Manual del Visitador del Pobre (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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De nuestro exterior al visitar al pobre

Hay personas de elevada categoría, que casi podría decirse que se disfrazan para ir a visitar al pobre; tan modes­to es el traje que para esta buena obra usan. Nunca se elo­giará bastante su conducta, que debe proponerse por mode­lo, ya que no nos atrevemos a imponerla como deber.

Si nos acostumbramos al lujo, nos parece demasiado penoso vestir pobremente, busquemos siquiera para ir a visi­tar al pobre nuestro traje más modesto, más oscuro, negro, si es posible; llevemos algunas horas esta especie de luto por los que sufren sobre la tierra. Poco cuesta abrocharse el frac, la levita o el gabán, para ocultar la cadena de oro o los boto­nes de brillantes; poco, bajarse la manga del vestido para ocultar la rica pulsera. Estas precauciones materiales impor­tan más que se piensa: nuestros consejos, nuestros cargos o exhortaciones, pueden perder toda su eficacia; más todavía: un traje rico, una alhaja preciosa, puede convertirlos a los ojos del pobre en una especie de insulto.

El pobre es muy material: ya sabe que tenemos como­didades, lujo y riquezas; pero mientras no las vea, no le exas­peran: por el contrario, nos agradece que en medio de la for­tuna no olvidemos su desgracia y, cuando él no tiene zapa­tos, nos perdona que tengamos coche, si nota, cuando vamos a verle, el polvo o el lodo en nuestro modesto vestido.

iHacen tan mal efecto las sortijas en la mano que se tiende al miserable y la preciosa cartera o el lindo tarjetero de donde se sacan unos bonos que apenas remediarán el hambre de un día y el reloj que consultamos con impaciencia! Pero necesi­tamos reloj, tenemos precisión de acudir con exactitud a nuestras ocupaciones, a nuestros pasatiempos, a nuestros deberes; todo esto es cierto; mas el pobre, que no compren­de esta necesidad cuando no puede satisfacer las suyas, si le exhortamos para que se resigne con su desnudez o con su hambre, al ver brillar nuestras ricas superfluidades, cuyo valor exagera, es difícil que no piense: «i Con el precio de estas alhajas innecesarias podías remediar esos males para los que me pides una resignación imposible!». Y entonces, ¿cuál sería la eficacia de nuestros discursos?

Todo se evita con que dejemos en casa las galas y ricos adornos, con que no llevemos a la de esos miserables dolo­rosos contrastes, que casi podrían llamarse impías profana­ciones, porque la modestia de la caridad, lejos de parecer hipocresía, es un homenaje de respeto tributado al dolor. No hagamos, pues, nada para insultar materialmente al pobre, que, como hemos dicho, es muy material, y él nos perdona­rá nuestras prosperidades, porque no es suspicaz: no, no lo es, aunque de tal sea acusado por los que no le conocen, por los que se equivocan: no queremos decir por los que le calumnian, porque no podemos creer que haya criaturas tan viles, que merezcan el nombre de calumniadores de la desgracia.

Hemos de entrar en la casa del pobre sin dar a entender que nos molestan el calor o el frío, el viento o la lluvia, no nos fatiga la mucha escalera, ni ninguna otra incomodidad que sea preciso arrostrar para visitarle. Nos hemos de sentar en cualquier parte, sin reparar si podemos o no mancharnos. Hemos de dominar la mala impresión que nos produce la falta de aseo, el respirar un aire viciado, y conducirnos, en fin, de modo que parezca que estamos allí como en nuestra propia casa, sin que nada nos choque ni nos moleste. Esto importa mucho porque hay molestias que, no compren­diendo el pobre que lo sean. las califica de exageraciones pueriles, de refinamientos hijos de la mucha riqueza y de la poca caridad. Además, para que el pobre nos ame, sin lo cual no podemos consolarle ni corregirle: para que agradezca el bien que le hacemos, para que lo sienta, es preciso que no se lo hagamos sentir, que parezca que lo ignoramos, y entonces lo comprenderá mejor.

Sin usar de una urbanidad exagerada y ridícula, hemos de ser muy atentos con el pobre: esto le lisonjea y le eleva a sus propios ojos, cosa muy importante, porque el origen de sus muchos extravíos es la fatal de dignidad y de aprecio de sí mismo.

Cuando nos ofrece su silla vieja, o nos limpia el asiento, o se duele de no tener ninguno que ofrecernos, o nos encar­ga que no nos caigamos por la escalera, debemos manifestar de una manera expansiva y cordial nuestra gratitud por estas atenciones.

No hemos de limitarnos a ser atentos con el pobre que vamos a visitar. Debemos saludar cortésmente a todos los de la casa que hallemos al paso y acariciar a los niños y terciar en sus disputas y hacérnoslos propicios con alguna fruslería.

Por regla general, en casa donde hay un pobre, hay muchos, y alguno tal vez más necesitamos moral o material­mente de nuestros auxilios, que el que vamos a visitar: si nuestra caridad no es expansiva y afectuosa, no lo sabremos, perdiendo la ocasión de hacer un gran bien o evitar un mal grave. Además, nuestros pobres necesitan a veces una vigi­lancia, que no podemos ejercer sin auxiliares. Tal vez quieren engañarnos, y nos engañarán si entre sus vecinos no hay alguno que pueda y quiera decirnos la verdad.

Por nuestra dulzura, por nuestra caridad expansiva, debemos establecer relaciones benévolas con todos los pobres que rodean al nuestro; debemos procurar que se forme en derredor de él una atmósfera de cariño o de respe­to, que para cualquier cosa que intentemos ha de ser un auxiliar poderoso. A veces, en esas casas en que, por una des­gracia nunca bastante deplorada, se hallan reunidos el vicio, la miseria y el crimen, hallaremos a nuestro paso figuras siniestras, miradas torvas, prontas a saludarnos con una mal­dición: no nos desalentemos, nuestra dulzura acabará por triunfar de su aspereza; rara vez el corazón de un hombre es tan duro que, tocándole con la vara mágica de la caridad, deje de brotar en él algún buen sentimiento.

Sin tener el aire de suspicaces escudriñadores, hemos de observar todo lo que hay en la habitación del pobre, porque los objetos materiales pueden servir muchas veces como indicios o pruebas de algún hecho importante. Restos de ali­mentos o bebidas, que anuncian falta de orden o de obe­diencia a los preceptos médicos; una prenda de vestir, un bastón, un pañuelo, una punta de cigarro, que indican haber estado allí una persona que nos dicen que no ha ido; una baraja, un arma, un libro donde no hay quien tenga tiempo para leer o quien sepa, mil objetos materiales, en fin, pueden ayudarnos en nuestras investigaciones. Para que éstas no pongan en guardia al pobre, debemos empezar por notar objetos indiferentes, un espejillo, una estampa, colgados en la pared, cualquier chuchería en una vieja rinconera, o sobre una tosca mesa. Reparemos en éstas y otras cosas, no con aire de vana curiosidad, sino como quien toma interés por todo lo que rodea al que quiere consolar. Una barajita rota, que nos encargamos de mandar componer, nos pondrá en cami­no de hacer sin violencia observaciones sobre un libro inmo­ral o una lámina obscena. Hemos de conducirnos de tal modo, que el pobre no diga: «En todo se mete»; sino «De todo se ocupa”.

Concepción Arenal

Bilbao 2009

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