 51).

La afectividad de Luisa, si bien llevaba la huella de una vivencia humana dramática, permaneció virgen, siempre orientada de manera estable hacia el amor de Dios, para hacer de él el centro absoluto de su existencia. Su corazón se conservó «puro», siempre orientado hacia Dios, capaz de «alcanzar a Dios».

Además, en la afectividad que se abre a la contemplación del misterio, Santa Luisa está en sintonía con San Vicente, dotado, también él, de gran afectividad. Esta sintonía remite nuevamente al tema del «corazón», al corazón de ambos que, por un don gratuito de Dios, perciben como «fundidos en un solo corazón». Efectivamente, el corazón es el que percibe el Amor, y para ambos es el punto de convergencia, el lugar de la mirada.

En la dirección espiritual de Santa Luisa, San Vicente le presenta a Jesús en su función de «Corazón de nuestros corazones».

El lugar central ocupado por el tema del «corazón» en la espiritualidad de Santa Luisa, lo encontramos en la cultura francesa de su tiempo que ha recibido fuerte influencia en la experiencia muy rica del siglo de Oro español —siglo XVI— y lleva asimismo la huella —también rica— del clima de Port Royal (Pascal). El corazón es el camino de Dios para llegarse hasta el hombre; en él se cumple el anonadamiento del Amor divino, que se deja conmover por la pobreza humana. Pero el corazón es también el camino del hombre para llegar hasta Dios: el corazón es, pues, el cielo de la contemplación y el lugar de la visión.

Por último, para captar ese lugar central del «corazón» en la contemplación del misterio de María por parte de Santa Luisa, el lector debe adoptar una actitud especial, es decir, la sintonía que nace de la contemplación del misterio en virtud de la participación a la misma vocación.

El amor divino se insinúa siempre con una extrema amabilidad que cambia el corazón, lo renueva, lo conmueve, lo transforma en el lugar de la morada y el nacimiento de Cristo. La Virgen está sobre todo presente al corazón y a la mente de Luisa.

María se presenta como el corazón que se abre a Dios para el cumplimiento del misterio inefable de la maternidad divina. En sintonía con el corazón de San Vicente, la afectividad femenina de Luisa se ve atraída por la percepción vivísima y muy rica de significado de la presencia de María como «forma viviente» de la efusión del Amor divino, y esto explica por qué San Vicente comunica pocos signos explícitos sobre la Virgen, mientras que este tema encuentra en Santa Luisa un desarrollo muy sentido y personal.

I – La maternidad del Amor divino en María

1. La visión de la contemplación de Luisa

En la contemplación de Santa Luisa, en sintonía con San Vicente, el polo de atracción y, por consiguiente, el punto de partida para comprender también su visión del misterio de María, es el Amor Trinitario en su «kénosis» en Cristo.

En la evolución de la contemplación de Luisa, el misterio de María se va haciendo más claro, se va dibujando mejor, porque su corazón va progresivamente confirmándose y abriéndose al misterio. Puede seguirse esta evolución observando su progresiva entrega a la caridad durante el período que siguió a su encuentro con Vicente de Paúl.

El Amor, derramándose en el corazón, no sólo lo vuelve nuevo, sino, sobre todo, lo configura a imagen de la Santísima Trinidad, instaurando en él las mismas operaciones divinas, aunque con las limitaciones propias de la naturaleza humana.

Sensibilizada por el Amor divino, Luisa va viendo clarificarse el misterio de María como misterio de Amor. Llevada por su resonancia femenina y maternal, su contemplación no se aridece en una especulación abstracta, sino que, más directa e intensamente que San Vicente, intuye el actuarse del Amor divino en el corazón y en la vida de la Virgen. Predispuesta por la naturaleza y por la gracia, a leer en lenguaje del amor «materno» de Dios por el hombre, Luisa advierte, en la cómplice y silenciosa intimidad que se instaura entre la Madre y el Hijo divino, el acontecimiento histórico de las operaciones divinas trinitarias:

  • la generación eterna del Verbo,
  • la espiración del Espíritu Santo.

No es sólo el Hijo, sino el Hijo y la Virgen, el Niño eterno en el seno de la Madre, los que se revelan a los ojos de Luisa como la imagen más perfecta del «Amor de Dios por los hombres», el «icono» de la Trinidad.

«Permíteme, Santísima Virgen… que me una a tus méritos para que pueda glorificar a Dios por la gloria que El recibirá de ti en el gozo de la plenitud de la Divinidad que tiene tu santa alma, habiéndote dado El mismo capacidad extraordinaria para ello… Que toda criatura honre tus grandezas… y te ame con preferencia a cualquiera otra pura criatura y que todas ellas te tributen la gloria que mereces como Hija muy amada del Padre, Madre del Hijo y digna Esposa del Espíritu Santo» (L.d.M., Corr. y Escr. E. 5, n. 14-15).

2. El corazón de María, icono de la Trinidad

Esta singular sensibilidad mística de Luisa conlleva dos polaridades:

  • la predilección por la maternidad divina de María «Madre de Gracia»;
  • la atención a la mediación de María como participación en las misiones del Espíritu Santo para la santificación de los hombres: «María, Madre de misericordia».

a) María, Madre de Gracia

La visión de Luisa está siempre sostenida por la contemplación del Amor, reconocido como principio y fuente de todo. En cierto sentido, en la maternidad de María el Amor encuentra su manifestación histórica más conmovedora y su fundamento para desvelar el dinamismo «agápico» del abajamiento del Verbo que, en la Encarnación, abandona la gloria del cielo para entrar en comunión con la criatura e identificarse con ella.

«Apparuit benignitas Dei» (Tt. 2, 11) proclama la Escritura. En el corazón de Luisa, estas palabras adquieren vida hasta hacer aparecer la belleza del Amor, que se abaja para hacerse atracción, amabilidad, ternura, afabilidad:

«¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no será capaz mi espíritu de dar a conocer al mundo las bellezas que me has hecho ver y la gran dignidad de la Santísima Virgen?… Sé por siempre bendito, ¡oh Dios mío! por la elección que haces de la Santísima Virgen… Fue preciso que tu omnipotencia se valiese del sexo más débil de la naturaleza humana… y para esto te sirves de la sangre de la Santísima Virgen para formar con ella el cuerpo de tu amado Hijo…» (L.d.M., Corr. y Escr. E. 56, n.° 183 y E. 85, n.° 232).

En este primer aspecto, la contemplación de Luisa da origen a dos tipos de relaciones personales especiales: una hacia la Santísima Trinidad y otra hacia la Santísima Virgen.

Hacia la Santísima Trinidad

Sentimientos de adoración, alabanza, admiración, se levantan de su corazón por la revelación de la dimensión trágica y sublime del Amor. A los ojos de Luisa, el componente sacrificial del Amor se manifiesta en dos acontecimientos históricos fundamentales:

  • en el ocultamiento del Verbo en el seno de la Virgen;
  • en el sacrificio de la cruz.

El seno de la Virgen y la cruz son el lugar histórico en que se consuma la «kénosis» del Verbo, obra maestra y don del Amor trinitario a la humanidad.

Hacia la Virgen

Tenemos de nuevo la referencia al «corazón» con su exigencia de exclusividad esponsalicia porque la maternidad divina de María es obra del Espíritu Santo. El Amor es la fuente de sus privilegios:

  • Inmaculada,
  • Virgen,
  • Asunta.

Al contemplar el Amor como fuente de los privilegios de María, Luisa admira la voluntad divina que, por un único y mismo decreto, instaura el origen de María y la Encarnación del Verbo.

Con miras a la maternidad divina, el Espíritu Santo conserva a María exenta de la condición de pecado, estado común a todos los hombres que les torna incapaces de amar y de establecer relaciones con Dios, consigo mismos y con los demás.

La comunión especial e íntima de María con la vida trinitaria es la fuente de todos los demás privilegios, pero le ha sido conferida con miras a la maternidad, es decir, para prepararla a ser «estrella de la mañana», mujer «según el Corazón de Dios», «preciosa a los ojos de su Creador», «maravilla de toda la corte celestial», «obra maestra de la omnipotencia de Dios», «delicias de Dios».

En la misteriosa relación entre el Espíritu Santo y María, Luisa percibe un aspecto nupcial: «Hija privilegiada del Padre, Madre del Hijo y digna Esposa del Espíritu Santo».

No hay maternidad que no presuponga una nupcialidad. Esta dimensión sublime de las operaciones divinas no puede escapársele a Luisa, como tampoco el lugar central del misterio de la Anunciación, que es el acontecimiento histórico de la misión del Verbo para la Redención.

María, por lo tanto, ocupa, después de Cristo, el lugar más elevado y también el más cercano en el corazón de Luisa, el lugar que en las grandes catedrales bizantinas es la explicación plástica que exponen los grupos arquitecturales y los elementos iconográficos: en el pórtico central está representada la Anunciación y en el ábside la «Theotokos» gloriosa, indicando así que, con el «fiat» de la sierva del Señor, empieza el retorno de la humanidad hacia Dios y cómo en la gloria de la «Toda Hermosa» descubre la meta de su camino…

En la contemplación de Santa Luisa, la Anunciación representa el acontecimiento histórico que es como la «raíz» de la Redención, pero su culminación, está representada por la maternidad divina.

A los ojos maravillados de Luisa, la correspondencia de María al seguimiento del Amor sacrificado es el modelo humano que más perfectamente se configura con Cristo. La disponibilidad, la prontitud, la fidelidad, la humildad, son las virtudes de María que mayor admiración causan a Luisa. Pero se ve atraída ante todo por el corazón con sus exigencias de exclusividad, de nupcialidad. El Amor es, además, la fuente de esas virtudes de María, todas ellas con carácter maternal y nupcial: su obediencia, su humildad, su pureza, espíritu de sacrificio, generosidad mansedumbre.

Es importante observar la singularidad y originalidad de la visión de Luisa, que no estriba en nuevas aportaciones doctrinales, sino en unas perspectivas especiales. Esto aclara inmediatamente que para Luisa no cuenta la figura o la imagen exterior de la Virgen, sino su interioridad, su corazón, punto de resonancia de aquellas virtudes, que disponen a Luisa, como a María, para aceptar el ejercicio de la maternidad. El corazón es la realidad vital y viviente que pone en correspondencia tierna y total a Dios para hacer «…concebir a Jesús por amor… como la Santísima Virgen»

b) María, Madre de Misericordia

La segunda polaridad, estrechamente unida a la maternidad, acentúa la contemplación de Luisa sobre la relación de mediación que existe entre María y la humanidad.

«María, Madre de Misericordia»

En este segundo ámbito, el protagonista sigue siendo el Amor, con las propiedades de la misericordia, o sea, el Corazón de Dios presto a intervenir donde la indigencia tiene más necesidad de socorro. Cuando el Amor de Dios se configura con las propiedades del amor materno, alcanza la cima de su manifestación en la misericordia.

Ternura, amabilidad, generosidad, benevolencia, dedicación, todas ellas propiedades del amor materno, encuentran en María la encarnación que mejor la acerca a la imagen del Amor Trinitario, amor agápico que se inclina sobre el pobre y el mísero. En este ámbito, la contemplación abre a Luisa al definitivo descubrimiento y aceptación de su vocación maternal al servicio del pobre; pero es siempre la relación esponsal con el Espíritu Santo la que la dispone para convertirse en «madre de los pobres», en una nueva encarnación histórica del Amor misericordioso y maternal de Dios.

Todo hombre nace en la condición de miseria, expuesto a la muerte de manera permanente. Por eso, la misericordia se convierte en uno de los caminos obligados para que Dios pueda llegarse a los hombres. La misericordia es la raíz de la nueva consanguinidad que Cristo instaura entre los hombres y que el Espíritu Santo derrama sin cesar en las almas, para santificarlas y conducirlas a la unión con Dios. La Virgen ha sido elevada a ese tipo de relación y, con ella, Luisa se ve llamada a participar en una nueva maternidad, por gracia, es decir, a establecer con todo hijo de Adán, nacido del «humus», de la miseria, una relación de amor que destruya la condición de abatimiento, de marginación, de soledad, en que la indigencia le había arrojado.

En esta contemplación, la Madre de Jesús aparece a Luisa como la que vence al Maligno, la mujer cuyo carisma es el de engendrar a Dios en las almas destrozadas por el pecado. El corazón de Luisa queda, pues, y de manera especial, abierto a la imitación de María.

Queda, pues, abierta y de manera especial a imitar a María, amable ideal de la mujer que quiere seguir a Cristo. La naturaleza de la imitación de la Virgen no encuentra su dinamismo en la iniciativa de Luisa, sino siempre en el Amor que tiende a conformarla con el estado de María en su maternidad. Siempre es el Amor el que baja de lo alto y se hace próximo para hacer aparecer una «forma viviente» del Amor Misericordioso con el que configurarse en Cristo.

II – María, ideal de Luisa y de las Hijas de la Caridad

Imitación de María

En las actitudes y disposiciones para la imitación, el lenguaje de Luisa presenta una cierta variedad de terminología: a María la denomina «protectora-guardiana-ejemplo-ejemplar-medio para ir a Dios-canal».

Detenerse en este nivel significaría «traicionar» el sentido de la devoción a la Virgen en la experiencia de la familia vicenciana y de Luisa en particular. El tema de la «imitación», en Santa Luisa como en San Vicente, debe siempre colocarse en el contexto de la «adherencia a los estados de Cristo». De otro modo, la imitación se quedaría en una actividad externa, una forma de ejemplarismo que impulsa a copiar o a mimetizar comportamientos exteriores, aun cuando en estos comportamientos se quiera percibir la acción de la gracia divina. En este sentido, San Francisco ironizaba acerca de la imitación que el Hermano León hacía de él, copiando sus comportamientos.

Si nos colocamos en el horizonte de la visión mística de Santa Luisa (como se ha esbozado apenas en la primera parte), el sentido de la imitación se concentra, por el contrario, en el significado del «ideal».

Y el ideal consiste en el modo de reaccionar por parte de María ante la iniciativa del Amor divino en su especial vocación, por gracia, a la maternidad divina, en la cual tanto la iniciativa como la misma correspondencia son obra exclusiva del Amor 3. Esto es el ideal, es decir, el modo de correspondencia que Luisa contempla como propuesto a ella y a sus hijas, por especial gracia del Amor divino, y por lo tanto específico de su vocación y misión para participar en la maternidad de María. Se trata por lo tanto de un modo de adherirse al Amor y de corresponder a él por gracia. María se configura así más especialmente con la prerrogativa de Madre, que reproduce una imagen suya en el corazón de Luisa.

«Soy toda tuya, Santísima Virgen, para ser más perfectamente de Dios. Y pues te pertenezco, enséñame a imitar tu santa vida, mediante el cumplimiento de lo que Dios quiere de mí… Dígnate suplir lo que yo deje de hacer por mi impotencia y negligencia, y puesto que es de tu amado Hijo, mi Redentor, de quien has recibido las heroicas virtudes que has practicado en este mundo, une el espíritu de mis acciones a su santa presencia para gloria de su santo Amor». (L. de M., C. y Escr. E. 5, n. 15).

La maternidad de María, desarrolla, pues, en la interioridad de Luisa una doble función:

  • despierta en su conciencia una más viva y auténtica percepción de su presencia maternal y suscita en ella un atractivo porque se establezca una relación particular de reciprocidad y afinidad, entre las dos, con relación al misterio de Cristo,
  • orienta el deseo hacia una nueva «forma de vida» que corresponda a esa afinidad con la Madre de Cristo.

El tema de la «madre», con todas sus características, hasta cuando presenta matices teológicos, constituye para Luisa una invocación, una plegaria, una confianza y un acto de amor que nacen de un acto de fe. Luisa tiene una conciencia muy aguda de la relación viva y vital que la une a la Madre de Cristo, relación de reciprocidad en la que María toma la iniciativa, para hacerse presente en el corazón de Luisa y configurarlo con el suyo.

Es María la que «hace ver» a Luisa su propio Corazón en su identidad de Madre, que la llama por su nombre y quiere una respuesta adecuada mediante la apertura del corazón de ella. Luisa puede corresponder sólo como madre, porque percibe una presencia que le revela un sentido verdadero y definitivo de la vida, según Cristo. El nombre de «madre» adquiere en su corazón la función del Angel en el misterio de la Anunciación y la del «Fiat» de María. Cuando Luisa da a la Santísima Virgen el título de «madre», le atribuye un nombre adecuado para designar la realidad. Es decir, entra en una comunicación de vida que es participación en el mismo don de maternidad. La imitación se resuelve, pues, en una entrega recíproca a la maternidad del Amor.

Por consiguiente, «Madre», en el diálogo con María se convierte en una profesión de fe que pone en relación con Cristo y trae la adhesión a El por la aceptación de un programa de vida del que sólo el Amor tiene el secreto, pero cuyo sentido queda revelado en la maternidad de María. El título de «Madre» en la profesión de fe evoca la decisión de confiarse a María para dejarse introducir por el Amor en una nueva forma de maternidad hacia los Pobres. Y hace percibir a Luisa ese Amor que, poniéndola en correspondencia con la Santísima Virgen, modifica su corazón y su personalidad porque renueva en ella el acontecimiento de gracia que transforma a la mujer (la Anunciación) y le confiere el poder amar con un amor maternal, que se inclina hacia la criatura en su condición de indigencia y por lo tanto hacia el pobre, y hace de ella «canal» de misericordia.

Participar en la maternidad de María significa, pues, participar en una maternidad que no tiene fuentes humanas porque es la obra exclusiva del Espíritu Santo; significa, en definitiva, conferir a la capacidad de amar de la mujer las mismas actitudes del Amor misericordioso de Dios, en favor de los más abandonados: el «ágape».

Cuatro son los rasgos fundamentales que se pueden entrever en la maternidad de Luisa, modelada sobre la de María:

• Capacidad de acoger y guardar.

En este aspecto, los datos de la Fe se ven confirmados por los de la psicología femenina. De ahí, la actitud totalmente maternal de Luisa de preocuparse del cuidado de los pobres en los aspectos más concretos y escondidos. Es propio de la maternidad preocuparse eficazmente de las necesidades reales y dar respuestas concretas. Luisa custodia fielmente a los pobres que su amor materno, enternecido por la maternidad divina, le muestra como hijos indefensos e indigentes.

• Disposición a la experiencia del dolor

No hay maternidad sin dolor. Luisa lo sabe por experiencia personal; pero el ideal encerrado en María la abre a una dimensión sublime del sacrificio. El amor maternal es siempre oblativo: es la forma del amor humano que más se configura con las propiedades del Amor divino: «ágape», amor misericordioso que se abaja, se anonada, da la vida por aquellos a quienes ama. La madre sabe sufrir por el consuelo del hijo. Su único gozo es la alegría del hijo lo.

• Capacidad de intuición

La intuición es una actitud propia de la feminidad. La maternidad induce a Luisa a intuir la necesidad, la indigencia, la miseria del otro, incluso cuando se trata de una pobreza que se esconde por vergüenza. La madre conoce lo que los otros no saben o no ven: los ojos del corazón conocen más y mejor que las facultades meramente racionales.

• Capacidad de relación

La contemplación del misterio trinitario, como se manifiesta en la maternidad de María relacionada con la misión salvífica operada por Cristo, capacita a Luisa para establecer, con la realidad y con los demás, lazos de relación y de comunión profundos y puros, como sólo una madre puede hacerlo.

III – El culto a María en Santa Luisa y en la Comunidad de las Hijas de la Caridad

En síntesis, se podría afirmar que el culto a María queda condensado en el ejercicio de la caridad heroica hacia los pobres, vivida, sin embargo, como participación en la maternidad de María, bajo el constante influjo del Espíritu Santo.

El culto a María, entendido en este sentido, comprende:

  • adoración al Espíritu Santo (Luisa, mística del Espíritu Santo),
  • educación del corazón para el seguimiento del Amor (aspiración al puro Amor de Dios).
  • atención dirigida a los rasgos maternos, en la imitación de María (María, modelo de maternidad),
  • compromiso por la caridad operante, entendida como acción y amor efectivo (oblación y dedicación maternal de Luisa),
  • iniciativa, creatividad, disponibilidad (dones de Luisa en el servicio a los pobres).

Es la conformidad con María o la adhesión a Ella, con la gracia de la participación en su maternidad divina, lo que constituye la trama de toda la concepción del culto y de la devoción a la Virgen por parte de Luisa. Su actividad cultual y su devoción consisten, por tanto, en abandonarse a la iniciativa del Espíritu Santo para secundar su gracia que apunta a reproducir en el alma de Luisa la bella imagen de la maternidad de María en favor de los pobres.

En la experiencia de Luisa, el culto a María presupone, pues, el don y el ejercicio de la contemplación, al menos inicial, como condición de autenticidad. Como confirmación de esto, se puede hacer referencia a los casos de San Vicente, de Santa Catalina Labouré y de Manzella. En ellos también, como en Santa Luisa, el culto proviene del don de contemplación, lo que garantiza y revela su originalidad, su actualidad y su eficacia, a la vez que excluye toda forma de devoción de explotación del culto a María en función de intereses diversos. Así desaparece toda forma de sentimentalismo, de ritualismo, formulismo, rutina, defectos todos ellos tan típicos y que podrían afectar hasta el uso de la Medalla Milagrosa, que, en ese caso, quedaría reducida al papel de amuleto u objeto que trae la suerte.

El culto a María no sufre por esto una reducción, al contrario, se acentúa con él la consciencia de las propiedades de la maternidad de María que le fueron comunicadas a Luisa y a sus hijas, propiedades que se ponen en práctica y se ejercitan desde la «vivencia»: pensamiento, afectividad, operatividad, hasta el punto de constituirse en una cultura por la educación de la personalidad individual y de la comunidad.

El culto a María no se agota en invocaciones para obtener gracias, sino que engendra una tensión «hacia abajo», como es típico del «ágape» en Cristo y en la maternidad de María: conmueve y modifica el corazón del orante, así como toda su vida.

Mirar al pobre como se contempla al Crucificado significa adorar a Cristo no en la imaginación, sino en la realidad de su perenne manifestación en la carne del que sufre.

El resultado al que apunta el culto es siempre el de reproducir en cada uno una bella imagen de María en el estado de amor como se manifiesta en su relación con Cristo.

Nada de lo que la Iglesia pone de relieve en su actividad cultual y litúrgica queda excluido, pero todo va enfocado a la reproducción de la imagen de la Madre de Cristo en la Hija de la Caridad.

María —se ha dicho— remite siempre a la Santísima Trinidad: al modo de un icono en el que se reflejan las operaciones del Amor divino con su aspecto maternal; imagen que aguarda el ser reproducida en el corazón de Luisa y de sus hijas (vida de gracia). Y como consecuencia se celebran o alaban las relaciones de la Virgen con las Personas divinas, en su propiedad:

  • con el Padre: hija,
  • con el Hijo: madre e hija,
  • con el Espíritu Santo: esposa.

De todas formas, en este contexto se reserva un lugar privilegiado a la relación con el Espíritu Santo — Esposo—, pues a El se le atribuye la maternidad divina de María.

María es imagen de Cristo, «modelo de vida» en cuanto manifestación filial del Amor de Dios:

«…la dulce tranquilidad de su alma en medio de los padecimientos y muerte de su Hijo… por el puro amor que tenía a Dios y por la salvación de las almas en la que trabajó el resto de sus días, en perfecta imitación del espíritu de su Hijo…» (L. de M., Corr. y Esc. E. 6, n. 17, p. 670).

Es el amor el que la invita a la «práctica del puro Amor». Es tipo del «Amor que atrae», de «nuestro querido amor». Es el modelo del «Amor que nos desposa con él». Pero, sobre todo, es el Amor que engendra al Hijo porque hace concebir «a Jesús por amor»

El culto a María reproduce en Luisa y en la Hija de la Caridad la imagen de la Madre de Cristo, es decir, la hace, a su vez, «madre de gracia y de misericordia». En este sentido, la verdadera Hija de la Caridad es hija de María; pero la Virgen no dispensa dones a la Hija de la Caridad: más bien se hace presente en la mujer que le abre su corazón, para hacer de ella «don de Dios» a los pobres. Luisa y las Hijas de la Caridad están «separadas para Dios» (Hech. 13, 2) para el ministerio de la Caridad. Ministerio que engendra de nuevo al pobre para el amor, le da un corazón nuevo, le hace hijo. Al ser hijo, es hermoso porque es amado. Luisa es hermosa, bella porque, como María, es amada. Por eso, se hace capaz de amar. La Hija de la Caridad es bella cuando ama.

Conclusión

Esta exposición ha intentado poner de relieve, con un deseo de autenticidad, la actualidad de la devoción de Santa Luisa de Marillac a la Madre de Cristo. Y con ello traer a la memoria la experiencia mística de nuestra Fundadora, lo que es una cuestión vital para la Hija de la Caridad. Debe resultar claro que el Amor sólo se puede recibir, no conquistar; corresponder a él y no prevenir. En el caso del ministerio de la Caridad, sólo la contemplación capacita para el amor, porque torna amables, madres, es decir, capaces de cooperar a la iniciativa divina.

La experiencia de Luisa es matriz cultural de nuestra espiritualidad. En este sentido, es esencial y actual para la educación del corazón. María ha sido la primera en creer, Luisa con ella, nosotras con Luisa.

El corazón de la Comunidad se abre a la esperanza de una vitalidad perenne, en la medida en que se perpetúe en ella el patrimonio familiar de la espiritualidad mariana. Las apariciones de la Virgen a Santa Catalina representan en cierto modo la confirmación y el sello de la solicitud maternal de María Santísima hacia la Comunidad y cada una de las Hijas de la Caridad. Su presencia, empero, implica siempre y ante todo el corazón. Como hecho sintomático tenemos que las visiones de Santa Catalina comienzan con las del corazón de San Vicente. Y la Medalla, en sus símbolos, presenta el «corazón» como centro vital y alma de la espiritualidad vicenciana. Es el amor el que constituye la trama, el que configura y envía a llevar, cerca y lejos, el Amor de Dios a los pobres. El oficio divino, para la Hija de la Caridad como para María, es el de visitar a los pobres para llevarles el Espíritu de Cristo.

 

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