Margarita Rutan: una víctima de la Revolución (Capítulo tercero)

Francisco Javier Fernández ChentoMargarita RutanLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pierre Coste, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1908.
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CAPÍTULO III: DE PRUEBA EN PRUEBA.

MEDIDAS DE VIOLENCIA TOMADAS EN DIVERSOS PUNTOS DEL REINO CONTRA LAS HIJAS DE LA CARIDAD. SOR RUTAN Y EL OBISPO CONSTITUCIONAL. ALEJAMIENTO DEL CLERO NO JURAMENTADO. TENTATIVA DE HUIDA. ACUSACIONES ODIOSAS LANZADAS CONTRA LAS HERMANAS. INVESTIGACIÓN. RELACIONES DE LAS HERMANAS CON EL CAPELLÁN CISMÁTICO. INDIGENCIA DEL HOSPITAL. LLEGADA DE LOS REPRESENTANTES DEL PUEBLO. DEPURACIÓN DE LOS FUNCIONARIOS. RECHAZO DEL JURAMENTO.

(1789-1793)

No es este el lugar de contar la historia de la Revolución y de su política religiosa, ni de mostrar el alcance y las consecuencias de los decretos por los cuales la Constituyente suprimió las Congregaciones religiosas y destruyó al gran cuerpo de la Iglesia de Francia para sustituirlo por una Iglesia constitucional, condenada por Roma y rechazada por la gran mayoría de los católicos.

El populacho se entregó casi por todas partes contra los sacerdotes no juramentados y sus partidarios a actos de violencia cuyo solo pensamiento hace estremecerse. El 9 de abril de 1791, los conventos de París fueron invadidos, religiosas despojadas de sus hábitos, golpeadas con varas y cubiertas de ultrajes.  Tres Hermanas de la Caridad fueron odiosamente brutalizadas en la calle y murieron a consecuencia de los malos tratos que les fueron infligidos. Los miembros del club que se reunía en la iglesia de Nuestra Señora de Bonne-Nouvelle, descontentos por las repuestas de varias Hermanas, que habían mandado traer a su tribunal, tomaron sillas y se las lanzaron a la cabeza de las acusadas; pero estas se escaparon y, aunque perseguidas por sus jueces, lograron llegar a su casa. La provincia siguió los pasos de París. En ciertos lugares, las Hermanas de San Vicente, revestidas de un atavío ridículo y cargadas de letreros humillantes, fueron obligadas a subir sobre un asno y a recorrer de esta forma las calles de la ciudad en medio de las risotadas públicas. El populacho de Burdeos sumergió a dos Hijas de la Caridad en el Garona: las sacaron y volvieron a sumergirlas, y continuó este juego criminal hasta que hubo peligro criminal de muerte para las víctimas. En Versalles, las Hermanas fueron llevadas a golpes de varas y de látigo a la iglesia parroquial, donde celebraba el párroco constitucional. En otras partes, los nervios de buey reemplazaban a las varas.

En todas partes los poderes públicos dejaban hacer o incluso aplaudían. Después de los desórdenes del 9 de abril,  la Superiora general de las Hijas de la Caridad imploró la petición de la Asamblea nacional, que devolvió la petición al Sr. de Lassart, ministro del Interior. El 30 de mayo, los Directorios de los departamentos  recibieron la orden de buscar y de castigar severamente a las personas culpables de violencia contra las Hermanas; y el ministro, feliz por anunciar esta noticia a la Madre Deleau, no de ahorró los consejos de prudencia y de tolerancia. «Tengo el honor de  de enviaros, Señora, decía él, los ejemplares de la carta que acabo de escribir a los Directorios de los departamentos para que  protejan a las Hermanas de la Caridad, de acuerdo con los deseos de la Asamblea nacional y las órdenes del rey; espero que esta carta produzca los mejores efectos.

«Después de haber hecho así todo cuanto está en mi poder para asegurar la tranquilidad de las hermanas permitidme ahora, Señora, que os hable en particular de la conducta que deben por su parte observar, con una exactitud escrupulosa, sin lo cual, todas las medidas que se puedan emplear en su favor no tendrían ningún éxito; quiero hablar de la atención que deben poner en encerrar interiormente su opinión sobre el ejercicio del culto. Reclamando para ellas la libertad de conciencia deben prohibirse absolutamente toda expresión, todo movimiento que pudieran ser considerados como una crítica o una desaprobación de una opinión contraria a la suya. Si son libres en la elección de los eclesiásticos a los que ellas quieren dar su confianza, conviene al propio tiempo que los enfermos que están confiados a sus cuidados no experimenten por su parte ninguna contrariedad en la elección de los eclesiásticos que prefieran. Conviene que tengan por los eclesiásticos  que se han conformado  a la ley los mismos miramientos  y la deferencia que su carácter de funcionarios públicos manda de la parte de los ciudadanos; pues todos deben respetar el orden público establecido por la ley. Os ruego, Señora,  que deis a conocer a vuestras Hermanas lo esencial que es, para su propia tranquilidad y para no comprometer la autoridad que deba protegerlas, que se conformen a esta regla de conducta; sentiréis, como yo, su conveniencia y su necesidad».

Vuestro…

DE LESSART».

La Hermana Deleau transmitió a sus casas, el 9 de abril de 1792, la circular del ministro y recomendó ser fiel a los consejos que contenía. «Añado, mis Queridas Hermanas, que después de Dios, somos deudoras de este precioso monumento a los poderes respectivos que han querido concurrir a nuestra seguridad. Es un beneficio que debemos agradecer con nuestros deseos y nuestras oraciones y por vuestra fidelidad en haceros dignas de este favor. Os recomiendo mucho la mayor dulzura para con los pobres y observar la prudencia más entera  y más estricta. No culpéis a nadie, no juzguéis a nadie. La libertad de las opiniones se ha concedido; usémosla sin permitirnos ninguna crítica sobre los demás cultos. Observemos también  toda la honradez posible cuando tratamos sobre asuntos temporales con los Srs. párrocos constitucionales y los demás eclesiásticos de esta clase; os lo pido en nombre de la santa religión que profesamos, del Dios de la caridad que nos impone su obligación. Practiquemos esta virtud perfectamente;  ella será nuestra felicidad en esta vida y en la otra. Es una señal de afecto que reclamo de vuestros corazones y que creo merecer por las vivas y continuas solicitudes que me he dado por vuestra seguridad. Por lo demás, vuestro honor y vuestra reputación lo exigen, pues tened en cuenta que seréis observadas por el Sr. ministro, quien no ha podido callarnos la necesidad de estas justas precauciones. Una sola imprudencia puede echar por tierra todo el buen orden que se acaba de establecer y obligar a tomar medidas desagradables para las que fueran halladas culpables. Mas yo espero que vuestro afecto por los principios de la religión, por las reglas de la Iglesia, por los deberes de nuestro estado y el respeto que debemos a toda  clase de personas nos preservarán de toda consecuencia molesta».

Soy con el más sincero afecto en nuestro Señor,

M. Antoinette DELEAU

A continuación de la circular del Sr. Lessart, el Directorio de París se contentó con prohibir a los sacerdotes no juramentados el ejercicio del culto divino en las iglesias y las capillas; era dar ánimos públicamente a los malhechores.

Cuando la Constituyente rompió o creyó romper los lazos que unían a las religiosas a su comunidad, la Hermana Rutan, lejos de renunciar a su  trabajo oscuro, pareció aferrarse más a él  ante los obstáculos que se acumulaban a sus pasos. El voto y la aplicación de las leyes antirreligiosas, que tuvieron una resonancia dolorosa en todas las conciencias cristianas, no la encontraron indiferente; pero no tenía que ocuparse de ello directamente. No manifestó sus sentimientos más que cuando se metieron con sus convicciones más íntimas; ella no salió de su reserva hasta el día en que Surine, colocado por la Iglesia  cismática en la sede de Mons.  de Laneufville, se dirigió al hospital y pretendió enrolar a las Hermanas en el número de sus adeptos.

Si se ha de dar fe al Compendio, la tentativa  del intruso siguió de cerca su instalación que, vistas las circunstancias  de que se vio rodeada, mereció ser llamada una instalación soldadesca. «Apenas Saurine se apoderó a mano armada de la catedral, dice el autor de este manuscrito,  cuando se presentó en el hospital, donde se atrevió a enzarzarse en una discusión teológica con la Superiora. Esta le probó con la más valiente firmeza que ella estaba tan preparada contra estas trampas como insensible a las amenazas de su temible misión. El apóstata, confundido, no habría conseguido de esta excursión más que la vergüenza si hubiera sabido enrojecer. Pero su fiero corazón no era capaz de este sentimiento; designó a la víctima; solo faltaba un pretexto para inmolarla«.

Hay en estas últimas palabras una verdadera exageración. Saurine no tenía nada de sanguinario; tenía en mucho la virtud y el carácter de la Hermana Rutan para entregarse por ella a viles actos de venganza. Le veremos, en 1792, convertido en principal administrador del hospital, reclamar enérgicamente el mantenimiento de las Hermanas, cuya expulsión querían conseguir algunos ciudadanos mal intencionados; en 1793, a pesar de los clamores de los Montañeses, tendrá el valor de votar contra la muerte del rey.

Mientras los sacerdotes no juramentados o refractarios, como se los llamaba entonces, conservaron la libertad de habitar en Dax y de prestar su ministerio a los fieles, estos tuvieron también el consuelo de asistir a los oficios y de acercarse a los sacramentos. En el hospital, la dirección espiritual había quedado hasta entonces confiada al abate Lacouturre, uno de esos dignos sacerdotes a los que la perspectiva de un puesto importante no había podido arrancar  el juramento constitucional. Los miembros del clero cismático eran poco numerosos y al mismo tiempo demasiado deseosos de atribuirse las parroquias principales de la diócesis para que Saurine pensara en reemplazar al capellán de Saint-Eutrope. Sin embargo el celo del abate Lacouture por la buena causa y su afecto bien conocido de Mons. de Laneufville le designaban  al odio de los revolucionarios, que no tardó en estallar. A finales de mes del año de 1791,  el capellán fiel era reemplazado por un tal Larraburu, sacerdote habituado de Dax, uno de los seis que el 23 de enero, habían prestado juramento en la catedral a la constitución civil del clero.

Por los consejos de su Superiora, las Hermanas del hospital se abstuvieron de asistir el domingo 3 de junio, a la misa del nuevo capellán. Su ausencia produjo escándalo y levantó las protestas indignadas de personas a quienes no se veía jamás en la iglesia.  Unos energúmenos celebraron enseguida consejo y, celosos por dar al populacho de Dax el espectáculo de las escenas horribles que se que habían tenido lugar en otras localidades, decidieron que se castigara públicamente, el día señalado, en la calle y por la guardia nacional, a las Hijas de San Vicente. El peligro era inminente. ¡De qué espantosas angustias no fue torturado el corazón de la Hermana Rutan ante la noticia de los innobles tratos con que se la amenazaba, a ella y a sus compañeras! Antes que abandonar a los enfermos confiados a sus cuidados, se habría expuesto a los golpes de soldados sin piedad; pero no se trataba más que de golpes. Las medidas de violencia usadas por sus enemigos eran por naturaleza ofensivas del pudor, y la muerte hubiera sido mil veces preferible. En estas condiciones, ¿qué hacer? ¿Implorar la ayuda de las autoridades?

Ay! frente a semejantes desórdenes, en toda Francia, los poderes públicos habían mostrado su complicidad o su impotencia. ¿Serían más fuertes y benévolos  en Dax? Era improbable. No había pues más que un partido que tomar: huir en el mayor secreto. Antes de tomar una decisión tan grave, la Hermana Rutan imploró sin duda las luces del cielo; y tal vez creyó comprender  que Dios aprobaba su proyecto.

No había tiempo que perder. Para preparar su huida, las Hermanas transportaron a casas de personas amigas, en la noche del 3 al cuatro de junio, los efectos que les pertenecían en propiedad.

A pesar de todas las precauciones tomadas para no despertar sospechas, fueron vistas y denunciadas; al día siguiente, todo el mundo sabía en la ciudad que se habían llevado, a favor de las tinieblas, paquetes  fuera del hospital. Gente malévola, más pronta a juzgar que  a informarse, acusó a las Hijas de la Caridad de haber robado los bienes destinados a los pobres. Hubo entre los enemigos de las Hermanas gritos de indignación, mezclado de una secreta alegría.

Desde el 4, la municipalidad pidió un informe sobre los desvíos de los que se habían hecho culpables las hermanas, se decía, se apoderó de los objetos llevados por la noche y, después de hacer el inventario, ordenó depositarlos en el ayuntamiento. Al día siguiente, el Directorio del distrito, encargaba a dos de sus miembros, Ramonbordes y Lafitte, proceder a una averiguación inmediata y les permitía, en caso de necesidad, recurrir a la fuerza pública. El 6, el procurador del municipio pronunció contra las Hermanas, ante el consejo general de la ciudad, una violenta requisitoria.

Ya sabéis, dijo, el acontecimiento que pasó en esta ciudad, la noche del 3 al 4 de este mes, relativamente al proyecto de las Hijas del hospital de esta ciudad; sabéis que fueron sorprendidas llevándose varios objetos metidos en sacos y bultos y los sacaban del hospital por una puerta apartada. Sin entregarme a toda la indignación que debe producir semejante conducta en el alma de un ciudadano amigo del orden y de las instituciones consagradas al alivio de los desdichados, no os ocultaré que estos sucesos eran lo previo a una huida, quizá nocturna, de parte de estas Jóvenes, y así se abandonaría una casa donde tal vez, en ese instante existían desdichados muriéndose y otros agonizándose. Los planes que han manifestado estas Jóvenes con esta conducta, sin duda culpable, deben llamar a toda nuestra solicitud sobre la administración exterior e interior de este hospicio dedicado al alivio de la humanidad sufriente. Estas Jóvenes, detenidas en esta casa, están todavía en ella; pero ¿se quedarán mucho tiempo? Es algo que no debemos creer. Por eso, para evitar todos los inconvenientes y las desgracias de su huida, tal vez próxima, requiero que el Consejo general del municipio encargue a la municipalidad que instruya a los administradores sobre lo que pasa en relación con la detención de estas Jóvenes, que se les pida que provean a su reemplazo en el más corto plazo y se encargue a la municipalidad de Dax de todas las operaciones relativas a este último asunto.

Dócil a los mandatos del procurador del municipio, el Consejo general dispuso que la municipalidad instruiría a los cuerpos administrativos sobre el robo reprochado a las Hermanas del hospital  y solicitaría su despido.

Antes de pronunciarse, el Directorio del Departamento esperó prudentemente los resultados de la investigación prescrita por el Directorio del distrito. Esta búsqueda comenzó el 5 de junio y se terminó al día siguiente. Ramonbordes y Lafitte no tuvieron trabajo en convencerse  que la honradez de las Hermanas estaba al abrigo de toda sospecha y que su plan de huir en el mayor secreto se explicaba fácilmente por las violencias de las que creían verse amenazadas. El 12, el Directorio del distrito registró sus conclusiones y las hizo suyas. El proceso verbal de la sesión está por citar; él es para las acusadas la mejor justificación:

«Visto el verbal del 5 y 6 de junio, del mes, remitido al Directorio por los señores Ramonbordes y Lafitte, administradores, miembros del Directorio, comisarios nombrados a este efecto por declaración del dicho 5  de junio, y referido por el procurador síndico:

«Considerando que no puede ser acusado sin un cuerpo de delito cierto, que la salida clandestina y nocturna de las ropas y efectos de las hasta ahora Hermanas de la Caridad empleadas útilmente en el servicio de los enfermos del hospital de Dax, sin ninguna sustracción de mueble alguno que no les perteneciera, es la señal solamente  del plan de estas Jóvenes de escaparse;

«Que este proyecto de fuga, formado por la conmoción del miedo grave de ser arrastradas al día señalado fuera del hospital, indignamente e injustamente echadas por la guardia nacional,  es el primer objeto de un alma asustada y de la debilidad que va a ser entregada a la violencia soldadesca, lejos de presentar la más ligera idea de delito ni de intención de delito.

«Que la circunstancia del tiempo de la salida de dichas ropas y efectos por la noche no mancha de ninguna forma el proceder de estas Jóvenes,

«Que es natural a todo el mundo asustado escapar en el tiempo más secreto, como es la noche,

«Que sería soberanamente injusto llamar crimen a lo que no es más que el efecto de de seguridad de sí mismo y el medio de garantizarla;

«Considerando en una palabra que no hay ningún cuerpo de delito, si se escucha a la razón, en la conducta de dichas Jóvenes;

«El Directorio del distrito de Dax, oído el procurador síndico, estima que no hay lugar de denuncia a la justicia contra dichas Jóvenes de la Caridad del hospital de Dax, que en consecuencia los sellos puestos en su perjuicio deben ser levantados a la diligencia del Directorio y que las ropas y efectos inventariados  y depositados en sacos en el hotel común de la ciudad de Dax les serán devueltos sin dilación».

La investigación de Ramonbordes y de Lafitte tuvo por efecto la revocación de los administradores del hospicio. Pertenecía al Consejo general del municipio dar a estos últimos sucesores y hacer aprobar  los nombres por los cuerpos de administración; el Directorio del distrito impuso, sin siquiera consultarlo, a hombres de su elección. El Directorio del departamento que no perdía ninguna ocasión de mortificar al Directorio del distrito, rehusó reconocer a los nuevos elegidos y declarar que la conducta de las Hermanas era digna de excusa. Obligado, a pesar suyo, a abandonar la acusación de robo, reprochó, en términos duros e injustos, a los que atendían el hospicio, en una declaración hecha pública, su proyecto de huida. Ante los rigores con los que se las amenazaba, las Hermanas de la Caridad, en lugar de abandonar una casa donde las retenía su deber, ¿no habrían debido antes implorar la protección de las autoridades constituidas? ¿No es efectivamente un crimen dejar abandonados a enfermos, de los que muchos se encuentran tal vez en la agonía, y solo por una partida precipitada, propia para poner a la administración en dificultades, no pudiendo esta, de la noche a la mañana, hallar enfermeras sociales experimentadas para ocupar las plazas vacantes? ¿No había lugar a temer en el futuro una nueva tentativa de evasión con sus funestas consecuencias? Ante estas consideraciones el Directorio del departamento se preguntó si no concernía reemplazar a las Hermanas.

Se imponía una investigación: delegó ahí mismo a Noël Batbedat, hermano de Louis-Samson Batbedat, cuyo nombre, sinónimo de intriga, de astucia y de maldad, es tan conocido de todos los que han estudiado la historia de la Revolución en las Landas o leído el tratado de los penosos incidentes que marcaron la larga revuelta de los prebendados, levantados contra el obispo de Dax y el capítulo. Antes de dejar Mont-de-Marsan, Noël de Batbedat recibió instrucciones precisas sobre el objeto de su misión. No debía investigar si, sí o no, en la noche del 3 al 4 de junio las Jóvenes se habían hecho culpables de robo; sobre este punto se había hecho la luz y los calumniadores confundidos.

Estaba encargado de hacer una investigación sobre su conducta, con el fin de preparar una decisión sobre su mantenimiento o su despido. Debía dar al Directorio las informaciones más precisas, favorables o desfavorables, sobre su espíritu de orden y de economía, sobre su entrega para con los enfermos y sobre la corrección de sus relaciones con el capellán constitucional. Se le había confiado también el cuidado de redactar un inventario sumario del mobiliario del hospital y la vigilancia para que el nombramiento de los nuevos administradores tuviera lugar conforme a todas las reglas.

Algunos días después, el 2 de Julio, Noël Batbedat llegaba a Dax, seguido de Dubroca, a quien el Directorio del departamento había asignado en calidad de secretario. Se presentó sin tardar en el lugar donde el Directorio del distrito tenía sus reuniones, presentó sus documentos y pidió a la asamblea que le dieran compañía en sus operaciones. Ramonbordes se ofreció y fue aceptado. El comisario tenía la intención de ir pronto a trabajar. A su orden, el Consejo general se dirigió al ayuntamiento a las 3 de la tarde y nombró, en su presencia a los miembros que debían formar el consejo del hospital: Saurine, su vicario general Plantier, Bachelier-Maupas y Lafitte hijo fueron elegidos. Al día siguiente, a las 8 de la mañana, Noël Batbedat vino al hospital, donde lo esperaban, con los nuevos administradores, Roger Ducos, tesorero, René Destouches, secretario, y la Hermana Rutan. Después de decir a la Superiora qué motivo le traía, después de ponerle a la vista, como prueba de lo que adelantaba, la declaración en la que el Directorio del departamento le trazaba el objeto de su misión, manifestó la intención de comenzar inmediatamente la visita del establecimiento. La Hermana Rutan se prestó de buena gana. Guiado por ella y acompañado de Ramonbordes, de Dubroca, y de los miembros del Despacho, el comisario pasó sucesivamente revista a la farmacia, las salas de los enfermos, de las jóvenes encinta y de los niños abandonados, enfermería y el dormitorio de las Hermanas, la bodega, el ropero, el refectorio, la cocina, la capilla y el granero. Todas las piezas de la casa le fueron abiertas. Contó las camas, la ropa, los muebles y dejó a los administradores el cuidado de preparar un inventario más detallado. Por el camino no cesaba de admirar el orden y la limpieza que reinaban en todas partes y de mostrar qué satisfecho se sentía al ver que nada faltaba a los enfermos y ningún olor desagradable traicionaba su presencia, tan bien ventilados estaban los apartamentos.

Terminada la visita, Batdebat se hizo conducir junto a los enfermos que quería interrogar. Si esperaba escuchar alguna queja, su espera quedó decepcionada. Todo el mundo solo tuvo una voz  para alabar el saber hacer, el desvelo y el desinterés de las Hermanas. Los soldados reconocieron que en ningún otro hospital habían recibido los cuidados  que se les prestaba en Dax. En la sala de las mujeres fueron los mismos testimonios de estima, de agradecimiento y de afecto. «Todos nos han asegurado, escribe el comisario en el proceso verbal, que ellas estaban muy bien cuidadas, tratadas con mucha dulzura y humanidad y muy bien alimentadas y medicamentadas». No era suficiente a los ojos de Batbedat; necesitaba además la seguridad que las Hermanas no ponían peros al ministerio del capellán constitucional. Desde la marcha del abate Lacouture, dóciles a las instrucciones dadas por la Superiora general en su circular del 9 de abril de 1792, habían tomado por regla dejar a los enfermos plena y entera libertad para recurrir a los sacerdotes no juramentados, prevenir al nuevo capellán cuando un moribundo necesitara de su ministerio para que no mezclara la conversación sobre los temas religiosos en sus relaciones con los desconocidos, los soldados sobre todo que venían a buscar la curación al hospital. En el tiempo y el medio en que ellas vivían, era prudente y además legítimo. Por eso, las preguntas de Batbedat a los enfermos no provocaron ninguna respuesta que llevara a comprometer a las Hermanas.

La encuesta interrumpida a mediodía, se reanudó a las tres de la tarde. A la llamada de su Superiora, las Hijas de la Caridad se reunieron en torno al comisario que les leyó la declaración del 20 de junio y es dio a conocer con qué profundo desagrado había oído hablar  de su proyecto de evasión el Directorio del departamento. La Hermana Ruta defendió lo mejor que pudo las circunstancias atenuantes; prometió, en su nombre y en el de sus compañeras, continuar el servicio del hospital, donde una circular reciente de la Superiora general les aconsejó quedarse, incluso después de que se disolviera la Congregación, aceptó el compromiso de dejar a los enfermos toda libertad de practicar la religión como ellos la entendían. Noël Batbedat, satisfecho de sus promesas, pidió a las Hermanas que pusieran su firma al pie de esta declaración, ellas lo ejecutaron y volvieron a su trabajo.

Un último testigo quedaba por oír, el capellán constitucional. Su deposición fue favorable a las Hermanas. Solo tenía, dijo él, alabanzas para su conducta. Lejos de presentar algún obstáculo al ejercicio de sus funciones le proporcionan  al contrario todos los medios de realizarlas con facilidad, advirtiéndole cada vez que era necesario confesar a los enfermos y administrar los sacramentos». Añadió incluso que un día una de ellas le había pedido admitir a la primera comunión a un niño del hospital.

Ante este conjunto de testimonios concordantes, ante el deseo general de los enfermos, tan claramente manifestado, los nuevos administradores comprendieron que su deber era impedir el despido de las Hijas de la Caridad. Llamados a dar su parecer, firmaron todos, Saurine y Plantier, como los otros, la declaración que sigue: «Nosotros, administradores de la oficina del hospital de Dax, a la petición hecha a nosotros por el Señor comisario del departamento para conocer  nuestra opinión sobre la conservación o la no conservación de las Hermanas actuales del hospital, domos unánimemente del parecer que las dichas Hermanas sen conservadas, que el interés de los pobres lo necesita…».

El comisario había terminado su trabajo. Después de devolver a las Hermanas sus efectos que se hallaban todavía bajo sello en el ayuntamiento, se volvió a marchar y dio cuenta de su misión al Directorio del departamento. ¿Defendió la causa de las Hermanas? Es probable; en todo caso  el proceso verbal de la investigación era la mejor de las defensas. La asamblea departamental se dejó convencer y decidió, el 11, que las Hermanas se quedarían. «Considerando, dice su declaración,  que resulta por los esclarecimientos tomados por dicho comisario, que las Hermanas grises del hospital cumplen sus funciones con todo el celo que se puede esperar de su humanidad, que la conducta que tienen con los enfermos es, en todos los aspectos, digna de elogios, que por otro lado el hospital está en el mejor orden, (el Directorio del departamento) declara, oído el procurador general síndico, que no hay lugar a deliberar sobre el reemplazo de las Hermanas grises del hospital; en consecuencia, las mantiene en sus funciones y las invita a continuar sus cuidados a los enfermos con el mismo celo que han mostrado hasta el presente«.

Se comprende fácilmente cuál fue la angustia de la Hermana Rutan mientras pesó sobre ella  y sus compañeras la acusación de robo. La declaración elogiosa del Directorio trajo algún alivio a su pena; pero no salía de un tormento más que para caer en otros, más dolorosos todavía. Los pocos días que siguieron fueron señalados por graves acontecimientos. La prisión del rey, las dispersiones de las Congregaciones religiosas, las masacres de septiembre, la deportación de los sacerdotes no juramentados fueron los peligros de la campaña de descristianización hacia la que pareció orientarse toda la política de la Legislativa y de la Convención.

Si bien fue previsto, el decreto que ordenaba la expulsión de los eclesiásticos no juramentados había arrojado a las personas sinceramente unidas a la religión en la consternación más profunda. Hasta entonces, a pesar de la distancia, las Hermas del hospital podían, de vez en cuando recurrir al ministerio de los sacerdotes fieles, que órdenes severas  retenían a unas leguas de la ciudad. Pero, después de su partida, privadas de las prácticas religiosas, desprovistas de todo apoyo moral, expuestas a todos los peligros en un país en el que el ministerio religioso estaba en manos de un clero cismático, sostenido por los poderes públicos, ¿no tenían razón para temerlo todo por su alma y por su fe?

De nuevo el pensamiento del exilio se presentó sin duda en su espíritu como el único remedio eficaz en medio de los males que las amenazaban. En la esperanza de que Dios no las abandonaría, ellas le rechazaron. Su confianza no quedó defraudada; la misericordia divina les concedía  de vez en cuando el consuelo de acercarse a los sacramentos, gracias al abate Lacouture, que continuó viviendo en Dax  donde los revolucionarios no pudieron descubrir su retiro.

La deposición de Larraburu en el curso de la investigación confiada a Noël Batbedat, demuestra que las Hermanas se habían hecho un deber  de nunca solicitar por su propia cuenta el ministerio del capellán juramentado y de facilitarle por el contrario el acercamiento a los moribundos. ¿Han conocido ellas con toda su precisión  las reglas teológicas relativas a las relaciones de los fieles con los sacerdotes cismáticos? Si es verdad que una Hermana pidió a Larraburu que acogiera favorablemente la petición de un muchacho enfermo que deseaba hacer su primera comunión;  si es verdad, como lo declaró una mujer enferma, Catherine Pommiez, a Noël Batbedat que, a invitación de la Hermana superiora misma Superiora, ella de habría dirigido, el domingo precedente, a la misa del capellán constitucional; si todo ello es verdad, es preciso  responder con la negativa. No hay lugar de extrañarse que hermanas, entregadas  a sus propias luces, engañadas tal vez por su ambiente, no hayan razonado como teólogos de profesión sobre un asunto muy delicado, dos años antes de la aparición del Breve Solicitudo ómnium ecclesiarum, en el que, para responder a varias dudas,  Pío VI expuso con claridad la conducta que había que seguir ante los sacerdotes cismáticos, más en particular en caso de extrema necesidad.

Por lo demás,  ¿es cosa segura que Catherine Pommier no haya exagerado a propósito para prestar un servicio a las Hermanas? ¿Se puede afirmar que ella comprendió todo el alcance de la palabra invitar o de otro término sinónimo, que le atribuye, gratuitamente quizás, el proceso verbal de la investigación? La Superiora y sus compañeras se abstenían de aparecer en los oficios de los sacerdotes cismáticos; ¿es verosímil que hayan enviado allá a sus enfermos?

El ascendente que la Hermana Rutan  tenía sobre sus dignas colaboradoras le permitió en varias ocasiones levantar sus ánimos abatidos. Su ejemplo, sus exhortaciones, su calma  lograron, lo mismo que la reciente circular de la Superiora general, a fijar su resolución de quedarse en el hospital. Después de suprimirse las órdenes religiosas, se reunieron en confraternidad, dejaron su corneta, cambiaron su nombre por el de Damas de la Caridad y, observando lo mejor posible las reglas de su Instituto, continuaron con la misma dedicación el servicio de los pobres. Son dignos de ser conocidos, los nombres de estas valerosas  que, con una abnegación tan heroica, aceptaron trabajar, sufrir y luchar al lado de la Hermana Rutan; son las hermanas  Marguerite Nonique (nacida en Vire, diócesis de Bayeux, donde hizo el postulantado bautizada el 13 de febrero de 1744, entró el 30 de marzo de 1765, destinada a la Tremblade, Vineuil, Dax, , donde murió el 18 de octubre de 1808),  Jeanne Chânu, Félicité Raux (bautizada el 13 de diciembre de 1760 en Saint-Venant en Artois, diócesis donde pasó el postulantado, entró el 2 de julio de 1779, destinada a Dax donde murió  el 18 de octubre de 1804),  Catherine Devienne (bautizada el 15 de septiembre de 1761 en Saintenoble, diócesis de Arras, postulante en Douai, entró el 9 de agoto de 1788, destinada a  Dax), Sophie Charpentier  (bautizada el 19 de noviembre de 1761 en Metz, parroquia SainteSegolène, donde fue postulante, entró el 7 de julio de 1788, fallecida en Dax el 4 de abril de 1831) y  Victoire Bonnette, ces deux  (bautizada el 14 de marzo de 1763 en Metz, donde pasó el postulantado, entró el 18 de febrero de 1783, destinada a Toulouse (Saint-Michel), Dax), las últimas, se dice,  sobrinas de la Superiora. Pero la entrega no basta para ejercer la caridad;  se necesitan además recursos. Pues bien,  desde el comienzo de la Revolución, los recursos faltaban. La inclemencia de las estaciones, la incertidumbre del futuro, la agravación de los impuestos, el despilfarro de las finanzas públicas, la marcha de los eclesiásticos y de los nobles al extranjero, había tenido por contrapartida reducir considerablemente la cifra de las limosnas. En 1790, la hermana Rutan no recogió más que 211 libras; los años siguientes,  fue peor aún. Antes de la Revolución, el hospital retiraba una parte de sus rentas entre diezmos y capitales colocados sobre le clero de Francia. Las leyes del 25 de julio y del 10 de agosto de 1791 imponían al Estado la obligación de indemnizar en cierta medida los que la supresión de los diezmos y la confiscación de los bienes eclesiásticos dejaban en sus derechos. El gobierno debía por este capítulo al hospital Saint-Eutrope  una suma de 4.208 libras. Los recursos disminuían cuando las necesidades  eran mayores y más urgentes. Los estatutos de 1780 se limitaban a las solas municipalidades de Dax, Narrosse, Candresse, Saint-Pandelon, Bénesse, Arancou, Pouy, Taller y Gourbera, del derecho de dejar entrar enfermos en el hospital; desde el principio de la Revolución, todos los enfermos del distrito o de otras partes pudieron ser aceptados. Por eso, en junio de 1791, los hospitalizados alcanzaban ya la cantidad de ciento tres, número que fue pronto rebasado. La administración, no sabiendo cómo mantener a toda esa gente, se dirigió al Directorio del distrito, y este pidió al gobierno, el 22 de septiembre de 1791, un adelanto de 4.000 libras. «El Directorio, dice el proceso verbal de la deliberación, observa… que el hospital de Dax es tal vez el mejor tratado del reino, que está perfectamente bien montado y que sería una verdadera desgracia verlo abandonado sin recursos. Está a punto de sucumbir falto de medios. Tiene ciento tres enfermos, y este número ha sido sigue siendo el mismo desde hace tres meses. ¿Se rindió el gobierno ante tan buenas razones? Es poco probable; ¡sus necesidades eran tan grandes y las peticiones tan numerosas! De todas formas, 4.000 libras no podían asegurar el mantenimiento de un hospital, cuyas rentas anuales alcanzaban las 8.183 libras y cuyos gastos se elevaban a cerca de cuatro veces esta suma. El 26 de julio de 1792, no quedaban ya más que 3.000 libras en la caja del tesorero. El Directorio del distrito, presionado por la Junta del hospital, solicitó de la administración superior un socorro de 12.000 libras y, como la demanda seguía sin respuesta, la renovó el 28 de diciembre.

El Directorio del departamento se dignó por fin, el 3 de febrero, ocuparse  de la situación de los hospitales. Asignó 8.000 libras al hospital de Dax, 5.100 al de Mont-de-Marsan, 1.000 la de Saint-Sever, y planteó las preguntas siguientes  a los Directorios de los tres distritos: «1º ¿Conviene aumentar o disminuir el número de los hospitales situados en la extensión del departamento?  -2º ¿Cuáles son los lugares más propios para la situación de estos establecimientos?  -3º Los edificios consagrados a estos establecimientos ¿son suficientemente amplios?… o bien ¿sería necesario realizar aumentos o reparaciones?».

Los administradores del hospicio de Dax esperaron en vano las 8 000 libras que se les habían prometido. ¿Había pues que dejar morir de hambre a los doscientos veintiún enfermos que cobijaba entonces el establecimiento o Arrojarlos a todos a la calle? El tiempo apremiaba. Los miembros de la Junta se reunieron  el 26 de febrero y convocaron a la Hermana Rutan, la única que podía decirles cuánto tiempo podía aún prolongarse esta fastidiosa situación.

Ella declaró que la provisión de granos se agotaría en doce días y que el vino faltaría totalmente antes de fin de mes. El hospital debe a todos los provisores, añadió ella; si no se le ayuda, no hay otra  solución que tomar: cerrar sus puertas. Movida por estas palabras que acababa de oír, la Mesa encargó a uno de sus miembros que se dirigiera sin tardar a Mont-de-Marsan y  consiguiera las 8.000 libras votadas por el Directorio del departamento. El medio resultó; pero ¿qué era semejante suma para un hospital que absorbía 40.000 libras por año? Los administradores, reunidos de nuevo los 18 y 19 de marzo,  resolvieron pedir al ministro del interior un socorro de 20.000 libras. Pierre-Marie Dousse redactó la memoria sobre las indicaciones de la Hermana Rutan.

Por esta época, estalló la guerra entre Francia y España. El hospital de llenó de heridos y las necesidades aumentaron más aún. Las hermanas se esforzaron en suplir la insuficiencia de los recursos con prodigios de industria y de entrega. Ay, ellas se veían obligadas a dejar cantidad de miserias sin alivio y a muchos pobres sin socorros. La Revolución las había despojado a ellas mismas de todo.  A partir del 1º de enero de 1792, su sueldo, sin quedar suprimido, cesó  de hecho de ser pagado.  Como miembros de una Congregación disuelta, tenían derecho a una pensión, que variaba según la edad de las Hermanas, de 333 a 600 libras; pero el Estado no estaba por pagar sus deudas; tras una espera prolongada, reclamaron, y el Directorio del distrito, en lugar de acoger favorablemente sus  legítimas reivindicaciones, exigió de ellas la prueba de que ellas cumplían todas las condiciones requeridas por la ley. La prueba era fácil; pero todo invita a creer que en Dax, como en otras partes, las Hermanas esperaron vanamente su pensión.

Después de su victoria sobre le federalismo, la Convención juzgó útil entrar en contacto con el pueblo en toda la extensión del territorio de la República. Destacó de su seno a varios miembros y los envió, provistos de poderes ilimitados, a las provincias, donde se comportaron como dictadores o, mejor dicho, como déspotas y como tiranos. Cinco regicidas fueron encargados de vigilar sobre el ejército de los Pirineos occidentales y sobre varios departamentos del suroeste. Eran Dartigoeyte, tan odioso por sus excesos como por su crueldad; Jacques Pinet, de quien aprenderemos a conocer la ferocidad sanguinaria; Jean-Baptiste, Cavaignac, padre del general del mismo nombre; Monestier, sacerdote renegado; por último, Garreau. Dartigoeyte aterrorizó el Ger, Pinet y Cavaignac las Landas y el país Vasco, Monestier le Béarn; Garreau se ocupó exclusivamente del aprovisionamiento de los soldados retenidos en la frontera.

Por todas partes, en las municipalidades como en la magistratura del ejército, la Convención quería revolucionarios experimentados; llegó incluso hasta poner la adopción de las ideas nuevas en el número de las condiciones requeridas para cuidar a los enfermos. La ley del 18 de agosto exceptuaba a las mujeres funcionarias  de la obligación de prestar el juramento. A partir del 3 de octubre de 1793, las antiguas religiosas, todavía empleadas en los hospitales y en las escuelas, tuvieron que escoger entre el juramento y la revocación. La Hermana Rutan y sus compañeras no lo dudaron; fueran las que fuesen las consecuencias de su conducta, se negaron a someterse a un acto que su conciencia reprobaba.

Cuando apareció, el 9 de  nivoso año II (29 de diciembre de 1793) la ley que prescribía a todas las religiosas  secularizadas, sin excepción y sin condición,  suscribirse en la fórmula del juramento, la Hermana Rutan llevaba encerrada en la prisión de los Carmelitas cuatro días. No se quiso aplicar inmediatamente a las Hermanas del hospital la ley del 3 de octubre de 1793. Los servicios que prestaban a los pobres  y a los enfermos de la ciudad y alrededores eran demasiado apreciados para pensar en pedir su despido. Ellas siguieron; no por mucho tiempo; el club de los Barnabitas, creado en Dax a ejemplo del club de los Jacobinos de París, urdía en secreto su pérdida. Desde los primeros días de la Revolución la Hermana Rutan sufría un martirio moral bien doloroso; el martirio corporal iba a comenzar.

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