Margarita Rutan: una víctima de la Revolución (Capítulo primero)

Francisco Javier Fernández ChentoMargarita RutanLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pierre Coste, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1908.
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CAPÍTULO PRIMERO
PRIMEROS AÑOS Y PRIMEROS TRABAJOS – NACIMIENTO – FAMILIA – EDUCACIÓN – VOCACIÓN RELIGIOSA – NOVICIADO – EMPLEOS DIVERSOS
(1736-1779)

MARGUERITE RUTAN nació en Metz, el 23 de abril de 1736, en una modesta morada situada en la parroquia de Saint-Étiennq. Su padre Charles-Gspard Rutan, y su madre, Marie Forat, formaban una pareja próspera, honrada, seria, inteligente y trabajadora- Charñes-Gaspar Rutan supo elevarse poco a poca por encima de su condición primitiva de simple maniobrista. Primero tallador de piedra, luego maestro albañil, empresario, arquitecto, demostró en todos estos empleos las cualidades que se ganan los corazones, concilian la estima, imponen el respeto. La confianza de sus conciudadanos vino a poner el súmmum a su noble ambición, confiándole las funciones honrosas y envidiadas de magistrado de la parroquia de Saint-Étienne.

De su unión con Marie Forat tuvo quince hijos cuatro niños y once niñas, Margarita, que era la octava de esta numerosa familia fue bautizada el mismo día de su nacimiento.  Ella debió dar bastante pronto pruebas  de una viva inteligencia; por eso, sin duda, quiso su padre encargarse él mismo de su educación y resolvió iniciarla en las reglas de su arte. Bajo su hábil dirección, la niña se inclinó con gusto a las ciencias exactas: las matemáticas, el dibujo lineal, los principios de arquitectura fueron muy pronto objeto de sus estudios de predilección.

En qué preocupaciones obedecía Gastard Rutan, al prescribir a su hija un género de estudios tan poco en relación  con las aptitudes habituales de su sexo, es un detalle que se nos escapa; pero sin saberlo, servía maravillosamente a los destinaos de la futre Sor de Caridad, que sacará más tarde provecho en las obras que le serán confiadas, los conocimientos adquiridos durante su juventud.

En esta atmósfera familiar de vida laboriosa y cristiana, la joven Margarita debió contraer  bastante temprano las costumbres de entrega y de piedad, que no podían de ninguna forma, aparte de la vida religiosa, hallar su plena expansión. También se la ve sin extrañeza, a partir de los dieciocho años, llamar al día en que se fuera permitido revestir el hábito de las Hijas de la caridad. El nombre de Vicente de Paúl estaba bien hecho para entusiasmar a un corazón de dieciocho años en esta tierra de Lorena, que tanto debía a este gran bienhechor de la humanidad. Surgieron obstáculos imprevistos; y Margarita, que había creído llegado el momento  de alejarse del mundo, esperó con paciencia que Dios la llamara a Sí.

Este retraso no fue un tiempo perdido para la piadosa joven. La prueba que, para tantos otros, es el obstáculo imprevisto, no sirvió más que para resaltar más la solidez de su virtud y la firmeza Inquebrantable de su resolución. Se acababan las dudas ya, Dios la llamaba a la vida religiosa. A principios del año 1757, tras tres años de una larga espera, le fue dado realizar el proyecto tan querido de su corazón.

Margarita Rutan hizo su postulantado en el hospital de Metz, que dirigían a la sazón y dirigen todavía hoy las Hermanas de San Vicente de Paúl. El postulantado es una preparación a la vida de comunidad; dura unos tres meses. Durante ese tiempo de primera formación la postulante vive de la vida de las Hijas de la Caridad, observa sus reglas, sigue sus ejercicios de piedad, comparte sus trabajos. Sus disposiciones, sus aptitudes se manifiestas en esta prueba preparatoria. Ella misma, instruida con esta experiencia, se podría decir casi con este aprendizaje de unos meses, ve, antes de pedir su admisión en el Instituto, las dificultades y los consuelos que le reserva la vida de comunidad.

Con el informe favorable de la Superiora, Margarita Rutan entró en noviciado de la Casa-madre en París. Era el 23 de abril de 1757, aniversario de su nacimiento y de su bautizo; ¿Cómo no iba a poder, en un día que le recordaba tan grandes gracias, responder a la llamada de Dios? Tenía veintiún años y debía consagrar treinta y siete al servicio de los pobres. Entre las Hijas de la Caridad, el noviciado o seminario dura de  ocho a doce meses. Es un tiempo de formación durante el cual se aprende a renunciar a la propia voluntad, a olvidarse de sí misma. La joven novicia debe suavizar su carácter con todas las exigencia de un regla minuciosa, que no dejará nada a los caprichos de la voluntad y a confinarse en un oficio con frecuencia contrario a sus gustos; entonces no hay distinciones, cualquiera que sea la posición anteriormente ocupada en el mundo, se ha de entregar, en espíritu de obediencia, a los trabajos humillantes reservados por otra parte a los sirvientes de la casa. Margarita no dejó desanimar por estas pruebas diversas. Era una naturaleza selecta, y la generosidad estaba en el fondo de su carácter.

El seminario tenía entonces en su cabeza a una Hermana, a quien sus virtudes, su experiencia, su fineza en el discernimiento de los espíritus, su habilidad en la formación de los caracteres hacían digna del puesto difícil que ocupaba. Sor Marie-Anne-Jacques no cesaba de recomendar a sus jóvenes novicias el amor al sacrificio, condición indispensable de la entrega. Su palabra cálida, vibrante, patética, estaba toda penetrada de la unción que los santos saben poner en sus palabras. Leemos en la nota que se le ha dedicado: “Esta virtuosa Hija se había impuesto la más exacta práctica de nuestras santas reglas y la más atenta vigilancia para hacerlas observar a nuestras jóvenes Hermanas. El cuidado de formarla s en esta sólida piedad que es útil a todo era su objetivo ; estudiaba sus caracteres y sabía aliar en ello la dulzura maternal con una juiciosa firmeza, no exigiendo a cada una más que en proporción de su capacidad… Su espíritu agradable y cultivado, su corazón excelente, su acceso,  su conversación, su carácter complaciente, anticipado, afable, atento a obligar y anticipar lo que puede agradar, todas estas circunstancias daban un nuevo valor a sus servicios“.

En esta excelente escuela, Margarita Rutan desarrolló las felices disposiciones  con las que habían adornado su alma la gracia y la naturaleza. Después de un corto noviciado de cinco meses, Sor Marie-Anne-Jacques la juzgó madura para las obras. En septiembre de 1757, la joven novicia recibía la orden de ir a Pau, pasando por Toulouse, donde una estancia de corta duración fue empleada en la farmacia del hospital Saint-Jacques. Desde hacía tiempo, la situación  presupuestaria del hospital de Pau dejaba mucho que desear. En 1678, como la escasez de las rentas no permitía hacer frente a los gastos corrientes, la administración estableció  una manufactura de tejidos de lana. A pesar de esta feliz innovación, la cifra de las entradas quedó por debajo de la cifra de los gastos. El estado de malestar persistente tuvo tal vez una parte determinante en la decisión que se tomó en 1688 de confiar  la dirección del establecimiento a las Hermanas de San Vicente de Paúl; se esperaba que su entrega bien conocida, su amor al orden, su espíritu de ahorro, tendrían la doble ventaja de disminuir los gastos y mejorar el servicio de los enfermos. La espera de los administradores no se engañó.

Siempre con un mismo espíritu de ahorro, despidieron  a los cirujanos cuya arte no era por entonces muy complicada, ya que consistía  sobre todo en sangrar, afeitar y colocar ventosas, y se pidió a las Hermanas que realizaran estas funciones.

Se ve que nada se descuidó para permitir al hospital vivir con sus propios recursos. Cuando la Hermana Ruan tomó posesión en Pau del puesto que la obediencia le confiaba, la administración del hospital se hallaba en la penosa necesidad de cerrar las puertas del establecimiento a buen número de desdichados que solicitaban su entrada. Los Estados del Béarn acabaron por alarmarse; no lograban mantener el equilibrio del presupuesto sino a costa de los socorros renovados  cada año. El 5 de abril de 1774, el Intendente del Béarn escribía al duque de la Vrillière: “El hospital de Pau, el más considerable de la provincia se sostiene apenas con la ayuda de una manufactura de lanas que se ha establecido allí. Sus rentas fijas son muy módicas. El concurso de los pobres enfermos que llegan  de todas partes y el de los niños expósitos que se reciben es muy grande. Los Estados conceden desde hace algún tiempo a este hospital, a título de caridad, una ayuda más o menos fuerte, según las circunstancias y que han elevado este año a seiscientas libras“.

Por su gran inteligencia, por su juicio recto y seguro, por su espíritu práctico y positivo, la Hermana Rutan  prestó a la casa inestimables servicios. Supo, durante varios años, con un celo y un saber hacer cuyos efectos Dios bendice visiblemente, hacer andar de frente el cuidado de los pobres  y la dirección de la manufactura. Ella reveló, en presencia de deberes tan complejos y en funciones tan diferentes, aquello de lo que es capaz un alma que, con la idea clara y neta del bien que cumplir, lleva en ella la doble llama de la entrega. Por eso, todos no tenían más que una voz para rendir homenaje a sus raras cualidades y a su gran corazón.

Su caridad encontró su primera recompensa en la religiosa emulación que provocó en el seno de su familia. Con toda seguridad ella debió apreciar como una gracia que Dios le hacía la dicha de ver a dos de sus hermanas según la carne, Françoise y Antoinette-Thérèse, pedir y lograr ser sus hermanas en religión. La primera tomó el hábito de novicia en la Casa-madre de las Hijas de la Caridad el 14 de mayo de 1759; la segunda, el 8 de septiembre de 1766. Se puede creer que por sus ejemplos, sus cartas, sus oraciones, la humilde sierva de los pobres de Pau no fue extraña en esta doble determinación. Lamentablemente, la felicidad de la Hermana Rutan no fue de larga duración. El 23 de diciembre de 1764, Françoise sucumbió a los ataques de la enfermedad;  tenía veintiséis años. Dios parecía no haberla sacado del aliento envenenado del mundo más que para prepararla a la muerte. Las lágrimas de Sor Margarita se habían secado apenas, cuando un nuevo duelo la golpeó en el corazón. El 2 de diciembre de 1770, Antoinette-Thérèse fue arrebatada del afecto de su doble familia; tenía veintiocho años. ¡Vaya golpe para el corazón sensible de Margarita Rutan!

Otra prueba la esperaba. La estancia en Pau estaba para ella llena de encantos. Le gustaba, más todavía que las ventajas de su cielo azul y de su dulce clima, la alegría de hallarse en medio de una población simpática y profundamente cristiana, de la que se había formado hacía tiempo como una nueva familia. Un día no obstante en que Dios, por la voz de sus superioras, le dijo que  se alejara de allí; y ella partió sin murmurar, pero no sin sentir rasgado el corazón por el pensamiento de tantos lazos que romper de una vez.

¿A dónde dirigió sus pasos al salir del hospicio de Pau? Si tenemos en cuenta las indicaciones  suministradas por el catálogo del personal de la comunidad, parecería que pasó sucesivamente por los hospitales de Agde, de Autun, de Brest y de Belle-Isle. A decir verdad, este registro no indica más que las colocaciones, y las colocaciones, entonces como hoy, se revocaban con facilidad, antes incluso de que las Hermanas interesadas hayan tenido conocimiento. Hay lugar de creer que Margarita Rutan no vivió nunca en Agde, Autun, o Belle-Isle. El antiguo autor de la biografía manuscrita conservada en el hospital de Dax parece bien informado en este punto: pues él no menciona estas tres ciudades entre las la Hermana habitó.

Según toda verosimilitud, del hospital de Pau se trasladó directamente al de Brest, donde se necesitaba una Hermana instruida y familiarizada con las cifras para poner orden en una contabilidad mal llevada. Cuando se terminó el trabajo sus superiores, que la llamaron a París, y en abril de 1773, la enviaron a Fontainebleau.

Desde 1691, las Hijas de la Caridad dirigían en esta ciudad el hospital de la Sainte-Famille, fundado por la demasiado famosa Sra. de Montespan. Sus relaciones obligadas con la Corte, que habitaba allí una parte del año, y la estancia en el establecimiento de altos personajes que venían a restablecer su salud comprometida, exigían de ella mucho tacto, delicadeza, paciencia y entrega. Se pensó que la Hermana Rutan tenía todas estas cualidades, y no se equivocaban. Abandonó voluntariamente sus funciones de contable para retomar, a la cabecera de los enfermos, un lugar que nunca había dejado sin dolor. Los administradores no tardaron en comprender de qué socorro les serviría la nueva Hermana, cuya gran inteligencia y la caridad sin límites todo el mundo admiraba. Escuchaban sus observaciones y no tenían ninguna dificultad en cumplir las reformas que ella les señalaba. Los progresos realizados en unos meses fueron tan considerables que la reina María Antonieta, de regreso de Fontainebleau, donde debía residir, como los años precedentes con la Corte, quedó maravillada. Quiso ver a la Hermana Rutan, dirigirle sus agradecimientos y sus felicitaciones y asegurarle que, si era necesario, la ayudaría con su dinero.

Poco después de esta visita principesca,  una epidemia de viruela se abatía sobre la población de Fontainebleau y causaba numerosas víctimas.  La Srta. de Fleury fue atacada, como tantos otros por el terrible azote. Pero la reina, que le tenía un afecto muy particular, mandó llevarla al hospital de la Sainte-Famille, para que la Hermana Rutan en persona cuidara de ella. Su confianza no quedó defraudada y pronto la enferma, recuperada la salud, unió en un mismo sentimiento de agradecimiento a la enfermera caritativa y a la augusta princesa que se la había procurado.

Por orden de la Superiora general, la Hermana Rutan dejó Fontainebleau y se dirigió a Blangy-sur-Bresle, en el Sena Inferior; si se debía añadir fe a su primer biógrafo, habría creado allí un hospital, redactado reglamentos llenos de sabiduría y fundado escuelas para los niños pobres. El relato de la biografía manuscrita contiene con seguridad una gran parte de exageración. El papel de la Hermana Rutan fue otro. El hospital, construido en el siglo XVII gracias a las liberalidades de Marie-Louise de Orléans, duquesa de Montpensier, era, desde 1685 lo más tarde, atendido por las Hijas de la Caridad. Que la Hermana Rutan le haya reconstruido o simplemente agrandado, que hay también abierto escuelas allí, es posible, pero muy poco verosímil. Las misiones de este género son confiadas de ordinario a las superioras de establecimientos y no a las simples Hermanas.

Los pobres de Blangy no tuvieron la suerte de tenerla por largo tiempo. Los administradores del hospital que las Hermanas dirigían en Troyes desde el 28 de febrero de 1677 se negaban a observar las cláusulas del contrato de fundación, y la Superiora general, después de aguantar dos años y de imponerse los más duros sacrificios, juzgó que el momento de tomar una decisión había llegado. Fue en estas circunstancias, en abril de 1779, cuando la Hermana Rutan fue enviada provisionalmente a esta ciudad. ¿Cuál era exactamente el plan de su viaje? ¿Iba simplemente a examinar la situación en el mismo lugar? ¿Estaba encargada de negociar con los administradores o de preparar la próxima partida de las Hermanas? Fuera el que fuera el objeto de su misión, el recuerdo de la pequeña Comunidad de Troyes siguió de cerca la llegada de Sor Rutan, quien reemprendió ella misma el camino de París. La divina Providencia la traía a la capital, en el momento en que Mons. Lequien  de Laneufville, obispo de Dax, llegaba en  busca una superiora para dirigir el hospital que construía en su ciudad episcopal. De esta feliz coincidencia iba a depender el futuro de Sor Rutan.

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