María en la boda de Caná

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen María0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. · Año publicación original: 1986.
Tiempo de lectura estimado: 10 minutos

1

encanaDespués de haber hablado en días anteriores de lo que nos dicen de María los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas, vamos a hablar hoy y mañana de lo que nos dice de ella el evangelista Juan. Sólo en dos ocasiones aparece María en el Evangelio de Juan: en la Boda de Caná y al pie de la Cruz, es decir, al principio y al fin del ministerio apostólico de Jesús. Pero bastan estos dos momentos para comprender la gran estima que el autor del cuarto evangelio profesaba a la Virgen María. Medite­mos hoy en la Boda de Caná, comenzando por el versículo último del relato: “Así, en Caná de Galilea, comenzó Jesús sus señales, manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 11).

El único evangelista que llama “señales” a los milagros es Juan. Incluso algunos traductores de su evangelio lo dividen en dos partes: el Libro de las Señales (1, 12) y el Libro de la Gloria (13-21). Y es que el lenguaje de Juan es “simbólico”, es decir, expresa las ideas y los mensajes a través de símbolos o señales. Un símbolo, como todos más o menos sabemos, es una realidad que, además de tener un sentido obvio o natural, tiene otro más profundo, relacionado de alguna manera con el sentido natu­ral. El pan, por ejemplo, tiene un sentido obvio (alimento del cuerpo) y tiene un sentido simbólico (ese otro alimento que el hombre necesita para saciar su hambre de dignidad, de justicia, de Dios). Tenemos que tener presentes estos dos planos para saber descifrar todo lo que el evangelista Juan quiere decirnos.

Son siete los signos que enumera y describe Juan y el primero de todos es el de la conversión del agua en vino en la boda de Caná, donde interviene acusadamente la Virgen Ma­ria.

“Hubo una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; invitaron también a la boda a Jesús con sus discípulos”. El relato lo conocemos todos, pero interpretarlo no es tan fácil como a primera lectura parece. Hay, por ejemplo, tres frases muy controvertidas: ¿Por qué se dirige Jesús a María llamándo­la “mujer” y no madre? ¿Qué quiere decir la frase: “qué nos va en eso a ti y a mí”? ¿Qué significa “aún no ha llegado mi hora”?

Tratemos de dar una respuesta sencilla y lo más verdadera posible.

2

No es extraño que en la boda de Caná llegara a faltar el vino. En aquella época y en aquel país la celebración de una boda duraba hasta ocho días y eran muchos los invitados. Puede que los responsables del banquete calcularan mal o puede que los invitados bebieran demasiado. Y también puede ser que el evangelista quiere decirnos algo distinto. En todo caso María le dijo a Jesús: “No tienen vino”. No sólo le informa de la situación de una manera indiferente, eso está claro; le está pidiendo con respeto pero con toda confianza que haga algo para sacar del apuro a los recién casados.

Y entonces Jesús le contesta: “Mujer, ¿qué nos va en eso a tí y a mí?, aún no ha llegado mi hora”. No faltan quienes ven en esta respuesta una negativa y hasta una reprimenda a María. Pero ni la negativa ni la reprimenda concuerdan en absoluto con el hecho de que María diga a continuación a los sirvientes “hagan lo que Jesús les diga”, ni menos con el hecho de que Jesús les mande llenar las tinajas de agua y convertir el agua en vino.

Lo que más bien debemos pensar es que Jesús quiere adver­tir a su madre (y a nosotros desde luego, quiere llamar nuestra atención) sobre el significado verdadero del milagro que va a suceder. Le está diciendo con otras palabras: “¿Qué tiene que ver esto contigo y conmigo? ¿Por qué preocuparnos por contratiempos sin mayor importancia? No he venido para dar a los hombres vino terreno, sino un don mucho más precioso, del que el vino sólo puede ser un símbolo, aún cuando la hora en que ese don ha de ser otorgado plenamente no ha llegado todavía”.

Jesús habría de criticar a quienes “si no ven señales y prodigios no creen” (In 4, 48): quiere que entiendan lo que hay detrás. A Marta, por ejemplo, la instruye antes de resucitar a su hermano Lázaro, para que entienda que lo más importante no es que lo resucite, sino que él, Jesús, es “la resurrección y la vida; y que quien crea en él, aunque muera, vivirá; y que todo el que vive y cree en él, no morirá jamás” Un 11, 25-26).

Jesús quiere, pues, que él y María se entiendan no tanto desde su relación de parentesco cuando desde la fe, y quiere que la fe de su madre, gracias a sus palabras en ésta y en otras ocasiones, siga creciendo hasta convertirse en el modelo de los creyentes.

Por eso precisamente no la llama madre, sino “mujer” (aunque ese modo de llamarla fuera totalmente inusual en un judío cuando se dirigía a su madre), pues la está hablando desde el mundo espiritual de la fe y no desde el mundo de las solas relaciones terrenas. Por eso la llama “mujer” y no, como a veces dicen algunos protestantes, para mostrarle una frialdad que sólo un mal hijo podía sentir. jesús sólo resaltaba el plano de la fe como más importante que los lazos de la sangre, sobre todo a la hora de realizarse un milagro que además era una señal. Es lo mismo que hemos venido diciendo en días anterio­res al hablar de la fe de María.

Y cuando Jesús añade “aún no ha llegado mi hora”, está refiriéndose a lo mismo a que se refiere el evangelista Juan en otras ocasiones en que emplea esta expresión: a la hora de la exaltación de Jesús por la muerte y la resurrección, que será la hora en que serán derramados de manera plena los dones mesiánicos, cuyo signo va a ser el vino milagroso de Caná. Así, la “hora” de la cruz y la resurrección se anticipa, simbólica­mente, en la hora de la boda de Caná.

3

“Había alli seis tinajas de piedra, puestas para las purifica­ciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Les dice Jesús: llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacadlo ahora y llevadlo al mayordomo. Cuando el mayordomo probó el agua convertida en vino, llama al novio y le dice: Todo el mundo sirve primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora”.

Estas palabras encierran la clave del mensaje central de la Boda de Caná.

Observemos una gran ironía: Mientras faltaba el vino, “había alli seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una”. Seiscientos litros de agua y cero de vino. Mucha purificación y poca alegría. A los judíos les gustaba mucho purificarse, estar limpios por fuera; lo dice así San Marcos: “no comen sin haberse lavado antes las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos; y al volver de la plaza, si no se bañan no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de vasos, jarras y bandejas” (Mc 7, 3-4).

A los judíos les importaba mucho la purificación; a Jesús y María les importaba más la alegría de la salvación, de la amistad y del amor que debe reinar entre todos los sentados a la mesa. La hora del don total no será hasta el fin, hasta la cruz y la resurrección, pero hay que adelantarla todo lo posible, porque el novio ya está entre los hombres. “¿Por qué, mientras los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?”, le preguntaron un día a Jesús. Y él contestó: “¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mien­tras el novio está con ellos? mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar” (Mc 2, 18-19).

La boda de Caná simboliza el nuevo tiempo de la Boda de Dios con su pueblo y con la humanidad. Dios en Jesús llega como el novio que viene a desposarse con su novia. De esto hablaba mucho el Antiguo Testamento y los judíos lo sabían. Jesús llega con la plenitud del Espíritu que renueva a la esposa, la purifica y le devuelve la alegría. Una de las ideas primordiales del evangelio de Juan es que con Jesús todo cambia, que algo verdaderamente nuevo se produce, que termina para siempre una forma de ver a Dios y de entender la religión. El agua del ritualismo, del legalismo, del cumplimiento meramente exter­no, del miedo, da paso al vino nuevo del amor fraterno vivido libremente en la mejor fiesta de bodas. El Antiguo Testamento da paso al Nuevo. Y la Virgen María, representante del primero e iniciadora del segundo, capta la onda de Jesús y se apresura a pedir que nunca nos falte el vino que su Hijo viene a darnos, el vino de la alegría, del amor y de la libertad.

En este contexto simbólico de la Boda de Caná, ¿qué podrán decir Jesús y María de nuestra tantas veces aguada vida cristia­na, acaso concebida solamente como una serie de baños purifi­catorios, carente del vino de la ilusión, del testimonio, de la purificación?; ¿qué podrán pensar de nuestras caras aburridas durante la misa, “banquete de bodas entre Jesús y nosotros”, unión de amor entre el esposo y la esposa? Jesús nos harta de vino en Caná, como nos harta de pan en otra de sus señales, la de la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-5). ¿Qué hemos hecho de su vino y de su pan, de su alegría y de su fuerza, de su fraternidad total? Se comenta que el evangelista Juan no narra la institución de la Eucaristía en la última cena. No lo hace, efectivamente, pero sí la narra en la Boda de Caná, en la multiplicación de los panes, en el lavatorio de los pies a sus discípulos. San Juan nos dice que Jesús instituye la Eucaristía con acciones tan significativas o más de su sentido que las mismas palabras de institución que nos trasmiten los evange­listas sinópticos. El episodio de Caná tiene por eso, también, una intención eucarística, pues la eucaristía es la comunión de todos en el pan y el vino, en la dinámica y la alegría resultantes de la entrega del Señor a los hombres.

4

Pero volvamos a la presencia de María en Caná. No pode­mos olvidar que es ella quien desencadena la conversión del agua en vino, símbolo de la donación de los bienes mesiánicos. No podemos silenciar que ella pide para nosotros y obtiene para nosotros el mismo vino, la misma alegría, la misma salvación que su hijo quería darnos y vino a darnos. Tenemos que afirmar su parte no sólo en la encarnación de Jesús, sino también su parte en la comunicación de los dones de Dios.

Hay un modo de leer la Boda de Caná, que es leer el Evangelio de San Juan, capítulo 2, versículos 1 a 11. Pero hay otro modo de hacerlo, que es contemplar el anverso de la Medalla Milagrosa. La vidente, Santa Catalina Labouré, quería que en el anverso se grabara la Virgen del Globo, es decir, la Virgen como ella la vio: sosteniendo en sus manos al mundo e intercediendo por él. No fue la imagen del globo la que se grabó, sino la imagen de la Virgen de los rayos, que era una imagen de María más popular e igualmente significativa de su intercesión. De todos modos Santa Catalina había visto las dos cosas: había visto a María con el mundo en sus manos, intercediendo por él, y había visto los rayos de luz, la luz de la divina gracia, de los dones divinos, descendiendo sobre el mundo. ¿No es esto exac­tamente lo que ocurrió en Caná: María intercediendo y Jesús otorgando? Lo dice muy gráficamente una copla religiosa po­pular:

La Medianera,
llena de gracia,
al cielo sube,
del cielo baja.

Sin embargo, no debemos llamar medianera a María sin saber bien lo que decimos. Porque “Mediador entre los hombres y Dios sólo hay uno, que es Cristo Jesús”, como nos advierte San Pablo (1 Tm 2, 5).

Si pensamos que María está más cerca de nosotros que Jesús, nos equivocamos.

Si pensamos que a María le corresponde la misericordia y a Jesús el juicio, nos equivocamos.

Si pensamos que María quiere conseguimos algo que Jesús no quiera, nos equivocamos.

Los dos están cerca, los dos son misericordiosos, los dos quieren lo mismo para nosotros. Y más Jesús que María, pues él es nuestro Salvador, el que sin dejar de ser Dios se hizo hombre por nosotros, el que vivió y se entregó por nosotros, el que murió y resucitó por nosotros.

Pero, ¿no es cierto que cuando un hombre es verdadera­mente grande, de ninguna manera le estorba, sino todo lo contrario, que los que son más pequeños que él concurran, colaboren, ayuden, crezcan? Eso es precisamente lo que más distingue a los grandes de los ruines.

Pues más grande que cualquier hombre es Dios, que se hace niño en Belén para que los hombres podamos hacernos casi dioses. Por eso quiere que todos mediemos por todos; que todos recemos, intercedamos, obtengamos sus dones unos por otros; es el dogma de la comunión de los santos. Escribió santo Tomás que “es una consecuencia de la sobreabundancia de la bondad de Dios, conceder a sus criaturas no sólo el ser buenas en sí mismas, sino también la dignidad de ser causa de la bondad de otras”.

Todos somos cooperadores de Dios y mediadores unos de otros, de ninguna manera profesionales del hermetismo y la soledad. El Cristo al que seguimos, nos ama y salva a todos, para que, libres del desamor y de la esterilidad, encadenemos a todos en la alegre danza de la salvación.

Pues bien: en el ámbito de estas cooperaciones y mediacio­nes sobresale María de un modo singularísimo:

Porque es madre de Dios y madre nuestra.

Porque nadie es más amada por Dios ni está más unida a él. María es mediadora como pura criatura, es decir, igual que nosotros, “pero más”, pues es una criatura muy especial, la mejor de todas, la elegida de Dios, la asociada por voluntad suya a todos sus caminos.

Porque fue asunta en cuerpo y alma al cielo y en su existencia glorificada obtiene de su Dios un mayor conocimien­to de las necesidades de los hombres y un amor que la hace considerar a cada uno de nosotros como un hijo que le está confiado.

María es, evidentemente, alguien que, más que nadie entre los solos humanos, nos tiene en sus manos junto al corazón, nos ofrece a Dios en nuestra pequeñez y circunstancia y nos transmite la ayuda divina con luz irradiante que calienta y encamina. Ella es la que “ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Y así son las cosas, porque esa es la “economía” divina de la salvación, que, si cuenta con los hombres, más cuenta con María, “honor de nuestra raza”.

Cuenta también con los hombres. Por eso la Virgen Mila­grosa lamentaba que muchas gracias divinas se quedaran apagadas en sus manos sin llegar a tierra: “son las gracias que se olvidan de pedirme”, dijo a Santa Catalina. Dios, por supues­to, es más grande que nuestros anhelos y conoce nuestras palabras antes de que salgan de nuestros labios. Nos concede aunque no pidamos y nos concede muchas veces lo que ni sospechamos. Pero quiere que le pidamos, de tal modo que la oración es el camino ordinario de la relación con Dios y de la recepción de Dios, del encuentro y de la acogida. La Virgen Milagrosa viene a recordarnos esto visible y profundamente (cf. Vicente de Dios, “La Milagrosa”, México 1980, pp. 59-64).

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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