¿Qué es el pobre?
A esta pregunta no formulamos una respuesta categórica; pero rara vez deja de notarse en nuestras palabras y acciones cierto desdén hacia los que socorremos; desdén que en algunos casos es un matiz casi imperceptible; no está en lo que decimos, sino en el modo de decirlo, en la mímica, en la inflexión de la voz, en alguna cosa que se siente y revela lo superiores que somos, en nuestro concepto, al pobre que visitamos. Bien injustos debemos parecer a los ojos de Dios, bien ridículos a los de la razón, cuando presumimos de gigantes, contando por estatura propia el pedestal en que nos colocó la fortuna.
Todos hemos formulado u oído formular ciertos cargos contra el pobre, que constituyen la base de nuestro credo en la materia y son el punto de partida de muchas acusaciones injustas, de muchos irrealizables intentos.
El pobre, decimos, falta a la verdad.
Es descuidado.
Es imprevisor.
Es vicioso.
Es ingrato.
Si en vez de decir el pobre, dijéramos la pobreza, seríamos más exactos y menos agresivos: porque los males que están en las cosas hacen pensar en grandes medios para evitarlos y mandan la tolerancia. Detengámonos un poco a examinar hasta qué punto es responsable el pobre de las faltas que echamos en cara.
– EL POBRE FALTA A LA VERDAD
Un niño tiene hambre, tiene frío, sus padres no pueden darle lumbre ni pan: sale a la calle, alarga la mano, nadie repara en él. Dice que no tiene qué comer, todos pueden notar que está helado; pero todos pasan sin notarlo. Entonces exagera la verdad, como se esfuerza la voz para oír en medio del tumulto: dice que son seis hermanos, que sus padres están en el hospital, que no tiene padre ni madre, etc. Pasa uno, no lo cree; pasa otro, le da crédito, se mueve a compasión y le socorre. Aprende prácticamente que con la mentira alcanza lo que la verdad no consiguió. La mentira, pues, es un excelente medio, que adoptará sin escrúpulo: sus padres no se lo reprueban; a nadie hace daño con él…; miente un día, dos, un año…, mentirá toda la vida.
La mentira del pobre es una consecuencia de la dureza del rico y de su abandono. Si la desgracia tal como es, sobrado triste en verdad, nos moviera a compasión, no tendría objeto el exagerarla; y si fuéramos a verla por nosotros mismos, quitaríamos al infeliz hasta la idea del engaño. Como está seguro que la mentira es lucrativa y que no se averigua la verdad, el pobre miente. En su lugar, ¿no mentiríamos nosotros? Hipócrita o ciego el que lo sostenga.
La mentira y el engaño en el pobre son la transformación de nuestra dureza; allí podemos estudiarla; está en relieve, deja ver su repugnante desnudez. Aceptemos la responsabilidad de las faltas que incitamos a cometer y en vez de exclamar con altanería: ¡El pobre miente!, digamos con amargura: iLe hemos obligado a mentir!
II – EL POBRE ES DESCUIDADO
Para hablar de la miseria con acierto sería menester conocerla; para conocerla, haberla estudiado. Este estudio, ¿quién le ha hecho? Respondemos sin vacilar. Nadie. El actor del terrible drama no puede hacer más que sufrir; para los espectadores no hay punto de vista posible desde donde puedan juzgar con acierto. En unos el exceso de la indiferencia, en otros el de la compasión, en todos el de la distancia, no les permite formar una idea exacta.
Nosotros no sabemos lo que es la miseria; ignoramos cómo hace sufrir y sentir, cómo modifica moralmente al desdichado que inmola y, no obstante, queremos dictarles leyes, y ¡ay del pobre si no las guarda! ¿Qué diríamos del legislador que formulase un código sin conocer la historia, las costumbres, las leyes anteriores, la religión, el estado social, ni el país que habitaba el pueblo a quien debía regir? Pues ese legislador somos nosotros. Ignoramos lo que es la miseria, pero decimos al miserable: «Obra conforme a tales y tales reglas; de lo contrario, caerá sobre ti el anatema de mi desprecio y de mi abandono».
El descuido del pobre, su dejadez y falta de aseo, nos parecen harto culpables y a veces disminuyen nuestra compasión hacia él. Para tal y tal cosa, decimos, no se necesita dinero; un poco de cuidado basta. El pobre ha de ser limpio porque lo somos nosotros y tener el propio esmero de sus trapos, que nosotros con nuestras galas: la lógica no parece muy fuerte, pero no gastamos otra. Todos los argumentos que empleamos contra el descuido del pobre están sacados de nosotros mismos, de lo que nos agrada, nos conviene o nos obliga. Detengámonos un momento a considerar si pueden ser unas mismas las inclinaciones y los deberes, cuando son tan diferentes las circunstancias.
La limpieza es una cosa muy artificial y por ella se mide exactamente la civilización de un pueblo. Los niños son todos sucios; no hay ninguno que no se impaciente cuando se le asea y no trate de impedirlo: como es débil, sucumbe en la lucha, ni puede haber este triunfo. Entre otras tristes herencias recibe la de la suciedad y el abandono, estando muy complacido entre la mugre, que nos causa náuseas, y respirando sin disgusto la atmósfera infecta, que nos parece irrespirable; el bienestar que resulta del aseo y del orden no lo comprende, no le ha gustado jamás. Y luego, iqué prodigios de esmero necesita para ser limpio el que no tiene más que alguna camisa haraposa, el que no necesita dormir vestido, la madre que carece de ropa para mudar a sus hijos y de jabón y de tiempo para lavarlos! Insensiblemente se cae en el abandono, porque lo que es difícil todos los días, de hecho viene a no ser posible ninguno.
¿Qué nos sucede, a pesar de nuestros hábitos de toda la vida, cuando alguna pena grave nos aqueja? La mujer más pulcra, el hombre más elegante, ¿no tienen la barba crecida, el cabello desordenado, el vestido descompuesto? ¿Cuándo se asean? Cuando se consuelan; o se tranquilizan al menos. Esto nos puede hacer comprender, por analogía, que la miseria, que impone privaciones a que no es posible habituarse y lleva en pos de sí dolores renovados siempre, predispone a ese descuido que le echamos en cara y por el cual más de una vez nos creemos autorizados para abandonarla. Seamos razonables y justos y en vez de afirmar con acritud: iEl pobre es descuidado! ¡Digamos solamente: es bien difícil que la miseria no lleve en pos de sí la suciedad y el descuido!
III – EL POBRE ES IMPREVISOR
Si formamos una lista de los males que el pobre puede prever y anotamos en ella los que puede evitar, o atenuar siquiera después de haberlos previsto, nos asaltará esta duda: La imprevisión, ¿es una grave falta o una providencial compañera que, velando al pobre los males del porvenir; le deja disfrutar el bien presente?
El Pobre no puede realizar economías. Si mantiene y educa a su familia, si coloca en la Caja de Ahorros algunas cortas cantidades para cuando le falte salud o le falte trabajo, hace mucho, hace más que probablemente haríamos en su lugar los que le acusamos con ligereza. Si contempla su vejez, si la considera, debe aparecérsele como un espectro, cuya mirada lúgubre acibara todas sus alegrías. ¿Podrá evitar que sus hijos, formando otra familia, le abandonen? ¿Que teniendo apenas lo necesario, obedezcan al instinto que nos hace atender primero a los que nos deben el ser, que a los que nos le han dado? ¿Podrá evitar que sus fuerzas físicas se debiliten y que llegue un día en que nadie quiera darle un jornal? ¿Podrá evitar la especie de desdén con que se mira, cuando la pierde, al que no tiene más que la fuerza material? ¿Podrá evitar que las enfermedades, compañeras de la vejez y de la miseria, hagan amarguísimos los últimos días de su vida y apresuren su muerte? Si pensara en el porvenir, ¿pudiera gozar del presente, ni tener una hora de contento y alegría? Y si todo esto es cierto, ¿debemos acusar al pobre por su imprevisión, o bendecir a Dios que se la envía?
Es incomprensible para nosotros este olvido del porvenir y hay una fuerte propensión a condenar lo que no se comprende. Debemos notar un hecho, cuya analogía podrá ayudarnos a disculpar la imprevisión del pobre. Si un hombre inmortal viniera a vivir entre nosotros; si viniera y viera cómo amamos la vida, cómo tememos la muerte, ¿comprendería nuestro contentamiento, sabiendo que son tan contados los días que hemos de vivir sobre la tierra? Cada uno que pasa nos acerca a la tumba; pasa la niñez y la juventud, somos viejos: la muerte, esa muerte tan temida, está allí a dos pasos; y o no la miramos, o no la vemos, y seguimos alegremente nuestro viaje como si ignorásemos lo que hay al fin de él. Los pobres no piensan en la vejez. Y nosotros, ¿pensamos en la muerte?
Además, para que la previsión del pobre dé resultado, debe ir acompañada de una serie no interrumpida de privaciones, y al exigírselas, tal vez no hemos calculado bien la fuerza que necesitan, ni si lo que pedimos se halla muy en armonía con la naturaleza humana. He aquí una materia en que no es fácil que juzguemos con acierto, porque no podemos tener experiencia propia. No sabemos lo difícil que es quedarse con hambre todos los días de una semana, de un mes, de un año, para no carecer enteramente de pan al año, al mes, al día siguiente; no sabemos lo que es estar materializados por las ocupaciones y los hábitos de toda la vida y renunciar al hecho de un goce material presente, por la idea de evitar un mal futuro; no nos hacemos cargo de que el hombre es antes que todo débil y paciente, con más aptitud para sufrir los males, que para evitarlos, y que por cada mil que resistan el dolor, apenas habrá uno que resista a la tentación.
Si consideramos bien todas estas cosas, seremos más indulgentes con el pobre, comprendiendo que no es muy fácil que se prive de los goces materiales el que no conoce otros y cuán difícil es que reserve cada día una parte del jornal que íntegro no basta para satisfacer sus necesidades.
Sus necesidades… Entendámoslo bien, porque los pobres están siempre con hambre; y no se entienda que hablamos de los mendigos, sino de los que pueden trabajar y trabajan. Notemos, si no, que cuando la casualidad o la compasión, en un día solemne, dan al pobre todo lo que quiera comer, come cuatro, seis, ocho veces más de la cantidad que constituye su comida ordinaria. Seamos muy circunspectos antes de dirigir al pobre un nuevo cargo y, en vez de acusarle de imprevisor, pensemos que la previsión en él es en muchos casos de una utilidad harto problemática y es en todos dificilísima.
IV – EL POBRE ES VICIOSO
El hombre es vicioso en general: los vicios del pobre son más groseros, están más visibles, y sus consecuencias, si no más fatales, son más ostensibles; por eso se le dirigen cargos más severos. Seguramente el vicio es odioso, donde quiera que esté; pero suele ser más disculpable allí donde parece más repugnante.
El vicio viene de la preponderancia de la materia sobre el espíritu. ¿Y qué hacemos para espiritualizar al pobre, para hacer penetrar la luz de la religión y de la ciencia, la verdad bajo todas sus formas, a través de esa ruda corteza, que cubre sus más nobles facultades? ¿Qué hacemos para arrancarle de la taberna, del garito, de la orgía? ¿Por qué la ley da tutor al niño, al joven? ¿Es tal vez porque su cuerpo es débil? No: es porque es débil su razón. La del pobre lo es siempre; es menor toda la vida y menor sin que haya nadie que se encargue de su tutela. De niño, de joven, ni de adulto, ¿quién le enseña grandes verdades, ni le inspira elevadas ideas? ¿Quién vigila sus juegos ni sus diversiones, para que la necesidad de descanso no se convierta en fuente de corrupción? ¡El descanso del pobre! He aquí su más terrible enemigo. Tras una semana de trabajo y de privaciones, el sábado por la noche no le preocupa la idea de madrugar al día siguiente y tiene dinero. iQué tentación! Allí está la taberna, donde entrar con sus amigos a gozar los únicos goces que él comprende. Primero se bebe, se habla y se ríe; luego… Dios perdone al pobre que peca y al rico que no procura apartarle del pecado
¡Cuántos vicios se evitarían, cuántos crímenes nada más que con pagar al jornalero el lunes antes de entrar a trabajar, en vez del sábado cuando deja el trabajo! ¡Cuándo podría moralizarse al pobre, ocupándose de su día de fiesta tan fatal para él y haciendo que le distribuyese entre sus deberes de cristiano y sus entretenimientos de hombre racional! ¡El pobre, como los niños, se divierte con tan poco! Nosotros, al visitarle, no podemos evitar este abandono; pero debemos tenerle presente, para ser tolerantes con los vicios del pobre, que tiene menos elementos que nosotros para resistir a ellos.
La embriaguez, o cuando menos, el abuso de los vinos y licores, es una de las causas, la más poderosa tal vez, de los extravíos del pobre. Vemos o sabemos que el que no tiene pan para el día emplea los pocos maravedises de que dispone en el aguardiente de por la mañana. Esto nos indigna, inspirándonos acaso la idea de retirarle un socorro que no merece quien gasta en vicios sus pocos recursos. Reflexionemos un poco antes de condenar sin apelación.
El abuso de las bebidas espirituosas tiene su origen unas veces en la taberna, única distracción que halla el pobre, y otras en una ley fisiológica. Tengámoslo muy presente. Nosotros nos escandalizamos de que beba aguardiente el que no tiene pan, ¡y los fisiólogos nos dicen que es una cosa natural y conforme con las leyes de nuestra organización! Las bebidas alcohólicas reaniman el cuerpo abatido por la miseria, dan vigor a toda la economía, embotan la sensación del hambre, producen un bienestar físico y a veces moral, que el miserable no puede conseguir de otro modo. Este vigor artificialmente adquirido pasa luego, la reacción viene después, y el desdichado busca nueva fuerza en un nuevo estímulo. Este medio violento es fatal para la salud, que no tarda en resentirse: del uso se pasa al abuso: el hábito adquirido en la miseria se conserva, aun cuando se haya mejorado de posición, y la enfermedad y el vicio degradan el cuerpo y pierden el alma del que se abandona a la embriaguez.
Pero en muchos casos, no lo olvidemos, su origen está en una propensión natural, en una ley fisiológica, que nos manda reparar nuestras fuerzas ante todo, buscar alimento a la combustión que da calor a nuestros miembros, aunque a la larga el combustible haya de ser fatal.
Seamos, pues, tolerantes, muy tolerantes, con los vicios cuyo origen es una desgracia.
V – EL POBRE ES INGRATO
En vez de exclamar: «iEl pobre es ingrato!», hablaríamos con más exactitud diciendo que el hombre en general no es muy agradecido. ¿Son tan raros los ejemplos de ingratitud entre las personas bien acomodadas? Por desgracia son más fáciles de contar los que recuerdan los beneficios, que los que los olvidan.
El pobre, decimos, se acostumbra a recibir el bien que se le hace, como si se le debiera en justicia. ¿Y nosotros no creemos que se nos debe el bien que recibimos? ¿Somos muy escrupulosos para investigar si es merecido?
Hay dos razones para que el pobre nos parezca menos agradecido que lo es realmente. La primera, lo brusco de su lenguaje, la dificultad que halla en expresarse de una manera parecida a la nuestra, lo poco habituado que está a la expansión de los efectos benévolos, de que tan rara vez es objeto: también necesita educarse la gratitud. La segunda causa es que a veces damos el nombre de favor a la justicia y creemos de muy buena fe que fuimos buenos y generosos, cuando realmente no hemos sido más que justos.
Sin duda que, aun reduciendo su número conforme la razón manda, quedarán entre los pobres muchos ingratos; la ingratitud nos afligirá, es natural; pero no debe producir en nosotros cólera ni desaliento. Si no hallase más que criaturas agradecidas, resignadas, prontas a enmendarse, ¿dónde estaría el mérito del visitador del pobre? ¿Dónde su virtud? ¿Qué premio en el cielo, qué respeto en la tierra merecería el que marchase tranquilamente por un camino, donde no hubiera abrojos ni precipicios, derramando bienes a derecha e izquierda, sin esfuerzo alguno de su parte? La ingratitud es una prueba: sufrámosla, y dichoso el que no la merezca como castigo.
Pero si ante Dios la ingratitud es un gran pecado, respecto de nosotros, ¿no debe considerarse como una gran desventura? Si hemos padecido en la vida, si una mano piadosa ha venido a consolarnos, si hemos derramado las dulcísimas lágrimas de la gratitud, bien celestial de los tristes, lejos de irritamos contra el ingrato, le compadeceremos, como al que le falta un miembro o un sentido, y diremos al dejarle: «iInfeliz!, ¡tiene la desgracia de no agradecer!»
Estas reflexiones que hacemos sobre las faltas del pobre no significan que debamos sancionarlas; por el contrario, combatámoslas sin descanso; pero debemos llevar a esta lucha: calma, tolerancia, verdadero conocimiento del origen y extensión del mal que queremos remediar; en una palabra, espíritu de caridad. El pobre no se corrige por acriminar sus vicios y darle para su enmienda facilidades que no existen; al contrario, con esta conducta se la exaspera y se la desalienta. Todos tenemos conciencia y propensión a reconocer nuestras faltas pero, si se exageran, el amor propio y el espíritu de justicia toman la iniciativa, la pasión hace oír su voz, y empezando por defender nuestro derecho, concluimos por defender nuestra culpa.
Meditemos bien la parte de responsabilidad que cabe al pobre en sus faltas y aun restemos caritativamente algo, seguros de que no hay como hacerle gracia, para que él se haga justicia. Cuando tratemos del remedio, no soñemos facilidades que no existen, que conducen a exigencias absurdas e injustos cargos. Para que una cosa difícil se haga imposible, no hay como pintarla fácil.
El pobre se extravía, necesita toda su fuerza para volver al buen camino; si le pintamos su enmienda como cosa que no exige sino un leve esfuerzo, le hace y, viéndole inútil, desconfía de nosotros y de sí mismo, se desalienta y se exaspera, pensando en que le engañemos acerca de las grandes dificultades que tiene que vencer, o que negamos justicia al mérito de haberlas vencido. Esto no lo expresa tal vez con claridad, pero lo siente, y tiene una frase con que muy a menudo formula nuestros errores: «¡Los señores no saben lo que son trabajos!»
Que nunca digan esto nuestros pobres. Procuremos, por el contrario, que el desdichado repita estas palabras como una bendición: «¡Parece que los señores han sido pobres, según nos comprenden y nos disculpan y nos consuelan!».
Concepción Arenal
Bilbao 2009







