Ha muerto el P. Valero. A medida que esta noticia haya ido cayendo en el alma de tantos que un día fuimos sus discípulos, un escalofrío espiritual habrá ido recorriendo el campo íntimo de nuestro sentimiento. Para unos, la muerte del P. Valero será una noticia, fácilmente asimilable, porque podrán enlazar el último suspiro de este anciano de, setenta años, con los años de su propia adolescencia en algunas de nuestras escuelas apostólicas. Para ellos, la muerte de este hombre, en quien recordarán, además de su humanismo lingüístico, un humanismo moral v paternal, tendrá sólo la sonoridad de la piedra caída en la profundidad de un pozo. Para otros, que además de esa experiencia escolar, de discípulo a maestro, han tenido la suerte de una convivencia posterior con él, la muerte del P. Valero significará la pérdida de alguien sublimado por el trabajo diario y la pérdida de una cima de perseverancia difícilmente superable.Pero no es desde este punto de vista individual desde donde la figura del. P. Valero adquiere su total resonancia. Individualmente todos habremos quemado ante su tumba el homenaje de nuestro dolor. Y este dolor, por su ausencia, será la mejor prueba de su presencia. Una presencia viva que supera la realidad del sentimiento y recuerdo individuales, para llegar a alcanzar la presencia infatigable dentro de la realidad estructural de la propia Congregación.
Y es aquí, en el marco mismo de la Congregación, donde la figura del P. Valero adquiere su completa extensión. No hace mucho que un pensador famoso hablaba de los hombres-cimiento. Estos hombres, sencillos, trabajadores, humildes, que día tras día, con perseverancia suprema, cumplen el deber de cada hora. Esos hombres representan en la sociedad el papel que los cimientos representan en las casas. Hoy hombres de tejado. Hombres que aguantan las grandes lluvias, las nieves, los duros hielos, pero también se ven con–meneados por el brillo y el resplandor en los días de sol. Estos hombres son necesarios en la sociedad y son también necesarios en la Congregación. Hombres que en cada minuto de su vida tienen una responsabilidad trascendental, como si su vivir fuera una sucesión de campeonatos. Son los hombres del día, los hombres de los que se habla, los hombres noticia. Hay, por el contrario, otros hombres ante quien un periodista sensacional se dejaría caer la pluma. Son esos hombres que encontraron en su vida un puesto de trabajo y permanecieron hincados en él, sin preocuparse de la vistosidad, pero incansablemente preocupados de su efectividad. Como los cimientos.
Este ha sido el caso del P. Manuel Valero. Por eso bien podemos calificarle, dentro de los límites de la Congregación, como un hombre-cimiento. Quizá no aparezcan en su vida grandes despliegues de vistosidad. Tampoco en los cimientos de un edificio interesa la ornamentación lujosa. Interesa- únicamente su función: básica y sostenedora. Ahí, en los cimientos de la Provincia de Madrid, ha estado el P. Valero durante cincuenta años, sereno, sin rendirse, sin exenciones de ninguna clase, sosteniendo este edificio que nace y empieza a crecer en nuestras Casas de formación. La cubierta de un edificio puede ablandarse por la sequía y el calor, puede resquebrajarse por hielo. No es una pérdida irreparable. Pero eso no se le puede permitir a un cimiento, ni podía permitírselo el P. Valero. Cada día, cada hora de su vida, él ha estado en contacto con la raíz y la tierra de la Congregación, en contacto con ese hacer del hombre, del misionero, del sacerdote. No se ha quejado de su puesto, no ha sacudido jamás el hombro de su responsabilidad. El Padre Valero ha tenido una vocación mística de hombre-cimiento.
P. VALERO, HOMBRE SERENO
Al asomarse al cristal que cubría su féretro, cualquier vivo podría sentirse impaciente ante la impresión de esa excesiva serenidad que brota de todos los cadáveres. También el cadáver del. P. Valero, con su absoluta serenidad, con su alarmante paciencia, con su aplastante seguridad, era algo que inquietaba ver desde nuestra vida arrolladora, desde nuestro agitado obrar. El cadáver del Padre Valero reflejaba esa serenidad, esa paciencia agotadora, esa condescendencia con el misterio, no como algo impuesto por ese último gesto de la vida que es la muerte. Esta serenidad, esa paciencia, esa condescendencia con el misterio, le venían a su cadáver de muy atrás. Le venían no de su muerte, sino de su vida. Los que le han conocido en su vivir y en su convivir, en su mandar y en su obedecer, en su enseñar y en su aprender, habrán sentido mucho antes del día siguiente a su muerte esa paz que en el ánimo de los que le trataron con un poco de intimidad, producía la seguridad de su fe, la paciencia de su obra, la serenidad de su hablar. A veces, confesémoslo, le hubiéramos querido más aventurado, más inseguro, incluso. Ahora, ante su cadáver, volvemos a leer otra vez y a experimentar ese desenlace natural de su vida serena, segura, paciente. Otra vez le quisiéramos al P. Valera más fogoso, más lanzado, o como diríamos en nuestro lenguaje de hombres vivos, más activo. Pero no, el P. Valero no llamará la atención tampoco después de su muerte. El misterio de su vida sólo lo comprenderán los que hayansaboreado el gusto y el amargor del silenciar y ser silenciados, el gusto y el amargor del mandar, del obedecer y del convivir por encima de las diferencias, el gusto y el amargor de la fe en su propia vocación. La espesura de su ciencia sólo la comprenderán los que hayan intentado asimilarla. La ilusión por el estudio sólo la captarán los que hayan participado en su gozo viéndole descubrir, a los sesenta y nueve años, significados de una lengua nueva para él.
Ha, muerto el P. Valero. Ha muerto como él quería: sin quehacer. «Siempre le pido a Dios la gracia de morir sin dar trabajo a mis compañeros.» No sería éste un sentimiento egoísta cuando Dios le ha escuchado. Murió sin dar quehacer. Murió sencillamente sin grandes frases. Hacía ya casi medio año que había dicho «Hoy me he confesado para morir.» «Entonces, ¿está usted tranquilo.» «Gozo de una paz que casi es la felicidad.» Todavía más paz, todavía más serenidad. Así se explica que en aquellos momentos en que el corazón le brincaba incontrolable, él ayudara a su respiración imposible con una sonrisa: «Esto se acaba. Esto se acaba.» Ahora estará en el cielo, cubierto de amplia risa y diciendo con un pequeño susto: «Esto empieza. Esto empieza.»
III.—EL P. VALERO, HOMBRE DE COMUNIDAD
Esos setenta años de vida que acaban de ser enterrados habían tejido sobre la vida del P. Valero un rostro tan sencillo, que huía a toda definición. De algunos de nuestros grandes misioneros ha dicho la gente que, por su grandeza y su personalidad, escapaban a los marcos de la Congregación de la Misión. Al P. Puget le han negado algunos el título de lazarista porque, decían, su carácter excepcional, su estilo de ser, desbordan por propio derecho los límites de la Comunidad. Cierto que la gente al hablar así cae en un tremendo defecto de perspectiva. Pero también es cierto, que al P. Valero no se le podían atribuir esas exenciones, y aun así conserva incólume su grandeza humana. Su carácter, su genio, su estilo de ser le involucraban, naturalmente, dentro de la. Comunidad. Esto no significa que él tuviera un estilo de ser gregario. Significa que era un hombre que hacía comunidad, un hombre en el que esa dualidad sacerdote y misionero había llegado a una perfecta unificación. Ese esfuerzo que muchos se ven obligados a hacer para insertarse en el engranaje de una comunidad, no había dejado en su modo de vida ninguna apariencia de haber existido. El ideal impuesto por la Congregación se había confundido tan exactamente con el ideal sicológico de su inclinación personal que no había dejado ninguna fuerza a la reserva ni extraviada. No cabe duda de que es este bloque perfectamente sólido v unificado entre el ideal natural de su sicología y el ideal impuesto para la Congregación, lo que hace que la vida del P. Valero sea tan seguida y nivelada, tan exenta de la más mínima excentricidad .
El P. Dodín nos habla de dos técnicas de pertenecer a la Congregación: Técnica de envejecimiento ,y técnica de rejuvenecimiento. La primera consiste en prolongar hasta nuestra vida, de una manera correcta y sensata, la vida de San Vicente de Paúl, haciéndole pronunciar, las palabras que encuadran dentro de su espíritu abriéndole camino en las obras que le caracterizan, aunque sean obras modernísimas. La segunda técnica de pertenencia a la Congregación consiste en alargar nuestra vida hasta la vida de San Vicente de Paúl, beber y vivir las purezas de las fuentes, concentrarse en las obras primitivamente vicencianas. ¿Cuál de estas dos técnicas predomina en la vida del P. Valero? Si la distancia que nos separa de él fuera mayor y nos permitiese una crítica de este trozo de historia vicenciana que cubren los cincuenta y cuatro años de su vocación, si tuviésemos cierto manejo del análisis histórico, podríamos certeramente colocar al P. alero en ese puesto que le pertenece dentro de a la tradición vicenciana. Ojalá alguien se encuentre ya trabajando en una verdadera biografía con fechas y todo. Estas líneas necesariamente han de ir impensadas, salidas del súbito dolor que su muerte nos ha causado.
Nos aventuramos a colocar al P. Manuel Valero en el centro de estas dos técnicas con una inclinación y preferencia hacia la segunda. En el centro, porque el P. Valero no fue extremista en ningún sentido. Y agarrarse exclusivamente a una de esas dos técnicas de pertenencia a la Congregación produce extremismos Con inclinación a la segunda, porque el P. Valero honraba la estabilidad y la continuidad, aunque nunca se cerrara a La amplitud de movimientos. No podemos hablar en su vida de esos clásicos achaques atribuidos a la vejez y que automáticamente delimitan el horizonte. Los últimos años de su vida ha sabido enlazar sin la más mínima estridencia con la generación más joven de la provincia. La mística del magistrado que le ha absorbido durante toda su vida, su responsabilidad, la tenacidad con que estaba poseído por la cátedra y que le ha durado hasta el último día, le han obligado a convivir y a compartir su tarea con jóvenes, sin que entre él y ellos hubiera lazos de generaciones intermedias. A pesar de esto, nadie que haya convivido con él estos últimos años podrá negar que era gran animador y admirador de los jóvenes y novísimos educadores. Con ellos repartía gozosamente su ciencia y sus métodos, y con ellos compartía las innovaciones.
Esta juventud conservada en sus setenta años es fruto exclusivo de hombres flexibles ante los demás y rígidos consigo mismo. SaintBeuve dice que la «vejez endurece algunos rasgos del carácter, corrompe otros, pero en ningún aspecto madura». De esta ley de vejez, ley de endurecimiento y (de corrupción, sólo se salvan quienes adquirieron madurez total antes de llegar a la ancianidad. Los rasgos que llevemos a la vejez sin madurar son los que no endurecerán el carácter cuando seamos viejos. He aquí el secreto del Padre Valero: Todo él llegó maduro a la vejez. ¿Cuántos hay que pudieran subrayar esta frase: «Al P. Valero siempre le he conocido igual, siempre le he conocido anciano.» Este dato fisiológico es un síntoma de su espíritu: maduró siendo tan joven que pudo entrar en la vejez temprano y sin resentimientos, es decir, pudo entrar en la vejez siendo joven. La madurez en él había sido tan natural y tan (completa que pudo llegar al otoño de su vida con tiempo sobrante, con acoplamiento perfecto, con la suficiente dulzura y luz como para esperar que la muerte arrancara los frutos sin que le desgajara ninguna rama. Se ha dicho: vio hay propiamente edad de la vejez.; se es viejo cuando se comienza a actuar como viejo. ¿Cómo actuaba el P. Valero? En el cementerio de Murguía ha quedado sembrado su cuerpo, pero en el Seminario de Murguía está la clase donde él enseñaba. Ahí están, sobre todo, sus últimos discípulos, los que le querían verdaderamente—qué fácil es decirlo—, los que le visitaban en su habitación los cinco únicos días de su enfermedad corno se visita a un amigo paternal. El cariño de esos jóvenes habla de juventud. En Murguía hay una decena de sacerdotes jóvenes a quienes la última ausencia del P. Valero les ha dejado un tremendo vacío moral. Este sentimiento, este desgarrón exigen en el P. Valero algo más de setenta años.
IV.—MÍSTICA DEL P. VALERO
En este conjunto de rasgos deshilvanados que estamos Ofreciendo sobre la figura del P. Valoro, permítasenos ofrecer uno más. El más importante. El más difícil. Por encima de sus rasgos sicológicos y morales, por encima de su mística de enseñar y de aprender, está su mística de ser santo. ¿Qué ideología espiritual, qué apoyos de vida interior han estado cimentando estos setenta años de entrega a un ideal y de consagración a Dios? Cuánto agradeceríamos que alguno de los Padres que tienen la perspicacia del espíritu nos ofreciera una radiografía espiritual y mística del P. Velero. De lo contrario tendremos que contentarnos con recubrir esta parte esencial de su vida con ese mismo velo con que él la cubrió.
Sólo una cosa podremos decir con absoluta seguridad, aunque será a fuerza de ser vulgares. Así como su vocación personal formó un bloque perfecto con la vocación funcional impuesta por la obediencia, también su apoyatura individual del espíritu estuvo confundida con las prácticas de piedad y la ideología vicenciana. Funcionalmente gastó todas sus energías en los Seminarios de la propia Congregación. Este ministerio, expresamente vicenciano, modeló también su espíritu de modo vicenciano. Apenas tuvo ocasión de ponerse en contacto con ese mundo ancho del apostolado misionero. Pero la asimilación de todo lo vicenciano le permitían educar apostólica y misioneramente. Forzosamente estas frases han de parecer inexpresivas. Y es que nada raro, nada que se saliese de los senderos vicencianos, aparecía en sus formas espirituales y de piedad. Ya hemos dicho que su propia sicología estaba formada a la medida de la vida de Comunidad. No podemos imaginarnos al P. Valero haciéndose su vida, ni intelectual, ni funcional, ni espiritualmente desligado de una Comunidad. Hay hombres cuya sicología es una permanente tentación a descentrarles del vivir comunitario. El modo de ser del P. Valero era una constante que le empujaba, hacia el ser y el estar de la Comunidad. Por eso su configuración espiritual, sus maneras de santidad eran efectos propios, casi diríamos «ex opere operato», de este cuasi sacramento, que es el caminar al ritmo lento, pesado y seguro de un grupo comunitario.
Ya tenemos al P. Valero centrado en una Comunidad, su puesto propio por exigencia de carácter. ¿Qué tipo de Comunidad elegirá? No debemos perder tiempo en buscar posibles soluciones a esta pregunta. Sicológicamente el P. Valero no era un hombre rebuscado. No era un hombre ni introvertido ‘ni extravertido. Supo conservar y .aumentar su mentalidad individual, poniéndola al servicio de su Mentalidad colectiva. » ¿Qué pecados puede tener usted, P. Valero?» Le consolábamos en aquellos momentos en que el corazón le daba campanadas de agonía. «Que yo recuerde—nos respondía—, me parece que no he dado grandes disgustos a ningún superior.» Es un detalle de su mística de instituto.
Pero esta mística tenía un barniz fundamental: la sencillez. La sencillez era otra necesidad que brotaba de su persona. No era un hombre de grandes ademanes. Sabía hacer historia de cualquier pequeño detalle de su vida, y lo hacía con agudeza, con golpes de interés, pero nunca daba la impresión de estar exagerando. Que nadie achaque esto a vulgaridad, sino a sencillez. Ese detalle de oro que a veces resulta inapreciable. La vida humana tiene muchas veces, incluso dentro de la Congregación, aspectos de reptil: exageraciones, boato, posturas, política de’ grupo, mentira. Todo contribuye a romper en nosotros ese equilibrio de la sencillez. Busquemos un hombre exento de todo eso y apostemos por él sin miedo. Al final de su ida nada admiraremos tanto en ese hombre. Por no ser hombre mentiroso, por no ser hombre de postura ni de política ni de boato, por no ser un hombre exagerado, por ser un hombre sincero y sencillo, por ser un hombre que tenía todas sus palabras y todos sus gestos al nivel del corazón, nosotros, ante el cadáver que contemplamos el día 27 de enero en una habitación de la Casa de Murguía, ya hemos apostado por un hombre: el P. Manuel Valero.
Y con este permiso de la sencillez ya no tenía el P. Valero ningún problema para elegir la clase de comunidad a la que debía consagrar la carga de trabajo y de responsabilidad que brotaba de su carácter. En su ministerio fué un Hijo de San Vicente por su perpetua tarea docente en los Seminarios; en su alma fué también vicenciano por la claridad de su persona y la sencillez de todas sus expresiones. La mística de su piedad, sostén de sus funciones y defensa de su propia sicología, tenía que ser también mística vicenciana. Esas cinco virtudes que personalizan nuestro ser religioso, y que el P. Dodin llama muy plácidamente la «economía particular» que ha de alimentar nuestra moral, nuestro gobierno y nuestras reflexiones, tuvieron en ci P. Valero un asilo seguro, callado, paciente. En sus obras y en su temperamento, el P. Valero no refleja el exhausto dinamismo de su Padre San Vicente de Paúl. Pero en sus obras y en su temperamento y en su vida de piedad refleja meridianamente esa parte contemplativo y mística de la piedad vicenciana.
Un estudio más detallado sobre este tema, a base de consultas a los que más íntimamente le conocieron, con lectura de los apuntes y conferencias que haya dejado escritos, nos daría resultados concretos y sin duda interesantes sobre su mística vicenciana.
Junto a San Vicente, junto al espíritu que brotaba de su trabajo diario, debemos señalar, sólo señalar, las fuentes espirituales de la Biblia. No era un titulado en Sagrada Escritura, pero tampoco podemos contentarnos con decir que era un simple aficionado. En cuanto a su extensión, su dominio de la. Sagrada Escritura, podemos calificarlo de extraordinario. En cuanto a la intensidad en su interpretación no sería un especialista de última hora, pero en sus características, en sus comentarios agudizaba y fundamentaba fielmente cualquier sentido real o acomodaticio. El conocimiento profundo de las lenguas latina y griega le asistían admirablemente en esta labor. Por eso solía decir: «El saber griego me salvó cuando me enviaron a Cuenca como profesor de Sagrada Escritura». La Sagrada Biblia, eje y base de todas sus conferencias en los largos años de superior, tuvo que ser también el fundamento y la pista por donde aumentaba su vida espiritual.
Es duro terminar esta parte de la mística espiritual del P. Valero habiendo dicho únicamente cosas generales. Repetimos, que acaso algunos de los Padres que más íntimamente le trataron y que poseen cierta discreción de espíritus, nos de rasgos vivos v concretos de su piedad, de su santidad.
V.—SOBREVIDA DEL P. VALERO
Una vez más nos viene al recuerdo el cadáver del P. Valero. Es casi justo que se nos haya clavado aquel ambiente de misterio y de serenidad que alumbraba su rostro a una distancia que parecía infinita. En medio de, todo esto se nos ocurrió pensar que el P. Valero había ‘pertenecido a una especie de hombres cada día más rara. Esa especie que parecen unilaterales, porque no poseen una evolución pomposa; pero que, sin embargo, poseen todas las riquezas humanas conseguidas no por su evolución, sino por involución.
Por evolución, las semillas llegan a flores y frutos, los niños a hombres y viejos, las nebulosas se concretizan en estrellas y planetas. Pero se da también un sentido inverso, la ley del retorno al origen. La historia se recapitula en sus orígenes, los planetas y estrellas se concentrarían en nebulosas. Estos dos caminos se dan también en nuestra vida espiritual. «Si no os hacéis como niños…» Y aquellas palabras de San Pablo que ante un cadáver tienen completo sentido: «Se siembra un cuerpo que estuvo informado por un alma y nace un cuerno que está animado por el Espíritu».
En el edificio de la vida, ministerial y espiritual del P. Valero tuvo más vigencia la ley de involución que la ley de evolución, aunque sea demasiado rebuscada esta idea para aplicársela al P. Valero que fué tan claro en sus conceptos y tan sencillo en sus expresiones. Su vida se reduce a la búsqueda del niño. Sus clases hasta morir, su ilusión por el discípulo le retratan como el profesor nato. Y hasta estos últimos años, sus discípulos veíamos manar de su persona el respeto de la ancianidad y la confianza de la niñez perfectamente conjugadas. La mala salud, la vejez prematura que le había asaltado le impidieron durante su vida los movimientos para nuevos y modernos caminos didácticos que acaso le hubieran hecho evolucionar en algún aspecto sus métodos. Él supo explotar los medios didácticos de que dispuso hasta convertir su clase en una ilusión para el alumno. Intelectualmente fué autodidacta, y en sus métodos de enseñanza se hizo también maestro de su propia clase. Hoy podían estudiarse sus métodos y hacerlos progresar. No admite, sin embargo, crítica el hecho de que a los setenta años, sus discípulos amaban su asignatura y la estudiaban con ilusión.
Si el P. Valero volviera a la tierra en busca de sí mismo, entraría, en una clase v se encontraría a sí mismo. Ahí es donde nosotros debemos también buscarle ahora que ha desaparecido. Toda la aureola que deja en el mundo, toda esta, sobrevenida que exhalan sus setenta años, nació en una clase, aunque hoy se extienda por todo el mundo. El P. Velero sobrevivirá otros setenta años en sus alumnos. Él se reirá de esta supervivencia, pero en el cielo conservará esa grata, alegría que mostraba ante el brillar de cualquiera de sus discípulos, en este ancho mapa de la Congregación.
El P. Valero se ha ido. Su espíritu de profesor, de compañero, de sacerdote, de hijo fiel de San Vicente de Paúl, quedo entre nosotros Ese espíritu que él sembró en la tierra, seguirá regándolo desde el cielo. Ha dejado sus libros, su aula, sus clásicos. No ha abandonado a sus discípulos.
El P. Valero sobrevive en los discípulos y debe sobrevivir también en los profesores. Esos hombres que viven perseguidos por la monotonía del texto y del encerado y el discípulo. A ellos el P Valero les enseña .a convertir la monotonía de sus clases en algo bello.
Les enseña a hacer de la repetición tiempo superado, no tiempo esterilizado. «La circunferencia es el símbolo de la bella, monotonía La oscilación pendular es el símbolo de la monotonía atroz.» La vida del P. Valero es monótona, pero con monotonía de circunferencia. Sus cursos repetidos año tras año, van curvando suavemente la línea de su vida hasta buscar el origen. Su primera clase como profesor la dio en Murguía, y a Murguía volvió a dar su última, clase, cerrando así esa bella monotonía de su circunferencia.
La desaparición del P. Valero pide a todos los profesores un homenaje. Pide que los profesores, desde su vida quieta, levanten la, voz y esculpan la figura del P. Valoro para las futuras generaciones.
Estas líneas, deshiladas bajo la impresión del vacío dejado por este hombre afectuoso que hemos perdido, no son más que un insignificante preámbulo a lo que otros puedan decir. Hemos perdido al P. Velero, pero el P. Valero no nos ha perdido a nosotros.







