Manual del Visitador del Pobre (XI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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De los niños

Aquel ser cuyo nombre maldecido aterra la comarca; aquel otro, blanco de la sangrienta curiosidad del vulgo, que camina hacia el patíbulo para expiar en él sus inauditos crí­menes, fueron dos niños inocentes. puros…. risueños, íba­mos a decir; risueños. no. porque la miseria y la dureza hela­ron en sus labios la risa infantil y en su alma el germen de las virtudes. Salvo raras excepciones. el hombre criminal fue un niño desdichado, a quien faltaron buenos ejemplos y cari­cias. Tengamos esto bien presente y, al ver un niño descalzo, desnudo, hambriento, a quien nadie corrige ni ama pense­mos que, abandonado a su mala suerte, podrá ser un hom­bre criminal. Es doloroso ver tantos niños pobres como se pervierten en las calles y en sus casas.

El niño tiene el germen de los malos instintos y de las elevadas virtudes; el secreto de la educación consiste en sofo­car los primeros, evitando las ocasiones de que se ejerciten y desarrollen, y en estimular las segundas. Todos nacemos con la facultad de amar y de aborrecer. Si nos rodean con una atmósfera de amor, sólo se desarrollarán los afectos benévo­los; los opuestos quedarán eternamente en embrión: ¿a quién hemos de aborrecer? Si, por el, contrario, no hallamos más que hostilidad en derredor nuestro, la facultad de abo­rrecer entra en una triste gimnasia, en que ella sola se ejerci­ta; la opuesta se debilita, como un miembro que no se usa; si desaparece, ¿a quién hemos de amar? Este es el caso de muchos niños que, no teniendo padres, o siendo éstos vicio­sos y pervertidos, no representan en la familia más que una pesada carga. Como la infancia exige tantos y tan incesantes cuidados, como necesita tantos sacrificios de parte de los que han de protegerla, Dios ha puesto el más poderoso y el más noble de los instintos para ampararla; pero este instinto se debilita muchas veces por la miseria y por el vicio.

Para comprender la conducta de ciertos jefes de familia, es preciso recordar que fueron tratados por sus padres lo mismo que tratan a sus hijos. No hay sólo la indigencia here­ditaria, hay también dureza y culpable abandono heredita­rios. ¡Triste herencia, recogida fatalmente de generación en generación, para desgracia de todas! Vemos, pues, a un hom­bre, a una mujer, que harán de sus hijos lo que sus padres hicieron de ellos: el mal es grave, y la caridad necesita de todos sus esfuerzos para aminorarle, unas veces a conse­cuencia del vicio, de la miseria otras, porque la miseria debi­lita el cuerpo y deprava el alma. Ese niño tiene hambre, tiene frío, su vida moral parece que no existe; está dominado por dos ideas fijas: comer y calentarse. Su madre tiene frío y hambre; se ha acostumbrado a oírle llorar a él y a sus her­manos: miró su nacimiento como una desgracia, mira su existencia como un peso; es indiferente a sus gracias, dura con sus faltas, le dan pan cuando lo tiene, pero no le da cari­cias. ¡Qué va a ser de ese pobre niño, que no oyó nunca de la boca de su madre!: «iBendito Seas!» Será el hombre que hallamos perverso, duro, y cuyos hijos debe amparar el visi­tador del pobre.

Según los grados del mal debe variar la clase del reme­dio. Hay familias tan pervertidas, que no queda otro recurso sino apartarlas de sus hijos, a lo cual no se oponen. Si son muy pequeños, la dificultad es grande, porque ni pueden colocarse en aprendizaje, o donde presten algún servicio por el que ganen la comida, ni será fácil que los reciban en los establecimientos de beneficencia. donde se atiende a los huérfanos que dejan la miseria o la muerte. más bien que a los que deja el vicio. Si no nos fuere dado separar al niño de su viciosa familia. amparémosle allí cuanto nos sea posible, protejámosle contra la brutalidad de sus padres. inspirémos­le odio a sus vicios. que él tendrá propensión a mirar como odiosos, procurando salvar el amor y el respeto que debe a los autores de sus días. Si, por ejemplo, ve venir a su padre embriagado, digámosle: «Hijo mío, tu pobre padre es bien infeliz: gasta su caudal para comprar el desprecio y acaso el odio de los que le miran y además pierde su salud y su tran­quilidad, y todos estos males le vienen de haber presenciado desde que era pequeñito como tú malos ejemplos, y no haber tenido, como tú tienes, una persona que le amparase contra ellos. Aunque extraviado, es siempre tu padre, le debes la vida; y dejando a Dios el derecho de juzgarle, tú no tienes más que el de apartarte del camino que sigue, cuando sea malo. Compadécele porque no tuvo, como tú, una mano que le sostuviese; prepárate para darle el buen ejemplo que no ha podido darte: ¿quién sabe si a la vista de tus virtudes frenará sus vicios? Quién sabe si algún día, extendiendo hacia ti sus débiles manos, te dirá con lágrimas: «iBendito seas, hijo mío: te debo la tranquilidad de los años que me restan y si el Señor me perdona, te deberé la salvación de mi alma!» Ahora compadezcámosle y roguemos a Dios para que se apiade de su miseria: ruégale tú, a quien escuchará mejor, porque eres inocente y porque eres su hijo.»

Procuremos siempre salvar la dignidad de los superio­res, no reprendiéndolos nunca delante de sus inferiores, y alejemos al niño antes de echar en cara a los padres su dure­za o su descuido, faltas en que suelen incurrir con frecuen­cia. La buena educación exige una vigilancia continua, fre­cuentes represiones y prohibiciones, que evitan los grandes castigos evitando las grandes faltas. Los pobres suelen hacer todo lo contrario: dejan a sus hijos en el mayor abandono durante la semana o el mes, que hagan lo que quieran, y, como es imposible que dejen de hacer algo malo, llega una hora, o un día, en que los castigan, maltratándolos con la mayor dureza: pasada aquella explosión, el niño vuelve a tener libertad de hacer lo que le parece y vuelve a hacer mal. Esforcémonos para evitar estas alternativas, que depravan enteramente al niño, por la libertad de que abusa, por la crueldad que le endurece y por la injusticia que le pervierte.

Procuremos que el niño vaya a la escuela, aunque sea muy pequeño, menos por lo que puede aprender allí, que para evitar lo que aprendería en su casa y en la calle. El pri­mer día vayamos nosotros mismos a llevarle; el niño, que va con temor, se animará, nos lo agradecerá mucho, y el maes­tro le tratará con más consideración. Volvamos con frecuen­cia a informarnos de nuestro protegido: si su conducta es buena, elogiémosle en presencia de todos; si no, esperemos a estar solos con él para reprenderle, enseñándole alguna chuchería, que tenemos el disgusto de no poderle dar, por­que no la merece. Hagamos lo posible porque el niño vaya decentemente vestido; si no, se burlarán de él sus compañe­ros, y los niños son extraordinariamente sensibles al ridícu­lo, hasta el punto de arrostrar algunos la cólera de sus padres, antes que ir a la escuela en que les ponen motes. Como el niño pobre no tiene la culpa de serlo, la burla que se refiere a su traje es de las más injustas, y esto bastaría tal vez para depra­varle, porque no hay cosa que más pervierta que la injusticia.

Importa, pues, mucho que nuestro niño vaya vestido con decencia y, como hay que contar poco con el esmero de su madre para cuidarle la ropa, convendrá interesar su amor propio para que él no la destruya mucho. Si tal vez nos pare­ce que hay riesgo de hacerle vano, este extremo será menos temible que el opuesto.

Los días festivos son un terrible escollo para el pobre, de cualquier edad que sea: la ociosidad es en sus manos un arma de cien bocas, que se dispara en todas direcciones, sin que él sepa cómo. El día en que no hay escuela, el niño pobre tiene el mal ejemplo de su casa y de la calle, el riesgo de que le coja el coche que pasa, de caerse del alto corredor en que brinca, o al pozo que nadie tapa. Como no hay quien le vigile, sus travesuras van graduándose hasta convertirse muchas veces en verdaderas maldades, que sus compañeros aplauden, que los vecinos denuncian y que sus padres castigan con dureza: el día de fiesta suele acabar para él tristemente, y cuando menos es una mala lección. Reuniéndose algunas personas caritativas, sería muy fácil alternar en la custodia que necesi­tan los niños pobres los días festivos. ¿Veis esas criaturas que hacen ese ruido infernal, que se entretienen en manchar los vestidos de los que pasan, que fuman, que blasfeman maqui­nalmente, que juegan a la baraja, que se combinan para adquirir por cualquier medio algún dinero con que dar pábulo a sus nacientes vicios? ¿Queréis verlos transforma­dos? Sacadlos al campo. Veréis qué felices y qué buenos son, jugando con agua, con tierra, y respirando aire puro en un sitio bañado por el sol. Veréis cómo hacen casas, y reúnen plantas y flores, y buscan insectos, e inventan mil juegos, en que ejercitan su cuerpo sin depravar su alma. Su felicidad será mayor si para amenizar sus juegos les compráis algunos objetos con que puedan variarlos, y no tendrá límites, si añadís un poco de pan y queso. Veréis con qué impaciencia esperan la hora en que vais por ellos y cómo os aman; y cuando al ponerse el sol les hagáis notar la belleza de las nubes que le reflejan y la melancólica magnificencia de ese espectáculo, que diciéndonos: ¡tienes un día menos!», pare­ce preguntarnos: ¿qué empleo has hecho de él?», veréis cómo están dispuestos a rezar con vosotros la oración de la tarde y a volver a sus casas mejores V más dichosos que salie­ron de ellas.

Para sostener los sentimientos religiosos de nuestro niño, no sólo habremos de suplir el vacío que sus padres dejan, sino neutralizar el efecto de sus malos ejemplos. No basta llevarle a misa; hay que decirle que su padre no va y blasfema, porque no sabe lo que dice ni lo que hace; que de la ignorancia y de la corrupción resulta una terrible enfer­medad del alma, que se llama impiedad: el niño tiene pro­pensión a creer esto, porque se lo dice una persona que es mejor y sabe más que su padre. Roguemos a éste que no nos contraríe en la educación religiosa de su hijo. Podemos decirle que, aun suponiendo que fuesen patrañas lo que le enseñamos, ¿a qué conducen? A que su hijo le ame y le res­pete hasta donde es posible, a que sea sobrio, trabajador y paciente; cosas todas que le convienen mucho, por lo cual es de esperar que no se oponga a nuestra obra, al menos en la mayor parte de los casos.

Debemos ver con toda la frecuencia posible a nuestro niño, ya en su casa, ya en la escuela, o en el establecimiento benéfico, o en casa del maestro donde le hayamos puesto en aprendizaje. Que ni a él ni a los que le rodean les ocurra la idea de que está solo en el mundo, sino que, por el contra­rio, sepan que hay una persona que vigila y se interesa efi­cazmente en su suerte. El trato frecuente nos pondrá tamién en estado de estudiar su aptitud e inclinaciones, estudio indispensable para guiarle. La eficacia de un castigo o de un estímulo varía según el carácter del niño a quien se dirige. y la vocación que no se ve o no se respeta le hace desgraciado y le pervierte.

A veces decimos: «Este niño tiene inclinación a tal cosa»; o bien: «No manifiesta inclinarse a nada», y en los dos casos nos engañamos. Es fácil equivocar la aptitud con el ins­tinto de imitación, que hace el niño educable y le impele a repetir los actos que presencia muchas veces; es fácil tam­bién que la aptitud de un niño no se haya manifestado, por­que en el limitado círculo que vive no vio el objeto que debía despertarla. Observemos bien al nuestro para no hacerle seguir un camino diferente del que le trazó la naturaleza: su felicidad y su virtud se interesan en ello igualmente.

Pero lo que debemos procurar con más cuidado es ins­pirarle cariño. Que sus disposiciones benévolas no queden en eterno letargo por falta de acción; que sienta, que agra­dezca, que ame; y este amor será el hilo que le conducirá fuera del laberinto de vicios en que le colocó su mala suerte. Hay niños que, incorregibles para sus padres que los maltra­tan, se corrigen por amor y respeto hacia una persona que reconocen muy superior a ellos y que los trata con cariño. El niño que se ve abandonado de todos está dispuesto a hacer mucho por la única persona a quien ama y de quien es amado.

Hay pobres, y son los más, que no descuidan la educa­ción de sus hijos deliberadamente, sino por ignorancia, por desidia y porque las circunstancias hacen muy difícil que los atiendan más que en la parte material, y aun esto con traba­jo. En este caso, cuando existe el lazo del cariño, es más fácil la tarea del visitador del pobre. Traza un plan de educación acomodado a las circunstancias y basado siempre en amparar al niño sin abrumarle, en apartarle de la calle y malos ejem­plos, en estimular sus sentimientos benévolos y generosos, y en conducirle más bien con la esperanza del premio que por el temor del castigo; exhorta, aconseja, enseña, apoya, auxilia y saca siempre algún fruto.

Para no desesperar, para no calificar de indignos de nuestra protección al niño que no se corrige y al padre que no pone en práctica los medios de corregirle, debemos tener muy en cuenta sus malas circunstancias y hasta qué punto la miseria endurece, exaspera, debilita y hace poco menos que imposibles la dulzura, la constancia y la fuerza que la educación necesita. «¿Cómo castiga usted tan cruel­mente a esa pobre niña?», decía una señora a cierta mujer del pueblo que maltrataba a su hija. «iEstá una tan desespe­rada!», le contestó. «iVaya una razón!», diremos, i0h, sí una terrible razón! iEs tan difícil que sea bueno, que sea justo, el que está desesperado!

Concepción Arenal

Bilbao 2009

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