Luisa de Marillac catequista (I)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana0 Comments

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No soy como el P. Dodin un especialista, pero con su ayuda y vuestra indulgencia, acepto con gusto la invitación que me han hecho los organizadores de esta sesión: Se trata de volver «a las fuentes», viendo todo lo que la catequesis (tomaré aquí esta palabra como equivalente a la de catecis­mo, porque en la práctica los dos tienden al mismo fin, y de todos modos esta distinción, como otras también, van mucho más de acuerdo con los tiempos actuales) debe a santa Luisa de Marillac, al mismo tiempo que a san Vicente de Paúl y en complementariedad con él.

Por tanto, mientras que catecismo, catequesis, están a la orden del día, particularmente a raíz del último Sínodo y con un Papa que ha elaborado él mismo un Catecismo, ¿cómo podríamos olvidar que nuestros Fundadores se cuen­tan entre los primeros, por lo menos en Francia, que toma­ron un gran interés por este trabajo de Iglesia, siguiendo la estela del Concilio de Trento y, sobre todo, que lo conside­raron como una de las tareas esenciales de nuestra vocación misionera?… Ciertamente, se deben evitar todos los anacro­nismos y todas las comparaciones superficiales o tendencio­sas —sobre este punto, particularmente, el P. Dodin podrá ayudarnos en el diálogo que tendremos con él comparando la situación del siglo XVII con la actual— pero, encontraremos preocupaciones e intuiciones de fondo que no van sin cierta semejanza con las de la Iglesia actual y que pueden facilitar nuestra búsqueda.

En todo caso, el punto más significativo es principalmen­te el lugar central que santa Luisa, como san Vicente, da a la enseñanza de la «creance» (creencia) en la vocación de las Hijas de la Caridad, «llamadas y reunidas por Dios para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, contemplándole y sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres». Para nuestros Fundadores, como para nosotros, la catequesis es parte inte­grante de la Evangelización de la «Misión».

«A propósito de la Evangelización, un medio que no se puede descuidar, decía Pablo VI en su Exhortación sobre la Evangelización en el mundo moderno (n. 44), es la en­señanza catequética. La inteligencia, sobre todo tratándose de niños y adolescentes, necesita aprender, mediante una en­señanza religiosa sistemática, los datos fundamentales, el con­tenido vivo de la verdad que Dios ha querido transmitirnos y que la Iglesia ha procurado expresar de manera cada vez más perfecta a lo largo de la historia. A nadie se le ocurrirá poner en duda que esta enseñanza se ha de impartir con el objeto de educar las costumbres, no de estacionarse en un plano meramente intelectual. Con toda seguridad, el esfuer­zo de evangelización será grandemente provechoso, a nivel de la enseñanza catequética dada en la Iglesia, en las escue­las donde sea posible o, en todo caso, en los hogares cristia­nos, si los catequistas disponen de textos apropiados, pues­tos al día sabia y competentemente, bajo la autoridad de los Obispos. Los métodos deberán ser adaptados a la edad, a la cultura, a la capacidad de las personas, tratando de fijar siempre en la memoria, la inteligencia y el corazón, las ver­dades esenciales que deberán impregnar la vida entera. Ante todo es menester preparar buenos catequistas —catequistas parroquiales, instructores, padres— deseosos de perfeccio­narse en este arte superior, indispensable y exigente que es la enseñanza religiosa. Por lo demás, sin necesidad de des­cuidar de ninguna manera la formación de los niños, se viene observando que las condiciones actuales hacen cada día más urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de adul­tos que, tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a El». Esto tampoco se escapaba a la preocupación de nuestros Fundadores: catecismo para los niños y niñas, para los mu­chachos y las muchachas, para los adultos. Santa Luisa y las hermanas se dirigían por su parte —porque no se podía ac­tuar entonces de otra manera— a las niñas y a las mu­chachas.

Dicho texto se inscribe de lleno en la vocación de las Hijas de la Caridad, desde sus comienzos, y podría servirnos de guía para nuestro trabajo. Otro tanto podríamos decir del último Sínodo: no menciona explícitamente a las Religiosas como animadoras específicas de la catequesis; aunque sí lo hace a propósito de su colaboración con los sacerdotes y lai­cos, en la misma preocupación de transmitir la fe que está en el corazón de la misión del Obispo; con esto muestra pre­cisamente que la responsabilidad de la vida consagrada apos­tólica, va implicada en la de toda la Iglesia «aportándole, por numerosas razones, una ayuda considerable».

Además, algunas intervenciones —raras pero de gran peso, como la del Cardenal Pironio— así como la proposi­ción 33 dirigida al soberano Pontífice con miras a la publi­cación de un documento sobre la formación cristiana por la Catequesis, han puesto de relieve dos dimensiones importantes que, en otros términos y en otro contexto, no escaparon a la atención de nuestros Fundadores: el elemento llamado «profético» por el cual la vida consagrada debería ser una catequesis en sí misma como testimonio, y el elemento «mi­sionero» propiamente dicho por el cual «todos nuestros mi­nisterios deberían, de una manera u otra, dar prioridad a la catequesis». Esto corresponde a la diversificación de la enseñanza religiosa de las H. C.: Presencia y enseñanza propiamente dicha. Por una parte, la Hermana se ofrece ella misma y reemplaza o re­presenta al Crucifijo a través de los hechos más insignifican­tes de su vida y, por otra, tiene que enseñar sistemáticamen­te, o por lo menos ocasionalmente, la creencia como tal.

Una vez más, pues, se nos invita a redescubrir práctica­mente la visión de nuestros Fundadores. El Sínodo —como el Concilio— nos incita a volver al «Por qué» de nuestra existencia en la Iglesia, y en esta misma línea, al desarrollo de la fe en las circunstancias que vivimos. Después de haber dicho a las Hijas de la Caridad que están instituidas para asistir corporalmente a los Pobres, pero que otros —aun no siendo cristianos— podrían hacer otro tanto, San Vicente añade: «En cuanto al alma, no sucede así… Dios os ha es­cogido especialmente para darles las instrucciones necesarias para su Salvación». No es una ca­sualidad que el Catecismo de santa Luisa esté incluido en el libro de sus «Pensamientos», así como, en el proceso de beatificación de Ana de Xaintonge, Fundadora de Santa Úrsula, en el Condado de Borgoña, han situado en la perspec­tiva del ideal perseguido, sus instrucciones a las Hermanas sobre el «¿cómo enseñar?». Este hecho sugestivo debe tener­se en cuenta, al mismo tiempo que las tres orientaciones siguientes: el Catecismo de santa Luisa, el Catecismo de san Roberto Belarmino hacia el que la orientaba san Vicente principalmente, por ser una obra más amplia, y el hecho por último, de que las primeras Hermanas acudían a las Ursulinas para aprender la manera de enseñar el Catecismo.

Todo esto ha sido estudiado por Jean-Claude Dhotel, en «Los orígenes del catecismo moderno según los primeros manuales impresos en Francia». En las páginas 273-274 principalmente, el autor estudia el texto del Catecismo de santa Luisa, no según la edición del libro de los «Pensamientos» sino según el manus­crito de los archivos de la Misión. Sobre esta orientación así como sobre las otras dos, se pueden consultar las páginas 101-107, donde el autor estudia de manera especial la «Bre­ve doctrina cristiana» de Belarmino, porque es más intere­sante y ha tenido una mayor influencia que su obra «Más amplia Declaración», así como podemos ver las referencias que da al final de su obra, en el índice onomástico, entre los cuales, por supuesto, están Belarmino, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac.

LLORET

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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