Luisa de Marillac catequista (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana1 Comment

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  1. PUESTA EN PRÁCTICA DE LA CATEQUIZACIÓN

Para cumplir bien este programa, no hay que perder de vista un cierto número de elementos importantes que vamos a presentar, clasificados más o menos artificialmente, en ele­mentos referentes al catequista y elementos referentes al catequizado, aunque se interfieran e integren unos en otros.

  1. Elementos referentes al catequista
  2. a) Tarea exigente

—Se encuentran muchísimas dificultades, hoy más aún que en tiempo de nuestros fundadores.

«La evolución de la sociedad hace desaparecer en mu­chos países numerosos hábitos religiosos. Son muy numero­sos los niños y los jóvenes que apenas encuentran ocasión de encontrar a la Iglesia en su camino, de conocerla. El cate­quista choca a menudo con la indiferencia y el rechazo. A menudo también los nuevos modos de vida y de pensa­miento no son cristianos en sí mismos… Esto se enfoca con frecuencia como un obstáculo, pero es también un verdadero desafío porque la catequesis debe dirigirse precisamente a esos niños, a esos jóvenes y a esos adultos que viven en ese mundo concreto tal como es y en el cual la Iglesia tiene como misión proclamar la palabra de la salvación».

El Sínodo habla a continuación de los países en que la misión de catequizar no se puede ejercer libremente y con­cluye que «al reivindicar este derecho, la Iglesia defiende una libertad fundamental del ser humano». En lo que se refiere a nuestros Fundadores, ya hemos notado la gran igno­rancia del pueblo bajo todo punto de vista, desde el analfa­betismo más intenso hasta la ignorancia religiosa, cosa que no puede extrañar cuando se piensa en la miseria del mismo clero que tanto preocupó a san Vicente… Es verdad, tam­bién, que hoy, a pesar de tantos medios de enseñanza, la ignorancia religiosa es verdaderamente tremenda y que se nos evita siempre la «palabrería» en la instrucción religiosa y hasta en la teología. Muchas orientaciones dadas por nues­tros Fundadores valen para hoy día, y con las adaptaciones debidas, sería de cierto provecho utilizarlas de nuevo.

—La preocupación primordial del catequista debe ser transmitir integralmente la doctrina. Tomando a la letra las palabras de Pablo VI en su exhortación sobre la evangeliza­ción, se trata de «transmitir fundamentalmente los capítulos esenciales o la esencia vital del anuncio evangélico que no puede cambiar ni se puede dejar en silencio. Esa esencia vital, transmitida integralmente por el símbolo de la fe, co­munica el núcleo fundamental del misterio de Dios Uno y Trino, tal como ha sido revelado a través del misterio del Hijo de Dios encarnado y salvador, que vive para siempre en la Iglesia. Para discernir tanto la fidelidad en la transmisión integral del anuncio evangélico como la forma autén­tica catequética de las expresiones por las cuales se transmite la Fe, es necesario aceptar respetuosamente el ministerio magistral y pastoral de la Iglesia».

Es evidente hasta qué punto coincide todo esto con el pensamiento de san Vicente y de santa Luisa, en particular cuando recuerdan la necesidad de anunciar explícitamente la Fe: «La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá, pues, ser proclamada más pronto o más tarde por la palabra viva: no hay evangelización verdadera si el nombre, la enseñanza, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, no se anuncia».

Me permito, aquí también, recurrir a lo que dice muy bien el P. Alberto a propósito de la necesidad de que el cate­quista domine bien la materia que enseña. Hace notar que, en este punto, aparece «una discrepancia de relieve: Luisa, dominada por el miedo del error, su propagación por la enseñanza, y la actitud de autosuficiencia en el catequista, recelará de su formación en profundidad. Vicente confía en que la formación competente del catequista es un auténtico valladar contra el error y un bien para el catequista».

Recojamos el hecho como lo narran las actas del Conse­jo del 22 de marzo de 1648:

«La Señorita pasando a otra cuestión, dijo:

—Padre, sor Turgis me pidió últimamente un catecismo. Le envié uno. A ella no le parecía suficientemente amplio y me rogó que le enviase otro. Hice pedir al P. Lambert que me enviase uno y me envió el de Belarmino, y dijo a la hermana a quien se lo dio que era muy erudito y que era sólo apropiado para los párrocos. Ahora bien, como no es bueno que nosotras parezcamos eruditas, tuve pensamiento de no mandárselo. Y como me veía con prisas, se lo mandé. Sólo le dije que no hiciera más que leerlo porque como lo que toma de los libros no sale de uno, parece que todo está en aprenderlo de memoria y recitarlo.

A esto, nuestro muy honorable Padre respondió:

—Señorita, no hay mejor catecismo que el de Belarmino, y si todas las hermanas lo supieran y enseñasen, no enseña­rían sino lo que deben enseñar, ya que están para enseñar, y sabrían lo que los párrocos saben. ¿Sabe Vd. lo que man­tiene a esas dos o tres hijas de la Señora de Villeneuve? Saber el sentido de ese catecismo. Ellas lo enseñan y hacen con él un bien increíble. Sería bueno que se les leyese a nuestras hermanas y que Vd. misma se lo explicase para que todas lo aprendiesen y lo profundizasen para enseñar, porque, dado que es necesario que ellas enseñen, tienen que saber, y no pueden aprender mejor y más sólidamente que en ese libro. Y me alegro de que hayamos hablado de esto, porque creo que esta lectura será de gran utilidad».

Pero el 6 de marzo había contestado la santa a sor Turgis: «No conozco otro catecismo más amplio que el del Se­ñor Cardenal Belarmino. Pero me parece que el P. Lambert no juzga a propósito que se lo leamos a las niñas, ni siquiera a las muchachas, y me ha dicho que no es apropiado más que para los párrocos. Y para decirle la verdad, mi querida hermana, sería muy peligroso para nuestra Compañía que pretendiésemos hablar doctamente, no sólo por nuestro in­terés particular que es tan inclinado a la vanidad, sino inclu­so por el temor de que digamos errores. El deseo del P. Vi­cente es que procedamos con toda sencillez y ya sabe Vd. cómo debemos obedecerle (en sus deseos) y en sus órdenes. Sin embargo, ya le hablaré de esto».

El catequista, como ya hemos hecho alusión, debe ser, ante todo, «testigo». Recuérdense estas frases impresionantes de Pablo VI que el Sínodo hace suyas y que nuestros Fun­dadores hubieran suscrito: «El hombre contemporáneo atien­de más a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros, es porque son también testigos».

Es la Fe la que nos enseña a apreciar al pobre según su valor sobrenatural. Cualquiera que sea su apariencia, Dios está presente bajo su imagen. Basta «volver la medalla». Pero la presencia de Dios debe sentirse ante todo en el cate­quista mismo y su testimonio debe expresarse en su vida

«Cuando invite a las alumnas de vivir en el temor y en el amor de Dios, leemos en el Reglamento de la maestra de escuela, y cuando les represente el mal que hace el peca­do y el bien que sale de la virtud, se acordará de tomar para sí misma lo que dirá y de sentirse confusa de no tener las virtudes que enseña a los demás».

  1. b) Comunidad cristiana, lugar de la catequesis

El catequista debe recordar que su enseñanza no en­cuentra su significado pleno más que en relación a la comuni­dad cristiana y, muy especialmente, cuando se inscribe en la celebración litúrgica cuyo centro ocupa la Eucaristía. La ca­tequesis en efecto no es una simple empresa individual, debe realizarse siempre con una dimensión comunitaria cristiana.

— La catequesis es memoria.

En esta perspectiva es como hay que comprender que para el Sínodo, como para nuestros Fundadores, «la cateque­sis es memoria». Evidentemente habrá que utilizar los recur­sos de la memoria como tal para grabar en ella fórmulas que expresen las verdades fundamentales y las oraciones más co­rrientes. Pero existe más profundamente este otro aspecto muy importante para la Iglesia: «La Iglesia recuerda, conmemora, celebra en memoria de Cristo, hace anamnesis. En efecto, la palabra y la acción de la comunidad eclesial

sólo tienen fuerza en tanto que son hoy palabras que mani­fiestan al Señor Jesús y que unen a Él. La catequesis queda así vinculada a toda la acción sacramental y litúrgica».

— La primera Pascua

Es bien sabido que san Vicente y sus misioneros fueron los primeros en querer que los ejercicios de la «misión» se clausurasen con la ratificación de las promesas del Bautismo y la primera Comunión. Esto ha sufrido desde entonces di­versos avatares, pero es hermoso pensar en ese vínculo que san Vicente y sus discípulos establecían entre «la primera Pascua» de los niños y su inserción en una comunidad cris­tiana que acaba de renovarse en la Fe. Pues, en efecto, a partir de ahí se instaura una vida nueva: «El que comulga bien, todo lo hace bien». Nada deja de señalarse tampoco en lo que a la responsabilidad de los padres se refiere: han de preocuparse en enviar a sus hijos a la catequesis, preocu­parse de lo que allí les enseñan y, con este motivo, dejarse catequizar de nuevo ellos mismos.

  1. c) Sólida formación

—Todo eso implica la necesidad de que el catequista tenga una sólida formación. El Sínodo nos repite a todos «la importancia que tiene la misión del catequista y desea que todos encuentren la comprensión y ayuda que necesitan. Exige que los ministerios y tareas catequéticas no se asuman sin una adecuada formación previa, conforme a la doble di­mensión de la catequesis, es decir, la fidelidad a Dios y al hombre. Esta formación comprenderá el conocimiento de las ciencias sagradas al mismo tiempo que los conocimientos que sobre el hombre exigen los diversos países y ambientes. Dará cabida a los conocimientos que proporcionan sobre el hombre las ciencias humanas».

El gran catecismo era para los misioneros y las Hijas de la Caridad el «libro del maestro». Estaba dirigido a adultos y podría servir en misiones largas.

Pero esto no era suficiente, san Vicente insiste en que las Hermanas se preparen para enseñar el catecismo. Era uno de los objetivos del «catecismo entre nosotras». Habían de ir a donde podían aprender, por ejemplo, a las parroquias que tenían reputación de «hacer» bien la catequesis, a casa de las Ursulinas, etc.

En San Nicolás du Chardonnet sobre todo (¡quién lo hu­biera dicho!), se había establecido un verdadero «Instituto de Pastoral catequética», aunque no todavía con esta deno­minación. El método empleado por santa Luisa y las Hermanas se inspira mucho en el de esta parroquia vecina.

—Santa Luisa, por su parte, ha sido formadora de cate­quistas, tanto para las recién venidas a la casa como para las Hermanas que ya se marchaban a las obras.

El P. Alberto nos dice que «de un valor particular son, por ejemplo, las notas de la santa» «sobre los misterios de la vida de Jesucristo», «sobre los sacramentos», «del peca­do», «tentación». Pero explícitamente, en el Reglamento con que empezó a funcionar la casa en 1633, se prevé diaria­mente un tiempo de ejercicio práctico de catequesis en el que las Hermanas aprenden el catecismo y aprenden, al mis­mo tiempo, a enseñarlo: «Estando todas de vuelta en casa, se pondrán a trabajar, leerán para aprender y, después de procurar recordar los principales puntos de la doctrina en forma de pequeño catecismo, leerán un poco del Evangelio para moverse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo para imitar al Hijo de Dios».

Cuando las Hermanas salen de casa y marchan a las fundaciones, Luisa sigue pidiéndoles cuenta y dándoles nor­mas sobre su labor catequética.

«Le ruego, escribe por ejemplo, a sor Ana Hardemont en 1647, que no use de este lenguaje: «Vd. hará el catecis­mo», «venid al catecismo». No nos va a nosotras hablar ni enseñar de esa manera, sino decir sencillamente: «Vamos a hacer la lectura». Y para ello, teniendo el libro, puede Vd. dar explicaciones familiares, pero nunca nada de elevado. Sabe Vd. muy bien que se puede uno equivocar y esto sería de gran importancia si tiene Vd. muchas alumnas y enfer­mos, y si tiene Vd. mucha asistencia de muchachas a la lec­tura de las fiestas».

Luisa les pide también intercambio de experiencias: «Espero que ella (sor Ana) me mande ampliamente noticias suyas, particularmente sobre el modo que ella sigue en la instrucción de las niñas».

Junto a estas orientaciones para la catequesis con las ni­ñas, Luisa anima y orienta también a las Hermanas que la ejercen con los pobres y los enfermos.

 

  1. Por parte del catequizado
  2. a) Lenguaje y métodos

Se le debe transmitir la Fe en un lenguaje y con unos métodos que le permitan captarla.

— Necesidad

«La catequesis, dicen los Padres sinodales, sólo podrá ser eficaz, en el contexto de las actuales transformaciones (en particular si se trata de jóvenes), en la medida en que trans­mite el mensaje que se le ha confiado en el lenguaje de los hombres de nuestro tiempo». Por eso, «la catequesis puede tomar diversas formas (predi­cación, enseñanza religiosa en los colegios, emisiones radiofónicas o televisadas) correspondiendo a los medios de co­municación y de enseñanza de cada época o de cada edad». Todos sabemos la importancia que han adquirido en la catequesis los «métodos activos» y si bien la preocupación de partir de la vida no siempre se ha manifestado en formas convenientes o no ha sido siempre bien comprendida, en sí misma sigue siendo digna de en­comio.

— Psicopedagogía de nuestros Fundadores

Esta psicopedagogía está lejos de estar ausente de la catequesis de nuestros Fundadores, dentro del marco de su época. Santa Luisa pintó por sí misma el «Señor de la Ca­ridad». Se aprendían cantando los mandamientos de la ley de Dios, se buscaba un lenguaje sencillo y familiar, se uti­lizaban libros, estampas, rosarios. Se procuraba arreglar bien los locales. El P. Diebold, que nos informa de estos detalles, nos da el esquema de una «instrucción familiar» de Gambart: una charla a base de la Sagrada Escritura, una oración, una toma de conciencia de los temas tratados, pre­guntas dirigidas a los catequizados para invitarles a hacer aplicaciones prácticas y, por último, historias o rasgos «edi­ficantes» y una reflexión que permita a todos y a cada uno asimilar lo que ha sido objeto de la lección.

  1. b) El cambio de vida

— Obligación

El catequizado debe cambiar de vida y dar testimonio, a su vez, de Jesucristo. «La catequesis no puede quedar nun­ca al margen de un compromiso de vida efectivo y conscien­te. Este compromiso reviste múltiples formas, tanto indivi­duales como colectivas. Consiste, según la fórmula tradicio­nal, en «sequela Christi, seguir a Cristo». Y por ello, la dis­ciplina moral, «la ley de Cristo», tiene su lugar en la cate­quesis. Es importante afirmar sin ambigüedad que la cate­quesis debe exponer las leyes y los principios morales, y que la doctrina moral del Evangelio tiene un carácter particular que sobrepasa con mucho las exigencias de la ética natural, e incluso que la ley de Cristo o ley de Amor está inscrita en nuestros corazones por el Espíritu Santo».

Es cierto que el clima que respiramos exige cristianos con convicciones profundas y sólidas. Pero esta misma pre­ocupación animaba ya a nuestros Fundadores. Era tanto más necesario enseñar las verdades que hay que vivir y des­arrollar y consolidar la Fe de los creyentes cuanto que no faltaban los herejes. Además, san Vicente tuvo un sentido muy actual y una actitud muy profunda en lo que se refiere a la enseñanza catequética con relación a los «hugonotes». En su famoso sermón sobre el catecismo se encuentran estas frases: «¿Sabéis con qué cuidado enseñan el catecismo y lo aprenden? Tienen tanto empeño que lo enseñan todos los domingos, después de comer, a sus hijos, y lo enseñan de manera que no hay ninguno que no sepa dar razón de su Fe y que no sepa defenderla pertinentemente o, mejor dicho, con gran pertinacia. Los que son picados por un áspid toman al mismo áspid y le aplastan sobre la llaga y por este medio curan. Los hugonotes se sirven del catecismo para arruinar nuestra Fe. Volvamos a tomar el mismo catecismo y aplastémosle sobre la llaga».

— Llamada a la verdad y al testimonio

Por mi parte, veo en ello un llamamiento a mantener la lucidez ante el error, pero también para captar todo lo que ésta contiene de positivo: ¿tenemos el mismo celo que los protestantes para estructurar nuestra Fe y nuestra vida de Fe? ¿Sabemos beber como ellos en las fuentes de la Escritu­ra? ¿Sabemos «dar cuenta de nuestra Fe» tan bien como ellos? La práctica debe apoyarse en la doctrina, pero ¿qué valor tiene una doctrina que no cambia nada nuestro com­portamiento, nuestros compromisos? Los catequizados «se aman tiernamente, fraternalmente y oran todos los días unos por los otros, sin querellarse ni injuriarse jamás».

En otros términos, la conducta del catequizado sirve de ejemplo. No basta proclamar la Buena Nueva: «Con el ejem­plo y el testimonio vivo hay que ser, como san Juan Bautis­ta, luz que ilumina y calienta. Solamente así se coopera con Dios y con su Espíritu, y la enseñanza será educación de la formación espiritual de la conciencia».

Y el Sínodo concluye: «Nos comprometemos solamente a consagrarnos con todas nuestras fuerzas a esta catequesis, como a la evangelización, confiando en que la Gracia del Espíritu suscitara frutos de santidad cada vez más abundan­tes en la medida en que la educación haga que vuestra Fe alcance la madurez. En el mundo esperan aún muchas di­ficultades pero el porvenir pertenece a los creyentes porque la Esperanza no decepciona».

Esto recuerda también la «Evangelii Nuntiandi»: «Final­mente, el que ha sido evangelizado, que evangelice a su vez. Tal es la prueba de la autenticidad, la piedra de toque de la evangelización. Es incomprensible que una persona que ha recibido la palabra y se ha integrado en el Reino no se con­vierta en testigo suyo y lo anuncia a su vez» (n. 24).

CONCLUSIÓN

He aquí una hermosa ocasión de «nutrirnos» como lo in­dican las Constituciones con una profundización en el espíri­tu de los Fundadores que es, a su vez, respuesta, según ese mismo espíritu, a las llamadas de nuestro tiempo.

Ese espíritu tiene que ser «misionero». Se dirige a los pobres «en un lenguaje sencillo y familiar», comprendiendo en el término «lenguaje» todo lo que constituye nuestras relaciones y solidaridad con ellos, para revelarles a Jesucris­to y encontrar en ellos a Jesucristo.

A propósito del catecismo, precisamente, daba este aviso santa Luisa: «Esa manera de instruir como se hace en La Fére, ade­más del peligro de que la hermana ponga demasiado de lo suyo, y que trate de cosas que no puede explicar, se debe te­mer mucho más que un lugar público, como son las salas de hospitales, den oportunidad de acusar a los superiores de las H.C. que permiten emprender demasiado.

Otro inconveniente sería que, habiendo Dios escogido muchachas de aldeas para el establecimiento sólido de las siervas de los pobres enfermos, si esa manera extraordinaria y elevada de instruir se les permitiera a las que tienen ver­dadera capacidad, podrían, después de haber sido bien for­madas, pretender ser dispensadas de varios ejercicios y de los otros empleos humildes y, si se los negara la casa, saldrían pronto de la Compañía.

Se puede objetar que uno de los papeles principales del establecimiento de la Compañía de las H. C. es el servicio espiritual de los pobres enfermos. Pero no es eso mismo lo que la gracia de Dios permite hacer a todas, aunque gro­seras y sencillas.

¡Cuántas personas, en cada lugar, liberadas del pecado! ¡Cuántas confesiones generales después de muchos años de desviación! ¡Cuántas niñas instruidas por las que enseñan en las escuelas! ¡Cuántas personas conducidas a Dios en las familias en las que las Hermanas llevan la comida! ¡Y cuán­tos herejes convertidos desde que las H. C. sirven en los hospitales! Una hermana que ha estado en el de Saint Denis dice que sólo en el año 1959 se han convertido 5 ó 6 here­jes y hasta el hijo de un ministro protestante, sin contar otros convertidos antes.

Pero todo ha ocurrido en silencio, puesto que eso se ha hecho según las órdenes del primer institutor de la Compa­ñía, Jesucristo, para honrar su vida escondida, tan necesaria para la firmeza de dicha Compañía. Quizás la Divina Providencia le concederá un día la gracia de estar empleada más en el servicio de los campesinos que en las ciudades, se­gún su primer designio o, por mejor decir, al servicio de Dios, lo que podría acontecer por los cambios ordinarios del mundo.

O qué felicidad si, sin que Dios fuera ofendido, la Com­pañía pudiera servir a los más pobres y desprovistos de todo. Para ello, la Compañía no debe nunca renunciar a la pobreza ni cambiar de estilo de vida, con el fin de que si la Providencia le da más de lo necesario, las Hermanas va­yan a costa suya a servir a los pobres corporal y espiritual­mente, sin ruido, a condición de que las almas honren eter­namente los méritos de la redención de Nuestro Señor».

Que, por la gracia de Dios podamos decir con toda verdad que a nosotros también nos impulsa el mismo Espí­ritu para tomar parte en una de las más hermosas tareas de la Iglesia universal y de la Iglesia local: la catequesis.

LLORET

One Comment on “Luisa de Marillac catequista (IV)”

  1. asistir a una catequesis, nos ayuda a lo màs minimo que fuese a ir mejorando en nuestras vidas y estoy seguro que se transmitirá a otros ; para madurar en la fe. indiscutiblemente el modo sencillo y practico del catequista obedece honestamente a las enseñanzas de los fundadores de esa comunidad, recogida de SAN VICENTE DE PAUL !!!! gracias por acordarse de mi ……….

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