María en la Anunciación

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen María0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. · Año publicación original: 1986.
Tiempo de lectura estimado: 9 minutos

1

AnunciacionLos evangelistas que más nos hablan de la Virgen son Mateo y Lucas, y la primera referencia de Lucas a María tiene lugar cuando el ángel Gabriel es enviado a Nazaret “a una virgen desposada con un varón de la casa de David, cuyo nombre era José; y la virgen se llamaba María” (Lc 1, 26-27).

¿Cuántas veces hemos leído, escuchado, admirado el relato de la Anunciación del ángel a nuestra Señora? cualquiera diría que el evangelista se lo habría escuchado a la misma Virgen María. Pero no fue así, sino que san Lucas enhebró su relato sobre el patrón de otras anunciaciones ocurridas en el Antiguo Testamento (y lo mismo ocurrió con su relato de la anuncia­ción a Zacarías para el nacimiento de su hijo Juan el Bautista). Si hojeamos el Antiguo Testamento, nos encontramos con anunciaciones a Abraham (Gn 17), a los padres de Sansón (Jue 13), a Moisés (Ex 3), a Gedeón (Jue 6)…

¿Cómo es el desarrollo de esas anunciaciones? Primero se aparece un ángel. Luego hay una reacción de temor por parte de quien recibe la anunciación. A continuación viene el anuncio de lo que Dios propone. Entonces la persona pregunta cómo será eso. Y, por fin, se le da una señal de certificación o autenticidad.

Son exactamente los mismos pasos de la Anunciación del ángel a María:

—Dios le envía al ángel Gabriel.
—Ella se turba al oír sus palabras.
—”No temas”, le dice Gabriel, y a continuación le anuncia la encarnación del Hijo del Altísimo en su seno.
—Entonces María pregunta “cómo será eso”.
—El ángel se lo dice y le da la señal: “Isabel, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo… porque para Dios nada es imposible”.

2

Meditemos primero en la parte de Dios en la Anunciación y meditemos después en la respuesta de María.

La Biblia nos enseña a través de sus páginas que todo lo que es importante para el hombre se debe a la iniciativa de Dios. El tuvo la iniciativa de la creación del mundo cuando dijo “hágase la luz” (Gn 1, 3). El tuvo la iniciativa de la creación del pueblo elegido cuando dijo a Abraham “vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12, 1). El tuvo la iniciativa de liberar a ese pueblo de la esclavitud cuando le dijo a Moisés que el clamor de los hijos de Israel había llegado a sus oídos y su opresión a sus ojos y que lo enviaba al Faraón para sacar a su pueblo de Egipto (Ex 3, 9-10). Y El tomó la iniciativa cuando determinó la creación del hombre nuevo en Cristo Jesús (Ef 2, 10).

Pero, si Dios toma la iniciativa, no quiere decir que actúe solo, siempre cuenta con el hombre para realizar su proyecto. Por eso la Biblia habla de la elección, vocación y misión de un pueblo, del pueblo de Israel. La misión de Israel consistirá en ser, para los demás pueblos, vía de acceso a Dios y testigo de sus planes salvadores, La persistente infidelidad de ese pueblo hará que Dios traspase su misión a un Resto fiel, es decir, a la fracción religiosamente viva de ese pueblo, que viene a ser así continuidad de historia, de esperanza y de salvación.

A pesar, pues, de la infidelidad del pueblo llamado, Dios cumplirá sus planes salvadores. Y lo hará —lo va descubriendo la Biblia— enviando al mundo a su mesías, un hombre que realizará los planes de Dios cuando llegue la plenitud de los tiempos. “Al llegar la plenitud de los tiempos —dice san Pa­blo— envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a los sometidos a la ley, para que recibiéramos la condición de hijos” (Gál 4, 4).

1. Nosotros, en el Avemaría, hemos rezado siempre las primeras palabras del ángel con la expresión “Dios te salve, María”. Para algunos entendidos se trata simplemente de un saludo normal: salve, ave, hola, buenos días. Para la mayor parte, sin embargo, hay una intención mucho más profunda. La verdadera traducción del original griego es “alégrate”. Es una palabra que San Lucas jamás emplea como un saludo convencional, sino que la refiere siempre a la alegría que acompaña a la liberación de Israel. El ángel le diría: “María, alégrate sobremanera, porque el tiempo de la salvación ha llegado”.

Este significado se remonta al Antiguo Testamento, que lo emplea en diversas ocasiones y sobre todo cuando los profetas se dirigen a la que llaman “Hija de Sión”, es decir, a todo el pueblo de Israel, y más en concreto a la ciudad de Jerusalén, y más todavía a un barrio situado al norte del Templo, cuyos habitantes eran los más pobres y marginados de la ciudad (cf. John McHugh, “La Madre de Jesús en el Nuevo Testamento”, Desclée de Brouwer, Bilbao 1978, pp. 83-85). A estos pobres y marginados, a esta Hija de Sión, dirigen los profetas Miqueas (4, 6-7) y Sofonías (2, 3; 3, 12; 3, 14-15) un mensaje de alegría y de esperanza.

Es casi exactamente el mensaje de Gabriel a María. María es la nueva Hija de Sión, el Resto más fiel de Israel, a quien el ángel le invita a alegrarse con toda el alma, porque con ella está el Señor y dentro de ella va a morar un Hijo que será el Rey de Israel y su Salvador.

2. “El Señor está contigo”… son palabras también del Anti­guo Testamento, donde con frecuencia se dirigen a un indivi­duo particular (Abraham, Moisés) o al pueblo en su conjunto como garantía de la presencia activa de Yahvé y de su protec­ción en la misión que les ha sido encomendada en favor de todo el pueblo. En esta misión no deben temer, porque “Dios está con ellos”. El ángel le quiere decir a María que también a ella se le encomienda una misión importante en la que está interesado todo el pueblo.

3. “El Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”… evoca la Tienda de la Reunión y el Arca de la Alianza, es decir, el lugar de la presencia de Dios en medio del pueblo. El profeta Ezequiel (cap. 43) describe dos elementos importantes de la Tienda de la Reunión que cobija el Arca de la Alianza: fuera de la Tienda, la Nube que la cubre con su sombra; y dentro de la Tienda la Gloria que llena la morada.

En el relato de la Anunciación, la Nube es el Poder del Altísimo que vendrá sobre María para cubrirla con su sombra fecundante, y la Gloria será el Mesías que vendrá a morar en ella. María aparece así como la Nueva Tienda de la Reunión, como la nueva Arca de la Alianza, como la nueva Morada de Dios entre los hombres. Se cumplen las palabras del evangelista Juan: “El Verbo se hizo carne y plantó su Tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria. Gloria recibida del Padre como Hijo Único, lleno de gracia y de verdad” (1, 4).

4. El ángel llama a María la “llena de gracia”. Nos dice San Pablo en la carta a los efesios (1, 4-8) que Dios “ha prodigado sobre nosotros la riqueza de su gracia” por nuestra participa­ción en la plenitud de gracia de su Hijo Amado. Es decir, que todos somos llamados a ser llamados llenos de gracia. Pero si María recibe tan claramente ese nombre en la Anunciación es “sobre todo, a causa de su vocación única de madre del Señor, de madre del Dios encarnado. Es el signo de su predestinación a una vocación y a una función únicas en el plan de Dios.

Para cada cristiano, la plenitud de gracia, que encuentra en la comunión con el Bien-amado, es el manantial y la conse­cuencia de su vida cristiana, de su viva adhesión a Cristo, y no de una vocación y función únicas en el plan de salvación.

Para María la plenitud de gracia implica las dos cosas: su adhesión a Cristo y la vocación y función exclusivamente suyas de ser la madre de Dios en la encarnación” (cf. Max Thurian, “María, madre del Señor, figura de la Iglesia”, Hechos y Dichos, Zaragoza 19 66 , pp. 3 5-36).

Es su maternidad divina, pues, la causa de su plenitud de gracia, tanto en su sentido positivo de poseedora en pleno grado de las virtudes, dones, vida de Dios, cuanto en su sentido de preservada inmune de toda mancha de pecado original.

Después de contemplar en la Anunciación la obra de Dios, pensemos en la respuesta de María: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según su palabra”.

1. Esta respuesta es, sencillamente, la fe. María está despo­sada con José y espera el momento de unirse a él “para fundar una familia donde se bendiga el nombre de Dios por siempre” (Tb 8, 7). Todo su proyecto de vida queda trastornado cuando el ángel le habla. Desea ser madre y… tiene que seguir siendo virgen para ser madre. Ella se abandona a la voluntad de Dios. Dios es imprevisible y sus planes importan más que los nues­tros. “He aquí la esclava del Señor”…

¿Comprendió María todo el alcance de su respuesta? Proba­blemente no, pero ésa es la característica del verdadero aban­dono: entregarse dispuesta a todo, aún sin saber hasta qué extremos puede llevar un sí. Veremos, en días siguientes, cómo los evangelios nos revelan que María no siempre comprendía a su hijo y que tuvo que peregrinar en la fe, experimentando lo complicado de aquella tarea suya de ser Madre de Dios y comprendiendo sólo progresivamente, a través de su vida, lo que el Señor le había pedido.

Por eso la llamamos “madre de los creyentes” y “la primera de los cristianos”: ella nos enseña a fiarnos incondicionalmente de Dios y a comprender que las oscuridades de la fe no tienen por qué impedirnos llegar a buen puerto.

En un mundo en el que la fe ha dejado de ser un fenómeno de masas o una seguridad doméstica, aprendamos de María a dar una respuesta personal, libre y responsable, a la pregunta que Dios dirige a cada hombre.

2. La fe de María es una fe solidaria. Muchos teólogos le atribuyen lo que ellos llaman “personalidad corporativa”. Ma­ría vive inmersa en toda la corriente de espera del Mesías que inunda al Israel cercano a Jesús. Dentro de esa espectativa mesiánica, María es la encarnación más plena de la Hija de Sión, del Resto de Israel, de los pobres del Señor. Podríamos decir que está a la espera del Mesías concentrando toda la fe de su pueblo.

Y en ese momento y en esa situación existencial suya, aquella criatura es la que “halla gracia a los ojos de Dios” y es elegida para alumbrar al “Salvador de todos los pueblos, luz de las naciones y gloria de Israel” (Lc 2, 31-32). A los ojos de Dios aquella joven sostenía en sus manos el destino del mundo, porque El no estaba haciendo una propuesta particular a un individuo, estaba haciendo al mundo la oferta de su Salvador. La voluntad de Dios se llevaría a cabo indefectiblemente, pero se llevó a cabo de hecho porque existió una mujer que se entregó incondicionalmente al amor y dejó que la divinidad actuara en ella. Ella era la mujer-para-los demás, como su Hijo sería el Hombre-para-los-demás.

Por su “esclavitud”, referida al único Señor y a sus desig­nios sobre el hombre, la Virgen María nos representa y nos incorpora a todos cuando se adelanta a pronunciar el “sí” que todos quisiéramos pronunciar. Lo comentó efusivamente San Bernardo de Claraval y lo versificó con acierto Lope de Vega:

Dijo un SI que remedió
un NO de cuatro mil años,
con que todos nuestros daños
para siempre reparó.

3

Hemos comentado la Anunciación del ángel a nuestra Señora.

Hemos recordado el modo de las anunciaciones bíblicas como la pauta del relato escrito por San Lucas.

Hemos profundizado un poco en las palabras del ángel —la iniciativa de Dios—, así como en la respuesta de fe, y de fe solidaria, que da María.

Hemos contemplado a María como la Hija de Sión, la Morada de Dios, la Madre del Hijo del Altísimo, la Colmada de gracia, la Inmaculada en su Concepción.

¿En qué lugar de la Medalla Milagrosa encontramos la expresión plástica de estos pensamientos?

Santa Catalina Labouré vio a la Virgen Milagrosa “bella en su mayor belleza” y no se resignaba al pálido reflejo de esa belleza humana y divina en la Medalla Milagrosa, obra al fin y al cabo de manos solamente humanas. Esa belleza incompara­ble de María certifica que, efectivamente, María halló gracia a los ojos de Dios y él la miró con complacencia y predilección; y no sólo eso, sino que, en consecuencia, la agració, la llenó de sus dones, la “destinó (como a todos nosotros, pero más) a ser un himno a su gloriosa generosidad” (Ef 1, 6).

Las manos extendidas de la Virgen indican, entre otras cosas, su acogida a la Palabra, su disponibilidad en marcha. Es una creyente como Abraham, a quien le basta la sola palabra de Dios para dejarlo todo y ponerse en camino.

Las manos de la Virgen Milagrosa sosteniendo al mundo signifi­can representación y solidaridad; nos asumen solidariamente ante el Padre; están dispuestas a aceptar lo que haga falta por ese mundo al que el Hijo viene a salvar. Un mundo de ricos y pobres, de prepotentes y oprimidos, de libertinos y deshereda­dos, de justos y pecadores, un mundo que necesita ser salvado. Ella lo presenta al Padre e intercede por él con la fuerza de su pobreza y la oferta de su disponibilidad.

El “fiat” de María da lugar a la encarnación del Hijo de Dios en su seno, a su Maternidad divina. Es un misterio que ella acepta con alegría y confusión. La Cruz naciendo de la letra M expresa ese misterio de su Maternidad.

Para ser Madre de Dios, María fue colmada de gracia desde el primer instante de su Concepción. Sobre ella nunca tuvo poder el Mal, la serpiente siempre estuvo bajo sus pies. La Medalla Milagrosa es por eso la Medalla de la Inmaculada Concepción y su aparición hizo que todo el mundo católico la invocara con la jaculatoria “Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”.

Miremos, amemos e imitemos a nuestra Madre, la Virgen Milagrosa, la Virgen de los Milagros.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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