María contemplativa

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Enrique Rivas, C.M. .
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María guardaba
todas esas cosas…
y les daba vueltas
en su corazón.
(Lc 2,19)

Pocas escenas nos producen mayor sensación de ternura que contemplar a la Madre arrullando al Niño con mimo. Miles de veces se ha reproducido la escena, tratando de verla desde todas las culturas y desde todas las perspectivas posibles. Y cualquiera de esas representaciones no deja de sensibilizar nuestros sentimientos.

El pasado día 7 de noviembre, el Papa consagraba la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. El genio de un arquitecto contemplativo, nos dejó una fachada monumental dedicada al Nacimiento del Hijo de Dios. En el centro de uno de sus pórticos, una escena imborrable, la ternura de la Madre, volcada en el Hijo recién nacido. María «contemplando» el Misterio increíble…

Una Madre contempla a un Recién Nacido. Qué cosa tan natural. Lo hemos visto infinidad de veces en nuestra familia, entre los amigos o los vecinos. Sin embargo esta escena qué diferente es cuando esa Madre y ese Niño son aquéllos que contemplamos con amor, en estas fechas tan especiales del año.

La Madre, nos dice el texto sagrado, «se admiraba», que es lo mismo que la expresión de san Lucas: «guardaba todas esas cosas en su corazón», y «trataba de encontrar lógica» a todo aquello que estaba ocurriendo, que es el «darle vueltas en el corazón».

Esta escena es clave para poder comprender el significado de la contemplación cristiana. Sólo se puede contemplar y orar desde una gran capacidad de admiración, tratando de entrar en la lógica de Dios. La oración supone disponer el espíritu al encuentro. Es abrirse a la sorpresa de Dios. Del Dios que se nos revela, y que nos llena cuando hemos sido capaces de vaciarnos de nuestros intereses.

María, en este pasaje nos muestra las pautas. Le había dicho «sí» a Dios, meses antes. Ahora experimenta lo que eso significa. Tuvo que abandonar su hogar y emprender un camino difícil por la situación física en que Ella misma se encontraba. Su hogar, aunque pobre, reunía un mínimo de comodidades para ella. El camino, a pesar de los cuidados de José, fue realmente duro. Y al llegar a Belén, la inminencia del parto les aconseja dejar de lado el bullicio de la gente reunida con ocasión del censo, para buscar la intimidad en el silencio de la noche y de la cueva.

Así apareció el Misterio de Dios. Encontrarle supone buscarle a Él solo. Hay que dejar de lado todo lo que no es Él. Sólo así podemos llegar a la contemplación.

Claro que lo sorprendente es que ese Dios que se encuentra no es algo etéreo, espiritual… Se presenta en la figura y realidad de un ser humano. Es un Dios concreto. No se expresa en el terreno de lo meramente espiritual o emotivo. «Un Niño nos ha nacido…». Así hace Dios las cosas. Y María trata de comprender a ese Dios que desborda toda lógica humana y religiosa.

María se admiraba. María le daba vueltas a todo en su corazón… Y lo hace ante la debilidad y flaqueza de un Niño que quiso ser en todo semejante a nosotros.

En la meta de nuestra oración y contemplación está siempre la limitación del ser humano. Ahí es donde Dios se revela. Poca cosa. Pero muy grande.

Creo que esta escena es pauta magnífica para vivir la primera de nuestras virtudes de la AMM: «Orar y Contemplar…», invitados por María. Dicen los nuevos Estatutos que «los miembros de la Asociación cuidan el encuentro con Dios en la oración y contemplación». María nos enseña a cuidarlo. Entrar en el corazón de nuestra Madre es aprender a hacer las cosas como Ella las hacía. Y no cabe duda de que Ella –buena Madre y Pedagoga-, en fragmentos evangélicos como éste, nos lleva de la mano a la auténtica oración y contemplación.

Enrique Rivas, C.M.

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