Del respeto al dolor
El que va en busca de su hermano desvalido para consolarle no insultará seguramente su desgracia. ¿Para qué recomendarle el respeto al dolor? Porque todos hemos oído decir alguna vez y acaso hemos dicho: «Esa gente no siente corno nosotros. Los pobres no sienten.»
Comprendemos que los pobres, por su género de vida, sean menos susceptibles y que el hábito de sufrir endurece para los sufrimientos; pero si restamos de nuestra decantada sensibilidad la hipocresía, que los pobres no tienen, y las conveniencias sociales, que desdeñan y acatamos nosotros, no nos pareciera tanta la distancia entre su modo de ser y el nuestro. ¿Qué diferencia esencial hay entre el pobre que, después de perder a una persona querida. sin consultar más que su corazón, se va a la taberna. y el rico que consulta impaciente el calendario para ver el día en que podrá cambiar de traje o ir al teatro?
Pero tengamos que en general los pobres sienten mucho menos; admitámoslo como regla: ¿creemos que no tiene excepciones numerosas?
¿Cómo va Juan?
Medianamente, señora: con este tiempo no se puede trabajar. Algunos ratitos que no llueve hago algo en la huerta de D. N… y me dan la comida.
¿Y a dónde va usted con ella?
— La llevo a casa.
i Poca cosa será para todos!
— Poca; pero a lo menos así aprovecha; porque comer yo
solo, pensando que mi mujer y mis hijos no comen…
¿Qué es eso, pobre María? ¿Se han aumentado los
dolores?
— No, señora.
— Pues, ¿por qué está usted tan afligida?
Hay hace siete años que me despedí de la hija de mi alma, que murió en el hospital. Me parece que la estoy oyendo. «Adiós, madre mía, me decía, no nos volveremos a ver!» Y no nos vimos más. Llegó la hora, tuve que dejarla y murió sin que yo supiera cómo, ni oyera la última palabra que dijo…
¿Qué ha tenido usted, Antonia?
Me encuentra usted muy cambiada, ¿no es verdad?
¿Ha estado usted mala?
Sí señora.
¿Qué ha sido?
Una pena que fue parar morir de ella; pero los pobres no morimos de penas.
Los ricos tampoco. ¿Qué le ha sucedido a usted?
Mientras hallaba dónde recogerme, estaba en aquella casa que usted sabe, de gente poco buena. Se puso malo el niño, y se murió en pocas horas. No estaba empadronada; me dijeron que en aquella parroquia no le querían enterrar porque no pertenecía a ella; que los iba a comprometer; que no había médico que diese certificación de que el niño murió de enfermedad, porque ninguno le había asistido; que me acusarían de haberle matado… Le cogí, yo, su madre; le llevé muerto por las calles, por tantas calles como hay de allí a la Inclusa, y le dejé en el torno. Luego eché a correr horrorizada y después no sé lo que me pasó hasta que me vi enferma en el hospital……..
iLos pobres también sienten! Y cuando uno siente con delicadeza, con vehemencia, ¡es horrible ser pobre! ¡La falta de medios materiales y de consideración, que de torturas añade a la pena que Dios envía! Aquella pobre madre ve consumirse lentamente a su hijo. Le dicen que le lleve a tomar baños o variar de clima; no puede: que al menos cambie su habitación por otra menos lóbrega, y húmeda; no es posible tampoco: que le dé alimentos más nutritivos: no tiene medios. Al fin le ve caer y expirar. Al mismo tiempo sus hermanos lloran de hambre y es preciso atenderlos; luego, juego, rendida de cansancio y de dolor, duerme al lado del hijo, que no despertará; por la mañana se horroriza de su sueño, ve sacar el cadáver, sabe que le llevan a la fosa común, que nunca podrá arrodillarse junto a una cruz y decir llorando: «iAquí está mi hijo!»
Aun admitiendo por regla que los pobres sienten poco, en honor de la verdad, por cierto muy triste, hay que admitir que esta regla tiene numerosas excepciones. Si no tenemos pruebas, muchas y muy evidentes, de la dureza de un pobre, tratémosle en sus grandes penas como si fuera muy sensible; evitémosle esas escenas desgarradoras que destrozan el alma. Poco se ha perdido si nuestra solicitud no era necesaria: iY qué horrible sería siéndolo, faltase, y que añadiésemos al dolor inevitable otros que hubiéramos podido evitar! En todo, para no faltar nunca, es preciso sobrar muchas veces: sobremos, pues, de tal modo, que el vulgo pueda decir: «iQué necedad!», pero que el hombre caritativo no diga nunca: «iQué dureza!»
Concepción Arenal
Bilbao 2009







