María en el Apocalipsis

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. · Año publicación original: 1986.
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z_regina_angelorumEl Apocalipsis es el último libro de la biblia. Es acaso el libro más misterioso, más impresionante, más simbólico, más enig­mático de la Biblia.

El Apocalipsis está repleto de símbolos. Las ideas se expre­san en forma de imágenes grandiosas: personas, animales, números, colores, partes del cuerpo (ojos, manos, pies, alas, cuernos)… A veces las imágenes son incoherentes, pero lo que importa es la coherencia de las ideas o del mensaje de esas imágenes.

El Apocalipsis está escrito en el género literario llamado precisamente apocalíptico. El autor ve ante todo el futuro, que siempre es la victoria fmal de Dios y de sus fieles. Y desde ese futuro victorioso relativiza al presente, el tiempo de la historia en el que el mal, representado por dragones y bestias, parece estar triunfando. E incita a resistir a ese Mal con todas las fuerzas. Por eso se ha llamado al Apocalipsis la «teología de la Resistencia».

El Apocalipsis se escribió hacia el año 100 de nuestra era, en un momento difícil para la Iglesia primitiva, perseguida por el Imperio romano y sufriendo la consiguiente crisis de duda y desaliento. El autor del libro está desterrado en una pequeña isla llamada Patmos (12 x 8 Km) y medita en los acontecimien­tos. «Descubre el trasfondo de la lucha histórica contemporá­nea y proporciona una clave de interpretación válida para la historia en su conjunto. La oposición sangrienta del Imperio Romano contra los fieles de Cristo no es más que un episodio en la lucha mucho más duradera que Dios conduce contra el orgulloso poder humano… El autor quiere expresar la victoria de Cristo sobre las potencias de este mundo» («Nueva Biblia Española», Ed. Cristiandad, Madrid 1976, p. 1856).

El Apocalipsis tiene actualidad siempre. «También hoy si­gue siendo actual su mensaje. También hoy el poder político (la Bestia del Mar) y la propaganda ideológica al servicio de éste (la Bestia de la Tierra) son los grandes enemigos de la verdadera Iglesia de Cristo. También hoy hay crisis internas, problemas de «falsos hermanos» que enarbolan banderas que no son de Cristo. También hoy hay en muchos un cierto «cansancio espiritual» que los empuja a abandonar las opciones que un día formularon como definitivas. El Apocalipsis no nos consuela con palabras bonitas, sino que nos dice que la vida de un cristiano tiene que ser una contínua lucha. Por ello el verdade­ro nombre que da al cristiano es el de «el vencedor» (cf. 2. 7.11.17.26; 3, 5.12.21; cf. 22,12). El Apocalipsis no nos habla de ilusiones dulzonas sino de crisis muy fuertes por las que tendrá que atravesar la Iglesia; de ahí que sea el libro de la Resistencia, el libro de la esperanza contra toda esperanza. Aquí se nos dice a qué precio debe vivir el cristiano su fe» (Equipo de Traductores de la Biblia de Jerusalén, «Introducción a la lectura del Nuevo Testamento», Desclée de Brouwer, Bilbao 1979, p. 251).

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Uno de los grandes capítulos del Apocalipsis es el capítulo 12. Hemos escuchado su lectura. Veámoslo como un drama en tres actos:

Acto primero, la señal de la Mujer. Se nos explica su grande­za y su situación: «envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba con los dolores del parto y el tormento de dar a luz».

Acto segundo, la señal del gran dragón rojo. Se nos describe su aspecto y su fuerza feroz: tenía «siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete diademas. Su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó a la tierra».

Acto tercero, la persecución del dragón, una triple persecu­ción: la primera contra el hijo que nace, la segunda contra la mujer que da a luz, la tercera contra la descendencia de la mujer, contra «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús».

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La Iglesia, a lo largo de los siglos, se ha preguntado por la identidad de la Mujer del Apocalipsis. Santos Padres, teólogos, escrituristas, predicadores… han contestado de muchas mane­ras, no siempre convergentes. Tengamos en cuenta el «sentido de simultaneidad» de la literatura apocalíptica, que en una descripción puede englobar distintos tiempos (pasado-presente­futuro) o distintos lugares (cielo-tierra), así como la «pluriva­lencia de los símbolos», que pueden representar diversas reali­dades o personas, aunque de algún modo relacionadas.

La interpretación más extendida es que la Mujer del Apocalip­sis representa ante todo al Pueblo de Dios (lo mismo al antiguo Israel que a la Iglesia cristiana), pero representa también a la Virgen María. Podríamos expresarlo así: «Representa en primer término a Israel, que posteriormente toma la apariencia de la bienaventurada Virgen María, y se convierte finalmente en un símbolo de la Iglesia cristiana» (McHugh resumiendo a Max Thurian, ver o. c., del primero, p. 467).

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— Meditemos primero en el Pueblo elegido, el antiguo Israel como protagonista del pasaje bíblico que nos ocupa. Sabemos por la Biblia que Dios eligió un pueblo para preparar la era mesiánica, el advenimiento de su Hijo al mundo cuando llegara la plenitud de los tiempos. Sabemos también que Dios, sobre todo por medio de los profetas, llama a ese pueblo esposa y madre. Sabemos asimismo que en su infinito amor lo adorna de atributos maravillosos. El Cantar de los Cantares describe así a la esposa: «¿Quién es esa que se asoma como el alba, hermosa como la luna y resplandeciente como el sol, terrible como escuadrón a banderas desplegadas?» (6, 10). Las doce estrellas nos recuerdan precisamente esas banderas desplegadas.

«Resuena aquí también el capítulo 60 de Isaías, del que parece depender el texto de los Cantares: Jerusalén, bajo figura de mujer, esposa de Yahvé y madre del pueblo de Dios, aparece de pronto como una espléndida salida de sol, iluminada como está por la luz misma de Dios. También ella recibe como atributos el sol y la luna, como la mujer del Apocalipsis» (André Feuillet, o. c., p. 221).

— Pero «de inmediato el profeta Isaías ve cómo esa nueva Jerusalén debe engendrar un pueblo santo y numeroso, el de la era de gracia (60, 21-22), la posteridad bendecida por Dios» (ib.).

El mismo Isaías tiene dos pasajes que se refieren a un alumbramiento metafisico del pueblo de Dios: el primero evoca los gritos que acompañan a los dolores de parto (26, 17) y el segundo resalta la rapidez extraordinaria con que el pueblo de Dios se convierte en madre de muchos hijos (66, 7).

— Los sufrimientos del antiguo Israel los sabemos por la historia: la esclavitud, el éxodo, el desierto, la conquista, el exilio, la dificil restauración. Dios, con un amor a la vez tierno e implaca­ble, planeó la purificación dolorosa de su pueblo antes de que el Resto fiel de ese pueblo pudiera alumbrar al Mesías prometido, el Esperado de Israel y de las naciones.

— Ese alumbramiento no ocurrió tanto en Belén como en el Calvario, en el empalme de la Cruz y la Resurrección. Así lo entendían ya los primeros cristianos. El mismo San Pedro, en un discurso suyo en el libro de los Hechos (13, 33) emplea el lenguaje del nacimiento para expresar la resurrección. No sólo San Pedro. El mismo Cristo, como veíamos ayer, había hablado de su pasión con la imagen de la mujer que sufre porque va a dar a luz y que luego se alegra «porque ha nacido un hombre para el mundo» (Jn 16, 21). Alli, en el Calvario, se cumplia la profecía esperanzadora del Génesis, se cumplia la promesa de victoria hecha a Eva, madre de los vivientes: el linaje de la mujer aplastaba la cabeza de la serpiente cuando ésta mordía su talón. Nacía un pueblo nuevo y el mal quedaba vencido para siempre.

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Pero alli en el Calvario está María. Es la que sobresale entre el Resto del antiguo Israel y es la primera en la nueva comuni­dad creyente. «Es el signo del paso de Israel, Hija de Sión, Pueblo de Dios a la Iglesia madre de los fieles, esposa de Cristo. Y el mismo signo apocalíptico (la mujer) designa a Israel, a María y a la Iglesia» (Max Thurian, «María, Madre del Señor, Figura de la Iglesia», Ed. Hechos y Dichos, Zaragoza 1966, p. 255).

Por su fe constante y creciente, por haber creído y puesto por obrar la palabra de su Hijo, éste, desde la cruz, la constituye madre y modelo del nuevo Israel, de la comunidad que nace, de la Iglesia.

Ella es «la dolorosa», pues después de haber engendrado, acaso sin dolores de parto, a un niño en Belén, ha tenido que experimentar esos dolores como una espada hundiéndose en su corazón desde Belén a la Cruz.

Ella ha sufrido en su propia alma el acoso de la bestia contra su hijo, pretendiendo destruirlo con la muerte en cruz.

Pero ahora experimenta dos cosas: que su hijo es arrebata­do hasta el trono de Dios y que su hijo la constituye madre de muchos hijos.

Ella es la mujer que «estaba encinta y gritaba con los dolores del parto y el tormento de dar a luz». Pero es también la mujer «envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas».

Doce estrellas, que evocan tradicionalmente las doce tribus de Israel y los doce apóstoles, es decir, el antiguo Israel y la Iglesia cristiana; pero también, por el simbolismo del número doce, lleno de significado para los judíos, significa «una pleni­tud de perfección que no pasa».

Una plenitud de perfección realzada por toda la luz disponi­ble: la belleza de la luna, el brillo del sol y la magnificencia de todas las estrellas cuando caminan por el firmamento como «escuadrón de banderas desplegadas», que dice el Cantar de los Cantares (6, 10).

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Pero María es «madre, prototipo o modelo, y miembro eminente de la Iglesia» (LG 53).

También la Iglesia es esa mujer en trance de dar a luz al Hijo de Dios para la humanidad toda de cada tiempo.

También le acecha la persecución. En los tiempos del Apoca­lipsis se vio amenazada por el poderío del imperio romano, pero en todos los tiempos se alían contra ella unos poderíos u otros.

También es cierto que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella: el río persecutorio vomitado por la serpiente será absorbido y eliminado por la tierra, es decir, por la historia cuyo dueño es el Señor.

El pasaje del capítulo 12 del Apocalipsis une íntimamente a María y a la Iglesia, hace casi una sola realidad de ellas. Sólo que María aparece como el «tipo» o «arquetipo» de la Iglesia, es decir, su símbolo representativo y concreto, su ideal persegui­ble. María va por delante tras haber experimentado ya en su vida y poder por tanto mostrarlo en su persona, el ser, el hacer y el destino de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II establece ese paralelismo de María y la Iglesia, sobre todo en tres dimensiones: la maternidad, la virginidad y la santidad:

—     La Virgen María es madre de Dios y de los creyentes. También la Iglesia es madre por la palabra de Dios fielmente recibida; por haber engendrado y seguir engendrando para la vida eterna e inmortal, mediante la predicación y el bautismo, a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios.

—     La Virgen María es virgen. También la Iglesia es virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida a su Esposo, y la sólida esperanza, y la sincera caridad.

—     La Virgen María es santa y ya llegó a la perfección. La Iglesia trata de ser Santa, siguiéndola e imitándola en su fe, esperanza y caridad; en su obediencia a la palabra de Dios; en su capacidad de engendrar a Cristo y conducir a El; en el afecto materno necesario para la misión apostólica… (cf. LG 63-65).

María es pues, efectivamente, «madre, arquetipo o modelo, y miembro eminente de la Iglesia».

Su amor de madre es para estar cerca de nosotros como un hermano más. Una madre y un hermano que, con la mayor sencillez y humildad, nos muestra ya cumplido en su persona el ideal que nosotros no hemos alcanzado aún.

Como ella ya llegó, se nos hace posible.

Como nos rodea con su amor, nos sentimos con ánimo y con fuerza.

Como está tan cerca, sabemos que nos acompaña en el camino y nos negamos a cansarnos y retroceder.

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Si hay algo claro a primera vista, evidente del todo, en la Medalla Milagrosa, es que en ella se ha querido plasmar a la Mujer del Apocalipsis tal como la imaginó el vidente de Patmos: «envuelta en el sol, la luna bajo sus pies, y en la cabeza una corona de doce estrellas».

Efectivamente el sol la envuelve y hace de ella una mujer «hermosa en su mayor hermosura»; la luna a sus pies realza su figura con el encanto de su suave belleza; las doce estrellas la circundan como una corona real.

Son símbolos que, sin necesidad de interpretaciones, hablan a la piedad popular

  • de la belleza incomparable de María,
  • de su Inmaculada Concepción,
  • de su santidad, «plenitud de perfección que no pasa»,
  • de su Ascensión al cielo con las «alas de águila real para volar a su lugar» que se le dieron a la Mujer del Apocalipsis,
  • de su Realeza sobre todas las criaturas por haber sido «la esclava del Señor».

La Medalla Milagrosa, además, enseña que ese mundo de predilección divina y de belleza interior sólo es posible a través de la persecución y el sufrimiento, lo mismo que la Resurrec­ción sólo es posible a través de la Cruz, y lo mismo que al mundo no le llega un nuevo hombre sin los dolores de parto y el tormento de dar a luz:

  • la serpiente acecha al Hijo y lo lleva a la Cruz;
  • la serpiente acosa, en el mundo, «a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús»;
  • la serpiente la persigue a ella misma que sufre lo suyo y lo de todos.

Pero sólo por «un año, y otro año, y medio año», es decir, sólo por el tiempo que Dios permite, nunca definitivamente.

Lo defmitivo es la derrota de la serpiente; el aplastamiento de su cabeza por el linaje de la Mujer y por la propia Mujer. A los pies de la Virgen —dice Santa Catalina Labouré— «había una serpiente de color verdoso con manchas amarillas». •

Lo definitivo es el Reino de Dios, que alcanzará su plena realización en el mundo futuro, pero que ya está entre noso­tros, que ya podemos anticipar gracias a Cristo que nos redime y gracias a quienes, como María, la primera y mejor de todos los cristianos, «siguen al Cordero a donde quiera que vaya» (Ap 14, 4).

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