¡Cuánto tiempo hacía que las Hijas de la Caridad de la India esperaban esta visita! Al fin, la ilusión de la espera se convirtió en gozosa realidad, el día 28 de enero, cuando Sor Catalina y Sor Pottanany, en nombre de la pequeña Provincia Misionera, daban la bienvenida a Nuestra Madre en Calcuta.
También la Madre tenía deseos de realizar este encuentro y desde el primer momento se manifestó feliz entre sus hijas.
Calcuta fue su primer encuentro con la India. Calcuta es muy distinta a la parte de la India donde trabajan las Hermanas y produce gran impacto en el visitante que viene de Occidente. La Madre, sin reparar en fatiga ni calor, no quiere descansar, quiere salir, ver todo, y así las pocas horas que han de esperar hasta la salida para Berhampur son aprovechadas al máximum.
Visita primero a Mons. Picachy, el antiguo obispo de Jamshedpur (en cuya diócesis estableció dos casas de Hijas de la Caridad) y actual Arzobispo de Calcuta. Mons. Picachy aprecia a las Hermanas que quiere ver de nuevo en su archidiócesis al servicio de sus muchísimos pobres, deseo que expresa a nuestra Madre.
Como a Calcuta (Kalicota) le viene su nombre de la diosa Kali, las recién, llegadas se dirigen al famoso templo de la diosa. No es cosa fácil el acceso al templo para los no hindúes y, por ello, antes se entrevistan con uno de los «puyaris» o sacerdotes. Este las enseña todo lo que puede ser enseñado a todos, excepto el recinto más sagrado donde no podrán entrar sin antes bañarse y purificarse en las aguas del Ganges o de algún río sagrado. Como sólo se habían bañado con agua del grifo, decidieron dejarlo para otra ocasión en que tuvieran más tiempo. No obstante, desde el umbral observaron con admiración y respeto la religiosidad de los fieles hindúes recibiendo el agua sagrada (procedente del Ganges) que los sacerdotes les ofrecían al entrar. Desde el umbral también pudieron observar las ceremonias hechas por una sacerdotisa con un niñito cuyos padres, muchos años sin hijos, lo consideraban como un don de la diosa.
Cerca del enorme templo, visitaron la antigua hospedería para los peregrinos hindúes, convertida hoy en un hospital para los mendigos, gracias a una mujer conocida casi universalmente por el trabajo de caridad desarrollado en la populosa ciudad. La Madre Teresa, con sus monjitas de sari, son ya bien conocidas en Calcuta. Ellas recogen los mendigos enfermos y moribundos en esta antigua hospedería y los cuidan de día retirándose de noche a su convento y dejando a estos pobrecitos al cuidado de personas seglares! No pudieron saludar a la Madre Teresa, ausente en aquellos días.
Van de prisa a la estación, con los ojos bien abiertos en su deseo de captar lo más posible de esta misteriosa y variada India que pisaban. El tren no tenía tanta prisa y se encuentran con que tienen que esperar cuatro horas en la estación. El fotógrafo pudo sorprender entonces a nuestra Madrey a su acompañante, Sor Hilda (Consejera de habla inglesa), sentadas sobre las maletas en el andén de la estación.
Al fin, el tren salió camino de Berhampur y tanta prisa se dio que pudo ganar bastante del tiempo perdido, poniendo en apuros a última hora a Sor Angelina y Hermanas de la Casa Provincial.
¡Qué alegría ver al fin a la Madre en la casa de todas! Alegría que se iba a ir repitiendo en todas las casitas de Hermanas que acá y allá salpican la Misión. Una y otra vez la India abraza simbólica y delicadamente a la Madre con los vistosos collares. A todos, la Madre les hace mucha fiesta y todos los guardas para, a su retorno a París —dice– colocar uno a cada una de sus colaboradoras en la Casa Madre. También se aprende pronto el «Nomoscaro», con el que responde graciosamente a los tantísimos que recibirá a lo largo de los días de su estancia en la Misión.
Los días 29 y 30, la Madre los pasa en Berhampur, pero no descansando: ve todos los rincones de la Casa teniendo una palabra de ánimo para cada Hermana y también un ratito para cada una, pues todas y cada una de las Hermanas de la Provincia tienen la ocasión y el gusto de charlar con la Madre, que conquista a todas con su interés por todo, su sencillez y simpatía.
Aprovecha también para ver el hospital del Gobierno que le impresiona mucho y más al saber que es el que con los pobres comparten las Hermanas y Padres cuando necesitan atenciones médicas especiales. Por eso le es tan fácil compartir la preocupación nacida de la necesidad de que la Misión tenga uno propio.
En un rato libre aprovecha también para visitar un templo hindúe y una mezquita mahometana.
El día 30, por la mañana, son las Hermanitas del Seminario las que reciben la visita maternal. El sencillo Seminario está a tono con el rostro radiante de las ocho Hermanitas que no disimulan su contento. Con la avidez de recibir todo lo que las vaya moldeando en el espíritu de la Compañía, las Hermanitas escuchan las maternales consignas y cuatro de ellas tienen el honor de que les conceda el Santo Hábito que le pidieron. También ellas deleitaron unos momentos a la Madre con música india. Seguidamente llegó a las abuelitas de Marillac el turno de obsequiar a la ilustre visitante, lo que hicieron poniendo la nota simpática al cambiar una de ellas el habitual sari por un vestido de «mademoiselle» y dirigir a nuestra Madre un saludito en francés.
En la tarde de este día, y visto ya lo de dentro, pudiéramos decir, se van a un pueblecito a unas millas de distancia de Berhampur adonde semanalmente las Hermanas van a dar medicinas a los enfermos. Entonces y muchas veces más la oiremos decir: ¡Qué bien estaría un jeep que fuera dispensario ambulante, y pequeños dispensarios dispersos en los poblados, adonde los pobres puedan acudir a la venida de las Hermanas! Y as i acaba su segundo día en la Misión.
El día 31 era el bullicioso centro de Surada el que se ponía en movimiento en espera de la Madre. A las once de la mañana, precedida por la banda de música de la escuela de los chicos, y entre dos largas filas de chicos y chicas y también de los pobres de los barrios próximos, la Madre se dirigía a la grande y rebosante Iglesia parroquial. Allí, con el corazón en la boca, y el grito en el cielo, centenares de voces entonaron un canto de gozo dando gracias al Señor por tan grata visita.
La Madre y Sor Hilda visitaron las dependencias de la Casa quedándose impresionadas por la sencillez de vida y las pocas cosas que nuestras niñas necesitan para ser felices: la enorme Iglesia, fuera de los tiempos de culto, no presenta más que sus tres grandes naves vacías, ya que en el santo suelo se sientan y arrodillan estas buenas gentes; los dormitorios, vistos de día, no son más que limpios y desiertos salones. Nuestras niñas, como la mayor parte de los indios pobres y aún de clase media, no necesitan cama y duermen plácidamente con sólo unas telas o nada sobre el suelo. En el comedor nadie verá tampoco ni mesas ni sillas, ni siquiera cubiertos ya que, al estilo indio, comen con la mano sentadas en el suelo. Y en casos de apuro o de excursión (los hindúes incluso en sus grandes fiestas como un rito más) una hoja de plátano puede suplir perfectamente al plato. ¡Cuánto nos complicamos la vida los demás! dirán ellos.
También visitó el dispensario y vio con mucho gusto las casitas que, próximas a él, se están construyendo para que los pobres enfermos graves que vienen de lejos, se puedan quedar unos días hasta conseguir su mejoría.
Un detalle de Surada, que la Madre no olvidará seguramente, fue la visita a dos de los barrios pobres que visitan las Hermanas. En uno fue realmente impresionada a la vista de dos mellicitos raquíticos, cuyos rostros reflejaban el sufrimiento que aún no son capaces de comprender con sus dos o tres añitos. Su padre había muerto poco antes y la madre, alcohólica, no les cuidaba adecuadamente. Cuando la madre recobró la lucidez fue convencida para que a su vuelta a Berhampur las Hermanas se los llevaran para el Nusery de Gopalpur donde a los pocos días ya estaban desconocidos. Otro consuelo tuvo en el segundo barrio y fue el bautismo de un pobre hombre enfermo de cáncer facial, a quien las Hermanas estaban atendiendo y que falleció a la mañana siguiente de recibir el bautismo.
El día 1 de febrero, de vuelta de Surada, 36 Hermanas tuvieron el gusto de reunirse en torno a la Madre, en la Casa. Provincial, en una charla familiar e inolvidable.
El apretado programa y las largas distancias para ir de un sitio a otro, no han impedido que la Madre haya podido ver y hablar a todas y cada una de las Hermanas y ver todas las Casas con excepción de las dos más distantes de Manmad y Adra, cuyas Hermanas, por turnos, acudieron a diferentes lugares para no perder la preciosa oportunidad.
Uno de sus primeros cuidados al llegar a los distintos centros ha sido el ir a visitar a los Padres, poniendo siempre de relieve en las visitas el gozo que siente al ver tan unida a la doble familia vicenciana misionera.
El Sr. Obispo, de acuerdo con su proverbial y conocida amabilidad y simpatía y su no disimulado afecto por las Hermanas, acudió pronto a saludar a la Madre y celebrar la Santa Misa en la Casa Provincial.
El día 2 amaneció fresco, con presagios de ser buen día. Este día un centro de la montaña, el antiguo centro de Kattinga, se disponía a recibir a la Madre como las «kattingueros» (así los conocemos en toda la Misión), saben hacerlo cuando quieren. Y esta vez querían.
Camino de Kattinga, hubo la obligada parada en Aligonda, y más obligada aún puesto que es el centro del P. Moreno, quien amablemente este día se había convertido en el chófer de la Madre, y naturalmente, la condujo por «sus caminos» y a su casa. El simpático centro de Aligonda recibió a la Madre con todos los honores. El P. Moreno, al dirigir unas palabras a la Madre en nombre de todos, expresó el sentimiento común: sólo una cosa —dijo— falta a Aligonda para ser completo y es la presencia de las Hermanas largamente esperadas. La visita de la Madre, ¿acelerará esta venida? ¿Quién lo sabe? El hecho es que pareció más próxima en otros tiempos.
Desde Aligonda, por caminos de cabras podríamos decir, reanudan su viaje a Kattinga que se vuelca en la recepción: allí hubo de todo: cantos en español y en oriya, dramas, danzas, etc. Por descontado queda que todas y cada una de las Casas que la Madre visitó fue obsequiada con una veladita que antes de empezar se aseguraba que sería de diez o a lo más de quince minutos, pero que al final había que confesar que no había sido muy larga, pues no había llegado a la hora. ¡Hay tantas cosas bonitas que mostrar y decir a la Madre!
En Kattinga, como en todos los sitios, hubo extraordinario para los pobres en la comida y las ilustres viajeras disfrutaron no poco ayudando en el reparto. Como nunca tiene que faltar algún inconveniente, a la hora de preparar el jeep para la vuelta, resultó con avería. Tal vez algún travieso kattinguero encontrara en este medio el único recurso para retener allí a la Madre unas horas más. Todo se puede pensar.
Como no hay mal que por bien no venga, la Madre aprovechó el tiempo dándose un paseíto por el barrio y haciendo disfrutar a los chiquillos. Mientras tanto, el Sr. Obispo que había llegado a Aligonda, al recibir la noticia, envió su propio jeep, único medio de que las ilustres viajeras pudieran salir de aquellas apartadas montañas.
De Kattinga y a través de espesos bosques, las viajeras llegan a Boropoda, otro centro perdido en la lejanía, donde las Hermanas atienden un dispensario, una escuelita con internado y visitas a los pueblos más o menos distantes. En Boropoda, como en Kattinga y algunos centros más, no hay electricidad, con toda la falta de otras muchas cosas que de aquí se deduce. Las Hermanas, como en todas las demás Casas, volcaron todo su cariño al recibir a la Madre y tuvieron el simpático detalle de preparar para aquel día el bautizo de una niñita aborigen de siete años, a quien dieron el nombre de Cristina, en honor de la Madre. La pequeña neófita rebosante de dicha, dio un espontáneo y apretado abrazo a la Madre al terminar la ceremonia, como si quisiera agradecerla lo que debe a las Hermanas por la gracia que acaba de recibir.
Y otra vez cruzando bosques, el día 5, camino de Gunupur. En Gunupur todos los cristianos en manifestación, con Padres y Hermanas a la cabeza, salieron a recibirlas un tanto lejos de la pequeña ciudad, tal vez con prisa por encontrar cuanto antes a la Madre. Entre nubes de polvos y sombrillas de colorines, los conducen hasta la casa de las Hermanas y si se descuidan, les hacen dar una vuelta completa por el pueblo en estas condiciones, a lo que se opuso oportunamente Sor Victoria para ahorrar esta molestia a las recién llegadas.
La Casa de Gunupur es una casa pequeñita de parroquia, por las que nuestra Madre no disimula su especial simpatía. Allí visitó el concurrido dispensario, única obra que las Hermanas tienen en casa, lo que les permite la necesaria soltura para visitar a los pobres del pueblo y enseñarles catecismo, así como otros pueblos más o menos distantes. La Madre decía después graciosamente que de Gunupur recordaría siempre el polvo. Todas estamos seguras de que aun recordándolo, eso será lo de menos.
Aquel mismo día 5 regresaron a Berhampur, con lo que un problema de espacio quedó resuelto, pues la Casa de Gunupur es justamente para tres Hermanas, aunque esperen una más.
Después de descansar en Berhampur de la larga caminata, a la mañana siguiente salen camino de Raikia, las viajeras. La subida de las montañas es de una belleza natural extraordinaria y recordaría el norte de España si no fuera que aquí, con el sol indio, el paisaje es más brillante. Como es habitual en estas rutas, no faltaron los grupos de monos simpáticos y graciosos —ellas con sus nenes colgados al cuello— aunque un tanto esquivos y desconfiados para acercarse al grupo de viajeros y dejarse fotografiar con ellas.
Raikia, un centro similar al de Surada, por sus actividades, de nuevo hizo admirar a la Madre la sencillez de vida de nuestras niñas. Los pequeñines del Nursery se llevaron aquí una buena parte de sus atenciones. También la Escuela Superior que empieza este año llena de promesas y que era de verdadera necesidad al no haber ninguna en la Misión para niñas.
El día 7, después de bajar de Raikia y sin entrar siquiera por la Casa Provincial, van a Gopalpur, donde los chiquitines del otro nursery les esperan con sus encantos. También ellos tienen preparadas danzas y hasta un discursito en español que el Señor sabe la paciencia que habrá costado a las Hermanas meterlo en sus cabecitas. Allí se encontraron a los dos pequeños amigos que trajeron días antes de Surada.
Como ya es costumbre, en Gopalpur visitó la Casa Provincial de los Padres y el Noviciado donde los Novicios ofrecieron una pequeña fiesta en su honor.
Mientras nuestra Madre disfrutaba esas pocas horas en Gopalpur, todas las Hermanas Sirvientes iban llegando a Berhampur para la reunión programada para el día siguiente. En familiar coloquio la Madre comentó algunas determinaciones de la Asamblea y se interesó por todas.
El día 9 amaneció un poco triste en Berhampur. De mañana, la Madre emprendía ya su viaje de regreso, si bien con varias. paradas todavía para visitar varias Casas de Hermanas. La Casa Provincial se quedó un poco vacía después de haber albergado tan gratos huéspedes por algunos cortos días.
De camino para Calcuta, la primera parada obligada es Khurda que ofreció a nuestra Madre unas horas de descanso en el largo viaje de vuelta. Hermanas, maestras y niños las reciben y obsequian con la finura que les caracteriza y con pena la ven partir para la casita de Balasore que todavía está bastante lejos. Es ya casi de noche cuando llegan allí, después de un camino un poco accidentado por la persistente lluvia que, incluso goteaba dentro de la furgoneta.
En Balasore, el día 10, visita una de las varias colonias de leprosos que atienden las Hermanas, así como a las ancianas señoras que han hecho posible allí, con su generosidad, la estancia y el trabajo de las Hermanas.
Como el tiempo apremia, hay que salir de prisa para la nueva Casa de Khrisnachandrapur. Y tanta prisa se dieron que llegaron antes de tiempo, lo que en estos casos es casi peor que llegar tarde. Una cosa muy graciosa ocurrió aquí a la que la Madre, con su experiencia misionera se prestó pacientemente y excusó de buena gana.
A causa de esta anticipación, los preparativos de la rumbosa recepción planeada no habían terminado y el Padre José fue sorprendido «in fraganti». Pero ¿qué hacer? Todo menos que sus feligreses se quedaran decepcionados y tristes y así, ni corto ni perezoso, pide a las viajeras que, por favor, vuelvan para atrás otra vez y esperen a la entrada del pueblo hasta que todo estuviera dispuesto. Cuando todos, sin prisa, se prepararon, entonces recibieron el aviso de que ya podían entrar en el pueblo, lo que hicieron a bombo y platillo.
Sólo hace muy pocos días que residen allí las Hermanas y esperaban la venida de la Madre para la oficial inauguración de la Casa. Mons. Jacobo C. M., asistido por el Rev. P. Angel bendijo las dependencias y el último celebró al día siguiente la primera Santa Misa, dejando ya en la nueva casa el Santísimo Sacramento.
No faltó la fiestecita, o fiesta en este caso, pues se ve que los habitantes del nuevo pueblo quieren demostrar a las Hermanas todo lo bueno y bonito de que son capaces. Al proponerles que no pasara de media hora, otra vez el P. José dijo que no estaría bien ni quedarían contentos si no duraba al menos una hora, y aquí como en la llegada, las buenas gentes se salieron con la suya, haciendo pasar un «buen rato» a nuestra Madre y acompañantes.
De Khrisnachandrapur a Jamshedpur hacen una desviación y, acompañadas por Mons. Jacobo, siempre tan atento, visitan Barbil, posible futura residencia de las Hermanas. Este es el deseo de Mons. Jacobo desde que pisó la prefectura de Balasore. Vieron la ciudad minera, saludaron a los Padres y oyeron las insistentes peticiones de éstos respecto a la ida de las Hermanas. ¿Podrá tener pronto lugar la apertura de esta nueva casa? Con esto interrogante y más de prisa que el día anterior, pues de verdad hoy si que van con retraso, llegan a Jamshedpur, donde ya en la estación las esperan las Hermanas y algunos miembros de la Junta del Hogar, con collares, ramos de flores, etc.
La Madre se queda satisfecha del abnegado servicio de las Hermanas a estos pobrecitos anormales, a los que la sociedad apenas tiene en cuenta. Aquí han venido también dos Hermanas de las únicas casas de Manmad y Adra que la Madre no ha podido visitar.
Con la pena de no poder atender a la petición de las Hermanas que la quieren retener unas horas más, salen definitivamente del recinto de la. Provincia, ya que han terminado el tiempo y las visitas programadas.
Calcuta está acabando sus fiestas religiosas y el camino de la estación a la Casa de las Adoratrices españolas, y de aquí al aeropuerto, se hace verdaderamente difícil y largo. Incontables procesiones parsimoniosas conducen las estatuas de sus dioses a las lagunas o tanques más próximos, donde serán sumergidos ceremoniosamente. Entonces el espíritu del dios o de la diosa, que, a la invocación del sacerdote había venido a inhabitar en la estatua, la abandona de nuevo.
En un momento se pensó en que no llegaran a tiempo de tomar el avión, pero sólo fueron temores, o mejor, providencia, pues todo ello no hizo sino acortar los momentos siempre costosos de la despedida.
Ese día, 12 de febrero, no carecía de significación para la Misión y no sólo por esta despedida, como lo hizo notar la Madre, que había mandado celebrar Misa en acción de gracias. El día 12 de febrero también, treinta años antes, las primeras cuatro Hermanas españolas llegaban a la Misión. De ellas, sólo Sor Angelina y Sor Paz están entre nosotras, pero en el corazón de todas está el agradecimiento a todas las que en los difíciles momentos, cuyo fruto todas vemos ahora.
No tenemos la menor duda de que la Madre y Sor Hilda no olvidarán nunca los días pasados en la pequeña y extensa provincia misionera de la India. Estamos seguras de ello, porque de ordinario los afectos son mutuos y en nosotras su visita quedará como algo imborrable.
Sor Enedina Costilla
Tomado de Anales españoles, 1970






