Manual del Visitador del Pobre (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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De las cualidades que debe tener el visitador del pobre

Las cualidades necesarias para visitar con fruto al pobre se resumen todas en esta dulcísima palabra: la caridad; pero la caridad como la define San Pablo, la que nos se ensoberbe­ce, no es ambiciosa, no es envidiosa, no busca sus provechos, no se mueve a ira, no piensa mal, no se goza en la iniquidad, sino en la verdad; la que es paciente y benigna, la que todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta: la caridad que nunca fenece.

He aquí el divino ideal de la caridad, que han realizado los grandes santos, el modelo de perfección que debemos tener siempre a la vista, para acercarnos a él cuanto posible nos sea.

Hay pobres de quienes tenemos mucho que aprender, que nos dan el ejemplo de las más difíciles virtudes’; otros necesitan lecciones, necesitan auxilio, para no perder el buen camino, o socorro para volver a él. Veamos de qué medios hemos de valernos para ganar su corazón.

Dulzura.- El visitador del pobre ha de tener una inagota­ble dulzura; su misión es toda de paz y de amor; la violencia no le conducirá nunca a resultados ventajosos. Podrá intimidar a los que pretende corregir, podrá obligarles a que tengan la apa­riencia de las virtudes, impulsados por una mira interesada; pero la enmienda verdadera sólo se consigue por medio de la persuasión. Para que el pobre nos crea, es preciso que se per­suada que le amamos, es preciso que nos ame: él, más que otro alguno, atiende más que a las razones, al que las dice.

Nuestro grande argumento, el que debe servir de base a todas nuestras exhortaciones, es el convencimiento íntimo que tenga el pobre de que todo lo que le decimos es anima­do del vehemente deseo de su bien espiritual y temporal: todo está perdido si ve nuestro amor propio a nuestras pasio­nes a través de nuestra débil caridad. Aunque tengamos que ser severos con el pobre, porque así lo exija la justicia, la dureza que pueda haber en el fondo de nuestra resolución no debe llegar nunca a la forma. Debemos mostrarnos como los afligidos ejecutores de una orden severa impuesta por la necesidad, y tener muy presente que el castigo pierde toda su eficacia si se ve que la pasión anima al que le impone. El pobre, a quien por incorregible retiramos nuestra limosna, o la de la sociedad a que pertenecemos, es todavía un herma­no nuestro, un hijo del Dios que murió por él como por nosotros, y no debemos desesperar nunca de corregirle. Hagámosle comprender que, aunque no podamos darle socorro material, estarán siempre con él nuestra buena voluntad, nuestro deseo de verle mejor y más dichoso. ¿Quién sabe si el melancólico recuerdo de este amigo desin­teresado que con pena se apartó de él, porque él lo quiso, quedará en su alma como una preciosa semilla, que cual­quiera circunstancia puede hacer germinar? ¿Quién sabe si el último día que nos ve es el primero que empieza a com­prender lo que para él fuimos; si aprecia nuestro amor por el vacío que le deja; si este adiós hasta la eternidad le hace pen­sar en ella y estremecerse? Pero, aunque dejemos a un pobre, no le abandonemos por eso: sin que parezca que le busca­mos, procuremos encontrarle alguna vez; y si cualquier terrible desgracia le aqueja. que nos vea a su lado. El hom­bre, sublime por sus aspiraciones y despreciable por sus ins­tintos, es tal, que ni confiar ni desconfiar de él se debe nunca absolutamente.

Firmeza. — La dulzura con el pobre debe ir acompañada de una razonable severidad; y esto aun para conservar el prestigio que debemos tener con él y sin el cual no le podremos corre­gir. La debilidad de carácter mueve a desprecio y es escarneci­da por los mismos que la explotan. ¿Cuáles son los hijos inso­lentes y poco cariñosos? Los hijos mimados. Cuando sea necesario, debemos doblar, romper si es preciso, la voluntad del pobre, no con la nuestra, sino con la de Dios, que haremos prevalecer con cristiana firmeza. No somos dueños, sino administradores de los bienes de todas clases que distribuimos a los pobres, y debemos llevarlos allí donde la necesidad y el mérito sean mayores. Pensemos que lo que se da indebida­mente a uno se quita al que lo merecía; que la arbitrariedad en la distribución de las limosnas es un poderoso argumento contra las asociaciones caritativas y un motivo que retrae de entrar en ellas a personas virtuosas, cuyo auxilio podría ser muy eficaz. Esta arbitrariedad sirve también de pretexto: guar­démonos bien de dar al egoísmo medios de disfrazarse.

Exactitud.— La exactitud en llevar los socorros, ¡es una cosa tan obvia, tan esencial! Es tan fácil cumplir este deber y tan horrible olvidarle, que apenas se concibe que sea preciso hablar sobre esto a ninguna persona que voluntariamente se presenta para visitar al pobre. Hay una familia sumida en la miseria; la pobre madre no puede dar más que lágrimas a los extenuados hijos, que le piden pan, ni responder a sus ayes sino con los violentos latidos de su corazón. Se acusa la lenti­tud de las primeras horas de la mañana en que se espera el socorro, luego más tarde se abre la ventana, se mira, se escucha, se espía el menor ruido, se oye lo que suena…, llega la noche, la puerta se cierra, ya no hay esperanza. El que debía llevar el consuelo a la desolada familia se ha ido a sus negocios, a sus placeres, ¡y el socorro guardado en su cartera nada dice a su corazón ni a su conciencia! Aquellos bonos son el pan del pobre, son su legítima propiedad. Faltamos a la confianza que deposita en nosotros el que nos confió la santa misión de lle­var consuelo al desdichado; cada hora, cada minuto que retar­damos voluntariamente este consuelo, cometemos una especie de fraude, que tiene algo de sacrílego. ¿Quién será responsable de la desesperación de aquella familia, que aguardó en vano todo el día el socorro que debíamos llevarle; de la blasfemia que formulan aquellos labios, del crimen que medita aquel corazón y tal vez consuma?… Nada nos dirán los tribunales de los hombres, ¡pero compareceremos un día ante Dios!

El visitador del pobre no cumple su santa misión con mandar los bonos o cualquier otra clase de socorro, con dejárselos a una vecina del necesitado a quien iba a visitar, o echarlos por debajo de su puerta: no son el principal bien que llevamos al pobre, sino, por el contrario, son en general el menor bien de los que podemos hacerle.

La exactitud en llevar los socorros materiales es tan fácil y faltar a ella es tan repugnante, que apenas parece necesario recomendarla; pero hay otra que, sin importar menos, corre más riesgo de ser olvidada, y lo es, en efecto, muchas veces. Si nos aproximamos un poco a ser lo que debemos, muy pronto lo somos todo para el pobre: nos confía sus secretos, nos expone sus dudas, nos pide apoyo en sus tribulaciones y consejo en sus perplejidades. «No tengo en el mundo más que a Dios Nuestro Señor y a usted, nos dice; usted es mi madre y mi padre»; y nos convierte en agente de todos sus negocios. El memorial para que un hijo enfermo sea llevado gratis a tomar baños, otro pidiendo tal o cual socorro, la pre­tensión para que una niña entre en un asilo de la caridad, diligencias para buscar ocupación al que carece de ella, para reclamar un derecho, para defenderse de una inculpación calumniosa, para buscar un documento, sin el cual no se puede legitimar una unión ilícita, etcétera, etc., todo se enco­mienda a nuestro celo con una fe que nos obliga. Aunque no fuéramos exactos por amor de Dios y del prójimo, parece que debemos serlo por delicadeza. ¡Es tan indigno burlar la confianza que en nosotros se depositó!

Si alguna vez nos olvidamos de cumplir exactamente los encargos del pobre, disimulemos la verdad sin pronunciar nunca la palabra olvido: ¡es tan dura de oír para el desdichado! ¡Olvidarse de lo que a él le preocupa todos los momentos; olvi­darse de lo que le mortifica tanto a su hijo, de lo que podría ali­viarle!… Excusémonos de un modo cualquiera y procuremos reparar nuestra falta: confesársela es causar al pobre una gran pena, producirle un cruel desengaño; es dirigir un terrible golpe a nuestro prestigio, fundado todo en la gratitud y el amor.

A veces decimos: El pobre abusa, tiene exigencias impertinentes, verdaderos caprichos de niño mimado. Dios bendiga desde el cielo, y los hombres respeten e imiten sobre la tierra, al visitador cuyos pobres tengan estas exigencias y estos caprichos; ellos quieren decir: es tan bueno, que la desgra­cia constituye para él un derecho sin límites. iBienaventurado el fuerte, de quien abusa el débil que padece!

Circunspección. — El visitador del pobre no sólo debe ser bueno, debe parecer perfecto. Delante de los pobres, como delante de los niños, debemos medir nuestras palabras y hasta nuestros gestos, estar verdaderamente en escena y como si representásemos un papel de mucha importancia, en que nada es indiferente. Nunca debemos decir nuestra opinión sobre nada, hasta conocer perfectamente la del pobre que visitamos, ni tributar grandes elogios a las virtudes que tal vez finge; ni escandalizarnos altamente de los vicios que osten­ta; las acciones, nuestro poderoso argumento para convencer, han de serlo también para ser convencidos, y la reserva un poderoso auxiliar, porque el pobre no es reservado. Pero esta reserva debe estar suavizada por la caridad, para que no parez­ca suspicacia, y haga poner en guardia al que queremos cono­cer; la circunspección no es la seriedad ni el silencio. Midamos, pues, nuestras palabras de modo que no haya ninguna impru­dente y, si es posible, ninguna vaca.

Cuando tratemos con personas de diferente sexo, seamos precavidos hasta la nimiedad, ya porque sería insensata arro­gancia creer superfluas las precauciones, que los más grandes santos juzgaron necesarias, ya porque las apariencias no pue­dan condenarnos nunca. Las apariencias, que son edificación o escándalo, importan mucho a todos, pero muy particularmen­te a los individuos de una asociación caritativa. La falta de un particular a él sólo perjudica; la del que pertenece a un cuerpo colectivo recae sobre la corporación y Dios sabe el daño que puede hacer, ya por los extraviados que impide corregir, ya por los virtuosos que retrae. Además, el mundo, muy tolerante con los que le siguen, es severo en demasía con los que quieren corregirle y aun consolarle. Todas sus franquicias y privilegios llevan esta condición: No serás mejor ni más grande que yo. El que no la llena, puede prepararse, según los casos, a renunciar al fuero o a quedar fuera de la ley.

Semejante conducta parece una injusticia incomprensible, muy propia para irritar a los que de ella son víctimas; y no obstante, nada les sucede que no sea muy natural, hasta cierto punto justo, y esto principalmente por tres razones.

Primera. El mundo es absoluto en sus fallos y poco perspicaz en sus observaciones. No admite más que tres tipos. Los que le siguen, a los cuales. aunque no lo diga, tiene por muy medianos; los que se apartan de él hacia el mal, que son muy malos, los que caminan por la senda del bien, que deben ser muy buenos: tiene una extraordinaria predilección por el superlativo: de ahí el que no deteste la maldad ni res­pete la bondad, sino cuando pasa ciertos límites.

Segunda. El mundo acaba por respetar lo que juzga res­petable, pero regatea cuanto puede este respeto, y esto por­que nuestro amor propio, el de todos, se rinde lo más tarde que puede a tributar esta especie de homenaje, que quiere decir: Vale más que yo.

Tercera. Los que se apartan del mundo para hacerle bien, vales más que él. Dios ha fortificado su voluntad, o ilu­minado su entendimiento, con una fuerza y con una luz que no da al vulgo de las criaturas. Son elegidos. El señor ha de pedir cuenta a cada uno según lo que le dio: ¿por qué extra­ñar que el mundo pida mucho a los que por instinto com­prende que han recibido más?

Sean, pues, tolerantes los mejores, que el mundo quie­re impecables, y, considerando que las exageradas exigencias de los pobres están disculpadas por la miserable naturaleza humana, y, apoyadas en parte por la razón, lejos de irritarse, procuren llegar al elevado blanco que se les fija. Las mismas ofensas son verdaderos homenajes: de nadie se exige mucho sin confesar tácitamente que se tiene de él una alta idea.

Celo.— Nada hay en el celo que parezca obligatorio; en muchos casos puede tener apariencia de un lujo de compasión y, no obstante, es indispensable en el visitador del pobre. Colocado muchas veces entre la inercia del que necesita y la indiferencia del que puede dar, se ve precisado a importunar aquí, a rogar allá, a reprender en otra parte; a luchar con los errores, con las pasiones, con el egoísmo; a olvidar tantos des­engaños sufridos; a imponer silencio al amor propio; a ser, según las circunstancias, dulce, severo, insinuante, flexible, patético, jovial y grave; a inventar mil ingeniosos medios de llegar al santo objeto que se propone. Por ventura, ¿podrá hacer todas estas cosas sin ese entusiasmo del bien, sin esa imaginación de la virtud, sin ese fanatismo de la caridad, que se llama celo? Seguramente que no. Si el celo nos falta, habrá en los movimientos de la caridad cierta exactitud casi mecáni­ca; cumpliremos con el reglamento de la asociación piadosa, si pertenecemos a alguna; nadie podrá reprendernos sino Dios y nuestra conciencia. Toda ley es esencialmente negativa, sobre todo en materia caridad. En sus artículos hallaremos lo que no debemos practicar sólo en nuestro corazón. Cumpliendo materialmente con lo que se nos manda, sin dar lugar a que se formule una queja razonada contra nosotros, la familia con­fiada a nuestro cuidado se hallará sin apoyo eficaz y sin con­suelo. Los que pertenecen a una asociación caritativa deben tener cuidado de no ejecutar nada de lo que el reglamento prohíbe; pero necesitan hacer mucho de lo que no puede mandar; ningún reglamento puede ser otra cosa que el esque­leto de la caridad. En vano quiere tomar su nombre esa virtud falta de celo, que es un río sin corriente, una flor sin aroma, una máquina sin motor.

Perseverancia. — La perseverancia es una virtud tan necesa­ria como difícil; llevamos la veleidad a todas las cosas y la mayor prueba de nuestra miseria es el poder del tiempo. Nuestros dolores, nuestras alegrías, nuestra cólera, nuestra compasión, todo se gasta. El hombre de elevada razón, el más profundo filósofo, tiene una desgracia: se le hacen dos más poderosos argumentos, los más lógicos; es inútil, padece cruel­mente. Pasa un año; se consuela de su pena, si acaso no la olvidó. iMiserable razón la del hombre, que, en su mayor altura, no puede competir con el sueño de 365 noches!

El tiempo, cuya mano se posa tan suave en la frente del que goza y tan inexorable sobre la del que sufre; el tiempo extingue o amortigua, no la divina llama de la caridad, pero sí los fuegos fatuos que muchas veces toman su nombre. Hay gran diferencia entre impresionarse con los males de nuestros hermanos y afligirse. Para primero basta imaginación y se necesita corazón para lo segundo. Estudiémonos bien y, si no hay en nosotros más que impresionabilidad, pidamos a Dios vocación verdadera, porque vocación y alta vocación necesita la práctica de la caridad: confiemos nuestra limosna a los que supieren distribuirlas y no vayamos a dar el mal ejemplo de nuestra deserción. La caridad, para para que sea perseverante, necesita echar raíz muy profunda en nuestro corazón. Sondeémosle bien antes de entrar en una asociación caritativa: el que sale de ella por no haber llenado los deberes que impo­ne, no deja un puesto vacío, sino una brecha por donde entran la crítica, la calumnia y el descrédito.

Si Dios nos ha elegido para instrumentos de su miseri­cordia infinita, correspondamos dignamente a tan señalado favor, hagámonos dignos de tan sagrado depósito, acredite­mos nuestra vocación con nuestra perseverancia. Sin esta virtud nada podemos, nada somos para consolar al pobre, ni para corregirle: nuestro trabajo será el del obrero que empie­za muchas labores y jamás concluye una. Seamos circuns­pectos para ofrecer protección a los desvalidos. Consultemos nuestros medios materiales y nuestro corazón, siempre pequeño, antes de ofrecernos a visitar un gran número de familias. Si visitamos bien una, si la consolamos, si la corre­gimos, si nos identificamos con ella, si perseveramos, a pesar de todos los obstáculos que el mundo nos oponga y de las pruebas que Dios nos envíe, no hemos hecho en vano la peregrinación de la vida. El mérito no está en halagar nuestro amor propio con la protección de un gran número de personas, sino en la perseverancia de ser útiles a unas pocas.

A veces nos desalienta la poca proporción que hay entre los escasos resultados que obtendremos y los medios que empleamos, como si Dios en la balanza de su divina justicia hubiera de arrojar nuestra buena fortuna y no nuestra buena voluntad. Además, no somos exactos apreciadores del mal que evitamos ni del bien que hacemos. El bien y el mal van por el mundo como esos pequeños fragmentos de roca desprendidos de las altas montañas cubiertas de nieve y que se convierten en masas enormes. ¿Quién es capaz de calcular el daño que se evita al evitar una falta, el bien que se hace al contribuir a una acción buena? Por ventura, ¿el mal y el bien no dejan en el alma una especie de levadura que hace fermentar en ella nues­tros perversos instintos o nuestras nobles facultades? Cuando obramos mal, ¿no sentimos una especie de fascinación, que nos impele a obrar peor? Cuando hacemos bien, ¿no nos sen­timos mejores y más dispuestos a la virtud? Y luego, ¿quién nos ha dicho el precio de una lágrima que se enjuga? iAh! iSi hemos sido desgraciados, debemos saber que es grande!

Humildad. — La humildad con los pobres es una virtud que nos enseñó el divino Maestro y sin la cual no podemos corregirlos. La humildad no es más que el exterior de la cari­dad, la expansión de un amor sin límites, que ninguna injus­ticia extingue, que ningún odio altera; tengamos ese amor y seremos humildes. No hay nada tan sublime como la humil­dad verdadera, que por amor de Dios se inclina ante el hom­bre, que compadece al que la maltrata, que consuela al que la injuria, que perdona de rodillas’.

La humildad tiene un gran poder cuando se ve en aque­llos en quienes no puede parecer bajeza y por eso impresiona a los pobres cuando la observan en sus favorecedores. La soberbia en el débil es absurda, en el fuerte es vil. La sober­bia humilla sin corregir; la humildad corrige sin humillar. La soberbia despierta el amor propio y nos dispone a defender nuestras faltas; la humildad habla al corazón y nos lleva a confesarlas. Cuanta más distancia ha puesto la fortuna entre el pobre y nosotros, más le impresiona nuestra humildad para con él. Hay pocos tan insensibles o tan depravados que, por una especie de reacción, no se sientan movidos a incli­narse ante el que nunca los humilla.

Pero lo más difícil no es ser humildes con los pobres; su misma desdicha escuda nuestro amor propio: ¡los vemos tan abajo, que no creemos que puedan alcanzarnos sus ofensas! Nuestra humildad es una forma de la compasión. Nuestros iguales, los que tienen mejor posición, nuestros compañeros o superiores, si pertenecemos a una asociación caritativa: he aquí escollos más temibles para nuestra humildad, que la soberbia del pobre. La suspicacia del amor propio nos hará notar la frialdad del saludo en uno, el aire desdeñoso del otro, la falta de franqueza en el de más allá. Nos parecerá que nuestras recomendaciones no se atienden, mientras se escu­chan otras; que nuestros pobres son los menos favorecidos, siendo los más necesitados. Notaremos que nuestros pobres talentos, nuestro mérito, nuestra buena voluntad, pasan inadvertidos, confiando al cuidado de personas menos aptas encargos que deberíamos nosotros desempeñar. Llegaremos tal vez a tener por cierto que se nos desprecia de propósito y se nos humilla a sabiendas. El amor propio, que no hay dis­fraz que no tome, se revestirá con la sagrada túnica de la cari­dad, acusando en nombre de Dios a los que nos ofenden. Guardémonos de escucharle: la acrimonia de nuestras que­jas debe revelarnos su verdadero origen. Pensemos que los otros valdrán más de lo que suponemos y nosotros menos de lo que hemos imaginado. En corroboración de ello nos bas­tará recordar la exagerada idea que de su mérito tienen las más de las personas que conocemos y cómo se ciegan acerca de sus defectos. Por ventura, ¿nosotros seremos mejores apreciadores de nuestro propio valer? ¿Por qué razón? Pensemos también que los desdichados que queremos amparar, con serlo tanto, tienen quien los aventaje en esa terrible competencia de dolores, cuya escala parece infinita. Pensemos, en fin, que si realmente hay alguna parcialidad, debemos sufrirla humildemente por Dios, que recibirá el sacrificio del amor propio como la mejor ofrenda que pode­mos llevarle. Si el hombre es débil e imperfecto, ¿cómo sus obras no han de resentirse de su imperfección y de su debi­lidad? ¿Hay razón, hay sentido común siquiera, en exigir que en la asociación a que pertenecemos las cosas pasen como si estuviera compuesta de santos y dirigida por ángeles? Hemos de hacernos esta pregunta: ¿Es más el bien que se hace que el mal, en la asociación que criticamos? Si la res­puesta es afirmativa, las injusticias que alegamos para no per­tenecer a ella o para abandonarla, son pretextos del egoísmo, del amor propio, de la debilidad, de la soberbia, origen de tantos males.

Para mejorar la suerte de nuestro pobre necesitamos a veces recurrir al auxilio de personas, cuya posición social es muy superior a la nuestra y nos irrita la dificultad de verlas, la necesidad de esperar en una antesala, la insolencia de un lacayo, la altanería del señor. Si somos buenos cristianos, poco nos costará ofrecer a Dios estas pequeñas contrarieda­des; pero, aun suponiendo que nuestra virtud es débil y tibia nuestra fe, apelando sólo a la razón, debemos mirar con calma estos contratiempos, que están en la naturaleza de las cosas. ¿No arrostramos por amor del pobre la suciedad de su habitación, su fetidez, su mucho calor o su mucho frío? Pues ¿por qué no hemos de arrostrar al lacayo del rico y su ante­sala y su vanidad? ¿Por qué hemos de darle más importancia que la que se da a una cosa desagradable que hay que sufrir, o un obstáculo que hay que vencer? Si al ver los defectos del pobre decimos para excusarle: «iEs tan pobre!», ¿por qué a la vista de los del rico no hemos de decir: «iEs tan rico!»? ¿No hay escollos muy difíciles de evitar para los que están en lo más alto de la escala social, como para los que están en lo más bajo? En vez de irritamos contra los poderosos, demos gracias a Dios, que no nos ha puesto tan caídos que se abru­me nuestro corazón, ni tan levantados que se desvanezca nuestra cabeza: démosle gracias porque nos ha colocado en la situación en que el entendimiento se ofusca menos y la virtud es más fácil.

Sucederá, tal vez, que la familia confiada a nuestro cuida­do nada adelante en el camino de la virtud: en lugar de darla por incorregible, pensemos que acaso no hay en nosotros las dotes necesarias para corregirla; que no le inspiramos esa simpatía que, nacida del corazón, es el medio más seguro para llegar a él, y entonces debemos pedir ser relevados por otra persona más apta. Este acto de humildad, lejos de reba­jarnos, nos eleva; nunca el hombre parece tan grande como cuando confiesa su pequeñez, ni para nada se necesita más fuerza que para ser humilde.

Concepción Arenal

Bilbao 2009

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