Manual del Visitador del Pobre (Conclusión)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Mis últimas palabras no se dirigen al visitador del pobre: él sabe por experiencia cuántas lecciones se reciben, cuántos consuelos se hallan en la práctica de la caridad; no hay que recomendársela: como la conoce, la ama. Si la casualidad lleva este libro a manos de una persona que no ha visto nunca de cerca los dolores del pobre; si no le arroja desdeñosamente; si lee con interés alguna de sus páginas, la autora, en premio de las lágrimas que ha vertido al escribirlas, le pide una buena acción: que se acerque una sola vez adonde gime la desgracia: al hospital, al hospicio, a la cárcel, a casa del pobre. i0h tú, quienquiera que seas, hombre o mujer de corazón, donde el mío ha encontrado algún eco: ven, ven, entra; no pases, por Dios, sin entrar, por delante de la puerta de ese desdichado! iSi supieras qué fácil y qué dulce es hacer bien! iSi supieras con qué poco esfuerzo podías dar la libertad a aquel inocente encarcelado, salvar la vida a aquel pobre niño que muere por falta de alimento, guiar al que se extravía, fortalecer el ánimo del que decae, dar esperanza al que la ha perdido, y consuelo al que no tenía ninguno! iSi supieras cuántos hay por tierra, porque no tienen quien les alargue la mano; cuántos enfermos de cuerpo o de alma, porque, como el de los libros santos, no pueden ir en busca del agua que da la salud, ni han hallado quien los lleve! Entra, entra. Aprende a ser bueno, y a ser feliz, y a ser desgraciado. Llora alguna de esas lágrimas santas que arranca el dolor ajeno; de esas lágrimas que, cayendo sobre el corazón, le consuelan si sufre y, si está manchado, le purifican. Completa tu felicidad con esa celeste alegría que Dios reserva a los que hacen bien. Sobrelleva paciente tu desgracia, viendo la resignación del que sufre más que tú. Entra, entra. Aprende a conocerte, no te calumnies; tú vales más que imaginas, tú eres mejor de lo que pensabas. Por ignorancia, por ligereza, te colocaste entre los miserables; y ya lo ves, en tu corazón hay un tesoro. ¡Tu corazón! ¿Y es completamente dichoso el corazón tuyo? ¿No te atormenta, no le aflige ninguno de tantos dolores como pueden apenarle? Si no ha sufrido, si no sufre, sufrirá: esa es la ley; y para sus heridas, ¡qué bálsamo tan prodigioso podrías hallar en la caridad! Aspiraciones imposibles de alcanzar, deseos que no pueden realizarse, vacíos que nada llena, dolores en todos los grados, bajo todas las formas, que escarnecen la razón, que no escuchan la fe, que rechazan la esperanza, han hallado en la caridad dulce consuelo. Si comunicaras con los desdichados en tus penas y en tus prosperidades, tus dolores serían menos acerbos y tus alegrías menos incompletas. Si no tienes una mirada piadosa que dirigir al desvalido, ni le ofreces una mano amiga; si eres desdichado, corres peligro de desesperarte y si dichoso, de envilecerte. Sé bueno en la prosperidad, para que Dios te la bendiga y no sea maldita entre los hombres. Sé bueno en la desgracia, para quitarle lo que tiene de más acerbo; y cuando tus oídos estén sordos al consejo y al consuelo, que penetre en ellos la celestial melodía de una bendición. ¿Y no te parece que hay algo de repugnante y de impío en esa felicidad que olvida al infortunio? ¿Y no te parece que Dios debe negar la entrada en su reino al dicho¬o que no lleve sobre su cabeza la bendición de algún triste? No pases de largo por la puerta del afligido; entra aunque sea una vez sola: si eres dichoso, para ser bendecido; si eres infeliz, para ser consolado.

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