Manual del Visitador del Pobre (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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¿Qué somos nosotros?

Si no llevamos al visitar al pobre un espíritu de humil­dad razonada y sentida, nuestro orgullo se notará sin que nosotros lo notemos. No hemos de tener el aire de un gran señor que consiente en descender de su esfera, ni del justo que tolera los defectos del pecador, sino de hermano coloca­do por la Providencia en situación más ventajosa, que se afli­ge de que su hermano no pueda participar de ella, y quiere prestarle auxilio y consuelo.

Entremos dentro de nosotros mismos, antes de entrar en la casa del pobre, y preguntémonos: ¿Qué somos? ¿Qué hemos hecho para evitar las desgracias o los extravíos que deploramos en otro? ¿Qué noble empleo hemos dado a nues­tra inteligencia, a nuestra riqueza, a nuestro poder? ¿En qué grandes luchas ha triunfado nuestra virtud? ¿Qué grandes sacrificios hemos hecho por los que acusamos? ¿Qué sublimes ejemplos hemos dado a los que intentamos corregir? ¿Qué mérito hay de nuestra parte al no caer en faltas de que no pode­mos tener ni la tentación siquiera? Si ésto nos preguntamos en el silencio de nuestras pasiones acalladas, si a ésto respondemos en la sinceridad de nuestra conciencia, ¿quién de nosotros se atreverá a levantar la mano para arrojar la piedra de su desdén y de su cólera sobre los míseros, que Dios no colocó tan abajo sino para que los levantásemos? ¿Quién tan desvanecido por la felicidad, que crea merecerla?

Todas las circunstancias que a nuestro parecer nos ele­van sobre el pobre son puramente accidentales. Nuestra for­tuna constituye nuestro mérito y rara vez podemos reclamar otro que el empleo que hagamos de sus dones. ¿Y quién de nosotros se atreverá a reclamarle? ¿Quién hay tan ciego que se atreva a decir a Dios ni a los hombres?: «Yo hice todo el bien que podía hacer, yo evité todo el mal que estaba en mi mano evitar» ¿Quién hay que no sea justiciable de algunas de estas dos grandes faltas?: Hacer verter lágrimas, o no haber­las enjugado

iQué de causas atenuantes para las faltas del pobre! ¡Cuántas agravantes para las nuestras!

Desde niños aprendemos a conocer a Dios, a temerle y amarle. Nuestras facultades se educan, nuestros buenos ins­tintos reciben expansión, siendo comprimidos los malos. Tenemos nociones exactas de lo justo y de lo injusto; a nuestros ojos aparece el vicio en toda su fealdad, la virtud en toda su belleza. ¿Cómo, si todo tiende a elevarnos, descen­demos tanto? ¿Cómo, entrando en los combates con tantos elementos de victoria, sucumbimos tantas veces? Ante el tri­bunal de la divina justicia, nuestra causa ha de tener más difí­cil defensa que la de esa gente objeto de nuestra caridad, muchas veces desdeñosa. Pensemos que la prosperidad se convierte fácilmente en ciego orgullo; que, muy solícitos para averiguar si hemos merecido nuestra mala suerte, reci­bimos la buena como si nos fuera debida. Para entrar en casa del pobre con humildad de corazón y de inteligencia, inves­tiguemos si en su lugar nos condujésemos mejor que él y, a la vista de sus faltas, de sus vicios, tal vez de sus crímenes, dirijámonos esta pregunta: ¿Los pobres serían lo que son, si nosotros fuéramos lo que debíamos ser?

Concepción Arenal

Bilbao 2009

 

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