Luisa de Marillac catequista (III)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana1 Comment

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II EL CATECISMO EN LA VOCACIÓN VICENCIANA

A pesar de todos los cambios, la infancia permanece co­mo «el tiempo del comenzar». Y cómo olvidar la recomenda­ción de Jesús: «Dejad que los niños se acerquen a mí. El Reino de los Cielos es para quienes se les asemejen». De hecho, durante mucho tiempo, en las regiones marcadas por el cristianismo, la iniciación a la fe no se separaba de la vida familiar o social. El niño crecía entre los suyos. Se im­pregnaba de las prácticas y de las convicciones de su entorno. El Catecismo le permitía precisar y formular sus creencias. Un día, llegará a hacer su «profesión de Fe», profesar la Fe de la Iglesia, tal como la había percibido.

Sin embargo, la institución del Catecismo, consagrada por el Concilio de Trento, puesta a punto lenta y laboriosa­mente a continuación, fue tomando cada vez más importan­cia. Llegará un día en que, convertido en polo primordial de la Pastoral, el Catecismo movilizará a sacerdotes y educado­res, sin que intervengan las familias. Esta era la situación hasta hace muy poco tiempo.

Hoy nos hallamos ante una situación que, quizás, nos lleve de otra manera, a las intuiciones, preocupaciones, y maneras de actuar de nuestros Fundadores. Más ade­lante, volveremos a insistir sobre este punto; pero, por el momento, recojamos el aviso que santa Luisa daba a las Her­manas de las aldeas: «No pueden tener el mismo orden que las maestras de la escuela de París, para esas niñas, y, por eso, deben de recibir, a cualquier hora, a todas las que quie­ran venir a aprender y de la edad que sean, teniendo la dis­creción de hacerlas pasar a un lugar particular, a aquellas que sean vergonzosas y tímidas, acogiéndolas con agrado, aunque vengan a las horas de las comidas, o muy tarde, y advirtiéndolas a que se acostumbren a ponerse de rodillas mañana y tarde». Nos hallamos de nuevo ante este sentido misionero que debe ca­racterizar a la Hija de la Caridad. Una frase como esa, basta para demostrar hasta qué punto la enseñanza catequética es una forma privilegiada de ese servicio de los pobres, por el cual debe dejar todo y en función del cual debe vivir su consagración.

Santa Luisa hace suya la constatación de san Vicente: «El pobre pueblo se pierde por falta de no saber lo necesa­rio para la Salvación». Por eso, toda H. C. es por vocación, catequista de los pobres, ya se trate de niños o de adultos, o bien de «catecismo hecho ocasionalmente», o de lecciones más sistemáticas. Aquí se pone en juego la idea central del pensamiento de los Fundadores y, para penetrarse bien de ello, sería necesario recorrer los Reglamentos parti­culares de los Oficios, que son, cada uno, un pequeño direc­torio al uso bien concreto de cada clase de Hermanas. Por ejemplo, a la Hermana de las Escuelitas, se le dice: «Pensará con frecuencia en la dicha que tiene de ser llamada por Dios para colaborar con El en la salvación de esas pobres niñas, que, tal vez, un día estarían condenadas si no tuvieran la instrucción que ella les da; por eso debe ser muy fiel en desempeñar bien su oficio».

III. PRIORIDADES MISIONERAS

  1. A) La Misión tiene sus prioridades. Sus destinatarios preferentes son siempre los más desprovistos, desde todo pun­to de vista, empezando por las deficiencias de orden espi­ritual, puesto que conciernen directamente al sentido del hombre según el Evangelio y su destino en el plan de Dios. «Vuestra Compañía, queridas hermanas, decía santa Luisa, tiene también el fin de instruir a los niños en la escuela en el temor y amor de Dios, y tenéis eso de común con las Ursulinas. Pero, como son casas grandes y ricas, los pobres no pueden ir y recurren a vosotras».
  2. B) Para santa Luisa como para san Vicente, las verda­des básicas eran el Misterio de la Trinidad, el de la Encar­nación Redentora y el de la Eucaristía. Los Padres del Síno­do afirmarán lo mismo: «Considerando las condiciones de vida de nuestra época, perturbada y en plena crisis, pero por otra parte tan disponible para el don de la gracia, y después de otro Sínodo que estudió, en 1974, el tema de la Evange­lización en nuestro tiempo, nada ha parecido más útil a la Iglesia guiada por nuestro Santo Padre el Papa, que de pro­seguir nuestro estudio en la misma dirección: se trata de esa actividad de la Iglesia, requerida por la difusión viva y ac­tiva de la Palabra de Dios y que, en el conocimiento siempre más profundo de la persona y del mensaje de Salvación de N.S.J.C. consiste en la sistemática y progresiva educación de la Fe, unida al proceso continuo de la profundización de la Fe, que indicamos con el término de catequesis». Se lee más adelante: «La catequesis tiene su origen en la profesión de Fe y conduce a la profesión de Fe. Permite reconocer la proclamación que se hace en la comunidad de los creyentes: Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, es Salvador» (Mensaje al Pueblo de Dios).

A las Hermanas destinadas a Montreuil-sur-Mer, Luisa da como aviso en junio de 1647: «Por lo que se refiere a vuestra conducta para con los enfermos, oh, que no sea nun­ca por rutina, sino muy cariñosa… Pero, sobre todo, tened una gran preocupación por su salvación, no dejando nunca a un pobre o a un enfermo, sin haberle dicho una buena palabra. Y cuando os encontréis con algunos muy ignoran­tes, hacedles repetir actos de fe, de contrición y de amor como: «Creo todo aquello que cree la Santa Iglesia y quiero vivir y morir en esa creencia», y algunas veces, ayudadles a hacer los actos de los principales artículos de nuestra Fe, por separado».

Como en san Vicente, cualquiera que sean las influen­cias recibidas y cualquiera que sean los autores utilizados, encontramos siempre la nota original que unifica el acto de catequesis y la Misión o el servicio de Cristo en los Pobres, como lo destaca este texto bien conocido: «No debo consi­derar a un pobre aldeano o a una pobre mujer, por su exte­rior, ni por lo que parece por el alcance de su espíritu; tanto más que, muchas veces, no tienen casi la cara ni el espíritu de personas razonables, hasta tal punto son groseras y terres­tres. Pero, volved la medalla y veréis por la luz de la Fe que el Hijo de Dios que ha querido ser pobre, está repre­sentado en esos pobres, el cual no tenía apenas cara de hom­bre en su Pasión, y que pasaba por loco en la mente de los gentiles y por piedra de escándalo en la de los judíos. Y con todo esto se calificaba como el evangelista de los pobres… Oh, Dios, qué hermoso es ver a los pobres, cuando los con­sideramos en Dios y según el espíritu que Jesucristo nos ha dado de ellos. Pero, si los miramos según el sentimiento de la carne y del espíritu del mundo, parecerán despreciables».

  1. C) Pero, nos queda todavía llegar a alcanzar a los «destinatarios». Sabemos que la gran invención de san Vicente fue enviar a sus hijas en medio del mundo. Aquí merece la pena destacar dos aspectos:
  2. a) Primeramente, la preocupación de alcanzar a los hombres en su propia vida, ya sea según las circunstancias o de una manera más organizada. Los misioneros «se diri­gían sobre todo a los pequeños, a los humildes, entremez­clándose con ellos, como lo hacía Nuestro Señor». Se de­be adaptar a la edad y a la inteligencia de cada uno, según los lugares y las personas. Se debe ir al encuentro de los que no pueden venir e instruirlos en los tiempos y lugares en que se les encuentra, no sólo en las aldeas sino también en los campos, caminando. Este mismo realismo, será reco­mendado por el Sínodo: «El Sínodo invita a las comunida­des cristianas a una renovación de la catequesis que es esen­cialmente anuncio del Evangelio, la Buena Nueva; pero, guardando siempre ese realismo que sólo permite una cate­quesis fiel y plenamente auténtica bajo todos sus aspectos».

Como lo dice Jeanne Ferté, «perfectamente adapta­das por una acción en un ambiente rural, las H. C. llevan el traje de las campesinas parisienses. Las pequeñas comuni­dades de H.C. apreciadas por los campesinos, cuya vida com­partían, ejercieron mucho tiempo un apostolado fecundo en las aldeas». El método de catecismo, bajo su primera forma, fue el mejor armonizado con las personas y lugares. Los manuales que seguirán después, «obra de sabios teólogos, a los cuales había faltado un contacto directo con los niños, no evitarán una cierta sequedad que podría hacer sentir la pérdida del método más directo y más familiar de un san Vicente de Paúl o de un Bourdoise», añade el mismo autor.

Es verdad que, hoy, hemos vuelto a puntos de vista más pastorales, o que se consideran como tales, pero, por una parte se tendría que asegurar que están establecidos sobre una doctrina tanto más sólida, y por otra, no es cierto —a pesar de las apariencias y de las buenas intenciones— que hemos alcanzado la sencillez, la verdadera sencillez, la ver­dadera familiaridad del método vicenciano. Del mismo mo­do, el grupo hispano-portugués del Sínodo, insistía para que no se «ignorara en ningún caso la situación concreta en la que se halla el mundo actual. Los Obispos son testigos y participantes de la esperanza, de las tensiones y de los fra­casos, que sacuden a los hombres de hoy. En todos los paí­ses, cualquiera que sea su sistema social o su heredad cul­tural, hombres y mujeres buscan, luchan y trabajan por el bien común y la construcción de un mundo nuevo». Se hace una mención especial de lo que viven los jóvenes: «La cate­quesis es una actividad eclesial en favor de este mundo, es­pecialmente de las nuevas generaciones, de modo que la vida de Cristo transforme la vida de los jóvenes y los lleve a la plenitud.

A propósito de esa proximidad con la gente, con los po­bres, es preciso no perder de vista que santa Luisa y sus compañeras se hallaban ante una población casi totalmente analfabeta. Pero nunca se pierde de vista el espíritu propio, y si la frecuentación de las Ursulinas se terminó a partir de cierto momento, es precisamente porque —a pesar de su competencia en materia catequística— no tenían el mismo espíritu.

  1. b) En segundo lugar, esa «proximidad», esa «solidari­dad» con los pobres a los quienes se dirigía la catequesis debe nacer —si no se cae en el naturalismo— de la certi­dumbre que el Espíritu Santo está actuando en sus corazo­nes, que se trata de alcanzarlo aquí mismo en su acción que, únicamente, puede santificar y salvar. Eso es la misma defi­nición de la vida consagrada apostólica y eso mismo expresaba san Vicente diciendo: «Totalmente dadas a Dios para el servicio de los pobres».

La devoción al Santo Espíritu que hallamos en san Vi­cente y, quizás, más aún en santa Luisa, viene de esta con­vicción: la catequesis sólo es posible en un clima sobrenatu­ral y particularmente en un clima de oración.

Al final de su mensaje los padres sinodales confían, para esta obra, «en la gracia del Espíritu Santo que puede suscitar frutos de santidad cada vez más ricos en la medida en que nuestra vida cristiana madure y se sazone a través de la formación que se adquiere por medio de la educación de la Fe» y precisan: «Es este uno de los primeros aspectos de la Misión de la Iglesia: la Iglesia habla, anuncia, enseña, comunica. Todas estas palabras designan una única acción, la de dar a conocer en el Espíritu Santo el Misterio de Dios Salvador: Esta es la vida eterna que te conozcan a ti, Único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo. Este conocimiento no es un saber cualquiera, es conocimiento de un misterio, anuncio gozoso, sabiduría según el Espíritu, síntesis orgánica centrada en el misterio de Cristo. No es un sistema, una abstracción, una ideología».

Vemos bien que, en nuestros fundadores, la pedagogía de la Fe nace antes de todo de su fuente interior: el Espíritu Santo, que sólo puede enseñar, convertir desde dentro. En­tonces, ¿cómo podríamos ser sus cooperadores si no estamos personalmente convencidos de eso y si no estamos en con­tacto, armonizados lo más posible con El?… A las Herma­nas de los hospitales, decía san Vicente: «Las que son ricas de Dios hablan con cariño, porque llevan a Dios en sus co­razones», y todavía, «que la Hermana de la Caridad trate de elevarse hasta Dios para tomar en el cora­zón de Nuestro Señor alguna palabra de consuelo», y a la hermana de la pequeña escuela: «Tendrá la persua­sión que si Dios mismo no instruye interiormente a las niñas que tiene en su cargo, serán vanos sus cuidados y su apli­cación para enseñarles. Por lo cual, las encomendará con fre­cuencia a Nuestro Señor, rogándole que derrame sus gracias y sus bendiciones, tanto sobre las alumnas para aprovechar sus instrucciones como sobre ella-misma para el desempeño de su oficio, a fin de que todas juntas puedan recibir algún día las recompensas que les están prometidas en el cielo».

Semejantes convicciones en santa Luisa: «El P. Lambert nos ha hecho hoy la caridad de comenzar el catecismo. Es­pero que Dios mediante nos hará mucho bien, sobre todo si nos ayuda Vd. con sus oraciones».

Escribe a sor Bárbara Angiboust el 3 de marzo de 1648: «Cuando tenga Vd. oportunidad, mándeme el número de sus alumnas. Pero consolémonos con que Dios lo sabe y evi­temos, cuanto podamos, desear que se sepa lo que Dios hace por medio de nosotras».

Y a las hermanas Andrea y Francisca de Varize, el 23 de junio de 1653: «Creo también que pondrán gran cuidado de ayudar a sus pobres enfermos a hacer buenas confesiones antes de morir y en aconsejar a los que curen que vivan me­jor de lo que lo han hecho antes, como también en instruir bien a las niñas, no sólo en lo que deben creer, sino también en los medios para vivir como buenas cristianas. Esto es lo que Dios pide de Vds. Para esto les ha concedido la gracia de sacarlas del mundo. Séanle muy fieles».

Se nota en las reglas particulares de la maestra de escue­la: «No comenzará su instrucción, ya sea sobre el catecismo, ya sobre las buenas costumbres, sin haber antes invocado la asistencia del Espíritu Santo».

  1. D) Para terminar esta primera parte, incluyendo la ca­tequesis en la Misión, notemos que nuestros Fundadores no han separado nunca la evangelización de la humanización. La formación es integral. Hay que decir que en esta época —como lo ha notado el P. Alberto López en su trabajo sobre la obra catequética de santa Luisa— las escuelas te­nían tanto de escuelas como de catecismo y que se aceptaba naturalmente la competencia de la Iglesia en la enseñanza. Así se puede comprender mejor la solicitud que el 9 de ma­yo de 1641 hace Luisa para la fundación de una escuela para niños pobres en el barrio de San Lázaro… «Rara será la fundación de H. C., sobre todo en los campos, que no lleve anejo al servicio sanitario el de la enseñanza y cate­cismo para las niñas y muchachas».

Una vez más tenemos la confirmación de que la obra cate-quística no tiene otro sentido que el de la Misión, y a ella se puede aplicar lo que dicen las Constituciones: «Siguiendo a sus Fundadores, la Compañía no separa nunca el servicio corporal del servicio espiritual de los pobres, la obra de humanización de la de evangelización, con una preocupa­ción constante de llegar a una promoción integral del hom­bre. Une servicio y presencia, recordando al Señor que re­velaba así el amor del Padre: los ciegos ven, los cojos an­dan… y se anuncia la buena nueva a los pobres». «Con una preocupación constante por todo el hombre, las H. C. aunan el servicio corporal y el servicio espiritual y, apremiadas por la Caridad, pasan del amor afectivo al amor efectivo».

A sor Ana de Hardemont, en Montreuil, en 1647, santa Luisa escribe: «La ruego, mi querida hermana, que sea muy exacta en tener las instrucciones tanto del catecismo como de las buenas costumbres y otras advertencias».

A las hermanas de Ussel, el 26 de octubre de 1658: «creo, sor Avoia, que enseñará todo lo que pueda a las po­bres niñas y recordará que lo más necesario es lo que res­pecta al conocimiento de Dios y de su amor».

A sor Genoveva en Chantilly, el 11 de noviembre de 1658: «Ruego a sor María que acoja bien a sus alumnas a quienes puede enseñar a hacer medias de estameña, pero especialmente el catecismo y la práctica de las virtudes».

  1. E) Podríamos multiplicar las citas como estas, pero quiero añadir, en el mismo sentido, que si la misión princi­pal de la Iglesia (y la nuestra según nuestra vocación) es la evangelización, la catequesis «concierne a todos los fieles, a cada uno según su situación en la vida y según sus dones y carismas particulares. Pero todos los cristianos, en virtud de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, están llamados a transmitir el Evangelio y a esclarecer la Fe de sus hermanos en Cristo, sobre todo en los niños y los jóve­nes». Y el Sínodo precisa: «Las personas consagradas pue­den y deben, por títulos diversos, ofrecer su inestimable con­curso a la Iglesia en el cumplimiento de esa misión».

Leyendo esas líneas, no podemos menos de recordar que san Vicente y santa Luisa fueron de los primeros en ins­taurar una cooperación misionera entre sacerdocio, laicado y vida consagrada, y más precisamente, en lanzar, para eso, la vida consagrada femenina en pleno mundo. Una vez más vemos que para ellos la catequesis se inscribe en la vocación misionera de la H. C.

San Vicente comunica a santa Luisa una muy larga y profunda experiencia del catecismo. Luisa tiene que empezar y no podrá consagrar ella misma todo el tiempo que querría a esa obra tan importante por falta de tiempo (hay que pen­sar en todo el trabajo que tenía por otro lado y en todas las obligaciones administrativa que le tocan a pesar de una salud frágil) pero con todas las riquezas de su naturaleza de «mu­jer», aplica y hace aplicar muy concretamente los principios dados por el Señor Vicente, tiene y comunica un sentido muy vivo de la proximidad de los pobres, de los detalles útiles, de la comprensión intuitiva.

LLORET

One Comment on “Luisa de Marillac catequista (III)”

  1. la iglesia católica es quien evageliza y con la ayuda de las interseciones de san vicente y santa luisa, se hace especialente con los pobres y analfabetas. Hagamos oración en cada momento, para evangelizar con el amor de dios. FELICIDADES VICENCIANOS !!!!

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