Margarita Rutan: una víctima de la Revolución (Capítulo cuarto)

Francisco Javier Fernández ChentoMargarita RutanLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pierre Coste, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1908.
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CAPÍTULO IV: LA PRISIÓN.

RIGORES DEL COMITÉ DE VIGILANCIA. ENCARCELAMIENTO DE SOR RUTAN. REGLAMENTO DE LA PRISIÓN. OCUPACIONES DE LOS PRISIONEROS. EMBARGO DE LOS PAPELES DE SOR RUTAN. DENUNCIA DE BOUNIOL. INTERROGATORIO DE SOR RUTAN. CONSTRUCCIÓN DE LA GUILLOTINA. TRASLADO DE LOS PRISIONEROS A PAU. ENCARCELAMIENTO DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD. REEMPLAZANTES DE LAS HERMANAS EN EL HOSPITAL.

(OCTUBRE DE 1793-MARZO 1794).

Uno de los primeros cuidados de los dictadores del suroeste fue crearse auxiliares dignos de ellos, estableciendo en las ciudades y grandes burgos comités de vigilancia, provistos de poderes muy extensos, el comité de Dax, instituido el 26 de octubre de 1793, comprendía doce miembros, la mayor parte iletrados y extranjeros a la localidad, todos conocidos por la ferocidad de su carácter-1. El decreto que le daba la existencia le trazaba al mismo tiempo su misión.

«ART. 1º Será establecido en la ciudad de Dax un comité de vigilancia compuesto de doce miembros.

«ART. 2º La guardia saldada de la ciudad de Dax obedecerá a todas las requisitorias del comité de vigilancia.

» ART. 3º Se indicará en la ciudad de Dax una casa de reclusión, en la que , a partir de mañana, todas las reparaciones necesarias se harán por el comité de vigilancia.

«ART. 4º Si, a los ocho días, no hay trescientos ciudadanos y ciudadanas de la ciudad de Dax en reclusión, los representantes del pueblo vendrán con la fuerza armada a ejercer la justicia y la venganza nacional en esta ciudad.

«ART. 5º Si, a las veinticuatro horas, los ricos de la ciudad de Dax no han depositado 150.000 libras en las manos de la municipalidad para el mantenimiento y alivio de los pobres durante el invierno, el comité de vigilancia, con la fuerza armada, si la tranquilidad está comprometida, establecerán un impuesto forzado para cumplir esta indicación».

 

Los miembros del comité de vigilancia se mostrarán dignos de la confianza que los representantes del pueblo habían puesto en ellos. Multiplicarán las declaraciones con la intención de hace desaparecer todo lo que podía oler a aristocracia y el fanatismo. La calle de los Carmelitas se llamó  calle Çaira, el burgo Saint-Vincent se llamó suburbio Lepelletier, el barrio Saint-Pierre barrio Marat, el municipio Saint-Paul  fue desbautizado y nombrado Bonnet-Rouge.

El 5 brumario (26 de octubre), las casas de los Capuchinos y de los Carmelitas eran transformadas en prisiones y destinadas, la primera a los hombres, la segunda a las mujeres. Siete días después aparecía una larga lista de sospechosos; las personas cuyo nombre figuraba en ella tenían orden de dirigirse por sí mismas al lugar de su detención en las veinticuatro horas  que siguieran a la publicación del anuncio. Pronto, las visitas domiciliarias, las listas de sospechosos, las encarcelaciones se sucedieron sin interrupción. La gente honrada vivían en continuas inquietudes; los emisarios del comité de vigilancia penetraban, de día y de noche, en los domicilios privados y conducían a sus pacíficos habitantes a prisión. Las lágrimas de un padre, de una madre, de una esposa, los lloros de los hijos no actuaban en los corazones empedernidos de estos seres feroces, inaccesibles al menor sentimiento de piedad.

El comité de vigilancia se había ganado, incluso entre los feroces  revolucionarios, una reputación de crueldad, que la lectura de sus publicaciones y de su correspondencia conforma plenamente. El Directorio del departamento, Roger Ducos y Dartigoeyte, le dieron consejos de moderación. El comité encontraba a Pinet demasiado indulgente, admiraba en Marat el modelo de los revolucionarios y, a su ejemplo, no admitía para propagar los principios revolucionarios más que un solo medio: el régimen del terror.

El 4 nivoso año II, escribía a los representantes  del pueblo: «Daos prisa en pegar grandes golpes; tomad grandes medidas revolucionarias».  Los comités de los alrededores recibían sus consejos y sus ánimos, que eran todos de esta calaña: «La seguridad pública está más que nunca a la orden del día, y no la moderación y la piedad. Leña a los intrigantes, aristócratas  y moderados, y juremos no tener ningún descanso hasta que la República esté bien segura, la paz bien consolidada y el reino de los revolucionarios fundado sobre bases inquebrantables» o también: «Continuad, vigorosos revolucionarios, golpead sin miedo a los enemigos de nuestra santa regeneración».

Estos enemigos eran ante todo los sacerdotes y los nobles. Aplastar, aniquilar todo lo que, de cerca o de lejos, recordaba el atril y el altar, tal era el fin proseguido por los miembros del comité. Sus esfuerzos contra la religión no fueron en vano; a las ruinas materiales añadían  ruinas espirituales. Se regocijaban por una carta dirigida a Pinet:

«El terror es general en nuestro distrito, en particular en la casta sacerdotal; todos los sacerdotes, estos pretendidos hombres de Dios, abdican su infame oficio; comienzan a sentir que el imperio de la razón, de la verdad y de la filosofía debe triunfar sobre el charlatanismo, la picardía y la impostura, y que hay que correr la cortina por fin sobre las farsas que han jugado».

Vigilada, sospechosa por tales hombres, ¿qué no debía temer la Hermana Rutan? El vacío de hacía en su entorno. Contaba entre las personas encarceladas numerosos amigos y bienhechores. El 8 frimario año II (28 de noviembre 1793), dieciséis religiosas fueron declaradas sospechosas  de incivismo y de fanatismo y enviadas a prisión. El turno de la Superiora del hospital iba a llegar. A finales de diciembre 1793, de todas las personalidades de cierto rango reconocidas hostiles a las ideas reinantes, ella era la única, o poco le faltaba, que el comité de vigilancia y los representantes del pueblo hubieran perdonado. La aureola de gloria de la que sus servicios habían, por decirlo así, rodeado su nombre, la estima que le tenían habrían debido, al parecer, atraer sobre ella los rigores del partido revolucionario.

Su rara prudencia, unida a la posición que había sabido crearse en el hospital, la había salvado hasta esta hora. Un hecho bien fútil, ya antiguo por cuatro o cinco meses, proporcionó a sus perseguidores el pretexto deseado para golpearla.

Un soldado del ejército de los Pirineos, Raoux, hábil músico, había contraído en la frontera una grave enfermedad; fue conducido al hospital de Bayona, luego al de Dax, donde halló, gracias a los cuidados dedicados de las Hermanas, una pronta y completa curación. Este buen hombre no quiso regresar a su regimiento sin dejar a las que le acababan de dar la salud un testimonio de su agradecimiento. Pero ¿de qué manera? Hecha la reflexión, pensó que la audición de uno de sus más bellos fragmentos de su repertorio sería de su gusto.

Un día, tal vez la víspera de su partida, se presentó ante la puerta o en el patio del hospital, en compañía de algunos amigos, músicos como él, y tocó una serenata que puso en movimiento de militares en convalecencia. Impresionada por esta delicada atención, la Hermana Rutan dejó por un momento sus ocupaciones, dio la pieza a los artistas y, para relajarlos un poco de sus fatigas, les ofreció unos refrescos. No había en ello más que un acto de la más elemental educación; se vio en ello un crimen. Los demagogos de Dax no perdonaban a la Hermana la veneración común con la que la rodeaban.

La indignación fue grande en el club de los Barnabitas cuando se refirió  la conducta incalificable de la superiora, culpable, se decía, de «haberse abandonado al placer y abandonado a los hermanos de armas mutilados por defender la patria». Se imponía un castigo ejemplar. El club envió delegados  ante el comité de vigilancia para acusar a la Hermana Rutan de haber, «por su incivismo tratado de corromper y retardar el espíritu revolucionario y republicano, de los militares en  tratamiento en el hospital, de actuar como aristócrata desde el principio de la Revolución, por fin de ser sospechosa a los revolucionarios de la ciudad. Incívica y sospechosa, ¿cómo no lo habría sido a los ojos de sectarios rencorosos que veían en el movimiento revolucionario un movimiento esencialmente antirreligioso  y hacían de las personas dedicadas a los intereses de la Iglesia otros tantos enemigos de la Revolución? En cuanto a la acusación de aristocracia, es extraño que se hayan atrevido a dirigirla contra la hija de un trabajador de la piedra, contra una mujer que devorada por la noble llama de la dedicación, se había consagrado al servicio de los pobres toda su vida y todas sus fuerzas. ¿Qué tenían que reprocharle? ¿Sus relaciones con los aristócratas? Pero si no lo ignoraban, sus relaciones no tenían otro sentido que  el deseo de recoger las limosnas  para dos necesitados. Por lo demás, ¿qué importaba la verosimilitud a unos acusadores instruidos de antemano que no se les pediría la prueba de sus acusaciones?

Dócil a los mandatos del club de los Barnabitas, el comité de vigilancia envió a la Hermana Rutan a prisión y mandó precintar  sus papeles.

Esta es su declaración, con fecha del 24 de diciembre de 1793: «El año II de la República una e indivisible y el 4º de nivoso, el comité de vigilancia del municipio de Dax, reunido en asamblea en el lugar ordinarios de  sus sesiones, se ha admitido una diputación de la sociedad popular y montañesa del municipio de Dax, la cual diputación ha llegado a denunciar  a la señora Rutan, superiora del hospicio de beneficencia de esta comuna de Dax, como habiendo, por su incivismo, tratado de corromper y retardar el espíritu revolucionario y republicano de los militares que iban a este hospital para ser cuidados, como siendo notoriamente reconocida aristócrata  desde los comienzos de la Revolución, como siendo, en una palabra indigna de desempeñar las funciones humanas y beneficiosas que se deben a los hombres libres, dignos bajo todos los aspectos de la gratitud pública,  vista la escasa confianza de  que disfruta entre los revolucionarios de la  ciudad, común.

«El comité, teniendo en cuenta la denuncia justamente fundada contra la Hermana Rutan, reconocida desde hacía tiempo como incivil y contraria a los principios de la Revolución y denunciada además por la voz del pueblo:

El comité decreta que la Hermana Rutan será transferida inmediatamente a la causa de de reclusión de los Carmelitas a la espera de que dicho comité ordene otra cosa, que dos de sus miembros se trasladarán  de inmediato a la celda de la Superiora Rutan y allí firmarán los papeles, efectos y demás correspondencia, y delegado a este efecto a los ciudadanos Laniscart y Latour;

«Decreta que la Hermana Marguerite, más antigua de edad, siga encargada y responsable de la dirección del hospital, de los cuidados y socorros necesarios a los enfermos, y en general de todos los efectos, ropas, etc., pertenecientes a la casa, y esto provisionalmente;

«Decreta también que conocimiento del presente decreto y de los motivos que han dado lugar será comunicado mañana a los representantes del pueblo, en el departamento, al Directorio del distrito y a la municipalidad, como a la sociedad popular, a fin de que, de acuerdo con dicho comité de vigilancia, se proceda a continuación a reemplazar a dicha Hermana Rutan».

La conducta que tuvo la Hermana Rutan con Raoux y sus amigos no podría justificar la indignación que demostraron contra ella los miembros del club de los Barnabitas y las medidas tomadas por el comité  de vigilancia. La superiora abandona momentáneamente su trabajo para escuchar, agradecer y felicitar a músicos venidos a cumplir con una deuda de gratitud; ella les distribuye refrescos y, antes de dejarlos partir, les da unas monedas. Le habían correspondido con una gracia; y ella respondía educadamente y con generosidad.

Toda persona bien educada habría obrado igualmente; y sin embargo, se denuncia a la Hermana Rutan y, antes de todo examen de los hechos, la encarcelan. Ah, si la serenata hubiera sido para un patriota de republicanismo iluminado, nada mejor, para saciar este, en  un momento de entusiasmo, a los artistas y poner en sus manos una gran suma de de dinero. Pero se trataba de una Hija de la Caridad, fiel en la práctica de la religión en la que ella habían nacido, rodeada de la estima y de la veneración comunes, de una inteligencia y de una entrega que engrandecían cada día su influencia, capaz  en fin de no haber dado un solo paso hacia delante hacia la Revolución y de retrasar con sus ejemplos y sus consejos la ruina de la religión, que los revolucionarios habrían querido consumar sin tardar.

¿Esperarían, desde entonces,  que el robo de sus papeles traería  el descubrimiento  de escritos bastante comprometedores para atraer sobre su cabeza los peores castigos? Es posible. Ellos se regocijaban ante la idea de que los rebuscadores pondrían quizá la mano en libros de piedad, de hojas de oraciones, medallas, cartas íntimas, donde la Hermana habría  manifestado libremente los sentimientos de horror que le inspiraban los hombres del día y las medidas revolucionarias.

La Hermana Rutan  recibió sin sorpresa la noticia de su arresto; después de decir a sus queridos enfermos y a sus dignas colaboradoras un adiós que sin duda ella creía el último, ella se dirigió a la prisión de los Carmelitas, feliz de sufrir por la causa de Jesucristo. Su partida sumió a toda la población de Saint-Eutrope en un triste espanto; la pérdida de una madre hubiera hecho derramar menos lágrimas. En el uso de la libertad, la Hermana Rutan apreciaba ante todo el ejercicio de la dedicación, la facultad de hallarse en la cabecera de la cama de los enfermos, servirlos, llevar a su dolor  algún alivio. Otras sufrían espionaje odioso que, en estos tiempos de terror los miembros de los clubes y de los comités organizaban en torno a personas sospechosas; poco le importaba,  a ella,  ser vigilada por sus enemigos, mientras la dejaran en su puesto, de caridad. Condenándola a la ociosidad, el comité de vigilancia quitaba a esta naturaleza, ávida de gastarse, uno de sus mayores consuelos. Es verdad, ella podía rezar todavía y nadie era bastante poderoso para impedírselo. Sigamos a la Hermana Rutan en la prisión de los Carmelitas. Las precauciones más severas se habían tomado contra toda tentativa de evasión. Un cierto número de carceleros tenían bajo su responsabilidad personal la custodia de los prisioneros, cuyos apellidos, nombres y sobrenombres estaban inscritos en un registro numerado y rubricado por el presidente del comité de vigilancia. Un piquete de diez guardas nacionales vigilaban permanente las puertas, que estaban cuidadosamente cerradas.

Los miembros  del comité de vigilancia sometían a los prisioneros a la estrechez de un reglamento minucioso, que las personas de la alta aristocracia o de la burguesía debieron encontrar muy penoso. La Hermana Rutan pudo dar satisfacción, como en comunidad, a sus gustos por la pobreza, la obediencia y la mortificación. Un lecho, una mesa, dos sillas de gabinete y algunos objetos de uso diario constituían el mobiliario de cada prisionero. La platería, la porcelana todo lo que sonaba a lujo estaba formalmente prohibido. Salvo el caso de enfermedad bien constatada, el acceso de la prisión estaba negado a los criados y a las doncellas.

Las comunicaciones con el exterior llamaron sobre todo la atención de los rígidos legisladores. Los parientes, los aliados, aquellos a quienes llamaba un asunto de interés, los únicos que podían visitar a los detenidos; y entonces se necesitaba  el permiso escrito de tres miembros del comité. Las cartas mismas estaban sometidas a la censura; debían pasar el examen del comité antes de entregarlas al destinatario.

La alimentación fue, como la correspondencia, el objeto de prescripciones rigurosas. Durante los trece días que siguieron a las encarcelaciones del 5 brumario, se había permitido a los criados llevar víveres a la celda de sus amos; pero estas entrevistas privadas podían presentar inconvenientes se determinó, el 18, que en adelante los prisioneros irían ellos mismos a buscar en la conserjería  las provisiones que les eran destinadas. Hasta el mes de marzo de 1794 no se había tenido en cuenta la calidad y la cantidad de los alimentos que les preparaban en el exterior. Los platos delicados que algunos detenidos se hacían servir, constituían, a los ojos del austero Pinet, un ataque grave al principio de la igualdad republicana. Estos escándalos pedían una represión; el representante del pueblo no se perdió esta nueva ocasión de ser desagradable con los aristócratas y los fanáticos. Para poner un término a lo que llamaba los gastos escandalosos y lujo de hombres perversos, justamente alcanzados por el rayo nacional, mandó que el menú de cada comida estaría compuesto de esta manera: media libra de carne de buey o de cordero, tres cuartos de libra de pan y las legumbres estrictamente requeridas para el potaje.

Pinet, siempre atento a explotar la bolsa de los aristócratas, decidió que el sueldo de los guardas y de los carceleros sería pagado por los detenidos; esta medida ingeniosa le permitía multiplicar el número de los detenidos sin tener que preocuparse por la insuficiencia de los fondos públicos.

Mientras que la Hermana Rutan  encontraba en sus momentos libres de la prisión unirse con Dios durante oraciones más largas y más fervientes, el comité buscaba con ardor pruebas de su culpabilidad. Recogieron de su despacho todos los papeles que había, escritos o no de su mano. Había allí, si hemos de dar fe a las actas de acusación, panfletos aristocráticos, fanáticos y más contrarrevolucionarios unos que los otros,  y cartas infames que mostraban en ella a una persona animada de principios desorganizadores de los ejércitos. Los reglamentos hacían a la Superiora del hospital depositaria  de los escritos dejados  por los enfermos, que morían en el hospital, con el deber de transmitirlos a las familias-28; ella no era pues responsable de su contenido; poco importa, todo se le imputó.

A los dos días, un individuo de nombre Bouniol se presentaba ante el comité y le informaba en su lenguaje incorrecto que, «hablando con un soldado nacional que estaba en el hospital, este le dijo que todas las Hermanas eran unas granujas aristócratas, corrompiendo a los soldados, que les predican para que vayan a la Vendée (contrarrevolucionarios), les hacen bailar y cantar canciones diabólicas y les dan dinero». Y vemos cómo, bajo el imperio de la pasión antirreligiosa, un soldado cuidado por las Hermanas, sino a él mismo, disfraza el incidente tan  sencillo al que había dado lugar la serenata de Raoux. Una palabra de agradecimiento se convierte en un compromiso con la deserción, la audición de un concierto una excitación a la danza y a cantos infames, la oferta de una moneda una tentativa de corrupción. Los términos mismos en los que la acusación estaba formulada habrían debido mostrar a los jueces improvisados del comité de vigilancia  qué poca confianza merecían  las palabras del acusador. Pero su juego estaba hecho. Creen en la palabra de Bouniol, o al menos obran como si tuvieran plena confianza en él. Bouniol no había sido personalmente testigo de los hechos que denunciaba; refería las palabras de un soldado. Bueno pues, nunca fue interrogado el soldado; en ninguna parte, en efecto, se cita  su testimonio; en ninguna parte, en la lista de las piezas que los miembros del comité tuvieron en sus manos, se trata del proceso verbal del interrogatorio que hubiera tenido. ¿Se comprendería este silencio, si el interrogatorio hubiese tenido lugar? Se lo comprendería en particular por parte de la gente que juzgan útil dar  palabra por palabra lo dicho por Bouniol?

Si para una causa cualquiera, la veracidad del acusador no pudiera ser controlada, hubiera sido justo no añadir ninguna fe a la afirmación, de por sí inverosímil, de un exaltado como Bouniol, una vez que se apoyara en un testimonio que no se podía verificar.

Inútil de insistir aquí en lo que tiene de pueril la acusación relativa a las danzas y a los cantos diabólicos.

Los pretendidos actos de soborno no deben tomarse más en serio: «Si estas prácticas de seducción por dinero hubieran tenido carta de sistema en el hospital de Dax, escribe Dompnier de Sauviac, parece que se habría encontrado al menos un soldado que hubiera llegado a deponer que se habían realizado con él mismo». ¿Es acaso verosímil que las Hijas de la Caridad,  ya sospechosas como tales, hayan llevado la imprudencia hasta el punto de aconsejar  a soldados, que no conocían,  abandonar el ejército de los Pirineos  y emprender, al precio de mil peligros, el camino de la Vendée, y eso en una época en la que había que sopesar los actos y las palabras para no ser enviado a prisión o al cadalso? Esta historia de deserción, nacida de la gratitud que Raoux había demostrado a las Hermanas, consolidada tal vez por descubrimiento de objetos de piedad en uso en el ejército vandeano, se debe rechazar en el dominio de las leyendas. El comité de vigilancia escribía a los representantes del pueblo, el 4  nivoso año II (24 de diciembre de 1793), día en que la Hermana Rutan fue conducida a prisión: «Un hombre Hourquillot, protegido por un miembro de la administración de las Landas, que ha merecido cien veces la guillotina, ha sido sorprendido  y arrestado ayer. ¿Qué creéis que hemos encontrado   sobre este bandido? Un Sagrado Corazón de Jesús, parecido a los de la Vendée, reunión contrarrevolucionaria. Veamos, ciudadano representante, hechos que hablan». Los hechos hablaron tan alto que, por este motivo, Hourquillot fue condenado a muerte. En las investigaciones operadas en casa de la Hermana Rutan, ¿se habría descubierto algún emblema de estos?  Es posible. Sea como fuere, si Bouniol dijera la verdad, ¿por qué no castigar a todas las Hermanas ya que todas las Hermanas estaban acusadas del mismo crimen? Si mentía, ¿por qué castigar a la Superiora? El día en que él encarcele a las compañeras de la Hermana Rutan, Pinet  se imaginará acusaciones groseramente fantasiosas; ¿por qué haber recordado el testimonio de Bouniol si hubiera creído que Bouniol no se equivocaba? En el fondo, en razón del bien que hacía  alrededor suyo, la Hermana Rutan se había creado enemigos, envidiosos de la estima en que la tenían y celosos por las  señales de veneración que se le rendían. Tal fue la verdadera causa  de su condena.

El 26 nivoso (15 de enero de 1794), el comité de vigilancia le hizo sufrir un interrogatorio-34, sobre cuyo tenor nos vemos lamentablemente reducidos a meras conjeturas. Resultaba fácil a la acusada probar su inocencia;  pero cuando se le reprochó su apego a las creencias y a las prácticas religiosas, ella no pudo hacer otra cosa que defender la causa de la religión ultrajada y, de ahí, dar a sus jefes un arma para perderla.

El interrogatorio terminado, fue reconducida a la casa de los Carmelitas y de nuevo se cerraron sobre ella las puertas de la prisión. Fuerte por el testimonio de su conciencia, como los Apóstoles, se estimaba feliz por ser llamada a sufrir persecución por su divino Maestro. Sobre esta alma magnánima la debilidad no tuvo nunca presa; más fuerte por la desgracia, supo hallar siempre en su fe esta fuerza sobrehumana que hace los mártires. No dudando ya de la suerte que le estaba reservada, esperaba en una serena y muda resignación, las disposiciones del Cielo. Para elevar las largas horas de su cautividad, continuaba entre sus compañeras de cárcel su misión de caridad, consolándolas en sus penas, levantando sus pensamientos  hacia Dios, prodigándoles, con una ternura de madre, todos los cuidados capaces de suavizar los rigores de su cautiverio.

El comité de vigilancia dirigió los documentos del los procedimientos al Directorio del distrito, que tras leerlos se los devolvieron el 18 pluvioso (6 de febrero), con estas cuatro palabras: «La ejecución de las leyes revolucionarias, ciudadanos, que se os ha confiado, no siendo más que los vigilantes, os  devolvemos los documentos contra la señora Rutan para que pongáis la continuación necesaria a este procedimiento; vuestro celo y vuestro amor por la cosa pública aseguran a la administración que os conformaréis  en todos los puntos a las leyes cuya ejecución se os ha confiado. Salud y fraternidad».

Se trataba ya, como se ve,  de infligir a la Superiora de Saint-Eutrope penas especiales, más temibles que la prisión. El Directorio del distrito dejaba toda libertad de acción al comité de vigilancia; y por su parte, Pinet, ávido de sangre, estaba listo para favorecer el asesinato de la inocente víctima. Iba pronto a presentarse en Dax, pues la conducta de los detenidos, que parecían resignarse demasiado fácilmente a su suerte, pedía una represión.

Los presos de los Capuchinos hacían contra a mala fortuna buen corazón y soportaban estoicamente las privaciones inherentes al régimen de la prisión. Habían tenido el buen espíritu de comprender que, en la penosa situación en que se hallaban, lo más prudente era dejar pasar el tiempo y buscar en  diversiones variadas un remedio al aburrimiento y al desánimo, que es con frecuencia su funesta consecuencia. Se asomaban a las ventanas que daban a la calle y, dirigiéndose a los transeúntes, exclamaban con un tono burlón: «Fuera de los Capuchinos, no hay salvación!». Los miembros del comité de vigilancia no eran hombres a quienes gustaran estas chanzas inocentes, pero al pueblo,  sí. Tenían, por lo demás, otras muchas contrariedades. La lista de los sospechosos recibía todos los días nuevos nombres  y las prisiones, ya llenas,  no podían recibir a un mayor número de cautivos.

¿Qué hacer? Se tuvo la idea de internar a las personas sospechosas de aristocracia o fanatismo en sus propias moradas, prohibiéndoles, bajo penas graves, salir de sus casas, pero esta medida no las aislaba suficientemente según los revolucionarios.

En estas perplejidades, el comité apeló a Pinet, que se presentó sin tardar en Dax  el 27 o 28 de febrero de 1794. Al oír hablar de las diversiones de los prisioneros, no pudo contener la cólera. Su mente, siempre fecunda en expedientes contra los manejos de los que él llamaba los aristócratas o los fanáticos pronto encontró un remedio al mal. Hirió a unos en su bolsillo con impuesto forzado, a los otros en su alimentación, reglamentando el menú de cada comida; la construcción de una guillotina hizo comprender a todos que debían temer por su vida.

La última de estas declaraciones merece ser conocida.

«En nombre del pueblo francés,

Los representantes  del pueblo cerca del ejército de los pirineos occidentales y los departamentos circundantes,

Considerando que uno de los medios más poderosos de hacer triunfar al pequeño número de los patriotas de la ciudad de Dax que, hasta hoy, han sido tan violentamente reprimidos por la aristocracia y el realismo de los malos ciudadanos, que son un número tan grande en esta comuna, es de mantener siempre pendiente sobre la cabeza de estos hombres perversos la venganza nacional y mostrársela pronta a caer sobre su cabeza culpable;

Considerando que, cuando las vías de dulzura se han empleado se han empleado sin éxito para mantener en la línea de la sumisión y de la obediencia a las leyes los malos sujetos, la salud de la cosa pública exige que se recurra a los medios de terror, que nada es más propio para congelar con espanto los corazones de estos hombres culpables, tan cobardes como perversos, como poner a sus ojos el instrumento terrible listo para golpear a los que la ley entregue a la justicia y a la venganza nacional,

Declaran:

«ART. 1. –Será construida en la comuna de Dax una guillotina; deberá estar  perfectamente acabada en el espacio de dos décadas y será colocada permanentemente en el lugar más frecuentado por los aristócratas.

ART. 2. –Los fondos necesarios para la construcción de esta guillotina serán sacados de la caja del receptor  del distrito, con  mandatos dados por el Directorio, según el examen y la verificación hecha por él de las cuentas de los obreros proveedores.

ART. 3. –La administración del distrito se encarga de la ejecución del presente comunicado, que será impreso, publicado, fijado, enviado a los departamentos  y a los ejércitos.

En Dax, el 11 ventoso, año II de la República francesa, una e indivisible.

«Firmado: PINET mayor».

Cuando la guillotina estuvo lista, Pinet la mandó instalar en la plaza Poyanne, delante del antiguo castillo fuerte, hoy demolido y reemplazado por  un establecimiento termal y un casino.

«Esta antigua plaza de armas, escribe Dompnier de Sauviac, estaba entonces plantada de olmos y servía de cita a la alta sociedad de la ciudad, a los aristócratas, según Pinet. Se la puede imaginar en esta época, tal como era antes de rebajar  el suelo y levantar tres escalones. A pesar de la presencia del instrumento de muerte, se paseaba Allí todas las tardes; no hacerlo hubiera parecido sospechoso. Un día, un miembro del comité de vigilancia forzó a una señora a pasar abajo por gentileza. Aunque se fingiera indiferencia, la vista de este gran objeto pintado en rojo, parecía siniestro de día; pero, de noche cuando los rayos pálidos de la luna se proyectaban, rotos por las ramas de los olmos, en sus grandes brazos, que se alargaban como sangrientos, su aspecto era horrible. Había en toda la plaza una especie de verberación de un rojo lívido, que invadía el alma y la congelaba.

La gente retrasada huía cerrando los ojos; la mayor parte se desviaban para evitar ese deslumbramiento fúnebre».

El mismo día en que se dio la orden de construir la guillotina, Pinet, que no podía perdonar a los  prisioneros de los Capuchinos el inocente placer  que encontraban en gritar desde las ventanas Fuera de los Capuchinos no hay salvación, decidió trasladarlos a Pau, donde reinaba un antiguo canónigo, el feroz Monestier del Puy-de-Dôme, cuyo recuerdo sangriento conservará por largo tiempo el pueblo bearnés. Esta medida tenía la doble ventaja de quitar a los todo contacto con la población de Dax y permitir la encarcelación de nuevos sospechosos.

Los prisioneros fueron dirigidos a Pau al día siguiente, 2 de marzo. Todos, sin excepción, debían hacer el camino a pie; les dejaban por todo bagaje una camisa y un pedazo de méture, pan de maíz, con que se alimentaban aún los campesinos landeses. Los parientes y los amigos  siguieron un buen rato el lúgubre cortejo, con  lágrimas en los ojos, maldiciendo en lo secreto de su corazón, el régimen tiránico que pesaba sobre Francia. En el número de los que debían hacer a pie el trayecto de Dax a Pau había ancianos y enfermos. A pesar de sus 78 años, serias debilidades  que le hacían la marcha difícil, y las apremiantes solicitaciones  de varios amigos, Jean-Louis de Borda, antiguo alcalde de la ciudad y primo del sabio matemático de este nombre, no pudo obtener la autorización viajar en vehículo. «Si no puede andar, respondió brutalmente Pinet a los que le apremiaban, le ataremos a la cola de un caballo».

La Hermana Rutan no dejó la prisión de los Carmelitas. «Víctima designada de antemano para el sacrificio, escribe, Dompnier, el silencio y el aislamiento que se produjeron en torno a ella después de la partida de sus compañeras no le arrancaron más que estas palabras: Veo que me han dejado para condenarme a muerte». Tranquilamente resignada a su suerte, confiando en las promesas de su Maestro, sacó de su fe y el testimonio de su conciencia la fuerza que consuela y sostiene frente a las más duras pruebas.

Apenas evacuadas por los prisioneros enviados a Pau, las casas de los Carmelitas y de los capuchinos no iban a tardar en recibir a nuevos huéspedes; ese mismo día, Pinet les envió a ochenta.

Como se ve, el terrible procónsul no perdía el tiempo. Ante la energía republicana que desplegaba, el comité de vigilancia no cabía en sí de gozo. No pudo resistir al placer de dar a Roger Ducos, miembro de la Convención, noticias de lo que pasaba en Dax. «La aristocracia había asomado la cabeza en el municipio de Dax y municipios circundantes; el agiotaje había vuelto según sus cálculos infames, el fanatismo sacudía sus antorchas ardientes; y varios intrigantes coaligados con gorro rojo y portadores de medallas de los  de los revolucionarios, habían sembrado la división en los espíritus, el desorden en nuestra sociedad; y las autoridades constituidas,  porque estaban compuestas de lo que los agiotistas llamaban extranjeros, eran calumniadas en sus operaciones. Los que trabajaban en buscar nuevas disensiones en el municipio de Dax se enorgullecían por la impunidad. Sus parientes, sus amigos, sus partidarios, que hemos hecho recluir, debían salir, tener su libertad y ocupar el lugar de los republicanos que los habían golpeado en nombre de la ley y según sus disposiciones.

«Los representantes del pueblo, Pinet y Cavaignac, han sido instruidos de las nuevas revueltas que amenazaban al municipio de Dax; se han puesto de acuerdo en los medios que tomar; y el montaraz Pinet, firme pero sensible, el severo pero justo Pinet llegó; y todo volvió al orden.

«La sociedad popular, donde se habían instruido muchos aristócratas de gorro rojo, muchos ambiciosos que se decían patriotas, ha sido suprimida; un núcleo de doce revolucionarios ha ocupado su sitio; y este núcleo no recibirá en su seno más que a ciudadanos probados y en quienes no se ha descubierto ninguna mancha política.

Los reclusos y reclusas en las casas hasta ahora Capuchinos y Carmelitas, que maquinaban  en estos retiros el arrepentimiento con los malévolos del exterior, que decían Fuera de los Capuchinos, no hay salvación!  han sido transferidos al municipio de PauCerca de ochenta de sus cómplices en aristocracia, en malevolencia, en agiotaje han ocupado su lugar; todo lo que era marqués o marquesa, barón o baronesa, noble, acaparador, agiotista, fanático, peligroso, intrigante, ambicioso ha sido encerrado y todos estos individuos a silbar a la vía.

Y esa es la justicia nacional satisfecha con respecto a sus personas, y esto es lo que da satisfacción también, rebuscar en las bolsas de los aristócratas ricos; una tasa de guerra ha sido impuesta por una disposición  del ciudadano Pinet, representante, y esta tasa es de 1.030.000 libras; esta tasa alcanza a todas las clases de enemigos de la patria en proporción de su fortuna. Esta medida ha ido precedida de una visita domiciliaria para descubrir los acaparamientos de oro y de plata, de moneda de billón y de vajilla de plata;  estas visitas se han hecho de noche con la fuerza armada y al mismo tiempo. Los resultados de estas otras medidas están bajo sello, y sin duda, irán a incrementar el tesoro público.

El representante del pueblo, Pinet, no se ha quedado en Dax más que tres días y ha trabajado día y noche; ha arrestado a más de veinte y todos ha sido cubiertos de los aplausos del pueblo…».

Uno de estos detenidos arrancaba del hospital a las Hijas de la Caridad que se entregaban al servicio de los enfermos y las enviaba a la prisión de los Carmelitas. ¿Quién podía prometerse hallar gracia delante del rencoroso y salvaje Pinet? Hay que leer las elucubraciones  de este sectario impío contra pobres mujeres sin defensa; es, sin duda,  una de las páginas  más odiosas de la literatura revolucionaria; veámosla por completo:

«En el nombre de la República francesa,

Los representantes del pueblo cerca del ejército de los Pirineos occidentales y departamentos  circundantes,

Según las quejas  multiplicadas que los ciudadanos hacen estallar por todas partes contra las hasta ahora Hermanas de la Caridad, actualmente agregadas  al hospital de la ciudad de Dax, que manifiestan en su conducta, sus palabras y sus acciones la aristocracia más pestilente, el fanatismo más peligroso, la superstición más vergonzosa,

Considerando que estas mujeres culpables, unidas a principios espantosos, se permiten las más crueles vejaciones sobre los ciudadanos patriotas que llevan al hospital, que es sobre todo contra los bravos defensores de la patria contra quienes tienen la audacia de ejercitar su rabia aristocrática, que llevan  por su parte los malos tratos hasta el punto que nuestros valientes guerreros heridos o enfermos no ven sino con terror su destino fijado para el hospital de Dax, donde se les asegura encontrar, en lugar de los cuidados que les son debidos,  la despreocupación y hasta el desprecio de unas arpías que, de esa manera, conducen a la muerte a republicanos preciosos cuya enfermedad o las heridas habrían sido curadas perfectamente,

Considerando que el interés público, la humanidad y el agradecimiento debidos a los defensores de la patria reclaman a voz en cuello a favor de estos soldados  valientes cuya sangre ha corrido combatiendo por la libertad y la igualdad, que es necesario quitarles a estas mujeres culpables, vengarlos golpeándolas y sustituyéndolas por ciudadanas, cuyo civismo, los principios de humanidad y de fraternidad, el celo, la vigilancia y actividad pueden prometer a nuestros intrépidos guerreros las intenciones y los cuidados paternales que vierten sobre las llagas un bálsamo saludable y que devuelven con mayor seguridad la vida que los remedios más eficaces.

«Disponen:

«Las Hermanas de la Caridad encargadas actualmente  del hospital de Dax, con excepción de la ciudadana Marguerite, quedan destituidas; serán inmediatamente puestas en estado de arresto. Comisarios nombrados por el comité de vigilancia examinarán sus papeles y efectos y pondrán aparte todo lo que les parezca sospechoso.

» ART. 2. – Las hasta hoy Hermanas destituidas por el presente decreto serán reemplazadas por las ciudadanas cuyos nombres van a continuación: Colly, de Dax; Poulette Lareillet, de Habas; Lareillet  menor, de Habas ; Castaignet, de Dax ; Jeanne Giron, de Dax.

» ART.  3.-  estas ciudadanas estarán bajo la inspección de la administración del distrito, que velará con su solicitud ordinaria para que cumplan con exactitud y vigilancia las funciones que les son confiadas.

«ART. 4. –La presente disposición  será impresa, publicada, fijada, enviada a los departamentos  y al ejército.

«En Dax, el 11º de ventoso, el año II de la República francesa, una e indivisible».

» Signé: PINET aîné47 «.

 

El decreto en que Pinet acusa tan impúdicamente a las Hermanas lleva por fecha el 1º de marzo de 1794. Volvamos al mes de junio de 1792. Las Hijas de la Caridad acusadas de robo son amenazadas con expulsión. El Directorio del departamento prescribe una investigación y envía al lugar a Noel¨ Batbedat.  El comisario examina, interroga y redacta un informe lleno de elogios hacia ellas a quienes había calumniado; los soldados heridos, las mujeres enfermas se glorían por igual de la dulzura y humanidad de sus caritativas enfermeras; los administradores, en el número de los cuales se hallaban el obispo constitucional y su vicario general piden, por unanimidad, la continuación de las Hermanas, cuya ausencia, dicen, comprometería los intereses de los pobres. El Directorio del departamento aprueba las conclusiones de su delegado y deja a las Hermanas con los enfermos. Estas mismas Hijas de la Caridad, tan entregadas en 1792, ¿merecerían pues  los reproches que Pinet les dirigía en 1794? No; una transformación tan extraña no es solamente inverosímil; es desmentida por los propios revolucionarios. Menos de una año después del decreto de encarcelamiento de las hermanas, se buscaba para el hospital a personas capaces, por su celo y su conducta conocido, de dar sus cuidados a los enfermos: Marie Chânu, Félicité Raux et Sophie Charpentier, apenas salidas de la prisión, ofrecen sus servicios;  se hace una encuesta y, vistos los informes, Monestier de la Lozère, representante del pueblo, el Directorio del Distrito, los administradores y el agente nacional los aceptan con agradecimiento. Este es el caso que se hacía, en enero 1795,  de los motivos que había adelantado Pinet en 1794, para legitimar  el encarcelamiento de las Hermanas! Tales son esas que Pinet trata de arpías. En el mandato de arresto lanzado contra las seis Hijas de la Caridad del hospital, el representante del pueblo se muestra lo que él es: pérfido, hipócrita, mentiroso impío, capaz de arrojar a la cara de las personas cuyas ideas políticas o religiosas no comparte las acusaciones más inverosímiles y grotescas para motivar las penas las penas arbitrarias que quiere infligirles.

La Hermana Marguerite Nonique se quedó sola en el hospital. ¿Por qué este favor?¿Había tenido la debilidad de pagar tributo a la Revolución? De ninguna forma. Habría sido soberanamente torpe cambiar de un solo golpe el personal entero de las enfermeras y reemplazarlas por mujeres novicias en el oficio. El mantenimiento de la Hermana Nonique, que dirigía el hospital desde la condena de la Hermana Rutan, se imponía en este título. Quizá también se le perdonara la estancia en la prisión a causa de sus debilidades que, en menos de dos años, debían conducirla a la muerte.

Las cinco personas llamadas, el 11 ventoso, al puesto de enfermeras, no podían hacer por sí solas el trabajo de seis Hermanas encarceladas. Pinet les añadió, el mismo día, la ciudadana Duboucher-Destouche, por un nuevo decreto en que las Hijas de la Caridad son tratadas todavía de mujeres fanáticas. La ciudadana Duboucer-Destouche, ya de edad, no estaba en situación de llevar la vida penosa de enfermera; enferma también, necesitaba cuidados; era incapaz de darlos. Se excusó, y el Directorio del distrito supo comprender y aprobó estas razones. Las damas patriotas, tal era el nombre dado a las reemplazantes de las Hermanas, no pudieron olvidar a las Religiosas desaparecidas; no tenían ni su habilidad, ni su experiencia, ni su dedicación, ni su espíritu de orden y de economía. La ciudadana Colly, su directora lograba difícilmente hacerse obedecer; necesitaba infinitamente tacto para no herir a sus subordinadas, que denunciaron más de una vez su proceder a la administración del distrito, y a los representantes del pueblo.

Durante ese tiempo, Sor Rutan esperaba en su prisión la hora del martirio; había hecho cristianamente  el sacrificio de su libertad; Dios quería que hiciera también el sacrificio de su vida; lo hará sin dolor, con le misma resignación y el mismo valor.

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