Manual del Visitador del Pobre (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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¿Qué es el dolor?

Hay un enlace tan íntimo entre nuestras ideas, nuestros sentimientos y nuestras acciones; influye tanto lo que pensa­mos en lo que hemos de hacer, lo que hemos hecho en lo que habremos de pensar y sentir; la idea, el sentimiento, la acción se eslabona de tal modo para formar un círculo, en que cada fenómeno es a la vez causa y efecto, que no será nunca excesivo el empeño que tengamos en rectificar nues­tros errores, a fin de que una idea equivocada no nos con­duzca a una acción culpable.

Será muy difícil que al visitar al pobre aliviemos su dolor, consolemos su miseria espiritual y corporal, si antes no formamos una idea exacta de nuestra posición respectiva; si no llevamos una humildad y una tolerancia sentida y razo­nada; si no podemos responder con exactitud a estas tres pre­guntas; ¿Qué es el dolor? ¿Qué somos nosotros? Si damos a cada una de estas preguntas su verdadera respuesta; si la meditamos y nos identificamos con ella, entraremos a visitar al pobre en tal situación de espíritu, que ocuparemos siem­pre el lugar que nos corresponde, y haremos todo el bien que debemos hacer.

El dolor no es para las sociedades ni para los individuos un estado transitorio, una consecuencia pasajera de circuns­tancias especiales o deplorables errores, sino una necesidad de nuestra naturaleza, un elemento indispensable de nuestra perfección moral. Por eso no debemos mirarle como un enemigo, sino como un amigo triste, que ha de acompañar­nos en el camino de la vida.

Imaginemos, si es posible, una sociedad sin dolores, y creyendo encontrar una mansión de delicias, hallaremos un pueblo de monstruos repugnantes. El que no recibe más que impresiones gratas, se degrada física y moralmente, se envi­lece sin remedio. Sin lucha, sin contrariedad, sin abnegación, sin prueba, sin sacrificio, sin dolor, en fin, no es posible moralidad ni virtud. ¿Quién cambia los groseros instintos en elevados efectos? El dolor, la amistad, que no existe sin los amargos días de prueba; el amor, que se purifica orando junto a un lecho de muerto o sobre una tumba querida; el afecto maternal, tan sublime en sus temores y en sus penas; el heroísmo, que bajo cualquier forma que se le considere se riega con lágrimas o con sangre; el arrepentimiento, que no existe sin la amargura de la falta; el perdón, que ha saborea­do el desconsuelo de la injusticia; todo cuanto hay en el hombre, grande, puro, santo, ¿dónde tiene su origen? en el dolor. Examinemos bien todo lo que nos interesa, nos con­mueve, nos admira, nos entusiasma, y hallaremos en el fondo algún dolor, algún grave dolor como su raíz necesaria.

Por el contrario, el placer, ya lo hemos dicho, enerva y degrada; es un árbol de bella flor y envenenado fruto, cuya sobra es mortal. El que no recibe más que sensaciones gra­tas, no sabe pensar ni sentir; no comprende, ni padece, ni ama; no es hombre. Su ser moral carece de un elemento esencialísimo, despreciable y despreciado, arrastra una vida perjudicial para sí e inútil para los otros.

Hastiado y egoísta, busca el placer, como la mariposa la luz en que aparece: va apurando una tras otra la copa de todos los deleites y leyendo en el fondo dé cada una: vacío, degradación, ruina. La miserable naturaleza humana no sopor­ta impunemente la dicha sin contratiempo; el bien sin mez­cla de mal, que no corrompa y degrade, no es la felicidad de la tierra, es la bienaventuranza del cielo.

No llevemos, pues, enfrente del dolor una impaciencia hostil, ni la idea de combatirle, sino la de consolarle, utili­zándole para la perfección moral de quien le sufre y de quien le consuela.

El dolor es el gran maestro de la humanidad. i Qué lección tan sublime encierra a veces una lágrima que verte­mos o que enjugamos!

El dolor espiritualiza al hombre más grosero, torna grave al más pueril, le aleja de las cosas de la tierra, y parece que le hace menos indigno de comunicar con Dios.

El dolor levanta al caído, abate al fuerte, confunde al sabio, inspira al ignorante y establece un lazo de amor entre los que se aborrecían.

El dolor purifica lo que está manchado, santifica lo que es bueno y diviniza lo que es santo. Acostumbrémonos, pues, a mirarle como un poderoso auxiliar, que Dios nos envía para la perfección del hombre; como el solo cauterio que puede poner coto a la gangrena de la corrupción huma­na.

Pero ¿cómo esta corrupción es tan grande, si el remedio se ve por todas partes con profusión lastimosa? El dolor enseña, purifica y eleva; donde quiera que volvamos los ojos, vemos dolores sin número; ¿cómo, pues, no poseemos toda la verdadera ciencia y somos puros y grandes? ¡Ah!, Porque el dolor sin compasión, en vez de moralizar, deprava; y no es un elemento de moralidad sino a condición de ser compade­cido y consolado. Hijo mísero de la tierra, sólo enlazado con la caridad que viene del cielo, produce el arrepentimiento y el heroísmo, las lágrimas santas de la gratitud y de la compa­sión, que caen como un divino bálsamo sobre las heridas de la humanidad culpable y afligida.

Hemos dicho que en el fondo de todo lo que nos admi­ra y conmueve, hay siempre un gran dolor; ahora debemos añadir que el dolor, origen de las más grandes virtudes, suele serlo también de los más horribles crímenes. ¿Cómo así? Porque le abandonamos a sí mismo, porque le depravamos en el aislamiento, porque le endurecemos con nuestro ego­ísmo, porque le irritamos con nuestra alegría y, habiéndole recibido de Dios como un medio de perfección, con manos sacrílegas le convertimos en un instrumento de muerte.

Mirad aquellos dos hombres atribulados por el dolor físico o por el dolor moral: los dos han sido maltratados por la fortuna, o probados por la Providencia. Al uno, desde niño se le trató con dureza; nunca tuvo una mano que enjugase su llanto, un corazón que fuera el eco de sus penas, una inteli­gencia que despertara la suya y la elevara a Dios. Todas sus facultades amantes se han embotado por falta de ejercicio; todos sus perversos instintos han adquirido una actitud febril: ha empezado por aborrecer a los que eran duros él y ha concluido por aborrecernos a todos. La dureza de los otros le ha petrificado; no hay en él ni gratitud ni compasión. Si queréis hacerle bien, os insulta; si hablarle a Dios, blasfe­ma. El otro tuvo quien le compadeciera y le exhortara a sufrir con paciencia por amor de Jesús, que tanto sufrió por él. Su dolor, siempre consolado, ha hecho nacer en él una resignación dulcísima. Sin apego a las cosas de la tierra, donde tanto padece, parece no estar en ella sino para dar un sublime ejemplo; y fija la vista en el cielo, bendice sus sufri­mientos y ama con amor y gratitud infinita al que le lleva consuelo.

Estas dos criaturas tan diferentes habían nacido iguales: el dolor abandonado hizo del uno un monstruo; el dolor compadecido hizo un ángel del otro. Sin duda que el hom­bre puede y debe ser bueno en todas las circunstancias de la vida; pero la humanidad es débil, fuerte la propensión al alma, y gravísima nuestra responsabilidad si, pudiendo evi­tarlo, dejamos al hombre en circunstancias tales, que no pueda salvar su virtud sin heroísmo.

Penetrados de estas verdades, tengamos a la vista del dolor una compasión resignada, que nos aparte de la dureza y de la impaciencia. Miremos las desgracias como otros tan­tos medios de perfección para el que las sufre y para el que las consuela; pensemos con cuanta frecuencia se invierten en la vida los papeles de consolador y consolado; repitámonos una y mil veces que el dolor compadecido purifica y, aban­donado, deprava.

Concepción Arenal

Bilbao 2009

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