María en el Antiguo Testamento

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen María0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. · Año publicación original: 1986.
Tiempo de lectura estimado: 10 minutos

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Nossa_Senhora“Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…, nos eligió en él antes de crear el mundo…, destinándonos ya entonces a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo” (Ef 1, 3-5). Con este nombre de Jesucristo sería conocido su Hijo encarna­do, “nacido de mujer…, para que recibiéramos la condición de hijos” (Gal 4, 4-5). No sólo el Hijo, también la mujer-madre tenía un nombre desde siempre: María. Ella fue “predestinada como madre de Dios desde toda la eternidad al decretarse la encarnación del Verbo divino” (LG 61).

La Iglesia se sirve de diversos textos del Antiguo Testamen­to para expresar su fe en la predestinación de María. Son textos que se refieren de suyo a la sabiduría divina (Proverbios, 8; Eclesiástico, 24) y sólo se aplican a María por pura acomoda­ción literaria, fundada en cierta semejanza entre la sabiduría de Dios, inspiradora del designio de salvación de los hombres, y la figura de María, presente de manera acusada en ese designio.

El Concilio Vaticano II, al hablar de María en el Antiguo Testamento (LG 55), no se refiere a estos textos, sino a otros mucho más claramente sugeridos de la figura de María, textos qu( ‘n todo caso hay que leer y entender “tal como son leídos por la Iglesia a la luz de una plena revelación posterior” (ib.), es decir, esclarecidos por los escritos del Nuevo Testamento y de la Tradición, y con la ayuda adicional de los estudiosos de la Biblia y de la Teología. Así es cómo, “en los libros del Antiguo Testamento que describen la historia de la Salvación y en los que se prepara paso a paso el advenimiento de Cristo al mundo, se ilumina, cada vez con mayor claridad la figura de la mujer madre del Redentor” (ib.).

“Cada vez con mayor claridad”, al modo como una cumbre emerge de entre las masas de niebla que se van desprendiendo ante el avance del sol, la figura de María y su papel en la historia de la salvación se van desvelando en las páginas del Antiguo Testamento, que tratan precisamente de esa historia. Y son cuatro los jalones de ese descubrimiento que el texto conciliar enumera: 1.0, la virgen es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a nuestros primeros padres caídos en pecado; 2.°, Ella es la virgen (de la profecía de Isaías) que concebirá y dará a luz a un hijo, cuyo nombre será Emmanuel =Dios-con-nosotros; 3.0. Ella sobre­sale entre los humildes y pobres del Señor, que de él esperan con confianza la salvación; y 4.°, con ella, la excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hom­bre del pecado mediante los misterios de su carne.

Reflexionemos un poco sobre estos cuatro momentos de la revelación de María.

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La Virgen María “es insinuada protéticamente en la prome­sa de victoria sobre la serpiente, hecha a nuestros primeros padres caídos en pecado”.

Esta promesa se contiene en el pasaje bíblico que llamamos “Protoevangelio”, palabra que quiere decir “la primera buena noticia referente a la salvación”. Esa primera buena noticia la anuncia Dios dirigiéndose a la serpiente: “Enemistad pongo entre ti y la mujer, entre su linaje y el tuyo: él te pisará la cabeza cuando tú hieras su talón” (Gn 3, 15).

Se trata de una lucha entre la humanidad y el demonio, entre dos grupos compactos: por un lado la mujer y su linaje, por el otro el demonio y los suyos. Pero esta lucha colectiva pone el acento en el linaje de la mujer: “él te pisará la cabeza”. Si la metalidad de la época atribuía siempre la victoria al jefe que guiaba al pueblo y si en el pueblo había además una viva esperanza mesiánica, el autor del Protoevángelio piensa ante todo en el Mesías como el personaje vencedor del demonio.

¿Podemos descubrir, además, una alusión personal a María en ese Protoevangelio? La Iglesia contesta afirmativamente. Podemos descubrir a María en la figura de Eva. Cuando el Protoevangelio habla de la mujer, se está refiriendo a Eva. Y Dios enfrenta tan intensamente a Eva con el demonio que da a entender que Eva lo vencerá completamente. Pero la imagen de Eva no es precisamente la de una vencedora. Es otra mujer, una nueva Eva llamada María, la que llevará a cabo esa victoria.

María es esa mujer y ese linaje es el suyo. Si Eva, la pecadora, la única mujer que entonces existía, llevaba ya virtualmente en su carne el linaje salvador anunciado para la plenitud de los tiempos, su maternidad no sería realidad sino en otra mujer, la bendita entre todas, la Madre de Jesús. Y de este modo, la parte que la humanidad iba a tener por voluntad de Dios en su propio restablecimiento, quedaba afirmada y con­densada en María, llamada a ser la madre del Salvador. He aquí cómo María, para nuestro gozo y esperanza, aparece como aurora de salvación en los mismos albores de la humanidad, en el primer anuncio que Dios hace a los hombres después del pecado original.

Según la bula “Ineffabilis Deus”, de Pio IX, relativa a la Inmaculada Concepción, “no queriendo Dios que pereciese, contra su misteriso propósito, el hombre que había sido induci­do a la culpa por la astucia de la iniquidad diabólica, y querien­do que todo lo que por el primer Adán había de caer fuese restaurado con ventajas por el segundo: eligió y preparó desde el principio, y antes de todos los siglos, para su unigénito Hijo, una Madre de la que, hecho carne, naciese en la venturosa plenitud de los tiempos; y amó a esa Madre tanto sobre todas las criaturas, que en ella puso más que en ninguna otra sus ojos y las complacencias de su corazón”.

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“Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz a un Hijo, cuyo nombre será Emmanuel” (LG 55; cf. Is 7, 14; Miq 5, 2-3; Mt 1, 22-23).

Estas palabras del Concilio evocan otra profecía mesiánica y mariana, formulada por Isaías al rey de Judá, Acaz, el año 736 antes de nuestra era: “Miren: la joven está encinta y dará a luz un hijó y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios-con-nos­otros” (7, 14). Cuando treinta años más tarde el profeta Mi­queas hable misteriosamente de “la que ha de dar a luz” tendrá en cuenta indudablemente y confirmará la profecía de Isaías. Y más tarde, ya en el Nuevo Testamento, el evangelista Mateo verá la realización de esta profecía en el nacimiento virginal de Jesús, el verdadero Emmanuel.

El rey Acaz, asediado por reyes vecinos, recurre al rey de Asiria en busca de protección, ofreciéndole a cambio hasta la plata y el oro del templo. Acaz temía que sus enemigos preten­dieran eliminar la dinastía davídica representada por él. Pero ese temor indicaba su falta de fe en la promesa hecha por Dios, a través del profeta Natán (2 Sam 7, 16), sobre la pervivencia del trono de David, que habría de heredar el Mesías.

Entonces Isaías recuerda a Acaz que la salvación ha de buscarse en Dios: “Pide una señal al Señor tu Dios, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo”. Pero Acaz, que no se fia sólo de Dios, responde hipócritamente: “No la pido, no quiero tentar al Señor”. E Isaías le dice que, de todos modos, Dios por su cuenta le da una señal: “La doncella está encinta y dará a luz a un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios-con-nosos­tros”.

Es una profecía desconcertante a primera vista. Como Isaías añade que “antes de que aprenda ese hijo a rechazar el mal y escoger el bien, quedará abandonado el territorio cuyos dos reyes te dan miedo” ( 7, 16), parece referirse la profecía a un nuevo hijo de Acaz, históricamente su futuro sucesor el rey Ezequías. Pero las cualidades extraordinarias que Isaías atribu­ye a ese hijo desbordan todas las que el buen rey Ezequías demostró poseer: “será Admirable-Consejero, Dios-Poderoso, Siempre-Padre, Príncipe de la Paz; su gl9rioso principado y la paz no tendrán fin en el trono de David y su reino; se manten­drá y consolidará con la justicia y el derecho ahora y por siempre” (Is 9, 5-6).

Aunque a nuestra mentalidad moderna resulte extraña la . referencia simultánea de un texto a dos acontecimientos, esa simultaneidad se da en los profetas bíblicos, como en este caso se da en Isaías: entrevé al verdadero Emmanuel más allá del horizonte temporal del rey Acaz y de su hijo Ezequías. Y profetiza acerca del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

Por lo tanto, profetiza también sobre su madre, la Virgen María. Y si la palabra que emplea para designarla es más bien doncella que virgen, el significado de la virginidad como consti­tutivo de la señal que da a Acaz “pertenece al mismo orden del poder divino que la que Acaz rehusó pedir”. De todos modos el sentido mesiánico de la profecía, lo mismo que su sentido mariano de la “Virgen madre de Dios” sólo nos consta clara­mente por la interpretación del evangelista Mateo: “Esto suce­dió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz a un hijo a quien pondrá por nombre Emmanuel, que traducido significa Dios-con-nosostros” (1, 23).

El Concilio Vaticano II cita además otra profecía afín del profeta Miqueas: “Tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti sacaré al que ha de ser jefe de Israel; su origen es antiguo, de tiempo inmemorial. Pues (Dios) los entrega sólo hasta que la madre dé a luz y el resto de los hermanos vuelvan a los israelitas. En pié pastoreará con el poder del Señor, en nombre de la majestad del Señor, su Dios, y habitarán tranqui­los, cuando su grandeza se extienda hasta los confines de la tierra” (Miq 5, 1-3).

Más aún que la de Isaías, esta profecía resalta la ascenden­cia davídica del mesías y la presencia de una mujer madre que lo da a luz. También es Mateo quien cita este pasaje en la respuesta de los sumos sacerdotes y letrados a Herodes, cuestio­nado por los Magos. “Importa subrayar (dice Carda Pitarch, El Misterio de María, p. 43) que las dos profecías “adquieren especial relieve en lo que se refiere a María si se tiene en cuenta la importancia que tenía la madre del rey en las cortes orienta­les, y concretamente en la dinastía davídica, a diferencia de las esposas del rey, que a veces eran numerosas y efímero el favor de que gozaban”. Así, mientras Betsabé “se inclinó, postrándo­se ante el rey” David, su esposo (1 Re 1, 16), cuando ella misma se presenta al rey Salomón, su hijo, “el rey se levantó para recibirla y le hizo una inclinación, luego se sentó en el trono, mandó poner un trono para su madre y Betsabé se sentó a su derecha” (1 Re 2, 19).

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“Ella misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, -que de El esperan con confianza la salvación. En fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre de pecado mediante los miste­rios de su carne” (LG 55).

Sobre estas dos realidades de María: la “humilde y pobre del Señor” y la “excelsa Hija de Sión”, hemos de hablar más posteriormente (en los temas de la Visitación-Magnificat y de la Anunciación respectivamente). Pero anticipemos algo aquí para no dejar de comentar los cuatro puntos que el Concilio Vaticano II descubre en el Antiguo Testamento como prepara­ción de la venida de María al mundo.

  1. Esta preparación de María la fue realizando Dios al preparar la venida de su Hijo. Para ello fue la elección y la promesa. Eligió a un pueblo y le confió sus promesas de salva­ción a fin de que viviera y alentara la esperanza de su cumpli­miento. La espera fue larga y aquel pueblo —numeroso como las estrellas del cielo—, se fue reduciendo, en lo que a la espera verdadera del Mesías se refería, a sólo un “Resto” fiel, constitui­do por “los pobres de Yahvé” (cf. Sal 74, 19). Pobres sociológi­camente desde luego, pero más pobres por la riqueza de su fe y de su confianza en el único Dios que podía salvarles mandándo­les al Salvador. Este pueblo prepara espiritualmente la llegada de Jesús y en ese pueblo pobre, en ese resto pobre, en su mismo ambiente espiritual, “sobresale la virgen María en la espera confiada de la salvación”.
  2. Se acerca la plenitud de los tiempos, el momento ceni­tal en que Dios va a anunciarle al mundo, por el ángel Gabriel, la encarnación de su Hijo único. Y es entonces cuando se revela que María es “la excelsa Hija de Sión, con quien, tras la larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne”.

Como Hija de Sión era designada simbólicamente la parte de Jerusalén, donde vivían refugiados los israelitas procedentes de Samaría, tras su destrucción por los asirios, manteniendo a pesar de todo su esperanza. A esta Hija de Sión, a estos refugiados israelitas, pobres del Señor, los alentaba así el profe­ta Sofonías: “Alégrate, Hija de Sión…, no temas…, el Señor, tu Dios, es dentro de ti un poderoso salvador” (3, 14-17). Y estas palabras las toma el ángel Gabriel para el anuncio de la salvación a María: “Alégrate…, el Señor está contigo…, no temas…, concebirás en tu seno, darás a luz a un hijo y le pondrás por nombre Jesús, que quiere decir Salvador” (Le 1, 28-31).

Y es que María representaba al Resto de Israel, a su Pueblo todo, a toda la Humanidad al dar su “sí” a la propuesta de Dios y “al tomar de ella el Hijo de Dios la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne”.

Con esta encarnación del Hijo de Dios en el seno de María se inauguraba el Nuevo Testamento.

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¿De qué manera esta preparación de María en el Antiguo Testamento está reflejada en la medalla Milagrosa?

Por de pronto, el anverso de la medalla es como una fotografía del Protoevangelio, el texto bíblico que anuncia la enemistad entre la mujer y la serpiente, así como la victoria del Linaje de la mujer sobre la serpiente y su linaje. María es la mujer en perpetua enemistad con el demonio porque en ella jamás hubo pecado y porque ella estuvo siempre llena de gracia y de santidad. Y María es la mujer, cuyo Linaje (Cristo y los cristianos, y entre los cristianos ella, “miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia”: LG 53) aplasta la cabeza de la serpiente. Ella nos anuncia que, en nuestra lucha por la vida cristiana y por la salvación del mundo, aunque a veces el mal hiera nuestro talón y parezcamos derrotados, la victoria defini­tiva está asegurada.

Ella es también la virgen que dará a luz al Emmanuel de una manera no sólo biológica sino personal, por la fe y la obedien­cia. El misterio de la maternidad divina está dramáticamente expresado en todo el reverso de la medalla Milagrosa: la Cruz y la M, los dos Corazones.

María es la que sobresale entre los pobres y humildes del Señor… Su pobreza confiada en Dios bien la dicen la Virgen del Globo, con sus manos orantes, y la Virgen de los Rayos, con sus manos extendidas: ella acoge, intercede, confia, recibe y da…

María es la excelsa Hija de Sión, la representante de su pueblo, del Resto fiel, la quintaesencia de Israel. Y como quiera que la Iglesia de Cristo es el Nuevo Israel, María es también el símbolo que prefigura y realiza el ser mismo de la Iglesia de Cristo. Las Doce Estrellas en el reverso de la medalla Milagrosa pueden expresar todo esto. Pueden significar las doce tribus de Israel y los doce apóstoles fundamento de la Iglesia, todo el Antiguo y todo el Nuevo Testamento, que nos hablan aquí del papel de María en la Historia de la salvación, en el Juego divino de la Salvación, que dijo un poeta: María es la más admirable pieza que Dios avanzó en su combate contra la muerte, el desamor y la esterilidad.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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