Mamá Maggie: la madre Teresa del Cairo

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos cristianosLeave a Comment

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Autor: Honorio López Alfonso, cm. · Año publicación original: 2015.
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Maggie-Gobran

Está casada, tiene dos hijos, hoy navega en sus 60s, se llama Maggie Gobran. Era Ejecutiva de mercadotecnia, profesora de Informática en la Universidad del Cairo, hija de la alta clase media de Egipto. El 2012 fue nominada para el Nobel de la Paz. Es comprometida cristiana copta, parte de los discriminados y con frecuencia perseguidos cristianos coptos.

Hace unos 30 años, en la fiesta de Pascua, se unió a un programa de ayuda a los niños de los basureros, luciendo aún sus llamativas joyas. “De pronto –confesaba el pasado marzo a un canal canadiense– vi a estos pobres niños mirándome y diciéndome: Por favor, no nos dejes. Fue una especial llamada que me llegó al corazón”. Y añadía: “Hay un héroe en cada niño nacido, esperando que alguien le dé una oportunidad, y nosotros queremos que este héroe salga a la luz y llegue a ser un amoroso y real héroe exitoso”. Uno de esos primeros días de su inmersión entre los más pobres, quiso comprarle unos zapatos a una niña que no tenía nada. Pero la niña le pidió que se los comprara más grandes. La niña estaba pensando en unos zapatos para su madre, no para ella. Tras ese episodio, Maggie no conseguía dormir y comenzó vendiendo lo que tenía para dárselo a los más pobres. “No podía creer que seres humanos pudieran vivir así, rodeados de basura”. Eran los “zabbaleen”, en su mayoría cristianos coptos discriminados, además de indigentes. Pero Maggie no se quedó en letanías quejumbrosas contra el Gobierno, que ciertamente las tiene. De 144 países, el Foro Económico Mundial, colocó a Egipto en el número 141 por su baja calidad educativa.

En 1989, Maggie Gobran creó la Asociación Stephen’s Children (Los Niños de Esteban, en referencia al primer mártir cristiano). Hoy atiende, por medio de 90 Centros, a más de 30 mil niños. De esos de andrajosas vestiduras que caminan por entre el barro y la basura, por el barrio de Manshiyet Nasr, para llegar al centro comunitario de Mamá Maggie. Allí reciben una educación de calidad, limpieza, amor, además de servicios médicos y atención a sus familias. Y, sin acobardarse ante los peligros en un país de mayorías musulmanas –y con frecuencia perseguidoras–, Maggie Gobran proclama abiertamente su identidad: “Llevar a Cristo a los pobres”.

Son los que “no tienen comida, tienen hambre cada día, pero buscan sobre todo amor y respeto. Están desnudos, pero sobre todo los han privado de su dignidad. Por eso estamos entre ellos. Y por eso cambian… pues cuando das alegría a alguien, la vida cambia. Los pobres se convierten en ricos: los ricos son más generosos con los pobres; se fortalece a los débiles y se da esperanza a los que han fracasado”.

La escuela de los mártires

El pasado febrero de este 2015, los medios de comunicación volvieron a fijarse en la normalmente silenciosa Maggie Gobran. Los musulmanes Jihadistas asesinaron en las playas de Libia a 21 cristianos coptos, “degollados solamente por el hecho de ser cristianos”, como recordó el Papa Francisco en la Misa del 17 de de febrero. “Nunca me imaginé que Dios me haría madre de algún mártir”, dijo Maggie Gobran, entre lágrimas, ante la matanza de estos cristianos. Stephen’s Children tenía contacto con ellos y sus familias. Y, al menos, cinco de ellos habían sido educados en sus Escuelas. Así Bishoy Estafanaous, Samuel Stafanaus, Girgis Milad, Mina Fayez y Abanoub Ayad. “He comido con ellos, –dice Mamá Maggie– he rezado con ellos, he jugado con ellos, he llorado con ellos, he estudiado con ellos”… y estos cristianos “no renegaron de su fe. Y nosotros estamos orgullosos de ellos. Son mártires en el cielo. Soy feliz de ser madre estos mártires”…

Han honrado en verdad su apellido de Niños de Esteban, de seguidores el primer mártir cristiano. Y ellos le dan nueva fuerza a Maggie Gobran para seguir en su tarea de llevar a Cristo a los pobres y a los pobres a Cristo. Desde su vida y su entrega, seguramente que el Señor interroga nuestra vida y nuestra calidad de entrega.

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