Luisa de Marillac catequista (II)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana1 Comment

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  1. ENSEÑANZA CATEQUÉTICA Y MISIÓN
  2. El Catecismo de santa Luisa
  3. a) El hecho

Es significativo, en todo caso, que santa Luisa haya compuesto ella misma, según parece, un Catecismo con preguntas y respuestas, para hablar del cristianismo, con un lenguaje sencillo, a los niños de Bicétre y de St. Denis.

Es un interrogante para nosotros: ¿Cómo hacemos el trabajo de Iglesia con lo específico de la Misión, con lo es­pecífico del servicio de los pobres, en espíritu de sencillez, humildad y caridad?, y ¿cómo incluimos en eso la preocupa­ción catequística?

Las maestras de las Escuelas de Caridad, generalmente poco cultivadas, estuvieron paradójicamente obligadas a bus­car, nos dice Dhotel, un nuevo lenguaje para expresar una Teología muy sencilla. El Catecismo de santa Luisa plantea las preguntas, no según la lógica de los misterios, sino según las fórmulas y los actos del cristiano. Por ejemplo, la correc­ción siguiente es significativa del fin perseguido que es esen­cialmente práctico y misionero: Se acaba de decir que el cristiano debe vivir como Jesucristo. ¿Quién es Jesucristo?, pregunta la maestra; y, a continuación, se hacen tres pre­guntas sobre la Encarnación, mediante una nota, a la ex­plicación del Ave María: sin duda, para que el niño pueda retener con más facilidad la doctrina cuando la explicación va directamente unida a una fórmula de oración que le es familiar.

  1. b) Análisis

En efecto, este Catecismo podría reducirse esquemáti­camente a la proposición siguiente: para salvarse, es preciso saber y hacer un cierto número de cosas. Desde la primera página, se trata de los fines últimos y no del último fin en un sentido abstracto, como en otros lugares. Por ejemplo, Dios nos ha creado «para amarle y servirle y darnos su pa­raíso… Cuando le desobedecemos, nos condenamos… Ser condenado, es estar en el infierno. Y en él se está eternamente». Un poco más adelante, el matrimonio está definido como un sacramento «que puebla el cielo», sin otra expli­cación.

Como vemos, las afirmaciones son tajantes. Pero hay fórmulas más evangélicas que son propias de este Catecismo: «¿Qué certeza tenemos de poder imitar a Jesucristo, noso­tros que no somos nada?» —El nos la da, diciendo: «El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga—. ¿Qué es tomar su cruz y seguir a Jesucristo? —Es practicar toda suerte de virtudes, como lo hizo El sobre la tierra. El era humilde, manso, caritativo, paciente, verdadero pobre, no hablaba mal de su prójimo, ni hacía mal a nadie (aquí reconocemos bien al Cristo retenido por nuestros Fundado­res para continuar su Misión y revelarlo a los humildes) —Dadme algún ejemplo. —Su caridad era tan grande hacia los demás, que, un día, le llevaron una mujer de mala vida y él se puso a escribir sobre el suelo para advertir a sus acusadores que se fijaran en ellos mismos, no queriendo de­cir sus faltas delante de todos; y después, preguntando a la mujer dónde estaban sus acusadores, ésta contestó: no hay ninguno. El replicó: Yo tampoco te acuso. Entonces, ¿no se debe hablar nunca mal del prójimo, ni acusar las faltas de sus compañeras? —«No».

Otro ejemplo, a propósito de la quinta petición del Padre Nuestro: «Por esta quinta petición, nos condenamos a noso­tros mismos si tenemos alguna enemistad contra nuestro prójimo y no quisiéramos perdonarle cualquier mal que nos hubiera hecho. De modo que si vos que os llamáis Juana, dijeseis a María: dadme pan, y no os lo quisiese dar, y que María fuese a decir a otra: dame pan como yo se lo he dado a Juana, de ahí se seguirá que no lo obtendría, puesto que ella tampoco lo había dado. Hay otra que dice: yo la perdono pero no quiero verla. Estas están diciendo a Dios que las meta en el infierno, donde no le verán jamás».

Esta insistencia sobre la caridad fraterna, en un cate­cismo por otro lado tan elemental, indica su orientación práctica. Las verdades de la fe, para que no queden sola­mente como cosas intelectuales, van acompañadas de conse­cuencias prácticas y a veces realistas. Ejemplo: el signo de la Cruz. «Al declararnos cristianos, profesamos preferir morir que renunciar a nuestra fe. —Si vierais un fuego pre­parado, ¿os dejaríais meter dentro antes que negar vuestra Fe? —Sí, con la gracia de Dios». «Todas las veces que re­citáis el Credo hacéis una nueva profesión de Fe y debéis de estar en disposición de morir antes que dejar de creer».

Después de esta larga explicación, el Catecismo se hace más clásico, y todavía más elemental. El capítulo sobre la Eucaristía se apoya sencillamente en Belarmino. Va seguido de un método de confesión, de una breve definición de los demás sacramentos y del ejercicio del cristiano, donde se explica la significación de los ornamentos sacerdotales y de las ceremonias de la Misa. Estando manuscrito el texto, es difícil saber cuál fue su alcance. En todo caso, cualquiera que sea la manera de usarlo tanto santa Luisa como sus compañeras, se puede reconocer una vez más ahí el espíritu que animaba a las catequistas en las Escuelas de Caridad.

LLORET

One Comment on “Luisa de Marillac catequista (II)”

  1. todos los católicos debemos de preocuparnos por la catequesis, siendo guiados por dios espíritu santo. tenemos que darnos a los demás con el bìen, para estar viviendo en el cielo. un abrazo a todos Ustedes !!!!

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