Luisa de Marillac y los sacerdotes de la Misión (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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RELACIONES CON LOS PRIMEROS MISIONEROS

Tras la muerte del marido, sobrevenida el 21 de diciembre de 1625, Luisa tiene que mudar de domicilio, obligada por la situa­ción económica. Con su hijo Miguel, va a instalarse en la calle San Víctor. Desde aquí le resulta muy fácil ir la Colegio de los Buenos Hijos, sito en la misma calle. Allí reside Vicente desde finales del año 1625.

En la sucesión de sus visitas, Luisa va conociendo a los pri­meros compañeros de Vicente: Antonio Portail, sacerdote de 36 años, oriundo de la diócesis de Arles, y otros dos sacerdotes que provienen de la de Amiens: Francisco du Coudray (40 años) y Juan de la Salle (28 años). Al final del año 1926, Luisa conoce a Juan Bécu, con 10 años de sacerdocio, que procede del Somme, y a Antonio Lucas (26 años), parisino, todavía seminarista. Luisa tiene entonces 35 años.

EN EL PLANO DE LAS COFRADÍAS DE LA CARIDAD

Desde las primeras reuniones con su dirigida, Vicente orienta a ésta hacia los pobres y la lleva a descubrir las Cofradías de la Caridad. Luisa colabora y se consagra a esta obra caritativa. Así se ve impelida a trabajar con los misioneros. En octubre de 1627, Luisa recibe en su casa la visita de Francisco du Coudray, porta­dor de una carta de Vicente de Paúl. Viene a buscar la suma de 50 libras que destina a los pobres de las Cofradías la señorita Isa­bel du Fay, prima de Luisa. En abril de 1630, por consejo de Vicente, Luisa va a visitar la Cofradía de Villepreux. Comprue­ba durante su estancia la ignorancia de las niñas pobres. El maes­tro sólo puede admitir a niños, pues está formalmente prohibida por el rey y por la Iglesia la escuela mixta. Luisa se fija en una joven, Germana, que se comprometería a la instrucción de las niñas. Mas ¿puede ella sola decidirlo, después que el cura párroco ha tomado tan a mal su intervención cerca de las Señoras de la Caridad? Por consejo de Vicente de Paúl tuvo que ir a disculparse:

Es muy difícil, señorita, hacer algún bien sin contrariedades; y puesto que debemos, en cuanto nos sea posible, consolar las penas de los demás, creo que haría usted un acto agradable a Dios si visitara al señor párroco, le presentara sus excusas por haber hablado a las hermanas de la Caridad y a las jóvenes sin su permiso… y que esto le recordará su deber en el futuro, y que, si a él no le parece bien, no seguirá adelante… Un hermo­so diamante vale más que una montaña de piedras, y un acto de virtud de aquiescencia y de sumisión vale más que un montón de buenas obras que se practican con los demás.

Enriquecida con esta pequeña experiencia, Luisa habla de Germana a Vicente. Este pide que exponga su proyecto al P. du Coudray, quien se personará en el lugar y negociará el asunto con el párroco y el maestro. A continuación informa Vicente a Luisa sobre los pasos dados:

Estas líneas son para rogarle que me dé noticias suyas y para darle algunas mías y de Germana. Por lo que a mí se refie­re, las cosas son las de siempre; y de Germana, me indica el señor Du Coudray que ha empezado a hablar de ella con el señor párroco, con el señor Belin y con el maestro de escuela, y que ni los unos ni los otros se apartan de la propuesta que les ha hecho. Ya veremos lo que pasará.

La propuesta de Luisa de Marillac será bien recibida. Duran­te años Germana enseña a las niñas de Villepreux. Vicente y Luisa lamentarán que no se uniera al grupo que originó las Hijas de la Caridad, pero respetaron su elección. En abril de 1631, es Juan Bécu quien trabaja con Luisa. Va a Montreuil para reunirse con ella, que pasa visita a esta Cofradía de la Caridad, estableci­da en 1627. Una carta de Vicente de Paúl precede a la llegada del misionero:

El señor Bécu dirá y hará todo lo que a usted le parezca oportuno, además de lo que yo le escribo; y si hay que hacer de manera distinta a lo que yo digo, hágalo, por favor.

¡Qué confianza entre Vicente de Paúl, los misioneros y Luisa de Marillac! Cada cual reconoce la competencia y buen hacer de los demás.

Una colaboración aún más activa toma cuerpo entre Luisa de Marillac y Juan de la Salle, misionero muy estimado de Vicente de Paúl. A comienzos del año 1630 Luisa va a Saint Cloud con objeto de establecer allí la Caridad. Para ayudarla designa Vicen­te de Paúl a Juan de la Salle. Éste responde el 9 de febrero a las cartas de Luisa:

Alabo a Dios por haberse dignado darle tan buen comienzo. No, Él no le negará ni el espíritu y nada de lo que se necesario para que todo redunde en su mayor gloria. Tratemos noso­tros, solamente, de abandonarlo todo entre sus manos. Mucho me alegra el celo de esas buenas Señoras de la Caridad y su devoción.

Juan de la Salle precisa a continuación el funcionamiento habitual de las Cofradías en cuanto a la admisión de enfermos y sobre la vida espiritual de los miembros. En octubre del mismo año, Luisa está en Montmirail. Y envía a Vicente una relación de la visita que acaba de pasar. Juan de la Salle es ahora el encarga­do de responder a las preguntas de Luisa de Marillac.

La mutua colaboración alcanza una efectividad todavía mayor en Liancourt el mes de agosto de 1635. La duquesa, gran amiga de Luisa de Marillac, quiere establecer la Cofradía de la Caridad en sus tierras. Pero tiene ideas muy fijas: desea una casa pequeña, especie de hospital, y en ella admitir algunos enfermos. Allí se efectuará la distribución de socorros y medicamentos a quienes los necesiten. Luisa presiente que la visita a domicilio, base y esencia de las Cofradías, corre riesgo de suprimirse. Pero le es muy difícil oponerse a su amiga. Vicente de Paúl manda a Juan de la Salle, cuyo trabajo humilde, preciso y eficaz aprecia Luisa. Será él quien ponga a punto el reglamento de la Cofradía.

Cuando en mayo de 1637 quiera Luisa poner en marcha la Cofradía en La Chapelle, aldehuela en los alrededores de París, donde se ubicaba entonces la casa-madre de las Hijas de la Cari­dad, acudirá al P. de La Salle antes que a nadie.

Vicente de Paúl, que sabe la admiración y la amistad de Luisa para con Juan de La Salle, se toma el trabajo de advertirla, en tér­minos llenos de dulzura, sobre la muerte que ronda al celoso misionero:

Señorita, hay que reaccionar contra lo que nos desagrada, y romper el corazón o ablandarlo para prepararlo a todo. Parece como si Nuestro Señor quisiera tomar su parte en la pequeña Compañía. Ella es totalmente para Él, según espero, y tiene derecho a utilizarla como mejor le parezca. En cuanto a mí, mi mayor deseo es no desear más que el cumplimiento de su santa voluntad. No puedo expresarle hasta qué punto va adelante nuestro enfermo en esta práctica; por eso mismo parece como si Nuestro Señor quisiera colocarlo en un lugar donde pueda vivir más felizmente durante toda la eternidad. ¡Oh, quién nos diera la sumisión de nuestros sentimientos y de nuestra razón a esa adorable voluntad! Lo hará el autor de estos sentimientos y de esta razón, si no nos servimos de ellos más que en él y por él. Pidámosle que usted y yo mismo tengamos siempre un mismo querer y no querer con él y en él, ya que eso sería un paraíso anticipado en esta vida.

Juan de la Salle fallece en París el 9 de octubre de 1639. Alma sensible, Luisa acusa dolorosamente el deceso de un misionero cuya claridad de espíritu y hondura de pensamiento ella tanto estimaba.

Isabel Charpy

CEME 2010

 

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