Manual del Visitador del Pobre (IX)

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De la corrección del pobre vicioso

Entre los pobres, lo mismo que entre los ricos, se hallan muchas personas que, sin negar a Dios, le ofenden y, confe­sando todas las verdades de la fe, obran lo mismo que si no creyesen ninguna. Pero si esta inconsecuencia no es peculiar al pobre, hay vicios que parecen serlo: porque la pobreza está rodeada de malos ejemplos y de malas tentaciones y porque la ausencia de los goces del espíritu le lleva a los goces mate­riales, que tan fácilmente degeneran en viciosos.

Aquí es ocasión de recordar lo que sabemos de la difi­cultad de que el pobre sea previsor; de las muchas ocasiones que tiene de caer y los pocos medios de levantarse; de lo rápida que es la pendiente por donde la miseria conduce al vicio y al crimen. Todo esto hemos de recordarlo, para no desesperar sin motivo por haber supuesto facilidades que no existen, para no exigir del pobre más de lo que puede hacer y para apreciar en todo lo que vale cualquier paso, por pequeño que sea, en el camino de la enmienda.

Bien es que hagamos notar al pobre creyente que con sus desórdenes ofende a Dios; pero no hemos de confiar demasiado en la eficacia de este argumento; su confesor se lo habrá hecho muchas veces, sin haber logrado que se corrija. La razón lucha mal con el hábito y las abstracciones influyen poco en el ánimo de criaturas groseras. La mayor parte de las faltas del pobre vienen de abuso de los goces de los sentidos y como su origen es material, deben hasta cierto punto com­batirse materialmente. Al precepto religioso, al consejo, debe añadirse la acción. No basta probarle que ofende a Dios y perjudica su salud y sus intereses en frecuentar tal o cual lugar; es preciso contribuir a que no vaya, creándole obstá­culos y sosteniéndole en su buen propósito. El sábado, por ejemplo, es un día fatal para los jornaleros, que gastan por la noche en la taberna el fruto de su trabajo y el sustento de su familia. Esta los ve llegar a las altas horas de la noche ebrios de vino y de cólera, dándole, en vez del fruto de su trabajo, malos tratamientos y malos ejemplos. En vano sus hijos hambrientos le piden pan; en vano su pobre mujer le supli­ca por Dios que le dé para atenderlos; no es esposo, no es padre, es una furia que maltrata a los que debía proteger, que desconoce la razón, que desoye la voz de la naturaleza, no escucha más que al demonio de la embriaguez, que según su temperamento le dice: Ríe, llora, blasfema, hiere o mata, no tengas piedad de tu esposa enferma, ni de tus inocentes hijos. y, cuando hayas agotado para el mal la fuerza que Dios te dic para hacer bien, cae como el fruto podrido de un árbol sin vida y duerme un sueño ignominioso para despertar en bra­zos de la miseria, del remordimiento y de la desesperación.

Y este monstruo odioso y este ser degradado, que escu­cha esta voz, era un hombre razonable y bueno antes de haberla escuchado.

Nada más frecuente que hallar artesanos hábiles en su oficio, de clara razón, de buenos sentimientos, y que serían modelos si no bebieran, como dicen sus desdichadas familias Cuando están serenos conocen su error, le confiesan, le deploran, hacen sinceros propósitos de enmendarse; pero llega el día fatal, están a solas con su dinero, con su hábito con el amigo que les insta, les da el ejemplo y los arrastra. Después de una semana de privaciones, de trabajo y de con­tar las horas, tiene dinero a su disposición, puede sentarse sin consultar el reloj, y hablar y reír, y comer de un manjar más apetitoso que el ordinario. y beber de una bebida que le agra­da en extremo, y le alegra y le vigoriza, y le hace decir cosas que celebran sus amigos, y celebrar con entusiasmo las que ellos dicen, excitados de la misma manera.

¿Y qué tiene para combatir esta tentadora perspectiva? El sentimiento religioso debilitado; la tenue voz del deber, que nadie le recuerda; la idea de su familia, en cuyo seno podría tener goces tranquilos y puros, pero que ya no lo son para él porque su alma depravada necesita las acres excita­ciones del vicio. Además, él no entra en la taberna a embria­garse, entra a beber.

Detengámosle antes que entre; detengámosle material­mente. Hagamos la visita, no en su casa, sino en el lugar en que cobra, y no le abandonemos hasta ver si nos es posible apartarle del sitio fatal. Suponiendo que el pobre nos mirara como sus verdaderos amigos, que nos amara, sin lo cual es imposible toda corrección; suponiendo que habremos teni­do presentes todas nuestras reglas generales, y entre ellas la de la oportunidad, podremos rogarle en nombre de Dios, de su pobre familia y del nuestro, que no vaya a dar sus recur­sos, su salud y su tranquilidad, en cambio de un placer pasa­jero. Pidámoselo como un favor que le agradeceremos siem­pre y en cambio del cual estamos prontos a otorgarle el que nos pida. Aquellas horas que había de emplear en sus culpa­bles goces, no vayamos a pretender que las dedique a escu­char nuestras exhortaciones, o a estar tranquilamente con su familia: graduemos la enmienda, si queremos hacerla posi­ble. Busquémosle otra diversión, en que pierda su tiempo y una parte de su dinero, pero en que al menos conserve su razón y su salud.

Si no podemos evitar absolutamente que el pobre entre en la taberna, roguémosle que nos dé en depósito su jornal, una parte siquiera, que le llevaremos el lunes, evitando así que durante la semana vayan todas sus ropas a la casa de préstamos. Hagamos cuanto esté de nuestra parte para dis­minuir el tiempo que pasa bebiendo: algunos minutos, media hora, una, podrán conducirnos, si no a que rompa absolutamente aquel hábito fatal, al menos a que no le sacri­fique sino cierta cantidad de tiempo y de dinero y nunca su razón. A veces nos parecerá bien duro tener que transigir con los vicios; pero cuando no se pueden extinguir, hay que resignarse a disminuir sus fatales consecuencias; y establecer en ellos alguna cosa que se asemeje a método o regla es cami­no para hacerlos desaparecer.

Esto que decimos de la embriaguez, podemos aplicarlo a todos los vicios del pobre sin otras diferencias que las exi­gidas por su diversa índole. No nos contentemos nunca con preceptos y ruegos, consejos y amenazas; busquemos obstá­culos materiales y opongámonos materialmente a la mala acción hasta donde nos sea posible. Los lugares en que el pobre ha pecado parecen ejercer sobre su moralidad un fatal influjo. Aquella puerta por donde entró tantas veces deses­perado y culpable; aquella ventana por donde amenazó arro­jar a los que maltrataba; aquellas paredes donde resonaron sus blasfemias e imprecaciones; aquel lecho donde vio sufrir sin compasión y donde sufrió sin consuelo; aquellas perso­nas que viven cerca de él, que están en el secreto de todos sus extravíos, que son despreciables o le desprecian, haciéndole siempre daño con su mal ejemplo o con sus desdenes: todo esto forma como una atmósfera alrededor del pobre, y el recuerdo vivo de su vida pasada viene a ser un obstáculo para la corrección de su vida futura. Hay notables ejemplos de malhechores que, llevados a países remotos, han variado de conducta al mismo tiempo que de clima. Nosotros no pode­mos, por regla general, llevar a nuestros pobres muy lejos del lugar en que han sido viciosos; pero en muchos casos no será difícil hacerlos cambiar de población encomendándolos al cuidado de alguna persona caritativa, que se encargue de dirigirlos. Si tanto no es posible, convendrá al menos cam­biar de barrio, de casa. En la nueva no es conocido por sus desórdenes; tiene, pues, su honra que conservar. No están en la vecindad el enemigo que le provocaba ni el amigo que le pervertía, ni la mala mujer, ni la taberna, ni el garito que tenía costumbre de frecuentar. Todo es nuevo, todo es dife­rente, y este cambio le predispone para el de su conducta.

El pobre vicioso no suele ser trabajador; la ociosidad y el vicio se eslabonan para formar la cadena que le retiene en la más miserable de las esclavitudes. El trabajo, ese ángel cus­todio del hombre, inspira una especie de horror al que ha adquirido el hábito de no trabajar. El mendigo sufre la des­nudez y el hambre, arrostra la intemperie y el desprecio: ofrecedle alimento, vestido, techo, consideración, en cambio de trabajo, y rehusa.

Este atractivo de la vagancia en la miseria es para nos­otros incomprensible: admitámoslo como un hecho bien probado, para no imaginar que hicimos cuanto podíamos hacer, cuando proporcionamos trabajo al pobre que no tiene hábito de trabajar.

Para el vicioso vago, la vuelta al trabajo es la virtud; ¡y qué de obstáculos tiene que vencer en este penoso camino! Graduémoselos según sus fuerzas. No vayamos a exigir que esté todo el día trabajando el que no trabajaba nunca. Para empezar contentémonos con tres horas, con dos, con media, y utilicemos dos circunstancias: el placer del descanso y el hastío de la ociosidad. No vayamos, sin embargo, a creer que este hastío es en el pobre lo que en nosotros: las facultades de su alma son mucho menos activas y cae con facilidad en una especie de letargo moral, en que ve pasar las horas sin que apenas lo advierta.

El placer del descanso es grande para todo, y hemos de procurar que le saboree nuestro pobre vago. También hemos de hacer cuanto nos sea posible para que su trabajo sea bien retribuido, aun más de lo que valga: no hay limosna más útil que la que contribuye a convertir un hombre vicioso en hombre honrado.

Si es posible, busquemos para nuestro pobre el trabajo que le sea menos penoso: alentémosle, vigilémosle; no sea­mos duros cuando falte: manifestémosle nuestra gratitud cuando cumpla, y hagamos por poner en relieve ante su vista cuánto gana para con Dios, a quien no ofende; para con los hombres, a quienes no inspira desprecio; para su situación material, que es mucho mejor. No vayamos a decirle que puede trabajar con el mismo esfuerzo que otro, puesto que tiene sus miembros sanos: reconozcamos la dificultad de romper el mal hábito, y que al principio necesita mucha buena voluntad, mucha fuerza y mucha perseverancia, haciéndole notar, al mismo tiempo, que su mérito aumenta en proporción que es mayor el obstáculo que tiene que superar, y que este obstáculo no puede ser superior a sus fuerzas, porque el deber no es nunca imposible.

Sea que alentemos al pobre para que trabaje o que pro­curemos arrancarle a sus hábitos viciosos, tengamos presen­te lo que ya hemos observado: que no hay cosa más propia para desalentarle que pintar muy fácil el camino de la enmienda, que él halla erizado de dificultades. Entonces des­confía de su fuerza o de nuestra inteligencia, y dice: «No puedo», o «No sé», cosas a cual más fatales: porque la regene­ración del pobre consiste en la idea que tenga de sí y del que le dirige; además de que le falta un gran estímulo para esfor­zarse a ser mejor si le falta la seguridad  de que hay quien aprecia el mérito de su conducta y se le tiene en cuenta y se le agradece. Por el contrario, si nos ve convencidos de que la obra que emprende es ardua: si le aplaudimos a cada paso que da en el buen camino, como de una victoria difícil, esto le alienta, halagando a la vez su corazón su amor propio.

El amor propio del pobre: he aquí un auxiliar poderoso, y ojalá que pudiéramos contar con él siempre que intente­mos corregirle. Cualquiera que sea el vicio de que queramos extirpar, investiguemos si la persona que en él incurre con­serva algún resto de dignidad. Esta dignidad del pobre no vayamos a medirla por la nuestra. porque, aunque en el fondo tenga mucha semejanza, en la forma variará tanto que, si juzgamos por apariencias, calificaremos de degradado a un hombre que no lo esté. Semejante error sería fatal, porque nos privaría de un medio muy eficaz de influir en el ánimo del pobre extraviado. Los vicios del pobre son groseros y lle­gan a degradarle; esta degradación es lenta y a veces ni siquiera la advierte; pero si se la presentamos con vivos colo­res, si comparamos lo que fue y lo que podía ser con lo que es, esta comparación le impresiona, como nos impresionaría la copia de nuestro rostro demacrado o deforme, puesta al lado de un retrato hecho cuando éramos bellos y robustos. Pero si conserva alguna dignidad, hemos de manifestar al pobre vicioso hasta dónde le ha hecho descender el vicio, cuidando de no humillarle. Esto lo conseguiremos dolién­donos de su mal y no desconfiando nunca de que pueda ponerle remedio. Así como la indiferencia exaspera en vez de corregir, la compasión suaviza cualquier cargo, y las faltas que se miran como accidentales no humillan, porque para el amor propio, como para el corazón, la esperanza ilumina el cuadro más sombrío.

Para corregir a nuestro pobre, pidamos auxilio a todas las ideas, afectos e inclinaciones; pero notemos que todas parecen obrar con cierta intermitencia; que alguna vez lla­mamos a la razón, al deber y al sentimiento, y guardan silen­cio como si estuvieran dormidos; sólo el amor propio vela y responde siempre.

A veces hallaremos pobres que, al parecer, han perdido toda idea de decoro: observémoslos cuidadosamente; arroje­mos sobre su alma el elogio y el vituperio, como se arroja una materia inflamable donde ha habido fuego, para cercio­rarse de que se halla completamente extinguido. Es raro que en el corazón del hombre se borre por completo ninguna disposición, sea para el mal, sea para el bien. Vemos a una criatura degradada, porque su falta la hizo caer y el mundo la pisó en vez de darle la mano para que se levantase. Todo cuanto la rodea le dice: «Eres vil», y lo cree, y lo es, en efec­to; no se halla en su corazón ningún vestigio de la dignidad humana. Pero he aquí que llega a una persona que le dice: «Eres desgraciada; te apartaste del buen camino; puedes vol­ver a él. Muchos de los que te desdeñan valen menos que tú y los que valen mucho más te compadecen y te aman, y enjugarán con su mano tus lágrimas de dolor, y recibirán en su corazón, como en un cáliz, tus lágrimas de arrepenti­miento. Prueba a levantarte y hallarás apoyo. Cuando hayas rasgado y arrojado lejos de ti la túnica inmunda que te cubre, verás cómo te aprecian los buenos y te respetan los mejores.» Y cuando el que así hable una a la palabra la acción; cuando busca al pobre degradado, y le alivia, y le consuela, y es defe­rente con él, y le llama hermano y amigo, y penetra sin repugnancia en su habitación y en su alma, tal vez esta pobre alma revive, como un asfixiado a quien se le devuelve el aire, y la criatura de Dios aparece con todas sus nobles facultades.

Si hemos de rehabilitar un hombre a los ojos del mundo, es preciso rehabilitarle antes a sus propios ojos; por­que no puede inspirar aprecio si antes no se aprecia él mismo. Para conseguirlo no nos contentemos con darle pruebas de amor y deferencia; que la reciba también de otras personas benévolas; formemos en derredor suyo como un dique de caridad, que le ponga a cubierto de las oleadas de desprecio con que el mundo le quiere derribar cada vez que intenta levantarse.

Podrá ser que hayamos de echar mano, no sólo del amor propio, sino de la vanidad; no sólo de la dignidad, sino del orgullo; no sólo de sus buenas cualidades, sino de otras que por su tendencia o su exageración puedan parecer peligrosas. La naturaleza humana es tan miserable, que, a veces, no hallando en ella virtudes bastante fuertes, hay que combatir las pasiones unas con otras. En muchos casos hacemos por vanidad o por miedo lo que no haríamos por deber, y la cóle­ra nos hace romper un mal hábito que no romperíamos por razón. Estos medios no son buenos; pero habremos de acep­tarlos cuando no tengamos otros, porque lo peor de todo es dejar al pobre extraviado que siga su fatal camino, sin oponerle ningún obstáculo.

Si queremos conseguir que el pobre vicioso se corrija, hemos de vigilar cuidadosamente sus diversiones: el ocio, hasta el descanso del pobre, es un abismo en que cae muchas veces, porque no tiene para distraerse sino goces materiales y groseros, que le conducen al vicio. Nosotros no podemos llenar el deplorable vacío que la sociedad deja en este punto; pero hasta donde nos sea posible, procuremos que nuestros pobres se distraigan de una manera honesta; inspirémosles el gusto del campo y de ciertos juegos en que ejerciten sus fuerzas físicas: no nos parezca que malgastamos los caudales de la caridad comprando al pobre algún objeto que no se crea de necesidad, porque no sirve más que para entretenerle. No sólo de pan vive el hombre y el pobre, que tantas semejanzas tiene con los niños, necesita, como ellos, juguetes para que se entretenga sin hacerse daño.

Se ha dicho ya cuán conveniente es, para corregir al pobre, ponerle en situación de que pueda hacer por sí algún bien, y nunca daremos demasiada importancia a este medio, tan eficaz como poco apreciado. Todos los que estudian al hombre observan que se liga más íntimamente con las per­sonas por el bien que les hace, que por el que recibe de ellas. Es muy frecuente hallar ingratos; muy raro mirar con indi­ferencia al que hemos favorecido. Los beneficios hechos pre­disponen a amar, dan como una nueva vida a los sentimien­tos benévolos, y son, por lo mismo, un eficaz elemento de moralidad. La satisfacción que se experimenta al hacer bien modifica los malos instintos, muchas veces calma la fiebre de las pasiones; es como la luz de la aurora, cuyas sonrosadas tintas embellecen hasta los objetos más toscos. Se ha visto en más de una ocasión que la cólera de un hombre, que no podían conmover ruegos ni lágrimas, quedó desarmada por el recuerdo de un beneficio: el que ha hecho bien una vez parece que contrae consigo mismo el santo compromiso de volver a ser bueno. Además, el que dispensa un beneficio da a su personalidad cierta importancia, se siente elevado a la categoría de bienhechor, y su amor propio halagado le pre­dispone a formar de sí y de su valer una aventajada idea. Esto importa mucho para corregir al pobre envilecido, cuya rege­neración halla, como uno de los mayores obstáculos, la menguada idea que de sí mismo tiene. Hacedle el dispensa­dor de algún beneficio y esto le elevará a sus propios ojos y acaso exclame en su corazón: «Todavía soy hombre.»

Tal vez diremos: ¿Cómo el desvalido ha de hacer bien? ¿Con qué medios cuenta?» En la escala inmensa, infinita, de los dolores humanos. apenas hay infeliz que no pueda hallar otro que lo sea mucho más V a quien le es dado llevar auxi­lio y consuelo. Al desvalido podrá no ocurrirle la idea de hacer bien, ya porque a su parecer no tiene recursos, ya por­que el extremo de miseria, como el de grandeza, suele ser egoísta. Nosotros tenemos mil medios para sacar a nuestro pobre de su error y de su desdichada apatía. Podemos hacer­le ver prácticamente cuánto bien puede realizar el que se creía inútil, y darle medios para ello, convirtiéndole en muchos casos en el dispensador de muchos beneficios. Al principio podemos comisionarle para que preste los auxilios materiales compatibles con su situación, haciéndole también portador de alguna limosna, indemnizándole por el tiempo que emplea en su comisión; porque el pobre no tiene otro patrimonio que el tiempo y nosotros, que debemos recor­dárselo muchas veces, conviene que no lo olvidemos nunca. Si no está muy pervertido pronto dejará de ser un mero ins­trumento, pronto tomará una parte activa en el bien que hace, pronto sentirá halagado su amor propio por la confian­za que de él hacemos, por el hermoso papel que representa, y su corazón, al consolar, se hallará consolado. El bien tiene una atracción poderosa, y al oírse bendecir, la blasfemia se detiene en los labios del maldiciente.

Con respecto a las lecturas, podemos aplicar al pobre vicioso la mayor parte de las reglas adoptadas para el pobre incrédulo, solamente que al primero se le pueden dar a leer libros religiosos y morales, sin más preparación que gimna­sia que necesite su entendimiento para comprenderlos. Como no hay libro tan elocuente como el mundo, si sabe­mos observarle, siempre que sea posible le enseñaremos la moral en acción, presentándole ejemplos de las virtudes que ha de imitar y las fatales consecuencias de los vicios de que debe corregirse. Una visita a un hospital puede ser para un pobre crapuloso lección mucho más elocuente que las que podemos sacar de todos los moralistas.

Hemos indicado ya cuánto importa que el pobre que intentamos corregir se aleje de los lugares en que tuvo una vida licenciosa; ahora debemos hacernos cargo de la influen­cia que la casa que habita tiene en su género de vida.

Nunca se deplorará bastante el que nada se atienda a la moral en las construcciones, el que no estén dispuestas de modo que puedan alojar a la vez pobres y ricos, el que la pobreza se arroje a lugares dados, como una lepra, para que allí aglomerada se multiplique por sí misma y eleve a la quin­ta potencia el vicio y la desesperación. El hombre de buena voluntad e inteligente, se tiene alguna influencia en los des­tinos de su patria o en la opinión de sus conciudadanos, bien será que clame contra la aglomeración de la miseria; pero el visitador del pobre, como tal, no debe alzar la voz para acu­sar a nadie: su misión es ir por el camino que la caridad orde­na, levantar al caído, consolar al triste, sin investigar si la sociedad pudo evitar las lágrimas del uno y la caída del otro: ve los males, y los siente, y los consuela; halla su origen en la imperfección humana y busca remedio en Dios.

Reducidos, pues, a combatir los dolorosos efectos de causas que debemos olvidar como visitadores del pobre, pro­curemos que no se halle el que hemos de corregir en esas casas que en las grandes poblaciones habitan la miseria, el vicio y el crimen, y que, con el nombre de casas de vecindad, son focos de corrupción. Entrad por ese portal inmundo a ese patio que no lo es menos; mirad cuatro, seis u ocho puer­tas que dan a él; alzad la vista, y veréis dos, tres o más corre­dores, que conducen a un gran número de habitaciones. Las aguas inmundas, los despojos de verduras, los huesos, todo está por el suelo, ofendiendo a la vista y a la salud. Será muy raro que a ninguna hora halléis paz. Dos vecinas riñen sobre quién barre y quién ensucia la escalera; dos hombres están para venir a las manos porque uno echa en cara al otro que ha estado en presidio, y éste le contesta que todos los que había allí eran más honrados que el que le recuerda esta cir­cunstancia; un niño da alaridos desgarradores, víctima del feroz castigo de un padre irritado; un vago entretiene el día cantando canciones obscenas, mientras llega la noche y sale a ejercer alguna industria que no paga contribución; un matrimonio mal avenido riñe y pasa a vías de hecho, hacien­do necesaria la intervención de la autoridad; dos mujeres livianas se insultan con palabras que escandalizarían en cual­quier otra parte, pero que allí apenas son notadas: todos gri­tan, y se denuestan, y blasfeman, porque no aparece una camisa tendida a poco en el corredor, o porque hay que pagar una multa a consecuencia de haber quedado la noche antes el portal abierto y sin luz, etc., etc.

Estas escenas, y otras de peor género, tiene a la vista la desdichada familia virtuosa que la miseria lanza bajo el mismo techo que el crimen. Si vais a visitarla, los perros os ladrarán, sin que su amo los llame; las mujeres no se aparta­rán de donde están sentadas; los hombres silbarán desdeño­samente en vez de saludaron, y los niños procurarán echaros agua, o tierra, o piedrecillas, por los agujeros de la ruinosa  escalera. Por uno de esos contrastes que se ven en estas casas. tal vez halléis un hombre que se descubre respetuosamente a vuestro paso; tal vez otro, que gana la vida vendiendo flo­res, os ofrece una, que recibís con emoción y gratitud de aquel pobre, que nada os debe, pero que os quiere bien, por­que os ha visto pasar a socorrer a su vecino. Este, al referiros sus desdichas, cuenta por una de las mayores la de estar en aquella casa, donde, a pesar de vivir aislado, ve tantos peli­gros y tantos malos ejemplos para sus hijos. Estas escenas, que afligen al pobre virtuoso, ya se comprende hasta qué punto harán difícil la corrección del que no lo sea. Allí están siempre los malos ejemplos y las malas tentaciones; ninguna maldad escandaliza, ninguna virtud se hace respetar, y el vicio se aplaude, y se silba y escarnece el arrepentimiento. Si podemos arrancar de aquí a nuestro pobre y llevarle a un rin­cón de algún último piso de una casa decente, habremos dado un gran paso. El aseo del portal y de la escalera, la pre­sencia del portero, le darán la idea de entrar y salir con un poco más de compostura: sus horas intempestivas chocarán, serán molestas; tratará de volver un poco más temprano.

Sus blasfemias, sus obscenidades, causarán un gran escándalo; será preciso modificar un poco su lenguaje, bajar la voz, por temor de que lo echen. Y allí no hay ni el mal ejemplo, ni la mala tentación, ni el estímulo para ser malo ni la burla si se corrige. Allí vive solo, o cerca de alguna fami­lia honrada, y no tiene más obstáculo para enmendarse que el que le venga del hábito y de sus torcidas inclinaciones si en la misma casa podemos buscar al pobre extraviado un amigo que le dirija y le sostenga, ¡cuánto habremos hecho para su regeneración! El pobre es una criatura de Dios, un ser moral; y no debemos descuidar ni los preceptos religio­sos, ni las amonestaciones, ni las lecturas, ni los consejos pero el pobre está muy materializado y las circunstancias materiales, que han influido mucho en su caída, pueden contribuir, más de lo que pensamos, a su corrección y enmienda.

Concepción Arenal

Bilbao 2009

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