De la habitación del pobre y de su vestido
Sin necesidad de dinero podemos hacer mucho bien al pobre, aun materialmente. La miseria produce, entre otros Males, una apatía, que parece preferir los dolores al trabajo de buscarles remedio, y un abandono que la caracteriza siempre y en todas partes.
Nicholls, al hablar de la miseria en Irlanda, dice que, viendo la entrada de las pobres chozas obstruidas por el estiércol y toda clase de inmundicias, preguntaba a los colonos cómo no la limpiaban, y ellos le respondían: ¡Somos tan pobres! A primera vista, la respuesta parece absurda: para barrer un poco no se necesita ser rico, pero este ¡somos tan pobres!, bien meditado, tiene su raíz profunda en el corazón humano y explica y disculpa gran número de hechos que nuestra ligereza condena. Porque son tan pobres, se hacen sucios; porque son tan pobres, se cansan de luchar contra la fortuna, que los ha vencido tantas veces; porque son tan pobres, no sienten las molestias, atormentados por los dolores; porque son tan pobres, se degradan y caen en una apatía que no es filósofo estoicismo ni cristiana resignación, sino brutal indolencia.
Preparémonos, pues, a trabajar, muchas veces sin fruto, contra el descuido del pobre, pensando que Dios recompensará nuestro buen deseo y que a los ojos de la caridad no es nunca pequeño el bien que se hace, ni el mal que se evita.
Procuremos mejorar las condiciones higiénicas de la habitación del pobre, cuidando mucho de hacerlo de modo que él no sospeche nunca que es nuestra comodidad, y no su bien, el móvil de semejante conducta. Si el aire está viciado, cosa muy común, podemos abrir la ventana, con un pretexto cualquiera, notando la buena vista que allí se disfruta para observar un objeto que hay enfrente, etc., etc.; y luego, como por descuido, la dejaremos abierta. Podrá ser que el pobre note una grata impresión con el aire renovado y entonces ya no hay más que hacer; pero podrá ser que no, porque la miseria embota hasta el instinto de conservación. Entonces, ya en pie para marcharnos, debemos explicarle, del mejor modo que podamos, que el aire, respirándole, se vicia, se hace infecto, y, si no se renueva, basta por sí solo para producir a la larga enfermedades y agravar desde luego cualquiera que se padezca: después le pedimos permiso para abrir un poco, y nos vamos, a fin de que nunca imagine que lo hemos hecho por comodidad nuestra.
Otras veces, por el contrario, hay que evitar la entrada del viento, que penetra por todas partes. Se tapan con papeles, llevados al efecto, las rendijas; se pide un poco de yeso en la obra más inmediata para cubrir unos agujeros; se pone un bramante en cruz para que sostenga el papel de una ventanilla, en donde el viento le rompía siempre; se unen algunos pedazos de estera vieja o alfombra para cubrir el frío ladrillo, etc., etc. El pobre, que nada de esto remediaba, apenas ve que ponemos manos a la obra, es otro hombre. iCon qué actividad nos ayuda! iCon qué solicitud procura que no nos manchemos, que no hagamos esfuerzos que puedan perjudicarnos! iInfeliz! iLo que no hacía por sí, lo hace por nosotros! iParece que no ama sino porque le amamos!
Muchas veces, la cama de un enfermo que debe sudar y está sudando se halla colocada en el sitio más expuesto al viento, o donde se percibe más ruido, que molesta al que sufre un fuerte dolor de cabeza, etc. Ni el paciente ni los que le rodean lo echan de ver; notémoslo nosotros, y pongámosle remedio hasta donde sea posible.
Hay pobres, a quienes por su temperamento, perjudica más habitar en parajes lóbregos y húmedos; debemos hacer todo cuanto esté en nuestra mano para que cambien de habitación, porque hay familias que se envenenan paulatinamente con el aire que respiran y que con un pequeño auxilio podrían hallar otra vivienda que no les fuese fatal.
El aseo de la casa también nos dará que hacer: sin embargo, por regla general, nuestra visita, hecha cuando no se espera, basta para que las cosas vayan un poco más en orden. Pocas serán las familias que no traten de asear algo su habitación, para recibirnos en ella. Las hay, no obstante, y con ellas es preciso recurrir a remedios supremos. La violencia y la cólera nada consiguen, la amenaza de retirar el socorro debe economizarse mucho, dejándola para casos más graves: los medios supremos no son medios violentos, en confirmación de lo cual citaremos un hecho.
Había una familia pobre, sumamente descuidada, y una señora que la visitaba se valió inútilmente de mil medios para que barriese la habitación. Un día entró con una escoba y se puso a barrer. Los pobres quisieron impedirlo: fue inexorable; se acusaron, los disculpó; le representaron lo vil de la ocupación. «¿Para qué lavó Jesucristo los pies a sus discípulos, les dijo, sino para enseñarnos a prestar servicios humildes a los que son menos que nosotros?» Concluida su faena, añadió: «Me llevaré la escoba para otra vez». «No, señora, no», dijeron a un tiempo la mujer y el marido, conmovidos visiblemente; y desde, entonces no hubo en el barrio casa más barrida que la suya.
Si de la habitación del pobre pasamos a su vestido, serán aún más graves las dificultades que se nos presentan.
La mujer pobre que tiene cuatro o seis hijos, es imposible que los traiga decentes y, en la imposibilidad de hacer todo lo que convendría, concluye por no hacer nada. Así el pobre adquiere desde niño el hábito de vivir en la desnudez y la inmundicia, que ni aun puede notar, aquejado por el hambre y el frío. Así, sucede con frecuencia que vestimos a una familia necesitada y al poco tiempo la hallamos cubierta de harapos. La ropa interior no se lava, la exterior no se quita para dormir, ni se cose un rasgón, ni se echa una pieza. Es verdaderamente para desalentar.
Pero la caridad nunca se cansa y todo lo sobrelleva. Exhortemos un día y otro, y siempre sin irritamos, pensando que en aquel abandono hay más desgracia que culpa. Busquemos en la familia el individuo que sea menos descuidado y, con amonestaciones, ruegos y ofertas, veamos de corregirle: si le hacemos dar el primer paso, casi todo está hecho, porque se complacerá en verse más limpio, en que le distingamos, dándole la preferencia, y en ver que le consideran más en todas partes, porque sabido es cuánto influye el traje para todo. Al mismo tiempo que estímulos al que procura enmendarse, procuremos que el incorregible reciba humillaciones, sin que sospeche que hemos contribuido a ellas, y aunque nos parezca duro, consistamos en que sufra los rigores de la estación, ya que no cuida el traje que podría ponerle a cubierto de ellos, y digámosle con pesar: «Amigo mío, me duele en el alma ver a usted en este estado; pero como darle un vestido es tirarlo y hay tantos que lo necesitan, no puedo en conciencia hacerlo.» Lo suave del lenguaje y lo duro del castigo tal vez logren corregirle.
En el desorden y abandono del traje, la falta está principalmente en las mujeres, y a ellas hay que dirigirse, apelando a sus afectos benévolos, a su amor propio, a su instinto de abnegación. Una prenda que no cuidaría por su comodidad, tal vez la cuide porque se la hemos llevado el día de su santo o el del nuestro, encargándole que la conserve como una memoria. Acaso se anime a coser si le regalamos una linda cajita que contenga hilos, dedal y agujas. Puede que la mueva la gratitud o el deseo de agradarnos y que haga por nosotros lo que no haría por ella misma. Encarezcamos la belleza de sus hijos, que resaltaría sólo con lavarles la cara y un día, con aire de broma, saquemos del bolsillo un pedazo de jabón y hagamos que se laven los niños. El que lo haga sin llorar recibirá en premio algún regalillo y la oferta de algún otro siempre que le hallemos con las manos y la cara limpia. Tal vez baste esto para que todos se laven y la pobre madre se anime. Alentémosla de modo que comprenda que sabemos toda la dificultad y todo el valor que tienen sus esfuerzos, haciéndole ver cuán meritorios serán para con Dios y para con el mundo, porque las personas caritativas que entran en casa del pobre, dicen como un gran elogio: iLa tiene tan limpia!
Este cuidado material del pobre puede tener consecuencias que no sean materiales.
El hombre físico y el moral están unidos de tal manera que, modificado el uno, rara vez deja de modificarse el otro. La postración del ánimo le hace ser descuidado con su persona y el aseo levanta su espíritu. Si al que yace en la miseria le vistiéramos decentemente, dándole una buena habitación, veríamos que sus pensamientos se elevaban, que sus inclinaciones eran menos bajas. Por eso al corregir al pobre por su descuido, no le hacemos sólo un servicio material, sino que le ponemos en camino de ser mejor, y con la higiene de su cuerpo le preparamos la salud del alma.
Concepción Arenal
Bilbao 2009







