María en la infancia de Jesús

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

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Author: Vicente de Dios, C.M. · Year of first publication: 1986.
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Mary-and-Child-Jesus-Pierre-MignardHoy vamos a detenernos en el capítulo 2 de San Lucas y en el capítulo 2 de San Mateo. Los dos capítulos nos cuentan todo lo que sabemos desde que nace Jesús hasta que tiene doce años. Resumamos brevemente el relato evangélico.

  1. San Lucas se aprovecha de un censo que se hizo por aquellos tiempos en todo el imperio romano para justificar la ida de María y José desde Nazaret a Belén, el pueblo de David, de donde era oriundo José, precisamente por pertenecer a la familia de David. Allí ocurrió el alumbramiento de Jesús, el Hijo de Dios, en una cueva de pastores «pues no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2, 1-7). Los primeros que acudieron a felicitar a los esposos y a alegrarse por el nacimiento del niño, fueron, natural y providencialmente, unos pastores que vela­ban su ganado cerca de aquel lugar (Lc 2, 8-20).
  2. José y María eran israelitas piadosos que cumplían la ley. Por eso, a los ocho días, llevaron al niño al Templo para circuncidarlo y ponerle el nombre de Jesús. Y a los cuarenta días fueron también al Templo para la purificación de la madre, de María, pues así lo mandaba la ley. En aquella ocasión sucedió algo imprevisto: Un anciano llamado Simeón, «lleno del Espíritu Santo, fue al Templo, tomó al niño en sus brazos» e hizo una oración profética, bendiciendo a aquel niño como «luz de las naciones y gloria de Israel» y anunciando a María que tendría que sufrir mucho a causa de aquel hijo: «una espada atravesará tu corazón» (Lc 2, 21-38).
  3. Después llegaron a Jerusalén unos magos que proce­dían de oriente, a quienes se les había aparecido una estrella milagrosa cuyo curso habían seguido; seguramente aquellos sabios eran simpatizantes de la fe de los judíos y de su esperanza en la venida de un mesías-Rey. Todos conocemos su conversa­ción con Herodes, su encuentro con el niño y María y José en la casa donde momentáneamente vivían y el despecho del rey Herodes que, sanguinario como era, mandó matar a los niños inocentes. José, entonces, «tomó al niño y a su madre y huyó a Egipto», donde permanecieron los tres hasta la muerte de Herodes (Mt 2, 1-8).
  4. Regresaron luego a su país y se establecieron en Naza­ret de Galilea (Mt 2, 19-23). Alli «el niño crecía, se fortalecía, adelantaba en saber, y el favor de Dios lo acompañaba» (Lc 2, 39-40).
  5. Los evangelios no vuelven a hablar de jesús hasta que tiene doce años. Nos dicen que subió con sus padres a Jerusalén para celebrar, ya como persona mayor, las fiestas de la Pascua. Lo misterioso ocurrió cuando llegó el día de volver a Nazaret. Se esconde de sus padres y se queda intencionadamente en el Templo, mientras ellos piensan que va con otros en la misma caravana. Cuando se dan cuenta de que falta, retroceden angustiados a Jerusalén. Es natural que su madre se queje suavemente al encontrarlo tan tranquilo, al cabo de tres días, «en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles pre­guntas». Pero él les dice una frase desconcertante: «¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre?». Ellos no le comprendieron, dice el evangelio. Y añade, por segunda vez, que «su madre guardaba todas aque­llas cosas en su corazón». Volvieron los tres a Nazaret y el niño «siguió bajo su autoridad», continuando su crecimiento «en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres» (Lc 2, 41-52).

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Con este último episodio termina el Evangelio de la infancia de Jesús, donde se nos cuentan numerosos hechos. No todos se nos cuentan «como de hecho sucedieron», pero sí se nos cuenta en todos «lo que de hecho sucedió», es decir, lo que significa­ban, aunque tenemos que meditarlo para descubrirlo.

Reflexionemos, pues, en «lo que de hecho sucedió», limitán­donos a los momentos que más parecen decirnos de la Virgen María.

Jesús nació en las afueras de Belén, seguramente en alguna cueva de pastores y ganado, pues no encontraron lugar en la posada. El punto central de la narración del nacimiento es que, cuando nació Jesús, su madre «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre». Por eso el ángel les dijo a los pastores: «Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 10-12).

Así pues, el estar aquél niño acostado en un pesebre es la señal, el signo de que ese niño es «el Salvador, el Mesías, el Señor».

En el Antiguo Testamento los signos eran la garantía de que una promesa de Dios habría de cumplirse (cf. Ex 3, 12; 1 Sm 2, 34; 14, 10; 2 Re 19, 29, Is 37, 30; 38, 7).

En el Nuevo Testamento los signos expresan más bien que ha llegado una nueva realidad a nuestra historia, esa realidad que llaman los Sinópticos el Reino de Dios o el Espíritu; los signos del Nuevo Testamento no tratan de «estimular la confianza en una promesa, sino de apoyar el llamamiento a la conversión que se halla contenido en el Evangelio».

El signo máximo en este sentido es la Cruz (cf. 1 Cor 1, 22- 25). Y este niño que yace en el dolor y en la pobreza de una cueva de pastores comienza a enseñarnos la lección que acaba­remos de aprender en el Calvario: que su misión en el mundo va a realizarse mediante una vida de pobreza y de dolor al lado de los pobres y afligidos.

Que el primer anuncio de salvación, alegría y paz se dirija a unos pastores de una forma privilegiada ha de tener un significado que podemos llamar absoluto (y así lo probará la vida toda del niño nacido en Belén): que, si es cierto que «salvará al pueblo de todos sus pecados» (Mt 1, 21), la humanidad preferida de Dios es la más pobre y desheredada, que los pobres son los privilegiados del Reino de Dios, los fundadores del nuevo pue­blo, los herederos de la salvación mesiánica. Los pobres se reconocen en ese niño acostado en un pesebre y saben que es «el Salvador, el Mesías, el Señor» porque sólo Alguien así puede salvarlos a ellos.

Es exactamente lo mismo que la Madre de aquel Niño habría proclamado al pronunciar el Magnificat.

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«María guardaba todas estas cosas, sopesándolas en su corazón» (Lc 2, 19). «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2, 51).

Dos veces en poco tiempo repite Lucas esta frase: una después de oír María a los pastores en la cueva de Belén, y otra después de oír la respuesta que le da Jesús, a los doce años, en el templo de Jerusalén. Esta segunda vez concluye el relato de la infancia y describe la última reacción de María en ese momento significativo. Todo ello nos hace pensar que el evangelista da mucha importancia a esta actitud contemplativa de María.

Las «cosas» que guardaba María sopesándolas en su cora­zón eran hechos y palabras misteriosas que parecían constituir una revelación sobre el porvenir del niño. Esas cosas María las guardaba, las retenía, no tanto para archivarlas en la memoria, cuanto para profundizarlas tratando de comprender todo su significado. No captaba todo cuando los acontecimientos ocu­rrían, pero dejaba que los acontecimientos calaran en su inte­rior e intentaba descubrir su sentido.

San Lucas nos la presenta así como modelo de meditación y contemplación, pero sobre todo como modelo del discipulado cris­tiano. Lo veremos más y más según vayamos acompañando a María en el desarrollo de la vida de su Hijo. Durante la infancia de Jesús, su actitud es de humildad, aceptación y obediencia. Pero como el discipulado completo no es posible mientras la palabra de Dios en Jesús no se haya proclamado plenamente (no sólo por el ministerio de Jesús, sino tambien por su Cruz y Resurrección), Lucas muestra esta actitud inicial de María de «guardar las cosas y sopesarlas en su corazón» como algo que la prepara a participar la primera en la comunidad creyente que nacerá de la Cruz y de la Resurrección. Por eso dice el Concilio Vaticano II (LG 58) que «la bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe» hasta la Cruz y Pentecostés.

Vemos a María cercana a lo que a todos nos pasa. A su ejemplo debemos retener el evangelio y observar los hechos y los dichos que nos afectan. Pero no sólo retener u observar. Debemos sobre todo reflexionar, comparar y aplicar, para que el evangelio original se actualice en nuestra vida y «se haga en nosotros la Palabra de Dios» aquí y ahora.

4

Cuando el niño Jesús, llevado por sus padres, entra por primera vez en el templo de Jerusalén, el anciano Simeón lo toma en sus brazos y lo bendice. Luego se dirige a su madre con una extraña y sombría profecía:

«Este está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida.

Y a ti misma una espada te atravesará el corazón y así quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2, 34-35).

Muchas son las interpretaciones que se han dado a estas palabras difíciles. No tenemos por qué descartar todas menos una, pues varias de ellas son compatibles. ¿A qué se refería Simeón con la espada que atravesaría el corazón de la Madre? ¿Qué significa esa espada?

1. Es obvio que significa el dolor de la Madre al pie de la cruz viendo la agonía de su hijo inocente. La Virgen María, habiendo crecido en la fe, habiendo escuchado lo que los apóstoles escucharon (que Jesús habría de morir en Jerusalén y luego resucitar), acompañó a su hijo hasta la cruz, sufrió con sus sufrimientos y se identificó con sus intenciones. Era la madre de un hombre que a su vez era el Mesías Redentor y ella lo había ido comprendiendo más y más.

2. Por eso mismo la espada de Simeón significa también el dolor de la Mujer que llevaba en su corazón el destino de su pueblo. No era sólo una persona aislada, particular, era tam­bién la «Hija de Sión», la representante de Israel en los tiempos mesiánicos, la personificación de la fe y esperanza de su pueblo. Así la suele contemplar San Lucas y que ella lo entendía en alguna medida nos lo dicen sus palabras en la Anunciación y en el Magnificat. No sólo había oído a Simeón lo de la espada. También le había oído que su hijo sería bandera de contradic­ción, que provocaría la división dentro de su pueblo, que sería hostilizado y negado por unos a la vez que aceptado y seguido por otros, y que así «quedarían al descubierto los pensamientos de muchos corazones». Y tenía indudablemente que sufrir por la cerrazón de esa parte de su pueblo que había hostilizado y negado a su Hijo y ahora lo crucificaba.

3. Además, para llegar a este momento de la Cruz, la Virgen María ha tenido que «peregrinar en la fe» y ello le ha supuesto sufrimientos tales que la hacen el modelo más signifi­cativo y alentador de los cristianos. Son los sufrimientos a los que continuamente aluden los Evangelios: los sufrimientos implicados en las palabras que Jesús dirige a María cuando es hallado en el templo, cuando la Boda de Caná, cuando repeti­das veces dice Jesús delante de ella en su ministerio público que «su madre y sus hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica». La espada de Simeón es también la Palabra de Dios como juicio discernidor. Isabel había bende­cido a María por ser madre y por ser creyente. Porque ser madre del Salvador no se lo daba todo resuelto. Tenía que pasar por el dificil proceso de aprender de su Hijo que la palabra de Dios une a los creyentes en una familia superior a la constitui­da por los lazos de la sangre. A esa familia llegaría ella la primera, pero después de un viacrucis de incomprensión ini­cial, de fidelidad constante, de identificación progresiva. Fue un proceso doloroso, que, a través de la oscuridad de la fe, terminó en la Cruz, la Resurrección y Pentecostés.

La espada que atraviesa el corazón de María abraza pues:

  • el dolor de la Madre que ve morir al Hijo,
  • el dolor de la Mujer que ve su pueblo rechazar al Hijo,
  • el dolor de la Creyente que remonta la oscuridad de la fe.

Estos tres dolores resumen todos los sufrimientos del «cora­zón», del «alma» de María y a los tres tiene que referirse la «espada» que la atraviesa.

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Pasan doce años de vida oculta y ocurre el episodio del «Niño perdido y hallado en el Templo». Y Jesús les dice: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tenía que estar en la Casa de mi Padre?»…

Son palabras que rezuman cierto desaire a sus padres, pero no es un desaire áspero. Es más bien una nueva revelación que les hace para que vayan entendiendo; una revelación un mucho de golpe, para que no sólo entiendan sino que reaccio­nen con fe.

Son palabras con las que Jesús se distancia evidentemente de sus padres, pero las dice para realzar su relación primaria con su Padre celestial. Es la primera vez que Jesús dice «mi» Padre sin referirse a José. Y es la primera vez que Jesús se pronuncia con esa libertad que será tan característica suya en su vida pública.

Son asimismo las primeras palabras de Jesús en el Evangelio y constituyen como un adelanto de toda su historia, que ha de centrarse en la predicación y defensa de los intereses de su Padre.

«Ellos no acabaron de entender», nos dice el evangelista. Lo irían haciendo progresivamente. Lo mismo que sólo «al cabo de tres días» lo hallaron en el templo de Jerusalén, así serían necesarios los «tres días» entre la muerte y la resurrección para descubrir por fin toda la verdad: «El Espíritu os guiará hasta la verdad completa».

Se ha llamado a esta escena evangélica el segundo nacimiento de Jesús y el segundo parto de María.

En la infancia el niño vive en estrecha dependencia de sus padres, sin los cuales no podría sobrevivir.

Pero, al llegar su adolescencia, el jovencito siente la necesi­dad de afirmarse como alguien distinto de sus padres, se distan­cia de ellos y va esbozando su propio proyecto de vida, que no siempre coincide con el que sus padres soñaron para él.

Y entonces, como insinúa el Evangelio, puede surgir la incomprensión… De pronto, la vida del hijo y la vida de los padres aparecen como dos caminos paralelos que nunca se van a encontrar: crisis para el adolescente y crisis para los padres.

Aprender a «perder al hijo» es la gran renuncia de los padres, la que les permitirá ser verdaderamente adultos. Mu­chos padres nunca lo aceptan. A María y José les costó, pero lo consiguieron. Por eso, María y José son también modelo de crecimiento en las relaciones familiares.          ,

Meditando en este pasaje evangélico, pueden padres e hijos encontrar el camino.

De todos modos María siguió descubriendo aquél día lo que significaba la profecía que doce años antes le hiciera Simeón en aquel mismo lugar: sentía que la espada atravesaba su corazón.

6

Sin embargo, que no nos quede una impresión de tragedia como clima predominante de aquella familia de Nazaret.

El ángel le había dicho a María al principio de todo: «Alé­grate, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…». Cuando ella fue donde Isabel, toda la casa había estallado de gozo, y ella se había puesto a cantar su alegría en el Dios salvador que había mirado su pequeñez de esclava… Cuando el Niño nació en Belén, oyó el himno de los ángeles, presenció el júbilo de los pastores, vio la embriaguez de los magos por la misión cumplida…

Es muy probable que todos hayamos visto alguna vez una reproducción del cuadro de «la Sagrada Familia del Pajarito» pintado por Murillo. San José tiene en su regazo al niño Jesús y éste le enseña un pájaro a un perrito. Al fondo la Virgen está hilando. Toda la paz del mundo está encerrada en este cuadro. Los volúmenes son anchos y sólidos. Y todo queda encendido por la luminosidad que destella el cuerpecito del niño Jesús.

Qué duda cabe que aquel hogar tuvo que estar lleno de felicidad. Pero también lo estuvo de preocupaciones. Como todos los hogares del mundo. Más que todos los hogares del mundo. El padre trabajando duro en el taller y rumiando en su interior aquello de ser el custodio de las dos personas más excepcionales. La madre afanada día y noche y sin dejar de meditar en su corazón las cosas de su Hijo, cuyo misterio la desbordaba. Y el hijo jugando entre los otros niños y ayudando a sus padres en lo que se terciaba, pero, como escribió el poeta,

«todos habrían querido entender su mirada
y lo que había tras ella,
pero les asustaba el pozo sin fondo
que se abría en sus ojos»…

No, no era una familia como las demás, aunque todas las familias pueden aprender de ella. Era una familia llena de amor, profundamente feliz, y que sin embargo despertaba cada mañana suplicando a Dios, porque no se le había dado ninguna certidumbre.

Y es que la vida humana es un claroscuro y la sagrada familia tenía que ejemplificarlo. Su Hijo, aquel niño que ade­más de ser hijo de María y José era otras cosas, tenía trazado un camino de cruz y resurrección que sus padres sólo podrían comprender viviéndolo tras sus huellas.

Pero todas las incertidumbres, presagios y pruebas no po­drían apartar un ápice a María de su «hágase» en la anuncia­ción ni de su «alegría» en el Magnificat. Ella lo sabía como lo sabemos nosotros. Por eso la Iglesia la invoca «causa de nues­tra alegría» y por eso nosotros la cantamos:

«Madre de los creyentes,
que siempre fuiste fiel:
danos tu confianza,
danos tu fe».

LA MEDALLA MILAGROSA TIENE UN SIGNO ELOCUENTE PARA EXPRESAR TODO LO DICHO: ESE SIGNO ES SU REVER­SO, DONDE LA CRUZ EN EL CALVARIO Y LA ESPADA EN EL CORAZON DE MARIA RESUMEN LA MEDITACION DE HOY. TAMETEN MARIA, COMO JESUS, COMO NOSOTROS, TENIA QUE MORIR PARA RESUCITAR.

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